También aquí
Caél pegó la página al cristal frío de la ventana y contó hasta diez.
Al apartarla, la zona impresa seguía tibia.
Sostuvo el libro abierto por el lomo, sin tocarla, y volvió a probar. El cristal estaba empañado por dentro y el marco le enfriaba los nudillos. La ventana permanecía entornada, lo justo para que el gato pudiera entrar y salir. Esta vez contó más despacio. Diez. Quince. Veinte.
Nada.
—Muy bien —dijo—. Pues no viene de la lámpara.
El gato, desde el alféizar, abrió un ojo y lo cerró otra vez.
Caél regresó al escritorio con el libro en la mano. La cubierta azul oscuro tenía las letras verdes y plateadas comidas en los bordes de tanto haber pasado por manos que ya no estaban allí. *Ciclos del Cosmos*. R. Langford. Lo había sacado el sábado de una caja de libros gratuitos en la librería del mercado y llevaba tres noches durmiendo mal por culpa de alguien que no era la autora.
La otra persona escribía en los márgenes.
Una letra apretada, inclinada hacia delante, sin paciencia para las frases impresas. Había corregido fechas, unido párrafos con flechas, encerrado palabras en círculos y dejado interrogaciones donde Langford sonaba más segura. A veces bastaban dos trazos. En otras páginas la letra invadía el centro y obligaba a leer dos libros a la vez.
Caél prefería ese.
De Langford sabía lo que ponía en la solapa. De la persona de los márgenes no sabía nada, y eso llevaba tres noches pareciéndole una razón suficiente para seguir despierto.
El móvil vibró junto al teclado.
No hizo falta mirar la pantalla. Lo había puesto boca abajo hacía una hora precisamente para no verla, pero el zumbido contra la madera era el mismo de las otras veces. Esperó a que terminara.
El gato abrió otra vez los ojos.
—No empieces.
Cuando dejó de vibrar, le dio la vuelta.
Kevin.
Una llamada perdida.
Debajo seguían las llamadas anteriores. Cuatro días sin devolver ninguna.
Caél dejó el teléfono donde estaba y volvió al libro. El gato saltó a la mesa.
Tenía el pelaje del color del cielo justo antes de amanecer. Pasó entre la taza y el teclado, olfateó la esquina del libro y puso una pata encima de la página que Caél estaba intentando leer.
—Sí, claro, eso no ayuda.
El gato avanzó la otra pata.
—Exacto. Cero autoridad moral.
Caél le rascó detrás de las orejas. El ronroneo arrancó de inmediato, grave y satisfecho. Acarició un poco más antes de apartarlo. Solo entonces lo levantó con las dos manos y lo dejó en el alféizar.
El animal le clavó una mirada breve y empezó a lavarse una pata.
Volvió al libro.
Había encontrado la primera referencia a Aster la noche anterior. Una línea en el texto impreso sobre una lectura instrumental anómala; al lado, la otra mano había escrito dos palabras y una fecha. Caél la había rodeado. Más adelante aparecía de nuevo el nombre, esta vez junto a una aguja que se había movido antes de que el aparato registrara nada.
Lo que lo tenía despierto era el orden.
Retrocedió doce páginas, buscó la primera marca y puso el índice izquierdo debajo. Con la derecha pasó hacia delante sin quitarlo de allí hasta encontrar la segunda. Tenía el libro abierto a medias, sosteniendo el bloque de páginas entre los dedos.
En el margen se leía: *Aster antes que la aguja.*
Caél acercó la silla.
—Vale.
Miró la fecha de la página doce y luego la de aquella. Comprobó los números dos veces.
El orden de las páginas no coincidía con el de las fechas.
Pero Aster volvía a aparecer antes que la aguja.
El teléfono vibró otra vez sobre la mesa. Esta vez ni lo miró.
Cogió la pluma y la destapó.
Con el índice aún pillando la página doce, rodeó la fecha de la página actual y trazó una referencia hasta el margen.
*También aquí. Se repite.*
La otra letra se inclinaba hacia delante. La suya era más recta, más oscura. Juntas no quedaban mal.
Pensó que, si alguien abría ese ejemplar dentro de unos años, quizá no supiera cuál había llegado primero.
Caél dejó la pluma y llevó la taza a la cocina. El té estaba frío. Puso agua a calentar sin tirar lo que quedaba, añadió más encima y echó azúcar hasta que el té dejó de saber a té. Bebió dos tragos de pie y regresó al cuarto con la taza en la mano.
El gato seguía en el alféizar, sentado con el cuerpo recto y las orejas orientadas hacia la calle.
—¿Qué pasa?
El gato no lo miró.
La pantalla del ordenador hizo un chasquido seco y, casi al mismo tiempo, el suelo tembló bajo la silla.
Caél apoyó una mano en el escritorio y sintió la vibración subir por las patas de la mesa hasta alcanzarle la palma.
La bombilla del techo perdió fuerza durante menos de un segundo.
Desde la calle llegó un chirrido largo de neumáticos. Un instante después sonó un golpe grave, distante, seguido de unos segundos de silencio.
Caél se levantó y fue a la ventana.
Abajo había cinco o seis gatos repartidos por la acera. No estaban juntos ni parecían atenderse unos a otros, pero todos se habían quedado inmóviles y miraban en la misma dirección, hacia el oeste.
Su gato también estaba mirando hacia allí.
—Dime que no ha sido un terremoto.
El animal volvió la cabeza hacia él. Tenía las pupilas tan abiertas que apenas quedaba una franja de color alrededor del negro y, detrás de Caél, la cucharilla continuaba golpeando la porcelana con un tintineo pequeño y regular que no terminaba de apagarse.
Entonces empezó el zumbido.
Al principio creyó que venía de algún aparato de la habitación, pero lo sintió en los dientes antes de conseguir localizarlo. Cerró la mandíbula y la vibración siguió allí, extendiéndose por el cráneo hasta instalarse detrás de los ojos.
La imagen del monitor se deformó. Los bordes se contrajeron hacia el centro hasta dejar una sola línea gris atravesando la pantalla y la bombilla del techo perdió intensidad poco a poco, como si alguien estuviera bajando la corriente de toda la casa. Algo le chasqueó dentro de los oídos y, de pronto, la boca se le llenó de un sabor metálico.
Caél tragó saliva.
El sabor no desapareció.
El segundo temblor fue bastante más fuerte.
La taza se desplazó sobre el escritorio y la cucharilla golpeó con fuerza contra uno de los bordes. El gato perdió apoyo en el alféizar; las patas traseras resbalaron y las uñas rasparon la pintura del marco cuando el cuerpo empezó a vencerse hacia fuera.
Caél reaccionó antes de pensarlo y lo agarró.
El animal cayó contra su pecho con todo su peso, buscando dónde afirmarse. Una de las uñas le atravesó la camiseta y le arañó la piel, pero Caél apenas lo notó. Lo sujetó mejor con las dos manos, sintiendo el corazón del gato golpearle rápido contra los dedos.
Fue entonces cuando levantó la vista.
La fachada de enfrente ya no estaba.
En su lugar se alzaba una torre estrecha de cristal oscuro, demasiado alta para aquella calle, con líneas de luz recorriendo la fachada hasta perderse por encima del marco de la ventana.
Caél parpadeó.
Durante un instante volvió a ver el edificio de siempre.
Luego apareció la torre otra vez.
La bombilla del techo siguió encendida. La ventana permaneció entornada, lo justo para que cupiera un gato, y el aire frío continuó entrando en el cuarto como si nada hubiera ocurrido.
Sobre el escritorio, la cucharilla golpeó dos veces más contra la taza.
Luego se soltó el cordón de la persiana.
Las lamas cayeron de golpe.
---
Lo primero que volvió a oír Edda llegó por el lado izquierdo.
En el derecho solo tenía un pitido fino y continuo.
Estaba de rodillas sobre adoquín mojado, con una mano apoyada en el suelo y la otra cerrada en el pelo de Hubble. El gato seguía pegado a su costado, agazapado y respirando demasiado deprisa.
A menos de un metro, Julen estaba inclinado sobre la funda del aparato.
Tenía la espalda encorvada y una línea de sangre en la comisura de la boca. Intentó abrir el cierre con la derecha, pero la mano no le respondió bien.
Probó otra vez con la izquierda.
La funda se abrió.
Tocó una pieza, esperó y pasó a la siguiente.
—No responde.
Edda intentó ponerse de pie.
La pierna derecha cedió y volvió a caer sobre la rodilla. El dolor le subió por el muslo. Hubble se apartó lo justo para dejarle espacio y se quedó a su lado.
Edda respiró por la boca. Olía a lluvia, cerveza y aceite de una cocina cercana. Había una televisión encendida detrás de un cristal y, en la terraza, un hombre que había dejado de prestar atención al partido para mirarlos.
Tenía la cerveza suspendida a medio camino de la mesa.
Edda consiguió incorporarse agarrándose al respaldo de una silla vacía.
Julen se puso en pie después.
El hombre miró la funda abierta y la sangre en la boca de Julen.
—¿Habéis tenido un accidente?
Edda apenas oyó la pregunta.
—Perdone. ¿Qué día es hoy?
El hombre frunció el ceño.
—Veinticuatro de octubre.
Julen levantó la cabeza.
—¿Y el año?
El hombre lo miró un momento más de la cuenta.
—Dos mil seis.
Julen bajó la vista hacia la funda abierta.
—¿Esto es Kalapa?
Esta vez el hombre miró primero a Edda y después a él.
—Sí. Claro. ¿Os habéis perdido?
Julen cerró la funda con la izquierda.
—El sitio lo tenemos.
El hombre siguió mirándolos.
—¿Necesitáis que llame a alguien? Una ambulancia o algo.
Edda negó.
—No, gracias.
Dentro del bar ya había otras dos personas pendientes de ellos.
Julen se colgó la funda del hombro y miró la hora.
—Once minutos.
Después miró a Edda.
—Nos vamos.
Ella se agachó hacia Hubble.
El gato se apartó antes de que pudiera cogerlo, pero no se alejó. Se quedó junto a sus piernas mientras Edda volvía a enderezarse.
A unas calles de distancia, hacia abajo, alguien gritó.
Otra voz respondió.
Después se oyó correr a varias personas y un motor arrancó demasiado deprisa.
Julen miró en aquella dirección.
—Por arriba.
Echó a andar.
Edda fue detrás y Hubble avanzó junto a ellos.
En la primera esquina Julen tomó la calle que subía. En la siguiente eligió otra más estrecha, alejándose del ruido. Hubble caminaba unos pasos por delante o se retrasaba junto a Edda, sin apartarse mucho de los dos.
A la segunda calle dejaron de oír el bar.
A la tercera, las casas eran más estrechas y las farolas dejaban tramos de sombra entre una y otra.
Edda volvió la cabeza.
Continuó andando.
Había avanzado unos metros más cuando se dio cuenta de que Hubble ya no estaba a su lado.
Se volvió.
El gato se había detenido frente a un portal, mirando la puerta.
Subió los dos escalones y se sentó delante de ella.
—Hubble.
Una oreja giró hacia Edda. El resto del gato no.
Edda regresó unos pasos.
Julen se detuvo a su lado.
Entonces ella levantó la vista.
Varios metros por encima de ellos, detrás de una persiana bajada del todo, había una ventana encendida.
La luz escapaba por las rendijas.




![Fated to My Ex- Best Friend [Moving to Galatea]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_49edb1dbf9a28b50b9c4d68d8598359b.jpg)

![Werewolf Hollow [GALATEA DATE TBA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_76bbf380fa2e8dc2f70694197487ab81.jpg)

