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Mientras él no mira

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Summary

Mónica siempre ha sido fiel. Durante quince años, Marcos ha sido su marido, su compañero y prácticamente el único hombre de su vida. Dos hijos y demasiadas rutinas después, hace tiempo que dejó de preguntarse si alguien más podría desearla. Hasta que empieza a ir al gimnasio. Primero son las miradas. Después, descubrir que le gusta recibirlas. Y entonces aparece Sergio. Es más joven, sabe perfectamente cómo la mira y, por primera vez en mucho tiempo, Mónica empieza a preguntarse qué ocurriría si dejara de apartar los ojos. No piensa ser infiel. Solo quiere sentirse deseada. Solo quiere fantasear un poco. Solo quiere saber hasta dónde sería capaz de llegar. El problema es que cada vez resulta más difícil distinguir entre una fantasía y una decisión.

Genre
Erotica
Author
Daniel
Status
1h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

La alarma sonó a las seis y cuarto, como cada mañana laborable. Mónica lo apagó antes del segundo pitido, con ese gesto automático que repetía desde hacía años, y se quedó un momento inmóvil en la cama, escuchando la respiración pausada de Marcos a su lado. Él dormía boca abajo, un brazo colgando fuera de la sábana, el pelo castaño oscuro —ya con bastantes canas que no se molestaba en tapar— aplastado contra la almohada. Llevaban durmiendo en la misma cama desde hacía quince años, y en algún momento de ese trayecto el espacio compartido había dejado de ser un lugar de cuerpos que se buscan para convertirse simplemente en el sitio donde ambos se recuperaban del día.

Se levantó sin hacer ruido. Pasó por el pasillo, asomó a la habitación de los niños —el pequeño con las piernas fuera de la manta, el mayor enrollado como un rollo de primavera— y fue a la cocina. Cafetera, tazas, dos cucharadas de azúcar para la suya, una para Marcos. Mientras el café goteaba, abrió la nevera y sacó el yogur y la fruta que comería en la oficina. Albaranes, entradas de mercancía, incidencias. Ocho horas frente al ordenador y el teléfono del almacén, respondiendo llamadas, cuadrando números, resolviendo problemas que nunca eran suyos pero que siempre acababan en su mesa. Después, la casa: recoger a los niños, merienda, deberes, cena, baño. Marcos llegaba a las siete, besaba a los niños, le daba un beso a ella en la mejilla y se sentaba a ver la tele mientras ella terminaba de poner la lavadora. No era infeliz. No era infeliz, se repetía a veces, como si la frase necesitara confirmarse dos veces para sostenerse.

Hacía un año ya que se había apuntado en el gimnasio del barrio. Por aquel entonces buscaba solo una válvula de escape: una hora al día en la que no ser ni la madre de Lucas y Dani, ni la mujer de Marcos, ni la administrativa que respondía al teléfono del almacén. Quería moverse, sudar, dejar fuera algo de la presión que se le acumulaba entre los hombros. Nunca pensó que se convertiría en algo más.

Pero esa hora se había vuelto suya de una manera que no esperaba. De siete menos cuarto a ocho menos cuarto de la mañana, de lunes a viernes, el mundo se reducía a la barra de pesas, la esterilla, la cinta rodante. Nadie la llamaba por su nombre. Nadie le pedía nada. Era solo ella, su respiración, el músculo ardiendo, el espejo de cuerpo entero que ocupaba toda la pared de la zona de mancuernas.

El cambio físico había sido gradual, como todo lo importante en su vida. Primero notó que los vaqueros le quedaban distintos: no más holgados exactamente, sino que se ceñían de otra manera, marcaban una línea que antes no estaba. Después fue la ropa interior: se probó unas bragas que llevaba sin usar desde antes del segundo embarazo y comprobó que le sentaban mejor que cuando las había comprado. Los glúteos, que siempre habían sido su parte más blanda, habían subido, se habían redondeado, adquirieron una firmeza que ella misma palpaba con los dedos al vestirse, sorprendida de que aquel cuerpo que conocía desde hacía treinta y nueve años pudiera seguir transformándose. Las piernas habían perdido la textura algodonosa de los años sedentarios y mostraban ahora una definición que se acentuaba especialmente cuando hacía sentadillas frente al espejo.

Fue en una de esas sentadillas cuando lo notó por primera vez.

Estaba en la jaula de sentadillas, la barra apoyada en los trapecios, los pies separados a la anchura de los hombros. Bajó controlada, sintiendo cómo los glúteos se estiraban contra el tejido ajustado del legging negro, y al subir captó un movimiento en el espejo: un tipo de unos cuarenta y tantos, con camiseta gris de manga corta y una barba recortada, estaba mirándola. No de reojo. La miraba directamente, con los ojos fijos en la curva que formaban sus caderas al subir, y cuando ella se detuvo un segundo en la posición final, él desvió la vista hacia su propio móvil con una naturalidad ensayada.

Mónica terminó la serie con la cara ardiendo. No por el esfuerzo. Se sentó en el banco, cogió la botella de agua y bebió sin saborear el agua, mirando el suelo. Le latía algo en el cuello, un pulso que no tenía nada que ver con el ejercicio. No estaba acostumbrada a que la miraran así. En el almacén la veían como la chica de los albaranes. En casa la veían como la madre. En el espejo del baño, bajo la luz fluorescente, se veía como una mujer de treinta y nueve años con ojeras . La idea de que un desconocido detuviera su atención en su cuerpo le resultaba tan ajena que durante varios días entrenó con una camiseta más larga, de las que le cubrían los glúteos, como si pudiera borrar lo ocurrido cubriendo la evidencia.

Pero ocurrió otra vez. Y otra. No siempre el mismo hombre. A veces era un chico joven de la zona de peso libre, que dejaba de mirar su propio reflejo cuando ella pasaba por delante. Otras veces era un tipo más mayor, en la bicicleta, que giraba la cabeza un instante cuando ella se estiraba en la esterilla. Eran miradas breves, casi siempre discretas, pero Mónica las registraba con una claridad que la desconcertaba. Empezó a fijarse en los detalles: el ángulo de la cabeza, el momento exacto en que los ojos se posaban en ella, cuánto tardaban en apartarse. Se convirtió en una observadora involuntaria de algo que le ocurría a ella misma.

Un martes, después de tres semanas de entrenar con la camiseta larga, la metió al fondo del cajón y volvió a ponerse el legging ajustado con un top corto que le dejaba la franja del abdomen al descubierto. No se lo preguntó. No se justificó. Simplemente se vistió así y caminó hasta el gimnasio con la misma mochila de siempre, los mismos auriculares, el mismo horario.

Esa tarde hizo hip thrust con barra. Se tumbó boca arriba en el banco, los hombros apoyados en el borde, los pies firmes en el suelo, y empujó la cadera hacia arriba con la barra cargada. El movimiento era explícito por naturaleza: la pelvis subía y bajaba, los glúteos se contraían en cada repetición, la posición abierta de las rodillas no dejaba mucho a la imaginación. En el espejo lateral vio que el tipo de la barba —el mismo del primer día— estaba en la máquina de poleas, pero había dejado de tirar de la cuerda. La miraba de nuevo. Esta vez no apartó la vista cuando ella le sostuvo la mirada en el reflejo. Se quedó un segundo —uno, dos— y entonces sí, bajó los ojos hacia sus manos.

Mónica terminó la serie, se sentó, bebió agua. El corazón le golpeaba las costillas. Se miró las manos: le temblaban ligeramente los dedos. Algo caliente y desconocido se le había instalado en el bajo vientre, una tensión que no era muscular, que no tenía nada que ver con el entrenamiento.

Esa noche, después de cenar, después de leerle un cuento a Dani y de comprobar que Lucas tenía el móvil apagado, después de meter la última carga del lavavajillas y de escuchar a Marcos roncar suavemente desde la cama, Mónica se quedó de pie en el baño, con la luz del pasillo filtrándose por la rendija de la puerta. Se miró en el espejo. Llevaba un camisón de algodón sin forma, gris, con una mancha de gel en la manga. Se lo quitó despacio, como si alguien pudiera verla, aunque estaba sola.

Se miró. Los glúteos, redondeados por el entrenamiento. Las piernas, con esa línea nueva en el cuádriceps. La cintura, más estrecha de lo que recordaba. Se pasó la mano por la cadera, siguiendo el recorrido que habían seguido las miradas en el gimnasio. La yema de los dedos rozó la tela de las bragas y se detuvo ahí, sobre el monte suave que el algodón cubría. No siguió. No aquella noche. Pero el gesto la dejó con la respiración alterada y una pregunta que no se atrevía a formular.

Tres días después lo hizo.

Era jueves. Había entrenado piernas: zancadas con mancuernas, peso muerto, la máquina de abductores, esa que te obliga a abrir las piernas contra la resistencia y que siempre le parecía una posición demasiado expuesta para ser un ejercicio. Esa tarde había notado más miradas que de costumbre. Un chico de la zona libre, que no debía de pasar de los veinticinco, se había colocado en el banco justo cuando ella hacía abductores, y aunque miraba al techo, al móvil, a la pared, su cuerpo entero estaba orientado hacia ella. Mónica lo supo sin necesidad de confirmarlo. Lo supo por la forma en que se había sentado, por el ángulo de sus rodillas, por cómo se quedaba quieto cuando ella abría las piernas en cada repetición.

Llegó a casa, cenó, puso a los niños, habló con Marcos de nada importante —la caldera, una factura pendiente—, y cuando todo estuvo en silencio, se metió en la cama. Marcos ya dormía. Ella se quedó de costado, mirando la rendija de luz que entraba por la persiana.

La mano bajó sola. Por debajo de la cinturilla del pantalón del pijama. Por debajo de las bragas. Los dedos encontraron la humedad que ya estaba ahí, que había estado ahí desde la máquina de abductores, desde la mirada del chico joven, desde la tensión que le había recorrido el cuerpo en el gimnasio y que no se había disipado con la ducha, ni en la oficina, ni con la cena ni con la conversación con Marcos.

Se tocó despacio. Los dedos resbalaron entre los pliegues húmedos, encontrando el clítoris endurecido, sensible, pulsante bajo la yema. Apretó los labios para no emitir ningún sonido. Marcos dormía a menos de medio metro. La cama se movería si ella se agitaba demasiado. Tenía que ser silenciosa, tenía que ser invisible, y esa misma necesidad de silencio la excitó más, le subió la tensión por el pecho hasta notar el corazón en la garganta.

Se imaginó las miradas. Las reconstruyó. El tipo de la barba, que la observaba mientras hacía hip thrust, que veía su pelvis subir y bajar. El chico joven, sentado con las piernas abiertas, que no la miraba pero la miraba. Los ojos anónimos que la seguían por el gimnasio, que se posaban en sus glúteos cuando caminaba entre máquinas, que registraban la curva de sus caderas cuando se agachaba a recoger una mancuerna. En la oscuridad de la habitación, con Marcos roncando suavemente a su lado, Mónica se masturbó pensando en esos desconocidos que la deseaban.

Los dedos se movían más rápido ahora, en círculos cortos y precisos sobre el clítoris, mientras la otra mano se hundía en la almohada. Notó cómo se tensaba todo el cuerpo, cómo los pies se arqueaban bajo la sábana, cómo la respiración se le quedaba atrapada en el pecho. El orgasmo llegó sin avisar, intenso y silencioso: una ola que le recorrió el vientre, le cerró los ojos con fuerza, le hizo morder la almohada para no gemir. Se quedó inmóvil después, con la mano aún entre las piernas, sintiendo las últimas contracciones, el latido que se iba apagando, la humedad en los dedos.

Marcos no se movió. No se enteró.

Mónica se limpió con un pañuelo de papel, se bajó el pijama y se quedó de lado, mirando la rendija de luz. No sentía culpa. No exactamente. Sentía algo más complejo: la perplejidad de descubrir que aquello que creía extinto —el deseo, la lubricación, el orgasmo que le recorría el cuerpo como una descarga— seguía ahí, latente, esperando a que algo lo despertara. Durante casi dos años había asumido que su libido se había apagado. Que era cosa de la edad, de los embarazos, del cansancio. Que así era la vida de una madre de dos hijos con un matrimonio consolidado. Y ahora, en la cama conyugal, con su marido durmiendo a su lado, acababa de correrse pensando en hombres que no conocía, que no le habían dirigido la palabra, que solo la habían mirado.

Los días siguientes fueron distintos sin que nada hubiera cambiado aparentemente. Seguía levantándose a las seis y cuarto, preparando café, yendo al almacén después de entrenar, recogiendo niños, cenando, poniendo lavadoras. Pero por dentro algo se había movido, como un mueble que llevas años en el mismo sitio y un día lo desplazas dos centímetros y de repente la habitación entera parece otra.

Empezó a mirarse con atención diferente. En los espejos del gimnasio, en el del ascensor, en el cristal del horno. Se veía los glúteos y pensaba en las miradas. Se veía las piernas y recordaba la tensión en el bajo vientre. Se tocaba la cintura, pasaba la mano por la cadera, y algo en ella se encendía, un rescoldo que no se apagaba del todo.

Una tarde, en la zona de peso libre, hizo peso muerto con barra. El movimiento la obligaba a inclinarse hacia delante, con la espalda recta, dejando que los glúteos se proyectaran hacia atrás en una postura que no dejaba lugar a la modestia. El legging negro marcaba cada línea. Ella lo sabía. Y por primera vez, no apartó la mirada del espejo. La sostuvo. Se observó a sí misma mientras subía y bajaba la barra, observó su propia figura —la espalda recta, los glúteos tensos, las piernas firmes— y pensó: así es como me ven. Así es como me miran.

Esa noche, en la cama, volvió a tocarse. Esta vez fue más lento, más consciente. Se acarició los labios mayores, sintiendo la humedad crecer, separándolos con los dedos, encontrando la entrada de su coño, que se contrajo al contacto. Hundió dos dedos, lentos, mientras el pulso dibujaba círculos en el clítoris. Pensó en el gimnasio. En los ojos que la seguían. En lo que sentiría si alguien la tocara así, con esa mezcla de deseo y cautela que veía en las miradas. Se corrió con los dedos dentro, mordiéndose el labio, y el orgasmo fue más profundo que el anterior, una contracción que le llegó hasta las rodillas.

Marcos seguía durmiendo.

El viernes por la mañana, Mónica abrió el cajón de la ropa del gimnasio. Tenía tres conjuntos: el legging negro grueso con camiseta larga, el legging gris con top de tirantes y un conjunto nuevo que se había comprado hacía dos semanas sin estrenar: un legging de color oscuro, de tejido más ligero, que se ceñía a cada línea del cuerpo como una segunda piel, y un top corto de tirantes que dejaba el abdomen al descubierto. Hasta ahora no se había atrevido a ponérselo. Le parecía demasiado ajustado. Demasiado evidente.

Lo cogió con las dos manos. Lo miró un momento. El tejido era fino, elástico, transparentaba la separación de los glúteos si se llevaba sin ropa interior debajo. El top dejaba la franja del vientre expuesta desde justo debajo del pecho hasta la cintura del pantalón.

Lo dejó sobre la cama. Cogió el conjunto negro, el de siempre. Lo puso en la mochila. Cerró la cremallera.

Se quedó de pie con la mochila en la mano, mirando el conjunto nuevo sobre la colcha.

Sacó el conjunto negro de la mochila. Metió el otro.

La cremallera sonó distinta al cerrarla. Más definitiva.

Mónica se colgó la mochila al hombro y salió de la habitación sin mirar atrás. En el pasillo, el olor del café recién hecho se mezclaba con el del desayuno de los niños. Marcos se estaba afeitando en el baño. Dani canturreaba algo que había oído en el cole.

Ella no habría sabido explicar por qué había cambiado un conjunto por otro. O sí habría sabido, pero no quería decirlo en voz alta. No quería admitir que la elección de esa ropa no tenía nada que ver con la comodidad ni con el entrenamiento. Que tenía que ver con las miradas. Con saber si seguirían mirándola. Con la pregunta que se le había instalado en la cabeza desde aquella primera noche en la cama, desde que había descubierto que su deseo no había muerto, solo dormía.

Qué ocurrirá, se preguntó mientras bajaba las escaleras, si dejo que me miren.

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