Morir de Armani
Oskar no estaba preparado para nada de lo que estaba pasando. Tenía veintiocho años y llevaba cinco liderando con bastante éxito un conjunto de empresas heredadas por un golpe de suerte o, más bien, de mala suerte. El caso era que todo ese entramado empresarial, ese holding supuestamente lícito y legal, tenía una parte oscura que él no conocía. Claro que no la conocía: se había ocupado de ella su primo Geral, que había muerto dos meses atrás en un supuesto accidente de coche. Ahora nada era supuesto. Oskar había estado a punto de morir en dos «supuestos accidentes» durante el último mes. Estaba desquiciado, superado.
Él era un hombre de negocios. O ni siquiera eso: era un hombre de números, de economía, de marketing. De los que se quedan en las reuniones viendo los resultados, evaluando, decidiendo la mejor solución. Un nuevo camino, una forma mejor de hacer las cosas. Él era experto en eso. No tenía ni puta idea de cómo enfrentarse a grupos mafiosos, a números oscuros, a contratos más oscuros todavía… La realidad se lo estaba comiendo a bocados y no tenía tiempo para pensar. Se lo iban a cargar antes de que pudiese poner un mínimo de claridad en todo ese embrollo.
Afortunadamente, aún tenía un par de personas de confianza. Una de ellas era Jordan, su asistente personal y encargado de seguridad, que tampoco estaba muy preparado para la situación, pero que sabiamente había tomado la decisión de delegar la protección de Oskar en alguien que sí supiera, alguien ajeno a la empresa. Un consultor externo. Y allí estaba Oskar, esperando en su flamante despacho a que llegase el maldito consultor y le proporcionase la seguridad que él no tenía.
No llegó.
Tres horas después, a la hora de la comida, llegó un pedido que él no había hecho. El miedo le salía por todos los poros de la piel. ¿Veneno? ¿Una bomba? Estaba seguro de que ese pedido llevaba dentro su propia muerte. Sin embargo, algo cambió en él cuando observó la bolsa. Era una pizza. Hacía años que no comía pizza de aquel lugar. Los mismos años que habían pasado desde la muerte de sus padres. Esa pizzería era su sitio preferido. Un lugar recóndito en la enorme ciudad que los devoraba, pero que solo conocían tres personas, y dos estaban muertas.
Aceptó el pedido con el corazón saliéndosele del pecho. Sabía que aquello significaba algo y, de alguna manera, sabía que era una señal, y no de las malas.
En un lateral de la caja de pizza —que, además, era de su variedad favorita— había una dirección y una hora. Faltaban dos horas para la cita.
Perdió una hora pensando en nada, porque no había nada que pudiese controlar ni anticipar. Aun así, dedicó una hora a evaluar todos los escenarios catastróficos posibles. Tampoco sirvió de mucho porque, por cada escenario que resolvía, surgían otros cuatro. La catástrofe era exponencial. Y, al final, su muerte, que no era exponencial porque solo había un único resultado, pero lo ponía muy nervioso. No quería morir. No todavía. Aún le quedaba una hora. Se fue a su habitación, una estancia enorme dentro de la mansión de los Malderef, donde lo esperaba la segunda y última persona en la que confiaba: la abuela Nana.
—Estás bien, Oskar. Siempre lo estás. Eres sobrio, elegante… Siempre —dijo Nana antes de darle un beso en la frente.
—Gracias, Nana.
Oskar no podía decir mucho más. Se veía elegante, era verdad, con un traje de chaqueta hecho a medida. A la medida de su puta mierda de altura, que no llegaba al metro setenta. A la medida de su anchura de hombros, mínima para un hombre en condiciones, casi femenina. «Hombre en condiciones». Esa voz interna no lo dejaba respirar. Se veía elegante para el mierdecilla de hombre que era. Pero tenía su trenza. Oskar tenía su trenza. Oskar tenía un precioso cabello oscuro y largo, muy largo y muy brillante, que le llegaba hasta la cintura y que siempre llevaba recogido en una trenza que alcanzaba el mismo sitio. Esa trenza era una declaración. Era su forma de decirle al mundo que sabía que no parecía un hombre fuerte, pero que era un hombre tan fuerte que se permitía llevar una trenza hasta la cintura. Esa trenza era Oskar. Era su fortaleza y su declaración.
Oskar llegó a la dirección a la hora indicada. Lo había llevado Jordan; no confiaba en nadie más. Tampoco sabía si ir a aquel lugar supondría su sentencia de muerte, pero no tenía muchas más opciones. Salió del coche vestido de Armani, perfecto. Su trenza también estaba perfecta; la sentía rebotar contra su espalda. Seguridad. Dejó de temblar y se dirigió al local. No tenía ni puta idea de a qué iba ni de a quién iba a encontrarse. Daba igual, no tenía más opciones y, si tenía que morir, moriría de Armani y con la trenza perfecta. Irguió su escaso metro setenta y entró en el local.
No había maître. Eso fue lo primero que advirtió. En su lugar, había un tipo enorme vestido de negro, con una actitud nada amigable, que le sacaba tres cabezas. Ni siquiera se presentó. No dijo nada; simplemente le indicó dónde sentarse. Oskar estaba a punto de vomitar. Se había metido en la boca del lobo. Ese tipo tenía toda la pinta de ser un mafioso; el que lo esperaba en la mesa sería más mafioso aún y su vida estaba a punto de acabar. Qué puta mierda. Puta mierda de los cojones. Oskar era muy malhablado y ahora no iba a contenerse, y menos en su mente. Le quedaban dos o tres minutos de vida e iba a dedicarlos a cagarse en la puta madre que había parido a todo el mundo. Hijos de puta, todos. Estaba pensando sus últimas maldiciones cuando oyó una voz que percibió lejana, aunque en realidad provenía de justo enfrente.
—¿Señor Beaumont? ¿Oskar Beaumont?
Oskar tardó unos instantes en responder. No tenía capacidad para procesarlo. En realidad, esperaba estar muerto a esas alturas, no escuchar su nombre. Y, sin embargo, había un hombre delante llamándolo por su nombre. Con la diligencia adquirida durante años, y a pesar del miedo, respondió:
—El mismo. ¿Y usted es…?
—Puede llamarme Michael. Mi nombre es lo de menos. Estoy aquí porque me han contratado como consultor externo para encargarme de su seguridad personal. Necesito confirmar que eso es así. ¿Es así, señor Beaumont?
Oskar recapacitó todo lo rápido que fue capaz, que no era poco dadas las circunstancias. Había pasado de pensar que era un fiambre a encontrarse con el hombre que, supuestamente, iba a impedir que lo fuera. Cuánta imprevisibilidad. Oskar odiaba lo imprevisible. Menos esta vez. Esta vez le pareció maravilloso, hasta el punto de que se dignó a sonreír de manera genuina, como no lo había hecho en cinco años.
—Así es, Michael. Supongo que lo ha contratado mi persona de confianza, Jared.
Oskar mintió a propósito y se quedó observando el rostro de Michael. Jared en lugar de Jordan. Una prueba pequeña, casi infantil, pero necesitaba recuperar aunque fuera un milímetro de control. Michael no reaccionó. Se limitó a cerrar la carpeta que tenía delante y se levantó. Los hombres que lo acompañaban hicieron lo mismo.
—Jordan. Perdón. Quería decir Jordan, no Jared.
Michael se dio la vuelta y lo miró fijamente a los ojos.
—Es la última vez, señor Beaumont. Si vamos a trabajar juntos, no vuelvas a ponerme a prueba con trucos de ese tipo. Si no confías en mí, me levanto y me voy. ¿Entendido?
Oskar asintió. Se sentía pequeño, aunque ya era pequeño. Se sentía aún más pequeño sin su edificio de treinta plantas debajo de él, sin su equipo ejecutivo y de marketing escuchándolo. Se sentía despojado del único poder que tenía. En resumidas cuentas, se sentía como el puto culo. Aun así, se quedó. Michael tenía mucho más poder que él y, además, venía de parte de Jordan. Puta mierda.
—Bueno, Oskar, vamos a empezar a tutearnos. Puedes llamarme Michael. Vamos al grano. Tienes un problema de seguridad que ha alcanzado proporciones descomunales. De hecho, creo que sigues vivo por pura casualidad o porque tienes mucha suerte. Ambas opciones son variables con las que no podemos trabajar, pero sí podemos trabajar con las otras, las controlables, esas de las que no tienes ni idea pero que están decidiendo si vives o mueres. ¿Me has entendido, Oskar?
—Perfectamente. Tenemos que resolver este asunto.
—Vale, no has entendido nada si llamas «asunto» a tu propia vida. Necesito que entiendas de qué estamos hablando, Oskar. Aterriza.
Y, con esas palabras, secas pero efectivas, Oskar aterrizó. Su vida estaba en juego. Había tenido suerte de no estar muerto y ahora ese tal Michael, que olía a tabaco y a pepperoni, tenía el control de su supervivencia. Lo entendió rápido. Oskar era rápido captando conceptos y situaciones. Se reorganizó internamente, tocó el extremo de su trenza y, por fin, sin miedo, miró a Michael.
—Lo he entendido, Michael. Y ahora, ¿qué hacemos?








