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Matrimonio arreglado

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Summary

**¿Qué harías si tu familia decidiera con quién vas a casarte?** Antonia Valcárcel tiene treinta y ocho años, una vida que nunca salió exactamente como esperaba y una familia que parece haber agotado su paciencia con sus decisiones. Cuando sus padres le anuncian que está a punto de casarse con Juan Andrés Malik, el heredero de una de las familias más poderosas del país, Antonia descubre que su matrimonio no es una historia de amor. Es un acuerdo. La familia Malik necesita algo que los Valcárcel poseen. Los Valcárcel necesitan algo que solo los Malik pueden ofrecer. Y entre ambas familias existe una solución sencilla: unirlos a ellos. Juan Andrés no tiene intención de enamorarse. Para él, el matrimonio será un contrato. Una alianza conveniente. Una esposa a la que podrá ofrecer una vida cómoda mientras ambos cumplen con lo acordado. Hasta que conoce a Antonia. Ella no se impresiona con su apellido, su dinero ni el poder que ejerce sobre todo lo que lo rodea. No acepta órdenes, no tiene miedo de contradecirlo y, peor aún, parece decidida a recordarle que ella no es una pieza más dentro de su imperio. Lo que comienza como un matrimonio impuesto pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque hay una diferencia entre **aceptar casarse con alguien** y **elegirlo**. Y ninguno de los dos está preparado para descubrir qué ocurre cuando una obligación empieza a sentirse como una elección.

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34 mins ago
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n/a
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16+

Capítulo 1

—No podemos seguir fingiendo que esto va a resolverse solo —dijo su padre, dejando el informe sobre la mesa.

Su madre permaneció en silencio durante unos segundos.

Estaban hablando de su única hija, la hija que ella veía que había destruido su vida por no escucharla, siempre había decidido mal, esta vez estaban hablando de una opocion que parecía solucionarlo todo, un acuerdo económico que favorecería a la familia entera, pero lo mas importante solucionaría el tema de un esposo.

Había escuchado las mismas historias. Otra relación terminada. Otro hombre que había parecido diferente al principio y que, tarde o temprano, había terminado desapareciendo de la vida de su hija.

—Tiene treinta y ocho años —murmuró finalmente—. Y sigue buscando algo que ninguno de esos hombres ha sabido darle.

—No se trata solamente de la edad.

—¿Entonces de qué se trata?

Su padre suspiró.

—De que está cansada, creo que no quiere seguir intentando solucionar nada. Aunque jamás lo admitiría.

La mujer que estaban discutiendo no era ingenua. Había vivido, amado, se había equivocado y había vuelto a intentarlo más veces de las que sus padres podían recordar. Tenía carácter, independencia y una obstinación que hacía prácticamente imposible decirle qué hacer.

Pero también tenía una historia de relaciones que siempre terminaban de la misma manera.

Y sus padres ya empezaban a preguntarse si algún día encontraría la estabilidad que tanto decía no necesitar.

—La familia Malik ha hecho una propuesta —dijo él.

Su madre levantó la mirada.

—¿Malik?

Él asintió.

__ Quieren comprar el terreno que no hemos podido explotar, pero la junta no quiere vender eso nos daría mucho dinero ahora pero ese lugar tiene mucho potencial y queremos ser parte de eso. La compañía no puede hacerlo sola y los Malik estan dispuestos a ser musculo financiero pero quieren una garantía de alianza un acuerdo entre ambas familias.

Su madre volvió a bajar la mirada, no entendía nada de los negocios de su esposo, pero sabia que no le estaba hablando sólo de un negocio.

—Su hijo menor.

Hubo un silencio largo.

Incluso dentro de los círculos más privilegiados, el apellido Malik tenía un peso particular. Dinero, empresas, propiedades, influencia. Una familia acostumbrada a cerrar acuerdos en habitaciones donde nadie más tenía permitido entrar.

—Eso no es una propuesta matrimonial —dijo ella lentamente—. Es un contrato entre dos imperios.

—Precisamente.

—Nuestra familia no pertenece a ese mundo.

—No necesitamos pertenecer. Ellos quieren algo de nosotros.

—¿Y qué quieren?

Su padre se inclinó hacia atrás.

—Una alianza.

La madre volvió a mirar los documentos.

—¿Y él está de acuerdo?

—No lo sé.

—¿Y ella?

Su padre soltó una risa seca.

—Tú sabes tan bien como yo que va a decir que no.

Ambos guardaron silencio.

Porque esa era precisamente la parte que más les preocupaba.

Ella siempre decía que no.

No a las relaciones que no le convenían. No a los hombres que intentaban controlarla. No a las expectativas de su familia. No a la idea de que necesitara a alguien para estar completa.

Y, sin embargo, sus padres estaban a punto de hacer algo que jamás habían hecho antes.

Tomar una decisión por ella.

—¿Cuándo se lo diremos? —preguntó su madre.

Su padre cerró lentamente la carpeta.

—Cuando el acuerdo esté firmado.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Estás hablando en serio?

—Si se lo contamos antes, lo rechazará.

—Y si se lo contamos después, nos odiará.

—Tal vez.

Su madre bajó la mirada.

—Entonces espero que ese hombre sea capaz de soportarla.

Su padre sonrió apenas.

—Por lo que he escuchado, querida… espero que ella sea capaz de soportarlo a él.




La noticia llegó a Juan Andrés un martes por la noche.

Estaba en el despacho de su padre, de pie frente a los ventanales que dominaban la ciudad, cuando escuchó la frase que cambiaría los siguientes meses de su vida.

—Vas a casarte.

Juan Andrés giró lentamente la cabeza.

—¿Perdón?

Su padre ni siquiera levantó la mirada del documento que tenía frente a él.

—El acuerdo está cerrado. Las dos familias han aceptado las condiciones.

Juan Andrés soltó una risa breve, incrédula.

—No sabía que mi matrimonio necesitaba condiciones.

—En nuestra familia, todo las necesita.

—¿Quién es?

Su padre deslizó una carpeta sobre el escritorio.

Juan la abrió.

La fotografía de una mujer apareció frente a él.

Treinta y ocho años.

La observó durante unos segundos.

—Es mayor que yo.

—Ocho años.

—Yo sé contar.

Su padre levantó finalmente la mirada.

—Tiene treinta y ocho. Ha tenido varias relaciones. Ninguna terminó en matrimonio.

Juan volvió a mirar la fotografía.

—Entonces probablemente tampoco querrá casarse conmigo.

—No estamos preguntándole.

Aquello consiguió arrancarle una sonrisa. No porque le hiciera gracia, porque, de repente, todo le parecía absurdamente sencillo.

Un matrimonio arreglado. Un acuerdo entre familias. Una mujer que ya había tenido varias relaciones y que, por lo que parecía, no tenía precisamente fama de quedarse mucho tiempo en ninguna.

No necesitaba enamorarse. No necesitaba conquistarla.

No necesitaba convertirse en el marido perfecto. Solo tenía que cumplir su parte del trato.

—¿Y qué esperan de mí?

—Que te cases con ella. Que mantengas el acuerdo durante el tiempo establecido y que no hagas nada que ponga en riesgo la alianza.

__ ¿Valcárcel?, ellos son los dueños del terreno enorme que no hemos conseguir que vendan.

Juan lo entendido todo y cerró la carpeta.

—Puedo hacerlo.

Su padre arqueó una ceja.

—¿Así de fácil?

—¿Quieres que haga un escándalo?

—Pensé que lo harías.

—No vale la pena.

Se acercó nuevamente a la ventana.

En realidad, ya había tomado una decisión, aceptaría, pero no pensaba entregarle su vida a una desconocida.

Sería un esposo impecable cuando fuera necesario. Le daría comodidad, seguridad y todo aquello que pudiera desear. Sería atento cuando las circunstancias lo exigieran.

Y, si ella quería un matrimonio apasionado, tampoco pensaba ser precisamente un hombre difícil de complacer, pero había una diferencia entre cumplir el papel de esposo y convertirse realmente en uno y no pensaba enamorarse, no pensaba construir una familia.

No pensaba permitir que aquella mujer se instalara en su corazón. Tarde o temprano, pensó, ella se cansaría.

Había sucedido antes con otros hombres, ¿Por qué iba a ser diferente con él?

Entonces pediría el divorcio. Y el acuerdo terminaría. Sencillo.

Al menos eso era lo que Juan Andrés Malik creía.

⸻


La cena se celebró cuatro días después en la residencia de la familia Malik.

La casa era enorme, silenciosa y cuidadosamente iluminada. Cada detalle parecía diseñado para recordarle a cualquiera que entrara allí que estaba en territorio de una familia acostumbrada a tener el control.

Las dos familias estaban reunidas alrededor de una mesa demasiado grande para seis personas.

Juan estaba sentado junto a su padre.

Frente a él, sus futuros suegros conversaban cordialmente con los padres de Juan.

Y entonces ella entró.

Juan levantó la mirada.

Por primera vez, la vio en persona.

No se parecía exactamente a la fotografía. La fotografía no había conseguido transmitir la seguridad con la que caminaba. Ni aquella expresión que parecía decir que preferiría estar en cualquier otro lugar.

Ella se detuvo junto a la mesa.

Sus miradas se encontraron, durante unos segundos ninguno dijo nada.

Juan fue el primero en apartar los ojos, no porque estuviera incómodo.

Sino porque acababa de comprender algo que no esperaba.

Ella no parecía una mujer que fuera a aceptar las cosas simplemente porque alguien hubiera decidido por ella.

Y, por alguna razón, eso le resultó interesante.

—Querida —dijo la madre de ella—, ven. Queremos presentarte formalmente.

Ella tomó asiento.

—Juan —dijo su padre—, ella será tu esposa.

Él extendió la mano.

—Encantado.

Ella miró su mano.

Después lo miró a él.

Y finalmente estrechó sus dedos.

—Igualmente.

La respuesta fue educada. Demasiado educada.

Juan sostuvo su mirada un segundo más.

Entonces sonrió. Ella acababa de convertirse oficialmente en su prometida.

Y él acababa de descubrir que el matrimonio quizá no sería tan aburrido como había imaginado.


La cena terminó mucho después de lo que Antonia había imaginado.

Entre conversaciones sobre negocios, familias y planes para la boda, apenas había tenido oportunidad de hablar con Juan. Él tampoco parecía particularmente interesado en participar en las conversaciones de sus padres.

Sin embargo, Antonia había sentido su mirada sobre ella más de una vez.

Cada vez que levantaba los ojos, él parecía estar observándola. Y cada vez, Juan apartaba la mirada como si nada hubiera ocurrido.

Cuando finalmente sirvieron el café, el padre de Juan dejó la taza sobre la mesa y miró a los demás.

—Creo que ya hemos hablado suficiente por esta noche.

La madre de Antonia sonrió.

—Deberíamos dejarlos conversar un rato.

Antonia levantó la mirada.

—¿Solos?

—Precisamente —respondió su madre, como si aquello fuera lo más natural del mundo.

Antes de que Antonia pudiera protestar, los padres comenzaron a levantarse.

—Estaremos en el salón contiguo —dijo el padre de Juan—. Vamos a tomar una copa.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Y, de repente, la enorme sala quedó en silencio.

Antonia tomó su café.

—Bueno…

Juan apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Así que tú eres la otra parte de este acuerdo.

Antonia arqueó una ceja.

—Supongo que sí.

Él la observó detenidamente.

—No esperes tratos especiales de mi parte.

Ella soltó una pequeña risa.

—Tranquilo. No estaba esperando ninguno.

Aquella respuesta consiguió que Juan sonriera apenas.

—Seré tu esposo —continuó—. Y, mientras estemos casados, quiero que quede claro cómo funcionarán las cosas.

Antonia dejó la taza sobre el plato.

—Te escucho.

—No tendrás que preocuparte por nada. Si necesitas algo, me lo dices. Lo que sea. Lo conseguiré.

—¿Todo?

—Todo.

— Había algo tan seguro en su respuesta que Antonia no supo si aquello debía tranquilizarla o preocuparla.

Juan se inclinó ligeramente hacia ella.

—Pero también espero que entiendas algo desde el principio. Si vamos a hacer esto, quiero que seas mi esposa. No quiero hombres rondándote, ni situaciones que puedan faltarnos al respeto.

Antonia lo miró fijamente.

—¿Y si alguien me falta al respeto?

—Me lo dices.

—¿Y tú qué harías?

Juan sostuvo su mirada.

—Me encargaría.

El silencio que siguió fue extraño.

Antonia no sabía todavía qué pensar de aquel hombre. Era autoritario. Demasiado seguro de sí mismo.

Y, aparentemente, tenía la costumbre de hablar como si las decisiones ya estuvieran tomadas antes de consultar a nadie.

Juan, en cambio, estaba teniendo un problema completamente distinto, porque mientras hablaba, no podía dejar de mirarla, había imaginado que aquella cena sería una formalidad. Conocer a la mujer con la que iba a casarse. Establecer algunas reglas. Esperar.

Nada más.

Pero Antonia no se parecía a la mujer que había imaginado, había algo en ella que lo atraía de una manera incómodamente intensa. No era solamente su apariencia.

Era su manera de mirarlo, la ausencia de miedo.

La forma en que no parecía impresionada por su apellido, su dinero ni la casa en la que estaba sentada, y, sobre todo, aquella mezcla extraña de orgullo y cansancio que había percibido desde que la vio entrar.

Juan no entendía por qué quería saber qué había detrás de aquella expresión, ni por qué le molestaba imaginar que otro hombre pudiera acercarse a ella.

Todavía no estaba dispuesto a reconocerlo.

Así que se limitó a apoyarse contra el respaldo de la silla.

—Ahora que ya conoces las condiciones —dijo—, podemos empezar a conocernos.

Antonia lo miró durante unos segundos.

—¿Eso también es una condición?

Juan sonrió.

Esta vez, de verdad.

—No. Hizo una pausa.

—Eso sí quiero hacerlo.

—No.

La respuesta de Antonia salió tan tranquila que Juan permaneció mirándola durante unos segundos.

—¿No?

—Este acuerdo no significa que tengas derecho a decidir con quién hablo, a quién veo o qué hago.

Juan entrecerró los ojos.

Antonia tomó nuevamente su taza de café, completamente tranquila.

—Si vamos a casarnos, supongo que tendremos que conocernos. Pero eso no significa que vaya a convertirme mágicamente en una mujer que obedece todo lo que su marido dice, y no iré a darte quejas cada vez que algo me pase, se cuidarme sola.

Algo cambió en la expresión de Juan, muy poco, apenas un movimiento en la mandíbula.

Pero Antonia lo notó.

—¿Qué? —preguntó.

Juan soltó una risotada ronca y vibrante que pareció romper el silencio de la estancia.

Se pasó una mano por la mandíbula y negó lentamente con la cabeza.

—No tienes idea de lo que estás haciendo.

—¿Y qué estoy haciendo?

Juan se puso de pie.

Antonia lo siguió con la mirada.

Él era mucho más imponente de cerca.

—Desafiándome.

—¿Eso te molesta?

Juan volvió a reír.

Esta vez más bajo.

Había algo en aquella mujer que no lograba comprender.

No estaba impresionada por él, no parecía interesarle su dinero, ni su apellido, ni siquera en su físico, estaba ahí simplemente poniendo sus propias condiciones, como si estuviera en la posición de hacerlo.

Ni siquiera parecía particularmente preocupada por el hecho de estar a punto de casarse con un hombre al que acababa de conocer. Y, contra toda lógica, aquello solo conseguía atraerlo más.

Dio un paso hacia ella, y se sentó en la silla junta a ella.

—Ni siquiera te conocía —dijo finalmente—. Y ahora que te tengo frente a mí…

Hizo una pausa.

Sus ojos permanecieron fijos en los de ella.

—Siento que he estado esperando este momento toda mi maldita vida.

Antonia lo observó en silencio.

Por primera vez desde que habían empezado aquella conversación, Juan parecía haber olvidado por completo el discurso que había preparado.

Ella inclinó ligeramente la cabeza y decidido jugar.

—¿Y valió la pena la espera?

La pregunta lo tomó desprevenido.

Juan soltó otra pequeña risa y se acercó más a ella.

La distancia entre ambos se redujo hasta quedar prácticamente frente a frente.

Antonia tuvo que levantar ligeramente el rostro para sostenerle la mirada.

Juan apoyó las manos a los costados, conteniéndose.

—Valió cada maldito segundo.

Su voz había cambiado. Ya no sonaba como la del magnate acostumbrado a dar órdenes en una sala de juntas. Sonaba más baja, más personal.

—Y ahora que sé lo que tengo delante…

Hizo una pausa.

—No pienso dejar que te alejes de mí con tanta facilidad.

Antonia arqueó una ceja.

—¿Eso es una amenaza?

Dijo en tono burlón mientras tomaba de nuevo su café

Juan sonrió.

—No.

Sus ojos permanecieron sobre ella.

—Es una promesa.

Antonia no respondió.

Y por primera vez aquella noche, Juan comprendió que su plan original tenía un problema, había pensado que aquel matrimonio sería temporal, que ella terminaría cansándose.

Que, como había sucedido en sus relaciones anteriores, eventualmente sería ella quien quisiera marcharse. Pero mientras la observaba allí, desafiante y completamente indiferente a su intimidante presencia, apareció una certeza incómoda.

Él no quería que se marchara.

Todavía no llevaban ni una hora conociéndose y ya no le gustaba en absoluto la idea de que algún día pudiera hacerlo.

—Entonces ¿Prometes que no vas a dejar que una total desconocida se aleje de ti?

La pregunta de Antonia cayó entre ambos con una calma casi provocadora.

Juan dejó de sonreír. Durante un instante, simplemente la observó.

Después se inclinó ligeramente hacia ella, hasta que su presencia pareció ocupar todo el espacio que los separaba. Su sombra cayó sobre Antonia mientras su expresión se endurecía y sus ojos permanecían fijos en los de ella.

Había algo en aquella pregunta que había tocado un punto mucho más profundo de lo que esperaba.

—¿Eso es lo que entendiste de lo que te dije?

Antonia sostuvo su mirada.

—Eso fue exactamente lo que dijiste.

Juan apretó la mandíbula. Una risa baja escapó de su garganta, pero esta vez no había humor en ella.

—Entonces quizá no fui suficientemente claro.

Apoyó una mano sobre el respaldo de la silla donde estaba ella.

—Desde el momento en que nuestras familias sellaron este acuerdo, eres mi responsabilidad.

Antonia frunció ligeramente el ceño.

—¿Responsabilidad?

—Sí.

Juan se inclinó un poco más.

—Y cuando seas mi esposa, nadie va a faltarte al respeto. Nadie va a hacerte daño. Nadie va a tratarte como si fueras menos de lo que eres.

Su voz había perdido aquella arrogancia inicial. Ahora sonaba casi solemne.

—Si necesitas algo, me lo dices. Si alguien intenta aprovecharse de ti, me lo dices. Si el mundo entero se pone en tu contra, me llamas.

Antonia lo observó en silencio.

—Eso sigue sin responder mi pregunta.

Juan permaneció inmóvil.

—¿Prometes que no vas a dejar que una total desconocida se aleje de ti? Soy tu responsabilidad ¿Es que ahora soy una más de tus pertenecías?

Él sostuvo su mirada durante varios segundos.

Entonces sonrió lentamente.

—No.

La respuesta pareció sorprender incluso a Antonia.

Juan enderezó la espalda.

—No me perteneces.

Hizo una pausa.

—Pero cuando seas mi esposa, quiero que entiendas algo: voy a tratarte como si fueras lo más valioso que tengo.

Antonia parpadeó.

Aquello no era exactamente lo que esperaba escuchar. Pero le gustó.

—¿Y eso incluye decidir por mí?

—No.

—¿Decirme qué hacer?

—No.

—¿Con quién puedo hablar?

Juan negó con la cabeza.

—Tampoco.

Antonia cruzó los brazos.

—Entonces parece que estamos empezando a entendernos.

Juan soltó una carcajada baja.

—No te emociones.

Ella sonrió apenas.

—Demasiado tarde.

Y Juan volvió a mirarla.

Maldita mujer, había entrado en su casa unas horas antes como una desconocida. Ahora estaba frente a él, cuestionando cada una de sus palabras y haciendo que todas las certezas con las que había llegado empezaran a tambalearse.

Había planeado un matrimonio temporal, un acuerdo, una salida sencilla, pero mientras observaba aquella pequeña sonrisa en el rostro de Antonia, empezó a sospechar que el verdadero problema no iba a ser conseguir que ella se quedara, iba a ser convencerla de que él no quería dejarla ir.

—Y si tuvieras la posibilidad de elegir…

Antonia hizo una pausa.

Por primera vez desde que habían comenzado a hablar, su voz perdió aquel tono desafiante.

—Si no estuvieras obligado por este estúpido acuerdo… ¿me elegirías también?

Juan se quedó completamente quieto. La pregunta parecía sencilla, pero no lo era.

Juan bajó lentamente la mirada hacia ella.

Toda la seguridad que había mostrado hasta entonces pareció desaparecer durante unos segundos.

—No lo sé —respondió.

Antonia sonrió con cierta tristeza.

—Se que lo haces porque estas obligado, si no estuviera en riesgo el acuerdo y dinero después de hoy no creo que me buscarías.

Juan golpeó la mesa con la palma de la mano, el estruendo hizo vibrar las tazas de café.

Antonia se sobresaltó apenas, pero no apartó la mirada.

Los ojos de Juan estaban encendidos. No parecía furioso con ella; parecía furioso consigo mismo, con la situación y con la manera en que aquella mujer había conseguido atravesar todas sus defensas en cuestión de horas.

Se inclinó hacia ella.

—¡No me hables de obligaciones cuando mi sangre está hirviendo solo por tenerte cerca!

Su voz resonó en el salón y después descendió hasta convertirse en un murmullo áspero.

—Si fueras una mujer completamente libre, te buscaría igualmente.

Antonia lo observó, sorprendida.

Juan continuó:

—Te habría encontrado. Habría cruzado medio mundo si hubiera sido necesario. No por nuestras familias. No por el dinero. No por un contrato, por mí.

El silencio se hizo profundo.

—No sé qué demonios me hiciste.

Ella dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Ni siquiera me conocías esta mañana.

—Lo sé.

—Entonces, ¿cómo puedes estar tan seguro?

Juan la miró durante un largo rato.

—No puedo.

La respuesta fue inesperadamente honesta.

—Y eso es precisamente lo que me está volviendo loco.

Antonia permaneció inmóvil.

Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, Juan no parecía el magnate poderoso que podía conseguir cualquier cosa. Parecía simplemente un hombre que acababa de descubrir algo que no podía comprar, controlar ni negociar. A ella.

—No sé qué va a pasar después de la boda —dijo él—. No sé qué vas a sentir cuando pase el tiempo. Ni siquiera sé qué vas a sentir mañana cuando despiertes y recuerdes que vas a casarte conmigo.

Hizo una pausa.

—Pero yo sí sé una cosa.

—¿Cuál?

Juan sostuvo su mirada.

—Si mañana desapareciera este acuerdo, seguiría queriendo conocerte.

Y aquella vez Antonia no encontró ninguna respuesta sarcástica, porque, por primera vez, Juan no estaba hablando como el hombre al que su familia había obligado a casarse, estaba hablando como un hombre que, aun teniendo la posibilidad de marcharse, acababa de descubrir que no quería hacerlo.

—Entonces… ¿crees que podrías enamorarte de mí?

Juan se quedó inmóvil.

Durante un breve instante, el hombre que parecía tener siempre una respuesta para todo no encontró ninguna.

La palabra había caído entre ellos con un peso inesperado.

Enamorarse.

Sus manos se cerraron lentamente.

—No me presiones con palabras que no sé cómo manejar.

Su voz salió más fuerte de lo que pretendía, pero Antonia alcanzó a percibir el temblor que había debajo de aquella brusquedad.

Esta vez no había arrogancia en sus ojos, había desconcierto.

—No sé qué me está pasando contigo.

Antonia permaneció en silencio.

Juan levantó una mano y rozó suavemente su mentón, esperando apenas un instante antes de tocarla, como si fuera consciente de que ella podía decidir si quería acercarse o no.

—Nunca he sentido este maldito caos en el pecho por nadie.

Antonia sostuvo su mirada.

—Eso no responde mi pregunta.

Juan soltó una respiración entrecortada.

—Lo sé.

Bajó la mano.

—Porque no tengo una respuesta.

Ella lo miró con una mezcla de curiosidad y ternura.

Juan continuó:

—Sé que quiero estar cerca de ti. Sé que me importa lo que piensas de mí, aunque apenas te conozco. Sé que la idea de que otro hombre llegue a ocupar un lugar importante en tu vida me molesta muchísimo más de lo razonable.

Antonia sonrió ligeramente.

—Eso suena bastante posesivo.

—Lo es.

Juan no intentó negarlo.

—Y probablemente sea algo que tenga que aprender a controlar.

Aquella admisión consiguió sorprenderla.

Él se pasó una mano por el cabello.

—Pero enamorarme…

Volvió a mirarla.

—No sé si puedo hacer eso.

Antonia bajó la mirada.

—Está bien.

Juan frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé.

Ella volvió a levantar los ojos.

—Entonces tampoco pienses en pedirme algo que todavía no sabes si puedes darme.

Juan permaneció callado.

—Puedo ofrecer otra cosa.

—¿Cuál?

—Que no voy a fingir.

Antonia lo observó.

—Si algún día me enamoro de ti, lo sabrás.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de ella.

—¿Y si no?

Juan sostuvo su mirada.

—También.

Hubo un silencio.

Y entonces, casi en un susurro, añadió:

—Pero tengo la sensación de que deberías preocuparte más por la primera posibilidad.

—¿Y si hacemos que pase?—preguntó Antonia.

Juan se quedó inmóvil.

Su mirada descendió lentamente hasta los labios de ella y volvió a sus ojos.

Un gruñido bajo escapó de su garganta.

—No me tientes —murmuró—. No tengo precisamente la paciencia de un santo.

Antonia ladeó la cabeza.

—¿Ah, no?

Preguntó Antonia mientras se acomodó el cabello hacia un lado del rostro, dejando su expresión completamente descubierta.

—No.

Juan sonrió.

Una sonrisa lenta, peligrosa.

—Soy todo menos un santo.

Se puso de pie.

Antonia tuvo que levantar la mirada para encontrar sus ojos.

Juan le extendió una mano.

Ella la observó durante un segundo.

Después aceptó.

Los dedos de él se cerraron alrededor de los suyos y la ayudó a levantarse.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella.

—A un lugar donde pueda hablar contigo sin que nuestras familias estén prácticamente escuchando detrás de la puerta.

Antonia soltó una pequeña risa.

—¿Y solo vamos a hablar?

Juan la miró de reojo.

—No dije eso.

La condujo hacia uno de los rincones más apartados del salón, detrás de un biombo decorativo que separaba aquella parte de la habitación del resto.

Sus familias estaban apenas a unos metros, lo suficientemente cerca para recordarles que no estaban completamente solos, pero suficientemente lejos para que, por unos minutos, pudieran olvidarlo.

Juan se detuvo frente a ella.

Ya no parecía el hombre que había estado hablando de contratos y condiciones, la miraba como si estuviera intentando memorizar cada detalle de su rostro.

—¿Quiere que te demuestre que me atraes? —preguntó.

Antonia sostuvo su mirada.

—Sí.

Juan respiró profundamente.

—Entonces mírame.

Ella lo hizo.

Él levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello de su rostro.

El gesto fue inesperadamente delicado.

—Desde que entraste por esa maldita puerta no he podido dejar de mirarte.

Antonia sonrió.

—Eso ya lo había notado.

—Lo sé.

Su pulgar rozó fugazmente su mejilla.

—Y llevo toda la noche intentando convencerme de que necesito conocerte mejor.

—¿Y nada más?

Juan negó lentamente.

—No solamente.

La distancia entre ambos se hizo pequeña.

Antonia podía sentir el cambio en su respiración.

Juan bajó la voz.

—Me atraes.

Una confesión sencilla.

Sin adornos.

—Muchísimo más de lo que debería después de unas horas.

Antonia sostuvo su mirada.

—Entonces supongo que el acuerdo no es lo único que te tiene aquí.

Juan sonrió.

—Definitivamente no.

Ninguno de los dos habló. No hacía falta.

La tensión entre ambos había dejado de ser una sospecha, ahora era algo que los dos podían sentir.

____


Juan había pasado toda su vida acostumbrado a tener el control.

Desde niño había recibido prácticamente todo lo que quería. Había crecido rodeado de dinero, privilegios y personas dispuestas a resolver cualquier problema antes de que él siquiera tuviera que enfrentarlo.

Era un niño malcriado.

Nunca había dejado de serlo, cuando algo no salía como esperaba, levantaba la voz. Cuando alguien se atrevía a contradecirlo, lo enfrentaba.

En los negocios podía ser intimidante hasta el extremo de hacer callar una sala entera con una sola mirada.

Con las mujeres tampoco había sido diferente, estaba acostumbrado a tomar la iniciativa, a marcar el ritmo, a ser el hombre que decidía qué quería y cómo conseguirlo.

Además, había construido su cuerpo con la misma disciplina con la que se había ganado el lugar en el imperio de su padre. Años de entrenamiento habían convertido el ejercicio en una parte casi obsesiva de su rutina. Era enorme, fuerte y consciente del efecto que producía cuando entraba en una habitación.

Nada de eso le había servido aquella noche. porque Antonia lo había dejado completamente fuera de juego.

Desde el instante en que la vio atravesar aquella puerta, algo dentro de él había cambiado.

¿Qué demonios me pasa?

La observó mientras permanecía frente a él.

Aquella mujer conseguía algo que prácticamente nadie había conseguido en toda su vida:

Lo hacía quedarse sin palabras. Me calla la boca a mí. A él

Al hombre que discutía con directores, políticos, abogados y miembros de su propia familia sin bajar la voz ante nadie.

Y ahora bastaba una mirada de Antonia para que tuviera que pensar dos veces antes de hablar.

Juan cerró las manos lentamente.

Intentaba mantener la compostura, intentaba que su voz siguiera sonando ronca y segura, pero sus manos estaban sudando, como las de un adolescente, su cuerpo, normalmente obediente y disciplinado, parecía haber decidido traicionarlo.

Por dentro estaba temblando y aquello lo enfurecía.

No porque Antonia estuviera haciendo algo malo, sino porque no entendía cómo una mujer a la que acababa de conocer podía tener semejante efecto sobre él.

No. Respiró profundamente. Esto no es normal.

El acuerdo había comenzado como un negocio, una alianza entre dos familias una forma de unir intereses y mantener contentos a sus padres. Nada más.

Eso era lo que había pensado, pero ahora Antonia estaba frente a él y el matrimonio ya no parecía un simple contrato, había empezado a convertirse en una obsesión. Cada palabra que decía se le quedaba grabada, cada gesto, cada pequeña provocación, incluso aquella manera de mirarlo como si no le tuviera miedo.

Juan apretó la mandíbula.

¿Qué me estás haciendo?

Por primera vez en su vida, el hombre que siempre había conseguido exactamente lo que quería se encontró deseando algo que no podía comprar.

No quería simplemente casarse con ella, quería conocerla, quería descubrir qué había detrás de aquella mujer, quería saber por qué parecía tan cansada, quería escucharla hablar, quería verla reír.

Y, para su absoluta desgracia, quería que aquello durara mucho más que el tiempo establecido por sus familias.

Juan apartó la mirada durante un segundo.

No.

Volvió a mirarla.

Esto no puede estar pasando.

Había llegado a aquella casa convencido de que algún día Antonia pediría el divorcio, ahora la idea de escucharla decir esas palabras le provocaba una incomodidad que no sabía explicar.

Y eso sí que era peligroso.

Porque Juan podía controlar un contrato, podía controlar una empresa, podía controlar una negociación, pero no podía controlar lo que aquella mujer estaba empezando a despertar dentro de él.

—Maldita sea… —murmuró casi para sí.

Antonia arqueó una ceja.

—¿Qué?

Juan la miró.

Por primera vez, no tuvo una respuesta preparada.

—Nada.

Ella sonrió.

Y Juan comprendió que estaba perdido mucho antes de haber tenido siquiera la oportunidad de darse cuenta.

—Nos guste o no, tenemos un mes para la boda.

Antonia bajó la mirada hacia las manos de ambos.

Después volvió a mirarlo.

—Dime qué esperas de mí. ¿Cómo puedo hacer que esto funcione? ¿Y qué puedes hacer tú?

Juan se quedó observándola.

La pregunta era mucho más sencilla de lo que parecía y, sin embargo, consiguió desarmarlo.

Mantuvo la mano de Antonia entre las suyas. Sus palmas todavía estaban ligeramente húmedas, algo que le habría resultado casi humillante admitir frente a cualquier otra persona.

—Quiero todo de ti.

Antonia arqueó una ceja.

Juan sonrió apenas.

—No me refiero solamente a tu obediencia. Ni a tenerte a mi lado. Ni siquiera a compartir una cama contigo cada noche.

Su voz descendió.

—Quiero que me mires a los ojos y me digas la verdad, incluso cuando sea algo que no quiero escuchar.

Hizo una pausa.

—Si estás enojada conmigo, dímelo. Si no estás de acuerdo, dímelo. Si algún día quieres irte… también quiero que tengas el valor de decírmelo.

Antonia lo miró sorprendida.

—¿Y tú qué puedes hacer?

Pregunto Juan sabiendo que estaba siendo vulnerable y estaba fuera del control que tenía habitualmente.

—Cuidarte.

La respuesta salió sin pensarlo.

Su mirada se suavizó.

—Puedo ser incondicional contigo de una forma que probablemente no conoces.

Antonia levantó lentamente la mano que Juan todavía sostenía y depositó un beso suave sobre sus nudillos.

Juan se quedó completamente inmóvil. El gesto había sido pequeño casi inocente.

Pero para un hombre acostumbrado a que las personas se acercaran a él por miedo, respeto, dinero o conveniencia, aquella muestra de ternura tuvo un efecto devastador.

Su respiración se detuvo durante un instante.

—¿Cuidarme…?

La palabra salió convertida en un murmullo.

Antonia lo miró.

Juan bajó la vista hacia su propia mano, como si acabara de descubrirla.

—Nadie me ha dicho algo así jamás.

Su voz ya no tenía aquella fuerza autoritaria de minutos atrás. Ahora Antonia podía escucharlo sin la armadura.

Juan levantó nuevamente los ojos.

Antonia sintió que algo cambiaba en su expresión. Aquel hombre enorme, arrogante y acostumbrado a conseguirlo todo parecía, de repente, mucho más humano.

Juan tragó saliva.

—Así que si realmente quieres saber qué puedo hacer…

La miró directamente.

—Puedo dejarte entrar.

Antonia permaneció en silencio.

—Y para mí eso es mucho más difícil que darte cualquier cosa que pueda comprarse con dinero.

Por primera vez aquella noche, ninguno de los dos estaba hablando del matrimonio, ni del acuerdo, ni de sus familias, estaban hablando de ellos.

Y quizá, pensó Antonia, ese era el primer momento en que aquel matrimonio había empezado realmente.

Antonia levantó lentamente la mano y acarició su cabello.

El gesto fue sencillo. Casi inocente, pero para Juan fue como si todo el ruido del mundo hubiera desaparecido de golpe.

—Sí… —susurró ella, sin apartar los ojos de los suyos—. Cuidarte. Puedo ser tu lugar seguro.

Su respiración se volvió un poco más rápida mientras sus dedos continuaban acariciando suavemente su cabello.

Juan se tensó por completo, se quedó inmóvil. Congelado.

Su respiración se cortó, sintió el calor de la mano de Antonia recorrer su cabello y llegar hasta su rostro, y por un instante las líneas duras de su expresión parecieron suavizarse. No había exigencia, no había miedo, no había interés.

Solo ella, y esas palabras, puedo ser tu lugar seguro.

Juan tragó saliva.

Ya no era solamente deseo, ni curiosidad, ni siquiera aquella fascinación que había intentado explicarse desde que la vio por primera vez, era algo mucho más peligroso para un hombre como él.

Juan inclinó ligeramente la cabeza hacia su mano, buscando inconscientemente prolongar el contacto.

—No sé cómo hacer esto —confesó.

Antonia frunció apenas el ceño.

—¿Hacer qué?

Él soltó una pequeña risa sin humor.

—Dejar que alguien me cuide.

Sus enormes manos, que tantas veces habían sostenido decisiones capaces de cambiar la vida de otras personas, se cerraron lentamente sobre sus propias piernas.

—Siempre he sido yo quien cuida a los demás. El que resuelve. El que protege. El que tiene que saber qué hacer.

Hizo una pausa.

—Pero nadie me enseñó qué hacer cuando soy yo quien necesita que alguien se quede.

Antonia lo observó en silencio.

Y Juan supo, con una claridad que casi lo asustó, que quería que ella fuera esa persona.

No por el contrato, no por sus familias, no porque dentro de un mes fueran a convertirse oficialmente en marido y mujer, la quería allí porque, por primera vez, estar junto a alguien no le hacía sentir que tenía que demostrar nada.

—Antonia… —murmuró.

Ella sostuvo su mirada.

—¿Sí?

Juan tomó su mano con cuidado y la llevó hasta sus labios, dejando un beso lento sobre ella.

—Si vas a ser mi lugar seguro…

Se detuvo, como si las siguientes palabras le costaran más que cualquier negociación que hubiera enfrentado en su vida.

—Entonces déjame ser el tuyo también.

Antonia sintió que el pecho se le apretaba.

Juan no sonrió, solo la miró, sin máscaras, sin arrogancia, sin aquella seguridad aplastante que parecía acompañarlo siempre, y, por primera vez desde que lo conocía, Antonia entendió algo que nadie le había explicado sobre aquel hombre enorme, poderoso e intimidante.

Juan no necesitaba que alguien se rindiera ante él, quizás, en el fondo, llevaba toda su vida esperando encontrar a alguien ante quien pudiera bajar la guardia.

Antonia mantuvo la mano sobre su cabello, acariciándolo lentamente.

—Puedo estar para ti… —dijo en voz baja—. Y no por este acuerdo.

Juan abrió los ojos.

Ella sostuvo su mirada.

—No me toca hacerlo. No es una obligación. Es una elección.

Aquellas últimas palabras parecieron golpearlo más fuerte que cualquier otra cosa que hubiera dicho esa noche.

Una elección.

Antonia respiró profundamente antes de continuar.

—Juan… quiero conocerte antes. De verdad. No al hombre que todos conocen, no al magnate, no al hombre que nuestras familias decidieron que debía ser mi esposo.

Sus dedos acariciaron suavemente su cabello.

—Quiero conocerte a ti.

Juan permaneció completamente quieto.

—Y voy a estar aquí para ti —añadió ella—. Siempre que tú también quieras que esté.

Él cerró los ojos.

Durante unos segundos no dijo nada.

Solo dejó que aquellas palabras entraran en un lugar al que casi nadie había tenido acceso.

No por obligación, por elección. Sintió que algo dentro de él se quebraba lentamente.

Juan había pasado toda su vida consiguiendo cosas. Personas, negocios, poder, respeto. Todo podía obtenerse de una manera u otra, pero aquello no, aquello no podía comprarse.

Al abrir los ojos, su mirada había cambiado.

La rodeó con sus enormes brazos y la atrajo hacia él, envolviéndola contra su pecho.

Antonia sintió la fuerza de su cuerpo, pero también algo completamente distinto debajo de ella: un temblor casi imperceptible.

Juan hundió el rostro junto a su cuello y respiró profundamente, no para poseerla, para tranquilizarse, como si necesitara comprobar que realmente estaba allí.

—Repítelo —murmuró contra su piel.

Antonia sonrió ligeramente.

—¿Qué cosa?

Juan levantó el rostro y la miró.

—Que eliges conocerme.

Ella sostuvo sus ojos.

—Te elijo.

Juan cerró los ojos nuevamente, y esta vez fue incapaz de esconder la emoción.

La abrazó un poco más fuerte, pero cuando sintió que ella se acomodaba entre sus brazos, aflojó inmediatamente la presión, como si incluso en medio de aquella necesidad desesperada de tenerla cerca hubiera entendido algo nuevo, ella no estaba allí porque él pudiera retenerla, estaba allí porque quería quedarse y esa diferencia lo transformaba todo.

—No tienes idea de lo que acabas de hacerme —susurró.

—Creo que empiezo a tener una idea.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Juan.

—Entonces tienes que saber algo más.

—¿Qué?

La miró directamente.

—Yo también te elijo, Antonia.

—Mírame.

Juan levantó la mirada de inmediato.

La rapidez con la que obedeció habría sorprendido a cualquiera que conociera su carácter. Aquel hombre no estaba acostumbrado a recibir órdenes. Mucho menos a obedecerlas, pero a ella sí.

Sus ojos oscuros se clavaron en los de Antonia, y por unos segundos ninguno dijo nada.

Juan respiraba profundamente. Su pecho subía y bajaba con lentitud, aunque el ritmo acelerado de su corazón lo delataba, Antonia pudo ver algo que pocas personas habían visto alguna vez, vulnerabilidad.

No la del hombre poderoso que ocasionalmente mostraba cansancio, la verdadera, la del hombre que, por primera vez, no estaba intentando controlar lo que sentía.

—Te estoy mirando —murmuró.

Su voz era apenas un susurro ronco.

—Y creo que podría pasarme el resto de mi vida haciendo exactamente esto.

Una de sus manos subió lentamente hasta la nuca de Antonia, sosteniéndola con cuidado, no apartó los ojos de los suyos.

—¿Sabes qué es lo extraño?

—¿Qué?

Juan tragó saliva.

—Que siempre pensé que cuando alguien me miraba así estaba intentando conseguir algo de mí.

Sus dedos acariciaron suavemente su cabello.

—Tú no.

Antonia negó lentamente con la cabeza.

—No.

—Tú simplemente me miras.

Ella sonrió.

—Porque quiero conocerte.

Juan dejó escapar una respiración temblorosa.

Aquellas palabras volvían a desarmarlo.

—Entonces mírame todo lo que quieras —susurró—. No voy a esconderme de ti.

Antonia sostuvo su rostro entre las manos.

—¿Y qué voy a hacer contigo?

—Conocerme.

—Eso ya lo estoy intentando.

—No. —Antonia negó suavemente—. De verdad.

Juan la observó durante unos segundos.

Después acercó su frente a la de ella.

—Entonces tenemos un mes.

—Tenemos mucho más que un mes.

Él sonrió.

—Eso espero.

Y esta vez, cuando Juan volvió a mirarla, no había un magnate frente a ella, no había un hombre acostumbrado a mandar, solo estaba Juan. Y Antonia acababa de convertirse en la primera persona ante quien él quería ser exactamente ese hombre.

—Me encantas.

Antonia acarició lentamente su rostro.

Juan se quedó inmóvil.

Aquellas dos palabras, dichas tan sencillamente, parecieron atravesar todas las defensas que todavía le quedaban.

Ella se acercó un poco más, hasta quedar a escasos centímetros de sus labios.

—Y eres mío —susurró.

Juan dejó escapar una respiración profunda, casi temblorosa, sus ojos se cerraron durante un instante, no porque quisiera escapar de aquellas palabras, todo lo contrario, parecía estar intentando contener todo lo que habían despertado en él.

Cuando volvió a mirarla, sus ojos tenían una intensidad completamente distinta.

—Dilo otra vez.

Antonia sonrió.

—Me encantas

Juan soltó una pequeña risa ronca, incrédula.

—No tienes idea de lo que provocas cuando me dices eso.

—¿No?

—No.

Su mano subió hasta el rostro de ella y lo acarició con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de sus manos.

—¿Aunque nadie te obligara?

—Precisamente por eso.

Juan acercó lentamente su rostro al de ella.

Se detuvo antes de besarla, le dio la oportunidad de decidir.

Antonia cerró la distancia.

Sus labios se encontraron en un beso suave, breve, cargado de todo aquello que ninguno de los dos había sabido poner en palabras.

Cuando se separaron apenas unos centímetros, Juan mantuvo la frente apoyada contra la de ella, cerró los ojos. Y sonrió.

No como el hombre que acababa de conseguir algo que quería, sino como alguien que acababa de descubrir que ser elegido podía sentirse mucho mejor que tenerlo todo.

Antonia volvió a besarlo, esta vez no fue un beso tímido ni cuidadoso, fue más intenso, más decidido, cargado de todo lo que acababan de confesarse.

Juan respondió inmediatamente.

La rodeó con sus brazos y la acercó a él, sintiendo cómo el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho. Por un instante olvidó el contrato, las familias, la boda y todo aquello que había creído tener bajo control.

Solo existían ellos.

Cuando finalmente se separaron unos centímetros para recuperar el aire, Juan permaneció con la frente apoyada contra la de ella.

Respiraba profundamente.

Sus ojos estaban cerrados.

—Quédate conmigo —susurró.

Antonia apoyó la cabeza contra su pecho.

—Me quedo.

Y Juan cerró los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo, aquella palabra no le produjo miedo, le produjo paz.

—Quiero ser tuya.

Antonia no lo dijo con timidez, tampoco con aquella ternura que había marcado momentos anteriores, esta vez lo miró directamente a los ojos, esta vez era una mujer hermosa, segura de sí misma y perfectamente consciente del efecto que tenía sobre él. Había algo provocador en su sonrisa, algo decidido en la manera en que sostenía su mirada.

Le estaba diciendo, sin rodeos, que lo deseaba.

Juan se quedó completamente quieto.

Durante un segundo pareció olvidar incluso cómo respirar, después soltó una risa baja, incrédula, mientras sus ojos recorrían su rostro.

—Antonia…

Ella se acercó un poco más.

—¿Qué?

Juan negó lentamente con la cabeza.

—Tú sabes exactamente lo que estás haciendo.

—Sí.

Aquella respuesta terminó de desarmarlo.

La tomó por la cintura y la acercó a él, sin apartar los ojos de los suyos.

—Entonces no vuelvas a decirme algo así si no quieres que me lo tome en serio.

Antonia sonrió.

—¿Y quién dijo que no quiero?

Juan la observó durante unos segundos.

Toda aquella seguridad que siempre había llevado como una armadura estaba desapareciendo frente a ella.

—Eres peligrosa —murmuró.

—¿Yo?

—Muchísimo.

Antonia acarició su mejilla.

—Tú tampoco pareces precisamente inofensivo.

Juan sonrió.

—No lo soy.

Se inclinó hacia ella y la besó nuevamente.

Esta vez el beso fue más intenso, más decidido. Ya no había dudas entre ellos. Solo la certeza de que ambos estaban cruzando voluntariamente una línea que hasta hacía unas horas ni siquiera sabían que existía.

Cuando se separaron, Juan permaneció muy cerca de sus labios.

—Si esto es lo que quieres —susurró—, quiero que sea porque me deseas a mí. No porque sientas que tienes que hacerlo por el acuerdo.

Antonia sostuvo su mirada.

—Te deseo a ti, Juan.

Él cerró los ojos durante un instante.

Y aquella sencilla respuesta pareció ser mucho más poderosa que cualquier promesa que pudieran haber firmado sus familias.

—Entonces ven aquí —murmuró.

Antonia sonrió.

Y volvió a acercarse a él.

— ¡¡Espera!!

Antonia le dice mientras lo sigue besando.

— Yo escuché tus condiciones, escucha las mías.

Dijo Antonia

Juan se detiene en seco, su cuerpo queda tenso como un resorte a punto de estallar, mientras su respiración pesada y caliente golpea la piel de Antonia.

Sus ojos oscuros, inyectados en una mezcla de deseo salvaje y una confusión repentina, se clavan en los suyos mientras sus manos masivas aún le sujetan por la cintura con una fuerza posesiva que delata cuánto le cuesta no seguir adelante.

—¡Maldita sea, Antonia! ¡No puedes encender un fuego así en un hombre como yo y luego pedirle que se detenga! — dice con voz profunda, aunque su lealtad recién jurada lo obliga a escucharla a pesar de la presión dolorosa en su entrepierna.

Se separa apenas unos centímetros para darte espacio, aunque su mirada sigue siendo la de un depredador hambriento. —Habla rápido... ¿cuáles son esas condiciones? Pero que sean razonables, porque mi paciencia se está agotando más rápido que mi cordura ahora mismo.

Antonia sostuvo su mirada.

—Primero quiero que me dejes tener una vida.

Juan no dijo nada.

Ella continuó, con una seguridad que no dejaba espacio para malentendidos.

—Te prometo que voy a ser leal y fiel a ti. Pero necesito que me permitas seguir siendo yo.

Juan frunció ligeramente el ceño, escuchándola con absoluta atención.

—Quiero poder elegir. Quiero que escuches mis decisiones, aunque no siempre estés de acuerdo con ellas. Quiero que podamos hablar, discutir, incluso llevarnos la contraria sin que eso signifique que uno de los dos tiene que someterse al otro.

Hizo una pausa.

—No quiero convertirme en alguien que simplemente vive detrás de ti.

Sus ojos se suavizaron.

—Quiero estar a tu lado.

Juan sintió que algo le golpeaba el pecho.

Antonia tomó su mano.

—Tú no estarás solo, Juan.

Aquella frase consiguió desarmarlo más que todas las anteriores.

—Y quiero ser la persona que pelea contigo.

Sus dedos se entrelazaron con los de él.

—La que se queda cuando las cosas se ponen difíciles. La que te diga cuando estés equivocado. La que te recuerde quién eres cuando tú mismo lo olvides.

Lo miró directamente a los ojos.

—Quiero caminar contigo. Y si algún día la vida nos lleva a una batalla que ninguno de los dos esperaba…

Respiró profundamente.

—Quiero estar ahí contigo hasta el final.

Juan permaneció en silencio.

Su expresión había cambiado.

Ya no estaba mirando a la mujer que deseaba.

Estaba mirando a la mujer que acababa de ofrecerle algo que jamás había imaginado pedir, una compañera, no una esposa obediente, no una figura decorativa, no alguien que necesitara esconderse detrás de su apellido.

Una igual.

Juan tomó su rostro entre sus manos.

—Antonia…

Su voz salió mucho más baja de lo habitual.

—Nunca pensé que alguien pudiera decirme algo así.

Ella sonrió apenas.

—¿Y eso es un sí?

Juan soltó una pequeña risa.

—Es un sí.

La acercó hacia él y apoyó su frente contra la de ella.

—Nunca había pensado que mujer quiero como esposa, pero se que no quiero una mujer que tenga miedo de contradecirme. No quiero una sombra detrás de mí.

Sus pulgares acariciaron suavemente sus mejillas.

—Quiero a la mujer que tengo enfrente.

Antonia lo observó en silencio.

—Quiero que tengas tu propia vida. Tus amigos. Tus proyectos. Tus decisiones. Tus sueños.

Su mirada se volvió intensa.

—Y cuando quieras que esté a tu lado, estaré.

Hizo una pausa.

—Pero no voy a encerrarte para tenerte conmigo. Quiero que seas libre y que, aun siendo libre, sigas eligiéndome.

Antonia sonrió.

Juan besó suavemente su frente.

—Esa es la clase de esposa que quiero para siempre en mi vida.

Ella levantó una ceja.

—¿Esposa para siempre?

Juan sonrió.

—Sí.

—Pensé que esto era un acuerdo temporal.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

—Yo también.

La miró fijamente.

—Pero ya no estoy tan seguro de querer que termine.

Antonia permaneció cerca de él, con una mano apoyada en su rostro.

—Lo segundo…

Juan la miró con atención. Todavía tenía una de sus manos entre las suyas, y aunque parecía más tranquilo, sus ojos seguían recorriendo su expresión, intentando anticipar lo que estaba a punto de decirle.

—Si no quieres que nos casemos, podemos no hacerlo.

Juan se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Podemos enfrentarnos a nuestras familias. Podemos decirles que no estamos dispuestos a seguir adelante con el acuerdo. Podemos arriesgarlo todo, Juan. Las alianzas, los negocios, las expectativas de nuestros padres… todo.

Antonia respiró profundamente.

—No te estoy diciendo que quiera hacerlo. Te estoy diciendo que podemos hacerlo si eso es lo que tú quieres.

Él la observó sin pestañear.

Hasta ese momento, Juan había pensado que la decisión de casarse estaba tomada. Que ambos tendrían que adaptarse a ella, aprender a convivir y, con suerte, encontrar algo bueno en medio de aquel arreglo.

Pero Antonia acababa de poner una alternativa sobre la mesa.

Una salida.

Y, al mismo tiempo, una pregunta que no podía responder refugiándose detrás de su apellido.

—Si después de todo esto todavía quieres elegirme para hacer nuestra vida juntos… —continuó ella—, quiero que lo hagas bonito.

Juan bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

—¿Bonito? —repitió.

—Sí.

Antonia sonrió, aunque sus ojos conservaron aquella seriedad que él empezaba a reconocer.

— Te estoy pidiendo que, si me eliges, me elijas de verdad. Que no entres en esto pensando en cómo vas a salir.

Juan dejó de respirar por un instante.

— Que no entres pensando en cómo vas a salir.

Era exactamente lo que había hecho al aceptar aquel matrimonio. Había calculado los términos, previsto el desenlace y decidido que, cuando Antonia se cansara de él, firmarían los documentos necesarios y todo terminaría sin mayores complicaciones.

Un acuerdo, una esposa. un final previsto.

Pero ahora ella estaba frente a él, ofreciéndole la posibilidad de marcharse antes de empezar y pidiéndole, al mismo tiempo, que no la eligiera si no estaba dispuesto a quedarse.

Juan soltó lentamente su mano y se pasó los dedos por la mandíbula.

—¿Sabes qué es lo que más me sorprende de ti?

Antonia negó con la cabeza.

—Que podrías pedirme que me case contigo ahora mismo y probablemente lo haría.

Ella arqueó una ceja.

—Eso no responde mi pregunta.

Juan dejó escapar una risa breve.

—No. Supongo que no.

Volvió a tomarle la mano.

—Me sorprende que me estés dando la oportunidad de irme cuando eres precisamente la mujer con la que no quiero perder esta oportunidad.

Antonia lo miró con cautela.

—Juan, no quiero que me respondas lo que crees que quiero escuchar.

—Lo sé.

—Quiero que lo pienses.

—Lo estoy pensando.

Él se inclinó un poco hacia ella.

—Y quiero que me escuches bien, Antonia. Si nos casamos, no quiero hacerlo porque nuestras familias hayan firmado un acuerdo. Tampoco porque me resulte conveniente, ni porque crea que puedo cumplir con mis obligaciones y esperar a que un día te canses de mí.

Sus dedos se cerraron suavemente alrededor de los de ella.

—Quiero casarme contigo porque quiero despertarme a tu lado. Porque quiero conocerte cuando estés feliz y cuando tengas uno de esos días en los que no quieras hablar con nadie. Porque quiero discutir contigo por cosas estúpidas y reconciliarme contigo antes de dormir. Porque quiero que tengas una vida propia y que, aun teniéndola, encuentres un lugar para mí en ella.

Antonia sintió que su expresión se suavizaba.

Juan acercó su mano a los labios y la besó.

—No puedo prometerte que nunca voy a equivocarme. Tengo un carácter difícil, soy orgulloso y probablemente voy a tener que aprender a hacer muchas cosas que nunca he hecho.

—Eso ya lo sé —respondió ella, con una sonrisa.

Juan soltó una carcajada baja.

—Claro que lo sabes. Llevamos unas horas conociéndonos y ya me estás poniendo condiciones.

—Y todavía me faltan cosas por pedirte.

—Empiezo a sospecharlo.

La sonrisa de Antonia se amplió.

Pero Juan volvió a ponerse serio.

—Quiero que construyamos una vida en la que los dos podamos ser nosotros mismos. Una vida a la que ninguno tenga que escapar.

Antonia permaneció en silencio, mirándolo.

—Entonces, ¿qué eliges? —preguntó finalmente.

Juan la contempló durante unos segundos.

Podía enfrentarse a sus padres. Podía soportar las consecuencias de romper el acuerdo. Podía renunciar a cualquier ventaja que aquel matrimonio le ofreciera. Lo que no quería era perder la posibilidad de descubrir qué podía llegar a ser aquello que estaba naciendo entre ellos.

—Te elijo a ti, Antonia.

Su voz fue firme, pero esta vez no había una orden en ella ni una promesa grandiosa destinada a impresionarla.

Solo una decisión.

—Y quiero casarme contigo.

Ella bajó la mirada un instante, como si necesitara asimilarlo.

Juan le levantó suavemente el mentón.

—Pero no quiero que lo hagamos por nuestras familias. Quiero que, cuando llegue el día de la boda, podamos mirarnos y saber que estamos ahí porque los dos queremos estarlo.

—¿Y si nos equivocamos?

—Nos equivocaremos.

Antonia sonrió.

—No eres muy bueno vendiendo la idea.

—Soy excelente negociando, cariño. Pero contigo estoy descubriendo que no todo se resuelve con una buena oferta.

Ella soltó una risa.

Juan acercó su frente a la de ella.

—No quiero comprarte una vida perfecta. Quiero construir una contigo.

Antonia cerró los ojos un instante.

Y Juan, que había aceptado aquel matrimonio imaginando un final, comprendió que por primera vez estaba dispuesto a empezar algo sin saber cómo terminaría. No porque tuviera garantizado que duraría para siempre, sino porque, si dependía de él, haría todo lo posible para que así fuera.

—Entonces hagámoslo bonito —susurró.

Antonia abrió los ojos.

—¿Qué cosa?

Juan sonrió.

—Nuestro matrimonio. Nuestra vida. Todo esto.

Le besó la frente.

—Y esta vez, Antonia, no voy a estar buscando la salida.

—Quiero que me lo pidas.

Juan dejó de sonreír.

—¿Qué?

Antonia sostuvo su mirada.

—Delante de todos.

Él la observó unos segundos, completamente sorprendido.

—Quiero que me pidas ser tu esposa —continuó ella—. Y quiero que nos olvidemos de ese puto acuerdo.

Una sonrisa lenta apareció en el rostro de Juan.

No era la sonrisa arrogante del magnate que acababa de cerrar un negocio.

Era la de un hombre que acababa de recibir exactamente lo que necesitaba para hacer realidad algo que, hasta esa noche, ni siquiera sabía que deseaba.

Soltó una carcajada grave.

—Está bien.

Antonia arqueó una ceja.

—¿Está bien?

—Está más que bien.

—Ven.

Ella miró su mano y luego volvió a mirarlo.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Juan…

—Tú lo pediste.

La sonrisa de Antonia apareció inevitablemente.

Tomó su mano.

Juan entrelazó sus dedos con los de ella y la condujo fuera del salón.


Mientras caminaban hacia el jardín, Antonia sintió cómo su corazón comenzaba a acelerarse.

Juan entró primero, Antonia caminó a su lado.

El murmullo de las conversaciones fue apagándose poco a poco.

El padre de Juan frunció el ceño.

—¿Ocurrió algo?

Juan no respondió inmediatamente, miró a su familia, después a los padres de Antonia.

Y finalmente a ella.

Entonces soltó su mano.

Antonia sintió una extraña mezcla de nervios y emoción.

Juan dio un paso hacia ella, y se arrodilló.

El jardín quedó completamente en silencio, su madre llevó una mano a su boca.

El padre de Antonia abrió los ojos, sorprendido.

Juan, aquel hombre enorme que parecía incapaz de inclinarse ante nadie, estaba de rodillas frente a Antonia. pero no parecía humillado.

Parecía decidido.

Le tomó una mano.

—Hasta esta noche, nuestras familias pensaban que esto era un acuerdo.

Miró brevemente a los demás.

—Un acuerdo entre dos familias. Una alianza. Un negocio.

Volvió sus ojos hacia Antonia.

—Y tenían razón.

Hizo una pausa.

—Hasta que la conocí.

Antonia sintió un nudo en la garganta.

Juan respiró profundamente.

—Antonia, no quiero casarme contigo porque nuestros padres lo decidieron.

Sacó lentamente una pequeña caja de su bolsillo.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

Juan abrió la caja.

—Quiero casarme contigo porque te elegí.

Sus ojos permanecieron fijos en los de ella.

—Te elijo sabiendo que vas a discutir conmigo. Sabiendo que vas a llevarme la contraria. Sabiendo que tienes tus propios sueños, tus propias decisiones y una vida que no quiero quitarte.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Antonia sintió que sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

Juan tomó su mano entre las suya.

—Así que, delante de nuestras familias y sin ningún contrato que nos obligue…

Hizo una pausa.

—Antonia Valcarcél, ¿quieres casarte conmigo?

El silencio fue absoluto.

Antonia miró el anillo.

Después miró al hombre que tenía frente a ella, el mismo hombre que unas horas antes había aceptado aquel matrimonio como una simple alianza, ahora estaba arrodillado frente a todos, pidiéndole que lo eligiera también.

Ella sonrió entre lágrimas.

—Sí.

Juan cerró los ojos por un segundo, bomo si necesitara respirar antes de permitir que la emoción lo venciera.

Antonia extendió la mano.

—Sí, quiero ser tu esposa.

Juan tomó el anillo y se lo colocó.

Entonces se puso de pie.

La abrazó.

Y esta vez no hubo ninguna duda en aquel abrazo.

Las familias comenzaron a reaccionar: sorprendidas, emocionadas, claramente intentando procesar el hecho de que el acuerdo que habían construido cuidadosamente acababa de convertirse en algo que ninguno de ellos podía controlar.

Juan, sin embargo, solo miraba a Antonia.

—Ahora sí —susurró.

—¿Ahora sí qué?

Él sonrió.

—Ahora podemos casarnos.

Antonia soltó una pequeña risa.

—¿Claro, hay un acuerdo?

Juan miró hacia sus familias.

—¿Qué acuerdo?

Ella sonrió.

Juan volvió a mirarla.

—Ya no existe.

Y delante de todos, tomó su rostro entre las manos y besó suavemente su frente.

Porque aquella noche no habían firmado un matrimonio, habían elegido uno.

Juan cerró los ojos por un instante, saboreando la calidez de su cuerpo contra el suyo mientras los brazos de Antonia rodeaban su cuello.

Respiró profundamente antes de hablar.

—Fuera de estas paredes quiero que camines a mi lado con la cabeza en alto.

Abrió los ojos y la miró.

—No quiero que te agaches ante nadie. Ni siquiera ante mí.

Antonia lo observó en silencio.

Juan llevó una mano hasta su rostro y acarició suavemente su mejilla.

—Quiero que seas exactamente como eres. Quiero que entres a una habitación y que todos sepan que no estás ahí porque eres la esposa de Juan.

Hizo una pausa.

—Estás ahí porque eres Antonia.

Ella sonrió.

—Eso suena mejor.

—Mucho mejor.

Juan besó suavemente su frente.

—No quiero una mujer que camine detrás de mí. Quiero que camines a mi lado.

Sus ojos se volvieron intensos.

—¿Y si soy demasiado?

Una sonrisa lenta apareció en el rostro de Juan.

—Entonces serán ellos quienes tengan que aprender a soportarte.

Ella soltó una carcajada.

—Qué conveniente.

—Soy un hombre práctico.

—Eres un hombre insoportable.

—Y aun así acabas de aceptar casarte conmigo.

—No me lo recuerdes.

Juan rio y volvió a acercarla hacia él.

—Quiero que conserves ese fuego, Antonia. No lo apagues por mí. No cambies tu forma de hablar, de vestir, de pensar o de vivir para encajar en mi mundo.

Sus dedos recorrieron suavemente su cabello.

—Mi mundo tendrá que aprender a hacerte espacio.

Antonia lo miró durante unos segundos.

—¿Y tú?

—Yo ya hice espacio.

—¿Dónde?

Juan llevó una mano hasta su pecho.

—Aquí.

Ella sonrió.

—Qué cursi.

—No se lo digas a nadie.

Antonia volvió a rodearle el cuello

—Tu secreto está a salvo conmigo.

Juan inclinó ligeramente la cabeza.

—Aunque hay algo que sí espero de ti.

—¿Más?

—Que cuando estemos solos sigas siendo esa mujer que me mira como si pudiera verme de verdad.

Antonia sostuvo su mirada.

—Eso puedo hacerlo.

—Bien.

Juan sonrió.

—Porque quiero conocer todo lo que hay detrás de esa mirada. No solo la mujer que todos van a ver cuando salgamos de esta casa.

Su voz bajó.

—Quiero conocer a Antonia cuando nadie esté mirando.

Ella acarició su rostro.

—Entonces tendrás que ganártelo.

Juan soltó una risa baja.

—¿Otra condición?

—Tal vez.

—Empiezo a entender cómo funciona esto.

—¿Cómo?

—Tú pones las condiciones y yo intento convencerte de que me dejes quedarme.

Antonia sonrió.

—¿Y te molesta?

Juan negó lentamente.

—No.

Besó su frente una vez más.

—Me encanta.

Juan levantó su copa y buscó los ojos de Antonia.

—Bueno —dijo con una sonrisa—. Entonces vamos a destrozar los planes de nuestras familias.

Algunas risas nerviosas recorrieron el jardín.

Juan no apartó la mirada de ella.

—Y vamos a enseñarles cómo se ve un verdadero matrimonio por elección.

Le tendió la mano.

Antonia la tomó.

Levantó su copa.

—Y mira cómo pongo tu nombre por encima de toda mi fortuna.

Antonia sonrió.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

Las copas chocaron.

—Por nosotros —dijo Juan.

—Por nosotros.

El brindis terminó entre felicitaciones, abrazos y comentarios de ambas familias. Antonia se quedó junto a Juan mientras sus padres se acercaban para despedirse.

Su madre la abrazó.

Pero Antonia conocía demasiado bien aquella expresión, la sonrisa amable, la voz dulce, la frase aparentemente inocente que siempre escondía algo detrás.

—Bueno, hija —dijo su madre—. Espero que esta vez sí sepas lo que estás haciendo aunque siempre haces lo contrario a lo que se te pide, por eso tuvimos que decidir por tí, no lo arruines.

Antonia sintió cómo se le tensaban los hombros.

Su madre continuó:

—Aunque supongo que ya no importa mucho lo que yo diga. Nunca me escuchaste cuando intenté ayudarte.

La frase salió acompañada de un suspiro, como si fuera ella la herida, como si Antonia hubiera pasado toda su vida haciéndole daño.

—Pero claro —añadió—, una madre siempre termina siendo la mala de la historia.

Antonia bajó la mirada por un instante.

Era exactamente lo mismo de siempre, la culpa disfrazada de preocupación, la víctima disfrazada de madre preocupada, la insinuación de que cualquier decisión que tomara Antonia terminaría demostrando que su madre tenía razón.

Pero esta vez algo era diferente.

Juan estaba a su lado.

Y lo había escuchado todo. Antonia levantó nuevamente la cabeza.

Antes de que pudiera responder, Juan habló.

—Señora.

Su voz fue tranquila.

No necesitó levantarla.

La madre de Antonia lo miró.

—Sí, Juan.

Él sostuvo su mirada.

—No conozco toda la historia entre ustedes y no pretendo conocerla después de una sola noche.

Antonia lo miró sorprendida.

Juan tomó suavemente su mano.

—Pero sí sé una cosa.

Miró a Antonia.

—Hoy ella tomó una decisión sobre su propia vida.

Volvió los ojos hacia su madre.

—Y voy a respetarla.

La mujer guardó silencio.

—Puede estar en desacuerdo con ella. Puede preocuparse. Incluso puede decirle que piensa que está equivocada.

Juan hizo una pausa.

—Pero no voy a permitir que la culpa sea utilizada para hacerla dudar de sí misma.

El rostro de su madre cambió ligeramente.

Antonia sintió un nudo en la garganta. Juan no había gritado, no la había insultado, no había necesitado hacerlo.

Simplemente había puesto un límite.

—Juan… —comenzó su madre.

Él negó suavemente con la cabeza.

—No estoy intentando ocupar el lugar de nadie.

Miró a Antonia.

—Ella no necesita que yo hable por ella.

Entonces volvió a mirar a su madre.

—Solo necesita saber que puede hablar sin miedo.

Antonia sintió que algo dentro de ella se aflojaba.

Su madre soltó un suspiro.

—Yo solo quiero lo mejor para mi hija.

Juan asintió.

—Entonces espero que pueda demostrárselo respetando sus decisiones y cuidando sus palabras.

Silencio.

Finalmente, la madre de Antonia se despidió y salió junto al resto de la familia

Las puertas se cerraron, y el ruido de los autos alejándose se fue apagando poco a poco.

Antonia permaneció inmóvil.

Juan no dijo nada inmediatamente.

Simplemente se quedó a su lado, hasta que ella respiró profundamente.

—Lo hace desde que era niña —murmuró.

Juan la miró.

—¿Qué?

—Hacerme sentir culpable por querer algo diferente a lo que ella quiere para mí.

Juan apretó suavemente su mano.

—Lo imaginé.

Antonia levantó la mirada.

Juan la rodeó con los brazos.

Esta vez no había una gran declaración, ni una promesa exagerada, solo un abrazo.

Uno en el que Antonia pudo quedarse todo el tiempo que necesitara, después de unos segundos, Juan bajó la mirada hacia ella.

—¿Quieres que te lleve a tu casa?

Le acarició suavemente el cabello.

—o si quieres puedes quedarte, puedes estar triste. Puedes estar enojada. Puedes llorar si quieres.

—Yo me quedo.

Antonia cerró los ojos y no sintió que tenía que defenderse de nadie, no porque Juan fuera a pelear todas sus batallas. Sino porque, por fin, sabía que no tenía que pelearlas sola.

Antonia se limpió rápidamente una lágrima que había escapado por su mejilla, era una lágrima extraña, hecha de demasiadas cosas al mismo tiempo.

De emoción, de culpa, porque, pese a todo, seguía siendo su madre y también de miedo. Miedo por lo que vendría después, porque conocía a su madre.

Sabía que aquella conversación no terminaría con el comentario que había lanzado frente a todos. Vendrían llamadas, silencios calculados, frases disfrazadas de preocupación. Quizá lágrimas. Quizá hacerse la víctima. Quizá recordarle todo lo que, según ella, había hecho por su hija.

Antonia bajó la mirada.

Juan lo notó inmediatamente.

Había sentido el rastro húmedo de aquella lágrima contra su pecho y, por un instante, toda la dureza de aquel hombre enorme pareció concentrarse en una sola cosa: la necesidad de protegerla.

La rodeó con los brazos con una suavidad que contrastaba con su tamaño y llevó una mano hasta su rostro. Con el pulgar, limpió lentamente la humedad que quedaba en su mejilla.

—Mírame.

Antonia levantó los ojos.

Los de Juan ya no tenían aquella expresión de hombre dispuesto a enfrentarse al mundo entero. Había algo más profundo allí. Una furia contenida, sí, pero dirigida contra aquello que había conseguido hacerla sentirse pequeña.

—No tienes que sentirte culpable —dijo con firmeza—. Y tampoco tienes que defenderme de tu madre. Ni tienes que explicarme por qué te duele.

Antonia tragó saliva.

Juan apoyó la frente contra la suya.

—Ya sé lo que va a decir después.

Juan respiró profundamente.

—Entonces cuando llegue ese momento, lo enfrentaremos.

Antonia abrió los ojos.

—¿Lo enfrentaremos?

—Sí. Pero escucha bien esta parte —dijo, levantando ligeramente su rostro para que no pudiera esconderse de su mirada—. Tú decidirás cómo.

Ella se quedó callada.

—Yo puedo estar a tu lado. Puedo escucharte. Puedo sostenerte cuando te duela. Puedo hablar si algún día tú me pides que lo haga. Y si alguien intenta humillarte delante de mí, no voy a quedarme callado.

Su pulgar volvió a recorrer su mejilla.

—Pero tu vida sigue siendo tuya, Antonia. No voy a convertirme en otra persona que decide por ti.

Aquello la desarmó.

Juan la acercó un poco más contra su pecho.

—No quiero que cambies una jaula por otra.

Antonia lo miró con una admiración profunda, casi incrédula ante el hombre que tenía delante. Y antes de que pudiera decir una sola palabra, se inclinó hacia él y lo besó con toda la pasión que llevaba acumulada.

Juan quedó inmóvil apenas un segundo.

—Dios, Antonia… vas a hacer que pierda el control aquí.

Ella se separó apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—¿No te importa que sea mayor que tú?

Juan arqueó una ceja.

—¿Mayor?

Antonia sonrió.

—Tengo treinta y ocho.

Él soltó una risa, esta vez más suave, como si aquella preocupación le pareciera completamente absurda.

—Antonia

Juan sostuvo su rostro entre sus manos y la contempló durante unos segundos.

—¿Sabes qué veo cuando te miro?

—¿Qué?

—Veo una mujer que sabe quién es. Que ha vivido. Que se ha equivocado. Que ha aprendido. Que tiene carácter suficiente para decirme que no cuando algo no le gusta y suficiente valor para decirme que sí cuando realmente lo quiere.

Antonia sonrió.

—Eso sonó bastante bien.

—Porque es verdad.

Juan acercó su frente a la de ella.

—Tus treinta y ocho años no son algo que tengas que explicarme ni mucho menos algo que tengas que esconder.

—Si esos años te convirtieron en la mujer que tengo delante, entonces no cambiaría ninguno.

Antonia lo observó en silencio, volvió a besarlo.

Esta vez Juan sonrió contra sus labios.

—Definitivamente —murmuró—, voy a tener que acostumbrarme a que mi esposa sea una mujer que sabe exactamente cómo volverme loco.

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