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La Vida que me Robaron

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Summary

Shen Tianyu murió a los treinta y nueve años después de descubrir una verdad devastadora: gran parte de su vida había sido manipulada desde que era adolescente. Su futuro fue destruido, su identidad como verdadero hijo de una poderosa familia fue ocultada, su padre adoptivo murió en un supuesto accidente, la mujer que amaba fue asesinada y uno de los hermanos en quien más confiaba terminó traicionándolo. Cuando todo parece haber terminado, un misterioso jade negro se rompe en el instante de su muerte y Tianyu abre los ojos veintitrés años en el pasado, otra vez con dieciséis años. No tiene fortuna, ejército, contactos ni el poder marcial que alguna vez lo convirtió en una leyenda. Solo conserva sus recuerdos y el conocimiento de una vida que ya recorrió una vez. Esta vez no piensa precipitarse. Seguirá paso a paso el camino de su antigua vida, permitirá que sus enemigos crean que todo continúa igual y utilizará cada recuerdo para descubrir quién comenzó realmente la conspiración. Mientras reconstruye lentamente su fuerza, encuentra oportunidades que antes dejó escapar y descubre secretos enterrados en su propio origen, Tianyu comenzará un ascenso que lo llevará desde un adolescente despreciado hasta las alturas del mundo empresarial y marcial.

Genre
Action
Author
Manuel
Status
21 mins ago
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
16+

Todos querían verlo morir

A los treinta y nueve años, Shen Tianyu finalmente descubrió quién había destruido su vida. El problema era que ya era demasiado tarde.

La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales del salón ancestral de la familia Shen, y cada relámpago iluminaba por un instante los cuerpos esparcidos sobre el mármol. Había sangre en las columnas, en las escaleras y en las antiguas alfombras que durante generaciones habían recibido a patriarcas, generales y empresarios. Aquella noche, sin embargo, la residencia ancestral no era símbolo de poder. Era un campo de ejecución.

Shen Tianyu permanecía de pie en medio del salón sosteniendo una espada rota con la mano derecha. Una hoja atravesaba todavía su costado y tres disparos habían perforado su torso. Sin embargo, ninguna de aquellas heridas era realmente la razón por la que estaba muriendo. Debajo de su camisa, unas líneas negras ascendían lentamente desde el pecho hacia el cuello. El Vino Rompemeridianos estaba destruyendo desde dentro aquello que le había tomado más de una década construir.

A su alrededor, más de sesenta hombres bloqueaban las entradas. Algunos pertenecían a la Asociación Marcial, otros eran guardias privados de la familia Shen y, entre ellos, Tianyu reconocía rostros que le dolían más que cualquier herida. Miembros del Palacio Celestial. Sus propios hombres.

—Supremo Shen —dijo alguien desde el fondo—. Ríndase.

Tianyu dejó escapar una risa seca.

—¿Rendirme? Han envenenado mi vino, asesinado a mis hombres, rodeado la residencia con decenas de expertos y todavía necesitan pedirme que me rinda.

Nadie respondió.

Durante quince años había construido un poder que muchos consideraban imposible. Había comenzado sin dinero, sin apellido y sin respaldo. Luego llegaron las empresas, las inversiones, los contactos, el Palacio Celestial, los maestros marciales y las alianzas que lo convirtieron en uno de los hombres más temidos de Ciudad Imperial. Durante un tiempo había creído que finalmente había vencido.

Aquella noche entendía que solamente había construido una tumba más grande.

Los hombres frente a él se apartaron.

Shen Hao apareció caminando lentamente entre ellos.

Traje blanco. Zapatos impecables. Ni una gota de sangre sobre la ropa. Seguía teniendo aquella sonrisa controlada que tantas veces Tianyu había querido arrancarle del rostro.

Shen Hao era el heredero que la familia Shen había criado durante décadas. El joven maestro perfecto. El hombre que había vivido en una posición que, por sangre, nunca le perteneció.

Se detuvo a varios metros.

—Hermano mayor.

Tianyu lo miró en silencio.

—Curioso.

—¿Qué cosa?

—Esperaste hasta mi último día para llamarme hermano.

La sonrisa de Shen Hao se debilitó apenas un instante.

—No quería que termináramos así.

—Mentiroso.

Shen Hao no respondió.

Tianyu respiró profundamente. Cada inhalación quemaba. Sabía que le quedaban pocos minutos, quizá menos, pero si iba a morir quería respuestas.

—¿Cuándo supiste quién era yo?

—¿Eso importa ahora?

—Más que cualquier otra cosa.

Shen Hao lo observó unos segundos y luego se acercó a una silla caída. La levantó, se sentó y cruzó una pierna con tranquilidad.

—Tenías dieciséis años.

Tianyu se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—La familia supo que seguías vivo cuando tenías dieciséis.

La información golpeó con más fuerza que cualquier espada.

Durante años le habían dicho que la familia Shen descubrió su existencia cuando ya era adulto. Esa había sido la historia oficial. Ahora comprendía que todo era mentira.

—A los dieciséis nadie conocía mi identidad.

—Tú no la conocías —corrigió Shen Hao—. Nosotros sí.

La mente de Tianyu retrocedió más de veinte años. La escuela secundaria de Qinghe. La beca. Los veinte mil yuanes encontrados dentro de su mochila. La acusación de robo. La vergüenza. La pérdida de la oportunidad académica. Su padre adoptivo corriendo de oficina en oficina intentando demostrar su inocencia.

Y luego, pocas semanas después, el accidente.

Tianyu levantó lentamente la mirada.

—El dinero que apareció en mi mochila.

Shen Hao no dijo nada.

—¿Fuiste tú?

La sonrisa que apareció en su rostro fue suficiente.

Algo helado recorrió la espalda de Tianyu.

Durante más de veinte años había pensado que aquello fue una desgracia aislada. Un estudiante pobre acusado de un robo que no cometió. Ahora entendía que quizá había sido el primer movimiento visible de algo mucho más grande.

—Mi padre.

Shen Hao arqueó una ceja.

—¿Qué padre?

La energía interna de Tianyu explotó alrededor de su cuerpo. Varias ventanas temblaron y algunos hombres retrocedieron.

—Shen Guoliang. El hombre que me crió.

Shen Hao perdió durante un instante su expresión despreocupada.

—Ah. Ese.

—¿También lo mataron ustedes?

—Yo no.

Tianyu apretó el mango de la espada.

—Entonces ¿quién?

—Siempre pensaste que yo era tu mayor enemigo. Nunca entendiste que yo también estaba siguiendo órdenes.

El salón quedó en silencio.

Tianyu lo estudió. Conocía demasiado bien a Shen Hao. Habían pasado años atacándose política, económica y físicamente. Sabía cuándo provocaba, cuándo mentía y cuándo intentaba ocultar algo.

Esta vez, para su sorpresa, parecía decir la verdad.

—¿Quién daba las órdenes?

Shen Hao negó lentamente.

—Nunca conocí a todos. Mi madre recibió una llamada cuando confirmaron que estabas vivo. Después de eso comenzó todo.

—¿Qué querían?

—Que desaparecieras.

—Entonces ¿por qué no matarme directamente?

La sonrisa de Shen Hao se borró.

—Porque dentro de la propia familia Shen había personas buscándote. Si aparecías muerto poco después de ser encontrado, alguien habría hecho demasiadas preguntas.

Tianyu comprendió.

No querían un cadáver. Querían un fracaso.

Un muchacho sin futuro. Un joven desacreditado. Alguien tan insignificante que ni siquiera valiera la pena investigar.

La acusación de robo. La pérdida de la beca. Los años de pobreza. Los trabajos miserables. Su llegada a Ciudad Jiang.

De pronto, toda su vida parecía un camino manipulado.

—¿Cuánto de mi vida tocaron?

Shen Hao sonrió.

—Más de lo que quieres saber.

Tianyu sintió que algo dentro de su pecho se endurecía.

—Su Wanqing.

La sonrisa de Shen Hao desapareció.

Eso bastó.

Tianyu dio un paso.

—Su accidente.

Silencio.

—Respóndeme.

—Tú ya sabes la respuesta.

Durante siete años Tianyu había buscado al responsable de la muerte de Su Wanqing. Había destruido organizaciones enteras, castigado enemigos y seguido pistas falsas. Había creído que la habían matado por una disputa comercial.

Se había equivocado.

—¿Por qué ella?

Shen Hao dejó escapar un suspiro.

—Porque comenzó a investigar tu pasado.

Tianyu se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Wanqing investigó tu nacimiento sin decírtelo. Encontró documentos antiguos, nombres, movimientos de dinero y vínculos que no debía descubrir.

—¿Quién la mató?

—La misma gente que llevaba vigilándote desde los dieciséis.

Tianyu cerró los ojos.

Recordó a Wanqing en aquel pequeño apartamento de Ciudad Jiang, muchos años antes de tener dinero. Recordó sus manos frías, el plato de fideos que le había preparado, las discusiones silenciosas con su familia, su manera de defenderlo cuando todos lo llamaban inútil.

Habían empezado siendo dos desconocidos atrapados en un matrimonio que ninguno quería. Después se convirtieron en aliados. Amigos. Familia.

Cuando por fin tuvo el poder suficiente para darle todo, ella ya estaba muerta.

—¿Tú trabajabas para ellos?

Shen Hao no respondió.

Aquello también era una respuesta.

—Todo este tiempo —dijo Tianyu— pensé que luchaba contra ti.

—Ese fue tu error.

—No. Mi error fue pensar que había un solo enemigo.

Por primera vez, Shen Hao guardó silencio.

Tianyu volvió a pensar en los acontecimientos de su vida. La forma en que algunos negocios habían quebrado justo cuando comenzaban a crecer. Las veces que había sido expulsado de oportunidades sin explicación. Los accidentes. Las pérdidas.

Pero también recordó lo que ellos no habían podido controlar.

El pequeño negocio de transporte que creó con vehículos viejos. La primera inversión que salió bien. Su encuentro con el maestro Lu Cang. El Palacio Celestial. Las alianzas que construyó fuera de cualquier plan.

—Creyeron que después de destruir mis oportunidades iba a convertirme en nadie.

Shen Hao apretó ligeramente la mandíbula.

—Sí.

—Y cuando no ocurrió…

Tianyu miró los cadáveres alrededor.

—Llegamos aquí.

Pasos resonaron desde un corredor lateral.

No tuvo que girarse para saber quién venía.

Han Feng.

Su hermano jurado.

El hombre que once años atrás había salvado de una ejecución clandestina. El hombre con quien había construido el Palacio Celestial. La persona a la que habría confiado su espalda incluso delante de mil enemigos.

Tres horas antes, Han Feng había servido personalmente la copa de vino envenenado.

Tianyu lo observó acercarse.

—¿Por qué?

Han Feng no pudo mirarlo inmediatamente.

—Hermano…

—No vuelvas a llamarme así.

Han Feng cerró los puños.

—Te seguí durante once años.

—Lo sé.

—Construimos todo juntos.

—También lo sé.

Han Feng levantó la mirada.

—Pero siempre fuiste tú. Shen Tianyu esto. Shen Tianyu aquello. El Supremo. El jefe. El hombre al que todos respetaban. Yo siempre era el segundo.

Tianyu lo miró durante varios segundos.

Esperaba una gran razón. Chantaje. Amenazas. La vida de su familia.

Pero no.

Era algo mucho más simple.

Envidia.

—Te ofrecí la mitad del Palacio Celestial.

—Porque seguía siendo algo que tú me dabas.

Tianyu comenzó a reír.

Han Feng frunció el ceño.

—¿Qué es tan gracioso?

—Once años.

—¿Qué?

—Once años creyendo que tenía un hermano cuando en realidad tenía un hombre contando cuánto recibía de mí.

Han Feng palideció.

Shen Hao se levantó.

—Se acabó, Tianyu. Tus meridianos están destruidos. Incluso si nadie vuelve a tocarte, morirás en minutos.

Tianyu observó la espada rota que sostenía.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué intentas hacer?

Levantó el rostro.

—Elegir quién viene conmigo.

Antes de que nadie reaccionara, movilizó todo lo que quedaba de su energía interna. Sus meridianos se desgarraron como si miles de agujas atravesaran su cuerpo, pero Tianyu avanzó.

Diez metros.

Cinco.

Uno.

Han Feng levantó los brazos demasiado tarde.

La espada rota atravesó su costado.

Sus ojos se abrieron.

—Tú…

Tianyu acercó su rostro.

—Si existe otra vida, elige mejor a quién traicionas.

Giró la espada.

Han Feng cayó.

—¡FUEGO!

Los disparos estallaron.

Tianyu recibió uno en el hombro, otro en el pecho. Una espada penetró su espalda. Aun así logró derribar a varios hombres antes de que sus piernas finalmente dejaran de responder.

Cayó de rodillas.

Shen Hao permanecía frente a él.

Siempre protegido.

Siempre detrás de otros.

Tianyu levantó la mirada.

—Parece que ganaste.

—Sí.

La visión comenzó a oscurecerse.

Tianyu dejó de escuchar las voces.

Pensó en Shen Guoliang. En aquella pequeña casa. En su primer salario. En Wanqing. En todos aquellos momentos en los que había creído que tendría tiempo para arreglar las cosas después.

Después.

Siempre después.

Si pudiera regresar, no necesitaría su fortuna. No necesitaría el Palacio Celestial. No necesitaba que todos se arrodillaran.

Solo quería una oportunidad.

Una.

Volver al principio.

Encontrar a su padre antes de que muriera. Saber quién había colocado el dinero en su mochila. Descubrir quién lo reconoció a los dieciséis. Conocer a Han Feng sabiendo lo que llevaba dentro. Encontrar a Wanqing antes de que su vida terminara destruida por acercarse demasiado a la verdad.

Algo caliente apareció contra su pecho.

Tianyu frunció el ceño.

Bajo su camisa colgaba un pequeño jade negro. Lo tenía desde la infancia y nunca había descubierto de dónde procedía.

Ahora ardía.

Una grieta apareció sobre su superficie.

Crack.

Luego otra.

Shen Hao se acercó.

—Se acabó.

Tianyu miró el jade.

Una luz tenue escapó de las grietas.

—No.

—¿Qué?

Una sonrisa apareció en el rostro moribundo de Tianyu.

—Todavía me deben una vida.

El jade se rompió.

La oscuridad lo devoró.

---

Bip.

Bip.

Bip.

Shen Tianyu abrió los ojos.

Un techo agrietado apareció sobre él.

Pintura amarillenta. Una lámpara vieja. Un ventilador cubierto de polvo.

No respiró durante varios segundos.

Conocía ese techo.

Giró la cabeza.

La pequeña mesa. Los libros escolares. Una mochila azul. El armario barato.

Su habitación.

La habitación que no veía desde hacía más de veinte años.

Se levantó bruscamente y el mundo comenzó a girar. Tuvo que apoyarse contra la pared.

Su cuerpo era ligero.

Débil.

No había energía interna.

No había heridas.

Miró sus manos.

Jóvenes.

Sin cicatrices.

Corrió al espejo.

El rostro que apareció frente a él tenía dieciséis años.

Cabello desordenado. Una pequeña cicatriz junto a la ceja. Ojos que todavía no habían aprendido a ocultar lo que sentían.

—No puede ser…

Entonces vio el calendario.

17 de septiembre de 2013.

La sangre pareció detenerse dentro de su cuerpo.

No había regresado simplemente al pasado.

Había regresado exactamente a la edad que Shen Hao había mencionado.

Dieciséis años.

Una voz llegó desde la cocina.

—¡Tianyu! ¡Levántate o vas a llegar tarde!

Tianyu cerró los ojos.

Esa voz.

Shen Guoliang.

Vivo.

Algo dentro de él se quebró.

Pero entonces recordó la fecha.

17 de septiembre.

Faltaban cuatro días para que veinte mil yuanes aparecieran dentro de su mochila.

Cuatro días antes de la acusación.

Cuatro días antes del primer golpe que había desviado toda su vida.

Tianyu volvió a mirar su reflejo.

No tenía empresas.

No tenía dinero.

No tenía contactos.

No tenía fuerza.

Ni siquiera podía ejecutar las técnicas que había dominado porque su cuerpo adolescente nunca había entrenado.

Solo conservaba una cosa.

Memoria.

Fechas. Rostros. Errores. Traiciones. Oportunidades.

Y un camino que ya había recorrido una vez.

Una sonrisa leve apareció en su rostro.

—Esta vez voy a caminar por el mismo camino.

Sus ojos se endurecieron.

—Pero ustedes no sabrán que ya conozco el final.

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