Capitulo 1: La luz del sótano
Christopher Page y Amelia Lewis se seguían amando como el primer día, a pesar de llevar varios años de casados. En su hogar se respiraba un ambiente de paz y armonía centrada en su hijo, Peter Page Lewis: un chico de cabello castaño, ojos grandes, curiosidad insaciable y un cariño inmenso hacia ambos.
Parecía la familia perfecta. Sin embargo, de vez en cuando, Peter notaba comportamientos extraños en su madre, casi siempre ligados al sótano. Había algo en ese lugar que alteraba a Amelia, aunque el niño intentaba ignorarlo para no romper la calma.
Pero la noche del 17 de agosto, la extraña luz volvió a filtrarse desde las profundidades del sótano. Incapaz de contener su curiosidad por más tiempo, Peter decidió averiguar de qué se trataba. Salió de su habitación en completo silencio, cuidando cada paso para no despertar a sus padres. Al llegar a la puerta del sótano, giró la manija con delicadeza. Bajó los escalones con una lentitud casi agónica hasta pisar el último tramo y contemplar el resplandor que provenía del fondo.
El lugar estaba repleto de cuadros polvorientos, un sillón desgastado y estanterías llenas de cachivaches antiguos. Al fondo, descubrió un objeto cubierto por una vieja manta que apenas lograba contener la luminosidad. Sin pensarlo dos veces, Peter la jaló con fuerza.
Ante él apareció un imponente armario de tres puertas, grabado con inscripciones y manuscritos en un idioma totalmente desconocido. Movido por la intriga, abrió la primera puerta: estaba completamente vacía. Pero de la puerta central emanaba el intenso resplandor. Al abrirla, un destello deslumbrante inundó la estancia, dejándolo cegado por un instante.
Cuando el brillo disminuyó, distinguió lo que parecía ser un umbral luminoso. Estiró el brazo e intentó sujetar la manija, pero en cuanto rozó la entrada, una fuerza invisible y arrolladora lo succionó hacia el interior.
Al abrir los ojos, se encontró en un entorno jamás imaginado: un bosque pálido, envuelto en una densa niebla y sumido en un silencio místico. Desorientado y sin saber qué rumbo tomar, escuchó a lo lejos el eco de unos secos hachazos contra la madera. Decidió seguir el sonido. Mientras caminaba, contempló asombrado criaturas y animales insólitos que desafiaban todo lo que conocía.
Siguiendo el estruendo, llegó hasta un hombre de mediana estatura, contextura robusta y un espeso bigote, quien cortaba leña afanosamente.
—Señor... ¿puede decirme qué lugar es este? —preguntó Peter con timidez.
El hombre pegó un brinco del susto, una reacción desproporcionada al tratarse de un simple niño. Al notar que Peter estaba solo en aquel bosque frío y penumbroso, y viendo que no llevaba ropa adecuada, lo invitó amablemente a refugiarse en su cabaña para tomar un té caliente junto a la chimenea.
Una vez a resguardo, el hombre se presentó:
—Me llamo Henry. ¿Y tú?
—Peter... Peter Page —respondió.
Cuando Henry le preguntó qué hacía vagando solo por esa zona, Peter le confesó con total sinceridad que había sido teletransportado de la nada y no tenía idea de qué hacer. Con gran calidez, Henry le ofreció quedarse a pasar la noche allí para descansar, asegurándole que a la mañana siguiente pensarían juntos cuál sería el siguiente paso...








