Capítulo 1: Carne y Ozono
HACE TRES AÑOS
La noche ardía con un fuego sucio y amarillento.
El humo de varios automóviles destrozados se mezclaba con una lluvia fina de ceniza gris que caía desde un cielo sin estrellas. Apoyado contra el chasis retorcido de un autobús interprovincial, Iñaki, de apenas catorce años, intentaba llenar sus pulmones. Cada bocanada de aire sabía a goma quemada y metal incandescente. Sentía la sangre caliente cayéndole por la sien, pegándole el cabello a la frente.
A trescientas yardas de allí, la silueta de la ciudad en ruinas era pisoteada por una sombra colosal. Un Titán —una mole grotesca de músculos hipertrofiados, piel amorfa y un rostro ciego sin ojos ni boca— avanzaba aplastando estructuras como si fueran cartón mojado. Cada uno de sus pasos retumbaba en el pecho de Iñaki con una vibración hueca.
De repente, un chasquido eléctrico cortó el aire con el sonido de un látigo seco.
El asfalto, a solo diez metros de Iñaki, se rasgó. Una grieta de luz violeta y chispas serpenteantes —una Anomalía— brotó del suelo. De su interior emergieron chillidos agudos, seguidos por tres siluetas frenéticas. Eran criaturas deformes, del tamaño de lobos grandes pero con las costillas y el cráneo expuestos en placas de hueso filoso: sabuesos interdimensionales.
La criatura del frente giró su cabeza sin piel hacia Iñaki. El chico apretó la espalda contra la chapa caliente del autobús y cerró los ojos. Sus piernas no respondían; el terror lo había clavado al suelo.
—Mamá... —alcanzó a susurrar, esperando el zarpazo.
Un estruendo sónico reventó la penumbra, seguido por una onda de choque que le hizo zumbar los oídos. La cabeza del sabueso saltó hecha pedazos en una nube de fluido negro y viscoso.
Tres figuras descendieron desde el techo de un camión militar volcado. No vestían uniforme de tela ni chalecos antibalas. Su piel misma era una armadura: placas de quitina biomecánica de color gris azulado nacían directamente de sus cuellos y extremidades. Sus ojos no tenían pupilas humanas, sino un destello fosforescente que parpadeaba en la oscuridad. En sus manos empuñaban armas macizas, compuestas por cartílago, espinas calcificadas y tejido muscular que se contraía con cada disparo.
Eran la Primera Generación de Soldados Híbridos.
En menos de diez segundos, la escuadra ejecutó a la horda con una ferocidad precisa e inhumana. La sangre biomecánica y el ozono saturaron el ambiente.
Uno de ellos, un hombre de más de dos metros de altura cuyo rostro era una transición brutal entre piel humana cicatrizada y hueso alienígena blindado, caminó hacia el autobús. Las placas de sus hombros se reajustaron con un chasquido orgánico mientras guardaba su arma. Se agachó frente a Iñaki y le extendió una mano enorme, pálida y dura como la piedra.
—¿Puedes ponerte de pie, chico? —preguntó el veterano. Su voz resonaba como si saliera de un intercomunicador dentro de su propio pecho.
Iñaki, temblando, negó con la cabeza.
—No... no puedo mover las piernas. Mis padres... estaban en el auto de atrás...
El soldado miró de reojo las llamas al fondo de la carretera durante un segundo insondable antes de volver a fijar sus ojos luminosos en el muchacho.
—Nadie más vendrá a salvarnos, chico —dijo, cerrando sus dedos pesados alrededor de la muñeca de Iñaki para levantarlo sin esfuerzo—. Los civiles mueren o se esconden. Si quieres seguir respirando en este mundo, levántate. Nos toca a nosotros.
PRESENTE:
Iñaki abrió los ojos de golpe, tomando una gran bocanada de aire helado. Su corazón batía un ritmo frenético contra sus costillas. El olor a hierro y humo todavía quemaba en su memoria, pero el techo que tenía enfrente no era el cielo nocturno de la carretera, sino placas de acero remachado filtrando humedad.
A un par de metros, sentado en el borde de una litera metálica, un joven de su misma edad jugaba con un destornillador de punta muescada sobre las tripas abiertas de un viejo radio de transistores.
—Otra vez el sueño del Titán, ¿verdad? —preguntó Dorian sin apartar la vista del circuito. Tenía las manos manchadas de grasa y una tira de cinta aislante pegada en la mejilla.
Iñaki se incorporó despacio, pasándose la mano por el rostro empapado en sudor.
—No era solo el Titán. Era... el día que me sacaron de la carretera.
Dorian soltó una risita seca y le dio un pequeño golpe al radio con el mango del destornillador.
—Ah, la época dorada —dijo con tono burlón—. Cuando todos creíamos que la Resistencia estaba llena de héroes de cómic que volaban y nos iban a devolver las ciudades. Y mírarnos ahora: encerrados a doscientos metros bajo tierra, comiendo pasta de proteína que sabe a cartón húmedo y entrenando para volvernos mitad lagarto.
—Ellos nos salvaron la vida, Dorian —respondió Iñaki, bajando las piernas de la litera y buscando sus botas tácticas en el suelo.
—Nos salvaron para reclutarnos, hermano. Hay una diferencia —Dorian dejó el destornillador sobre la litera y miró a Iñaki con expresión más seria—. Como sea, si sigues gritando dormido, los del pabellón B van a terminar denunciándonos. Dicen que pareces un poseído a las tres de la mañana.
—Intentaré gritar más bajo la próxima vez —murmuró Iñaki, abrochándose las correas de los tobillos.
—Agradecido. Mi sueño de belleza depende de ello.
Iñaki se vistió con el uniforme grisáceo de cadete. Al abrir la puerta de la celda, el espectáculo de la Base Subterránea "Latitud 0" se desplegó ante ellos. La base no era un cuartel convencional; era una gigantesca caverna natural incrustada bajo la cordillera de los Andes ecuatorianos, transformada en una colmena humana.
Caminaron por las pasarelas metálicas del nivel tres. Abajo, en el fondo del foso, miles de refugios improvisados albergan a los civiles evacuados de Quito y las provincias del norte. El eco constante de los generadores diésel, las sirenas lejanas y el murmullo de miles de personas llenaba el aire de una vibración pesada.
—¿Sabes qué escuché ayer en la cantina? —dijo Dorian, caminando a su lado con las manos metidas en los bolsillos del pantalón—. Que van a acelerar las pruebas del Protocolo. Quieren enviar a la Quinta Promoción a la superficie antes de fin de mes.
—¿Tan pronto? Apenas llevamos seis meses de instrucción teórica.
—Las grietas se están abriendo más seguido arriba, Iñaki. La base se está quedando sin suministros de biomasa para las armas. Si no subimos a 'cosechar' restos de las criaturas, el armamento orgánico se muere. Literalmente se pudre en los armeros.
Llegaron a la plataforma central, donde una gigantesca esfera holográfica de color azul eléctrico flotaba suspendida sobre decenas de servidores y manojos de cables negros gruesos como troncos. Era el núcleo de P.R.E.D.I.C.T.A.
Alrededor de la mesa táctica, un grupo de oficiales discutía en voz baja. Destacaba la Comandante Salazar, erguida, con las manos cruzadas en la parte baja de la espalda. Las cicatrices de quemadura de su mejilla izquierda brillaban bajo la luz azulina del holograma.
Dorian redujo el paso y bajó la voz al mínimo.
—Mírala. Ahí está 'La Dama de Hierro'. ¿Sabías que el mes pasado un recluta del pabellón C intentó discutirle una orden de patrulla?
—¿Y qué pasó? —preguntó Iñaki.
—Nadie lo sabe con certeza. Pero ahora el tipo pasa catorce horas al día raspando los tanques de excremento biológico con un cepillo de dientes usado. Se dice que si la Comandante te sostiene la mirada más de cinco segundos sin parpadear, ya estás sentenciado.
Como si hubiera escuchado el susurro, la Comandante Salazar giró la cabeza ligeramente. Sus ojos oscuros pasaron por encima de los dos cadetes durante un brevísimo segundo antes de volver a la pantalla. Ambos jóvenes enderezaron la espalda al instante y apresuraron el paso.
—Fluctuación magnética detectada en el sector Copenhague-Ambato —resonó la voz sintética de la I.A., una voz femenina, pulida y carente de cualquier modulación emocional—. Probabilidad de brecha de clase dos en las próximas cuarenta y ocho horas: ochenta y siete por ciento. Redirigiendo patrones de contención.
—Mantengan los sensores enfocados en el corredor andino —ordenó Salazar a los técnicos. Su voz era firme, madura, cargada de una autoridad sin fisuras—. No quiero falsas alarmas como las de la semana pasada. Si P.R.E.D.I.C.T.A. estornuda, la base entera entra en pánico.
El patio de maniobras del sector de entrenamiento olía a desinfectante industrial y a sudor rancio. Una treintena de cadetes permanecía en posición de firme sobre el suelo de hormigón.
Al frente de la formación, el Instructor Vargas se paseaba lentamente. Vargas era un veterano retirado de la primera línea; su brazo derecho, destruido en los primeros años de la invasión, había sido reemplazado por un injerto biomecánico tosco: un ensamblaje de cables, metal y tejido muscular de criatura que terminaba en garras metálicas capaces de aplastar una tubería.
—¡Abran las orejas, atajo de parásitos! —rugió Vargas, deteniéndose en el centro de la pista—. La I.A. allá arriba es una maravilla de la ingeniería. Nos dice exactamente por dónde van a salir esas alimañas, hasta con el segundo exacto. ¡Pero la I.A. no les va a sostener los pantalones cuando una de esas cosas les salte a la cara!
Se acercó a la primera fila, clavando su mirada en varios cadetes que tragaban saliva en silencio.
—En este regimiento no usamos fusiles de pólvora ni juguetes de plástico. Las armas que van a empuñar están VIVAS. Tienen sistema nervioso, tienen pulso y tienen hambre. Si no aprenden a dominar la biomasa antes de someterse al proceso de Hibridación, la carne del arma rechazará la suya. ¿Saben qué pasa cuando hay un rechazo biológico severo?
El silencio en el patio era absoluto.
—Les explico —continuó Vargas con una sonrisa fría—. El tejido del arma empieza a alimentarse de su propio brazo. Sus venas se congelan y mueren en la mesa de operaciones retorciéndose mientras su propio cuerpo intenta quemar el injerto. ¿Quedó claro, Cadete Hernández?
—¡Sí, mi Instructor! —respondió Iñaki en voz alta, cuadrándose.
—Veamos si es verdad. Un paso al frente.
Iñaki avanzó dos pasos. Sobre una mesa metálica descansaba un rifle biopunk de asalto. Era una pieza pesada, grotesca; la culata parecía estar hecha de hueso pulido y el cuerpo del arma estaba recubierto por una membrana rojiza que se hinchaba y contraía a un ritmo pausado, como si estuviera durmiendo.
—Empuña el rifle y sincroniza tus impulsos —ordenó Vargas, cruzándose de brazos—. Tienes diez segundos.
Iñaki extendió la mano derecha. El metal frío de la mesa rozó sus nudillos. Al acercar la palma a la empuñadura, la membrana viva reaccionó de inmediato: tres diminutas agujas de hueso biomecánico brotaron de la empuñadura y se clavaron en la piel de su mano para conectar con las terminaciones nerviosas.
Un pinchazo agudo de dolor recorrió el brazo de Iñaki.
En ese instante, la sensación invasiva del arma le disparó un recuerdo relámpago: la mano fría del soldado híbrido en la carretera, las fauces del sabueso, el olor a sangre. El miedo le cerró la garganta. Iñaki tensó los músculos del hombro y dio un involuntario tirón hacia atrás.
En el costado del rifle, una pequeña pantalla orgánica parpadeó en un rojo escarlata alarmante: RECHAZO: 45% - CONEXIÓN FALLIDA.
El arma emitió un chasquido sordo y expulsó la mano de Iñaki con una sacudida.
—¡Lamentable! —gritó Vargas, acercándose a dos centímetros del rostro de Iñaki—. ¡Dudas medio segundo en el frente y no solo te mueres tú, haces que maten a toda tu escuadra! ¡A un lado! ¡Bustamante, demuestra si sirves para algo más que arreglar radios viejas!
Dorian dio un paso al frente con la barbilla en alto, aunque Iñaki notó que sus nudillos temblaban levemente. Dorian agarró la empuñadura de un solo golpe firme, sin dudar. Las agujas se clavaron en su palma; el chico apretó los dientes, dejó salir el aire por la nariz en un bufido largo y sostuvo la mirada del instructor.
La luz del indicador vaciló un instante entre amarillo y rojo, hasta que finalmente se asentó en un verde brillante: SINCRONIZADO: 88% - ESTABLE.
—Nada mal para un rata de taller —refunfuñó Vargas, aunque se notaba un destello de aprobación en sus ojos—. Tomen nota, imbéciles. Así se hace. Hernández, cincuenta flexiones de pecho. Ahora.
Mientras Iñaki bajaba al suelo y comenzaba a contar las flexiones sobre el hormigón frío, Dorian le devolvió el rifle a la mesa y le echó una mirada de reojo cargada de preocupación y disculpa.
Una hora después, en la cafetería del sector tres, el ambiente era un caos de platos de lata y murmullos cansados. Dorian se sentó frente a Iñaki y le deslizó una bandeja con dos bloques de pasta proteica y un vaso de agua tibia.
—Come algo, hermano. Pareces un fantasma que olvidó dónde dejó su tumba.
Iñaki miraba la pasta sin mover el tenedor.
—Ochenta y ocho por ciento a la primera, Dorian. El instructor tiene razón. Si no puedo sincronizarme con una simple arma de instrucción, me van a degradar a la brigada de mantenimiento de la caverna.
—Oye, escúchame —Dorian se inclinó sobre la mesa, bajando el tono de voz—. Sincronizarse con esas porquerías vivas no es natural. A nadie le gusta sentir que un pedazo de carne alienígena le está metiendo agujas en las venas. A mí me dio un asco terrible, solo que disimulé mejor. Además, tú tienes los mejores tiempos en el circuito de agilidad y combate cuerpo a cuerpo. Cada uno tiene lo suyo.
—No se trata de eso —Iñaki alzó la vista; sus ojos denotaban una frustración profunda—. Se lo prometí a ese soldado. Le prometí que me levantaría. Si no puedo entrar al Protocolo de Hibridación, no soy más que otro civil esperando que el techo se le caiga encima.
Dorian iba a responder, pero sus palabras fueron devoradas por un estruendo electrónico.
Un chillido agudo y ensordecedor —como el acople de mil micrófonos— brotó de los altavoces de la base. Las luces fluorescentes del techo parpadearon dos veces y se apagaron, siendo reemplazadas al instante por un resplandor rojo de emergencia que teñía todo el recinto de un color sangre.
—¡ATENCIÓN! ¡ALERTA DE BRECHA NIVEL TRES! —la voz de P.R.E.D.I.C.T.A. sonaba grave, acelerada y con capas de interferencia—. Anomalía no detectada abriéndose en Sector Subterráneo Cuatro. Tiempo estimado para la apertura: CERO SEGUNDOS.
—¿Cero segundos? —exclamó Dorian, poniéndose de pie de golpe—. ¡Se supeditaba que P.R.E.D.I.C.T.A. avisaba con minutos de anticipación!
El pánico estalló en el comedor. Decenas de civiles y cadetes comenzaron a empujarse hacia los pasillos de evacuación. Sirenas de tono grave comenzaron a aullar mientras las pesadas compuertas de aislamiento hidráulico empezaban a bajarse lentamente desde el techo para sellar los sectores.
—¡Vamos, Iñaki, hacia el pabellón principal! —gritó Dorian, tirando del brazo de su amigo.
Corrieron contracorriente entre la multitud asustada. La compuerta blindada del sector cuatro bajaba a toda velocidad con un chirrido de engranajes. Varios civiles cruzaron rodando por debajo justo a tiempo, pero un empujón de la masa desorientada hizo que Dorian tropezara y cayera de rodillas.
Iñaki se giró para ayudarlo a levantarse, pero para cuando lo logró, la enorme puerta de acero impactó contra el suelo con un estruendo seco, sellando el paso.
Se habían quedado atrapados en el pasillo contiguo al comedor. Solos.
Un sonido espeluznante —como el de un espejo gigante rompiéndose en mil pedazos— resonó justo en el techo del pasillo, a menos de cinco metros de donde estaban.
El aire se rasgó. Una brecha de luz púrpura radiante abrió la roca del techo, arrojando escombros y chispas electromagnéticas. De la grieta cayó con un golpe pesado una criatura de más de dos metros de largo.
Era un Sabueso de las Sombras. Su cuerpo estaba cubierto de una capa viscosa y oscura, con placas de hueso filoso sobresaliendo de sus lomos y un par de fauces triples que goteaban saliva ácida sobre el hormigón.
La criatura sacudió la cabeza, dejando ir un rugido agudo que hizo retumbar las paredes de la galería. Sus ojos rojos, brillantes como brasas, recorrieron el pasillo sellado hasta fijarse directamente en Dorian, que aún estaba tirado en el suelo tratando de incorporarse entre las piedras.
—Iñaki... —alcanzó a pronunciar Dorian, con la cara pálida y los ojos desorbitados—. No tengo mi arma... la dejé en el casillero...
El sabueso flexionó sus extremidades traseras, preparando el impacto para abalanzarse sobre Dorian y destrozarle la yugular.
Iñaki sintió que el tiempo se congelaba. El sudor frío, el recuerdo de la carretera y el parálisis de su infancia intentaron arrastrarlo de nuevo al abismo. Pero esta vez miró a Dorian a los ojos. No estaba dispuesto a ver a nadie más morir frente a él.
Giró la vista en milisegundos. A su derecha, entre los escombros de la pared colapsada, sobresalía un tramo de tubería de acero reforzado de dos metros, con un extremo partido en una punta afilada y dentada.
Iñaki corrió tres pasos, agarró el tubo con ambas manos y, dejando salir un grito de rabia primaria que le rasgó la garganta, se interpuso entre el monstruo y su amigo.
—¡AQUÍ ESTOY, MALDITA SEA! —rugió, embistiendo con la lanza improvisada directo al pecho de la bestia justo cuando esta saltaba.
Continuará...








