Ari y Nicolás.
Soy Ari Elise Laurent, desde niña me han gustado las historias de amor.
No sé exactamente cuándo empezó esa obsesión. Quizás fue alguna novela que veía cuando era pequeña, o una película en la que dos personas se conocían por casualidad, se enamoraban y, después de un montón de problemas que yo juraba que nunca tendrían, terminaban juntas.
Porque sí, yo quería enamorarme.
Pero tenía una condición.
Quería una historia de amor bonita.
De esas en las que alguien te mira y sabes que te está mirando diferente. De esas en las que te eligen sin hacerte dudar. De esas en las que puedes ser tú misma sin preguntarte todo el tiempo si la otra persona siente lo mismo.
Lo que no quería era el drama.
Curiosamente, la vida nunca preguntó qué parte quería.
Durante mi adolescencia solía fijarme en los chicos que me parecían lindos.
Bueno... “fijarme” es una palabra bastante generosa.
A veces los observaba disimuladamente, intentando que nadie se diera cuenta.
Y otras veces estoy bastante segura de que ellos también me miraban.
El problema era que yo nunca sabía qué significaba eso.
Quizás me estaban mirando.
Quizás simplemente estaban mirando hacia donde yo estaba.
Quizás tenían buena vista.
Nunca lo supe.
Y tampoco ayudaba mucho que yo tuviera una relación bastante complicada con mi propia imagen.
Había días en los que me miraba al espejo y pensaba:
“Bueno... tampoco estoy tan mal.”
Y había otros en los que mi cerebro parecía empeñado en convencerme de todo lo contrario.
No siempre me sentía bonita.
Aunque, siendo sincera, algunas veces sí.
El problema era que no sabía reconocerlo.
Creo que durante mucho tiempo esperé que alguien más confirmara algo que yo misma todavía no podía creer.
Quizás por eso, cuando me gustaba un chico, jamás estaba completamente segura de que pudiera gustarle yo.
Y si alguna vez alguno sintió algo por mí...
Bueno, puede que no me haya dado cuenta.
O puede que simplemente nunca haya sido el chico que me gustaba.
La vida tiene un sentido del humor bastante extraño.
Y entonces apareció Nicolás Veyne.
No fue exactamente como en las películas.
No hubo una canción de fondo.
Nadie chocó conmigo en cámara lenta.
No se me cayeron unos libros y él se agachó a recogerls.
La verdad es mucho menos interesante.
Lo conocí como se conocen la mayoría de las personas: simplemente estaba ahí.
Y, de alguna manera, terminé fijándome en él.
No recuerdo cuál fue el momento exacto en que empezó.
Quizás fue una conversación.
Quizás una mirada.
Quizás fue simplemente esa sensación inexplicable que aparece cuando alguien comienza a ocupar un poquito más de espacio del que debería en tus pensamientos.
Al principio no le di demasiada importancia.
Era solo Nicolás.
Un chico que me parecía lindo.
Nada más.
Eso me decía.
Y probablemente habría seguido diciéndomelo si no hubiera empezado a notar ciertas cosas.
Pequeñas cosas.
Una mirada que duraba un segundo más.
Una sonrisa.
Una conversación que parecía no tener ninguna razón para prolongarse, pero que de alguna manera terminaba haciéndolo.
Y yo, que podía convertir una mirada de dos segundos en una investigación criminal completa, empecé a preguntarme si quizá...
Solo quizá...
él también se había fijado en mí.
No quería ilusionarme.
Bueno.
No quería admitir que ya me estaba ilusionando.
Porque había una diferencia.
Yo podía decirme que no esperaba nada.
Pero mi imaginación, aparentemente, no había recibido el mensaje.
Empecé a pensar en él más de lo necesario.
Me preguntaba si iba a verlo.
Si me hablaría.
Si me miraría.
Si aquella sonrisa había significado algo.
Y después me decía a mí misma:
“Deja de pensar tonterías.”
Cinco minutos después volvía a pensar en él.
Así era yo.
Podía ser bastante racional para algunas cosas.
Para el amor, definitivamente no.
Y entonces estaba Luis.
Era diferente.
Con él todo era mucho más evidente.
Era dulce conmigo.
Muy atento.
Se fijaba en pequeños detalles, buscaba conversar conmigo, estaba pendiente de mí y tenía esa manera de hacerme sentir querida sin necesidad de grandes cosas.
Y precisamente por eso me costaba decirle que yo no sentía lo mismo.
Porque no había nada malo en él.
Solo que llego a mi vida despues que Nico
Ese era el problema.
Y yo sabía que no podía corresponderle
Un día decidió decírmelo.
Me confesó que yo le gustaba.
Y también me dijo que sabía que a mí me gustaba Nicolás.
No recuerdo exactamente todas las palabras de aquella conversación.
Sí recuerdo lo que sentí.
Me dio tristeza.
No porque quisiera estar con él.
Sino porque sabía que iba a tener que decepcionarlo.
Pero prefería eso a mentirle.
Yo no podía decirle que tal vez algún día.
No podía mantenerlo cerca esperando que mis sentimientos cambiaran.
No podía aceptar sus atenciones como si fueran una especie de premio mientras yo seguía pensando en otra persona.
Así que fui sincera con él.
Le dije que no sentía lo mismo.
Que no quería darle falsas esperanzas.
Y que, aunque lo apreciaba muchísimo, no iba a poder corresponderle.
Pensé que lo entendería.
No fue así.
Poco a poco dejó de ser aquel chico dulce y atento.
Empezó a responderme diferente.
Otras veces podía ser bastante grosero.
Y llegó un punto en el que yo ya no reconocía al Luis que había conocido.
Nuestra relación terminó deteriorándose rápidamente.
Simplemente dejamos de hablar.
Se acabó.
Y después...
nunca supe mucho más de él.
Supongo que Luis no sabía manejar demasiado bien el rechazo.
Y, aunque en ese momento me dolió que alguien que había sido tan dulce conmigo terminara tratándome de una manera tan diferente, con los años entendí algo:
que alguien sea bueno contigo no significa que tú tengas la obligación de enamorarte de esa persona.
Yo no podía obligarme a sentir algo que no sentía.
Porque si había algo que tenía claro, incluso siendo tan joven, era que no quería jugar con los sentimientos de nadie.
Así como yo podía ser impulsiva y decirle a alguien que me gustaba sin medir demasiado las consecuencias, también podía ser sincera cuando sabía que no sentía lo mismo.
Quizás esa era una de las cosas más contradictorias de mí.
Podía lanzarme de cabeza cuando quería a alguien.
Pero también podía cerrar una puerta cuando sabía que no quería cruzarla.
Con Nicolás sería diferente.
Mucho más lento.
Mucho más confuso.
Y, probablemente, mucho más innecesario.
Porque después de que le confesé a Nicolás que me gustaba, nuestra relación cambió.
Con el tiempo empecé a verlo más como un amigo.
Y, curiosamente, después de que supo lo que yo sentía, Nicolás comenzó a preguntarme por Luis.
Más de una vez.
—¿Y Luis?
—¿Todavía hablas con él?
—¿Qué pasó con Luis?
Yo no sabía qué pensar.
Había algo en la manera en que preguntaba.
Como si quisiera aparentar que no le importaba mientras, al mismo tiempo, necesitara saber la respuesta.
Nunca supe si eran celos.
Y tampoco quería inventarme otra película.
Ya había tenido suficiente con las anteriores.
Así que intenté tomarlo como una amistad normal.
Él era mi amigo.
Yo había sido sincera con él.
Y algún tiempo después, Nicolás me contó que estaba empezando a salir con alguien.
Lo acepté.
¿Qué otra cosa podía hacer?
Yo ya le había dicho lo que sentía.
Y la vida continuaba.
Llegó un momento en que podía hablar con él sin sentir aquella cosa extraña en el estómago.
Y creo que fue justo cuando yo empecé a soltarlo de verdad que ocurrió algo que todavía me hace reír.
Un día, simplemente por molestarlo un poco...
y también porque quería que dejara de pensar que yo seguía detrás de él...
le conté que otro chico estaba empezando a llamar mi atención.
Quería que supiera que yo también podía seguir adelante.
Su reacción me dejó completamente desconcertada.
Me miró serio, como si no le hubiera gustado que se lo comentara y dijo:
—¿Para qué me tienes que contar esas cosas?
Yo me quedé pensando.
¿Perdón?
¿No se suponía que éramos amigos?
Entonces, ¿por qué le molestaba que yo pudiera fijarme en otra persona?
Nunca tuve una respuesta clara.
Pero sí recuerdo perfectamente lo que pensé:
“¿Y a ti qué te importa?”
Porque si él tenía novia o estaba empezando una relación, yo no entendía por qué debía molestarle que mi atención pudiera estar en otro lado.
Y creo que, en ese momento, algo terminó de cambiar dentro de mí.
No quería que Nicolás pudiera mirar hacia atrás y encontrarme exactamente donde me había dejado.
Yo quería seguir adelante.
Y lo hice.
Después empezamos a hablar cada vez menos.
Las conversaciones se fueron haciendo más cortas.
Luego menos frecuentes.
Después quedaron los cumpleaños.
Él me felicitaba.
Yo lo felicitaba.
Un “feliz cumpleaños”.
Un “gracias”.
Y ya.
Hasta que incluso eso desapareció.
La vida siguió avanzando.
Cada uno tomó su camino.
Lo curioso es que, durante mucho tiempo, creo que Nicolás pensó que yo todavía no lo había olvidado.
Quizás porque alguna vez me había gustado mucho.
Quizás porque me había visto detrás de él durante una época.
Quizás porque algunas personas creen que cuando alguien las quiso de verdad, ese sentimiento se queda ahí para siempre.
Pero no.
Yo podía ser muy dulce.
Podía encariñarme muchísimo.
Podía entregar mi corazón de una manera bastante imprudente.
Pero también podía hacer algo completamente distinto.
Podía sacarte de él.
Y cuando lo hacía, era de verdad.
No necesitaba odiarte.
No necesitaba hablar mal de ti.
No necesitaba demostrarle a nadie que te había superado.
Simplemente dejabas de ocupar ese lugar.
Eso fue lo que ocurrió con Nicolás.
Mucho antes de aquel último encuentro, yo ya lo había sacado de mi corazón.
Hasta que un día volvimos a encontrarnos.
Ya éramos adultos.
Lo vi.
Él me vio.
Durante un instante pensé en todo lo que había pasado.
En la chica que había sido.
En todas las veces que había analizado sus miradas.
En las conversaciones.
Todo parecía mucho más pequeño de lo que alguna vez había parecido.
Él se acercó y me sonrio.
—Hola.
Lo miré.
Sonreí.
—Hola.
Y seguí caminando.
Eso fue todo.
Durante mucho tiempo había pensado que superar a alguien significaba dejar de recordarlo.
Pero ese día entendí que no.
A veces superar a alguien simplemente significa poder recordarlo sin querer regresar.
Nicolás había sido importante para mí.
Había sido mi primera ilusión.
Una de esas historias que te hacen imaginar futuros que nunca llegan a existir.
Pero ya no era mi historia.
Y estaba bien.
Porque aquella chica que alguna vez se preguntó si alguien podría elegirla todavía tenía muchas cosas por descubrir.
Todavía no sabía exactamente qué quería hacer con su vida.
Todavía tenía sueños que ni siquiera se atrevía a decir en voz alta.
Todavía tenía mucho que aprender sobre el amor.
Sobre las personas.
Sobre sí misma.
Y, sobre todo, todavía no sabía que algunas de las historias más importantes de su vida ni siquiera habían comenzado.


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