Prologo
La fría brisa que el invierno aún dejaba caer sobre la ciudad comenzaba a convertir aquel lugar en parte de los recuerdos de un pasado del que él quería huir. Las calles estaban llenas de gente que, en ese momento, para él no significaba nada. Solo quería llegar a la estación y marcharse.
Kei caminaba entre la multitud mientras miraba aquel cielo de tono melancólico.
—Así que eso fue todo... Qué pena me das, Kei.
Al terminar la frase, se le escapó una sonrisa que no era más que una máscara que le permitía continuar caminando con la frente en alto.
—Sabías que esto pasaría por querer seguir con ese imposible.
Desde aquella cena de Navidad no había podido quitarse de la cabeza la distancia que existía entre el mundo de María y el suyo. Su familia lo había recibido con cortesía y nadie le había pedido que se marchara, pero tampoco había conseguido sentirse parte de aquel lugar. La forma en que celebraban, la casa, las conversaciones, incluso aquellas cosas que para ellos parecían cotidianas le habían hecho tomar conciencia de lo diferente que había sido su propia vida.
Por primera vez sintió vergüenza de sus humildes orígenes.
Había aguantado la cena como pudo, tratando de que nadie lo notara. Sin embargo, al despedirse de María aquella noche, ella había sentido que algo dentro de Kei había cambiado.
Ahora, con cada paso que daba por la estación, un pensamiento daba paso a otro, y en todos estaba ella. Los recuerdos hacían mella en su mente y comenzaba a cuestionarse si la decisión que había tomado era realmente la correcta.
Lejos de la estación, María corría tan rápido como su frágil cuerpo se lo permitía. Sus jadeos quedaban atrás mientras la fría brisa le congelaba el rostro. Cada segundo que pasaba aumentaba su desesperación.
Todo había comenzado con un simple mensaje.
María le había escrito para preguntarle si quería salir con ella para recibir juntos el Año Nuevo. Esperaba cualquier respuesta menos aquella.
Kei le había dicho que ese mismo día abandonaría la ciudad para marcharse al campo. No pensaba regresar. Le agradecía todo lo que había hecho por él y, finalmente, le pedía que no lo buscara.
María no podía aceptar que aquello fuera todo.
No podía permitir que su despedida fueran unas pocas palabras escritas en un mensaje.
—Tengo que encontrarlo... No puedo dejar que termine así. Tengo que encontrarlo.
Cuando finalmente llegó a la estación de trenes y vio el poco tiempo que le quedaba, sintió que el corazón se le apretaba. La estación seguía llena de gente por las celebraciones de fin de año y, frente a ella, aquel mar de personas parecía interminable.
María comenzó a buscar desesperadamente a Kei entre la multitud.
Cada minuto que pasaba alimentaba las ideas que aparecían en su cabeza.
Quizás el tren ya se había marchado.
Quizás había llegado demasiado tarde.
Quizás no volvería a verlo.
Continuó buscando hasta que la esperanza de encontrarlo comenzó a desaparecer. Sin saber qué más hacer y hundida en la más profunda tristeza, solo se le ocurrió gritar el nombre de su amado con todas sus fuerzas.
—¡Kei! ¿Dónde estás? ¡No te vayas!
Nadie respondió.
—¡Kei!
María cayó de rodillas y comenzó a llorar. Las personas de la estación la observaban, pero a ella ya no le importaba. Continuó llamándolo, aferrándose a la pequeña esperanza de que todavía pudiera escucharla.
Entonces sintió una mano sobre su hombro.
María dejó de gritar.
Se giró lentamente y, para su sorpresa, allí estaba Kei.
Él la miró en silencio y, con una mano, limpió delicadamente las lágrimas que recorrían su rostro.
—¿Por qué estás aquí?
María no respondió.
Sin pensarlo, se lanzó sobre él y lo abrazó con todas sus fuerzas.
—Te amo... No me dejes.
En la última sala del edificio más antiguo del instituto Spera Lux, donde los árboles apenas dejaban entrar la luz por las ventanas, una muchacha de aspecto recatado y serio estaba sentada en una silla vieja, con un libro entre las manos. Acababa de terminar de leer una historia de amor.
Permaneció un instante en silencio, hasta que otra joven, un poco más baja que ella, la interrumpió.
Chica pequeña: ¿Y qué tal? ¿Te gustó la historia, Kurume? La encontré buena, pero corta.
Mientras decía eso, se acercaba a Kurume con cierta expectación, deseosa de saber si había acertado al elegir aquella historia.
Kurume cerró el libro y levantó la mirada hacia el techo.
Kurume: Sí, tienes razón. Es una buena historia, de lo mejor que me has recomendado hasta ahora.
Se levantó de su asiento y caminó hacia una de las ventanas del salón.
Kurume: ¿Y por qué elegiste esta historia para que yo la leyera, Kyara?
Al escuchar las palabras de Kurume, una gran felicidad comenzó a crecer en el interior de Kyara. Su habitual seriedad dio paso a una respuesta llena de energía.
Kyara: Como estabas buscando historias que conmovieran a las personas y las dos primeras no funcionaron, encontré esta en internet. Y, como eres de clase alta, creí que te interesaría.
Kyara miró a Kurume con las manos juntas sobre el pecho y dejó escapar un suspiro de alivio.
Kyara: Menos mal que te gustó.
Kurume esbozó una pequeña sonrisa y susurró:
Kurume: Me trae recuerdos…
Kyara no se percató de lo que había dicho y, sin darle tiempo a añadir nada más, continuó hablando.
Kyara: Y si te gustó cómo escribe el autor, podríamos traerlo para el proyecto que tienes en mente para el club.
Kyara se acercó un poco más a Kurume.
Kurume: ¿Tú crees que una persona adulta se uniría a nuestra empresa? Kyara, eres muy optimista.
Kurume la miró con un poco de compasión.
Kyara: El autor es de nuestra edad, Kurume. No te lo habría comentado si fuera adulto. Y no lo creerás, ¡pero está en este instituto!
Kyara se señaló la cabeza con un dedo, orgullosa de sí misma.
Kyara: Kyara hizo sus investigaciones.
Kurume miró a Kyara, un poco sorprendida por la información que acababa de darle. Poco a poco, una sonrisa comenzó a dibujarse en su delicado rostro.
Kurume: ¡Maravilloso! ¡Estupendo! ¡Excelente! ¡Buen trabajo, Kyara! Prepararé todo para tener una reunión con él.
Kurume juntó las manos con una expresión triunfante.
Kurume: ¿Me puedes repetir el nombre del autor?
Kyara: Se llama Tamada Vinns. ¿Les informo a las demás?
Kurume: Sí, Kyara. Dales la noticia y diles que estén preparadas para lo que viene.
Kyara: ¡A tus órdenes, Kurume!
Kyara salió del salón con prisa para cumplir lo que Kurume le había pedido. Mientras tanto, Kurume permaneció allí, repitiendo en voz baja el nombre de Tamada.
Kurume: Bien, Tamada. Con lo que te voy a ofrecer, no creo que digas que no. Con tu ayuda, por fin podré hacer realidad mi proyecto, y nadie me lo va a impedir.




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