Capítulo 1 — Despertar
Lo primero que sentí fue frío.
No un frío insoportable.
Era peor de una manera mucho más irritante.
Húmedo.
Se filtraba desde la superficie contra la que tenía apoyada la cara y parecía extenderse lentamente por todo mi cuerpo.
Piedra.
Definitivamente estaba acostado sobre piedra.
Eso planteaba una pregunta bastante evidente.
¿Por qué?
Intenté abrir los ojos.
Nada.
Los cerré.
Volví a intentarlo.
Nada.
—Perfecto...
O eso pretendía decir.
Lo que salió de mi garganta fue un sonido ronco y breve.
Me quedé inmóvil.
Durante un instante pensé que quizá tenía la garganta seca. Tal vez estaba herido. Tal vez...
Probé otra vez.
—Ah...
El mismo sonido.
Bajo.
Áspero.
Incorrecto.
No se parecía a mi voz.
En realidad, no se parecía demasiado a una voz humana.
Una sensación desagradable comenzó a formarse en mi estómago.
No.
Primero lo primero.
Entrar en pánico podía esperar.
Necesitaba saber dónde estaba.
Apoyé una mano contra el suelo.
O intenté hacerlo.
Algo tocó la piedra.
Sentí perfectamente el contacto: la rugosidad, la humedad y pequeños granos de tierra bajo...
Bajo lo que fuera aquello.
Moví los dedos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Me detuve.
Volví a contarlos.
Cuatro.
—...
Esta vez ni siquiera intenté hablar.
Doblé los dedos lentamente.
Algo duro raspó la piedra.
Ras.
El sonido me hizo apartar la extremidad de golpe.
Garras.
Pequeñas.
Pero garras.
Permanecí acostado unos segundos, esperando que mi cerebro encontrara alguna explicación razonable.
No lo hizo.
Bien.
Nuevo intento.
Tenía una extremidad extraña.
Eso era un problema.
No necesariamente el problema más importante que tenía, pero era uno que podía investigar.
Intenté incorporarme.
Mi cuerpo reaccionó inmediatamente.
Solo que no de la forma que esperaba.
Me apoyé con ambos brazos, levanté el torso y, por puro reflejo, intenté colocar las piernas debajo de mí.
Mi equilibrio desapareció.
Caí hacia delante.
La mandíbula golpeó contra la piedra.
—¡Grk!
Retrocedí de inmediato.
Un dolor sordo se extendió por mi cara.
Mi cara.
No.
Mi...
Llevé una extremidad hasta la boca.
El gesto resultó más difícil de lo esperado. El brazo parecía demasiado corto, el ángulo era extraño y mi cabeza estaba más adelantada respecto al torso de lo que debería.
Mis dedos encontraron primero una mandíbula.
Una mandíbula demasiado grande.
Después dientes.
Muchos.
Pequeños, afilados y definitivamente míos.
Retiré la mano.
No necesitaba continuar con aquella inspección.
Había cosas que uno podía descubrir poco a poco.
Aquello era una de ellas.
Respiré.
O al menos hice el equivalente de respirar profundamente con unos pulmones que tampoco parecían funcionar exactamente como los recordaba.
No entres en pánico.
Era una orden bastante razonable.
También era mucho más fácil darla que obedecerla.
No sabía dónde estaba.
No podía ver.
Mi voz no era mi voz.
Tenía cuatro dedos.
Tenía garras.
Y acababa de descubrir que mi dentista habría necesitado una tarde completa solo para contarme los dientes.
Había tenido despertares mejores.
Me obligué a quedarme quieto.
Resolver problemas.
Eso sí sabía hacerlo.
No hacía falta entenderlo todo.
Solo lo inmediato.
¿Estaba herido?
Moví una extremidad.
Después otra.
Ningún dolor importante.
Intenté hacer lo mismo con las piernas.
Respondieron.
Raras, pero respondieron.
Moví el cuello.
También.
Respiraba sin dificultad.
Mi mandíbula dolía por el golpe, pero no parecía rota.
Bien.
No me estaba muriendo.
Probablemente.
Siguiente problema.
¿Dónde estaba?
Apoyé las cuatro extremidades en el suelo.
Esta vez no intenté levantarme como un humano.
El simple pensamiento me produjo una sensación desagradable.
Me coloqué con cuidado sobre manos y pies.
No.
Patas.
No quería llamarlas patas.
Extremidades.
Sí.
Extremidades era suficientemente neutral.
Permanecí así unos segundos.
Mi cuerpo se sentía...
Natural.
Ese fue posiblemente el descubrimiento más inquietante hasta el momento.
La postura que mi cabeza consideraba absurda era una postura que el resto de mi cuerpo aceptaba sin dificultad.
Probé a avanzar.
Extremidad delantera derecha.
Trasera izquierda.
Luego las otras dos.
Concentrarme en cada movimiento solo consiguió que me enredara conmigo mismo.
Mi hombro chocó contra el suelo.
—Grr...
Me congelé.
¿Había gruñido?
No.
No quería analizar eso.
Lo intenté otra vez.
Esta vez pensé menos.
Un paso.
Otro.
Otro.
Mi cuerpo sabía moverse.
Yo era quien no sabía utilizarlo.
La distinción no me tranquilizó.
Avancé unos metros —o lo que me parecieron unos metros— siguiendo la pared.
Entonces ocurrió algo todavía más extraño.
La oscuridad cambió.
Al principio pensé que mis ojos se estaban acostumbrando.
Formas vagas comenzaron a desprenderse del negro.
El suelo.
Una pared irregular.
Una roca.
Una grieta.
No veía colores. Apenas podía distinguir tonos diferentes, contornos incompletos y reflejos débiles sobre la humedad.
Pero veía.
Aquello era imposible.
No había luz.
O si la había, era tan poca que no debería haber servido para nada.
Sin embargo, cuanto más tiempo mantenía los ojos abiertos, más detalles aparecían.
La caverna no era especialmente grande.
El techo estaba lo bastante bajo como para hacer que el lugar se sintiera cerrado, aunque para mi nueva altura quedaba bastante por encima.
Había piedras dispersas por el suelo, pequeñas depresiones llenas de humedad y varias grietas entre las paredes.
No veía ninguna lámpara.
Ninguna puerta.
Ninguna ventana.
Solo roca.
Entonces escuché una gota caer.
Ploc.
Giré la cabeza.
A mi derecha.
Lejos.
No.
No tan lejos.
Otra.
Ploc.
Esta vez pude imaginar casi exactamente dónde había caído.
Fruncí el ceño.
O intenté hacerlo.
Un roce llegó desde alguna grieta.
Algo pequeño desplazándose sobre piedra.
Más lejos, un sonido parecido a un crujido.
Luego silencio.
No.
No había silencio.
Ese era el problema.
Había demasiadas cosas.
El aire atravesando una abertura.
Agua deslizándose por alguna superficie.
Pequeñas patas.
Piedras.
Mi propia respiración.
Mi corazón.
Podía escuchar mi corazón.
Retrocedí hasta tocar la pared.
Demasiado.
Todo era demasiado.
Y entonces llegaron los olores.
Humedad.
Tierra.
Roca mojada.
Algo parecido a hongos.
Algo podrido.
Y...
Sangre.
No sabía cómo estaba tan seguro.
Nunca habría podido reconocer sangre únicamente por el olor.
Ahora sí.
La sensación desagradable de mi estómago se intensificó.
Solo que esta vez no era miedo.
Hambre.
Tragué saliva.
No.
No iba a pensar en eso todavía.
Necesitaba información.
Miré mis extremidades otra vez.
Eran delgadas.
Piel oscura. Gris, quizá. Era difícil asegurarlo con aquella visión.
Cuatro dedos.
Garras.
Me erguí con cuidado apoyándome contra la pared.
Podía hacerlo.
Más o menos.
Pero enseguida noté tensión en las piernas y una sensación de inestabilidad que desaparecía al volver a apoyar las extremidades delanteras.
Cuadrúpedo.
Mi cuerpo prefería caminar a cuatro patas.
Bajé la mirada.
Era pequeño.
Mucho.
La perspectiva podía engañarme, pero incluso erguido no debía alcanzar ni remotamente la altura de una persona adulta.
Persona.
La palabra me produjo un vacío extraño.
Yo era una persona.
Era humano.
Recordaba calles.
Habitaciones.
Pantallas.
Comida que venía en envases.
El sonido de una alarma por la mañana.
Pagar cuentas.
Conversaciones que probablemente no habían sido tan importantes como parecían entonces.
Recordaba una vida.
Mi vida.
Pero el cuerpo apoyado contra aquella pared no tenía nada de humano.
Una pregunta apareció inevitablemente.
¿Qué me había pasado?
Intenté perseguir mis recuerdos.
Había cosas allí.
Rostros.
Lugares.
Años enteros.
Pero cuando intentaba alcanzar el final...
Me detuve.
No.
No era el momento.
Aunque lograra recordar cada segundo de cómo había llegado allí, seguiría estando atrapado en una cueva dentro del cuerpo de...
De esto.
Primero sobrevivir.
Después crisis existencial.
Me pareció una distribución de prioridades bastante justa.
Aparté la espalda de la pared.
Algo apareció frente a mis ojos.
Di un salto hacia atrás.
Mis patas resbalaron.
Caí de costado.
La cosa continuó flotando en el mismo lugar.
La observé.
No era una criatura.
Tampoco estaba grabada en la pared.
Era...
Una ventana.
No.
Eso era ridículo.
Parecía una ventana de interfaz suspendida en el aire.
Letras claras sobre un fondo apenas visible.
Parpadeé.
Seguía allí.
Cerré un ojo.
Seguía allí.
Giré la cabeza.
La ventana acompañó mi campo de visión.
—No puede ser.
Esta vez el sonido que salió de mi boca se aproximó un poco más a palabras.
No demasiado.
Pero al menos mi cerebro decidió interpretarlo como una victoria.
Volví a mirar el texto.
Nombre: —
Especie: Devorador cavernario juvenil
Nivel: 1
Lo leí.
Luego otra vez.
Y una tercera.
Nada cambió.
—...
Devorador cavernario juvenil.
Por supuesto.
Porque aparentemente despertar con garras en una cueva no era información suficientemente clara.
Necesitaba una etiqueta.
Un Devorador.
Cavernario.
Juvenil.
La última palabra consiguió llamar mi atención.
Juvenil.
¿Era una cría?
Miré mi cuerpo nuevamente.
Pequeño.
Delgado.
No parecía particularmente fuerte.
Fantástico.
Ni siquiera había reencarnado —si aquello era lo que había ocurrido— como una monstruosidad capaz de partir rocas con las manos.
Era una versión infantil.
Mi mirada volvió a la primera línea.
Nombre: —
Aquello me molestó más de lo que esperaba.
Yo tenía un nombre.
Claro que lo tenía.
Sabía quién era.
No necesitaba que una ventana flotante me lo confirmara.
Entonces, ¿por qué aparecía vacío?
Abrí la boca.
Me detuve.
Por un instante quise decir mi nombre en voz alta.
No pude explicar por qué no lo hice.
Tal vez porque escucharlo con aquella garganta habría sido demasiado extraño.
Tal vez porque no quería comprobar qué significaba aquel espacio vacío.
Aparté la mirada.
Nivel uno.
Eso sí lo entendía.
O creía entenderlo.
La interfaz parecía sacada de un videojuego.
Especie.
Nivel.
Probablemente estadísticas, habilidades y toda la colección habitual.
La parte racional de mí quiso seguir investigando.
La otra parte señaló algo mucho más importante.
Los videojuegos no olían a sangre.
Ni hacían doler una mandíbula cuando uno se golpeaba contra el suelo.
Si aquello era algún tipo de Sistema, asumir que funcionaba según reglas que conocía podía ser una forma especialmente estúpida de morir.
Me levanté.
La ventana desapareció.
O quizá dejé de prestarle atención.
No estaba seguro.
Intenté hacerla aparecer otra vez.
Pensé en ella.
Nada.
Estado.
La interfaz volvió.
Me quedé mirando.
—Ah.
Bien.
Eso parecía útil.
Estuve a punto de intentar averiguar qué más podía mostrar cuando todos los pequeños sonidos de la caverna desaparecieron.
No disminuyeron.
Desaparecieron.
Mi cuerpo reaccionó antes que yo.
Las extremidades se tensaron.
La cabeza descendió.
Mi respiración se hizo más lenta.
Algo dentro de mí gritó una única orden.
Quieto.
No era un pensamiento.
No exactamente.
Era una certeza.
Un impulso tan profundo que durante un instante obedecí sin cuestionarlo.
Entonces lo sentí.
Tum.
Una vibración recorrió la piedra.
Mis ojos se dirigieron hacia la abertura más amplia de la cámara.
Tum.
Otra.
Algo se acercaba.
La interfaz desapareció de mi atención.
Escuché el roce de piedra contra piedra.
Una respiración.
Lenta.
Profunda.
Demasiado profunda.
Mi cerebro comenzó a calcular.
No sabía qué era.
No sabía cuánto medía.
No sabía si estaba entrando allí.
No sabía si ya me había detectado.
Datos insuficientes.
Una parte absurda de mí quiso acercarse para mirar.
La aplasté inmediatamente.
No necesitaba identificar aquello.
Necesitaba que aquello no me identificara a mí.
Miré alrededor.
Pared.
Rocas.
Una depresión.
Grietas.
Mi vista se detuvo en una abertura lateral.
Estrecha.
Muy estrecha.
Corrí.
O intenté correr.
Las primeras dos zancadas fueron un desastre.
Mis patas traseras empujaron con más fuerza de la esperada y casi perdí el equilibrio.
Corregí.
Esta vez dejé de pensar en cada extremidad.
Mi cuerpo tomó el control de la mecánica.
Yo solo elegí la dirección.
La diferencia fue inmediata.
Llegué hasta la grieta y me lancé dentro.
Piedra raspó mi costado.
Demasiado estrecha.
No.
Yo era pequeño.
Eso tenía que servir para algo.
Exhalé, giré el torso y empujé.
Entré.
La abertura continuaba unos pocos metros antes de ensancharse ligeramente.
Avancé hasta donde pude y me agazapé.
Entonces esperé.
Tum.
Más cerca.
El suelo vibró.
Algo pasó frente a la entrada de la cámara.
No lo vi completamente.
Una forma enorme interrumpió durante unos instantes la tenue diferencia entre la salida y la oscuridad exterior.
Mi nueva visión logró arrancarle fragmentos.
Una extremidad.
Una superficie irregular.
Algo que podía ser piel.
O placas.
No importaba.
Era grande.
Eso bastaba.
El olor llegó después.
Fuerte.
Animal.
Carne.
Tierra.
Un aroma que mi cuerpo interpretó de una manera inmediata y mucho más sencilla que mi mente.
Depredador.
Retrocedí un poco más.
La roca me presionó el lomo.
No podía continuar.
La criatura se detuvo.
Mi corazón golpeó tan fuerte que estaba convencido de que podía escucharlo desde fuera.
La respiración llegó otra vez.
Lenta.
Una inhalación profunda.
Estaba oliendo.
No.
No, no, no.
Intenté contener el aire.
Mala idea.
Mi pecho protestó inmediatamente.
Respiré lo mínimo posible.
La criatura desplazó una piedra.
Crac.
El sonido retumbó por toda la cámara.
Mis garras se clavaron en el suelo.
Algo extraño ocurrió con mi cuerpo.
Quería huir.
Al mismo tiempo quería hacerse todavía más pequeño.
Mis músculos estaban preparados para moverse sin que yo les hubiera dado ninguna orden.
Aquella sensación me asustó casi tanto como la criatura.
Yo decido.
El pensamiento apareció con una fuerza irracional.
Yo decido cuándo moverme.
No sabía a quién intentaba convencer.
A mi cuerpo.
A mí mismo.
A ambos.
La criatura permaneció allí.
Un segundo.
Dos.
Cinco.
No tenía idea.
El tiempo dejó de funcionar de manera útil.
Después escuché otro paso.
Tum.
Se alejaba.
Esperé.
Otro.
Más débil.
Otro.
La respiración desapareció.
Los pequeños sonidos tardaron en regresar.
Primero una gota.
Después un roce distante.
Luego algo moviéndose dentro de una grieta.
Aun así, no salí.
Conté hasta cien.
Luego hasta cien otra vez.
No confiaba en que aquello significara nada, pero me daba algo que hacer.
Finalmente avancé hacia la entrada del refugio.
Asomé únicamente la cabeza.
Nada.
La cámara estaba vacía.
Me quedé inmóvil y escuché.
Mi oído alcanzaba sonidos que todavía no sabía clasificar, pero ninguno se parecía a aquellos pasos.
Salí lentamente.
Las piernas me temblaban.
Eso era malo.
Pero también era información.
Había cosas grandes allí fuera.
Cosas capaces de hacer vibrar el suelo simplemente caminando.
Y yo era...
Miré mis garras.
Pequeño.
Delgado.
Nivel uno.
Juvenil.
Una palabra apareció en mi cabeza.
Presa.
La odié inmediatamente.
También era difícil discutir con ella.
Regresé a la grieta.
La observé con más atención.
Incómoda.
Oscura.
Estrecha.
Perfecta.
Por primera vez desde que había despertado, tenía algo parecido a una ventaja.
Lo que fuera aquella criatura, no había entrado.
Quizá no podía.
Quizá simplemente no le interesaba.
Ambas opciones servían por ahora.
Memoricé la abertura.
Si tenía que correr otra vez, quería encontrarla sin pensar.
Después estudié la cámara.
La salida grande quedaba descartada hasta entender mejor qué había fuera.
Las otras grietas podían conducir a alguna parte o terminar después de unos centímetros.
No tenía comida.
No tenía armas.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Tampoco sabía si aquella criatura volvería.
Mi estómago volvió a contraerse.
Hambre.
Esta vez más difícil de ignorar.
Pasé una mano por el abdomen.
Mi cuerpo respondió con una sensación muy clara.
Necesitaba comer.
—Sí... ya entendí.
El gruñido volvió a sustituir parcialmente las palabras.
Tendría que practicar eso.
Agua.
Necesitaba agua antes que comida.
¿Había visto alguna?
Pequeñas zonas húmedas en el suelo.
No suficientes.
Podía lamer las piedras.
La idea me produjo una mezcla de rechazo y una ausencia de rechazo bastante preocupante.
Me acerqué a una pared húmeda.
Una gota descendía lentamente.
La observé.
Luego saqué la lengua.
Me detuve.
No.
Había límites.
Todavía tenía dignidad.
Mi garganta seca sugirió que quizá la dignidad era un recurso menos importante que el agua.
—Cállate.
No estaba seguro de si se lo decía a mi cuerpo o a mí mismo.
Entonces lo escuché.
Ploc.
Levanté la cabeza.
Había oído gotas antes.
Pero aquella...
Cerré los ojos.
No porque ayudara a escuchar, sino porque eliminaba una distracción.
Ploc.
Lejos.
Fuera de la cámara.
Esperé.
Nada.
Después un sonido continuo, tan tenue que al principio lo había confundido con el murmullo general de la cueva.
Agua moviéndose.
No mucha.
Una filtración.
Quizá una corriente pequeña.
Pero agua.
Abrí los ojos.
El sonido provenía de una de las rutas que se alejaban de la cámara.
No de la abertura por la que había pasado aquella criatura.
Otra.
Más estrecha.
Me acerqué unos pasos.
El olor cambió.
Humedad más intensa.
Tierra mojada.
Agua.
Estaba casi seguro.
Miré hacia atrás.
La grieta donde me había escondido continuaba allí.
Segura.
O suficientemente segura.
Después miré el túnel.
Oscuro.
Desconocido.
Y probablemente lleno de cosas con dientes.
Yo también tenía dientes.
Muchísimos, por lo visto.
La diferencia era que todavía no sabía utilizarlos.
El agua volvió a sonar.
Mi garganta dolía.
Mi estómago estaba vacío.
No sabía dónde estaba.
No sabía qué era realmente aquel Sistema.
No sabía qué clase de criatura ocupaba ahora el lugar donde debería estar mi cuerpo humano.
Pero había aprendido tres cosas.
Era pequeño.
Había algo mucho más grande que yo ahí fuera.
Y si quería obtener incluso algo tan simple como agua, tendría que abandonar el único lugar que hasta entonces parecía seguro.
Miré la oscuridad del túnel.
Por primera vez desde que desperté, tenía un objetivo que no requería comprender qué demonios me había ocurrido.
Sobrevivir.
Primero agua.
Las preguntas podían esperar.






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