CAPÍTULO 1
—¿Quién va a detenerme? ¿Usted? —rió con burla.
—¿No tienes temor a Dios? Derramarás sangre por diversión.
—Ni siquiera tengo un alma que pueda ser juzgada.
—¿Qué eres realmente? Tu odio hacia los humanos es irracional.
—Su odio hacia los ateos es irracional, padre. ¿Cuántos muertos lleva detrás por no creer en su Dios? Tome nuestra presencia como un regalo. Si por mi fuera, ya estaría muerto. —Se distrajo observando a una hermosa mujer que pasaba a su lado. Fue detrás de ella hasta llegar a una habitación donde cerró la puerta.
De un momento a otro estaba sobre ella besándola, luego teniendo sexo hasta que sintió un fuerte golpe en la pierna que la hizo despertar del sueño erótico.
—¡Henrietta! —se acarició la pierna adolorida.
Su mejor amiga estaba al lado recostada con una expresión de enfado.
—Estabas teniendo un sueño húmedo. ¡Conmigo aquí!
—Me dolió, tonta. —seguía masajeando. —No sé de qué hablas, sólo estaba teniendo una pesadilla.
—Te escuché, puerca. Estabas gimiendo...mi nombre.
—... ¿Tu nombre? ¿Te volviste loca?
—Cada vez que vengo a dormir tienes un sueño sexual. Pareces un lobo en celo. No es malo, pero si sientes algo por mí, mejor dímelo. —se puso de pie dándole la espalda.
No pudo evitar darle una mirada de deseo. Era normal sentirse atraída por Henrietta, tenía un trasero muy hermoso y unas...delanteras perfectas. Ni qué decir de su pelirrojo cabello natural y ondulado, pecas que le daban un extra a su pálido rostro. ¡Lo tenía todo! De todas formas, fue un sueño, no podía garantizar que esa era Henrietta porque ni siquiera veía rostros. Ciertamente en las últimas semanas tenía sueños húmedos cuando estaba con ella, obviamente no era al propósito. Lo que le molestaba era el hecho de no haber terminado la conversación del inicio, ese sueño empezó muy extraño.
—O sea, amiga, no me molestaría si yo te gusto.
Livia también era hermosa, por sus rasgos asiáticos solía sentirse diferente, aunque teniendo a Henrietta, siendo que los pelirrojos no eran tan comunes en el pueblo, ambas hacían una pareja especial. Eran amigas desde la infancia a pesar de la difícil vida familiar de ambas.
(Mejorar la descripción, hacerla más natural)
A Henrietta le encantaba utilizar pijama corta, trataba de mostrar lo más que podía estando con su mejor amiga, se sentía sexy. Desgraciadamente en su casa no era algo que pudiera hacer debido a la religión extrema que practicaba su madre.
—No soy lesbiana.
—Yo tampoco lo soy, igual es divertido sentirse atraída por mujeres. Ya sabes, creo que le gustamos a esa rarita.
—¿A la mexicana? Es linda, solo es muy lesbiana.
—Sí, es muy bonita, me gustan sus manos.
—En lo único que se parece a su abuela, es en lo rarita.
Otro día en el que ambas ignorarían la extraña relación que tenían, incluso las señales de atracción sexual, y es que para ellas no sentían atracción amorosa, solo atracción física con sueños húmedos por parte de ambas, claro que Henrietta lo tenía muy bien guardado. Desde que ambas cumplieron dieciocho años, cuyo cumpleaños fue el mismo día, sus hormonas se elevaban solamente estando juntas. Livia tenía novio, con él no lograba esa conexión, no lo sentía igual que cuando estaba con Henrietta, tan solo la compañía entre ambas se sentía como una necesidad.
La chica "rara" de la que hablaban se llamaba María Lucía Quiroz, una adolescente de cabello castaño, si bien ellas no lo sabían, María cumplía años el mismo día que ellas.
Tenía el cabello corto, se comparaba con Dora la "seductora", irónico considerando que, a pesar de ser una romántica, no había tenido su primera vez. Era abiertamente lesbiana, incluso era bien conocida por ser muy atenta con las chicas que le gustaban. Hasta llegaba a cortejar a las profesoras, lo curioso es que lo hacía sin querer, era algo que le salía natural, lo más sorprendente es que a todas les encantaba su atención, de alguna forma lograba caer bien. Desgraciadamente para ella, no lograba tener novia porque le costaba dar el siguiente paso.
A veces culpaba a cuatro chicas, principalmente a sus favoritas: Livia y Henrietta. No lograba tener el mismo efecto en ellas, hasta lo intentó con la presidenta de la clase, y más bien terminó enamorada de ella.
—Esas mejillas. —susurró con la almohada en la cara mientras pataleaba en su cama pensando en la presidenta de la clase.
¿Peor que eso? Cuando se sintió atraída terriblemente por la más temida del colegio. No le bastaba con tres, tenían que ser cuatro.
Tampoco era acosadora, pero terminó dándose cuenta que las cuatro cumplían años el mismo día que ella. Sentía que era una señal, tal vez una de ellas podría ser el amor de su vida, solo tenía que intentar acercarse a todas.
Se levantó de la cama para buscar su consola de video juegos, sabía que su hermano Juan la había tomado.
—Pendejo, no la cargó. —la dejó sobre el escritorio de estudio, la puso a cargar en lo que se terminaba de alistar para ir a clases.
Cada mañana antes de ingresar a la institución, con fascinación veía llegar a Livia en su moto y a Henrietta en su auto. Una amiga normal llevaría a sus amigas en su auto, sin embargo, todos sabían que Henrietta odiaba que tocaran a su "bebé", lo cuidaba demasiado, tanto así como para no permitirle, a quién amaba, sentarse en él.
Livia siempre se veía demasiado sexy cuando bajaba de la motocicleta, María Lucía no podía evitar deleitarse con la vista cuando sacudía su cabello negro. Se desconectaba por completo imaginándose como su novia, yendo agarrada de su cintura y oliendo su delicioso olor.
Al final del camino notó a Angela que la miraba, le provocó un escalofrío en todo el cuerpo, ¿y a quién no? Angela era muy problemática, siempre andaba juzgando con la mirada, todo aquel que intentase desafiarla terminaba llorando por sus insultos. María Lucía no correría esa suerte.
Maldita sea el día que se sintió atraía por ese monstruo insensible.
Corrió a la biblioteca donde siempre escapaba de clases los miércoles porque sabía que ahí estaría su cuarto amor culposo. Fingía jugar un rato, a veces se quedaba dormida sin querer.
Layla siempre la encontraba dormida babeando sobre la mesa. Le permitía estar en la misma y no entendía cómo era que esa vaga era de las más listas quitándole el primer puesto.
Layla era una chica de tez oscura, con cabello lleno de rizos , a veces lo llevaba suelto, viéndose completamente hermosa, otras veces usaba moños hechos con su propio cabello y usaba lentes enormes que hacían ver grandes sus ojos marrones. Era realmente hermosa y una completa nerd, amaba pasar tiempo estudiando, aunque ni siquiera hacía falta esforzarse, naturalmente era muy inteligente, aprendía con mucha facilidad.
Por su parte, María Lucía se le hacía hermosa, conocía algunos de los gustos musicales de la mexicana y para nada le molestaba saber que parecía que la seguía a todas partes, le divertía sus intentos torpes de conquista, aunque no le daba ilusiones. María Lucía siempre le dejaba pequeños regalos como chocolates o flores, Layla no aceptaba ninguno para no malinterpretar la situación. Admiraba su fortaleza para nunca rendirse y de alguna manera la hacía sentir bien. ¿Estaba siendo mala persona tratándola así? Esperaba que no.
Ninguna de las cuatro tenía idea de cuanto estaban conectadas a pesar de tener vidas tan distintas, sin embargo, empezarían a aparecer las señales.
Todos amaban a Henrietta y a Livia, eran amables con todos, curiosamente ninguna buscó tal popularidad, simplemente sucedió. Cuando las saludaban, ellas sólo mostraban una sonrisa amistosa hasta terminar su caminata donde se encontraba el problemático novio de Livia llamado Rafael.
A pesar de que él pertenecía al equipo de fútbol, no era muy agradable, muy pocos lo soportaban, pero algo vio Livia en él. Henrietta lo detestaba, no le gustaba estar presente cuando esos dos estaban juntos, se la pasaban fumando, besándose y hasta drogándose, estaba a poco de que lo echaran del equipo.
Livia no siempre fue así, desde que se juntó con él cambió mucho, gracias a Henrietta no caía todavía más bajo.
—Vamos al cine en la noche —le pidió Henrietta a su amiga que no dejaba de besarlo.
La parejita se separó con él riendo. Henrietta odiaba su risa, su voz, todo de él. Apretó los puños deseando poder golpearlo.
De un momento a otro, todo a su alrededor se volvió oscuro, las paredes empezaron a sangrar y sus ojos empezaban a volverse negros. Todo esto con un mareo fuerte, como si el suelo se hubiera movido bruscamente.
—...podría ser.
Salió del trance con la voz de Livia. Su corazón estaba acelerado, trató de tranquilizarse.
—¿Dijiste algo? —preguntó con la voz agitada.
—A las siete podríamos ir los tres.
—Olvídalo, mejor me quedo en mi casa.
Livia sabía que Henrietta odiaba estar en casa con esa mujer que tenía como madre.
—Mejor, vamos al motel. —Propuso él.
Henrietta respiró profundo y sin tan quisiera avisar, se marchó. No era capaz de enojarse con su mejor amiga, ya suficiente tenía con sus propios problemas.
A la vuelta de ese pasillo estaba Angela con una mirada de terror. Y es que en su mente estaba completamente sola escuchando gritos aterradores, las paredes sangraban y veía al final del pasillo un enorme perro de pelaje negro en cuatro patas con cadenas en el cuello, dientes enormes y ojos rojos mirándola fijamente.
Nunca en su vida había sentido tanto miedo. No podía moverse, el enorme perro se dirigía hacia ella lentamente hasta que en un punto la bestia corrió hacia ella.
—¡Angela!
La voz de su profesora la devolvió a la realidad haciéndola saltar. Inmediatamente cambió su expresión de miedo a una de enfado, se limpió lagrima que salió para fingir que nada había pasado.
—¿Qué quiere? —preguntó de mala gana.
—Aquí soy tu profesora, no me hables así.
—¿Estamos jugando a un juego de roles? —preguntó con una sonrisa burlona.
—No te pases. —había un estudiante observándolas, había estado ahí desde que Angela se desconectó. —lo que hiciste esta mañana estuvo mal, hablaremos en casa.
—Seguramente le gustó lo que vio en la mañana.
—Realmente no.
Se le borró la sonrisa.
La profesora simplemente se marchó.
Angela furiosa miró al estudiante mientras se acercaba a él, acorralándolo contra la pared.
—¿Nunca te han lanzado a un basurero?
—Ehh...—el chico entre su miedo pudo notar algo raro en los colmillos de la chica. —¿Qué les pasa a tus dientes?
Angela se volteó un momento para verse en la cámara del celular.
—Otra vez está pasando, mierda. —Ni ella entendía la anomalía de sus colmillos que crecían como si fuese un vampiro. Miró al chico con una sonrisa malvada. —No salgas de noche porque te dejaré sin alma.
Para cuando sonó el timbre, el chico estaba en el basurero. María Lucía lo tuvo que ayudar a salir ante las miradas burlonas.
—Gracias.
—¿Qué le hiciste? —le preguntó con seriedad.
—¿Cómo sabes que fue ella?
—No eres el primero.
—Yo solo le iba a decir que debemos hacer un proyecto juntos. —ahora solo quería llorar.
—¿Pudiste olerla? ¿A qué huele? ¿Huele bien? —no se daba cuenta de que a veces parecía una loca obsesionada.
—A maldad —respondió con miedo.
Justamente Angela estaba a lo lejos observando curiosa la situación y escuchando todo con claridad a pesar de la distancia. Era difícil saber qué pasaba por su mente exactamente, siempre tenía la misma expresión seria que asustaba a todo aquel que se le acercase.
En casa sus vidas también eran muy distintas.
Henrietta se tuvo que quitar el maquillaje antes de ingresar a su casa, se bajó más la falda para no permitirle a su madre tratarla de prostituta provocadora. Nunca tuvo un solo novio y aun así su madre creía que se acostaba con todo aquel con el que hablase, no podía ni siquiera tener amigos hombres, apenas podía con Livia y a ella tampoco la quería.
No creía en ese dios, pero siempre rezaba para que su madre no le azotara la espalda para castigarla por escenarios imaginarios. Lo único que la hacía sentir bien era llegar a encerrarse en su habitación y jugar a que era una bruja con poderes.
Amaba elevar objetos con telequinesis y amaba tocarse pensando en su mejor amiga. Claro que siempre terminaba sintiéndose culpable y mil veces juraba que no sentía nada por ella. Era posible solo sentir atracción sexual, ¿verdad?
No muy lejos de ahí, Layla llegaba en bicicleta a su casa después de un viaje de unos diez minutos. Su madre siempre la recibía con unos bocadillos porque sabía que llegaba con hambre.
Se cambió de ropa y bajó para comer.
—Mamá —le habló sentándose en el sillón con el plato de comida.
Su madre dejó el celular para prestarle atención.
—¿Te gustó lo que preparé?
—Sí, gracias. Quería preguntarte algo. Antes quiero que sepas que no fue al propósito.
—¿Qué hiciste? —preguntó con suavidad. Confiaba en su hija, no solía meterse en problemas.
—Nada. Es sobre papá, es que anoche escuché su conversación, ¿a qué se refiere con que el día se acerca? No creo que sea un cumpleaños, lo vi muy enojado.
La señora Smith se mostró incómoda.
—No es nada de lo que debas preocuparte.
—Dijo que ya no es capaz de verme como su hija. —no había logrado dormir toda la noche por eso. Su papá siempre fue un padre excepcional, amoroso, no entendía sus palabras.
—Lo mal interpretaste.
—¿Y por qué no está? Hoy es su día libre. Se van a divorciar, ¿verdad?
—No, no te preocupes. Entre adultos lo vamos a solucionar. Mejor dime cómo te fue hoy, ¿esa chica volvió a darte chocolates?
—¡Mamá! Ya te dije que no me gusta.
Su madre rió por lo tierna que se veía su hija sonrojada. Como madre no se equivocaba, sabía que su hija amaba la atención que le daba esa chica, por más que lo negara, desde el primer regalo llegó con una sonrisa y desde entonces la sintió diferente, más alegre.
Si bien se llevaba bien con la familia Quiroz, era inevitable pensar en la Quiroz mayor, aquella mujer que enviudó tras diez años de matrimonio y que tuvo que sacar adelante a su única hija.
Noelia Quiroz era una mujer de la tercera edad muy reconocida en el pueblo, no necesariamente respetada, algunos la tachaban de "vieja loca". Realmente nunca se casó, fingió un matrimonio solo para tener a su hija, se jactaba de lo feliz que fue desde el día que su falso marido murió. No vivió feliz, pero desde que nacieron sus nietos cambió drásticamente, participaba más en las actividades del pueblo, no dejaba de hablar sobre el día de la gran Luna Roja que estaba a punto de aproximarse.
María Lucía tenía una gran relación con su abuela, la veía como la mejor abuela del mundo, no cabía duda de que era la consentida. A Juan, el nieto menor, lo amaba también, claro, pero no de la misma forma.
Para María Lucía, en los últimos meses su abuela llegó a un punto donde empezaba a desconectarse del mundo, ya no tenía el ánimo de hacía un año atrás. Temía que su abuela sufriera de alguna enfermedad.
—Oye ma, ¿sabes qué le pasa a la abue? —le preguntó a su madre que lavaba platos.
—¿De qué o qué?
—¿Crees que tenga demencia?
—No digas pendejadas, Luz.
—¿Y entonces? —insistió.
—¿Y entonces qué de qué?
—Anda bien rara la abue.
La señora Quiroz dejó los platos para voltearse y apoyarse de espalda en el fregadero.
—Seguro que te enterarse del evento ese que está preparando el alcalde.
—Sí, todos los estudiantes tenemos que estar presentes, pero no sé para qué.
—Es el aniversario de la muerte de muchos estudiantes hace cincuenta años. Tu abuela presenció todo. Nunca me quiso hablar de eso, no habla de su pasado.
—¿Entonces no es demencia? Es que ya está bien mayor.
—No se va a morir, ya ves que dice que no se puede morir hasta después del aniversario. Tú tranquila, mija. No le andes mencionando la edad, ya sabes como* se pone.
—Ese maldito sartén lo voy a quemar. —siempre les pegaba en la cabeza cuando la hacían enojar.
María se sentía aliviada de que su abuela no iba a sufrir demencia, más no dejaba de sentirse preocupada, algo le incomodaba y no entendía la razón.
En una locación desconocida, un lugar con poca luz, un poco grande y con un trono. Una mano con vendas se posó en el apoyabrazos mientras un hombre estaba de rodillas suplicando entre lágrimas.
—Odio a los que lloran. —soltó con frialdad.
—¡Es mi hija! Es obvio que voy a llorar. ¿Nunca amaste en tu vida?
—He escuchado muchas veces ese discurso. Las reglas en el contrato fueron claras, ella las rompió. Además, yo recibo órdenes y las cumplo.
—Hablaré con Izanami. —amenazó furioso.
Ella guardó silencio apretando con fuerza el apoyabrazos.
La había hecho enojar y eso lo notó, pero no le importó.
—Entonces es cierto, es a tu madre a quien más le temes. —el hombre soltó una carcajada burlona para enseguida desbanecerse.
Ella soltó el agarre, dejando ir la tensión de su cuerpo y soltando un suspiro.
Otro hombre de traje ingresó por la gran puerta manteniendo la miraba baja.
—¿Ya no hay más favores? —preguntó ella con clara molestia.
—Era el último. ¿Por qué no lo mató?
—Lo hará Izanami.
Él sonrió levemente sin mostrarse sorprendido.
—Su majestad, he venido para informarle de algo importante.
—Solo hay dos cosas que me importan en este momento.
—Las brujas. —dijo velozmente ganando por completo su atención.
Hubo un silencio abrumador por unos segundos. Él no estaba nervioso, esperaba a que ella simplemente le permitiera continuar , cualquier otro en su lugar ya habría malinterpretado la situación, así que levantó la mirada con confianza y prosiguió; —Ese pueblo saldrá de la normalidad pronto.
—Inclusive el letrero de Darkened Town está lleno de sangre, esa es su normalidad.
—Le avisaré cuando haya noticias nuevas.
—Finalmente podré morir en paz. —bromeó.
Él la miró con fascinación entendiendo el chiste oscuro detrás de sus palabras.
A kilómetros del pueblo, una joven de cabello castaño, tez pálida, con ojos color menta, bastante introvertida a simple vista, pasaba por una estación de gasolina para llenar el tanque de gasolina de su vieja camioneta con cajón. Entró al mini supermercado del lugar para comprar provisiones de comida, en el lugar solo había dos hombres, el que atendía que se veía de un peso normal y el que acomodaba cajas que era un tipo enorme y ancho. Los dos se miraron al ver lo extraña que se veía esa chica, la típica rarita, así lo sentía ella.
Odiaba esa mirada.
Pagó rápidamente unos snacks, un refresco y un chocolate. Regresó afuera para meter la bolsa en el copiloto, luego sin subir aún al auto, atendió con desesperación una llamada entrante.
—¿Cómo se llama? ¿Dónde está?
—Es un pueblo. —habló una voz masculina al otro lado del teléfono. —Darkened Town, es un pequeño pueblo en una zona boscosa, no lo encontrarás en un GPS.
—¿Ella va a estar ahí?
—Tienes tiempo de regresar.
—¡No quiero! No puede abandonarme así, tiene que darme explicaciones.
—Como sea, es tu elección. No sé más de lo que tú sabes, pero te aseguro que ella estará en ese pueblo, presta mucha atención a cualquier rumor que escuches.
—Tú sabes que es como yo.
—No se puede ni hablar con ella. Suerte y no vuelvas a llamarme, yo sí valoro mi vida —colgó.
Lanzó el teléfono por la ventana cayendo dentro del auto. Necesitaba sacar su enojo de alguna manera, se sentía estresada. Respiró profundo para tranquilizarse y pensar con claridad, un mapa iba a ser necesario para llegar, la maldita camioneta vieja no tenía GPS y además el tipo le dijo que el pueblo no sería fácil de ubicar con tecnología, quizá un mapa físico le ayude.
Regresó al mini supermercado, preguntó por un mapa al tiempo que atiende, se suponía que vendían a turistas, por lo que podría tener suerte.
—Su identificación.
No entendía para qué, no necesitaba identificación para un maldito mapa. Ella era de las que perdía la paciencia rápidamente, también era de las que odiaba sentirse humillada, desgraciadamente en su mente siempre imaginaba lo peor, y el hecho de que después de entregar su identificación ambos tipos se miraran burlones, la hizo enfurecer.
Guardó su billetera, tomó el mapa y se dirigió a su auto para dejar ahí las cosas, luego regresó al establecimiento para pararse en la entrada.
—¿Les parezco fea o un payaso? —preguntó mientras sus ojos se escurecían, las luces parpadearon.
Algunas cosas se cayeron de su lugar y el ambiente empezó a sentirse tenebroso y muy frío.
Una mente atormentada y solitaria era muy peligrosa, ellos se darían cuenta de ello.
Ella mostró una sonrisa siniestra antes de que las luces se apagaran por completo, llenándose de una oscuridad pesada.
Tan solo segundos después se escucharon gritos del lado de quién atendía, el de las cajas intentó huir entre la oscuridad cayéndose en el intento, una luz parpadeante sobre él le permitió ver como la chica estaba sobre él flotando, llena de sangre, con los ojos negros completamente, colmillos superiores en inferiores como los de un perro y una maldita sonrisa burlona.
Ni siquiera le dio tiempo de gritar. No había ni una sola persona que pudiese ayudarles y de intentarlo, ya era demasiado tarde, con una sola mordida en el cuello fue contundente para acabar con sus vidas.
Se tomó su tiempo para llevarse algo de comida y dinero. Daba igual el desorden y los cuerpos dentro del local, incluso miró una de las cámaras, que, desde la pantalla la imagen estaba parpadeando.
Entró al auto, gritó de frustración tomando con fuerza el volante.
—Posiblemente nadie los quería, ¿verdad? Me quedaría con sus novias si supiera hablar con una mujer o mejor, si no quisiera tomar sangre, pero no, ¡tengo que ser un fenómeno! Te odio, madre, ¡te odio! —encendió el auto. —Mañana será otro día, claro que sí.
Se alejó con una mirada llena de dolor.








