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ANATOMIA DE UNA HUIDA

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Summary

Entre aulas, teorías y certezas que se derrumban, Rodrigo descubre que el único enigma que le queda por resolver es él mismo. ​A sus cuarenta y tantos años, Rodrigo, decide dar un giro radical a su vida al matricularse en la carrera de Psicología. En medio de un campus repleto de jóvenes entusiastas, intenta encontrar su lugar entre la ironía afectuosa de sus compañeros de clase, quienes han aprendido a ver en él no a un intruso maduro, sino a un refugio práctico y un aliado inesperado. Sin embargo, detrás de su fachada analítica, madura y ecuánime, Rodrigo oculta una disciplina implacable: el arte de huir a tiempo. Durante décadas ha usado la lógica y la distancia emocional para desarmar cualquier vínculo o proyecto antes de correr el riesgo de ser lastimado, persuadido de que su desapego era simple autonomía. Pero la convivencia universitaria, las punzantes lecturas clínicas de la profesora Miranda y el inquietante hallazgo de una vieja nota manuscrita dónde comienzan a agrietar su pulida coraza. ​A medida que avanza el semestre y la llegada de una misteriosa psiquiatra al departamento amenaza con desmantelar sus últimas defensas, Rodrigo comprenderá que la psicología no le servirá para justificar sus ausencias, sino para enfrentar sus propios muros.

Genre
Drama
Author
Efrén
Status
6h ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO I EL OTRO LADO DEL ESCRITORIO

Caminar por esos pasillos siempre me había dado una paz rutinaria, de esas a las que uno ya está acostumbrado. Me los sabía de memoria. Durante años los había recorrido con el paso rápido y seguro del profe: las carpetas de planificación apretadas bajo el brazo, los marcadores en el bolsillo de la chaqueta, el teléfono vibrando a cada rato con correos de la universidad y esa mirada de reojo que uno desarrolla para pillarle la cara de fastidio a un alumno antes de que abra la boca en plena clase.

Con el tiempo me volví experto en notar los detalles de la gente, ese lenguaje con el cuerpo que siempre me dio curiosidad. Reconocía de un estudiante que caminaba a millón porque ya llevaba tres retardos; a la parejita que fingía discutir por un examen de cálculo cuando en realidad se estaban terminando de pelear; al que se escondía en un rincón pegado al teléfono para que no se notara que andaba solo, y a la muchacha que pasaba riéndose con sus amigas para terminar, diez minutos después, tirada sobre el pupitre mirando a la nada.

Yo detallaba todo eso. Siempre se me dio bien. Quizá porque antes de graduarme de ingeniero ya era uno de los que se entretenía observando a la gente, un hábito que se me acentuó dando clases. Había cruzado esas mismas puertas de madera decenas de veces para pararme frente a un salón lleno, hablar de números, estructuras, resistencia de materiales y proyectos. Había ocupado escritorios, borrado pizarras y soltado preguntas para espantar la flojera del grupo. Aprendí que un profesor no solo enseña cuando da su clase o un tema específico, sino sobre todo cuando mira y capta los gestos de los estudiantes en la clase.

Pero esa mañana de octubre la universidad era la misma y el que había cambiado de papel era yo. Traía un cuaderno nuevo de tapa dura, un par de libros bastante pesados que todavía olían a imprenta, el teléfono infaltable y una carpeta llena de planillas. Y no era el peso de las cosas lo que me hacía acomodarme el bolso con cierta incomodidad; era esa rara sensación de estar cometiendo una locura sabrosa, de esas que uno sabe que van a traer líos, pero que valen la pena.

A mis cuarenta y tres años, con una carrera profesional acomodada entre planos, números y la docencia, iba con la idea fija de volver a sentarme en la última fila. Esta vez como un "nuevo" de primer semestre. Cualquiera que haya pasado por la universidad sabe lo que pesa esa palabra. Por momentos me parecía un disparate, pero al mismo tiempo me resultaba emocionante. Al pasar frente a los grandes ventanales del patio, me detuve un segundo. El vidrio me devolvió el reflejo clarito: alto, moreno, los ojos verdosos que mi mamá siempre decía que eran su mejor herencia, la barba bien arreglada y esa ropa de profesor de ingeniería que me ponía ya por pura costumbre, aunque en ese momento no tuviera a quién evaluar.

-Bueno, Rodrigo... -murmuré para mí acomodándome la chaqueta-. Toca volver a ser estudiante.

Caminé al salón sin saber bien qué estaba buscando, sintiendo que los nervios me ganaban a ratos. ¿Aclarar dudas de psicología? Puede ser. La verdad es que la psicología nunca fue un antojo raro para mí, sino algo que me traía de cabeza. Había leído bastante por mi cuenta, pero leer no es lo mismo que vivirlo en una clase. Me daba curiosidad saber qué hay detrás de las reacciones de la gente: lo que pasa tras una sonrisa fingida o un "todo bien" dicho a medias.

Tenía preguntas de todos los días que la ingeniería jamás me iba a responder. Por ejemplo, porqué alguien podía sostener una compostura impecable por fuera mientras por dentro estaba hecho pedazos. Quería entender por qué a veces queremos tanto a alguien y terminamos arruinando las cosas con esa misma persona, o por qué salimos corriendo cuando encontramos justo lo que decíamos buscar. Y, sobre todo: ¿por qué nos pasamos la vida tratando de entender a los demás y nos da tanto miedo mirarnos a nosotros mismos?

Si me lo preguntaban en una reunión, salía con el cuento de que quería "complementar mi perfil profesional". Una excusa bonita para no quedar mal, porque un ingeniero estudiando psicología suena raro. Pero la verdad era otra: quería entenderme a mí mismo, aunque a mi ego de cuarentón le costara aceptarlo.

El murmullo del salón se escuchaba desde el pasillo. Empujé la puerta y me cayó encima el olor a cera y el frío del aire acondicionado. El salón estaba a medio llenar. Chamos de veintidós o veintitrés años armaban sus grupos: unos pegados a la pantalla del celular, otros escuchando audios y un par en el fondo riéndose con esa frescura típica de cuando todavía no ha empezado la materia.

Un estudiante en la primera fila me sacó de mis pensamientos. Tenía un reguero de papeles sobre el pupitre y la cara pálida de quien siente que se quedó fuera de la universidad. Al verme entrar, miró mis libros y luego mi cara.

-¿Profesor? -preguntó poniéndose derecho de una vez.

-¿Profesor? -repetí quedándome frío a mitad de camino.

-Sí... ¿usted es el docente de la materia? Es que tengo un enredo grave con la inscripción -dijo mostrándome los papeles con las manos temblándole un poco-. En coordinación me dijeron que no aparezco en la lista.

Le vi el susto real en los ojos. Obviando su pregunta, me acerqué, le tomé las planillas y las revisé con la soltura del que se sabe los trámites universitarios de memoria:

-Mira, el enredo está aquí -le señalé con el bolígrafo un numerito abajo-. El sistema no te sacó por cupo, es un error de código con la materia anterior. Corre a Control de Estudios, pide que te lo validen a mano con este número y tráelo firmado antes del mediodía. Tranquilo, que no estás fuera.

El estudiante parpadeó y el alivio se le notó de inmediato en la cara.

-Muchísimas gracias, profesor -me dijo dándome la mano con fuerza-. ¿Usted da clases aquí?

-Sí -respondí con una sonrisa a medias.

El muchacho soltó un buen respiro y salió corriendo a resolver su situación. Yo seguí directo hacia el escritorio que tenía en frente. Como llevaba las manos ocupadas, cometí el primer error de novato de la mañana: dejé los libros, la carpeta y el cuaderno directamente sobre la mesa del profesor. Me quedé ahí parado, recostado a la mesa, acomodándome los puños de la camisa para después irme a buscar asiento.

Ese fue el detonante. En menos de un minuto entró un lote de estudiantes.

-Buenos días -dijo una muchacha al pasar.

-Buenos días -respondí por pura costumbre de profe.

-¿Ya vamos a arrancar? -preguntó otro tirando un bolso pesado.

-Me imagino que sí -dije. Y el malentendido cobró aún más vida.

Una estudiante de cabello oscuro y rostro perfilado se me acercó. Me miró con curiosidad mientras yo acomodaba mis cosas:

-¿Necesita ayuda? -preguntó.

-Por ahora no -dije dudando de tanta amabilidad.

-Okey -sonrió-. Parecía que sí.

-Gracias -respondí riendo suave-. Todavía puedo hacer algunas cosas por mí mismo.

La joven soltó una risa fresca.

-Soy Camila.

-Rodrigo Villamizar.

-Entonces... ¿Si vamos a empezar?

Arrugué la cara sin entender mucho, pero miré el escritorio y a los chamos que ya se estaban sentando esperando que yo dijera algo.

-¿A quién tendríamos que esperar? -pregunté.

Camila arrugó la frente.

-¿Si no sabe usted?

-Buena pregunta -le dije.

De pronto, un estudiante alto desde la segunda fila soltó en tono de chiste:

-Bueno, pero ya que está ahí parado, ¿qué vamos a ver hoy?

Me crucé de brazos, sintiendo cómo esa facilidad para conectar con la gente se me activaba y sin tener que forzar nada.

-Psicología.

-¡Ja! Qué genio -bromeó Camila-. ¿Y el tema?

-El que ustedes quieran... a ver, propongan uno.

-Personalidad -soltó ella de una.

-Perfecto -dije, agarrando la vibra para romper el hielo sin ponerme a explicar en ese momento que no era el profe. Agarré un marcador azul-. Empecemos por lo básico: ¿qué es la personalidad? ¿Es algo duro como un bloque de concreto o se va amoldando como si fuera plastilina?

Aunque al principio se quedaron pensando, la idea les gustó y empezaron a soltar respuestas de una vez: que si la crianza, el carácter, la forma de ser, los golpes de la vida. No me puse a darles un discurso pesado; les devolví preguntas sencillas, usando mi experiencia para armar una conversación interesante.

-Imagínense esto -dije bajando la voz para que prestaran atención-: si alguien solía ser abierta, confiada, cálida y cariñosa, pero después de un mal golpe, de esos que dan en la vida, se vuelve distante y desconfiada... ¿cambió su forma de ser o nada más se puso un escudo para que no lo vuelvan a suceder?

El salón se quedó callado. Camila se pasó una mano por el cabello, pensándolo bien.

-Puede ser una defensa... -murmuró.

-Yo creo que sí -dije-. Y ahí es donde se pone interesante la cosa: ¿dónde termina lo que somos de verdad y dónde empieza la máscara que nos ponemos para protegernos?

Nadie respondió. El único ruido era el soplo del aire acondicionado. Me disfruté ese silencio; era ese silencio sabroso de cuando la gente se pone a pensar de verdad. En eso, el taconazo seco de unos zapatos retumbó en el pasillo. No era un caminar cualquiera; era un paso firme, rápido, sin rodeos. El murmullo del salón se apagó por completo. La puerta se abrió de golpe y entró una mujer cargando varios libros contra el pecho.

Cabello largo recogido en un moño perfecto sin un solo pelo suelto, pómulos marcados y una mirada seria que no pedía permiso a nadie. No venía apurada, pero se le notaba esa autoridad natural de la gente que no necesita gritar para hacerse respetar.

Caminó directo al escritorio. Mientras todos la miraban extrañados, ella me miró a mí, luego se inclinó de lado, vio mis cosas sobre el escritorio y volvió a clavarme la mirada, y:

-¿Usted qué hace ahí? -soltó con una voz firme y seca.

-Buenos días. Me imagino que es la profesora -saludé con mi mejor sonrisa y como si nada, sabiendo que me había metido en su terreno.

-Le pregunté qué hace en mi escritorio.

-Esperando que empiece la clase.

La profesora alzó una ceja apenas.

-Muy gracioso... ¿Y para esperar necesita agarrarse la mesa del docente?

-Fue una confusión rápida. Un compañero tenía un enredo con la planilla y...

-Este escritorio no es para dar información, señor. Haga el favor de quitarse de ahí y busque su puesto, o se sale del salón, como prefiera.

A unos estudiantes se les escapó una risita disimulada. Recogí mis cosas con calma, pero la costumbre de no quedarme callado me hizo soltar una última frase.

-Tranquila, me quedo. Aunque creo que debería presentarme primero.

-Lo escucho, y rápido.

-Rodrigo Enrique Villamizar. Su estudiante.

Silencio total. Los estudiantes se quedaron fríos. Uno de ellos, sentado en una de las últimas filas, soltó una carcajada que se le cortó de inmediato cuando la profesora giró la cabeza hacia él con lentitud felina.

-¿Estudiante? -repitió mirándome de arriba abajo, chequeando mi ropa y mi postura.

-De primer semestre -confirmé.

-¿Y qué hacía dando un discurso sobre mecanismos de defensa?

-Echando un cuento con mis compañeros.

-Esto no es un café ni una charla de pasillo, señor Villamizar. Tampoco es su clase. ¿Le quedó claro?

-Clarísimo.

-Espero que sí. Siéntese allá -me señaló un pupitre desocupado en la tercera fila, alejado del grupo.

-Entendido.

No era el sitio que quería, pero para no agravar el momento, agarré mis cosas y me fui a mi puesto. Al pasar al lado del muchacho al que había ayudado al principio, me guiñó un ojo y me dijo en voz baja:

-Nos vemos luego, profe...

-No le veo la gracia -le respondí sonriendo con picardía en un murmullo.

El grupo no aguantó y soltó una risita muy contenida. La profesora ni se inmutó. Fue a la pizarra, agarró el marcador y escribió en mayúsculas:

¿QUÉ SABEMOS REALMENTE DE NOSOTROS MISMOS?

Dejó el marcador sobre la mesa con un golpe seco y se volteó hacia nosotros.

-Mi nombre es Miranda -dijo apoyando las manos en el escritorio-. Y antes de abrir cualquier libro quiero dejar las cosas claras. Esta materia no es para venir a desahogarse. No me interesan sus secretos, ni sus problemas de familia, ni que jueguen a analizar a los demás por los pasillos.

Hizo una pausa pesada, paseando la mirada hasta dar conmigo. Los compañeros me miraron de reojo a ver cómo reaccionaba; la cosa se estaba poniendo buena, para ellos, no para mí.

-Tampoco quiero gente que se aprenda conceptos de memoria como loros para repetir en un examen. Quiero gente que piense. El que busque una materia regalada para subir nota, se equivocó de salón -dijo señalando la puerta.

El reto quedó en el aire. Miré la pregunta en el pizarrón. Las letras negras resaltaban bajo las luces del techo. ¿Qué sabemos realmente de nosotros mismos?, me repetí en la cabeza.

Me acomodé en la silla sintiendo que la frescura de la mañana se me enfriaba un poco. La pregunta pegaba donde dolía. Miranda empezó a pasar lista y al llegar a mi nombre alzó la vista.

-¿Rodrigo Enrique Villamizar?

-Presente -dije. Los compañeros se rieron sin hacer ruido, esperando el próximo encontronazo.

-Espero que venga a aprender, señor Villamizar, y no a querer darme la clase usted a mí.

-Le aseguro que vine a aprender, profesora -contesté tranquilo, sin perder la calma.

-Más le vale.

El resto de la clase me mantuve tranquilo, no me quedaba de otra. Tomé mis apuntes, escuché la explicación y me dediqué a concentrarme en el tema del dia. Noté lo estricta que era Miranda, el interés de los más jóvenes y cómo me sentía yo metido en esa dinámica, mientras debatíamos la pregunta de la pizarra con muy buenas ideas que aclaraban el panorama.

Cuando llegó la hora de salida, el ambiente se relajó. Mientras guardaba mis cosas, Camila se me acercó con dos muchachas más.

-Oye, Rodrigo... no estuvo nada mal tu estreno, aunque me parece que Miranda te agarró entre ojos -bromeó cruzándose de brazos.

-Qué estreno va a ser, eso fue una pequeña imprudencia... y ustedes tuvieron la culpa -le dije sonriendo.

-Bueno, pero nos hiciste caer a todos -intervino otra de las chicas-. Por cierto, ¿de verdad tienes cuarenta y pico? Pareces como de treinta y cinco.

-Por fin una buena noticia. Ese comentario te acaba de asegurar que te brinde algo en el cafetín todo el semestre -le respondí, sacándole una risa al grupo.

En dos minutos tenía a cuatro o cinco compañeros alrededor preguntándome qué había estudiado antes, qué hacía un ingeniero metido en humanidades y si me iba a quedar hasta el final. Se sorprendían de lo fácil que se me daba romper el hielo; esperaban encontrarse a un señor serio metido en su papel de adulto, pero en lugar de eso se topaban con alguien que se reía de sí mismo, compartía la conversación sin dárselas de sabio y encajaba en el grupo de forma natural. Comentaban muertos de risa que me quedaba poco tiempo con vida en la materia porque Miranda me tenía marcado, pero el respeto y la simpatía se notaban de lejos. Me adapté tan rápido al ritmo del salón que parecía que llevara semestres estudiando con ellos.

A lo lejos, cerca del escritorio, vi a Miranda guardando sus carpetas en un portafolio de cuero. No se metió con nosotros ni mostró curiosidad, pero justo antes de cruzar la puerta nos cruzamos la mirada un segundo. Un contacto rápido, frío, indescifrable. Después salió al pasillo.

No tenía forma de saberlo esa mañana, pero esa mujer de carácter duro se iba a convertir en una pieza clave de mi paso por la universidad y de mi vida. Tampoco me imaginaba que ese grupo de muchachos de veintitantos, a los que miraba con cierto aire de hermano mayor e incluso hasta paternal, terminaría siendo mi refugio y sobre todo uno de mis grandes apoyos.

Y mucho menos sospechaba que entre aquellas aulas terminaría fraguándose una tormenta personal que pondría a prueba todas mis estructuras. Yo, que había pasado la vida calculando resistencias de materiales, previniendo fallas en vigas y diseñando planos perfectos, estaba a punto de descubrir que las personas no responden a las leyes de la física. Había vuelto a la universidad a estudiar la mente ajena, convencido de tener el control de mi vida. No sabía que, en realidad, había regresado para encarar el único derrumbe que jamás preví: el de mis propios muros.

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