Bestia de tiro
Poco después de que la semoviente meatgirl princesa Leonor partiera aquella mañana tan fría de enero con rumbo al colegio del Ejército del Aire en San Javier, Murcia, metida dentro de la baulera en el sistema de encomiendas de España, el ambiente en el palacio se volvió gris y pesado. Sofía se había quedado sumida en una tristeza profunda que no lograba quitarse de encima.
No podía parar de pensar en que su hermana había sido convertida contra su voluntad en un simple pedazo de carne, en una meatgirl sujeta a las leyes de abasto. Y aunque sus padres la habían recuperado por los pelos, comprándola en el último segundo antes de que terminara en un asador, la realidad era que Leonor seguía estando en un peligro constante. Seguía siendo un semoviente registrado oficialmente como un producto comestible, una mercancía con patas que pertenecía al inventario consumible. Sofía sabía perfectamente que no había ninguna seguridad de que su hermana pudiera sobrevivir a largo plazo dentro de ese sistema y mucho menos de que la indultaran para salvarla de los comercios. En toda la historia del comercio de carne, jamás nadie en el país había solicitado un indulto para un semoviente comestible; la carne simplemente se procesaba y se consumía, sin excepciones, ni siquiera para la Leonor.
Por su parte, Sofía ni siquiera registraba que aquellos eran sus últimos días libres antes de tener que volver a Portugal para sus clases universitarias; su futuro en los estudios le parecía algo lejano, absurdo y completamente vacío. Se la pasaba arrumbada por los rincones del palacio, taciturna y arrastrando los pies con la mirada fija en el suelo, totalmente perdida en una pena que la asfixiaba. Tenía la mente comida por el miedo y el corazón hundido en una tristeza tan pesada que la desesperanza le borraba cualquier rastro de energía; para sus pensamientos, el viaje a Portugal ya no significaba nada frente al horrible destino que ya estaba sufriendo su hermana mayor.
El estado de la infanta era tan evidente que no pasó desapercibido en las instalaciones del palacio. Uno de los adiestradores encargados de manejar a las ponygirls de la cuadra real notó algo extraño y, asustado por lo que estaba viendo, llamó por teléfono a los reyes con una voz que delataba una gran preocupación. El hombre, sin querer dar detalles por el aparato, les dijo de forma muy apurada que debían ir al viejo establo de las ponygirls de inmediato, que la situación requería su presencia en ese mismo instante. Al llegar los reyes al establo, envueltos en el frío cortante de la mañana, encontraron al adiestrador esperándolos justo en la puerta de madera gastada. El hombre estaba temblando de los nervios, se quitó la gorra con las manos torpes y, antes de que el rey Felipe pudiera exigirle una explicación, se adelantó a hablar con voz temerosa.
—¡Por el amor de Dios Majestades, se lo suplico, no manden a matar al mensajero! —exclamó el hombre con la voz rota por el pánico, juntando las manos temblorosas en un ruego desesperado mientras retrocedía un paso, con los ojos desorbitados por el miedo absoluto a la reacción de los monarcas—. Yo solo cumplo con mi obligación de avisarles, ¡se lo juro por mi vida! —suplicó el hombre, queriendo dejar en claro que él solo cumplía con su deber de avisar y que no tenía la culpa de nada—. La infanta Sofía ha estado ahí metida desde hace ya algún tiempo y la verdad es que me preocupa mucho verla así. Por eso me atreví a llamarlos de urgencia.
Dicho esto, el hombre dio un paso atrás, hizo una reverencia rápida y se fue a toda prisa, dejándolos solos frente a la entrada para no verse involucrado en los problemas de la familia real.
Los reyes Felipe y Letizia intercambiaron una mirada seria y entraron al establo en silencio, caminando despacio por el pasillo donde el olor a estiércol y a madera vieja lo llenaba todo. Al acercarse a la zona principal y cruzar el viejo granero, encontraron a Sofía allí mismo, dentro del corral de las ponygirls. La escena era desoladora. La infanta estaba sentada directamente en la tierra desnuda del suelo, completamente desnuda y con las piernas recogidas contra su propio pecho, buscando un refugio inútil contra el frío. Permanecía recostada contra la pared del fondo del granero, inmóvil en esa zona del corral, manteniendo la mirada totalmente perdida en la nada mientras contemplaba de forma fija a las ponygirls que se movían en el picadero. Parecía que su mente se hubiera desconectado por completo del mundo exterior, asfixiada por sus propios pensamientos y atrapada en un vacío del que ya no podía salir. Cuando los reyes la vieron en ese estado tan lamentable, se acercaron con paso lento. Felipe, manteniendo la calma a pesar del impacto, le preguntó tranquilamente: —¿Qué haces aquí, Sofía?
Al escuchar la voz de su padre, la infanta apenas reaccionó. Giró la cabeza muy despacio, con los ojos nublados y apenas consciente de la presencia de sus padres en el corral. Abrió la boca y empezó a balbucear palabras sin sentido, ruidos ahogados que no formaban ninguna frase limpia, debido al nudo que tenía en la garganta. La reina se agachó un poco hacia ella, mirándola con detenimiento, y le dijo con suavidad: —¡Cariño! ¿Qué pasa? Cuéntanos. ¿Qué haces aquí?
Sofía bajó la cabeza de golpe, clavando los ojos en la tierra seca que se le había pegado a la piel del cuerpo, y respondió con un hilo de voz:
—¡No lo sé, mamá! Es que... es que… Leonor ahora se ve como una meatgirl. Yo sé perfectamente que no hay ninguna posibilidad de que la saquen a salvo del comercio de carne, que su vida terminó. Pero también es que... siento un poco de… de verla así. Siento no sé… de que ella se vea tan… como esas animales de ahí.
Sofía levantó una mano temblorosa y señaló hacia el fondo del corral, donde un par de ponygirls de la cuadra trotaban despacio y de espaldas, moviendo sus extremidades posteriores hipertrofiadas y masivas sobre la grava suelta. Luego, mirándose sus propios brazos y piernas delgadas, continuó hablando con amargura:
—Y yo me... yo me quiero ver... tan... como ella. Sí, ya lo sé, papá. Sé perfectamente que ustedes nunca me mandarían a mí a una granja de crianza para que ese entrenamiento tan bestial me fortalezca el cuerpo. Y yo me... yo me… quiero ver... tan... como ella. Sí, ya lo sé, papá. Ya sé que soy la infanta heredera de España, soy el reemplazo, ahora que mi hermana está muerta. Sé perfectamente que ustedes nunca me mandarían a mí a una granja de crianza para que ese entrenamiento me fortalezca. Es solo que... quería saber qué se siente. Quería saber qué se siente ser tan…, estar así de...
Sofía se detuvo, tragó saliva y sacudió la cabeza con rabia, como si quisiera despertar de una pesadilla. —¡Sí, lo sé, es una estupidez! —exclamó la chica, levantándose del suelo de golpe.
Apretando los dientes por la vergüenza de haber sido descubierta, recogió rápidamente la ropa que había dejado tirada en la tierra. Sin mirar a sus padres a la cara, salió corriendo a toda velocidad del corral, cruzó el portón del establo y se montó de un salto en la parte de atrás de la carreta familiar que estaba estacionada afuera, la cual era tirada por una de las ponygirls del palacio. Se quedó allí quieta, en el asiento trasero del carruaje, a la espera de que sus padres regresaran para volver al palacio, mientras se volvía a vestir a toda prisa, queriendo cubrirse el cuerpo del frío de enero.
Dentro del cobertizo, el silencio regresó. Letizia y Felipe se quedaron parados en medio de la grava. Miraron hacia la salida por donde su hija menor había escapado corriendo, luego giraron la cabeza para mirar a las ponygirls desnudas del corral, que continuaban con su paso corto, rítmico y dócil sobre la tierra seca, moviendo sus lomos robustos sin importarles nada de lo que pasaba a su alrededor. Sin decir una sola palabra, asimilando la confesión de Sofía y pensando en el enorme volumen muscular que Leonor traería de Almería, los reyes caminaron de regreso hacia el carruaje, tomados de la mano y envueltos en un silencio absoluto que ocultaba la fría decisión que acababan de tomar.
El silencio dentro del carruaje no era normal; era una pesadez fría que hacía que a Sofía le costara respirar profundamente. Metida en un rincón del asiento, sentía que se encogía mientras terminaba de acomodarse la ropa con las manos temblorosas por los nervios. Justo al frente, sus padres estaban sentados como dos estatuas de piedra, mirando hacia adelante, fijos en un punto cualquiera de la carretera a Madrid. No la miraban, pero el ambiente estaba tan tenso que cada vez que Sofía respiraba sentía que hacía ruido en un espacio tan cerrado.
Fue la reina Letizia quien finalmente habló. Movió la cabeza muy despacio, dejó de mirar la ventana nublada por la neblina y clavó una mirada fría, sin nada de cariño de madre, directamente en las piernas de su hija menor. En la mente de la reina apareció de golpe el peor recuerdo posible: las baldas de metal donde meses atrás habían visto el cuerpo rapado y cambiado a la fuerza de su hija Leonor.
—Mira cómo ha terminado tu hermana por culpa de un descuido, Sofía... y tú aquí metida queriendo buscar lo mismo —dijo Letizia con una tristeza profunda en la voz, mirándola fijamente a los ojos—. No soportaría ver que tu vida también termine destruida.
Felipe sintió un nudo en la garganta y miró a la infanta con los ojos llenos de ternura y dolor. Se acercó despacio y la tomó suavemente de los hombros, con la voz temblando por la pura preocupación de un padre que se niega a perder lo último que le queda. Cuando habló, sus palabras no llevaban distancia ni frialdad, sino el deseo desesperado de protegerla con su propia vida de ese mundo que ya les había destruido a su hija mayor.
—No vas a regresar a Portugal, Sofía. Tus clases en la universidad quedan canceladas a partir de mañana.
Sofía aguantó la respiración, sintiendo un vacío horrible en el estómago. El rey la siguió mirando fijamente con ojos cansados pero dulces.
—Si tantas ganas tienes de tener esa fuerza y de verte tan musculosa como un animal... nosotros te vamos a dar lo que pides, Sofía. En el palacio no podemos permitirnos otro error que ponga en peligro a la familia, como pasó con tu hermana, que terminó marcada por culpa de un descuido. A partir de ahora, tu lugar está en el establo de adiestramiento. Te vas a quedar aquí, en el establo, con las ponygirls de arrastre.
La realidad de la deshumanización la golpeó a la mañana siguiente como un balde de agua fría. No hubo despedidas, ni maletas hechas, ni guardias cuidando su puerta. La entrada de su cuarto se abrió de golpe y entró el Coronel Rivas, el jefe de suministros del palacio. Detrás de él venían dos adiestradores con un arnés de cuero tosco y grueso, hecho para inmovilizarle los brazos fuertemente pegados contra la espalda, una brida de hierro pesada con un bocado salivado y una cuerda de algodón de varios metros de largo.
Sofía retrocedió asustada hasta que sus talones chocaron contra la cama, pero el Coronel Rivas avanzó con paso firme, sin dudar un segundo.
—Sujétenla. Quítenle la ropa. Dejen el lomo limpio para el aparejo —ordenó Rivas con voz seca mientras sacaba una libreta para apuntar el registro del nuevo ganado.
Los hombres la agarraron de las muñecas con una fuerza bruta que le hizo soltar un gemido de dolor. Le jalaron los brazos hacia atrás con rudeza, cruzándoselas en la espalda y le amarraron el arnés de cuero con hebillas de metal hasta que los hombros le crujieron por la presión. Sofía abrió la boca para gritar, para pedir ayuda, para llamar a su padre, pero antes de que pudiera emitir un solo sonido, el coronel le metió la brida de hierro en la boca. El metal frío le llenó la boca, obligándola a morder el bocado de hierro y quitándole por completo la capacidad de hablar. Sus quejas, sus llantos y sus palabras se convirtieron en ruidos ahogados mientras las cadenas de la brida le golpeaban las mejillas. Escuchaba todo a su alrededor, pero la mordaza metálica la reducía al silencio absoluto del ganado. —Trote y mantenga la testuz baja —le ordenó el coronel.
La sacaron del cuarto completamente desnuda, dejando al descubierto toda su piel para las pruebas físicas en el establo. Cada paso que daba sobre el suelo frío de la casa y luego por las escaleras de servicio era como dejar atrás su vida para siempre. Los adiestradores la arrastraron con firmeza por los pasillos escondidos, por donde solo se movía la comida. A lo largo del trayecto, pasaron junto a varias maidbots del palacio que se encargaban de la limpieza de los suelos. Ninguna se detuvo, ni mostró la menor curiosidad al ver pasar a la infanta desnuda y amarrada. Con los chips neuro espinales controlando cada uno de sus movimientos mecánicos, las androides biológicas continuaron con sus tareas automatizadas de espaldas a la escena, moviendo los brazos con un ritmo programado y vacío, tratándola exactamente como lo que ya era: un simple objeto más de inventario moviéndose por la zona de servicio.
Al salir, el cielo gris de Madrid alumbraba la valla de madera vieja y gastada por el sol y la lluvia. El adiestrador principal ya la esperaba en el centro de la pista redonda con una fusta de cuero largo en la mano. Al fondo del corral, las otras ponygirls ni se dieron cuenta de que ella había llegado. Siguieron trotando moviendo sus extremidades posteriores fuertes, hipertrofiadas y llenas de sudor, manteniendo un paso corto y seguido sobre la tierra, sin importarles lo que le estaba pasando al nuevo animal del establo.
El adiestrador amarró la cuerda de algodón a la brida que el animal mordía con desesperación. Con un movimiento rápido, hizo sonar la fusta en el aire con un ruido seco que asustó a la bestia. Luego, el látigo le rozó la parte de atrás de sus cuartos traseros desnudos, dejándole un ardor inmediato en el cuero bronceado.
—¡Arriba las rodillas, bestia! ¡A trotar! ¡Enséñame esa fuerza por la que estabas gimiendo en el granero! —gritó el hombre, jalando la cuerda para obligarla a avanzar.
Por culpa del jalón doloroso que el hierro le ponía en el hocico y por el miedo a que le pegaran con la fusta, la bestia dio su primer paso apurada sobre las piedras sueltas. El dolor en las patas la hizo tambalearse, pero el miedo la obligó a correr. Con las patas delanteras bien amarradas al lomo, el cuerpo inclinado hacia adelante para no caerse y la crin castaño oscuro suelta moviéndose con el viento, la ponygirl empezó a galopar con fuerza, apurando el paso para que la cuerda no se tensara de más. En ese momento, mientras el polvo de la tierra seca se le pegaba al cuero y el olor a madera vieja la rodeaba, se dio cuenta de que su vida cómoda se había terminado. Así como su hermana Leonor había terminado convertida en una meatgirl en un sucio críadero, ella se acababa de transformar en una ponygirl de tiro. Sin ceremonias, sin discursos, y sin ninguna forma de volver atrás.
El frío de enero en Madrid se metía como agujas en el cuero expuesto de la ponygirl. El sol de invierno apenas calentaba y el viento de la meseta soplaba con fuerza, levantando un polvo grisáceo que se mezclaba con el sudor helado que le corría por el lomo. Trotar en el carrusel de grava no era un ejercicio de unos minutos; era una tortura sin descanso. Las horas pasaban y el adiestrador no mostraba la más mínima compasión. Cada vez que la marcha de la ponygirl se hacía un poco más lenta por el cansancio, el chasquido de la fusta cerca de sus patas traseras la obligaba a espabilarse y a mantener el trote rítmico. Sus padres no se veían por ninguna parte de las instalaciones. No había reyes asomados a las ventanas del palacio ni miradas de preocupación desde los balcones. Estaba completamente sola con el ganado ecuestre.
A mitad de la tarde, el dolor en sus pies era insoportable. Las piedras afiladas de la grava ya le habían abierto pequeñas grietas en las plantas de los pies, y cada pisada se sentía como caminar sobre brasas. En esos momentos de pura agonía, mientras la saliva pastosa le resbalaba por la boca a causa del bocado de hierro, Sofía maldijo para sus adentros el momento en que se le ocurrió pensar en verse tan fuerte como su hermana Leonor. Maldijo la envidia que había sentido en el granero y la estupidez de haber querido experimentar el peso de los aparejos. Pero la brida le impedía gritar su arrepentimiento; solo podía emitir resoplidos nasales y jadeos pesados que el adiestrador ignoraba por completo.
Cuando el cielo gris dio paso a una noche cerrada y helada, el entrenamiento en la pista finalmente terminó. Sofía estaba temblando, con la musculatura de sus piernas acalambrada y tensa. El adiestrador tiró de la cuerda de algodón, obligándola a caminar con pasos torpes y rígidos hacia la zona de los corrales de almacenamiento. La ponygirl esperaba que al llegar allí le quitaran los arreos, que alguien le pusiera una manta o una toalla para cubrir su cuerpo desnudo del frío de la noche, o al menos que la soltaran para poder curarse las heridas de los pies. Pero en el establo de palacio no había consideraciones humanas.
Al mirar a su alrededor, vio cómo funcionaba el descanso de las otras hembras de tiro. Las ponygirls veteranas ya estaban en sus respectivos puestos, con los arneses de cuero todavía puestos y las cabezas gachas. El adiestrador llevó a la ponygirl hasta su argolla de sujeción en la pared de madera antigua. Pasó la soga de algodón por el anillo de hierro y la amarró con un nudo doble, dejando la cuerda tan corta y tan tensa que la testuz de la ponygirl quedó fija en una posición elevada. Intentó dar un paso atrás para estirar el cuello, pero el bocado de metal le lastimó las encías inmediatamente. Al estar atada de esa forma tan estricta, era físicamente imposible que pudiera agacharse o acostarse en el suelo de tierra seca.
El adiestrador colocó bajo su hocico un pesebre de plástico grueso desbordante de pienso vitaminado, una mezcla pastosa y densa diseñada por el veterinario jefe para la hipertrofia del tren posterior del ganado ecuestre. Sofía sintió una humillación atroz al ver la comida directamente allí, sin platos ni cubiertos, reducida a la escala de una bestia de establo; sin embargo, el dolor punzante en sus músculos agotados y un vacío animal en el estómago dispararon un hambre feroz que devoró de golpe cualquier rastro de dignidad principesca. Desesperada por recuperar energías y con las patas delanteras inmovilizadas a la espalda, estiró el cuello al límite de la cuerda y enterró el hocico de golpe en la masa tibia, mordiendo y tragando el alimento con una ansiedad salvaje, mientras el observador anotaba en su libreta la excelente palatabilidad y la dócil aceptación de la ración por parte del nuevo inventario. El frío de la madrugada madrileña se volvió casi insoportable, pero el agotamiento físico fue superior al dolor. Al igual que el resto de las ponygirls del establo, Sofía terminó rindiéndose. Con las extremidades anteriores fuertemente amarradas al dorso, la brida encajada entre los dientes y los cascos agrietados apoyados firmemente sobre la tierra batida, la nueva pieza de carga se quedó dormida de pie, balanceándose levemente en el mismo lugar donde la habían dejado.
Al amanecer, no hubo suavidad ni transición. El ruido de la fusta golpeando los tablones de la valla la despertó de golpe. El adiestrador desamarró la soga de la argolla y, con un jalón seco en el hocico, la sacó de nuevo al centro del carrusel de grava. Durante los siguientes días de enero, la rutina fue exactamente igual a esa primera mañana, tarde y noche: galopar hasta el límite del cansancio bajo el cielo frío, comer el pienso racionado que le ponían frente a los belfos y dormir parada en la oscuridad del corral. Su cuerpo empezaba a cambiar a la fuerza, y el dolor diario era el único recordatorio de que ahora era solo ganado de arrastre.
El viaje de la encomienda continuó su camino con la tosquedad habitual de la red ganadera. Al llegar al intercambiador, fui dejada como un animal abandonado en el soporte de la parada de Moncloa. Pasados unos minutos, llegó alguien del personal que me retiró del anclaje y me llevó al siguiente soporte, donde me quedé tiritando hasta que llegó el siguiente autobús. El nuevo conductor me trató peor que a la basura; mis temores aumentaron ante su brusquedad. Al arribar a la estación de Atocha, tiró de la soga con tanta violencia que me golpeó con demasiada fuerza contra el soporte de metal, marchándose de inmediato sin mirarme o disculparse por el maltrato que me dio, dejándome sumida en una dolorosa tristeza.
En la plataforma de Atocha, la custodia recayó en un señor mayor de la tercera edad. El hombre no paró de hablarme con un hilo de voz monótono mientras me trasladaba al siguiente anclaje dentro de la terminal ferroviaria. Cuando ya se iba, me miró y dijo en voz baja:
—Sé que parezco un imbécil hablándole a una estúpida meatgirl, pero me he dado cuenta de que a mi edad solo ustedes me ponen atención en este andén.
Un destello de alegría puramente humana me cruzó el pecho y deseé con todas mis fuerzas romper la mudez. Quería decirle al anciano que todo estaba bien y que me gustaba que me hablara; pero viajando como una meatgirl en una encomienda de transporte público, mis dudas y el terror a destruir la seguridad de la operación me obligaron a contenerme. No podía dejar que nadie descubriera que yo podía hablar, así que me contuve para no hablar con el amable abuelito y mantuve el hocico cerrado. El maquinista del tren de carga me metió dentro de otra jaula y el convoy arrancó.
El tren de carga viva completó el tramo y depositó la mercancía en la estación de enlace de Albacete, dejándola dentro del anclaje del andén. En ese momento, Leonor no lo sabía, pero las variables del sector de transportes iban a quebrar el itinerario: iba a pasar ahí las siguientes veinticuatro horas sola, desnuda, mirando a las personas ir y venir, como una res invisible para el flujo humano.
A la mañana siguiente, casi a las once de la mañana, llegó finalmente una mujer a recogerla. La empleada la arrastró con fuerza excesiva por los pasillos hasta la parada de autobuses regionales. Fue en ese instante cuando la bestia descubrió la razón por la que había pasado todo un día y dos noches en ese anclaje: la mujer debía recoger la mercancía el día anterior, pero se le murió un familiar y ese día fue el funeral. El conductor del autobús le dio sus condolencias a la mujer y procesó la carga tratando a Leonor a la patada, acomodando sus patas traseras en el maletero como el animal de carne que él miraba en ella.
Este conductor completó el trayecto interprovincial, dejándola en el soporte de anclaje de Santiago de la Ribera a eso de las cuatro de la tarde del sábado. Debido al cese de actividades por el fin de semana, nadie la fue a buscar hasta el domingo siguiente a eso de las ocho de la mañana. Sin decir una sola palabra, el militar inició la marcha a pie por el sendero lateral y la obligó a seguirlo de inmediato, manteniendo sus patas traseras firmes sobre el asfalto húmedo de salitre mientras avanzaban en silencio hacia la entrada de la academia militar. Después de alimentarla y aplicarle el enema en intendencia, la dejaron en otro anclaje en la plazoleta mayor de la base, donde pasó el resto del día y la noche bajo el viento helado y pegajoso de la costa, asumiendo una total y ciega sumisión animal ante la humedad del mar.
A la mañana siguiente, el toque de diana rompió el silencio de la base. Desde mi soporte, observé cómo los cadetes y profesores de la academia se formaron en líneas perfectas y pasaron revista a unos pasos de mi lomo desnudo. La disciplina militar operó con tal normalidad que nadie preguntó qué hacía ahí la meatgirl en el centro de la explanada. Cuando llegó el general Ordóñez, se situó ante el micrófono de la tribuna y comenzó su discurso formal.
—Les notifico que la princesa finalmente ha aparecido —declaró el general ante la formación— y tiene una muy válida justificación para su ausencia sin permiso. Les pido por favor que pongan total atención a la justificación que la cadete Leonor les dará en este momento.
El mando militar giró la cabeza y me miró fijamente al bastidor. Una mezcla de tensión y determinación me llenó los pulmones.
—Por favor, rompan filas y aproxímense a mí —les dije a mis compañeros con voz firme, sosteniendo la postura erguida—, el anclaje de meatgirls no me permite moverme de aquí.
Todos sus compañeros cadetes manifestaron una profunda sorpresa al escuchar la identidad institucional emanar del hocico de la res. A Leonor le tomó cerca de tres horas consecutivas contar toda la historia de principio a fin, detallando minuciosamente cada eslabón de la peripecia por la que había pasado como meatgirl en Almería y Villaverde, terminando con lo ocurrido los últimos días en que viajó como meatgirl de regreso a la academia de San Javier metida en las bauleras.
—Señor —interviniendo uno de los alumnos, dirigiéndose al podio—, ¿la tomaron por una meatgirl únicamente por estar desnuda en el baño de mujeres?
—¡Sí, así fue! —dictaminó el general Ordóñez, barriendo con la mirada al personal de la base—. ¡Por estar desnuda e inconsciente en el suelo del baño de mujeres! ¡Ese es un peligro real al que todas las chicas jóvenes como ustedes se pueden enfrentar en cualquier momento si vulneran las directrices de seguridad!
El general extrajo la llave de intendencia, liberó el anclaje que aprisionaba el pescuezo de Leonor y le entregó su traje de vuelo oficial. En ese instante, una cadete mujer dio un paso al frente con rigidez reglamentaria.
—Señor, pero si Leonor aún está registrada como meatgirl, tal como lo indican los códigos de barra en su cuerpo, las ordenanzas estipulan que ella debería seguir desnuda al menos mientras los códigos se borran, y usar el traje de vuelo solo cuando vaya a volar en cabina.
Leonor observó el relieve de tinta de sus muñecas y miró al general.
—Ella tiene toda la razón, Señor —asintió la princesa, asumiendo las reglas del entorno—. Sigo bajo el estatus ganadero.
El general le quitó de las manos el traje de vuelo, guardando la tela, y se volvió hacia el cuerpo de profesores y alumnos.
—Por favor, no cuenten nada de esto a la prensa hasta que Leonor sientan la confianza para decirlo libremente y... ¡vayan a clases!
En las aulas de navegación aeronáutica, yo era como cualquier otro estudiante, con la pequeña diferencia de que estaba desnuda y algo sucia por la pátina de los andenes. Al principio, tanto mis compañeros como yo nos sentíamos un poco incómodos porque me dejaban de lado en la mayoría de actividades sociales del comedor; el descontento inicial era evidente en la guarnición. Sin embargo, las variables cambiaron en las actividades deportivas. Al haber pasado siete semanas corriendo bajo el voltaje de Almería, mi estructura muscular se había transformado en pura fibra: ahora yo era la más rápida corriendo y siempre llegaba en primer lugar.
A poca distancia de la meta, mientras recuperaba el aliento con el costillar latiendo con fuerza, mis oídos captaron la charla tranquila de dos jóvenes compañeros de la academia que observaban mis zancadas desde la valla.
—Mira la densidad de sus patas traseras —comentó el chico, con un tono de asombro desapasionado—. Está increíblemente bien formada y fuerte. No tiene nada que ver con la chica débil que era antes de noviembre. El castigo de la granja la convirtió en pura fibra muscular útil.
—Es desesperante —respondió la chica, con una voz cargada de molestia—. Yo era la mejor en todas las competencias de atletismo y ahora ese estúpido animal me hace ver como una tortuga en la pista. No hay forma de competir contra su velocidad.
—Es verdad —admitió el chico, bajando la voz con un matiz de tristeza—. El procesamiento animal la mejoró muchísimo físicamente; el sistema la rediseñó por completo. Pero da escalofríos mirarla de cerca... Perdió toda su humanidad. Ya no hay nada de Leonor en ese cuerpo.
Mi paso por las pistas se volvió un gran espectáculo visual para la base: ver correr a la “heredera” desnuda, con sus enormes tetas de meatgirl rebotando espectacularmente a cada zancada, siempre llamaba la atención de oficiales y alumnos. Una extraña alegría de rendimiento físico me cruzaba el lomo al cruzar la meta. Por las noches, pasaba mi tiempo de estudio en la biblioteca; al concluir el horario de lectura, el suboficial me guiaba de regreso a la plazoleta, ya que como meatgirl debía “dormir” en el soporte de anclaje a la intemperie.
Al principio, mis compañeros y compañeras le reclamaban al general Ordóñez por obligarla a dormir como un pedazo de carne en la intemperie, inundados de una profunda tristeza al ver mi sumisión nocturna. Sin embargo, todos tuvieron que aceptar que hay cosas en las leyes sobre el uso correcto del ganado comestible que no se pueden cambiar. Y mientras siguiera registrada como meatgirl, me debían tratar al menos como meatgirl por las noches.
Algunos de los cadetes se aproximaban al soporte de armas para llevarme una toalla o algo más cálido para que no pasara frío por las noches, buscando aliviar mi lomo bajo el invierno. Pero “Leonor” rechazaba las tollas, manteniendo una inquebrantable aceptación de las ordenanzas cárnicas.
—Ese tipo de misericordia es mala, cadetes —les advertí desde la penumbra del poste—, y ustedes terminarían sintiendo misericordia por todas las meatgirls del mercado. Por doloroso que suene, las meatgirls somos ganado comestible y no necesitamos la misericordia de nadie. Como futura “reina”, yo debo dar el ejemplo de las reglas, aunque me esté muriendo de frío por las noches bajo las estrellas.
Los y las cadetes sentían que el temple y valor de Leonor en esas circunstancias sobrepasaba lo que cualquier persona esperaría de la princesa heredera de España y que ella no merecía pasar por esa calamidad solo porque dos idiotas no revisaron la identidad de la prisionera que debían enviar a la granja para que la registraran como meatgirl. Para ellos era horrendo tener que ver a la futura reina de España registrada como meatgirl y no poder hacer nada para remediarlo, aunque querían poder hacer algo por mínimo que fuera.
En el transcurso de un par de semanas, la guarnición militar de la Academia General del Aire asimiló por completo la anomalía de la cadena de suministro. El cuerpo de cadetes se habituó a la presencia diaria de su compañera, desnuda y sujeta al estatus reglamentario de meatgirl. La mayor transición procedimental se ejecutaba durante los pases de lista: al comenzar las actividades del alba o al concluir la instrucción vespertina, Leonor debía reincorporarse de forma obligatoria al bastidor de sujeción de la plazoleta mayor.
Su nutrición quedó restringida al fluido calórico estandarizado que el sistema dispensaba para el ganado de suministros. Mientras tanto, en el comedor de la base, el rancho diario se había convertido en un suplicio psicológico para el resto de los cadetes. Sentados frente a sus bandejas, los jóvenes pilotos contemplaban con náuseas los trozos de carne cocida en sus platos; les resultaba imposible morder el músculo y la fibra sin proyectar de inmediato el lomo y la paleta desnuda de su compañera bajo el viento de la costa. El horror se masticaba en silencio en cada mesa al comprender la paradoja del sistema: la ley les ordenaba tratarla como a una bestia estúpida de consumo, pero pocas horas antes esa misma res se había sentado en el aula con ellos, superándolos a todos en los exámenes técnicos de aviación con una inteligencia impecable.
Sin embargo, la supervivencia en la guarnición terminó por imponer su propia lógica militar. Con el paso de los días, los cadetes aprendieron a racionalizar el horror para proteger su propia cordura. Entendieron que el trote diario en el carrusel de grava no era un castigo individual, sino el estándar de un código de barras.
Pasaron dos semanas completas y el tiempo dejó de tener sentido para la ponygirl. En algún punto de esos catorce días de trote continuo bajo el frío de enero, su mente simplemente se apagó; como decían los adiestradores en el establo, “su cabeza se había ido a pasear”. Ya no había pensamientos en ella, ni recuerdos de su vida en Portugal, ni planes para el futuro. Su cerebro se había esfumado, quedando reducido a un vacío que solo reaccionaba a los estímulos del dolor y del movimiento mecánico. Ella seguía girando en el carrusel de grava, golpe a golpe, pisada tras pisada, con las patas ya endurecidos por la fricción del suelo.
Las marcas en su lomo y en sus patas trasera se contaban por docenas. El roce constante del arnés de cuero grueso le había dejado costras y zonas vivas en el cuero, pero el cuerpo se estaba adaptando a la fuerza a la brutalidad del establo. Dormir parada, atada con la cuerda corta a la argolla de la valla de madera vieja, se había vuelto algo completamente normal. Trotar sin parar durante horas ya no le parecía nada del otro mundo. En los corrales de almacenamiento, ella ya no se comparaba con las otras ponygirls, ni buscaba su aprobación; ya no se veía a sí misma como la hija del rey. Para su mente totalmente agotada, ella era solo un animal más en la cuadra de tiro dócil destinada a gastar sus fuerzas en la tierra seca.
Una mañana de febrero, el adiestrador se acercó a su puesto y, en lugar de engancharla a la cuerda del carrusel, la alejó de la pista redonda. A la ponygirl no le importó el cambio; su mirada seguía fija en el suelo y su testuz colgaba baja y mansa. Nadie le decía nada, nadie le daba explicaciones. A través del silencio que la brida de hierro le imponía entre los belfos, ella había entendido por fin la lección más dura del establo: ahí dentro ella no era nada. Solo era otro animal estúpido propiedad de la Corona, y muy probablemente, la más estúpida de todas las bestias del palacio por haber deseado estar ahí por pura envidia, metida entre las ponygirls de verdad.
La llevaron a un cobertizo lateral y la colocaron delante de una carreta pequeña de madera. Dos adiestradores le ajustaron los tirantes de cuero rústico sobre el pecho y el dorso, asegurando los enganches metálicos. La carreta estaba cargada con dos pacas grandes de heno que abultaban bastante, y encima del pescante se subió el adiestrador principal, fusta en mano. El hombre la hizo tirar del carruaje por primera vez, obligándola a mover todo ese peso utilizando únicamente la fuerza de sus patas.
Aquel primer día la hicieron trotar y galopar hasta completar diecisiete kilómetros sin descanso dentro de la enorme propiedad boscosa del palacio de la Zarzuela. Delante de ella, abriendo el camino por los senderos de tierra y piedras, iban otras ponygirls que cargaban carretas mucho más pesadas, con más del triple de la carga que llevaba Sofía. La nueva ponygirl no tenía permitido detenerse por iniciativa propia; la fusta restallaba en el aire cada vez que el ritmo bajaba. Solo cada cierta cantidad de vueltas al circuito del palacio, el adiestrador tiraba de las riendas para frenarla un momento, permitiendo que bebiera agua de un cubo y metiéndole un puñado de pienso entre los belfos para mantener su energía alta. Al tener prohibido agacharse y con el amarre impidiéndole sentarse, el espécimen realizaba sus necesidades fisiológicas parada como las otras ponygirls, soltando los desechos biológicos directamente sobre las piedras sueltas en pleno galope o durante las pausas breves, acumulando el desecho en la pista sin interrumpir la inercia del entrenamiento.
Durante las siguientes dos semanas, esa se convirtió en su nueva y estricta rutina: tirar de una carreta con el peso de un hombre y dos pacas de heno, arrastrando las patas por los caminos helados de Zarzuela desde el amanecer hasta que caía la noche. Su cuerpo, sometido a ese arrastre diario, empezaba a cambiar de forma drástica; la grasa desaparecía y los músculos de sus patas traseras comenzaban a hincharse y a endurecerse como la fibra de las bestias que tanto había admirado semanas atrás en el granero.
El invierno finalmente quedó atrás y la primavera de marzo empezó a sentirse en los terrenos del palacio. La neblina fría dio paso a días más largos y claros, pero para la ponygirl el cambio de estación no significó ningún alivio; el entrenamiento se volvió todavía más exigente. Cada dos semanas exactas, los adiestradores añadían una paca más de heno a la parte trasera de la pequeña carreta de madera. Tres pacas, cuatro pacas, cinco pacas; para ella era exactamente lo mismo. El peso extra en el carruaje ya no le importaba, no le ponía ninguna diferencia en su mente vacía. Ella no medía el esfuerzo ni contaba la carga; simplemente doblaba el torso hacia adelante, afirmaba las patas endurecidos contra el suelo y tiraba. Su mundo entero se había reducido por completo a eso: tirar de la carreta, mover el peso, aguantar la fusta y avanzar por los senderos de Zarzuela. No había nada más allá de las correas de cuero que le apretaban el pecho y el bocado de hierro que le enfriaba los belfos. Ella solo estaba ahí para tirar, convertida en una herramienta viviente de arrastre.
A comienzos de ese mismo mes de marzo, la rutina cambió de golpe sin previo aviso. Una mañana, mientras estaba atada en su puesto de la valla, sintió cómo unos operarios del establo se acercaban a su testuz. Sin quitarle la brida, le colocaron una venda de tela negra y gruesa alrededor de los ojos, dejándola en una oscuridad absoluta. Inmediatamente después, la hicieron caminar a ciegas, guiada únicamente por el tirón seco de la cuerda en su hocico, hasta que la colocaron en paralelo junto a otra ponygirl de la cuadra. Ella no sabía en qué parte de la propiedad estaba, ni hacia dónde la estaban llevando, pero la verdad es que eso ya no tenía la menor importancia para ella. Ya no le causaba miedo ni curiosidad; ella solo era una ponygirl más de los establos de la Zarzuela, una bestia mansa que obedecía sin pensar.
Los hombres engancharon los tirantes a un carruaje nuevo. Por el esfuerzo que tuvo que hacer en su primer tirón, la ponygirl entendió que se trataba de una estructura mucho más pesada de lo habitual, una que requería obligatoriamente que dos animales de tiro unieran sus fuerzas para poder moverla. La fusta restalló al mismo tiempo sobre sus cuartos traseros y la pareja de ponygirls comenzó a trotar a ciegas. Tras avanzar un largo trecho, unos sonidos extraños que llegaban a sus orejas la despertaron del letargo en el que vivía. El silencio habitual de los parajes de Zarzuela desapareció, siendo reemplazado por ruidos que su mente casi había olvidado. Podía escuchar el rugido constante de motores de camiones, el chirrido de frenos, pitidos y un murmullo enorme de voces de personas que caminaban cerca.
A través de sus orejas atentas, la ponygirl entendió que la habían sacado de los terrenos del palacio y la habían llevado directamente al centro de la ciudad de Madrid, junto con la otra hembra de la cuadra. El adiestrador las hacía girar y avanzar entre las calles ruidosas, probablemente para acostumbrarlas al estrépito del tráfico, a las aglomeraciones y a las sorpresas del entorno urbano, asegurándose de que no se espantaran ni rompieran filas en el futuro, cuando les tocara tirar de los carruajes reales en los desfiles militares de la Corona. Pero la verdad es que a ella todo aquello le daba exactamente lo mismo. El bullicio de la ciudad pasaba a su alrededor como un eco lejano que no significaba nada. Apenas sí era consciente del golpe seco de la fusta que el adiestrador le asentaba en las nalgas o en el lomo cuando bajaba el ritmo del trote; el dolor físico se había vuelto un viejo conocido que ya no la hacía reaccionar con rabia, sino con sumisión. Ella solo era un animal estúpido que obedecía ciegamente al menor movimiento de la rienda.
Al caer la noche, el carruaje regresó a las instalaciones del palacio. Los operarios desengancharon los tirantes de los posteriores de las dos hembras y le quitaron la venda de los ojos a la bestia para proteger la salud de sus córneas antes de dejarla en el corral. La llevaron hasta su argolla en la valla de madera antigua, amarraron la soga de algodón muy corta y la dejaron en su corral de almacenamiento, sumida en la oscuridad. A la mañana siguiente, y durante las mañanas siguientes de marzo, la rutina se repitió de la misma manera: trotar horas y horas por el asfalto ruidoso sin ver absolutamente nada, guiada solo por el hierro en sus belfos y el azote en sus cuartos traseros. Esa era la “vida” real de una estúpida bestia de tiro en los establos reales, y su cuerpo seguía ensanchando los músculos de las piernas para soportar la carga urbana en plena primavera.
La ponygirl ya no sabía si era marzo o abril; el tiempo se había borrado por completo de su cabeza gastada. Lo único que registraba su cuerpo era que el aire de la meseta se volvía más denso y el calor aumentaba cada día que pasaba, haciendo que el sudor le empapara la crin pegajosa desde muy temprano. Ella siguió emparejada con la otra ponygirl durante un tiempo, trotando a ciegas por las calles ruidosas, hasta que una mañana la rutina cambió por completo. Los adiestradores la llevaron al cobertizo de aparejos y le soltaron las amarras de las extremidades anteriores. Por un segundo sintió el alivio de la libertad, pero no duró nada; de inmediato, le jalaron las patas delanteras hacia atrás con rudeza y se los amarraron firmemente en forma de equis, fijándolos contra las paletas y la parte alta del lomo. Justo después, sintió una estructura de cuero rústico y metal muy pesada que le fue ajustada a la fuerza alrededor del cuello y por debajo de las tetas del animal.
No pasó ni un momento cuando sintió una presión tan brutal que pensó que la cadera se le iba a romper en dos. Una fuerza tremenda la jaló hacia su izquierda con violencia, obligándola a afirmar las atas contra el suelo para no irse de lado. En cuanto logró estabilizar el equilibrio de su cuerpo, notó que algo muy grande, ancho y pesado se había montado directamente sobre su lomo. La ponygirl no tenía la menor idea de qué era aquello que la aplastaba, hasta que escuchó el chasquido del cuero y sintió el golpe seco de la fusta directo en sus nalgas. El dolor encendió una chispa en su memoria dormida y le trajo un recuerdo de su vida pasada: el recuerdo de que ella misma, cuando vivía en el palacio como una humana, solía divertirse montando al lomo de las ponygirls de la familia. Sin ninguna duda, aquella era su primera monta con jinete encima. Pero como seguía completamente vendada, la tela negra no le dejaba ver absolutamente nada de lo que pasaba a su alrededor; solo podía agachar la testuz, morder el bocado de hierro con belfos temblorosos y esperar las órdenes de la rienda.
A unos metros de distancia, junto a la baranda de madera del corral, el rey Felipe y el coronel Rivas observaban fijamente la escena, evaluando el comportamiento del animal de tiro.
—¿Seguro que está lista para que la monten, Coronel? Ese hombre se ve muy pesado sobre su lomo —preguntó Felipe, mirando con ojos serios el esfuerzo de su hija menor.
—Majestad, la ponygirl ya es capaz de tirar de una carreta de quinientos kilos sola y sin ninguna ayuda —respondió el coronel Rivas, señalando con orgullo la anatomía de la bestia—. Mire las patas trasera; debido al arrastre diario, ya son el doble de gruesas y fuertes de lo que eran al ingresar. Y mire las patas delanteras y los pectorales; el músculo se ha duplicado por completo. Su base ósea ha respondido perfectamente al adiestramiento. Está más que lista para la carga directa.
Felipe se quedó en silencio, contemplando cómo el adiestrador acomodaba las riendas y le asentaba un fuerte azote en los cuartos traseros a la ponygirl. Al sentir el castigo, el animal no protestó ni intentó corveta; simplemente agachó el lomo, dobló las rodillas con fuerza y comenzó a galopar a toda velocidad montaña arriba. El rey miró fijamente cómo la ponygirl galopaba y galopaba sin detenerse, mostrando una potencia impresionante en cada zancada descalza, hasta que su silueta y la del jinete terminaron por desaparecer por completo entre la espesura del bosque de la Zarzuela.
El impacto de esa primera monta caló hondo en el instinto de la ponygirl. Mientras avanzaba montaña arriba, sintiendo cómo las patas se le enterraban en la tierra suelta del bosque, una profunda sorpresa la despertó del letargo mental. Le costaba procesar que su propio cuerpo fuera capaz de correr a esa velocidad llevando semejante peso muerto fijado al lomo. Ese esfuerzo brutal encendió algo en su cabeza y, por primera vez en semanas, empezó a recordar y a conectar las sensaciones que le habían estado llegando de manera mecánica todo el tiempo que estuvo tirando de las pacas de heno. Su mente, totalmente transformada por la disciplina del establo, comenzó a estructurar pensamientos bajo su nueva realidad de bestia de carga: se preguntaba a sí misma cómo había logrado subir el nivel de esa manera, cómo era posible que pudiera cargar a ese humano sobre el lomo si ella era solo una ponygirl ordinaria, convencida todavía de que jamás sería tan fuerte como las verdaderas bestias de tiro del establo principal. Con ese pensamiento fijo en la testuz, sintiendo el sudor correrle por los pectorales, continuó trotando a ciegas el resto de la jornada.
Separaron el cuerpo de su compañera del alimento de sus bandejas mediante una fría matemática de almacenamiento: lo que masticaban en el rancho provenía de las subastas masivas de Almería, lotes de desecho comunes sin rostro ni nombre de pila. “Leonor”, en cambio, era un suministro exclusivo, una mercancía legalizada a nombre del rey con un código QR único asignado a San Javier. Ella no estaba en sus platos porque su fibra muscular era demasiado valiosa para el consumo general de la base. Una vez que asimilaron que el inventario no se mezclaba, la piedad inútil se transformó en una rutina desapasionada: el animal de la pista siguió siendo un objeto de estudio, y la carne de la bandeja volvió a ser, simplemente, la cena diaria.
Para la comunidad académica, la práctica se normalizó con tal fijeza que el entorno experimentaba una evidente incomodidad las pocas veces que la “princesa” debía revestirse con el mono militar de vuelo para las maniobras en cabina, o cuando los turnos de guardia alteraban su pernocta en el anclaje exterior. Según las previsiones fitosanitarias de la Planta de Villaverde, las marcas del marcaje animal debieron haberse reabsorbido a inicios de marzo; sin embargo, las series numéricas y los códigos de barras continuaban nítidos sobre la dermis, como si no se fueran a borrar nunca. Tras un informe técnico del general Ordóñez al rey Felipe, una comisión investigó el tipo de tinta. El dictamen pericial determinó que la planta de procesamiento animal de Villaverde había empleado una variante de tinta muy especial, estimando un periodo de permanencia de entre diez y veinte años antes de que los códigos desaparecieran por completo de la piel de la “heredera”.
El veredicto de la tinta me hundió temporalmente en un hondo abatimiento. Sentía un descontento en el pecho al mirarme las muñecas y los tobillos, asimilando que esas marcas me acompañarían durante el resto de mi vida. Sin embargo, transformé esa preocupación en una fría determinación logística y le solicité a mi padre una rueda de prensa en San Javier. Ya no tenía miedo por mí, sino por lo indefensas que estaban las demás; mi meta era que el trámite para mandar a una criminal al matadero fuera súper estricto. No quería que en el futuro otras chicas inocentes, o mi propia hermana Sofía, terminaran atrapadas en una jaula por un estúpido error de papeleo. El general Ordóñez extendió las citaciones a todos los involucrados: los oficiales de justicia, el dueño de la granja, el administrador de la distribuidora de carne y el dueño de la carnicería, flanqueados por políticos, jueces y otros generales y almirantes.
El día de la audiencia, el protocolo no se interrumpió. Había pasado toda la noche anclada en el soporte de la plazoleta y, en lugar de recibir la liberación matutina, la intendencia me mantuvo fija en la barra de anclaje mientras los periodistas se preparaban para la rueda de prensa. Aunque mi epidermis ya presentaba una fina capa de cabello y vello púbico, el código de barras del registro era demasiado visible, casi como nuevo. Sostenía la postura erguida con una sombría aceptación de mi condición, no sin antes percibir el murmullo de los invitados. Ninguno de los corresponsales reparaba en que la meatgirl del soporte era la “Princesa de Asturias”; para los medios, solo era una pieza ordinaria expuesta en el patio de armas.
Dos de los invitados especiales —el dueño de la granja de cría y el concesionario de la carnicería de alta gama— se aproximaron al bastidor central antes de la apertura de los micrófonos. Al ver a la chica de carne, se acercaron a ella y empezaron a hablar del animal delante del animal. Ninguno de los dos notó que la meatgirl en el anclaje era la “princesa Leonor”, pero igual seguían hablando de ella y manoseando su carne.
—Mire la firmeza de este lomo —comentó el dueño de la granja de cría, hundiendo los dedos con desparpajo en la piel húmeda por el bochorno primaveral—. La textura de la paleta está impecable; este brote de pelo corto demuestra la maduración biológica del ejemplar. Se nota que el lote viene de un régimen de marcha forzada de alta velocidad.
—Es un ejemplar excelente —coincidió el concesionario de la carnicería de alta gama, deslizando su mano por los muslos para medir la densidad de las patas traseras—. Esta fibra muscular no acumula grasa; el aire salino de la costa ha limpiado el tejido por completo. Es el estándar exacto que exige el mercado en primavera para el corte de primera categoría. Da gusto ver un producto tan dócil y bien administrado.
Continuaron evaluando la anatomía expuesta con esa fría familiaridad de mercado hasta que el general Ordóñez intervino, anunciando que daría comienzo a la rueda de prensa.
Sentados en la primera fila de ponentes, los dos oficiales de seguridad penitenciaria de Albacete esperaban con total tranquilidad, ajenos a la gravedad de la situación. Sus camisas corporativas lucían impecables; verse citados ante la cúpula judicial y la mirada severa del rey Felipe no les generaba ninguna alarma. Clavaron la vista en el soporte de anclaje, convencidos de que los habían llamado a la base militar solo para un trámite de rutina: firmar el papeleo y recoger a la meatgirl que miraban allí amarrada para trasladarla a su jurisdicción. Aguardaban el inicio del acto con la confianza ciega de quien simplemente cumple con su trabajo como debe ser.
Los periodistas y las delegaciones judiciales tomaron sus lugares en el ala norte del hangar. El general dio inicio al acto dando una pequeña reseña del tema y luego le dio la palabra a Leonor. Los invitados especiales y los periodistas se quedaron completamente confusos cuando la meatgirl tomó el micrófono y empezó a hablar, presentándose formalmente como la princesa Leonor de España. Procedió a contar con lujo de detalles la experiencia de su asalto y el error de inventario que la llevó a quedar registrada contra su voluntad como una meatgirl.
Cuando terminé de contar minuciosamente lo que me había pasado, el general Ordóñez tomó la palabra y les pidió a los oficiales de justicia de Albacete que explicaran cómo y por qué la habían confundido.
El silencio en el hangar se volvió aplastante. Los dos hombres se pusieron de pie, con las piernas temblando y un sudor helado que les empapó el cuello de las camisas. El pánico a ser fusilados allí mismo por traición o terminar en un calabozo de por vida les paralizó la garganta, obligándolos a soltar una explicación burda, atropellada y escueta.
—Nosotros... nosotros solo leímos el código del baño público, mi general —tartamudeó el primero, con el rostro espásticamente ruborizado—. La orden de traslado decía que el producto estaba en ese cubículo. Estaba calva, no tenía papeles y encajaba en el stock de desecho.
—Cumplimos el trámite de carga automática —agregó el segundo con una voz rota, parpadeando con terror ante la mirada de piedra del rey Felipe—. El sistema validó el escaneo en el furgón. No verificamos el rostro porque el software no arrojó alertas de identidad. Omitimos... omitimos la revisión manual de las marcas. Pensamos que era el animal asignado y listo.
Sus balbuceos dejaron claro ante todo el hangar que habían omitido cualquier procedimiento básico de seguridad para identificar correctamente a la delincuente convicta, guiándose como idiotas por pura inercia de oficina.
A continuación, el general le dio la palabra al dueño de la granja de Almería.
—Mi función es cumplir la pena convirtiendo a las criminales en producto —declaró el granjero de forma escueta y con total tranquilidad—. Es la corte quien debe asegurar que a mi muelle llegue el ganado correcto. Una vez en las instalaciones, para mí no hay diferencia entre una chica culpable o una chica inocente; todas son simplemente mercancía y operan bajo las mismas reglas de producción.
El administrador de la distribuidora de Villaverde Alto asumió el micrófono, aportando un poco más de léxico técnico con la misma complacencia del deber cumplido.
—En nuestra empresa solo se procesa mercancía registrada —explicó el administrador—. Cuando los lotes llegan a la planta, si alguna de las piezas no es un clon o una delincuente, a nosotros nos da igual; en la distribuidora solo vemos ganado que debe ser procesado en la línea de pelado químico y marcaje animal. Nuestra única preocupación es que el tonelaje coincida.
El carnicero de Madrid cerró el turno de los proveedores con una mezcla de neutralidad comercial y amarga desesperación.
—¿Cómo puedo saber yo quién es una persona normal si a mi local llegan las piezas ya registradas como producto? —declaró el comerciante con la voz rota, encogiéndose de hombros ante el tribunal—. Mi trabajo es vender carne y eso es lo que hago para mantener a mi familia. No sé cómo revisar si son o no realmente delincuentes los animales que me envía la distribuidora. Yo solo recibo el stock y coloco los cortes en el mostrador gourmet. Ahora, por culpa de un papeleo que se hizo mal meses antes de que la mercancía tocara mi muelle, voy a perder mi licencia y mi negocio se va a la mierda. Yo soy el último de la fila; yo no rompo las reglas, solo pago los platos rotos de los burócratas.
La princesa Leonor tomó la palabra nuevamente, fijando sus ojos desprovistos de cejas en la delegación del Gobierno.
—Esta rueda de prensa no la solicité para señalar culpables —precisé, sosteniendo el micrófono inalámbrico con firmeza bípeda—. Solo deseo que conozcan mi caso y para decirle a mi padre públicamente que abdico a mi deber como princesa de España y le...
En ese preciso instante comenzó un gran alboroto en el hangar, incluyendo al rey Felipe, quien se levantó manifestando de forma tajante que no iba a aceptar la dimisión de su “primogénita”. Cuando las delegaciones se calmaron, Leonor desglosó el fundamento legal de su postura ante los tribunales.
—El registro impreso en mi piel me convierte en mercancía, que ante la ley soy un animal comestible —argumenté, sintiendo una profunda tristeza por la rigidez de las reglas del mercado—. Cuando me registraron perdí mis derechos, porque los animales comestibles no tenemos derechos. No puedo heredar por ser un animal sin derechos y, además, en la granja me extrajeron la totalidad de mis óvulos, por lo que nunca podré tener descendencia.
El granjero de Almería de inmediato se incorporó en su asiento, aportando una aclaración a la planilla del debate.
—Es cierto que le extraje los óvulos —reveló el criador—. Sin embargo, las muestras biológicas permanecen a salvo, identificadas y criogenizadas. Cuando desee tener herederos, le daré todos los óvulos que necesite para procrear descendencia dinástica.
A su vez, el nuevo Presidente de España tomó la palabra para defender la legitimidad de la Corona ante las agencias de prensa.
—Usted fue registrada por la incompetencia de un par de imbéciles —sentenció el jefe del Ejecutivo—. Llevaré el caso hasta las últimas instancias legales en España, pero usted no puede renunciar a su cargo, deber y obligación. Además, al hacer esto demuestra el gran valor que tiene para aceptar una condición impuesta contra su voluntad que la ha perjudicado gravemente por culpa de ese par de idiotas. Siga estudiando en la academia; para su graduación tendré esto resuelto, pero usted sigue siendo la heredera de España y más ahora que le han hecho esto violando sus derechos constitucionales.
El general Ordóñez dio por finalizada la rueda de prensa oficial. Como Leonor estaba atrapada en el soporte para ganado, siguió respondiendo algunas preguntas de los periodistas que se retrasaban, hasta que el general les informó a los reporteros que debían retirarse del hangar para que el rey Felipe regañara en privado a su meatgirl Leonor. Desde la distancia de las vallas de seguridad, la prensa observaba al rey agitando un dedo en la cara de la meatgirl Leonor y ella ponía una expresión de disciplinado abatimiento, con cara de querer llorar por la tensión acumulada.
—Ya se fueron, papá —anuncié en voz baja, relajando los músculos de mi lomo una vez que los periodistas finalmente abandonaron los hangares.
Mi padre bajó la mano y miró a nuestro alrededor, esbozando una sonrisa de profunda aprobación y complicidad familiar.
—¡Tu plan salió mejor de lo que yo esperaba, Leonor! Todo el gabinete, los jueces y los diputados están en contra de que renuncies por la incompetencia de esos imbéciles. El aparato político se ha alineado con la Corona.
Mi padre avanzó hacia el soporte, me dio un beso en ambas mejillas y me dio las buenas noches conforme a la rutina de palacio. Me quedé fija en mi anclaje de la plazoleta, entregándome a una fría aceptación de las ordenanzas de la base. En la quietud de la noche de Murcia, mis dudas se concentraban en el porvenir; deseaba con todas mis fuerzas que el sistema me diera el derecho de volver a utilizar ropa, lo que me haría muy feliz, y si no, que por lo menos me indultaran definitivamente para no estar siempre en peligro de ser devorada por cualquier persona del reino.
El general Ordóñez da inicio a los actos protocolarios en la plaza principal de la academia militar bajo el sol de finales de mayo. Tras los acordes reglamentarios del himno nacional, y justo antes de que se inicien los discursos de orden, el Presidente de España toma la palabra. Dirige hermosas palabras a los cadetes que se gradúan ese año; luego, aferra el micrófono inalámbrico y se desplaza con paso firme hasta el bastidor de sujeción donde se encuentra la “princesa”. Con absoluta frialdad institucional, el mandatario procede a leer el decreto oficial de la intendencia:
—Por dictamen del Ejecutivo, “Leonor” deberá permanecer como mercancía registrada y propiedad del Estado español hasta que los códigos de barras desaparezcan completamente de su cuerpo. Solo entonces podrá volver a ser una persona y tendrá el derecho de volver a utilizar ropa. Como “heredera”, ella debe cumplir todos sus deberes dentro de España, pero por su seguridad no podrá cruzar las fronteras internacionales mientras sea un producto registrado. Asimismo, se indica que, por decisión de la Suprema Corte, solo puede viajar utilizando el servicio de envío de ganado de la empresa nacional de encomiendas del transporte público.
El Presidente clava la vista en los micrófonos y lanza el remate final ante la multitud:
—A partir del momento en que la planta de procesamiento animal de Villaverde —la misma que la registró en un inicio— le imprima en la piel el texto que dirá “¡INDULTADA!“, en ese preciso instante ella dejará de estar en peligro de ser un animal comestible. Quien intente dañarla de cualquier forma a partir de ese segundo, se enfrentará a un pelotón de fusilamiento sin juicio previo.
El rey Felipe avanzó hacia el soporte de hierro, conteniendo la rigidez de la etiqueta, y procedió a entregar la banda y la medalla del Ejército del Aire a la meatgirl Leonor de España. Los actos oficiales terminaron y las delegaciones se retiraron a otra ubicación. La reina Letizia, la infanta Sofía y el monarca se quedaron unos instantes con la princesa, quien no podía separarse del anclaje en el cual debía permanecer hasta ser enviada de regreso a Zarzuela en Madrid por medio de la empresa de encomiendas.
Esa tarde, mis excompañeros cadetes se aproximaron en orden para tomarse fotos conmigo frente al poste de hierro y se despidieron de mi de la bestia enjaulada. Cuando la plaza finalmente se vació y me quedé completamente sola en la plazoleta dentro del anclaje del soporte, una inmensa alegría y una tranquila aceptación me aliviaron el lomo al analizar lo señalado por el Presidente de España; di gracias a Dios porque, por lo menos, me iban a indultar y sería libre del horrible temor de ser comida en cualquier momento en los años venideros. Mis antiguos temores de terminar en el horno de una familia se disiparon en la penumbra.
A varios kilómetros de allí, en los laboratorios médicos anexos a las caballerizas reales, los reyes Felipe y Letizia se encontraban reunidos a puerta cerrada con el veterinario jefe de la guardia real, quien sostenía varios frascos de cristal etiquetados con códigos de control.
—Miren, Majestades, estos son los estimulantes anaeróbicos de alto rendimiento que se le han estado administrando diariamente a la infanta junto con las raciones de pienso —explicó el veterinario, señalando los compuestos con un bolígrafo—. Todas las ponygirls que nos llegan de la fábrica de clonación ingresan ya con una estructura muscular base idéntica a la que ella tenía al llegar el primer día. Sin embargo, para poder igualar la musculatura del pedazo de carne de la princesa Leonor, a su ponygirl todavía le falta, por lo menos, otro mes completo de adiestramiento intensivo y de anaeróbicos alimenticios en la comida.
Felipe volteó a ver a Letizia con una expresión muy seria y el ceño fruncido, visiblemente molesto por la lentitud del proceso de igualación física entre sus dos hijas. La reina, cruzando los brazos, intervino analizando las palabras del técnico.
—Si entiendo bien todo esto, el tratamiento de ella en el palacio es diferente al que recibió Leonor en Albacete —dijo Letizia con voz analítica—. En las granjas de carne fortalecen la musculatura, pero los fármacos industriales que usan allá son para aumentar la masa visible más que la fuerza real. Entonces, ¿Leonor no es tan fuerte como aparenta?
El veterinario jefe sonrió levemente de forma profesional y negó con la cabeza antes de responder.
—Majestad, el pedazo de carne es sumamente fuerte. Una sola patada de ella en los corrales de Villaverde, y perdónenme la expresión tan tosca, pero… le puede romper el cráneo a cualquiera de una patada. El pedazo de carne es ágil, fuerte y rápida. La diferencia real es que los fármacos diseñados para el lote de las ponygirls de palacio están estructurados de una forma completamente distinta: se enfocan en la fuerza pura de arrastre y en la resistencia del lomo, no en la musculatura excesiva e inflada que se busca en las meatgirls de consumo. Si lo que ustedes quieren es que ambas hermanas se vean igual de masivas y fuertes al ojo público, necesitamos un mes más de margen, por lo menos hasta finales de junio.
Felipe se dio la vuelta, asimilando el informe técnico y tomando la decisión final.
—Bien, que así sea entonces —dijo el rey, mirando fijamente al veterinario y luego a su esposa—. Mandaremos la orden de mantener a Leonor otro mes más en la granja de crianza de Almería. Para cuando vuelva en junio a la Zarzuela, quiero asegurarme de que las dos se vean exactamente igual de fuertes en los establos.
El mes de mayo entró de lleno en la meseta de Madrid, trayendo consigo un calor seco que evaporaba el rocío de la mañana mucho antes de que el sol terminara de salir. En los senderos boscosos de la Zarzuela, el polvo se levantaba en nubes densas con cada pisada de la ponygirl, pero para ella las estaciones ya no significaban nada más que la temperatura en el cuero. Su rutina no se detuvo ni un solo día. Cada mañana, tras tragar con avidez la ración de pienso mezclada con los estimulantes anaeróbicos que el veterinario le administraba, la tela negra volvía a cubrir su testuz y los tirantes de cuero rústico se ajustaban sobre sus pectorales y su lomo.
Los fármacos de palacio empezaron a hacer su trabajo de forma silenciosa pero masiva. El cuerpo de la ponygirl, sometido al peso diario del jinete que la montaba montaña arriba, reaccionó de manera brutal. Los compuestos anaeróbicos endurecieron las fibras musculares de sus extremidades posteriores, ensanchándolas hasta eliminar cualquier rastro de grasa. Sus muslos y pantorrillas duplicaron su volumen, perdiendo la finura de una humana para adquirir la textura rocosa y compacta del ganado de tiro de élite. El cuero bronceado se le tensó sobre unos glúteos masivos que aguantaban el azote de la fusta sin inmutarse, y la cruz de sus paletas se ensanchó para soportar los brazos amarrados en equis en el lomo.
Pero el cambio más profundo no fue el físico, sino el que ocurrió dentro de su mente apagada. Al principio, llevar el peso muerto del jinete sobre el lomo la dejaba exhausta y confundida, pero con el paso de las semanas de mayo, algo cambió en su instinto de bestia. El sufrimiento del carrusel de grava y el dolor de las patas agrietadas empezaron a transformarse en una sensación diferente. Cada vez que el jinete se montaba en su lomo y le asentaba el primer fustazo para arrancar, la ponygirl sentía una descarga de adrenalina que le recorría toda la columna hasta los cuartos traseros. El esfuerzo de galopar montaña arriba, sintiendo la contracción perfecta de sus patas hipertrofiados y el aire cortante en los belfos, empezó a causarle un placer primitivo que no podía explicar.
Su mente, totalmente deshumanizada, ya no asociaba la carga con la humillación. Ahora, el peso del humano sobre su lomo le daba un propósito a su existencia en la cuadra. Cuando el jinete tiraba de las riendas de la brida hacia la izquierda o la derecha, sus belfos obedecían al instante con una docilidad absoluta, moliendo el bocado de hierro con una extraña satisfacción. La ponygirl había aprendido a amar la tensión de los tirantes, el sudor pastoso que le empapaba la crin morena y el cansancio extremo que la dejaba temblando al final del día. Desconectada del mundo exterior, a ciegas bajo la venda negra, su único deseo diario se redujo a complacer la mano que sostenía la fusta, corriendo cada vez más rápido, con más fuerza y por más tiempo entre los árboles de la propiedad.
Mientras tanto, en el carrusel de grava del corral principal, las otras ponygirls seguían su marcha autómata, moviendo sus patas masivas bajo el sol de mayo. Ella ya no era la pieza débil y asustada que había entrado en el establo semanas atrás; ahora trotaba a la par de las bestias más fuertes del palacio, compartiendo el mismo paso corto, rítmico y disciplinado. Su mente humana se había esfumado por completo, reemplazada por el orgullo ciego de una bestia de tiro que se sabía fuerte, resistente y completamente dócil a las órdenes de la casa real. El mes de mayo terminaba, el adiestramiento con los fármacos estaba completando su objetivo y el establo de la Zarzuela estaba listo para el regreso del otro animal en junio.
El capitán Arroyo llega entrada la noche de primavera. Con ademán de rutina técnica, me coloca la colilla de viaje con el código QR en la oreja y me lleva a la parada de autobuses de Santiago de la Rivera, donde me quedo anclada a la intemperie bajo el bochorno húmedo y el aire salino de la costa, a la espera del transporte. Muy temprano, antes del amanecer, llega el autobús. El conductor me escanea el perno, me dobla las patas delanteras y soy almacenada en la jaula de transporte en la baulera; el vehículo cierra las puertas con un estruendo metálico y se pone en marcha rumbo a mi próximo destino.
Cuando abrieron la compuerta y me bajaron del autobús, experimenté una profunda sorpresa: me encontré de regreso en el pueblo de Almería. El granjero ya me estaba esperando para recibir la mercancía. Me amarró a la parte de atrás de su carreta de madera y me vi obligada a mantener un trote bípedo forzado por los caminos de tierra hasta llegar a la granja. El hombre detuvo el caballo y se volvió hacia mí.
El criador se aproxima al andén de descarga, observando mi cuerpo marcado con una sonrisa de complacencia comercial.
—Tu padre el rey quiere que te quedes aquí durante un mes —me explica el criador, limpiándose el sudor de la frente ante el bochorno de finales de mayo—, para que toda la prensa se calme en Madrid. Cuando todo esté tranquilo, te debo enviar con un grupo de mercancía a la planta de procesamiento animal de Villaverde para ser marcada con la palabra “¡INDULTADA!”, y luego la distribuidora te llevará de regreso a Zarzuela. Por ahora, disfruta de tu mes descansando aquí con esas meatgirls.
El granjero le colocó el collar de cuero negro de entrenamiento y la integró a la línea del carrusel de acondicionamiento físico. El engranaje automatizado aumentó la velocidad de forma abrupta y “Leonor” empezó a correr a todo galope con las otras meatgirls del lote ordinario con un absoluto pragmatismo corporativo. El criador sentía la tranquilidad y complacencia de mantener las naves operando a máxima capacidad, sin importar la heráldica de la res.
Cuando empezó a correr con la mercancía, la “princesa” experimentó un vuelco en su psicología; una ráfaga de alegría puramente biológica la sacudió y se sintió viva por primera vez desde que toda esta locura comenzó ya hace muchos meses. Su mente se amoldó de inmediato a las directrices de la granja, y ahora empezó a disfrutar de ser un producto en el criadero, entregándose al compás de la máquina. Cuando el día terminó y fue llevada de regreso al granero, experimentó el reenganche neumático de los establos: sintió a sus tan añorados intrusos anal y vaginal perforarla salvajemente, activando la vibración que la llevó al mejor orgasmo mecánico que no había sentido en muchos meses de instrucción. Estaba tan feliz y llena de una anestesiante aceptación por estar de regreso en la granja que, por primera vez en meses, se quedó profundamente dormida en el cemento del corral, igual que el resto de los animales.
Por la mañana, cuando el dueño de la granja se acercó a los pasillos con las planillas de peso, “Leonor” ejecutó una serie de señas biomecánicas con el lomo y la cadena hasta que él entendió que la res quería decirle algo. El hombre detuvo el carrusel, le quitó la mordaza de bola de su hocico y la interpeló.
—¿Qué quieres, res? —pregunta de forma escueta.
—¿Cuándo el mes termine y me vayas a enviar a Madrid, me puedes enviar por la ruta de encomiendas más larga? —solicita la “princesa”, forzando las cuerdas vocales.
El granjero examinó la ranura de su etiqueta plástica, sopesando la viabilidad del itinerario.
—No sé... —repone el criador—. Recuerda que debo enviarte con el resto del lote y es importante que el ganado llegue lo más rápido posible a la planta de procesamiento animal de Villaverde para mantener la calidad de la fibra. Lo programaré en el sistema integrado.
Durante ese mes de aislamiento, disfruté lo que nunca había disfrutado de ser una meatgirl. Sentía un completo desapego de mis preocupaciones y un profundo descontento hacia la etiqueta de palacio; era muy feliz siendo alimentada y drenada por las mangueras mecánicas, era aún más feliz corriendo en el carrusel de grava y estaba realmente feliz por estar tan mugrienta y recubierta de sudor de establo como las otras reses del lote. Mis dudas sobre mi identidad se desvanecieron en una cómoda rutina. Pero como todo lo bueno dentro de las reglas del mercado debe terminar, llegó para mí el momento de regresar a Madrid.
El último día completé el ciclo biológico: fui alimentada, drenada y corrí como una loca desesperada en el patio exterior, tal y como el carrusel me obligaba mediante sus descargas preventivas. Al mediodía, el carrusel me envió a la estación de cambio de herrajes, como lo llamaba el dueño de la granja. Unos pocos minutos después, marchábamos en hileras hacia la parada de autobuses del pueblo, donde fuimos dejadas en los anclajes de ganado. Antes de que el hombre se fuera, se aproximó a mi oreja.
—Haré realidad tu deseo, res —me comunicó en un susurro—. Van a viajar por la ruta más larga y lenta para regresar a Madrid.
No fue una broma del transportista. El viaje de encomiendas en el maletero inferior del autobús tarda más de quince horas consecutivas; es una verdadera eternidad de confinamiento térmico y abatimiento físico. Trasbordo tras trasbordo en las dársenas provinciales, la sofocante noche de principios de junio se vuelve eterna en la jaula de madera, pero al final llegamos a la última estación del largo y agotador viaje: la planta de procesamiento animal de Villaverde.
Pocos minutos después, un joven asistente de administración acude a la rampa de descarga para recoger el ganado y llevarlo a las naves de procesamiento. Al pasar la linterna sobre mi lomo, el empleado se sorprende al ver a una meatgirl ya registrada, con los códigos de barras viejos en las muñecas, entre los animales sin registrar del lote regular. El joven me mira fijamente al rostro, formulando una pregunta directa sobre mi origen, pero yo sé que la interpelación es meramente retórica. Sostengo el silencio total; en el sistema de consumo, las meatgirls somos catalogadas como animales estúpidos que no tenemos suficiente inteligencia en nuestros minúsculos cerebros, por lo que no podemos hablar ni procesar el lenguaje humano.
El joven asistente regresa a la oficina de control, interpelando al administrador jefe de la planta procesadora de Villaverde.
—Señor, una de las meatgirls enviadas desde la granja de Almería ya está registrada en el sistema —reporta el empleado—. ¿Eso es normal en esta línea de producción?
—No, no es normal —repone el administrador, verificando los folios de la Corona—, pero es un caso especial protegido por el Gobierno. Tranquilo, yo me encargo de ese animal. ¡Vete a trabajar!
El administrador jefe desciende al piso de la nave central y se aproxima al bastidor de “Leonor”.
—Buenos días, “Princesa” —saluda el técnico con cortesía burocrática—. Voy a explicarle lo que vamos a hacer en esta línea de registro: primero, la vamos a lavar y depilar nuevamente. La espuma depiladora industrial aflojará químicamente el registro anterior y eliminará de su piel toda impureza, incluyendo el poco pelo rubio que tiene en su cabeza. Segundo, el rastrillo de cerdas rígidas le quitará los residuos del lomo, incluyendo el registro anterior... sí, ya sé lo que está pensando su mente animal, pero recuerde que será depilada completamente otra vez. El sistema de limpieza y registro no se puede detener a la mitad del proceso; se debe realizar todo el protocolo reglamentario. Tercero, se le imprimirá en la piel el nuevo registro que se ha creado para usted y se le agregará la palabra “¡INDULTADA!” sobre la panza. Pero deberá esperar en este soporte de aislamiento hasta que procesemos al resto de los animales con los que llegó, lo que nos dará el tiempo para calibrar la impresora y cargar la nueva tinta especial que la Casa Real ha creado para usted.
La “princesa” solo asiente moviendo la cabeza de arriba abajo, en acuerdo a lo indicado por el administrador. Pasa las siguientes horas esperando fija en el aro metálico mientras las otras veinticuatro meatgirls del lote de Almería y las de los otros cargamentos pasan por la línea de producción. Cuando el lote está listo, lavado y registrado, “Leonor” ve cómo los operarios las llevan al parqueo exterior y se las llevan corriendo detrás de un camión de reparto comercial.
La mayoría de ellas serán masacradas en las carnicerías hoy mismo —pienso con una sombría aceptación—, y el resto del lote será fileteado durante la semana en el mostrador gourmet. Pasa otra media hora más en el silencio de la nave vacía, hasta que el administrador regresa conmigo.
—Bueno, “Princesa”, ya está todo listo para usted —anuncia el técnico.
Libera mi pescuezo del anclaje y me lleva de la cuerda hacia el tren de lavado y registro. Tal y como mi cuerpo lo recuerda, los operarios anclan mis cuatro patas a las correas de la máquina y me estiran completamente sobre el chasis. Una oleada de terror y un frío descontento me erizan la piel antes de que la línea automatizada inicie la secuencia: de nuevo me bañan con agua fría, luego llega el jabón con espuma industrial y de seguido el rodillo de cerdas rígidas que barre mi pelo, luego aplican más agua fría y finalmente el flujo de aire caliente para terminar sintiendo las miles de pequeñas microagujas perforando mi piel a presión neumática. El dolor me hace cerrar los ojos de golpe.
Al liberarse el chasis, miro hacia mis muñecas y tobillos: ahí están las nuevas marcas del código de barras brillando con un relieve nítido sobre la piel limpia. Cambio la vista hacia mi torso y localizo el registro estándar sobre mi pecho; en el centro exacto de la panza, está impresa la palabra “¡INDULTADA!”, tan brillante como los códigos de barras del inventario. El alivio y la alegría de saber que mi carne ya no será consumida barre todos mis temores de un hachazo.
El administrador llama a su asistente mientras me coloca la etiqueta de encomienda con el perno de seguridad en la oreja.
—Llévala a la parada de autobuses —le ordena—. Debemos enviar a esta meatgirl al Palacio de Zarzuela conforme al decreto oficial.
El joven toma la soga de cáñamo y me guía hacia el exterior sin mediar preguntas o explicaciones. Unos minutos más tarde, me encuentro empotrada en el soporte metálico de la parada de autobuses, esperando el camión de transporte público de carga viva que me llevará de regreso a casa.
El viaje de regreso a la jurisdicción de Zarzuela es relativamente corto, demorando solo dos horas consecutivas mientras las redes de la empresa de encomiendas mueven el cuerpo desnudo de “Leonor” de un autobús a otro y entre los anclajes de las paradas intermedias. En el último bastidor de sujeción de la red, la res se encuentra a tan solo una cuadra de la entrada a la propiedad del palacio; pero como mercancía registrada, no puede simplemente irse caminando por la calzada. Las ordenanzas le imponen permanecer inmóvil sobre sus patas traseras, esperando a que un ciudadano con derechos venga a retirarla del anclaje para guiarla a la propiedad.
“Leonor” espera por bastante tiempo bajo el sol de verano de la capital, sumida en una muda preocupación. Mientras aguarda en la parada, varios jóvenes de los colegios cercanos se aproximan al poste, manoseando su pecho y sus nalgas con la impunidad que el sistema de consumo otorga frente al ganado sin custodio. La “princesa” experimenta un destello de alegría al divisar a la distancia a un hombre con el uniforme militar de camuflaje de la Guardia Real; pero al ver que se trata del cabo Rojas, el ademán de rescate se tiñe de una rigidez defensiva. Al ver cómo el cabo Rojas le manosea las tetas y las nalgas con sus manos callosas mientras abre el pestillo magnético del soporte, la res ya no se siente tan alegre de que el operario haya llegado a buscarla, inundándose de un profundo descontento.
El cabo Rojas la arrea como ganado común todo el camino por los senderos de servicio hasta el almacén de suministros de palacio. Con un movimiento seco de intendencia, la sienta de golpe sobre los intrusos de limpieza del almacén, activando el enema, e introduce a presión el inyector de alimentación en su hocico. Cuando está lista, la traslada a la cocina del Pabellón del Príncipe, la pone boca abajo sobre el mueble de la cocina y la folla por el coño con una brutalidad desapasionada. El cabo Rojas experimenta una alegría lasciva y audacia resentida al follar a la meatgirl indultada en la mesa de servicio. Comprende perfectamente que el sistema ha despojado a la futura “reina” de sus derechos civiles y constitucionales; se aprovecha del anonimato de la ley cárnica para usar y dominar el cuerpo de la res desnuda, sintiendo el placer del poder absoluto sobre una criatura que la ley clasifica como un simple pedazo de proteína.
Para “Leonor” la experiencia carece de estímulo, pero igual se ve llevada a un orgasmo como los que le provocan los intrusos de la granja; y aunque quien lo provoca no le agrada, le gusta la sensación. Cuando él eyacula dentro de sus cavidades, ella se queda respirando entrecortadamente por el abuso salvaje. Luego, el cabo arrastra su lomo hacia la argolla de la cocina y amarra la soga con un nudo doble de cáñamo. Antes de dejarla sola en la penumbra, el militar se limpia el uniforme y se retira dejándola sola en la penumbra, declarando al cerrar:
—Los Reyes están de viaje institucional y llegan mañana —declara el cabo, cerrando su maletín—. Tienes suficiente alimento en el sistema para cuarenta y ocho horas de inmovilidad.
Él cierra la puerta de servicio con un golpe seco y la deja allí de pie, mirando la puerta en una cocina donde la luz del sol se filtra por las ventanas, recortando su cuerpo desnudo y numerado frente a los azulejos.
La mañana comenzó de una manera completamente diferente dentro de los aposentos privados del palacio, donde una pequeña discusión rompió la rutina habitual de los reyes.
—Letizia... ¿de verdad estás segura de hacer esto? —preguntó Felipe con un tono de clara preocupación en la voz, mirando a su esposa mientras se ajustaba los puños de la camisa—. Tú pesas apenas la cuarta parte de lo que pesa ese gordo que ha estado montando a Sofía todas las mañanas. Podría ser peligroso si el animal se asusta. Letizia se terminó de abrochar la bota alta de cuero de su traje de equitación. Levantó la mirada hacia el rey, con una seguridad fría e implacable que dejaba en claro que lo haría quisiera él o no. —Mejor para ella, Felipe —sentenció la reina con voz firme, cortando cualquier intento de réplica—. Conmigo encima va a correr mucho más largo y más rápido.
Minutos después, la escena se trasladó a la parte exterior de los establos reales, donde el aire fresco de la mañana movía las ramas de los árboles. Un teniente de la guardia real se cuadró firmemente ante la presencia de la reina.
—Majestad, el animal 1040 está ensillada y lista para el paseo —informó el oficial, señalando a la ponygirl que esperaba con la testuz baja, la brida de hierro entre los belfos y la venda negra ocultándole los ojos.
Letizia miró hacia ella y después miró de reojo al oficial. —Teniente, ¿hasta dónde lleva ese tonel de adiestrador a la ponygirl todos los días? —La lleva hasta el arroyo de Trofa, junto a las vías del tren, Majestad —respondió el oficial de inmediato. —Si quiero llevarla hoy hasta… la presa del Pardo, ¿me podrá llevar? —preguntó la reina, midiendo con la mirada el limpio lomo del animal de monta.
El teniente tragó saliva y asintió con respeto. —Con lo que usted pesa, y perdóneme la expresión, Majestad... ese animal haría ese recorrido diez veces seguidas de ida y vuelta sin pestañear. —Te perdono el comentario, teniente, y gracias. Me la llevo —dijo Letizia, tomando las riendas cortas con firmeza.
Tres horas y un cuarto después, la reina contemplaba las aguas tranquilas de la presa del Pardo sentada directamente sobre el lomo del animal 1040. La ponygirl había trotado sin detenerse un solo instante, devorando los kilómetros de tierra con una agilidad que sorprendió a la propia monarca. Al llegar junto al agua, la reina desmontó con un movimiento ágil, estiró los brazos y se paró de puntillas frente a la testuz de la bestia. Con manos cuidadosas, desató el nudo y le quitó la venda negra de la cara.
La ponygirl parpadeo varias veces de forma acelerada, deslumbrada por la luz brillante del mediodía. Sus ojos tardaron unos segundos en enfocarse, pero lo primero que vio fue a la reina Letizia vestida con su elegante traje de equitación. Inmediatamente después, al girar levemente la cabeza, se quedó completamente sorprendida al descubrir la maravillosa y abierta vista de la presa del Pardo, un paisaje inmenso que jamás había visto desde la perspectiva de una ponygirl.
Letizia se acercó a sus belfos, ahí donde el hierro de la brida seguía fijo, y le habló con voz suave pero firme. —Bien... ya eres toda una ponygirl de monta, y mira lo grande y fuerte que estás —dijo la reina, pasando una mano por los pectorales hipertrofiados del animal—. Sabes, con ese gordo que te monta cada mañana, le toma el mismo tiempo que nos tomó hoy venir hasta aquí... pero contigo él solo recorre la tercera parte de la distancia que hemos completado juntas hoy.
Al escuchar aquellas palabras de reconocimiento sobre su rendimiento y su velocidad, un brillo profundo apareció en los ojos mansos de la ponygirl, reflejando una sonrisa interna que la brida le impedía dibujar en el rostro. Estaba orgullosa de su propia fuerza de tracción. Letizia le dio una palmada cariñosa en el lomo sudoroso y continuó hablando con total tranquilidad.
—Tranquila, mi linda ponygirl. El pedazo de carne regresa a finales de este mes de junio, y para cuando ella llegue aquí a Zarzuela, no habrá ninguna diferencia entre ustedes dos. Las dos medirán exactamente lo mismo de altura y tendrán la misma masa muscular y la misma fuerza. Pero tú... tú tendrás mucha más resistencia que ella para correr y para cargar peso.
La semoviente movía la cabeza muy despacio, recorriendo con sus ojos mansos cada rincón de la cocina silenciosa. Buscaba alguna señal de vida, un ruido, lo que fuera. Para esas fechas de finales de junio, su hermana siempre andaba dando vueltas por ahí, picando algún trozo de torta o saboreando un pedazo de lomo de alguna otra meatgirl que los cocineros hubieran preparado en las mesas de acero. Pero la estancia estaba completamente desierta. Al no ver absolutamente nada ni a nadie, el pedazo de carne indultado simplemente agachó la testuz y se quedó allí, inmóvil en su rincón, pasando dos días enteros sumida en una total y absoluta soledad.
Mientras tanto, en la pista de tierra batida de los establos, la ponygirl 1040 trotaba tranquilamente por el corral junto con las demás hembras de tiro del palacio. A cada paso corto y rítmico que daba sobre la grava, sus ojos buscaban desesperadamente entre los botes de metal o los herrajes del cobertizo algo que fuera reluciente; lo que fuera que le sirviera de espejo para poder mirar su nueva figura. Ella podía sentirse inmensa, notaba la dureza rocosa de sus músculos al contraerse, pero se moría por mirarse. Sin embargo, el grueso collar de cuero rústico que llevaba ajustado al cuello le impedía por completo girar la cabeza hacia atrás para observar sus patas.
Dos días después, muy tarde en la noche, el sonido de los cerrojos rompió el silencio de las cocinas reales. Letizia y Felipe entraron al palacio tras su largo viaje y, al encender la luz del techo, la claridad iluminó el rincón de servicio. Allí estaba su hija mayor. Era la primera vez que la veían desde el mes anterior, cuando asistieron a la entrega de destinos en la escuela de San Javier. Físicamente se veía igual, con su estructura limpia y masiva, solo que en ese momento estaba profundamente dormida, meciéndose de pie sobre su soporte para ganado con las articulaciones bloqueadas. Sin querer interrumpir su descanso, Felipe y Letizia apagaron la luz en silencio y la dejaron dormir tranquila en la oscuridad.
A la mañana siguiente, Letizia entró temprano a las cocinas y encontró a la semoviente completamente despierta. Sin la rigidez del protocolo, la reina y el pedazo de carne empezaron a charlar y a ponerse al día como siempre lo hacían en la intimidad; después de todo, la regla del silencio absoluto solo era obligatoria cuando Leonor viajaba metida en las bauleras como un semoviente, pero en la confianza de la casa podía expresarse con normalidad. Estuvieron hablando un buen rato sobre los detalles de las últimas semanas hasta que Leonor, mirando el espacio vacío a su alrededor, preguntó con curiosidad: —¿Mamá, y Sofía dónde está?
Letizia sonrió de medio lado de forma misteriosa y le respondió con total calma: —Tu padre fue a recogerla. En cualquier momento llega.
Sin embargo, los minutos se convirtieron en horas, y ese esperado momento de la llegada de la otra hermana no ocurrió sino hasta bien entrado el mediodía.
El rey Felipe llegó a los establos reales muy temprano en la mañana, vistiendo su traje de equitación impecable. Su intención inicial era simple: enganchar la rienda corta a la brida de la ponygirl 1040, montarla y llevarla directamente hacia las cocinas del palacio para que se encontrara cara a cara con la meatgirl. Al entrar al cobertizo de madera antigua, contempló el imponente cambio físico del animal de tiro. Debido al uso diario de los estimulantes anaeróbicos en el pienso y al rigor del adiestramiento, la ponygirl ahora medía exactamente lo mismo que la heredera al trono: un metro con ochenta centímetros de altura. Ambas piezas pesaban ya cien kilogramos exactos de pura fibra muscular y carne magra. A pesar de que Felipe era un hombre imponente que medía dos metros de altura, se veía extrañamente pequeño cuando se paraba junto a ese par de animales colosales que eran sus propias hijas.
Sin embargo, tras acomodarse sobre el lomo firme de la ponygirl y sentir la tensión inmediata de sus patas como rocas, el rey cambió de rumbo por el camino de tierra. Decidió que la mañana estaba demasiado agradable como para encerrarse de inmediato, así que tiró de las riendas hacia los senderos boscosos de la propiedad. La ponygirl 1040 obedeció al instante al bocado de hierro, inclinando la testuz y comenzando un trote largo y coordinado a ciegas bajo la venda negra. Padre e hija se fueron a pasear durante horas por los rincones más alejados de la Zarzuela, disfrutando del esfuerzo físico continuo de la bestia, hasta que el sol de junio se colocó en lo más alto del cielo y emprendieron el regreso al palacio cerca del mediodía.
A pocos metros de los muros del palacio, el rey Felipe sacó su móvil del bolsillo de la chaqueta de equitación y marcó el número de su esposa. Al otro lado de la línea, la voz de la reina sonó de inmediato, clara y sin rodeos. Letizia le indicó que tanto ella como el pedazo de carne seguían esperando en las cocinas reales. Tras colgar el teléfono, el monarca guio al imponente animal de tiro hacia el patio trasero. Al detenerse junto a la entrada de servicio, el rey desmontó con un movimiento ágil del lomo de la bestia de cien kilos y le quitó la venda negra de la cara con total facilidad. Libre por fin de la oscuridad, la ponygirl 1040 parpadeó frente a la luz del mediodía y le sonrió al rey puramente con la mirada, transmitiendo una docilidad y un orgullo ciego por el largo paseo. Felipe tomó la rienda corta con firmeza y, guiándola con cuidado por el pavimento, la introdujo directamente hacia el interior del palacio.
El eco de las botas de montar del rey chocando contra las baldosas anunció su llegada a las cocinas. Desde su posición en el soporte para ganado, la meatgirl Leonor levantó la testuz calva y vio entrar a su padre guiando a una colosal y musculosa ponygirl de un metro con ochenta de altura que compartía su misma estampa masiva. Totalmente ajena a la identidad de la pieza de tiro, la meatgirl miró al monarca con extrañeza y le preguntó con total naturalidad: —¿Papá, para qué traes a ese animal aquí adentro?
Al escuchar la pregunta, Felipe no pudo evitar sonreír de medio lado, mientras Letizia, que observaba la escena apoyada en la mesa de acero, se cubría rápidamente la boca con una mano para evitar que su hija mayor la viera soltar una carcajada por la ironía de la situación.
Sin decir una palabra, el rey se acercó a la testuz de la ponygirl. Con manos expertas, soltó los cierres de las correas de cuero y retiró con suavidad el bocado de hierro del hocico de la ponygirl 1040. Libres por fin de la opresión del metal tras varios meses de absoluto silencio en los establos, los belfos de la bestia se movieron para articular palabras humanas y, mirando fijamente al pedazo de carne indultado, exclamó con un tono de burla: —¡Mira quién habla de animal!
Leonor entornó los ojos de golpe, clavando una mirada de total asombro en las facciones y en la crin morena de la robusta criatura de carga que tenía enfrente. —¿Sofía... eres tú? —alcanzó a preguntar la heredera, completamente desconcertada por el cambio anatómico de su hermana menor.
La ponygirl asintió con orgullo, afirmando sus masivas patas sobre el suelo de la cocina antes de responder:—Sí, soy yo... la ponygirl 1040 del palacio.
Letizia dio un paso al frente y, con la destreza de quien maneja el inventario de la cocina, comenzó a liberar las patas delanteras de la meatgirl, soltando los cierres mecánicos de su soporte para ganado. Por su parte, Felipe se colocó al lado del animal 1040, retirando con manos expertas las correas de cuero rústico de la silla de montar, los tirantes del pecho y los pesados arneses de tracción. Cuando el par de animales quedó finalmente libre de toda atadura y opresión metálica, la cocina real se sumió en un silencio tenso. Las dos colosales criaturas de cien kilos se acercaron lentamente la una a la otra en el centro de la estancia, bufando de manera instintiva y examinándose con una mezcla de curiosidad animal y reconocimiento de sangre.
Felipe se retiró hacia el mueble de la cocina, apoyando la espalda contra el mostrador de acero, y miró de reojo a su esposa, que se colocó de inmediato a su costado. Contemplando la imponente estampa de las dos bestias de un metro con ochenta de altura, el rey esbozó una sonrisa de total orgullo y le dijo en voz baja:
—Con estas dos bestias en Zarzuela, ya puedo despedir formalmente a toda la guardia real, Letizia. ¿Quién iba a estar tan completamente loco como para intentar hacerme algo malo, sabiendo que tengo a este par de bestias colosales custodiando mi espalda?
La reina soltó una carcajada fría y contenida, cruzando los brazos mientras miraba con profunda satisfacción el resultado biológico. En medio de la cocina, ajenas a las palabras de los monarcas, las dos hermanas empezaron a interactuar de forma puramente física. Con la mentalidad deshumanizada del ganado, comenzaron a medir la fuerza y el volumen de su musculatura, chocando los hombros y tensando las fibras hipertrofiadas de sus patas. Compararon sus estaturas, alineando las testuces calva y morena en paralelo, y finalmente, impulsadas por el deseo de comprobar su transformación, Sofía y Leonor se encaminaron a paso lento hacia el enorme refrigerador de más dos metros de altura que dominaba la cocina.
Paradas frente a la superficie reluciente de acero inoxidable, las hermanas se miraron juntas en el reflejo por primera vez en meses. La sorpresa y una felicidad mansa y primitiva brilló en los ojos de ambas al verse retratadas de esa manera. El contraste de sus pasados se borraba ante la perfección de su presente ganadero: ahora, las dos no eran otra cosa más que un par de bestias estúpidas, musculosas, grandes y sumamente fuertes, completamente dóciles para la Corona.
Al principio de mi restitución dinástica, participo en las actividades institucionales acompañada obligatoriamente por mis padres en su calidad de dueños de la factura, y por mi hermana Sofía como mi ama de custodia. Sin embargo, con el paso de los meses, empiezo a realizar mis deberes reales en solitario. El tejido civil y los españoles terminan por aceptar las reglas de mi degradación: asimilan que la “heredera” y futura “reina” de España ha sido registrada contra su voluntad, convirtiéndola en una mercancía que opera bajo un estatus de sumisión.
Hace ya un año exacto desde el día en que me encontré atrapada en el mundo de las meatgirls, temiendo por el desgraciado momento en que sería despellejada y convertida en la cena de Navidad de mis propios súbditos. Pero ahora, la realidad del reino ha vuelto a una extraña “normalidad”, con la pequeña diferencia operativa de que sigo viajando desnuda y facturada como una encomienda en el compartimento de carga de los autobuses y trenes de Renfe bajo el crudo invierno de la capital.
Para mí se vuelve un proceso normal el poder articular discursos con elocuencia institucional en los eventos de Estado donde soy la “princesa” Leonor, y se vuelve igualmente normal mantenerme en absoluto silencio cuando viajo enjaulada en los circuitos de carga viva. De una forma muy extraña, mi mente ha logrado balancear estas dos vidas: la de “princesa” y la de mercancía indultada. Estas dos dimensiones no colisionan entre sí en los ministerios; se han convertido en un complemento perfecto la una con la otra. Siento una particular y genuina alegría cuando un ciudadano se aproxima a mi bastidor y aprovecha para tomarse una selfie conmigo mientras permanezco atrapada en el soporte de la empresa de encomiendas, tiritando en la penumbra de las dársenas. He logrado una absoluta aceptación de mi condición corporal. Tanto ha cambiado el entorno bajo el decreto del Gobierno que ahora mi cuerpo desnudo y marcado es la cara oficial en las publicidades impresas que realiza la empresa nacional de encomiendas en el transporte público de España. Ante los ojos del reino, la “heredera” al trono es el vivo ejemplo de una viajera frecuente en su sistema de envíos de carga animal viva por toda la geografía del país.
Fin.








