Capítulo 1: El despertar del fuego
El chocolate ya estaba frío. No era extraño: Trendy solía olvidar lo que tenía entre las manos cuando se quedaba leyendo, aunque aquella tarde el libro no había conseguido retener su atención. Su mirada recorría las mismas líneas una y otra vez, sin lograr avanzar más allá de la página abierta frente a ella.
La luz atravesaba las ramas del bosque y proyectaba manchas doradas sobre la mesa mientras el viento levantaba una de las hojas del libro antes de dejarla caer de nuevo.
Desde aquel banco, solo podía ver pinos, senderos cubiertos de hojas y, más allá, la silueta irregular de las montañas perdiéndose bajo el cielo de la tarde. Aun así, cuando miraba hacia el horizonte, su cabeza insistía en colocar algo más: las murallas de piedra, los jardines que rodeaban el palacio, las terrazas iluminadas por el sol y las torres del Imperio de Fuego. Sabía que nada de aquello seguía en pie, no desde hacía cuatro años. Sin embargo, podía reconstruirlo con tanta claridad que, a veces, le costaba separar el recuerdo de lo que tenía frente a ella.
Las campanas suspendidas entre las ramas comenzaron a sonar con suavidad haciéndola volver al presente. Durante años habían marcado el inicio y el final de sus días en aquel pueblo del Imperio de Tierra, hasta volverse tan cotidianas que casi siempre dejaba de escucharlas.
Permaneció sentada hasta que oyó unos pasos sobre las hojas; no necesitó voltear.
—Otra vez se enfrió.
Aria se acercaba por el sendero con un chal sobre los hombros y algunos mechones castaño oscuro sueltos alrededor del rostro.
Trendy bajó la taza.
—Supongo que sí.
Aria tomó asiento a su lado y dirigió la mirada hacia el bosque. No dijo nada y Trendy agradeció el silencio; con Aria nunca tenía que llenarlo.
Algo rozó la madera de la mesa: un sobre descansaba entre la taza y el libro. Reconoció de inmediato el sello de la alianza; hacía años que no lo veía de tan cerca.
—¿Hace cuánto llegó?
—Esta mañana.
Esta mañana: Aria había tenido la carta durante horas.
—Pensé en esconderla —dijo Aria.
Una parte de ella habría preferido que lo hiciera.
—No lo habrías hecho.
—No.
Por supuesto que no. No tenía nada de extraordinario. Aun así, no quería abrirlo porque sabía lo que había al otro lado: Nova, la guerra y todo aquello de lo que llevaba años manteniéndose lejos.
Además, ¿quién era ella para merecer un lugar en algo como eso después de tanto tiempo?
—No sé por qué la enviaron.
Aria giró la cabeza hacia ella sin responder y Trendy pasó su pulgar por el borde de la taza.
—Hay cientos de personas mejores que yo —dijo, más bajo de lo que pretendía—. Personas que sí merecen estar ahí.
Aria observó el sobre durante unos segundos.
—Léela.
Eso no respondía nada.
Aria se levantó y tomó la taza de chocolate de la mesa.
—La cena estará lista en una hora.
—¿Vas a calentarlo?
—Voy a intentar salvarlo.
—Clara diría que ya es demasiado tarde.
Una sonrisa breve apareció en el rostro de Aria antes de que comenzara a caminar por el sendero. El borde de su vestido rozó las hojas secas antes de que los árboles fueran ocultándola poco a poco. Trendy escuchó sus pasos hasta que dejaron de distinguirse entre el viento y las campanas.
Después volvió a mirar el sobre: ahí seguía. Ojalá Aria lo hubiera escondido.
El viento volvió a abrir el libro, pero esta vez Trendy lo cerró con cuidado y apoyó ambas manos sobre la mesa. Podía levantarse, guardar el sobre y volver a su cabaña; nadie la obligaba a leerlo. Respiró hondo y, por fin, lo tomó. No parecía diferente a cualquier otra carta, pero hacía mucho tiempo que no recibía algo que viniera del mundo exterior; durante los últimos años, su mundo se había reducido a aquellos bosques.
Pasó lentamente el pulgar sobre el sello de la Alianza. Lo había visto incontables veces durante reuniones entre Imperios, ceremonias oficiales y documentos que su padre firmaba durante horas mientras ella intentaba permanecer sentada. Entonces, aquel sello significaba algo muy distinto: responsabilidad, esperanza, unidad; ahora solo le hacía un nudo en el estómago.
Con cuidado, rompió el lacre. El pequeño crujido de la cera pareció demasiado fuerte en medio del bosque. Abrió el sobre despacio, desdobló la hoja y encontró las primeras líneas.
Por decisión unánime de los Maestros…
Continuó leyendo.
La Selección Final dará inicio dentro de siete días…
Sus dedos se tensaron alrededor del papel.
Solicitamos tu presencia…
No terminó el párrafo; no podía. Bajó lentamente la hoja mientras el aire dejaba de entrarle con normalidad.
No.
La respuesta apareció antes que cualquier otra cosa. Volvió a doblar la carta con el mismo cuidado con el que la había abierto, marcando cada pliegue e intentando dejarla exactamente igual que antes.
Después la colocó sobre la mesa y negó muy despacio.
—No.
Se recargó en el respaldo del banco y cerró los ojos, intentando pensar en el libro, en el chocolate, en las campanas, en cualquier cosa que no fuera aquella hoja sobre la mesa, pero sabía que seguía ahí y ahora conocía lo que decía.
Unas risas rompieron el silencio y abrió los ojos: eran niños. Uno protestaba porque acababa de perder un combate de entrenamiento; otro celebraba su victoria con tanta emoción que cualquiera habría pensado que acababa de salvar un Imperio entero. Se quedó escuchándolos y, por un momento, fue más fácil concentrarse en sus voces, en sus risas, en algo que pertenecía a ese lugar, no a Nova.
Las voces fueron alejándose poco a poco hasta que el bosque recuperó la calma y volvió a mirar la carta. No quería llevarla con ella, pero tampoco quería dejarla ahí; después de unos segundos, la tomó y la guardó entre las páginas del libro. Lo sostuvo contra su pecho antes de levantarse.
El sendero de piedra descendía entre los árboles hasta el corazón del pueblo mientras las hojas secas crujían bajo sus pasos.
Unos metros más adelante apareció el pequeño puente de piedra y lo atravesó despacio, mientras el murmullo del agua se mezclaba con el canto de los pájaros.
Al otro lado, las cabañas se distribuían entre los árboles. Recorrió con la mirada los techos de madera, las ventanas abiertas y los senderos que se cruzaban entre ellos. Todo seguía exactamente como antes de que Aria colocara aquella carta sobre la mesa.
Un aroma dulce llegó con el viento: pan recién horneado. Clara. Continuó caminando y, un poco más adelante, encontró a la mujer regando unas plantas junto al sendero.
Clara levantó la vista.
—Buenas tardes, princesa.
—Buenas tardes, Clara.
Clara reparó en el libro que Trendy llevaba entre los brazos.
—¿Ya terminaste otro?
Ojalá. Llevaba demasiado rato leyendo las mismas páginas sin conseguir retener una sola línea.
—Algo así.
Clara adoptó una expresión exageradamente seria.
—Entonces no pienso darte más pan hasta que descanses la vista.
Trendy dejó escapar una pequeña risa. Como si fuera capaz de cumplir una amenaza así.
—Eso nunca ha funcionado.
—Algún día funcionará.
—Llevas cuatro años diciéndolo.
—Y seguiré insistiendo otros cuatro si hace falta.
Eso sí se lo creía. Siguió caminando y dejó atrás a Clara mientras el aroma del pan la acompañaba unos metros más antes de empezar a perderse entre los árboles. Por un instante pensó en regresar, aceptar la amenaza y pasar el resto de la tarde en el comedor, lejos de la carta; pero el libro continuaba entre sus brazos y la carta dentro de él. Unas voces llamaron su atención.
—¡Otra vez!
Reconoció la voz antes de verla: Megan. La encontró unos metros más adelante, rodeada por tres niños que sostenían espadas de madera. Llevaba el cabello castaño oscuro recogido en un chongo, con algunos mechones sueltos alrededor del rostro, y seguía cada movimiento de los pequeños con la vista.
Uno lanzó un golpe torpe; Megan lo esquivó con facilidad y le dio un pequeño toque en el hombro con la punta de su espada de entrenamiento.
—Muerto.
El niño dejó caer los brazos.
—¡Pero esta vez sí estuve cerca!
—Muchísimo.
El rostro del niño se iluminó.
—¿En serio?
—No.
Los otros dos comenzaron a reír; Trendy sonrió y Megan también terminó riéndose antes de levantar la vista hacia ella.
—Qué bueno que llegaste.
Los tres niños voltearon al mismo tiempo y uno de ellos abrió mucho los ojos.
—¿Ella es la princesa?
Algo así.
Megan cruzó los brazos.
—Sí.
El niño volvió a mirar a Trendy.
—Pensé que las princesas usaban vestidos.
Trendy estuvo a punto de responder, pero Megan se adelantó.
—No siempre lo hacen.
Por un instante, volvió a sentir el peso de una falda larga golpeándole las piernas mientras intentaba correr por los jardines del palacio. Recordó el dobladillo enredándose entre sus tobillos y la voz de su madre pidiéndole que caminara, al menos durante las ceremonias.
Trendy negó con una pequeña sonrisa.
—Nunca me gustaron mucho.
El niño pareció considerar aquello con toda la seriedad que podía reunir antes de asentir.
—A mí tampoco.
Trendy rió con ellos. Fue breve, pero la sensación le resultó extraña: hacía mucho que no se reía de verdad.
Megan se acercó. Su mirada bajó a la carta que sobresalía ligeramente entre las páginas.
—¿Ya la leíste?
La sonrisa de Trendy desapareció y desvió la mirada.
—Sí.
Megan guardó silencio y Trendy agradeció que no preguntara nada más; no habría sabido qué responderle. Ni siquiera tenía claro por qué había guardado la carta en lugar de dejarla sobre la mesa.
—¿Vas a entrenar hoy?
La pregunta la hizo volver a mirarla. El sol daba calidez a su piel morena y hacía resaltar sus ojos cafés. Tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Entrenar sería más sencillo que pensar en Nova.
Megan soltó un suspiro.
—Intenta no hacer que tenga que llevarte cargando otra vez.
Esta vez la sonrisa regresó con mayor facilidad.
—No prometo nada.
—Lo sé. Y precisamente por eso me preocupa.
Megan volvió con los niños.
—¡Otra vez desde el principio!
Trendy continuó caminando con el libro entre los brazos y la carta escondida entre sus páginas. Era una estupidez que un pedazo de papel pesara tanto; lo apretó un poco más contra su pecho y siguió avanzando.
Solicitamos tu presencia.
No era una orden; podía quedarse.
Unos metros más adelante, el bosque comenzó a abrirse hasta formar un claro y Trendy disminuyó el paso. El Gran Árbol se alzaba en el centro del Santuario. Su tronco era tan ancho que habrían hecho falta varias personas tomadas de la mano para rodearlo. Trendy levantó la cabeza. Las ramas se perdían entre las demás copas y, a pesar de los años que llevaba observándolo, nunca conseguía verlo entero.
Avanzó hasta el tronco, apoyó una mano sobre la corteza, áspera y cálida por el sol de la tarde, y cerró los ojos. El viento le rozó el rostro y movió las hojas sobre su cabeza. Durante unos segundos consiguió no pensar en la carta, en la Selección ni en Nova, solo en el árbol. Respiró; eso era más fácil.
Cuando abrió los ojos, comenzó a rodear el tronco y encontró pequeñas flores entre las raíces. Abrió el libro que sostenía entre los brazos y sacó de entre sus páginas una pequeña flor blanca. Se arrodilló, buscó un espacio libre entre las raíces y la dejó con cuidado.
Al incorporarse, vio una margarita unos centímetros más allá: se había caído. La observó un instante antes de recogerla y acomodarla nuevamente junto a las demás.
Escuchó unos pasos detrás de ella y se giró hacia una niña que permanecía a unos metros, sujetando una flor entre ambas manos. No tendría más de siete años. Miró el árbol, después a Trendy y luego otra vez el árbol.
—¿Aquí…? —preguntó, apenas en un susurro—. ¿Aquí está bien?
Trendy miró la flor que la niña sostenía entre las manos y, por un momento, dejó de pensar en la carta.
Sonrió y se hizo ligeramente a un lado.
—Aquí siempre hay espacio para una más.
La niña sonrió de inmediato, corrió hasta una de las raíces y acomodó su flor antes de retroceder dos pasos.
—Así está mejor.
—Sí, mucho mejor.
—Gracias.
La niña desapareció entre los árboles y el claro volvió a quedarse en silencio. Bajó la vista hacia la tierra que tenía en la punta de los dedos. Algo se movió en su memoria: tierra bajo las uñas, el olor húmedo, la sensación áspera contra la piel.
—No, no, no… Así no sobreviven los árboles.
Su padre estaba frente a ella, mirando el hoyo que acababa de hacer. Ella miró su obra: no estaba tan mal; bueno, quizá estaba un poco torcido. Su padre tenía los labios apretados, pero la sonrisa que intentaba esconder ya se le escapaba por las comisuras.
—¿De qué te ríes?
—De absolutamente nada.
—Sí te estás riendo.
—Jamás me atrevería.
Trendy entrecerró los ojos y eso terminó de arruinarlo: su padre soltó una carcajada.
—Es que nunca había visto a una princesa declarar la guerra contra una pala.
—¡Papá!
La risa de su madre llegó desde unos metros más allá. Estaba sentada sobre una manta extendida en el jardín, con una taza de té a su lado.
—Déjala en paz, está haciendo su mejor esfuerzo.
—Precisamente por eso me preocupa el árbol.
—¡Papá!
Esta vez Trendy tampoco consiguió contenerse y los tres terminaron riéndose.
Su padre se puso de cuclillas junto a ella y tomó la pala. Trendy esperó a que arreglara el hoyo, pero él la dejó a un lado.
—Ven. Las manos funcionan mejor.
Hundió sus dedos en la tierra y comenzó a removerla.
—No pelees con ella. Solo ayúdala un poco.
Trendy miró sus manos y después las de él. Intentó hacerlo exactamente igual, no parecía tan difícil cuando él lo hacía.
—¿Así?
Él examinó el pequeño hoyo.
—Muchísimo mejor. Ahora sí, trae el árbol.
Trendy corrió hasta donde habían dejado el pequeño brote y se agachó para recogerlo con ambas manos. Era diminuto, mucho más de lo que había imaginado cuando su padre le dijo que plantarían un árbol. Lo sostuvo con cuidado y regresó caminando mucho más despacio de lo que había ido, procurando no dañar ninguna de las raíces.
Se arrodilló y acomodó el brote dentro antes de volver a hundir sus manos en la tierra. Esta vez no peleó con ella: la empujó con cuidado alrededor de las raíces, imitando los movimientos de su padre hasta que el pequeño árbol consiguió sostenerse por sí solo.
—¿Sabes por qué plantamos árboles? —preguntó su padre.
—Porque se ven bonitos.
—También. Pero esa no es la razón más importante.
Su padre se limpió la tierra de las manos antes de apoyar una sobre su hombro.
—Los árboles tardan muchos años en crecer. Quizá cuando este sea enorme… tú ya ni siquiera vivas aquí.
Trendy abrió mucho los ojos.
—¿Entonces para qué lo plantamos?
—Porque algún día alguien necesitará su sombra.
Trendy frunció el ceño y volvió a observar aquella cosa diminuta que apenas le llegaba a las rodillas. ¿Sombra? No podía darle sombra ni a ella.
Su padre le revolvió suavemente el cabello.
—Las personas buenas hacen cosas cuyos frutos quizá nunca lleguen a ver. Y aun así… las hacen.
El viento agitó las ramas sobre su cabeza y Trendy parpadeó. El jardín había desaparecido, igual que sus padres; frente a ella solo estaba el Gran Árbol.
El aire entró lentamente en sus pulmones mientras el olor de la tierra húmeda seguía demasiado presente, como si acabara de sacar las manos de aquel hoyo y no hubieran transcurrido años desde entonces.
Durante un segundo quiso cerrar los ojos otra vez. Solo uno; quizá podría volver.
La tierra seguía entre sus dedos, pero eran sus manos de ahora. Pasó el pulgar sobre una de las manchas hasta desprenderla y el pecho le dolió.
—Los extraño…
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Tragó saliva. No esperaba una respuesta, nunca la esperaba. Aun así, después de decirlo pudo respirar un poco mejor.
Al otro lado del claro, estaba el banco de madera. Había pasado noches enteras sentada allí, mirando el árbol mientras esperaba que llegara el amanecer, y Aria la había encontrado más de una vez sin preguntarle por qué seguía despierta. Caminó hasta él y se sentó.
Frente a ella, la luz comenzaba a cambiar entre los árboles. Los tonos dorados de la tarde se habían vuelto más cálidos y las sombras se alargaban sobre el claro.
El recuerdo seguía ahí, pero algo era diferente: no había terminado con fuego, humo ni gritos. Esta vez, cuando pensaba en sus padres, lo último que escuchaba eran las risas de los tres mezclándose. Cerró los ojos. Casi había olvidado cómo sonaban juntos.
Cuando el banco crujió a su lado abrió los ojos.
—Pensé que te encontraría aquí —dijo Aria.
Trendy siguió observando el Gran Árbol.
—No podía ir a otro lado.
Durante un rato ninguna habló. Las hojas se mecían lentamente sobre sus cabezas y, a lo lejos, las campanas marcaron una nueva hora. Dejó escapar el aire despacio. Había una pregunta que llevaba demasiado tiempo dando vueltas en su cabeza.
—¿Tú alguna vez tuviste miedo?
Aria tardó unos segundos en responder.
—Todos los días.
Trendy giró hacia ella. ¿Todos los días? Le costaba imaginarlo. Desde que la conocía, Aria siempre parecía saber qué hacer. Incluso cuando Trendy no conseguía pensar con claridad, ella encontraba la manera de mantenerse tranquila. Nunca la había visto levantar la voz; nunca la había visto paralizarse.
Aria sonrió ligeramente.
—La gente suele confundir la calma con la ausencia de miedo.
Trendy permaneció en silencio: acababa de hacer exactamente eso.
—No son lo mismo.
El viento volvió a recorrer el claro. Una hoja seca cayó sobre el banco y Aria la tomó para hacerla girar entre los dedos.
—El miedo siempre está ahí. La diferencia es quién termina tomando las decisiones.
Dejó caer la hoja y miró a Trendy.
—¿Tú? ¿O ellos?
Un nudo se le formó en la garganta antes de que pudiera evitarlo. No necesitaba preguntar a quién se refería: los Oscuros. El humo apareció primero; después, las llamas, las calles, los gritos.
—No pude salvarlos.
Su propia voz apenas le llegó a los oídos. Aria no respondió y Trendy esperó. Una parte pequeña y absurda de ella quiso escuchar las mismas palabras que tantas otras personas podrían haberle dicho: que no había sido su culpa, que no podía haber hecho nada, que era demasiado joven. Pero Aria nunca le mentía.
—Lo sé.
Sus dedos se cerraron sobre la tela del pantalón. Dolió mucho más que cualquier consuelo.
Las ramas del Gran Árbol se movieron sobre ellas y pasaron varios segundos antes de que Aria volviera a hablar.
—Si mañana la Oscuridad atacara otro Imperio…
Trendy levantó la cabeza.
—¿Qué harías?
—Iría.
La respuesta salió sin que tuviera que pensarla.
—¿Aunque tuvieras miedo?
—Sí.
—¿Aunque supieras que podrías morir?
—Sí.
—¿Aunque supieras que quizá no lograrías salvar a todos?
No salvarlos a todos. Respiró despacio. No necesitaba imaginarlo: ya sabía lo que se sentía; sabía lo que era intentarlo y no llegar, sabía lo que era sobrevivir sola. Y aun así…
—Sí.
Aria sonrió.
—Entonces todavía eres tú.
Trendy se quedó inmóvil mientras las palabras tardaban unos segundos en asentarse.
Todavía eres tú.
Pensó en su padre arrodillado junto a aquel pequeño brote y en su madre riéndose desde la manta. Después pensó en quienes estaban allí: en Clara, probablemente preparando demasiada comida para la cena; en Megan y los niños; en todas las personas que dormían cada noche entre aquellos árboles. La carta seguía escondida entre las páginas del libro que llevaba consigo. Nova seguía esperándola y el miedo seguía ahí, pero, por primera vez desde que había leído aquella invitación, marcharse no se sintió únicamente como abandonar aquel lugar; quizá también podía significar protegerlo.
Aria se puso de pie.
—Vamos.
Trendy permaneció un segundo más frente al árbol antes de levantarse y seguirla.








