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Martes 12 de septiembre.
—Sabe que no se puede fumar aquí.
—¿Por qué? —pregunté con el encendedor a medio camino.
—No es el lugar para hacerlo y, sinceramente, no quiero respirar su humo. —El tipo estiró una carpeta amarilla sobre la mesa con la punta de los dedos y me miró expectante. Yo la tomé y la abrí con cuidado, aún con el cigarro en la boca.
—¿De qué trata esto?
—Es el informe que usted mismo hizo sobre la misión «Thunderbird», una misión que presenta muchas incongruencias sobre lo que usted escribió.
—Yo... solo escribí lo que viví.
—Y los drones de reconocimiento dicen otra cosa... —El hombre hizo un gesto con ambos dedos; yo lo entendí y me saqué el cigarro, pero no lo guardé. Al menos, aún no.
—Cuénteme, señor Poliankov, ¿qué fue exactamente lo que pasó? —Él se inclinó sobre la mesa y cruzó los dedos.
—Lo que está en el informe es lo que pasó.
—El informe dice que usted y su equipo no sabían que la zona estaba llena de civiles, pero los reportes de inteligencia dicen claramente que era una zona poblada. Usted y su equipo tenían información sobre eso. —Me acomodé los lentes con el dedo y lo miré sin decir una palabra. Coloqué la carpeta sobre la mesa y me recosté del espaldar.
—Quizá —respondí. Mi mirada aún estaba fija en él. A través del cristal podía observar mis propios ojos. Parpadeé—. Usted sabe muy bien lo que pasa con los daños colaterales; yo no iba a dejar que se escaparan solo porque «había civiles», ellos mismos los ocultan. ¿Y qué cree? ¿Ha escuchado la frase «por uno pagan todos»? —El hombre abrió los ojos, se rascó la nariz bajando la mirada y recogió la carpeta de la mesa.
—Entiendo —respondió aún sin mirarme—. ¿Usted y su equipo lo hicieron por venganza? ¿A eso se refiere?
Bajé la mirada y entonces el borde de la mesa se me hizo lo más interesante del mundo. No respondí de inmediato.
—¿Entonces? —insistió él.
—¿Entonces qué? ¿Sabe cuántos hombres murieron solo porque ese montón de civiles estúpidos escondía a los colonos?
—Entiendo su frustración, pero...
—¿Pero qué? No teníamos opción...
—Si su opción era matar civiles...
—La opción era simplemente cumplir la misión: sacar a los colonos de la zona antes de que formaran una base de operaciones en ese planeta. Ellos... ellos los ocultaban, ellos tuvieron la culpa. —Bajé el tono de la voz y suspiré—. ¿Qué sigue entonces? ¿Prisión militar?
—Lo que sigue, Poliankov, depende de ti. Este... incidente se ha hecho demasiado mediático y no queremos a los medios metiendo las narices en ese lugar, ni aquí. Te vamos a transferir, pero creo que no te va a gustar.
—¿A dónde o qué? No quiero... —Me interrumpí—. ¿A dónde?
—No podemos tenerte en el ejército —dijo organizando unos papeles sobre la mesa—, pero eres eficiente y eso no se niega... ¿Te llama la atención el equipo de disrupción especial? —Dejó los papeles en la mesa y me miró, de nuevo expectante.
—No.
—Pensé que estabas familiarizado.
—No, la verdad es que no... no sé qué es eso.
—Ya lo sabrás el lunes... Tienes la semana libre. —Se levantó de la silla y caminó hacia la puerta—. Abraza a tu familia —agregó al final antes de salir.
Yo dejé escapar un suspiro profundo y me levanté del asiento. Acomodé la silla en su lugar y salí de la oficina.
Jueves 14 de septiembre.
El reingreso atmosférico siempre me había dado vértigo. No entendía realmente por qué, pero quizás la turbulencia y el hecho de que todo el trabajo dependiera de los escudos térmicos siempre me daba mucho que pensar. Apreté con fuerza el pasamanos del asiento y cerré los ojos...
—¿Primera vez volando de un planeta a otro? —La chica sentada al lado mío me miraba con curiosidad.
—No, pero siempre me da miedo. —Una media sonrisa se asomó en su rostro.
—Es seguro esto, créeme.
—¿Alguna vez has sido alcanzada por un misil atmosférico en un reingreso orbital? —La sonrisa en su cara desapareció y entonces me miró de nuevo a los ojos.
—No, nunca... —Revisó algo en su bolso esquivando mi mirada. Miré curioso lo que buscaba y vi que sacó un inhalador para el asma. Ella volteó hacia atrás y recorrió con la mirada los pasillos, como si buscara algo. Yo la vi y luego volví a cerrar los ojos. La chica se desabrochó el cinturón y empezó a caminar, dando traspiés por la turbulencia.
Una mano en el hombro me hizo abrir los ojos; la tripulante de cabina me hizo una seña para que la siguiera. Pregunté gestualizando con las manos y ella, unos asientos más allá, me volvió a decir que la siguiera. Yo me levanté, agarrándome de cada asiento para no caer, y logré llegar hasta donde estaban ellos: un oficial de puerto, la chica con el inhalador aún en la mano y la tripulante.
—¿Qué pasa o qué? —pregunté con la voz ronca.
—Señor, necesito que se quede aquí hasta que lleguemos al puerto —respondió el oficial con la mano detrás del cinturón, apoyada en un arma de conmoción. Pero ¿por qué?
—Señor, mantenga la calma y todo va a salir bien —agregó la tripulante ofreciéndome un cinturón de seguridad.
—¿Qué es exactamente lo que hice? Tengo derechos, creo.
—No se altere porque le irá peor. —El oficial apretó con fuerza el arma. Yo no quería ni moverme un centímetro; sentía la amenaza de esas tres personas. Obviamente la chica tenía algo que ver, pero ¿qué fue exactamente lo que dije?
—Yo no... no sé de qué trata todo esto, pero déjenme explicar al menos.
—Señor, quédese callado y espere a las autoridades competentes —ordenó el oficial.
Yo, aún sin entender, me quedé justo donde estaba. Genial, tendré que pasar el resto del viaje parado, suspiré y me recosté en la pared. El oficial observaba cada movimiento mío, siguiendo con la vista hasta mi más minúsculo gesto. La chica intentó irse a su asiento y el oficial la tomó del hombro.
—Usted tampoco puede irse. La policía debe tomar su declaración.
—¿Tú tienes algo que ver con esto? —le pregunté a la chica, observando cómo usaba su inhalador.
—Señor, usted guarde la calma. —El oficial solo hacía su trabajo, claro, pero ¿de qué era exactamente de lo que se me acusaba? Cerré los ojos durante todo el viaje, intentando recordar qué era exactamente lo que le había dicho para que ella actuara así. ¿Acoso sexual? No lo sé.
La nave arribó a un puerto y yo abrí los ojos al sentir el frenazo. Me moví unos centímetros para ver a todas las personas bajar. En unos minutos, la cabina ya estaba vacía y entonces vi entrar a tres oficiales de policía: uno era un tipo alto y corpulento; el otro, más bajo y joven, quizás un novato; y el último, un tipo de lentes con una tablet en la mano. El tipo corpulento subió mirando todos los asientos hasta que fijó la vista en la parte posterior de la nave y empezó a caminar hacia nosotros. La chica con el inhalador le dio otra calada, rápida y fuerte, para luego guardarlo en su bolsa con manos temblorosas.
El tipo corpulento se paró frente a mí; aunque yo era alto, él me sacaba unas dos cabezas de altura. Me miró y luego al oficial.
—¿Informe? —preguntó mientras posaba su mirada en la chica, la cual evitaba el contacto visual con él.
—La chica acusa al hombre aquí presente de terrorista —respondió el oficial.
—Con que eso era —interrumpí yo—. Hubiesen preguntado...
—Haz silencio, no es tu turno de hablar. —El policía me miró y luego a la chica—. ¿Por qué lo acusa?
—Él habló de algo sobre un misil atmosférico y que si su nave jamás había sido golpeada por uno... Yo, yo no sé si era una amenaza, una pregunta retórica y la verdad... —sacó de nuevo el inhalador de su bolsa—. La verdad no sé si este hombre sea malo, pero que te hablen de esas cosas, un tipo con esa barba...
Algo se removió dentro de mí, me lamí los labios y abrí la boca, pero no emití sonido alguno. Acomodé la espalda en la esquina de la pared y seguí escuchando. Estaba parpadeando demasiado rápido, pero no quería hablar, al menos no aún. ¿Qué tenía que ver la barba?
—¿Por qué dijiste eso? —El policía se dirigió a mí. Yo no quería sentirme intimidado, pero con su altura me sentía como un niño.
—Yo dije eso porque soy militar, si me deja sacar mi identificación sabrá por qué. No, no... no sé por qué ella actuó así.
—Si eres militar, ¿por qué dijiste que te daban miedo las entradas orbitales? —preguntó la chica alzando la voz.
—Dios... Soy humano, ¿no puedo tener miedo?
— Cálmense los dos —ordenó el policía—. ¿Tu identificación? —Yo señalé mi bolso que estaba arriba del asiento donde viajaba—. López, trae el bolso negro. —El tipo fue por él—. Espero que digas la verdad.
—Obviamente la estoy diciendo. ¿Por qué mentiría?
—¿Por qué no? —El tipo volvió con la mochila. El policía vació todo en el piso, revolvió la ropa buscando cualquier cosa.
—Mi identificación está adelante —protesté.
Todos en la cabina se quedaron en silencio, esperando a ver qué era lo que pasaría. El tipo revisó el bolsillo y la sacó. Le echó un ojo y se la pasó al tipo con la tablet, quien empezó a revisar si el documento era real.
El policía me miró fijamente.
—¿Algo que decir antes de que escaneen el documento?
—No —respondí con calma.
Él asintió y se sentó. Yo también quería hacerlo; estuve todo el rato moviendo desesperadamente los dedos de los pies para intentar aliviar el dolor, pero solo necesitaba tomar asiento.
El escaneo tardó unos minutos que parecieron una eternidad, hasta que el tipo con la tablet me lo entregó.
—Es real.
El policía asintió y se retiró. Todos en la cabina se marcharon y me dejaron solo, recogiendo la ropa y las cosas que estaban en el suelo.
Luego del mal rato, me senté en la parada. Ya quería llegar a casa de mi familia y dormir. Revisé mi celular: ninguna notificación, solo el clima...
Minutos pasaban y yo movía las piernas con insistencia. Por la carretera solo pasaban vehículos pequeños, ningún autobús. Revisé de nuevo el celular, como si hubiese algo importante que ver allí, y nada.
Unas gotas empezaron a caer y en unos minutos la lluvia arreció. Las gotas golpeaban el suelo y pequeñas salpicaduras entraban en la parada, mojándome los pies. Me acerqué a revisar el marcador de ruta y el autobús llegaría en unos 45 minutos; podía ver por dónde venía. Unos pasos apurados me hicieron voltear y la vi: una chica venía corriendo para no mojarse, entró, se quitó el suéter, lo colocó sobre el asiento y se agarró el cabello en una cola de caballo. Tenía cara de pocos amigos y maldecía en voz baja.
La miré y quise decirle algo, pero mejor me quedé callado. Una vez más revisé el celular, miré la hora y me senté.
El suéter de ella goteaba y se había formado un pequeño charco debajo, mismo que corría a unirse con las gotas de agua que entraban.
—¿Mal día? —pregunté intentando romper el hielo.
Ella me miró y no respondió; solo caminó y exprimió el suéter en el borde de la salida.
—De la mierda —respondió ella.
Yo sonreí.
—No creo que pueda empeorar.
—Ojalá que no. —Ella sacó su celular, uno bien adornado con un forro rosado y orejas de conejito. Lo miré y sonreí, me dio risa. El mío estaba todo sucio y roto.
—¿Qué? —pregunté ella mirándome con una ligera sonrisa en la cara.
—No, es que... tu celular no va con tu cara.
—¿Por qué? —Ella lo revisó como si tuviera algo malo.
—Porque es muy rosado... No es que sea malo, es que tú no te ves así, como muy fan de esos colores...
—¿Qué tiene que ver? ¿Qué más da si me gusta el rosa?
—Entiendo, solo que no encaja con tu cara, con tu personalidad tal vez.
—Ajá... —Ella volvió a meterse en sus asuntos.
Me volví a acercar al marcador de ruta; al autobús todavía le faltaba camino, unos 28 minutos. Suspiré y me levanté. Tenía la vista pesada. Me saqué los lentes y me estiré completamente. Di unos pasos hacia adelante y saqué la mano para ver si aún llovía fuerte. Jugué con el agua que se colaba hacia adentro con la punta del pie y luego volví a mirarla. ¿Qué tipo de conversación exactamente le llamaba la atención? No quise decir nada, no quería sonar como un acosador, así que saqué mi celular y empecé a ver reels.
Ella se rió.
—¿Tú de qué te ríes o qué?
—De nada.
—Sí te ríes de algo.
—Me estoy riendo de lo que ves. Pareces un niño pequeño con esas cosas.
—Ah... ya... sí. Son estupideces, pero me gustan.
—No tiene nada de malo.
—Lo sé. —Ella me miró levantando una ceja y luego me extendió la mano—. Soy Sigrid...
—Andrei... Un gusto.
—¿Tienes parientes rusos?
—Mi papá lo es, pero salí más a mi mamá, por eso... soy de piel oscura.
—Por eso pregunto. Es raro ver un ruso negro. —Yo sonreí y luego solté una carcajada. Ella también se rió.
—No sé... —dije entre risas—. ¿Eres racista?
—¿Por qué? No es racismo, solo es raro... Es todo.
—Seh, pero... ¿eres de aquí?
—No, estoy de vacaciones...
—¿Aquí?
—Sí. —Yo me reí—. Este lugar no tiene nada de especial. Solo hay muchos montes e industrias. Nada interesante.
—Nah, no solo estoy de vacaciones, también por el trabajo.
—¿De qué trabajas? —Ella no respondió de inmediato. Revisó unas cosas en su celular y se pasó la mano por el cabello rojo aún mojado.
—Trabajo supervisando industrias —respondió al final.
—Ah, ya. Suena burocrático y aburrido.
—No creo, solo es trabajo, no tiene por qué ser interesante. A menos que tu trabajo sea más interesante que el mío. —Ella me miró esperando una respuesta.
—Soy... militar. Es raro decir eso y sinceramente me da risa cómo suena «militar».
—Ah, ¿a qué país perteneces?
—La división rusa de la Tierra. —Ella soltó un suspiro y se volvió a acomodar el cabello—. Ya. —Volvió a revisar su celular y no agregó nada más.
Revisé una vez más el marcador de ruta; faltaban 7 minutos. Me quedé en silencio el resto del rato.
El autobús se frenó con un silbido seco. Aún lloviznando, subí y miré hacia atrás; ella se quedó ahí sentada. Me senté y solté un gemido; por fin podía descansar la espalda. Cerré los ojos y me dormí el resto del camino.
El camino de tierra por el cual había pasado tantas veces de niño ahora estaba cubierto de una gruesa capa de concreto. Habían hecho algo bien después de todo. La camioneta vieja de papá estaba ahora desarmada y, justo al lado, un camión un poco más nuevo. Me paré frente a la puerta de la casa y, antes de hacer otra cosa, me acomodé la camisa, miré hacia atrás y di dos toques suaves. La brisa me desordenó el cabello y me pasé una mano rápida para acomodarlo. Unos pasos resonaron un poco apresurados y, cuando iba a dar dos toques más, abrieron la puerta. Una chica totalmente desconocida para mí abrió y me miró.
—¿Hola? —preguntó alzando una ceja.
—Hola... ¿Está... mi mamá?
—¿Tú eres...?
—Andrei... —Me quedé parado esperando a que ella reaccionara, a que dijera algo más, pero solo alzó los hombros y desapareció. Yo empujé la puerta un poco, pero no entré; solo esperé. Coloqué el bolso en el suelo, me puse las manos en la cintura y dejé escapar un suspiro mientras miraba los árboles de afuera.
Detrás de mí, la puerta se abrió de nuevo.
—Dios... Anddy... mi amor.
—Mamá... —Le di un abrazo fuerte mientras ella se aferraba a mi espalda.
—Creí que no volverías jamás.
—¿Por qué?
—Porque no has venido en un año...
—Estuve en la prisión militar hace unos meses... Seis meses... y luego fui a una misión que... bueno.
—Dios, pero pasa... —Ella abrió la puerta aún más. Tomé mi bolso y subí.
—¿Mi habitación está desocupada? —Me paré frente a la puerta.
—Sí, sabes que es tuya... Te haré algo de comer, estás muy delgado... —Yo sonreí y asentí.
Entré a la habitación; todo estaba tal como lo había dejado hace unos años: mi ordenador y mi colección de libros. Me tiré en la cama y sonreí, una sonrisa cálida que no había tenido en años. Suspiré y pasé la mano por la cama. Me quité los zapatos con los pies y cerré los ojos para dormir de nuevo.
El aire de la tarde se colaba en la habitación. Me levanté cuando los últimos rayos de sol entraban por las rejas con ese tono naranja. Abajo había ruido, así que me senté en la cama y busqué algo que ponerme en los pies para no ensuciar las medias. Después de varios segundos y al no encontrar nada, salí y bajé las escaleras. Abajo, mi hermano estaba sacando unas herramientas junto a mi papá.
—¡Andrei! —sonrió mi hermano al verme—. Viejo, ¿cuándo llegaste?
—¿Andrei? Ese muchacho... ¿Cuándo llegaste?
—Temprano. ¿Mamá no les dijo nada?
—Acabamos de llegar —respondió papá—. Tienes que sentarte y contarnos cómo te fue. ¿Por qué no habías venido?
Les expliqué lo mismo que a mi madre. Mientras explicaba, ella servía la comida y, en unos momentos, estábamos comiendo, sentados en la mesa como una familia unida después de tanto tiempo.
—¿Alexa? ¿Dónde está?
—Esa zorra... —dijo mi papá con gesto de desprecio.
—No la llames así... —le espetó mi mamá.
—¿Cómo se le llama a una mujer que se va con el primero que encuentra, si aquí lo tenía todo?
—Pero no es razón para que la llames así.
—¿Se fue con un hombre? —pregunté a media cucharada.
—Sí.
—¿La vamos a buscar, Ander? —le pregunté a mi hermano con una sonrisa.
—Nah, ella es feliz con él y la verdad, no me quiero meter en eso. Papá tiene razón, es una zorra.
—¡No la llamen así! —alzó la voz mamá.
Yo me empecé a reír.
—¿Por qué? Cuéntenme, que yo también quiero saber...
—No hay nada que saber aquí...
—Ya, ¿nadie me va a contar? —Tomé mi celular—. Mamá, ¿cuál es su número?
—Mary, ni se lo des...
—Mamá... —me quedé con el celular en el aire.
—Ella se fue con el vago este... del James —explicó mi papá apuntando con el tenedor—. Ella quería vivir así, aunque yo le daba todo, sus estudios... Ella quería vivir su vida así, loca... ¿Y sabes qué es lo peor? —empezó a alzar la voz—. Lo peor es que...
—Papá, cálmate —pidió Ander.
—No me voy a calmar... ¿Él no quería saber? ¡Que tu hermana está trabajando en un burdel! Yo... yo le daba todo, ¿de qué sirvió?...
—Andrei, ¿para qué mierda querías saber?
—No se enojen conmigo, no es mi culpa...
—Por supuesto que no lo es... La culpa no es de nadie, claro, solo del padre por no darle suficiente atención...
—Yuri, no es tu culpa...
—Tú te callas, estúpida... Aún la defiendes... Como si fuera el futuro que nosotros planeamos para ella. Aún así eres capaz de defender a una zorra de mierda... —Dejó el tenedor en la mesa respirando agitado.
—Papá —llamó Ander preocupado—. Jasmin, ve por agua para él... —Yo me levanté y me acerqué para desabotonarle la camisa—. Creo que es un infarto...
—Esto es tu culpa, Andrei. ¿Para esto viniste?... —Yo tragué saliva y levanté su muñeca para tomar el pulso. Mi mamá se levantó de la mesa y fue a la cocina, respirando agitada y llorando. Intenté no darle tanta vuelta al asunto.
—Su pulso es fuerte, debemos llevarlo al médico. Ve a encender el camión. —Ander asintió y salió corriendo. Yo cargué a mi papá y fui casi corriendo. Tropecé sus pies con el marco de la puerta, pero el golpe fue disimulado por el ruido de la camioneta encendiendo.
Ander abrió la puerta y yo lo subí. Arrancó y entonces, el silencio de la noche se terminó con una sirena...
—¿Por qué suena una sirena aquí? —pregunté buscando con la vista la dirección del sonido.
—No lo sé, jamás había escuchado una así... —Los ojos de Ander estaban fijos en la carretera. Saltaban desde mi padre, que respiraba agitado, a las calles poco iluminadas.
Un estruendo al fondo lo distrajo y en el retrovisor lo vio: un crucero pesado en la órbita alta del planeta. Las sirenas tenían sentido; el planeta estaba bajo ataque.
—Debemos llegar al hospital cuanto antes.
—Lo sé, no soy idiota —respondió Ander mirando de reojo hacia el cielo.
—Solo decía... —Las sirenas continuaron.
En el hospital, todo el mundo estaba alborotado; bajaron a papá de la camioneta y lo llevaron a emergencias. Vi la camilla alejarse por el pasillo blanco. Me acomodé los lentes y me senté a esperar.








