Ecos de las sombras
Un encuentro con el nahual
Mi nombre es José Luis y actualmente tengo 63 años. Lo que voy a relatar ocurrió hace aproximadamente 30 años.
Eran cerca de las diez de la noche y yo todavía me encontraba trabajando. Estaba ensimismado en lo que hacía, aunque también un tanto preocupado, pues esperaba la llegada de mi esposa, que aún no regresaba del reparto.
Mis hijas llevaban rato dormidas, o al menos eso creía yo, encerradas en su cuarto.
Estaba absorto en mis pensamientos cuando vi pasar por el pasillo que había entre la casa y mi área de trabajo una sombra negra.
Siempre he sido precavido. Tenía guardada un arma por si alguna vez se presentaba una situación en la que tuviera que proteger a mi familia. Así que, al ver aquella sombra, tomé el arma y también un bate que siempre tenía dispuesto.
Salí rápidamente.
En la parte trasera de la casa tenía un criadero de puercos, justo al final del pasillo. Al acercarme escuché a los animales alterados, moviéndose inquietos dentro de los chiqueros. Supe entonces que algo no estaba bien y corrí hacia allá.
En cuestión de segundos llegué hasta los corrales.
Me asomé con cautela y entonces lo vi.
Era un perro negro enorme que se movía dentro del chiquero, tratando de alcanzar a los marranos y lanzando mordidas para atraparlos.
No sabía de dónde había salido ni cómo había entrado. Tampoco sabía si podía estar rabioso o representar algún otro peligro. Así que actué según me dictaba el sentido común.
Saqué el arma y traté de encañonarlo para impedir que lastimara a alguno de mis animales.
Fue entonces cuando noté algo extraño.
El animal despedía un olor desagradable. No era el olor normal de un perro. Era algo mucho más fuerte, una mezcla de azufre con el olor de un animal muerto.
Lo tenía encañonado, pero aquel animal no parecía intimidarse. Comenzó a bufar.
—¡Bfff! ¡Bfff! ¡Bfff!
Seguía buscando el cuello del marrano más cercano.
Entonces escuché detrás de mí una voz.
—¿Qué pasa, papá?
Era mi hija mayor. Al parecer no estaba dormida como yo había pensado.
—¡Métete! ¡No salgas! —le grité, preocupado y molesto.
Ella obedeció.
Yo continué tratando de apuntarle a aquel animal. Cada vez dudaba más de que realmente fuera un perro.
Lo tenía cerca. Demasiado cerca.
Accioné el gatillo y disparé casi a quemarropa.
Esperaba escuchar un chillido, un aullido, cualquier sonido que hiciera un animal al recibir un balazo.
Pero no ocurrió nada de eso.
Aquel animal simplemente exclamó:
—¡Ay!
Ese grito humano me erizo la piel.
.
—¡Ay, ay, ay, ay, ay!
Se quejaba como si el disparo le hubiera dolido, pero aquello no parecía detenerlo.siguió intentando morder al marrano que tenía enfrente
Entonces comenzó a lanzar mordidas al aire, tratando de alcanzarme.
—¡Ay, ay, ay...!
Aquella cosa intentaba morderme mientras yo me hacía de un lado para evitar que me alcanzara. Yo no soltaba el arma.
Disparé dos veces más.
—¡Ay, ay, ay, ay!
Seguía quejándose, pero no abandonaba su objetivo.
Entonces ocurrió algo que todavía hoy recuerdo con claridad.
El animal saltó.
Saltó tan alto que sentí que el corazón se me salía del pecho.
Pasó por encima de mí, rebasando por completo mi estatura de 1.76 metros, y cayó al otro lado.
En ese momento ya no pensé en otra cosa. Me dispuse a seguirlo. Quería acabar con aquello antes de que pudiera hacerle daño a alguien.
Corrí detrás de él por el pasillo.
Y entonces lo vi.
Mi hija mayor estaba parada en el umbral de la puerta, con la cara pálida del susto.
—¡Métete, chingada madre! —le grité.
Y continué corriendo.
Aquella cosa había entrado a mi casa.
Llegué hasta la entrada y salí a la calle. Miré hacia ambos lados buscando al animal, pero no había rastro de él.
Había desaparecido.
Regresé a la casa y fui directamente al chiquero. Necesitaba encontrar alguna evidencia de lo que había ocurrido. Quería asegurarme de que los marranos estuvieran bien, pero también necesitaba comprobar que aquello no había sido producto de mi imaginación.
Revisé a los animales uno por uno.
Estaban bien.
Entonces comencé a buscar.
Busqué por el chiquero, por el pasillo, por todos los lugares donde aquel animal había estado. No encontraba absolutamente nada.
Hasta que, por fin, lo vi.
Una gota de sangre.
Una sola gota.
Nada más.
Pero para mí era suficiente.
Era la prueba de que aquello había estado ahí. De que yo no lo había imaginado. Había sangre donde aquel animal había recibido los disparos.
Inquieto, regresé a mi trabajo y traté de continuar con lo que estaba haciendo.
Pasó un rato hasta que finalmente regresó mi esposa.
Llegó agobiada por el trayecto y por todos los incidentes que le habían impedido regresar temprano. Venía directamente a descargar el sobrante de la venta del día.
En cuanto entró le conté lo que había sucedido.
Me escuchó en silencio.
Y cuando terminé, sin mostrar la menor duda, me respondió:
—Ese era un nahual...





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