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DONDE ELTIEMPO AÚN ME RECUERDA Volumen 2

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Summary

DONDE EL TIEMPO AÚN ME RECUERDA — VOLUMEN 2 Sebastián regresó al pasado con la oportunidad de vivir nuevamente su adolescencia y cambiar aquello que alguna vez lamentó. Pero cambiar el pasado también significa dejar atrás la vida que conocía. En 1994, Sebastián intenta disfrutar de su segunda oportunidad junto a su familia, sus amigos y Karelis, mientras comienza a descubrir nuevas posibilidades para su vida. La música vuelve a ocupar un lugar importante y, poco a poco, empieza a construir recuerdos que nunca existieron en su primera vida. Sin embargo, la nueva línea temporal comienza a mostrarle que sus recuerdos ya no son suficientes para saber qué ocurrirá después. Algunos acontecimientos cambian. Otros suceden de una manera completamente diferente a como los recuerda. Y cada decisión puede traer consecuencias inesperadas. Sebastián tendrá que aprender a vivir en un pasado que ya no puede predecir, mientras intenta proteger a las personas que quiere y descubrir hasta dónde pueden llegar los cambios que ha provocado. Y cuando cree que comienza a comprender esta nueva realidad, la llegada de Sirene abre una nueva etapa en su historia. Su presencia traerá nuevas preguntas, nuevos vínculos y misterios que Sebastián todavía no está preparado para comprender. Porque esta vez, el pasado no solo está cambiando. También está creando una historia que Sebastián nunca vivió. Y tendrá que descubrirla mientras la vive.

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CAPÍTULO 1 CUANDO EL PASADO DEJÓ DE SER UNO SOLO

CAPÍTULO 1

CUANDO EL PASADO DEJÓ DE SER UNO SOLO

«El tiempo me arrojó al pasado que juré olvidar. Creí que era una condena, hasta que lo vi a él… y comprendí que no volví para recordar las heridas, sino para encontrar a alguien que tampoco pertenecía a este tiempo.» —Sirene



Después de la tormenta

Habían pasado tres días desde el asesinato del exmilitar.

Tres días de un silencio extraño. Y, aun así, Sebastián seguía sintiendo que la tragedia había ocurrido la noche anterior.

Había intentado continuar con su vida como si nada hubiera cambiado. Conversó con sus amigos, escuchó música, tocó la guitarra e incluso intentó concentrarse en sus dibujos. Pero algo dentro de él ya no era igual. Una grieta invisible parecía haberse abierto en su interior.

Aquel asesinato no debía haber ocurrido así. Nunca había sucedido en ese momento. No de esa manera.

Y lo peor era que Sebastián comenzaba a comprender algo mucho más inquietante que la muerte misma: la historia que recordaba ya no era del todo confiable.

Había cambiado la línea temporal.

Ahora solo le quedaba descubrir hasta dónde llegaban las consecuencias.

Al día siguiente, el colegio estaba lleno de rumores. En los pasillos, pequeños grupos de estudiantes hablaban en voz baja.

—Mi papá dice que esto se va a poner peor.

—Yo escuché que fue por motivos políticos.

—Dicen que ese hombre tenía enemigos desde hacía años.

—Mi hermano dice que todo esto tiene que ver con lo que pasó hace unos días.

Los profesores también hablaban del tema. Algunos intentaban evitar que las discusiones sobre política invadieran las aulas; otros simplemente les pedían a los estudiantes que dejaran de repetir rumores imposibles de comprobar.

Pero siempre había quienes encontraban la forma de convertir cualquier tragedia en un chiste.

—Seguro mañana dicen que fue un extraterrestre.

Un par de chicos soltaron una carcajada.

Sebastián los escuchó mientras caminaba por el pasillo, en silencio.

Antes, quizá habría pensado que solo eran adolescentes haciendo comentarios estúpidos. Ahora le resultaba imposible verlo de la misma manera. Había visto demasiado. Había comprendido cómo una sola decisión podía cambiar una vida y cómo una pequeña modificación podía alterar acontecimientos que parecían no tener relación alguna.

Aquel asesinato era la prueba de que las consecuencias podían llegar mucho más lejos de lo que había imaginado.

Durante el recreo, Sebastián fue a buscar al grupo.

Como de costumbre, el viejo samán extendía sus imponentes ramas sobre el refugio donde solían reunirse. Pero esta vez no había nadie.

Solo Karelis.

Estaba sentada a la sombra del árbol, con las manos juntas sobre las piernas y la mirada perdida en el vacío del patio.

Sebastián se aproximó despacio.

—Hola, Karelis.

Ella no respondió de inmediato. Él se detuvo frente a ella.

—¿Karelis?

La chica parpadeó, como si acabara de despertar, y levantó la mirada.

—Ah... hola, Sebastián.

Él se sentó a su lado. Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Sebastián la observó con atención. Había algo distinto en su rostro. No era simplemente tristeza; parecía estar muy angustiada.

—¿Qué te pasa?

Karelis bajó la mirada hacia sus manos.

—Nada.

Sebastián no insistió. La conocía lo suficiente para saber que aquel «nada» no decía todo lo que ella estaba callando.

—Está bien.

Karelis lo miró, sorprendida.

—Si no quieres hablar ahora, no pasa nada. Puedes hacerlo cuando quieras —dijo después de una breve pausa—. Yo voy a estar aquí para escucharte.

Karelis se quedó mirándolo. Aquellas palabras sencillas parecieron aliviar un poco el peso que llevaba encima. Respiró profundamente, intentando ordenar sus ideas.

—Es que... —hizo una pausa—. No dejo de pensar en lo que está pasando.

Sebastián guardó silencio, atento.

—Primero fue el intento de derrocar al gobierno... —dijo lentamente, mientras observaba a un grupo de estudiantes atravesar el patio entre risas—. Y ahora esto. Siento que cada vez pasa algo peor.

Karelis bajó la mirada.

—Y me da miedo.

La última palabra salió apenas en un susurro. Se apretó las manos con fuerza.

—No sé qué está pasando, Sebastián. Tengo catorce años. Se supone que debería preocuparme por los exámenes, por mis amigos, por cosas normales... —Esbozó una sonrisa frágil—. Pero últimamente parece que los adultos están asustados todo el tiempo. Y algunos chicos se ríen de todo esto, como si no importara. —Hizo una pausa—. Pero... ¿y si esto sigue?

Sebastián levantó la mirada. Sintió un nudo en el estómago.

—¿A qué te refieres?

Karelis tardó unos segundos en responder.

—¿Y si cada vez se pone peor? —Su voz comenzó a quebrarse—. ¿Y si llega un momento en que ya no podamos sentirnos seguros?

Sebastián no supo qué responder. La pregunta era sencilla, pero él sabía que no tenía una respuesta honesta que pudiera darle. Sabía cosas que ella ignoraba. Recordaba acontecimientos que para los demás todavía no habían sucedido.

Y ahora comprendía que su regreso al pasado no solo había cambiado su propia historia. También había empezado a afectar la vida de quienes lo rodeaban.

—No sé qué va a pasar —confesó al fin—. Pero entiendo que tengas miedo.

Karelis no dijo nada. Apoyó despacio la cabeza sobre su hombro.

Sebastián permaneció inmóvil.

A su alrededor continuaba el bullicio del colegio: las risas de los estudiantes, el rebote de una pelota, el eco de un profesor llamando a lista. Pero bajo la sombra del samán, por unos instantes, todo pareció detenerse.

De pronto, unas voces rompieron el silencio.

—¡Mira nada más! —exclamó Pepe a unos metros—. ¡Aquí están los tortolitos! ¡Llegaron antes que nosotros!

Karelis levantó la cabeza de inmediato, con las mejillas encendidas.

—¡Pepe! —protestó.

—¿Avergonzada? —insistió él con una sonrisa burlona.

Sebastián dejó escapar una leve risa.

—No empieces...

Pepe se acercó con una sonrisa de oreja a oreja, acompañado por José María y El Español.

—Nosotros buscándolos por todo el colegio y ustedes aquí, escondidos bajo el árbol —comentó José María.

—No estamos escondidos —respondió Sebastián.

—Claro —dijo José María con desenvoltura—. Y nosotros tampoco los encontramos por casualidad.

Pepe soltó una carcajada.

—¡Exactamente! Eso mismo iba a decir.

Karelis negó con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír.

—Ustedes no cambian nunca.

El Español, que hasta entonces se había mantenido al margen, observó la escena con atención. La sonrisa de Karelis estaba ahí, pero no conseguía ocultar del todo la preocupación que todavía llevaba encima.

—Bueno... bromas aparte —dijo finalmente—, me alegra verlos aquí.

Pepe lo miró de reojo.

—¿Qué pasó contigo? ¿Ahora eres el filósofo del grupo?

El Español sonrió levemente.

—No. Solo digo que, después de tantos problemas, si todavía podemos sentarnos debajo de este árbol, hablar tonterías y reírnos un rato... quizá no todo esté tan mal.

José María asintió.

—Eso sí sonó bastante filosófico.

—Cállate —respondió El Español entre risas.

—¡Ya decía yo! ¡El Español se nos puso profundo! —insistió Pepe.

Karelis y Sebastián terminaron riéndose con ellos. Por un momento, la tensión que había pesado sobre el grupo pareció desaparecer.

Durante unos instantes, el grupo permaneció allí, compartiendo bromas y conversaciones que no tenían nada que ver con lo ocurrido. Karelis miró a sus amigos. Por unos momentos, no necesitó respuestas ni explicaciones. Solo necesitaba estar allí con ellos.

Sebastián también los observó en silencio. Por un instante, sintió algo que hacía días no encontraba: tranquilidad.

Pero duró poco.

Karelis volvió a cerrar los ojos bajo la sombra del samán.

Sebastián volvió la mirada hacia el patio. Desde que despertó en el pasado, había aprendido a convivir con una idea que cada vez le resultaba más difícil ignorar: ya no podía estar seguro de que el futuro que recordaba siguiera existiendo de la misma manera.

Sebastián permaneció mirando el patio.

Había regresado al pasado creyendo que conocía lo que estaba por venir. Ahora ya no estaba tan seguro. El asesinato del exmilitar nunca había ocurrido de esa manera. Y si un acontecimiento que recordaba perfectamente podía cambiar, entonces cualquier cosa podía hacerlo.

Sebastián bajó la mirada.

Quizá ese era el verdadero peligro de haber alterado el tiempo. No saber qué había cambiado. No saber qué estaba por cambiar. Y, sobre todo, no saber qué recuerdos seguían siendo verdaderos.

Lo que más le inquietaba no era lo que recordaba, sino todo aquello que aún permanecía fuera de su memoria.



Alguien más recuerda...

Sebastián observó al grupo en silencio. Por unos instantes, todos parecían haber olvidado lo que estaba ocurriendo fuera de aquel árbol.

Pero el momento duró poco.

El timbre sonó de repente, poniendo fin al recreo.

—¡No puede ser! —protestó un estudiante mientras se levantaba de golpe—. ¡Si acabamos de salir!

—¡El recreo siempre dura cinco minutos cuando uno se está divirtiendo! —respondió otro con fastidio.

—¡Vamos, que el profesor de matemáticas no espera a nadie! —gritó alguien desde el otro lado del patio.

Los estudiantes comenzaron a dispersarse. Algunos recogían sus mochilas y cuadernos; otros terminaban de comer mientras caminaban hacia los edificios. Los profesores apostados en los pasillos comenzaron a apurar a los más rezagados.

—¡Vamos, vamos! ¡A sus clases! —exclamó uno de ellos.

—¡Ya vamos! —respondió un alumno entre risas.

En pocos minutos, el patio comenzó a quedarse vacío. Sebastián y Karelis caminaron juntos hacia el edificio escolar. Ninguno decía una palabra. La conversación bajo el samán seguía presente entre ellos, aunque cada uno la llevaba de una manera distinta. Karelis avanzaba con la mirada clavada en el suelo, todavía intentando asimilar todo lo que había dicho. Sebastián, en cambio, miraba al frente, atrapado en una pregunta para la que no tenía una respuesta que pudiera darle.

¿Y si cada vez se pone peor?

Él conocía una respuesta, pero jamás podría contarle la verdad.

Avanzaron por uno de los corredores principales, rodeados por la multitud de estudiantes. El repiqueteo de las suelas contra el suelo se mezclaba con las risas, las conversaciones y el golpe metálico de los casilleros al cerrarse. Sebastián caminaba en silencio, todavía con la mente ocupada por lo ocurrido bajo el samán.

Entonces, entre todo aquel ruido, escuchó una voz.

Al principio fue apenas un murmullo, una frase perdida entre cientos de conversaciones. Sebastián siguió caminando, sin prestarle demasiada atención. Pero hubo algo en aquellas palabras que hizo que se detuviera por dentro.

Prestó atención.

La voz volvió a escucharse, esta vez con mayor claridad.

—Espero que para 2026 las cosas hayan cambiado para mejor después de lo que acaba de pasar...

Sebastián se detuvo en seco.

Su corazón dio un vuelco. No había sido solamente la frase. Había sido aquel número.

Durante unos segundos, se quedó inmóvil en medio del pasillo, mientras los estudiantes continuaban caminando a su alrededor. Miró hacia ambos lados, tratando de encontrar al dueño de aquella voz.

Unos alumnos subían las escaleras a toda prisa; otros entraban a sus aulas; un grupo conversaba junto a las ventanas y dos muchachos discutían sobre fútbol. Una chica corría con sus libros contra el pecho, intentando llegar antes de que cerraran la puerta.

Pero no vio a nadie.

La voz había desaparecido entre la multitud.

Sebastián permaneció allí unos segundos más, intentando recordar de dónde había venido.

Nada.

—¿Sebastián? —preguntó Karelis.

Él no respondió de inmediato.

Sus ojos seguían recorriendo el pasillo, buscando entre decenas de rostros. Había escuchado aquel año con demasiada claridad como para confundirlo.

—¿Sebastián? —insistió Karelis.

Esta vez él parpadeó y volvió la mirada hacia ella.

—¿Qué te pasa? —preguntó Karelis al verlo tan pálido.

Sebastián tardó unos segundos en responder.

—Yo... —miró otra vez hacia los estudiantes que se alejaban—. ¿Escuchaste eso?

Karelis frunció el ceño.

—¿Escuchar qué?

Sebastián guardó silencio. ¿Cómo podía explicarle lo que acababa de escuchar? ¿Cómo decirle que una voz desconocida había mencionado el año 2026 en medio de aquel pasillo?

Podía haber sido un error. Quizá había entendido mal la frase o el ruido del colegio había mezclado unas palabras con otras. Pero no. Había escuchado el año con demasiada claridad.

El mismo año del que él procedía.

El mismo año que había dejado atrás cuando despertó atrapado en su cuerpo de trece años.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Durante semanas había creído que lo que le había ocurrido era algo único. Había aprendido a convivir con aquella segunda oportunidad, con todo lo que implicaba volver a tener trece años y enfrentarse a un futuro que ya conocía.

Pero ahora una simple frase acababa de abrir una posibilidad que jamás había considerado.

Tal vez no era el único.

—Nada —respondió al fin, intentando disimular su inquietud—. Solo creí haber escuchado algo.

Karelis lo observó con una mezcla de preocupación y desconfianza.

—¿Seguro?

—Sí.

Ella sostuvo su mirada durante unos segundos, como si intentara decidir si creerle.

Al final, suspiró.

—Vamos. Nos van a cerrar la puerta en la cara.

Sebastián siguió a Karelis por el pasillo. Ella caminaba deprisa, preocupada por llegar a tiempo a clase, pero él apenas prestaba atención a dónde iba.

Su cabeza seguía en aquel número.

Intentó convencerse de que quizá había entendido mal. Tal vez la voz había dicho otra cosa. Tal vez el ruido del pasillo había distorsionado las palabras.

Pero en el fondo sabía que no.

Había escuchado el año con demasiada claridad.

Sebastián miró una última vez hacia el lugar donde había escuchado la voz. Ya no quedaba nadie que pudiera darle una respuesta.

Una pregunta comenzó a repetirse en su cabeza.

¿Quién había pronunciado aquellas palabras?

Y había otra que resultaba todavía más difícil de ignorar.

¿Cómo era posible que alguien más estuviera hablando de 2026 como si también hubiera vivido allí?



Un secreto entre dos tiempos

Esa misma tarde, después de regresar del colegio, Sebastián llegó a casa. Apenas cruzó la puerta, las voces de sus padres resonaron desde la sala.

—¡Hola, hijo! —saludó Azucena con calidez.

—¡Hola, Sebastián! —añadió Ezequiel.

Sebastián no respondió.

Ni siquiera aminoró el paso. Cruzó la sala a toda prisa, evitando sus miradas, y subió las escaleras directo hacia su habitación.

Azucena y Ezequiel se quedaron mirándolo, sorprendidos.

Azucena frunció un poco el ceño. Desde que su hijo había comenzado a cambiar, había aprendido a reconocer cuándo algo lo perturbaba. Había días en los que Sebastián parecía perderse en sus propios pensamientos, momentos en los que su mirada se alejaba aunque estuviera frente a ellos.

Pero esta vez era diferente.

—¿Qué le habrá pasado? —preguntó en voz baja.

Ezequiel miró hacia las escaleras y se encogió un poco de hombros.

—No tengo idea.

Azucena permaneció unos segundos mirando hacia el piso superior.

Entonces, un golpe seco resonó por toda la casa.

La puerta de la habitación de Sebastián acababa de cerrarse.

Valeria, que había presenciado la escena desde un rincón de la sala, cruzó una mirada con sus padres. Ezequiel volvió a encogerse de hombros, como si tampoco supiera qué hacer.

Valeria entendió el mensaje.

A Sebastián le ocurría algo.

Sin decir una palabra, comenzó a subir las escaleras. Al llegar frente a la puerta de su habitación, levantó la mano y dio unos golpes suaves sobre la madera.

—Sebastián...

No obtuvo respuesta.

Esperó unos segundos y volvió a tocar, esta vez un poco más fuerte.

—¿Sebastián? ¿Estás bien?

Del otro lado de la puerta llegó finalmente su voz, apagada.

—Sí...

Hubo una pausa antes de que añadiera:

—Por favor, dame un poco de espacio.

Valeria permaneció frente a la puerta.

—¿Seguro?

Sebastián dejó escapar un suspiro antes de responder, intentando que su voz sonara tranquila.

—Sí. Estoy bien. Solo necesito estudiar.

La excusa salió tan poco convincente que incluso él supo, apenas terminó de decirla, que Valeria no iba a creérsela.

Ella bajó despacio la mano.

—Está bien... Si necesitas algo, me avisas.

No obtuvo respuesta.

Valeria se quedó unos segundos frente a la puerta cerrada antes de darse la vuelta y bajar las escaleras.

Azucena la esperaba con la mirada.

No necesitó preguntarle nada.

—No quiere hablar —dijo Valeria en voz baja.

Azucena asintió y volvió a mirar hacia las escaleras.

—Déjenlo tranquilo.

Ezequiel la observó con extrañeza.

—¿No vas a preguntarle qué le pasa?

Azucena negó con suavidad.

—No ahora. Cuando esté más tranquilo, él mismo nos contará.

Valeria guardó silencio.

Los tres permanecieron unos instantes en la sala, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

Arriba, detrás de una puerta cerrada, Sebastián estaba solo con algo que ninguno de ellos podía imaginar.

En la habitación, Sebastián se sentó al borde de la cama y cerró los ojos.

La voz seguía dando vueltas en su cabeza.

2026.

Abrió los ojos y miró hacia el escritorio. Se levantó despacio, caminó hasta allí y tomó el diario.

Lo dejó sobre la madera y respiró hondo.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Cuando sintió que la agitación comenzaba a disminuir, abrió el cuaderno y buscó una página limpia.

Tomó el lápiz.

Durante unos segundos permaneció inmóvil frente al papel.

Entonces apareció una pregunta que jamás había imaginado tener que escribir.

Al final, trazó las palabras:

¿Y si no soy el único que despertó en este pasado?

Sebastián contempló la frase.

Le costaba aceptar siquiera la posibilidad.

Hasta ese momento, había asumido que lo ocurrido con él era algo único. No sabía por qué había regresado al pasado ni qué fuerzas habían provocado aquello, pero había aprendido a vivir con la idea de que solo él conocía lo que estaba por venir.

Ahora esa certeza acababa de desaparecer.

Volvió a tomar el lápiz.

Febrero de 1992.

Hoy escuché algo en los pasillos del colegio que no puedo explicar.

Al principio pensé que había sido solo un murmullo entre todas las voces de los estudiantes. Pero escuché con claridad una frase:

«Espero que para 2026 las cosas hayan cambiado para mejor después de lo que acaba de pasar...»

Sebastián hizo una pausa.

Miró la frase durante unos segundos antes de continuar.

¿Realmente escuché eso? ¿O fue producto de mi imaginación? Quizás estoy demasiado obsesionado con los acontecimientos que están ocurriendo y mi mente está buscando conexiones donde no las hay.

Se quedó pensando.

Después escribió:

Pero escuché el año con claridad.

2026.

El mismo año del que yo provengo.

El lápiz volvió a detenerse.

Sebastián levantó la mirada hacia la ventana.

Había algo que todavía no podía demostrar, pero tampoco podía ignorar.

Continuó escribiendo:

No puedo descartar ninguna posibilidad.

Si la persona realmente dijo lo que creo haber escuchado, entonces existe una posibilidad que hasta hoy consideraba imposible: tal vez no soy el único que despertó en este pasado.

El lápiz quedó suspendido sobre la hoja.

Sebastián observó las últimas líneas.

Hasta ese momento, el diario había sido su manera de conservar aquello que podía perder con los cambios del tiempo: recuerdos, acontecimientos, nombres y observaciones que necesitaba mantener registrados.

Pero aquella anotación era diferente.

No hablaba solamente de él.

Hablaba de alguien a quien ni siquiera conocía.

Sebastián cerró los ojos e intentó reconstruir la escena del pasillo.

La voz.

El tono.

Las palabras.

Intentó recordar de dónde había venido, pero entre tantos estudiantes no había conseguido identificar a nadie.

Solo tenía aquella frase.

Nada más.

Abrió los ojos y volvió a mirar el diario.

Podía haber sido una coincidencia.

También podía haberse equivocado al escuchar.

Pero si realmente había alguien más que recordaba el futuro, entonces necesitaba saber quién era.

Y, sobre todo, qué había hecho desde que llegó a ese tiempo.

Sebastián dejó el lápiz sobre el escritorio.

Por primera vez, aquella segunda oportunidad que siempre había considerado exclusivamente suya podía estar siendo vivida por otra persona.

Cerró el diario y permaneció unos segundos con la mano apoyada sobre la cubierta.

No tenía respuestas.

Solo una sospecha.

Y, por ahora, tendría que conformarse con ella.

Pasaron un par de horas y, poco a poco, la casa recuperó su ritmo habitual.

La voz de Azucena llegó desde la cocina.

—¡Sebastián! ¡La cena está lista!

Sebastián permaneció unos segundos sentado al borde de la cama.

Miró el diario una última vez.

Después lo guardó en su escondite y se aseguró de que nadie pudiera encontrarlo.

Solo entonces salió de la habitación.

Al llegar al comedor, encontró a su familia esperándolo.

La luz cálida de la lámpara iluminaba la mesa. Azucena levantó la mirada en cuanto lo vio entrar. Ezequiel hizo lo mismo, mientras Valeria le dedicaba una sonrisa tenue.

Sebastián notó la preocupación en los rostros de los tres.

Tomó asiento.

—Lo siento por lo de hace rato —dijo—. Sé que no suelo llegar así y encerrarme en mi habitación.

Hizo una breve pausa.

—Es que mañana tengo un examen importante y necesitaba estudiar.

La mentira le dejó un sabor amargo.

Era la primera vez que tenía que mentirles mirándolos a los ojos.

Ezequiel lo observó durante unos segundos. Al final, asintió.

—Está bien. Solo nos preocupamos porque llegaste bastante alterado.

—Sí, lo sé.

Valeria pareció aceptar también la explicación.

—Solo avisa la próxima vez para que no pensemos que te pasó algo malo.

Sebastián dibujó una pequeña sonrisa.

—Lo haré.

Azucena permaneció en silencio.

Lo observaba con atención, pero no hizo ninguna pregunta.

Sebastián lo agradeció.

No estaba preparado para contarles la verdad.

No podía decirles que había escuchado a alguien mencionar el año 2026 en el colegio. Mucho menos podía explicar por qué aquel año significaba tanto para él.

Así que tomó el cubierto y trató de concentrarse en la cena.

Ezequiel contó un par de anécdotas de su jornada laboral. Valeria habló de algo que había ocurrido en el colegio y Azucena se encargó de servir la comida mientras escuchaba a los demás.

Sebastián intervenía de vez en cuando, esforzándose por seguir las conversaciones.

Pero apenas probaba bocado.

Su mirada terminaba perdiéndose sobre la mesa.

Azucena lo observaba de vez en cuando, procurando que él no lo notara.

Ella no se había creído la explicación.

Había visto cómo entró a la casa, cómo evitó sus miradas y cómo se encerró en su habitación. También había notado que durante la cena apenas había tocado la comida.

Sabía que no estaba pensando en ningún examen.

Había algo más.

Pero decidió no presionarlo.

Conocía a su hijo. Cuando Sebastián necesitaba ordenar sus pensamientos, insistir demasiado solo conseguía que se cerrara todavía más.

Así que esperó.

Sebastián levantó la mirada y se encontró con los ojos de su madre.

Durante un instante, ninguno dijo nada.

Azucena le sonrió.

Una sonrisa pequeña y tranquila.

No necesitaba saber aquella noche qué estaba ocurriendo para hacerle saber que podía contar con ella.

Sebastián bajó la mirada hacia el plato.

Aquel gesto sencillo consiguió aliviar un poco el peso que llevaba encima.

Todavía no podía contarle la verdad.

Pero, al menos, sabía que cuando estuviera preparado para hacerlo, su madre estaría allí.

Y mientras la conversación continuaba alrededor de la mesa, una sola pregunta seguía esperando una respuesta que quizá cambiaría todo lo que Sebastián creía saber sobre su viaje al pasado.

¿Quién más recuerda el futuro?



Una canción que aún no existe

Había pasado una semana desde aquella extraña voz en los pasillos del colegio. Una semana desde que una sola palabra había quedado rondando en los pensamientos de Sebastián.

2026.

Durante los primeros días intentó encontrarle una explicación. Quizá había escuchado mal. Tal vez el ruido del pasillo había distorsionado las palabras o su propia mente había completado lo que realmente había dicho aquella persona. Ninguna posibilidad terminaba de convencerlo.

Como no tenía nuevas respuestas, decidió seguir adelante con su vida.

Poco a poco, la rutina comenzó a devolverle cierta tranquilidad. Las clases, los recreos, las conversaciones con sus cuatro amigos y las visitas de Juan, con quien podía pasar horas hablando de música, dibujo y arte. En casa estaban las tareas junto a Azucena, los pequeños trabajos de reparación con Ezequiel y las bromas y discusiones cotidianas con Valeria. Y cuando conseguía un momento para sí mismo, siempre podía refugiarse en su guitarra o en sus dibujos.

Aquellas cosas sencillas le recordaban que, a pesar de todo lo que estaba viviendo, seguía siendo Sebastián: un muchacho de catorce años intentando aprovechar una segunda oportunidad.

Era un lunes a mediados de febrero. El recreo había comenzado hacía pocos minutos y el patio del colegio estaba, como de costumbre, lleno de ruido y movimiento. Gritos que se cruzaban en el aire, risas, estudiantes corriendo de un lado a otro y profesores vigilando desde los pasillos.

Debajo del viejo samán, en el refugio habitual del grupo, Karelis estaba sentada con un cuaderno abierto sobre las piernas. Sebastián se encontraba a su lado, sentado sobre la hierba, intentando ayudarla a estudiar para el examen de Historia.

—No entiendo esta parte —murmuró ella, frunciendo el ceño mientras repasaba una de las preguntas.

Sebastián echó un vistazo al cuaderno.

—Porque estás intentando memorizar la respuesta completa.

—¿Y qué quieres que haga?

—Relaciona la respuesta con algo que recuerdes.

Karelis levantó una ceja.

—¿Cómo qué?

Sebastián señaló una de las líneas.

—Por ejemplo, esta. Piensa en el acontecimiento como si fuera una historia. Primero pasó esto, después esto y finalmente esto.

Karelis volvió a leer el texto con atención.

—Entonces... ¿primero esto y después aquello?

—Exacto.

—¿Y eso cómo lo sabes?

Sebastián le dedicó una sonrisa tranquila.

—Porque llevo un rato ayudándote.

—No te pregunté eso.

—Entonces no sé.

Karelis soltó una pequeña risa y le dio un leve empujón.

—Eres insoportable.

—Pero te estoy ayudando.

—Eso sí.

Sebastián volvió la vista hacia el cuaderno. Había dejado de estudiar hacía unos minutos y ahora trazaba líneas distraídas con el lápiz mientras Karelis intentaba memorizar las respuestas.

Por unos instantes, todo parecía sencillo. Una mañana cualquiera, un examen próximo y dos amigos pasando el recreo bajo el samán.

Hasta que una voz conocida irrumpió desde unos metros de distancia.

—¡Miren nada más! —exclamó Pepe—. ¡Aquí están los novios!

Karelis levantó la cabeza de inmediato. Sus mejillas se encendieron.

—¡Pepe! ¿Otra vez con lo mismo?

Pepe llegó hasta ellos con una sonrisa de oreja a oreja, acompañado por José María y El Español.

—¿Qué? —respondió con fingida inocencia—. Solo estoy describiendo lo que veo.

—Pues necesitas lentes urgentemente —replicó Karelis.

José María soltó una carcajada.

—No le pidas tanto. Pepe lleva años esperando encontrar algo interesante en este colegio.

—¡Oye! —protestó Pepe, llevándose una mano al pecho—. Yo tengo una vida muy interesante.

El Español lo observó de arriba abajo con una solemnidad exagerada.

—Sí. Tan interesante que hasta ahora no has podido contar una sola historia que termine bien.

Los cuatro estallaron en risas. Pepe hizo un gesto dramático de dolor.

—Eso fue cruel.

—Pero cierto —añadió José María sin piedad.

Sebastián negó con la cabeza, riendo.

—Tranquilos, chicos. Apenas comenzó el recreo y ya están peleando.

—Nosotros no peleamos —respondió Pepe, enderezándose—. Nosotros debatimos.

Karelis alzó una ceja.

—¿Debaten?

—Claro.

José María intervino de inmediato:

—Él dice una tontería y nosotros intentamos explicarle por qué es una tontería.

El Español asintió con absoluta seriedad.

—Es un trabajo de tiempo completo.

La carcajada fue general. Incluso Karelis terminó riéndose mientras la sombra del samán los cubría del sol.

Durante unos minutos no hubo nada extraño. Solo ellos, las bromas de siempre y esa confianza que hacía que cualquier conversación terminara convirtiéndose en una competencia para ver quién conseguía hacer reír a los demás.

Sebastián se dejó llevar por el momento. Por un instante, el peso de todo lo que estaba ocurriendo quedó lejos.

Pepe fue quien terminó cambiando el tema de conversación.

—Por cierto, ¿ya escucharon que Paradise Lost va a sacar otro disco?

Sebastián levantó la cabeza de golpe. Fue como si hubieran pronunciado el conjuro perfecto.

—¡Claro que sí!

Los tres amigos se detuvieron y lo miraron al mismo tiempo. Sebastián continuó, incapaz de frenar el torrente de entusiasmo.

—Se llama Shade of God. Es el tercer álbum y suena genial. Embraced es mi cancion favorita.

Pepe parpadeó, confundido. José María miró a El Español. El Español miró a José María. Los tres intercambiaron una expresión de desconcierto.

Pepe fue el primero en romper el silencio:

—¿Cómo sabes todo eso?

Sebastián se quedó helado, con la boca a medio abrir.

—¿Qué?

—El álbum acaba de salir este fin de semana —dijo Pepe, escudriñándolo—. Y hasta donde yo sé, en la radio solo han puesto Pity the Sadness.

Un frío seco le golpeó el estómago. La impaciencia lo había traicionado y había vuelto a hablar de más.

—Ah... bueno... —intentó buscar una excusa a toda velocidad—. Es que... es mi banda favorita.

Pepe cruzó los brazos, manteniendo la duda.

—Eso no explica que conozcas la canción.

—Y que sepas que es su tercer álbum —añadió José María, sin quitarle los ojos de encima.

Sebastián tragó saliva, sintiendo la garganta seca.

—Sí, bueno... investigué un poco.

El Español asintió despacio, saliendo al rescate.

—Tiene sentido. Cuando a Sebastián le gusta algo, se obsesiona.

—¡Exactamente! —exclamó Sebastián, aferrándose con todas sus fuerzas a aquella tabla de salvación para escapar de la presión.

Pepe pareció aceptar la explicación, aunque todavía conservaba una expresión de duda.

—Bueno, entonces habrá que escuchar el álbum completo —dijo—. Si Pity the Sadness es así de buena, quizás las demás canciones estén todavía mejor.

José María asintió.

—A mí me gustó bastante. Aunque tengo curiosidad por saber si van a mantener ese sonido en los próximos discos.

Sebastián, que hasta ese momento había conseguido contenerse, sonrió con entusiasmo.

—Créeme, la banda todavía tiene mucho que ofrecer. Hay canciones que son incluso mejores...

Se detuvo un instante.

—Aunque todavía no han escuchado Tragic Idols...

El silencio cayó de golpe sobre el grupo.

Sebastián dejó de sonreír.

¡Maldición! Acabo de hacerlo otra vez.

Un silencio sepulcral se apoderó del grupo.

El tiempo pareció detenerse por completo. Los tres amigos volvieron a mirarlo fijamente, atónitos. Esta vez, incluso Karelis levantó la vista del cuaderno, observándolo con extrañeza.

José María frunció el ceño con sospecha.

—¿Tragic Idols?

Sebastián quedó paralizado en su sitio.

—Sí...

—Esa canción no está en ninguno de los tres álbumes —sentenció José María.

Un calor ardiente comenzó a subirle por el cuello a Sebastián. Intentó mantener la compostura mientras buscaba desesperadamente una explicación que pudiera sacarlo del aprieto.

—Yo... creo que confundí el nombre.

Pepe esbozó una sonrisa pícara y lenta.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Con qué canción?

Sebastián abrió la boca, pero no brotó ningún sonido. La mentira se le atascó en la garganta.

Pepe empezó a reírse a carcajadas.

—¡Lo sabía! ¡Sebastián se inventó una canción!

—No me la inventé.

—¡Entonces cántala!

—¡No!

José María intervino entre risas:

—Déjalo, Pepe. Si empieza a cantar, seguro nos da también la fecha de lanzamiento.

Sebastián lo miró con una mezcla de pánico contenido y profunda resignación.

—Muy gracioso.

Pepe lo señaló con el dedo, disfrutando el momento.

—Admite que tienes información secreta sobre Paradise Lost.

—No tengo información secreta.

—Entonces eres un brujo.

—¡Pepe!

José María no aguantó más y se echó a reír.

—Bueno, al menos sabemos que si algún día perdemos una canción, podemos preguntarle a Sebastián. Él parece conocer discos que todavía no existen.

Karelis, que había permanecido observando la escena en silencio, cerró despacio su cuaderno.

—Ya déjenlo tranquilo.

Los tres chicos la miraron.

Karelis señaló a Sebastián con una pequeña sonrisa.

—Ustedes saben cómo es. Cuando se emociona hablando de música, empieza a decir cosas sin pensar.

Sebastián la miró y por un instante, sintió un enorme alivio.

—Exactamente —respondió rápidamente—. Eso fue lo que pasó.

Pepe entrecerró los ojos.

—¿Y tú le crees?

Karelis se encogió de hombros.

—No sé si le creo...

Miró a Sebastián durante un segundo más.

—Pero tampoco es la primera vez que dice alguna cosa rara.

Karelis miró a Sebastián guiñándole un ojo.

—De nada.

Sebastián soltó una pequeña risa nerviosa.

—Gracias... creo.

Pero aunque había conseguido sacarlo del aprieto, algo en la reacción de Sebastián seguía llamándole la atención. Karelis conocía sus rarezas. Sabía que cuando hablaba de música o dibujo podía entusiasmarse y soltar cualquier cosa sin pensarlo demasiado. Pero aquello había sido diferente. Por unos segundos, Sebastián realmente había parecido asustado.

Karelis no dijo nada. No quería volver a ponerlo contra las cuerdas. Simplemente abrió de nuevo su cuaderno.

El Español, que había estado observando la escena con una sonrisa amplia, levantó una mano con solemnidad exagerada.

—Yo solo digo una cosa.

Todos guardaron silencio para escucharlo. El Español adoptó una seriedad caricaturesca.

—Si Sebastián empieza a decirnos qué canciones van a salir dentro de veinte años... —hizo una pausa escénica—… yo voy a empezar a pedirle los números de la lotería.

El silencio duró apenas un segundo antes de que los cuatro estallaran en carcajadas. Incluso Karelis terminó riéndose. Sebastián negó con la cabeza, sonriendo aliviado.

—Están locos.

—Pero nos quieres —respondió Pepe con frescura.

—Eso está por verse.

La conversación continuó entre bromas y comentarios sobre música. Poco a poco, el momento quedó atrás.

O al menos eso parecía.

A unos metros del samán, una figura permanecía apoyada contra la pared. Había estado escuchando y, cuando aquel nombre llegó hasta sus oídos, levantó un poco la cabeza.

Tragic Idols.

Sus ojos buscaron entre los estudiantes hasta encontrar a Sebastián, que seguía riendo con sus amigos. Lo observó durante unos segundos antes de murmurar:

—Mmm... Tragic Idol. Ese disco no sale hasta el 2012...

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Este chico tiene buen gusto por la música.

Y volvió a quedarse en silencio, observando desde la distancia.



Unos ojos detrás del recuerdo

Los dos días siguientes transcurrieron con una normalidad casi engañosa. La extraña voz seguía rondando los pensamientos de Sebastián, pero no había aparecido ninguna nueva pista que le permitiera descubrir quién estaba detrás de ella.

Así que decidió no darle más vueltas. Al menos por el momento.

En el colegio, todo continuó como siempre: las clases interminables, los exámenes sorpresa, los recreos llenos de estudiantes y las reuniones bajo la sombra del viejo samán con Karelis, Pepe, José María y El Español. Las risas del grupo conseguían apartar cualquier preocupación durante un rato.

Pepe, fiel a su costumbre, encontraba cualquier oportunidad para molestar a Karelis con sus bromas sobre ella y Sebastián.

—¡Miren cómo se sientan juntitos otra vez! —solía soltar con una sonrisa cargada de picardía.

Karelis, armada de paciencia, ya había aprendido a devolverle el golpe.

—Pepe, algún día voy a encontrar una forma eficaz de hacerte callar.

—¿Ves? —respondía él, señalándola con regocijo—. Eso es amor puro.

—Eso es una amenaza de muerte —aclaraba José María entre risas contenidos.

El Español solía rematar aquellas discusiones con alguna de sus sentencias solemnes, consiguiendo que todos terminaran riendo.

Y así pasaron aquellos días. Entre clases, bromas y conversaciones bajo el samán, Sebastián consiguió dejar el asunto a un lado por unas horas.

Aunque no del todo.

A cierta distancia, entre el movimiento de los estudiantes, alguien observaba.

Su mirada permanecía fija sobre Sebastián. No parecía una simple curiosidad. Seguía sus movimientos, escuchaba cuando hablaba y permanecía atento incluso cuando el resto del grupo estaba distraído.

Sebastián, mientras tanto, disfrutaba de aquella pequeña tregua sin darse cuenta de que alguien seguía observándolo desde la distancia.

Al terminar la jornada, el timbre de salida rasgó el aire de la tarde. En cuestión de segundos, los pasillos se llenaron de estudiantes que salían con las mochilas colgadas de un solo hombro, los cuadernos apretados contra el pecho y las voces mezclándose por todas partes. Los profesores intentaban mantener el orden mientras la multitud avanzaba hacia la salida.

—¡Nos vemos mañana! —gritó Pepe, alejándose a zancadas.

—¡No llegues tarde! —le replicó José María a la distancia.

El Español alzó una mano con ademán magistral.

—¡Y estudien!

Pepe se frenó en seco y lo miró de reojo.

—¿Tú estudiando? Eso sí que sería una noticia de primera página.

—Estoy intentando mejorar nuestra deplorable reputación académica.

—Entonces estamos oficialmente perdidos —sentenció José María.

Los tres continuaron su camino entre carcajadas. Sebastián negó con la cabeza, esbozando una sonrisa.

—Nunca van a cambiar.

Karelis lo miró de lado, entornando los ojos.

—Y quizá esa sea su única virtud.

Ambos emprendieron la marcha hacia la salida. Como de costumbre, Sebastián la acompañó hasta la parada del autobús. Durante el trayecto hablaron de cosas sencillas: la dificultad del examen, los chismes de clase y las ocurrencias de la pandilla. Nada fuera de lo normal.

Al llegar a la parada, el autobús apareció pocos minutos después, envuelto en una nube de humo. Karelis se acomodó la correa de la mochila y miró a Sebastián antes de subir.

—Bueno... nos vemos mañana.

—Nos vemos.

Ella dio un par de pasos hacia el escalón, pero se detuvo. Giró el rostro y le regaló una sonrisa teñida de cierta timidez.

—Y trata de no revelar más canciones del futuro.

Sebastián abrió los ojos de par en par, tomado por sorpresa.

—¡Karelis!

Ella dejó escapar una pequeña carcajada.

—Tenía que decirlo.

Sebastián negó con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír.

—Ya entendí. Queda prohibido hablar de música.

Karelis sonrió con cierta picardía.

—Eso quiero verlo.

Las puertas neumáticas comenzaron a cerrarse con un resoplido. Karelis alzó la mano a través del cristal.

—¡Nos vemos, Sebastián!

—¡Nos vemos!

—¡Nos vemos!

—¡Nos vemos! —se gritaron entre bromas.

El autobús arrancó y se alejó calle abajo. Sebastián permaneció unos segundos viendo cómo desaparecía tras la esquina. Luego sonrió para sí, ajustó el morral a su espalda y emprendió el camino a casa.

Por un instante, la paz pareció real.

Hasta que, al doblar la primera calle solitaria, Sebastián escuchó unos pasos detrás de él.

No parecían apresurados, pero mantenían una distancia constante. Sebastián continuó caminando, aunque comenzó a prestar atención al sonido que se repetía a sus espaldas. Después de unos segundos, giró un poco la cabeza.

No vio a nadie conocido.

Siguió avanzando.

Los pasos continuaron detrás de él.

Esta vez, Sebastián redujo un poco la marcha. El sonido también disminuyó.

Una pequeña inquietud comenzó a recorrerlo. No sabía si alguien realmente lo estaba siguiendo o si simplemente estaba demasiado alerta después de todo lo ocurrido en los últimos días.

Entonces escuchó una voz femenina a sus espaldas.

—¡Oye, tú!

Sebastián se detuvo y se giró.

Una chica caminaba hacia él a paso rápido. Parecía haberlo seguido durante varias cuadras y respiraba con cierta agitación, como si temiera perderlo antes de poder alcanzarlo.

Sebastián la observó con desconcierto.

No la había visto jamás.

La joven se detuvo a un par de metros de distancia y trató de recuperar el aliento antes de mirarlo a los ojos.

—¿Tú eres el chico que defendió al Español de aquellos cinco chicos?

Sebastián frunció el ceño.

La pregunta le resultó extraña, pero todavía más extraña fue la forma en que ella lo estaba mirando.

—Sí... —respondió con cautela—. ¿Por qué?

La chica no respondió de inmediato. Lo observó durante unos segundos, sin pestañear.

—Porque yo recuerdo que esa pelea no debió pasar así.

Sebastián sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué...?

La chica mantuvo la mirada fija en él.

—¡Esos chicos te golpearon a ti!

—¡Esos chicos te golpearon a ti!

Por un instante, Sebastián no supo qué responder. El aire se le congeló en los pulmones y se le fue el color del rostro. Él recordaba la pelea: los cinco agresores, la intervención del Español, la paliza. Pero en su pasado, la historia había sido distinta.

La muchacha inclinó un poco la cabeza, observando su reacción.

—¿No es así como lo recuerdas?

Sebastián tardó unos segundos en responder.

—¿Cómo... cómo sabes eso? —La palabra apenas salió de sus labios.

Entonces ella añadió, con una naturalidad que hizo que el desconcierto de Sebastián aumentara todavía más:

—Por cierto... Tragic Idols es un excelente tema. Al igual que el disco.

Sebastián quedó petrificado. El mundo a su alrededor pareció perder el sonido.

Las piezas comenzaron a encajar en su mente a toda velocidad: la voz en el pasillo, la cifra 2026, su propio desliz sobre una canción que no pertenecía a 1992 y, ahora, aquella desconocida mencionando el título exacto de la pista. El mismo tema que él había dejado caer días atrás. El mismo que pertenecía a un tiempo que aún no había nacido.

Sebastián la miró fijamente, sin poder articular palabra. La luz de la tarde iluminó de lleno el rostro de la chica. Unos ojos verdes y magnéticos sostenían su mirada. Sabía muy bien quién era él.

Sostuvieron la mirada. El silencio pesaba.

La hipótesis más aterradora de su diario acababa de volverse real: no estaba solo en aquel pasado.

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Great Character

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author

Muy bueno, te mandaré una reseña para que atraigas más a potenciales lectores

16 days

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