PRÓLOGO — El primer pequeño Rex en el ascensor
¿Quién no quiso tener un dinosaurio de niño?
No un tiranosaurio gigantesco corriendo detrás de un todoterreno y destrozando un baño portátil.
No.
Uno pequeño.
Tuyo.
Doméstico.
Del tamaño de un pastor alemán.
Con correa.
Que te esperara junto a la puerta.
Que durmiera al lado del sofá.
Que hiciera que los vecinos preguntaran:
—¿Y eso qué es?
Y tú, con toda la tranquilidad del mundo:
—Rex.
Y ya.
Un dinosaurio pequeño en casa.
No un monstruo.
No un esqueleto de museo.
No una ilustración de enciclopedia.
Un animal vivo, caliente, rápido y rarísimo, respirando en tu recibidor y mirando la nevera como si dentro estuviera escondido el corazón del Cretácico.
Suena maravilloso.
Hasta que aparece de verdad en tu casa.
Porque el sueño de tener un dinosaurio suele terminar en:
—Guau.
La convivencia empieza con otras preguntas:
—¿Qué come?
—¿Por qué huele así?
—¿Ha sido él el que se ha tirado un pedo?
—¿Por qué el gato lleva tres días viviendo encima del armario?
—¿Por qué ahora nadie puede abrir la nevera sin supervisión?
—¿Quién le compró ese juguete si ha durado cuatro minutos?
—¿Por qué la correa parece hecha para atar una bicicleta a un cohete?
Y, sobre todo:
—¿Dónde demonios está el veterinario más cercano que atienda pequeños terópodos y acepte el seguro?
Tú habías imaginado felicidad.
Y acabas con un horario de comidas, un bozal, una cama reforzada, un cortaúñas del tamaño de una herramienta de jardinería, un champú especial «para escamas sensibles y crestas nerviosas», un saco de Prehistoric Protein Junior y una balda de la nevera que conviene no mirar después de medianoche.
La mascota la compras una vez.
Las consecuencias las pagas todos los días.
Pero bueno.
Supongamos que lo has conseguido.
Compraste la comida.
Compraste juguetes.
Compraste la correa.
Compraste el bozal.
Preparaste psicológicamente al gato.
A los vecinos no te dio tiempo.
Y llega la primera mañana.
Una mañana cualquiera en la ciudad.
Vas tarde.
Café en una mano.
Correa en la otra.
Al final de la correa, un pequeño Rex.
Está en el pasillo con la cabeza ligeramente inclinada.
La cresta levantada.
La cola se mueve despacio de un lado a otro, no como la de un perro, sino junto con todo el cuerpo, ayudándolo a mantener el equilibrio.
Huele la puerta.
Luego tus zapatos.
Luego la bolsa de basura.
Luego otra vez la puerta.
Tú dices:
—Paseo.
Rex no sabe qué significa «paseo».
Lo que sí entiende es que está a punto de abrirse un territorio enorme lleno de olores, movimiento y posibles errores.
Salís.
En el pasillo ve por primera vez el felpudo de los vecinos.
Para ti es un felpudo.
Para Rex, la piel plana de una criatura desconocida.
Apoya una pata con cuidado.
Las garras hacen sobre el suelo:
tac.
tac.
tac.
Y tú comprendes que el parqué era el eslabón débil de la civilización.
Llegáis al ascensor.
Pulsas el botón.
Rex mira el botón.
Luego tu mano.
Luego las puertas.
Oye algo moverse dentro de la pared.
Una caja de metal está viajando por el edificio.
Para Rex eso no es transporte.
Es una cueva vertical que huele a personas.
El ascensor llega.
Se abren las puertas.
Y aquí empieza de verdad el libro.
Dentro hay una vecina.
La vecina lleva un transportín.
Dentro del transportín hay un gato.
Un segundo de silencio.
Tú ves a la vecina.
La vecina ve un dinosaurio.
El gato ve el final de su biografía.
¿Y Rex?
Rex no ve a «Michi».
No sabe que es el mimado de la familia, un miembro más de la casa, una bola de pelo que come paté, duerme en el alféizar y tiene más derechos sobre el sofá que algunos seres humanos.
Rex ve movimiento.
Olor.
Un cuerpo caliente.
Ojos.
Pelo.
Una criatura pequeña que acaba de ponerse rígida dentro de una caja.
Para ti es un gato.
Para la vecina es su niño.
Para el gato es una catástrofe.
Para Rex es una señal.
Y de pronto, en ese ascensor ridículamente pequeño, cabe una cantidad sorprendente de civilización.
El café en una mano.
La correa en la otra.
El bozal en el bolsillo.
La vecina pegada a la pared.
El gato dentro del transportín.
Rex en el suelo.
El botón de la planta baja.
Olor a miedo.
Olor a café.
Olor a su comida.
Y el olor de aquella decisión ancestral que tomaste ayer por la noche cuando pensaste:
«Bah. ¿Qué puede pasar? Si es pequeño».
Pequeño no significa sencillo.
Un dinosaurio pequeño no es un juguete en miniatura.
Es un cuerpo.
Con instintos.
Dientes.
Garras.
Estómago.
Olor.
Atención.
Miedos.
Deseos.
Y su propia versión del mundo.
Puedes llamarlo Rex.
Pero no está obligado a convertirse en perro sólo porque tú le hayas comprado una correa.
Y entonces la pregunta deja de ser infantil.
¿Se puede tener de verdad un dinosaurio en casa?
¿Y si se tira un pedo en un piso de cuarenta metros?
¿Y si una hembra pone huevos detrás del sofá?
¿Y si te reconoce menos por la cara que por el olor de los calcetines?
¿Y si un día, durante el paseo, ve una paloma y recuerda de golpe para qué le dio la evolución esas piernas?
Tú miras a Rex.
Rex mira al gato.
El gato te mira a ti.
Comprar el dinosaurio había sido la parte fácil.
Las puertas del ascensor se cierran.
Empezáis a bajar.
Y esto no es más que la primera mañana.








