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Pig Face.

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Summary

Malcom despierta en un mundo que no vivió más que en borrosos recuerdos, ahora es su deber averiguar quien es junto a un grupo de rebeldes en medio de una guerra civil.

Genre
Scifi,Humor
Author
Parodio
Status
1d ago
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo.


Entre sangrantes luces de neón, el aire de Washington es obstruido por edificios brutalistas y el ambiente nocturno. Era invierno, uno cálido y poco húmedo. Las nubes negras del cielo dejaban caer suavemente la lluvia sobre toda la manzana, y su sonido relajaba a cualquiera que estuviera cerca, excepto a un hombre que, tenso, caminaba cubierto por una gabardina negra.

Rápido se movía su tenue sombra entre callejones sin retorno. Su cara estaba mojada, pero no por la apaciguante lluvia, sino por sudor lleno de lamento y lágrimas de desesperación y pavor. Miraba cada esquina que se postraba amenazante ante él. Escuchaba más allá de las gotas, intentando percibir respiraciones y pasos.

Un infierno rezumante que tuvo su fin al final de un callejón, donde se escondía una puerta que daba a una red de apartamentos. El hombre de la gabardina entró al fin, sacó rápidamente las llaves del bolsillo derecho de su pantalón, las secó y subió por las escaleras hasta su residencia. Se equivocó de llave y rápidamente cambió a la siguiente. Solo así, finalmente, pudo entrar.

Un respiro que tenía guardado desde hacía tiempo salió, pero no completamente. Se tiró cansado al sofá y tomó una vez más de un vino abierto desde hacía unas semanas. Miró a su alrededor y solo pudo llorar.

Un ambiente lúgubre, sucio y descuidado era su patético escondite, según sus propias palabras. La garganta ya le ardía de tantos lamentos seguidos, pues había pasado todo el día en completa tristeza.

-¿Se reirá Dios de mi desgracia? ¿Qué fin tendrá burlarse de una hormiga como yo...? ¿Entre sus pendientes tendrá una carta recordándole sobre mi tortura diaria? Dudas y dudas no me dejan. Ni siquiera este vino me quiere hacer el favor de alejarme de mi situación... De mi muerte.

El sordo intenta oír, el mudo hablar y nuestro triste protagonista intenta negar que esta noche le arrebatarán la vida.

Ahora recuerda todo lo que pasó, cómo llegó al clímax de su vida. Se decepciona.

¿De verdad pensó que podría con el mundo?

Ahora recibe la bofetada injusta de la vida; la vida que apoya al perverso despierto, así como también hace caer de los laureles a los héroes dormidos.

Desde esa reflexión empezó a verse como un héroe bajado del Olimpo. A negar de manera diferente su desgracia. Empezó a llenarse de valor y hasta llegó a decir que esa noche él sería el asesino.

Y entonces explotó.

Tiró su botella de vino al suelo, llenando todo de vidrios. Un color rojizo y un olor penetrante se esparcieron por toda la sala. Se tiró al suelo por un momento, pero rápidamente agarró un cuchillo de mesa. Empezó a hacer ridículas coreografías -digo coreografías porque estas son simples acrobacias de película-, hasta que accidentalmente cayó, doblándose el tobillo y haciendo caer una mesa llena de papeles poco importantes a primera vista.

En el suelo, rendido y con papeles en la cara, uno de estos tenía una ilustración de un rostro humano. Por lo interesante de la pequeña imagen impresa y también por el misticismo de no recordar la mayor parte de lo escrito en aquellos textos, se levantó.

Lo leyó.

Y solo pudo dejarse caer al suelo.

Este era un registro sobre un proyecto pasado de su autoría y de un tal Ferdinant. Había sido escrito hacía mucho tiempo. El registro estaba amarillo, incluso con partes deshechas, pero aquel recuerdo, Ferdinant y demás memorias pasaron por su cabeza como disparos; no solo a su mente, sino también al corazón.

Se sentía simplemente vacío, como si todo aquello no valiera nada a estas alturas.

Un cobarde fue por lo que fue llamado durante mucho tiempo. Ahora que el horror lo acechaba de manera mortal, solo se quedaba tirado, recordando lo que tanto le había causado sufrimiento en un pasado y proyectando el futuro que nunca vivió por culpa de este.

-Hombre ingenuo y fastidioso, eso es lo que soy. Pero también hombre muerto seré, pues el pasado no favoreció a lo que alguna vez fue mi futuro y ahora es mi presente. Pues mi figura arruinada está cubierta por manchas corrientes de tintas fúnebres que al fin han alcanzado mi alma y siguen esparciéndose al mundo entero.

Al mundo entero, al hombre, al animal y a todos esta tinta asesinará.

De verdad que nuestro amigo vació un recipiente muy grande.

-Pero mi misión fue una, no destinada hacia mí, sino a los que marchan firmes sin corromperse por los males.

Fue aquí cuando John recordó quién es.

Claro, un cobarde y alguien ingenuo, pero también alguien soñador. Alguien cuyos propios defectos opacados por sus logros y grandes características lo habían convertido en algo más.

Claro, no era un dios del Olimpo ni un ser patético.

Claro que no.

Él es y será John Pascal, ¡un hombre que luchará por el mundo hasta los fines de este!

Se levantó aún adolorido y se quedó sentado, con las manos unidas en puño, esperando el fin que le aguardaba. Ya no tenía al mundo de su lado; solo sus fuerzas, que sostenía como mártir.

Quedando hoy su vista fija en un solo punto, ya no buscaba amenazas en cada rincón. Ahora sabía muy bien cuál era la amenaza que vendría en cualquier momento.

Entonces esperó.

Esperó y esperó...

Muerte va y va y va.

Caminaba por calles ahora apagadas, con estructuras que lucían gigantescas. Chasqueaba los dientes como si máquina fuese mientras lucía una máscara parecida a una bestia, la cual no se distinguía bien por la oscuridad del ambiente.

Pero algunos rasgos más prominentes, como cuernos, colmillos y facciones marcadas, sobresalían por las tenues luces. Además de esto, había una gema roja que resaltaba por encima de todo el atuendo. Por más mínima que fuera la luz, la gema resplandecía como una estrella a lo lejos del cielo nocturno.

No dejaba rastro.

Se movía como una fiera sobre cualquier superficie, ignorando las leyes de la lógica al postrarse en muros o techos sin caer ni tambalearse. Sus respiraciones aún alteradas se escuchaban tenues, como canto de mosquito, y sus pasos eran como los de una caminata de gato.

Ya era tarde cuando la fiera vio caer las primeras gotas de la que sería la primera lluvia fuerte del invierno.

John, ignorando todo, seguía sin moverse, incluso sin percatarse de la fuerte lluvia.

Aún más tarde fue cuando la bestia, luego de un estruendo entre las nubes, apareció en la ventana próxima a los aposentos de John.

Ahora menos clara era su silueta por la oscuridad de la habitación. Solamente la bestia podía ver su reflejo en el cristal de la ventana.

Un reflejo que pronto sería destruido sin ninguna cautela por un certero golpe directo contra el vidrio.

Miles de escombros cayeron y produjeron un estruendo ruidoso.

Cuando un hombre mira a la muerte, también mira al miedo.

Pero John se levantó de su asiento y rápidamente tomó camino hacia la cocina.

La bestia, por su parte, dio un salto rápido y, al ver a John dirigirse a la cocina, tomó la misma ruta rápidamente.

John saltó sobre una mesa hasta llegar al pantry, donde fue acorralado por la bestia fúnebre.

-Acércate, bastardo, que eso es lo que eres. Pues hijo del mundo ni de Dios eres. Eres hijo del hombre y ahora acorralas al único que dio algo de empatía por ti, que ingenuo ignoró el riesgo de tenerte en la sociedad y que, por si fuera poco, fue tu mejor amigo.

»Ahora te escupo en la cara, Ferdinant. Te escupo, y así te escupirá el destino. Maldigo todo lo que representas y un día se te cobrará el mal que le has hecho y harás a la humanidad.

»Ahora moriré, pero tú también, gracias a los dados del destino que jugarán a favor del benevolente futuro.

Ferdinant afinó sus sentidos, dándose cuenta de un olor particular, el cual alertó todo su ser.

-¡...!

Una luz llenó la cocina.

Un cerillo.

Ferdinant, dándose cuenta del riesgo, intentó detener a John en el último momento.

Una gigantesca explosión de gas quemó todo a su paso, consumiendo papeles y muebles, y rompiendo parte de la máscara de la bestia, que ahora yacía en el suelo.

Humo y cantos de fuego se esparcieron por todo el edificio.

Pero el mal no se rinde.

La silueta moribunda de Ferdinant salió por una ventana, desapareciendo otra vez en la noche, así como había llegado, vestido con aquellas ropas de bestia.

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