Capitulo 1
3:32 PM. La atmósfera tranquila de un bosque de pinos y robles llenaba el aire en una tarde que pretendía ser apacible... o tal vez no. Cerca de un sendero para peatones, la cinta amarilla del perímetro ya estaba colocada. Autos de policía con sus luces rojas y azules encendidas, agentes del FBI y oficiales locales rodeaban la escena.
Habían sido alertados por un guía forestal tras un macabro hallazgo: el cadáver de un hombre de unos 50 años. Presentaba un corte profundo en la yugular, sangre seca, dos heridas de bala y el abdomen hinchado por los gases de la descomposición. La suave llovizna y la brisa fría arrastran el olor insoportable de la carne en descomposición; incluso los parásitos salían de la nariz y oídos del cuerpo.
Mark, un agente del FBI a cargo de la investigación, contempló la ominosa montaña a lo lejos, cubierta de neblina, como intentando descifrar qué intentaba decir. No era su primer caso de este tipo.
—La víctima se llama Sebastián Cruk, o como se diga ese apellido —dijo la forense con voz baja y pausada, acostumbrada a ver cosas horribles—. Huele peor que yo cuando no me baño en una semana.
Una risita se le escapó entre los labios, provocando miradas de desconcierto entre los policías locales. Mark, acostumbrado a sus excentricidades, solo suspiró profundo.
—Deja de jugar con el difunto. ¿Cómo murió?
—Bueno, murió lentamente. Tortura con hilo de cable afilado en el cuello. Y vayas a creerlo: nuestro asesino fue muy educado y le dejó su tarjeta de identificación...
Mark siguió caminando alrededor del hallazgo, analizando cada detalle. El suelo estaba blando por la suave llovizna que caía todos los días, pero no había huellas de la persona que había abandonado el cadáver, ni siquiera rastros de neumáticos. Parecía la escena de una película barata de fantasmas o de sucesos sobrenaturales: no había la menor pista de quién lo había dejado allí.
A unos metros, el guía forestal vomitó por el olor insoportable. Sin embargo, entre las ramitas secas de los pinos, algo llamó la atención de Mark: un broche de mariposa plateado, manchado con sangre seca. Se puso unos guantes de látex blancos y lo tomó para examinarlo. Le pareció extremadamente familiar, aunque no lograba recordar de dónde.
Noemí sonrió, le quitó el broche de las manos y lo guardó cuidadosamente en una bolsa para evidencias.
—Oye... no toques mi trabajo —dijo con una sonrisa socarrona—. Este broche puede tener información del asesino o lo que sea.
Dejó el objeto dentro del vehículo forense junto al cadáver. Luego, se metió la mano en el bolsillo, sacó un cigarrillo y comenzó a fumar.
Mark volvió a dirigir la mirada hacia la montaña y a los cuervos que revoloteaban por el cielo. «Este caso va a ser muy largo», pensó mientras soltaba un profundo suspiro. Se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo de su abrigo.
Sin que nadie lo notara, desde la distancia, alguien presenció toda la escena antes de alejarse rápidamente entre la vegetación. ¿El asesino? ¿O tal vez un testigo aterrorizado? Las posibilidades eran muchas. Cerca del sendero, un viejo letrero de madera advertía a los caminantes sobre la presencia de osos y serpientes venenosas.
Antes de subir al vehículo, Noemí observó la bolsa que contenía el cuerpo.
—Oye, tienes que darme alguna pista de quién te mandó al otro mundo —murmuró al cadáver—. Espero que no hayas hecho nada malo, o San Pedro no te va a dejar pasar al cielo.
Mark se limitó a mirarla de reojo con un gesto crítico, aunque prefirió no decir nada. Momentos después, la puerta de la van forense se cerró y el vehículo partió con Noemí y su equipo a bordo.
4:32 PM, marcaba el reloj de Mark. El tiempo pasaba rápido, y en este tipo de investigaciones, el tiempo siempre era el mayor enemigo.
Mark miró por última vez la montaña sepultada en la neblina antes de subir a su vehículo, un BMW Serie 4 negro. Arrancó y comenzó a manejar por la carretera, flanqueado por densos bosques que parecían testigos silenciosos de secretos oscuros.
El trayecto hasta su casa fue largo, de casi una hora. Marcaba las 5:21 PM cuando finalmente se estacionó en la entrada. Al bajar, notó el auto de su esposa, lo que indicaba que ella también acababa de llegar del trabajo.
Al cruzar la puerta, lo recibió el aroma familiar a detergente y productos de limpieza. Su esposa, Isabella, de 30 años recién cumplidos, trabajaba en una fábrica de productos químicos, donde era la encargada de formular los desinfectantes. Desde la habitación del piso de arriba se escuchaba el murmullo de la televisión: su hija adolescente de 16 años, caprichosa y orgullosa, estaba en su mundo.
En la cocina, Isabella preparaba la cena: pollo guisado con arroz blanco y ensalada. Mark notó de inmediato la postura rígida de su mujer y un leve temblor en sus manos, pero prefirió guardar silencio. Desde hacía una semana, la desconfianza dominaba la casa; ambos sospechaban que el otro le era infiel, creando una tensión sofocante a cada instante.
Isabella percibió la presencia de Mark, pero no dijo una sola palabra y continuó cocinando. Él, cansado y con el olor del cadáver impregnado en la memoria, caminó hacia el baño para tomar una ducha, sintiendo en la nuca la mirada sospechosa de su esposa.








