Sin Retorno
UNIVERSIDAD NACIONAL DE VOLKOVARNOVAGRAD — DISTRITO FEDERAL16/03/2035 — 16:47
Siempre estuve fascinada con la idea de cómo acabaría todo. Tal vez porque soy científica y se me quedó grabada la idea de que todo lo que tiene un inicio también tiene un fin.
Vi desde pequeña cómo la humanidad desarrolló las formas más simples de inteligencia artificial, hasta llegar a lo que hoy conocemos como CAS.
La pantalla detrás de mí seguía encendida mientras escribía las tres letras en el centro de esta: CAS.
Me detuve un segundo frente a ellas y observé el auditorio. Decenas de estudiantes me miraban desde sus asientos, algunos tomando apuntes, otros esperando que continuara.
De repente, uno de ellos levantó la mano y formuló la pregunta que muchos parecían estar esperando:
—Doctora, ¿usted cree que estamos ante el inicio del fin?
Lo miré durante unos segundos antes de responder.
—Eso es algo que les dejo a su conclusión personal.
Me giré nuevamente hacia la pantalla, tomé el marcador y escribí:
CHARLES DARWINTeoría de la Evolución
De repente, sonó la campana mientras escribía la última letra.
Los estudiantes comenzaron a despedirse y a recoger sus cosas. Los observé con curiosidad, como siempre. Me llamaba la atención la forma en que cada uno reaccionaba después de una clase; algunos se quedaban conversando sobre el tema, otros salían apresurados y unos cuantos permanecían en sus asientos, mirando la pantalla como si esperaran encontrar allí una respuesta.
Siempre me había gustado observarlos.
Quizás porque, incluso después de tantos años estudiando a la humanidad y todo lo que hemos creado, seguía sin entender del todo qué era lo que nos hacía avanzar.
Finalmente, me senté en mi escritorio. En ese momento, el director de la universidad entró al auditorio.
—Doctora Volkova, una clase magnífica, como siempre. Intrigante y llena de preguntas que hacen pensar a nuestros estudiantes.
Lo observé entrar, notando el paso de los años en su rostro y aquella sonrisa que claramente parecía fingida.
—Un gusto volver a verlo, señor.
Él se acercó unos pasos antes de responder.
—Vine a verla para que reconsidere la propuesta.
Ya había dejado clara mi respuesta la primera vez. No tenía intención de cambiarla.
El director soltó una pequeña risa nerviosa y entrelazó los dedos frente a él, jugando con ellos mientras hablaba.
—Su teoría tecnológica fue fantástica. Hay grandes compañías interesadas, doctora. Y, claramente, no quieren comenzar el proyecto sin usted.
—Creí que había sido bastante clara.
El director suspiró y caminó lentamente por el auditorio antes de detenerse frente a mí.
—Lo ha sido. Pero creo que debería escuchar de qué se trata antes de rechazarlo definitivamente.
Lo observé en silencio.
—¿De qué se trata?
—Neurociencia, inteligencia artificial y robótica.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Una combinación bastante amplia.
—Queremos desarrollar una nueva generación de sistemas de combate.
Mi expresión cambió.
—¿Militares?
—Sí.
Guardé silencio durante unos segundos.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Queremos desarrollar una interfaz capaz de conectar directamente el sistema nervioso de un operador con una plataforma mecánica.
—¿Una interfaz neuronal?
—Mucho más avanzada que las actuales.
Me crucé de brazos.
—¿Pretenden que alguien controle una máquina con su cerebro?
—No exactamente.
Lo miré con atención.
—Entonces, ¿qué pretenden?
El director hizo una breve pausa.
—Queremos que la máquina responda como si fuera una extensión del cuerpo del operador.
No respondí.
—El sistema interpretaría las señales neuronales del piloto en tiempo real —continuó—. Sus movimientos, sus reacciones, incluso determinadas intenciones podrían ser traducidas directamente por la inteligencia artificial.
—¿Y quién desarrollaría esa inteligencia?
—Un equipo especializado en inteligencia artificial.
—¿Y quién desarrollaría la interfaz neuronal?
El director sonrió ligeramente.
—Por eso estoy aquí.
Aparté la mirada.
—No.
—Volkova...
—No voy a participar en un proyecto militar cuyo objetivo es conectar directamente el cerebro humano con una máquina.
El director guardó silencio unos segundos antes de acercarse un poco más.
—Doctora, piense en lo que significa esto.
Lo miré.
—La humanidad lleva miles de años evolucionando. Primero aprendimos a utilizar herramientas. Después construimos máquinas capaces de hacer aquello que nuestro cuerpo no podía.
Hizo una breve pausa.
—Esto sería diferente.
—¿Diferente cómo?
—Sería, por así decirlo, la siguiente fase de la evolución humana.
Sentí un ligero escalofrío.
—Eso no es evolución.
El director me sostuvo la mirada.
—¿Entonces qué es?
—Depende de quién tenga el control.
El silencio volvió a apoderarse del auditorio.
Y por primera vez, el director dejó de sonreír.
Tomé mis cosas del escritorio sin decir una palabra y me retiré del auditorio.
Después de una larga hora manejando, al fin llegué a casa. Apoyé mi mano sobre el escáner de la puerta y, después de reconocer mi huella, esta se abrió.
Me sentía cansada y completamente desprolija después de aquel día. Observé mi pequeño departamento. Era desordenado y pequeño, pero acogedor.
Muchos probablemente considerarían mi departamento deprimente. Me puse cómoda y me senté delante del sofá, abracé mis piernas y apoyé mi rostro sobre ellas mientras observaba cómo la televisión mostraba a la Federación del Norte avanzando en Finlandia.
Scrappy comenzó a merodear por el desorden, pisando algunas latas de soda y cajas que había dejado por ahí.
—Eres una pequeña chatarra —le dije.
El pequeño robot con forma de perro se detuvo y me miró.
Solté un suspiro y dejé caer la cabeza contra el sofá. Me sentía completamente agotada. No solo por el día, sino por todo lo que había ocurrido. La conversación con el director seguía dando vueltas en mi cabeza, incluso cuando intentaba pensar en cualquier otra cosa.
Cerré los ojos durante unos segundos.
Solo quería descansar.
ZONA RESIDENCIAL — NOVAGRAD
APARTAMENTO DE VOLKOVA — 06:35 — 17/03/2035
La mañana llegó. Los rayos del sol golpearon mi rostro mientras Scrappy ladraba hacia la puerta y el timbre sonaba repetidamente.
—¿Quién es? —pregunté mientras me estiraba y caminaba hacia la puerta.
Abrí la puerta y me encontré con dos hombres vestidos con trajes oscuros. Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos hasta que el de la derecha dio un paso al frente.
—¿Doctora Volkova?
—Sí.
—Agente Petrov. Él es el agente Sokolov —dijo mientras señalaba brevemente al hombre que lo acompañaba—. Representamos al Gobierno de la Federación del Norte.
Fruncí el ceño.
—¿Ocurrió algo?
—No, doctora. Venimos a entregarle esto.
Sacó una pequeña ficha metálica de uno de los bolsillos de su traje y la sostuvo frente a mí. Una luz azulada apareció sobre su superficie y, en cuestión de segundos, una figura holográfica se proyectó en el aire.
—Doctora Volkova —dijo una voz masculina—. Por orden del Gobierno de la Federación del Norte, se solicita su presencia en una reunión privada con representantes del Estado.
La proyección hizo una breve pausa.
—La reunión tendrá lugar hoy a las ocho de la mañana. La ubicación le será proporcionada al momento de su llegada.
La figura desapareció y la ficha volvió a quedar completamente inactiva.
El agente Petrov me la extendió.
—Debe conservarla hasta finalizar la reunión.
La tomé lentamente.
—¿Y si no voy?
Los dos agentes intercambiaron una breve mirada.
—La reunión es de carácter obligatorio, doctora.
FEDERACIÓN DEL NORTENOVAGRAD — DISTRITO FEDERAL
08:00:17 — 17/03/2035
La capital era tan fría como siempre. Me acomodé entre los dos agentes federales mientras sentía el calor de la calefacción del vehículo. Al menos ellos sabían cómo mantenerse cómodos.
Miré por la ventana. Las calles de Novagrad pasaban lentamente frente a mí mientras el frío se quedaba al otro lado del cristal. Las ratas del gobierno seguían viviendo bastante bien.
Después de unos minutos, pude verlo. Era el nuevo complejo de investigación y desarrollo que llevaban años planeando construir.
Antes de bajar, observé por la ventana. La gente pobre caminaba apresurada, como siempre, mientras los ricos parecían tener toda la paciencia del mundo.
El vehículo finalmente se detuvo frente al complejo. Descendí de él y fui escoltada hasta lo más alto de la torre.
Entré a una oficina enorme, digna de un ministro egocéntrico como Viktor Serebryakov. Mientras avanzaba, pude sentir el repugnante aroma del whisky impregnando el aire.
Podía notarlo; había subido de peso. Lo suficiente como para que, en mi mente, comenzara a parecerse a un cerdo.
Se sentó en su silla con prepotencia. Yo simplemente lo observé.
Finalmente se dignó a hablar.
—Volkova, es un gusto tenerla aquí —dijo con su voz ronca.
—Supongo que ya conoce el motivo de nuestra convocatoria. Por sus conversaciones previas con el director y reconocido doctor Anton Belov, imagino que ya se lo habrá explicado.
—Ante su constante rechazo, es de mi agrado informarle que aquello no era más que una simple cordialidad de nuestro gobierno. Sin embargo, las invitaciones amistosas han llegado a su fin.
Lo dijo mientras esbozaba una leve sonrisa, casi maliciosa.
Yo seguía callada. Sabía que, a estas alturas, no me quedaba otra opción más que aceptar lo inaceptable.
—Para resumir el objetivo, señorita Volkova, queremos formar una nueva era de soldados. Usted sabe que el gobierno siempre quiere que ellos regresen a casa.
Lo decía con un tono burlesco que me generaba una profunda impotencia.
—Y no solamente eso. También necesitamos un nuevo arsenal tecnológico que implementar. Europa ya cuenta con varios modelos de androides funcionales, tanto para uso militar como industrial.
Hizo una breve pausa.
—Nosotros, en cambio, seguimos dependiendo principalmente de robots destinados al transporte, la asistencia y las tareas básicas del hogar.
Lo decía como si admitirlo le resultara especialmente desagradable.
—Estamos atrasados —continuó—. Y el gobierno no está dispuesto a permitir que esa diferencia siga aumentando.
Lo miré en silencio.
—Por eso necesitamos desarrollar nuestra propia generación de androides militares. Y queremos hacerlo de una manera que nos permita recuperar el terreno perdido.
—¡Quiero que los convierta en máquinas de guerra! ¡Soldados dignos de ser hijos de nuestra Federación y del Dios que tanto aclamamos! —exclamó el ministro, exaltado.
Podía notar su locura personal, especialmente su fanatismo religioso. La religión nunca fue lo mío, pensé mientras lo miraba, sin saber siquiera qué expresión poner. Dios me guarde... pensé sarcásticamente.Cuando estaba a punto de responder, levantó una mano y me hizo callar con un simple gesto.
—Empiezas mañana.
Lo miré en silencio, sorprendida por su seguridad.
—En recepción se te asignará una serie de portafolios con toda la información que necesitarás. También encontrarás una lista de los soldados que estarán disponibles para tus experimentos.
Hizo una breve pausa y sonrió.
—Tus ratas de laboratorio, por así decirlo.
Resignada y sin decir absolutamente nada, salí de la oficina.
Mientras me dirigía hacia la recepción, una de las pantallas del pasillo mostraba, como de costumbre, las noticias del conflicto en Finlandia. La Federación del Norte continuaba avanzando, o al menos eso era lo que aseguraban los medios.
Me detuve unos segundos frente a la pantalla.
Había algo que no cuadraba.
Y, para cualquiera que tuviera un poco de sentido común, probablemente también era evidente.
Continué avanzando hacia la recepción. Allí me hicieron escanear la huella y, después de unos segundos, finalmente me entregaron un portafolio.
—Doctora Volkova. Esto es suyo —me dijeron mientras extendían la mano.
Lo tomé sin decir nada.
No sabía exactamente en qué me estaba metiendo.
Salí del edificio con el portafolio bajo el brazo. El aire frío de la calle me golpeó el rostro mientras caminaba hacia el vehículo.
Por alguna razón, no podía quitarme una sensación extraña de encima.
No sabía qué era.
Solo sabía que quería alejarme de aquel lugar.








