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La niña y la anciana.

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Summary

En una hermosa y atmosférica fantasía que tiende un puente entre la alta sociedad moderna y la pureza primitiva del siglo XIII, una joven heredera descubre el verdadero significado de su legado. Asfixiada por el peso aplastante de los protocolos institucionales, las expectativas aristocráticas y las rígidas armaduras del lujo, una futura soberana busca consuelo en las catacumbas más profundas y olvidadas de un antiguo museo real. Guiada por el destino, cruza un umbral místico oculto detrás de un retablo de madera medieval, desencadenando un cambio fluido y extraordinario. Despojada de su vestido de alta costura, de su título y de su identidad moderna, emerge en un pasado prístino: vestida únicamente con una túnica de lino simple y obligada a tocar la tierra húmeda y limpia descalza. Acogida por una enigmática y anciana herborista que una vez compartió un secreto interdimensional similar, la joven debe adaptarse al ciclo implacable de las estaciones, dominando la botánica ancestral, el transporte en botes de remos y la supervivencia pura de los primeros asentamientos. Cuando un poderoso y noble caballero medieval llega para reclamar la isla, su vulnerabilidad limpia y desarmada se convierte en su máxima herramienta diplomática para negociar los cimientos de un reino que, siglos más tarde, acunará su propio nacimiento. Una fantasía histórica profundamente emotiva e inspiradora sobre la soberanía en los viajes en el tiempo, la sabiduría natural y la hermosa búsqueda de la libertad humana lejos de las jaulas doradas del poder.

Genre
Fantasy
Author
Sawukir
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Estela y Liana

AVISO DE CONTENIDO Y EXCLUSIÓN DE RESPONSABILIDAD:

1.FANTASÍA Y ENTRETENIMIENTO: Esta historia es una obra de ficción y fantasía recreativa para adultos. Está destinada únicamente al entretenimiento de personas maduras. El autor no respalda ni recomienda realizar estas actividades en la vida real.

2.PERSONAJES ADULTOS: Todos los personajes de esta historia son ficticios y tienen 18 años de edad o más. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia o viven en una realidad paralela a la nuestra.

3.CONTENIDO EXPLÍCITO: Esta obra contiene escenas de naturaleza sexual explícita, sumisión y daño simulado. Si usted es menor de 18 años o se ofende con estos temas, por favor no continúe leyendo.

4.AMBIENTACIÓN Y ARTE 3D: Los entornos geográficos se utilizan solo para ambientar la trama en un futuro cercano o en un mundo o realidad paralelo. No se utilizaron personas o eventos reales para la creación de esta historia ni para las imágenes generadas en 3D. Ningún modelo sufrió daño real en el proceso.

Nota del autor:

Mientras buscaba lugares para visitar en Suecia descubrí la interesante historia que tiene el museo de Tre Kronor en las profundidades del Palacio Real de Estocolmo, las imágenes del museo me llevaron a investigar mas sobre la historia y de pronto nació en mi mente la idea de crear una historia de viaje en el tiempo teniendo como escenario la isla en un tiempo antes de la fundación de la ciudad de Estocolmo durante el siglo VIII.

Al escribir la historia planteo el relato partiendo de la misma ubicada en un mundo paralelo dentro de 4 años en el futuro de Suecia. La protagonista busca la tranquilidad en la profundidades del palacio y por cosas del asar o el destino ella cruza una puerta que la deposita en una primavera antes de la construcción de la fortificación de Tre Kronor.

Esta historia es escrita utilizando mucha imaginación y fantasía, respetando la historia de Estocolmo y de sus ciudadanos del pasado, el presente y el futuro; espero que sea de su agrado.

El calor de las luces del gran salón del Palacio Real de Estocolmo se sentía tan denso esa noche y era casi asfixiante, atrapada entre las molduras doradas del techo y el murmullo incesante de un centenar de voces apagadas. Era la primavera de 2030, y para la princesa Estela, que acababa de cumplir los dieciocho años, la velada se había convertido en un ejercicio de resistencia mental y física. El vestido de gala, era una pieza de alta costura en un tono blanco hueso imponente, pesaba sobre sus hombros con la rigidez de una armadura. La tela estaba cargada de bordados dorados minuciosos y adornos que crujían con cada uno de sus movimientos, limitándole la respiración a bocanadas cortas y calculadas.

A su alrededor, el protocolo se desplegaba con su parsimonia habitual. Diplomáticos de carrera, embajadores de naciones lejanas y funcionarios de la corte se movían por la pista con una elegancia acartonada junto a sus acompañantes. Estela intentaba mantener la sonrisa oficial, esa línea perfecta y educada que le habían enseñado desde niña, pero el cansancio interno ganaba terreno. La música de la orquesta, un vals predecible que rebotaba contra las paredes de mármol, parecía estirarse sin fin. Lo peor, sin duda, eran los pisotones. Había tenido que compartir la pista con un par de ministros veteranos y vejestorios de la diplomacia cuyos pies se movían con la torpeza de quien hace mucho olvidó el ritmo; cada pisotón equivocado sobre la punta de sus zapatos de tacón alto le arrancaba un pinchazo de dolor real que tenía que camuflar de inmediato bajo una pestaña parpadeante y un saludo amable.

Cuando la última pieza musical de la tanda llegó a su fin, Estela supo que había cumplido con su cuota de presencia. En la corte, a sus dieciocho años, todavía se la miraba con la indulgencia propia de la juventud; nadie esperaba que una muchacha de su edad aguantara el brindis de medianoche con los dignatarios más solemnes. No necesitaba dar explicaciones, ni pedir permisos, ni inventar excusas elaboradas. Simplemente aprovechó el reflujo de la multitud que se dirigía hacia las mesas de los aperitivos para dar un paso hacia atrás, deslizándose con la agilidad de una sombra entre los pesados cortinajes de terciopelo que daban acceso a las puertas de servicio traseras. Para el resto del salón, para sus padres y para la guardia que custodiaba las entradas principales, la princesa heredera simplemente se había retirado a pasar la noche en la tranquilidad de su alcoba privada.

Pero Estela no se dirigió a sus aposentos.

En cuanto la pesada hoja de madera paneleada se cerró a sus espaldas, amortiguando de golpe el barullo de las conversaciones diplomáticas, el aire cambió. Entró al pasillo de servicio, una arteria interna del palacio iluminada con una luz mucho más tenue y funcional. Estela no lo pensó dos veces: se inclinó un poco, soltó los broches de sus zapatos de tacón alto y se los quitó de un tirón. Sostuvo el calzado por las correas con una mano y apoyó las plantas de los pies directamente sobre el suelo. Estiró los dedos de los pies brevemente y los flexionó para articular una voz de libertad mientras caminaba descalza por el pasillo detrás de los muros de palacio.

Caminar descalza era algo que hacía siempre que el protocolo le daba un respiro. Conocía de memoria la geografía secreta del palacio, sus atajos ocultos y el tacto de cada superficie. Sentir la piedra lisa y fría del pasillo oculto transmitiéndole un frescor inmediato desde las plantas de los pies hasta las rodillas le devolvió el alma al cuerpo. Era un alivio físico, una descarga de tensión que la hizo enderezar la espalda por primera vez en toda la noche. Empezó a avanzar a paso firme, sin prisas, disfrutando de la libertad de que sus pisadas ya no produjeran el menor eco en la penumbra.

Se desvió hacia uno de los pasajes privados que conectaban las plantas superiores con los niveles inferiores del edificio. Eran corredores antiguos, estrechos, donde el mármol moderno le cedía el paso a los bloques de piedra maciza y rústica que formaban las entrañas del complejo. Estela comenzó a descender las escaleras de caracol, hundiéndose de manera voluntaria en las profundidades del subsuelo, hacia la zona donde se resguardaba el viejo Museo Tre Kronor.

Con cada escalón que bajaba, el eco lejano de la orquesta de arriba se volvía más borroso, una vibración sorda que terminó por desaparecer por completo. En su lugar, el silencio absoluto del subsuelo la envolvió como un manto denso. El aire allí abajo era distinto: más fresco, con un toque constante de humedad y ese olor inconfundible a polvo antiguo y a piedra que ha soportado el paso de los siglos. Sus pies descalzos se apoyaban ahora sobre las rocas originales que habían sobrevivido al gran incendio de 1697. Estela caminaba con total soltura en la penumbra de los sótanos cerrados al público, sintiéndose dueña de un espacio donde el tiempo parecía haberse congelado mucho antes de que nacieran las ciudades. Sabiendo que nadie la buscaría allí abajo, avanzó con paso seguro hacia el rincón más profundo del museo, directo hacia el viejo retablo que tanto le fascinaba.

La iluminación focalizada del Museo Tre Kronor cortaba la penumbra del sótano con haces de luz amarillenta y precisa, diseñados para proteger las piezas más sensibles del desgaste del tiempo. Frente a Estela se alzaba el retablo más antiguo de la colección, una estructura de madera oscura y nudosa que parecía absorber la humedad del ambiente. Ella se detuvo a pocos centímetros de la pieza, con las plantas de los pies bien asentadas sobre las losas frías del suelo arqueológico. No había prisa en sus movimientos. El silencio del lugar le permitía concentrarse en los detalles que tantas veces había contemplado de lejos durante las visitas oficiales al viejo complejo arqueológico.

El cuadro mostraba una estampa rural de la colina original, libre de los muros barrocos que ahora la sepultaban. En el centro de la composición estaban talladas las figuras de dos mujeres. Estela fijó la mirada en la anciana, cuyos trazos reflejaban una vejez serena, con manos rugosas que sostenían ramojos de plantas. Luego, desvió los ojos hacia la figura de la joven que estaba a su lado. Bajo la luz directa del foco del museo, la coincidencia de los rasgos se volvió innegable; la forma de la mandíbula, la caída de los hombros y la expresión de los ojos eran idénticas a las suyas. Llevada por una mezcla de curiosidad pura y el deseo de examinar los pigmentos envejecidos de las caras, Estela dio un paso al frente y apoyó la palma de la mano derecha directamente sobre el borde del marco de madera gruesa.

El marco cede con un crujido sordo, casi imperceptible, que vibró a través de sus dedos. No hubo un estallido ni un resplandor, sino un desplazamiento mecánico y fluido. El panel completo del retablo pivotó hacia adelante, revelando una abertura del tamaño exacto de una puerta de alacena oculta en el muro de piedra original de la fortaleza medieval. Estela, sin dudarlo y movida por su natural instinto de exploración, agachó la cabeza y cruzó el umbral, entrando al espacio cerrado que se abría al otro lado.

El espacio era una pequeña bodega subterránea, una cabaña redonda de piedra con el techo de paja tupida, semienterrada en una hondonada del terreno. Era justo el mismo lugar donde estaba el retablo solo que ahora era una pieza grande de madera sin ningún tipo de arte y tan sencilla como cualquier otra vieja puerta de madera obtenida de un gran tronco de cualquier árbol de la localidad. Al principio, la penumbra del interior le impidió notar el cambio en su propio cuerpo, pero el peso de las telas la alertó. No sentía el roce rígido de los adornos de alta costura ni la opresión del corsé en las costillas. Al mirar hacia abajo, aprovechando la claridad que empezaba a filtrarse por los resquicios de las maderas, descubrió que su vestido de gala blanco hueso se había transformado por completo. Ahora vestía un camisón de lino rústico, espeso, de un tono grisáceo natural. La prenda estaba raída, rota con naturalidad en los bordes y era tan corta que terminaba bastante por encima de las rodillas, dejando sus piernas largas al descubierto. Los hombros también le quedaban al aire, libres de las costuras modernas. No llevaba zapatos, ni medias, ni rastro de la ropa interior del palacio; la tela áspera caía directamente sobre su piel limpia. Su cabello, antes recogido para la gala, caía ahora suelto y con un tono castaño oscuro que completaba su mimetización con el entorno.

Antes de que pudiera procesar la bodega arqueológica, otra puerta de madera rústica que está donde debía estar el pasillo del museo que da acceso a la antigua cabaña arqueológica se abrió de par en par. La luz limpia y deslumbrante de la mañana de primavera inundó el espacio de piedra y tierra de golpe. Recortada contra esa claridad exterior, apareció la figura de una anciana. Llevaba ropajes viejos, sucios de tierra y desgastados por el uso diario. Al entrar a su hogar, la anciana no mostró sorpresa ni alarma al ver a la joven descalza en medio de la habitación. Sus ojos, claros por la edad, recorrieron la figura de Estela. No hubo preguntas confusas ni sospechas de intrusión. La anciana simplemente dejó escapar una sonrisa leve, reconociendo el patrón de la ropa y el origen de la muchacha. La anciana, que ya había visitado el futuro a través de esa misma alacena en sus años de juventud antes de elegir la paz de su propio siglo, cerró la puerta de madera a sus espaldas, estableciendo desde ese primer segundo un trato directo, natural y cómplice, como el de una abuela que recibe a su nieta después de un largo viaje.

La anciana dejó la pesada cesta de mimbre que traía del bosque sobre la mesa de madera tosca y se volvió hacia la joven que acababa de cruzar el umbral de la alacena. Sus ojos, entornados avanzaba, pareciendo enfocar la silueta con una calma profunda. No hubo sobresaltos en la cabaña semienterrada. La mujer se pasó una mano sarmentosa y sucia de tierra por el delantal andrajoso, examinando la figura que tenía enfrente. Al ver la textura de la ropa y la forma en que la chica miraba a su alrededor, una sonrisa leve dibujó sus labios arrugados. Habló con una voz áspera pero cargada de una calidez familiar, usando un sueco rústico de fonética cerrada que se entendía con total claridad.

—Veo que la alacena me ha traído una visita del otro lado —dijo la mujer, acomodándose los cabellos canos—. Yo soy Liana, la recolectora de plantas de este islote. ¿Quién eres tú, muchacha?

La chica dio un paso al frente, asentando con firmeza las plantas de sus pies descalzos sobre la tierra blanda del suelo. A pesar de verse con el “camisón” corto, andrajoso y con los hombros descubiertos, enderezó la espalda con la dignidad que llevaba grabada en los huesos. La rigidez de la gala de arriba había desaparecido, pero su voz sonó clara, templada y con el peso de su rango, adaptándose con una naturalidad asombrosa al dialecto de la mujer.

—Soy la Princesa Estela de Suecia, Duquesa de Östergötland y heredera al trono —se presentó con todos sus títulos oficiales, mirándola fijamente a los ojos—. Sabía que los sótanos del palacio guardaban ruinas antiguas, pero no me imaginaba que encontraría una puerta que me llevara a… ¿Dónde estamos?

Liana no se mostró intimidada por los títulos reales. Al contrario, dejó escapar una risa corta, que sonó como hojas secas frotándose entre sí, y asintió con la cabeza como quien encaja la última pieza de un viejo rompecabezas. Se sentó en un banco de madera corto, acariciando con los dedos una gran losa en el suelo, justo donde el nombre de su difunto esposo, Ergan, estaba grabado a golpe de cincel rudimentario.

—Mmm… una princesa de tierras lejanas —murmuró Liana, mirando de reojo hacia el marco de madera de la alacena—. Esa madera tiene su propia voluntad. Cuando mi Ergan murió y me quedé sola en esta colina, el dolor me hizo buscar rincones oscuros en la alacena. Así descubrí la rasgadura que encontrasteis. Yo también crucé al otro lado hace muchos años. Vi ese futuro de donde tú vienes, ahí descubrí que el monarca era Carl XVI Gustaf ya que su hija me lo explicó cuando me vio mí confusión. Vi los carruajes sin caballos, las chimeneas altas que escupían humo y los puentes que cruzan las aguas del gran canal.

La anciana hizo una pausa, respirando el humo dulce del fogón, y negó con la cabeza lentamente, recordando la experiencia.

—Pero ese lugar no era para mí. Había demasiadas multitudes. Un ruido ensordecedor de gentes que corren de prisa y carretas que avanzan con rugidos ensordecedores. Aquello me agobió el pecho y me quitó el aire. Preferí regresar a mi cabaña, a la tranquilidad de mi hogar, donde el sol y las estaciones marcan el ritmo y la tierra se puede pisar sin prisa. Por eso cerré la alacena y me quedé aquí, a recolectar mis hierbas y a esperar el día en que me entierren junto a mi viejo Ergan, la anciana señala el suelo donde está la piedra con el nombre esculpido.

Estela escuchó en silencio, profundamente conmovida por la sencillez de la mujer. Entendía perfectamente el sentimiento; ella misma acababa de huir de una multitud acartonada en el piso superior del palacio barroco del siglo XXI para buscar la tranquilidad en el subsuelo del palacio. El vínculo entre la princesa de dieciocho años y la anciana se selló en ese instante, eliminando cualquier distancia social y transformándose en un trato directo, fluido y cómplice, como el de una abuela que recibe a su nieta en la cocina de su casa, pero 780 años en el paso antes de que existiera el palacio real de Estocolmo.

Liana se levantó del banco con esfuerzo y señaló un pesado fardo de lino basto amarrado con cordeles de cuero rústico que descansaba en la esquina de la bodega. El olor penetrante a cortezas secas, raíces de bosque y hojas medicinales inundaba todo el ambiente de la cabaña.

—Mis piernas ya no tienen la fuerza de antes para ir y venir del poblado —explicó la anciana, acomodando el fardo con maña—. Los mercaderes que trabajan para los monjes del monasterio están esperando este cargamento de primavera. Ya que estás aquí y tienes la juventud de tu lado, llévalo a la casa del mercader, en el islote de enfrente. Cambia estas plantas por el sustento del mes. Necesito pan, grano y pescado seco para la despensa.

Estela asintió con una sonrisa dispuesta y sincera. Liana la ayudó a pasar las correas de cuero por sus hombros, ajustando la carga directamente sobre su espalda desnuda. El lino áspero del camisón andrajoso amortiguó el peso, que no resultaba familiar para la excelente condición física de una joven de dieciocho años acostumbrada al ejercicio y a las largas caminatas.

Al empujar la puerta exterior de la cabaña, la luz limpia de la mañana de primavera le dio de lleno en la cara segando su visión por un instante. Estela al adaptarse al brillo de la luz de la mañana libre del humo de los escapes de los automóviles y disfrutar de una bocanada de verdadero aire puro bajó por la hondonada de la colina virgen. Su primer paso en el exterior fue una delicia sensorial: el barro húmedo y fresco de la estación se coló entre los dedos de sus pies descalzos, una textura densa y limpia que ya conocía de sus paseos privados por los jardines reales. Caminó sin prisa entre la maleza y los brotes verdes hasta llegar a la orilla del canal, donde las aguas brillaban con la pureza de un espejo azul profundo, sin rastro de barcos modernos ni la contaminación del siglo XXI.

Junto al muelle rudimentario de troncos amarrados, la vieja lancha de remos destartalada cabeceaba suavemente. Estela apoyó un pie descalzo en el fondo de madera húmeda, equilibrando el cuerpo con la soltura de quien practica el remo recreativo por pura diversión. Dejó la carga en el centro, se sentó en el banco transversal y tomó los pesados remos de madera tosca tallada a mano. Con un empuje seco y coordinado de sus piernas y espalda, la lancha se separó de la orilla y enfiló el canal abierto hacia el oeste del islote avanzando cerca de un kilómetro, luego giró en dirección del poblado, situado justo frente al islote de la anciana Liana.

El trayecto fue rápido. Estela conocía las corrientes del canal y supo trazar una diagonal perfecta para aprovechar el flujo del agua a su favor. Al aproximarse al muelle de lodo del poblado de pescadores, un muchacho joven, el ayudante del mercader local, se encontraba limpiando unas redes en la orilla. El chico se quedó de piedra al ver la técnica limpia, la fuerza y la seguridad con la que la muchacha de cabello castaño oscuro manejaba la barca rústica. No era común ver a una joven desplazarse con semejante dominio por el canal.

Estela arrimó la lancha con precisión y saltó al lodo del muelle, hundiéndose hasta las rodillas en el barro espeso de la orilla. El ayudante, saliendo de su asombro, se apresuró a ayudarla a asegurar la amarra de cuerda vieja en un pilote de madera, asumiendo por la naturalidad de sus ropajes rotos y sus pies mugrientos que se trataba de la nieta de la anciana solitaria de la colina.

—¿Traes los hierbajos de Liana? —preguntó el muchacho, echándose al hombro el fardo de plantas que Estela le tendía junto al borde del bote.

—Sí, es la cosecha de primavera para el mercader —respondió ella, limpiándose el lodo de las manos en el camisón corto con total indiferencia. Luego ella preguntó: ¿Sabes como llegar con el mercader?

El la mira y dice: ¡Sígueme! Ambos siguieron el sendero de tierra batida que subía desde el embarcadero, caminado sobre los charcos y el aguanieve derretida de los callejones. El poblado era un conjunto sencillo de cabañas de madera y piedra con techos de paja que olían a humo de leña y a arenque ahumado. Para Estela, el murmullo de los lugareños regateando y los ruidos de la aldea no eran muy diferentes a los del mercado de su presente; la actividad humana conservaba el mismo pulso vital que ya conocía con mínima diferencia de las ropas de las personas, era lo mismo de siempre.

Entraron directamente a la casa del mercader, una construcción más amplia situada en el centro del poblado. El interior era fresco y oscuro, con vigas de madera ahumadas y sacos apilados en los rincones. Un par de clientes locales, aldeanos de la aldea, esperaban su turno en una esquina de la estancia. El mercader, un hombre robusto de trato cortés y rústico, recibió el cargamento sobre su mesa de roble y desató los cordones de cuero para realizar la inspección obligatoria.

Estela se mantuvo a un lado, observando en silencio. Con sus ojos altivos y sus conocimientos básicos de botánica, notó de inmediato que algunas de las raíces y hojas habían perdido frescura debido al almacenamiento deficiente de la época, propenso a la humedad de la bodega. Sin embargo, para el mercader y la gente en 1250, esa pérdida de calidad era completamente normal del día a día; el hombre olió las cortezas, comprobó el peso con sus manos y asintió conforme, pagando lo justo por el cargamento sin sospechar que el producto podría haber estado en mejores condiciones.

Como el comercio se basaba en el trueque directo por especies, el mercader dio una orden a su ayudante. El muchacho comenzó a separar el pago equivalente para la anciana y su nieta: sacos de grano de cebada, pan plano de centeno y una buena cantidad de pescado seco y ahumado, un volumen considerable que rellenaría la mitad de la pequeña lancha y aseguraría los víveres para todo un mes en la cabaña.

El ayudante y Estela realizaron un par de viajes por el camino embarrado, cargando los pesados sacos entre los dos desde la casa del mercader hasta el muelle. El chico, que conocía la rutina que solía hacer con la vieja Liana, acomodó los víveres en el fondo de la lancha de forma rutinaria, distribuyó del peso en el centro para asegurarse de que la destartalada barca de madera no se fuera a pique durante la travesía de regreso. Estela contempló el bote cargado, agradeció el gesto del ayudante con un beso en la mejilla que hizo ruborizar al muchacho y se preparó para tomar de nuevo los remos, lista para emprender la ruta de vuelta a la colina bajo el sol de la tarde.

El viaje de regreso a la colina demandó una cadencia distinta, un ritmo sostenido que Estela asimiló con la presteza de su buena condición física. Con la lancha cargada a la mitad por los sacos de grano de cebada, los panes planos de centeno y el peso espeso del pescado ahumado, la madera de la barca se asentaba mucho más abajo en la línea del agua cristalina. El ayudante del mercader había hecho un buen trabajo distribuyendo los bultos en el centro, lo que le permitía a la joven mantener el equilibrio sin que la proa cabeceara de más. Tomó los pesados remos de madera tosca y, aprovechando el conocimiento de las corrientes que había observado a la ida, trazó la diagonal de vuelta empujando con las piernas y jalando con los brazos en un movimiento limpio. El esfuerzo físico bajo el sol templado de la tarde no le supuso un agotamiento, sino una descarga de energía sumamente placentera.

Al arrimar la lancha al muelle rudimentario de troncos amarrados en la base de la hondonada, la silueta de Liana ya se recortaba en la orilla, apoyada en su bastón de madera nudosa. A pesar de la bruma gris de sus ojos, la anciana estiró el cuello al escuchar el chapoteo de los remos y el crujido de la quilla contra las rocas. Al notar el volumen de la carga que abarrotaba el fondo del bote, un suspiro largo y sonoro escapó de su pecho arrugado, transformándose en una sonrisa de alivio profundo que le surcó todo el rostro. Sabía que el sustento para todo un mes estaba asegurado en la despensa gracias al vigor de su nueva acompañante.

Entre las dos, cargando los sacos a pulso por el sendero ascendente de la colina, trasladaron las provisiones hasta el interior seguro de la cabaña semienterrada. El barro fresco de la primavera se colaba de nuevo entre los dedos de los pies descalzos de Estela, una sensación densa que ya asimilaba de forma completamente natural. Una vez que el pescado y el grano quedaron acomodados en los rincones secos de la bodega, la joven se dispuso a preparar el espacio para descansar tras la jornada.

Por puro instinto de higiene del siglo XXI, lo primero que hizo Estela fue tomar una olla de barro cocido, llenarla con agua del canal y colocarla directamente sobre las brasas vivas del fogón central. Esperó pacientemente a que el calor hiciera su trabajo hasta que el agua comenzó a soltar borbotones densos y vapor limpio en el interior de la cabaña. Se arrodilló sobre la tierra blanda usando el agua hervida para tomar un cuenco de madera para beber un trago largo y seguro luego comenzó a lavarse las manos meticulosamente.

Liana, que la observaba sentada desde su banco corto con la cabeza ladeada, frunció el ceño con una extrañeza evidente. Los aldeanos no solían perder el tiempo calentando el agua a menos que fuera para preparar una sopa de avena o un potaje espeso.

—¿Para qué haces eso, muchacha? —preguntó la anciana, señalando la olla humeante con la punta de sus dedos sarmentosos—. El agua del canal viene limpia, no necesita el fuego para calmar la sed.

Estela dejó el cuenco de madera sobre la mesa de roble y se sentó en el suelo de tierra, cerca de las rodillas de la mujer. Buscó las palabras más sencillas y directas del dialecto local, evitando términos rebuscados o explicaciones científicas que no tuvieran sentido en el siglo XIII.

—De donde yo vengo —explicó Estela con voz pausada y clara—, sabemos que el agua esconde cosas muy pequeñas, invisibles a los ojos, que pueden traer fiebres y dolores en la panza si se toman directamente del agua del canal. El fuego limpia el agua por completo y la vuelve segura para el cuerpo. Y no solo sirve para beber, Liana. Si usamos este mismo calor para secar y airear las plantas medicinales en estantes elevados, lejos de la humedad del suelo de esta bodega, las hojas y las raíces no se pudrirán tan rápido. Mantendrán su fuerza y su olor por muchas más lunas, y el mercader no te pagará menos por un cargamento arruinado.

La anciana guardó silencio durante unos instantes, tratando de entender las palabras de la chica. No alcanzaba a comprender la existencia de esos elementos invisibles de los que hablaba la joven, pero asintió despacio con la cabeza. Sabía que la vida en el futuro era mucho más avanzada y que la salud de las gentes de ese tiempo era superior, por lo que aceptó el consejo sin oponer la terquedad común de los viejos.

—La gente es dura de cabeza para cambiar lo que siempre ha hecho —admitió Liana con una sonrisa mansa—, pero tu propuesta tiene buen juicio. Probaremos tus métodos con la próxima cosecha de raíces.

Al caer la noche, la penumbra más absoluta se adueñó del archipiélago. Sin la electricidad ni las luminarias artificiales del palacio moderno, el mundo del pasado se apagaba por completo con la última luz del sol, dejando espacio a un silencio sepulcral que solo rompía el viento primaveral entre los pinos de la colina. Llegado el momento del descanso, Estela demostró la nobleza de su carácter. El único jergón de paja de la cabaña, cubierto con pieles viejas, pertenecía a Liana; la joven se negó rotundamente a que la anciana durmiera desvalida en otra parte.

Estela se despojó del camisón rústico de lino para ponerlo a airear y se acostó directamente sobre el suelo de tierra batida, completamente desnuda, junto a las brasas avivadas por un tronco grueso del fogón central. El calor del fuego le entibió la piel de la espalda mientras asimilaba la paz inmensa de una noche sin el zumbido de los motores de automóviles surcando las carreteras o los aviones sobrevolando la ciudad. Durmió de un tirón, sintiendo la sutil suavidad de la tierra bajo su cuerpo.

Al amanecer del segundo día, la luz limpia de la mañana se coló por los resquicios de la puerta. No había planes reales ni agendas que cumplir para la heredera al trono. Estela se vistió de nuevo con su prenda corta de lino, dejando sus piernas largas y sus hombros al aire, dispuesta a pasar la jornada ayudando a la anciana en sus quehaceres diarios. Salieron juntas hacia la espesura del bosque virgen que cubría la colina, un terreno tupido de matorrales, pinos altos y suelo cubierto de hojas secas y humedad primaveral.

Caminando descalza entre la maleza, Estela avanzaba con paso seguro, adaptando las plantas de sus pies a la rugosidad de las raíces superficiales y al tacto frío del musgo húmedo. La jornada se transformó rápidamente en una clase de botánica antigua muy interactiva. Liana, armada con su bastón y su prodigioso sentido del olfato y del tacto, se convirtió en la “profesora” perfecta para la princesa.

—No toques esa hoja verde de tres puntas, Estela, eso solo es maleza que amarga la boca —le advertía la anciana, agachándose con presteza para arrancar una raíz nudosa de la tierra—. Busca la planta de tallo velludo que crece a la sombra de los robles. Esa es la que calma las heridas de los pescadores cuando se cortan con los anzuelos. Huele su corteza, debes aprender a reconocerla por el aroma antes de cortarla.

Estela se arrodillaba en el lodo del bosque, hundiendo sus dedos en la tierra viva para desenterrar las cortezas y las hojas que Liana le indicaba, absorbiendo el conocimiento ancestral de la recolectora. Pasaron las horas recolectando el cargamento para el mes siguiente, mimetizadas por completo con el entorno, transformando a la futura reina de Suecia en una andrajosa y sucia chica de aldea, pero a su vez en una aplicada aprendiz del conocimiento de la tierra en el corazón de una colina salvaje. Durante las siguientes cuatro semanas, la joven se dedicó por entero a esta rutina diaria, caminando descalza bajo el sol de la primavera tardía hasta aprender a reconocer cada hierba, raíz y corteza medicinal que crecía en el islote de Liana.

A lo largo de las semanas, la primavera le cedió el paso a un verano de cielos abiertos y madrugadas luminosas, transformando la colina virgen y los islotes en un lienzo de verdes intensos y aguas centelleantes. Estela se asentó en esa realidad con la naturalidad de quien siempre ha pertenecido a la tierra. No había agendas de palacio, ni discursos preparados, ni guardias custodiando sus pasos. Su vida se redujo a la pureza del ciclo diario: el olor a leña por las mañanas, el tacto del lodo secándose entre los dedos de sus pies descalzos y la inmensa libertad de no rendirle cuentas a nadie. Se convirtió en una silueta andrajosa, de cabello castaño oscuro y piernas largas descubiertas, que se movía por los poblados vecinos con la soltura de una lugareña más.

El sol del verano brillaba con una fuerza templada sobre las aguas del canal, anunciando el apogeo de los meses más cálidos del año escandinavo. Esa mañana, Estela se encontraba en una de las orillas rocosas del islote, aprovechando las horas de luz clara para lavar su única prenda de lino en la corriente limpia del río. Al terminar la faena, colgó el camisón andrajoso en las ramas bajas de un pino silvestre para que se secara al sol y se quedó sentada sobre las losas de piedra, completamente desnuda, disfrutando del frescor del aire y del sol sobre su piel. Para ella, caminar y descansar desvestida bajo el cielo abierto se había convertido en un deleite nuevo y profundo; una libertad física absoluta que las cámaras y los muros barrocos de su palacio en el futuro le habían negado siempre, y que ahora asimilaba sin el menor rastro de culpa o decoro.

El silencio de la orilla se rompió con el crujido de las ramas y el sonido pesado de botas herradas sobre la hojarasca. Al volver la cabeza, Estela distinguió el brillo del metal y las insignias grabadas en los escudos de los recién llegados, reconociendo al instante la comitiva del gobernador Birger Jarl. Fue en ese microsegundo de sorpresa cuando su entrenamiento diplomático se activó con frío cálculo: en lugar de ceder al pánico, huir avergonzada o correr a vestirse con la prenda húmeda, tomó la firme decisión de quedarse exactamente como estaba sobre las losas de piedra. Comprendió que la vulnerabilidad de su propia piel, mostrada con una soberanía implacable, sería la mejor arma para desarmar el orgullo de los hombres de armas, tomar la iniciativa de la negociación y asegurar que la anciana jamás fuera expulsada de su hogar.

Cualquier otra joven habría corrido a cubrirse presa del pánico ante los hombres, pero Estela no era una aldeana común. Con la mente templada la princesa heredera entrenada para la diplomacia, se puso de pie sobre las losas sin la menor prisa. Sostuvo firmemente la mirada del gobernador con una seguridad aplastante que descolocó por completo a los soldados, obligándolos a detener su avance y apartar los ojos por puro respeto caballeresco. Entonces, dictando ella misma los tiempos del encuentro y sin mostrar una pizca de vergüenza, Estela caminó con soberanía hacia el pino, tomó su camisón de lino húmedo y se lo enfundó con un movimiento fluido. Aunque la tela mojada se adhirió de inmediato a su silueta revelando sus formas, la joven quedó formalmente vestida bajo las estrictas costumbres nórdicas de la época, usando esa verdad desarmada como un trono natural para tomar el control total de la negociación desde el primer segundo.

—Mi señor Gobernador —habló Estela, con una voz pausada pero firme que resonó por encima del chapoteo del agua, usando el dialecto local con el respeto debido a su alto rango—. Nos habéis encontrado tal como la tierra nos mantiene en este islote, sin riquezas, sin armas y sin dobles intenciones ante vuestra presencia. Sé bien de vuestra fama de legislador justo y que habéis venido a consolidar la defensa de este canal.

Birger Jarl, saliendo de su desconcierto inicial ante el aplomo de la muchacha y la solemnidad de sus palabras, dio un paso al frente. El contraste entre la tela húmeda adherida a su silueta y la dignidad reverente de su discurso le hizo asimilar que no estaba ante una simple aldeana asustada, sino ante una voluntad noble que conocía las leyes de los hombres y de Dios.

—Hablas con la prudencia de un jefe y el respeto de un vasallo, muchacha —respondió el gobernador, cruzando los brazos sobre su pesado torso de cuero y lana, mientras ordenaba a su escolta mantener la distancia—. Esta colina pertenece al reino por derecho de armas ahora. Necesitamos levantar el muro donde las aguas se estrechan.

Estela, manteniéndose de pie junto a las losas con total tranquilidad, inclinó la cabeza con elegancia antes de desplegar su estrategia de negociación; una jugada política perfecta que entrelazaba la moralidad caballeresca con el frío pragmatismo del líder militar.

—Mi señor, el lugar más sabio para asentar el corazón de esa fortaleza es exactamente donde se alza la cabaña de mi abuela, la anciana Liana —planteó Estela, extendiendo la mano con elegancia hacia la hondonada—. Los cimientos de piedra de esa bodega subterránea son antiguos, macizos y están soldados a la roca madre de la colina. Para vuestros maestros canteros, aprovechar esa base fuerte significará un ahorro inmenso en brazos y acarreos de piedra. Vuestra torre principal se elevará con el doble de presteza, permitiendo a vuestros hombres asegurar el canal y guarecerse mucho antes de que las primeras heladas del invierno congelen la tierra.

Birger Jarl entornó los ojos, analizando la propuesta con la mentalidad de un estratega acostumbrado a sopesar el ahorro de hombres y el valor de una posición fortificada. La lógica de la muchacha era irreprochable.

—¿Y qué tributo exige la colina a cambio de ceder sus cimientos? —preguntó el gobernador, intrigado por el aplomo y la astucia del trato.

—Que la corona tome la elevación para su torre, pero que vuestros maestros constructores dejen la cabaña habitable tal como está, integrada y protegida bajo los muros de la fortaleza —condicionó Estela con firmeza, asegurando con ese movimiento que nadie destruyera ni descubriera el secreto de la alacena mágica—. Mi abuela Liana y yo seguiremos viviendo bajo vuestro amparo en este islote. A cambio, os ofrecemos una ofrenda de gran valor para vuestro gobierno: ella instruirá a los clérigos y enviados que designéis en el arte secreto de las plantas medicinales, las raíces y las cortezas de esta región, para que el reino posea ese monopolio de sanación. Solo exijo un juramento, mi señor: que cuando el tiempo de la anciana termine, se le permita ser enterrada en esta misma tierra, justo al lado de la piedra de su difunto esposo, el abuelo Ergan, para que su cuerpo descanse donde él ya descansa.

La vieja Liana, que se había aproximado silenciosamente entre los arbustos apoyada en su bastón, escuchó el final del discurso con una sonrisa de orgullo y complicidad en sus labios arrugados. Dejó que su “nieta” llevara las riendas de la negociación por completo, maravillada por la astucia de la joven.

Birger Jarl contempló a la muchacha que le planteaba un acuerdo perfecto con el aplomo de un igual. El trato resultaba idóneo para sus fines: solucionaba la ubicación de su torre de vigía, aseguraba moradoras leales para el asentamiento y ganaba el monopolio de un conocimiento médico y botánico valiosísimo para sus clérigos, sin ceder absolutamente nada en el proceso.

—Es un trato justo y de buena ley, muchacha —declaró Birger Jarl, asintiendo con la cabeza con un respeto sincero—. Los cimientos de la bodega se respetarán y la anciana tendrá su descanso eterno en este suelo. Mi honor y mi fe sellan el pacto.

El acuerdo se cerró bajo las antiguas leyes de la palabra dada, estrechando las manos en señal de tregua y blindando para siempre el destino de la colina, así como la ubicación exacta de la puerta del tiempo bajo la sombra protectora de la nueva fortaleza real.

Durante los meses más cálidos, Estela pasaba el séptimo día viajando de un islote a otro en la vieja lancha de madera destartalada, cruzando las distancias que separaban los asentamientos. En las aldeas de pescadores y pequeños agricultores, se involucraba de manera voluntaria en las faenas del campo. Ayudaba a las mujeres a limpiar los pescados en las orillas, cargaba fardos de paja seca para techar los cobertizos y metía las manos directamente en la tierra húmeda para colaborar con las tareas agrícolas de la temporada. Los lugareños la aceptaron sin el menor asomo de sospecha; para ellos, la muchacha no era más que una joven de la región, un tanto callada, pero de brazos fuertes, que andaba vestida con un lino gris y roto idéntico al de sus propias hijas.

El canal de agua limpia, libre de toda la actividad industrial de su presente, se convirtió en su espacio favorito durante el apogeo del verano. Estela, que poseía una excelente técnica náutica, aprovechaba los mediodías sofocantes para zambullirse de cabeza en las corrientes cristalinas. Fue en esas jornadas donde descubrió, para su sorpresa, que la inmensa mayoría de los niños y niñas de las aldeas le tenían un respeto temeroso al agua; en el siglo XIII, la natación no era una disciplina común y muchos pescadores les temían a los canales profundos. Con paciencia la princesa se dedicó a enseñarles a flotar y a moverse en el agua limpia, rompiendo el miedo de los más pequeños. Los niños del pueblo la seguían como a una hermana mayor, chapoteando en las orillas fangosas mientras aprendían a dominar la corriente bajo su guía. Su presencia en la comarca se tejió con hilos de afecto natural y cotidiano.

A medida que el verano maduraba, el silencio del islote de la cabaña se vio alterado por la llegada del progreso histórico. Los canteros, carpinteros y peones enviados por el gobernador Birger Jarl desembarcaron en la orilla con barcazas cargadas de herramientas, maderas pesadas y bloques de piedra maciza. El campamento de construcción se instaló en la parte alta de la elevación para dar inicio a las obras del puesto de control definitivo. Estela observaba todo el proceso desde una distancia prudente, convertida en una testigo silenciosa y respetuosa del nacimiento del lugar que, ochocientos años más tarde, cobijaría su propio nacimiento. Miraba cómo los hombres cavaban las zanjas y colocaban los primeros cimientos de roca viva justo alrededor de la hondonada donde la cabaña permanecía resguardada.

Fiel a su decisión de no interferir en la historia de la época, Estela se mantuvo al margen de las decisiones técnicas. Tampoco cruzaba palabra con el enviado del gobernador, un clérigo instruido que pasaba las tardes sentado afuera de la cabaña, anotando minuciosamente en pergaminos los nombres y virtudes de las plantas medicinales que Liana le dictaba. Para el sacerdote y los obreros que sudaban bajo el sol, Estela no era más que una muchacha andrajosa del lugar que ayudaba en las tareas domésticas. Cuando el calor apretaba y la joven bajaba al río a lavar su única prenda de lino, se quedaba desnuda sobre las rocas de la orilla esperando a que el tejido se secara al sol, una costumbre completamente normal para las jovencitas del campo en esa era. Los canteros pasaban a su lado cargando bloques de piedra y la miraban con el respeto natural de quien ve a una vecina más realizando sus quehaceres, sin el menor rastro de morbo o malicia.

Durante aquellas semanas de cielos abiertos, la relación de Estela con el joven ayudante del mercader se transformó en un refugio de complicidad absoluta. Ante los ojos de la aldea, su romance era un hecho público y natural; se los veía caminar bajo las tormentas de verano, riendo descalzos con el barro espeso cubriéndoles las piernas mientras compartían las faenas del muelle con la ligereza propia de su edad. Sin embargo, era en la intimidad oculta del jergón de paja de los cobertizos donde Estela encontraba un deleite completamente nuevo. Despojada de los broches rígidos y el protocolo acartonado de su siglo, esos encuentros privados desprovistos de culpa se convirtieron en su mejor escuela diplomática: la exploración de los afectos con ese muchacho rústico le permitió aprender, por primera vez, cómo sentían, temían y amaban los hombres comunes, acumulando una sabiduría humana y empática sobre el pueblo llano que jamás habría podido adquirir entre los muros barrocos de su palacio en el futuro.

El otoño entró con ráfagas de viento frío que tiñeron los bosques de la colina de tonos ocres, dorados y rojizos. Los parches de nieve fina comenzaron a anunciarse en las cumbres y las aldeas enteras se preparaban para las celebraciones de la última cosechas del año. Estela disfrutó de las fiestas comunales en los poblados, compartiendo el pan de centeno recién horneado, la cerveza suave de cebada y los bailes circulares de los lugareños alrededor de las grandes hogueras que entibiaban las noches oscuras. Miraba las chispas subir hacia el cielo estrellado, sintiendo en su cuerpo el cansancio físico y la plenitud de haber vivido tres estaciones completas en una comunión absoluta con el origen de su pueblo, mientras contemplaba de reojo cómo la primera torre de piedra de la fortaleza real ya recortaba su silueta maciza contra el horizonte del norte.

Durante las semanas posteriores al pacto, el islote se transformó en un hormiguero de actividad rústica. Mientras los canteros picaban los bloques de granito y asentaban los cimientos de la primera torre defensiva rodeando la hondonada, un monje de las misiones cercanas contrató a un artista local de otra aldea para inmortalizar el origen de la alianza. El pintor trabajó durante días en el interior de la bodega subterránea, utilizando pigmentos naturales extraídos de tierras, bayas y cortezas. Como lienzo, utilizó la misma puerta de madera de la alacena. Uno de los canteros de Birger Jarl, usando sus cinceles finos, rediseñó el marco tosco de madera alrededor de la hoja, labrándole relieves limpios hasta darle la forma de un hermoso marco de cuadro adaptando perfectamente a la estructura de la entrada secreta.

La pintura terminada era una estampa de una belleza conmovedora. Mostraba la colina del islote iluminada por el sol dorado de la primavera, con la anciana Liana sentada en su banco corto de madera, alistando con sus manos arrugadas los manojos de plantas medicinales. A su lado, retratada con una fidelidad asombrosa, aparecía la niña harapienta y mugrienta de cabello castaño oscuro, con las piernas desnudas al aire bajo el harapiento vestido y los pies mugrientos, ayudando a la anciana a preparar el fardo con las raíces y cortezas frescas para el trueque. Cada mañana y cada tarde, al terminar la jornada, Liana se acercaba al fogón, se agachaba con dificultad y tocaba con las puntas de sus dedos una gran losa de piedra empotrada en el suelo de tierra; la roca llevaba grabado a golpe de cincel el nombre de Ergan, su esposo. Era su santuario privado, el rincón donde la mujer guardaba la esperanza de ser enterrada para descansar en el mismo pedazo de suelo donde su compañero ya dormía.

Con las primeras ventiscas heladas del invierno encima, el frío se volvió cortante en el archipiélago. Estela supo que era el momento de regresar a su tiempo. Se despidió de Liana en la intimidad de la bodega, prometiéndole volver en cuanto el clima lo permitiera. La anciana, apretándole las manos con ternura, le pidió con voz apagada que regresara algún día. Estela cruzó el umbral de la alacena, dejando atrás el siglo XIII. Al atravesar el retablo en penumbra, sintió un parpadeo en el cuerpo. Al mirarse hacia abajo, descubrió que su suntuoso vestido de gala blanco hueso estaba completamente restablecido, intacto, limpio y con todos sus adornos de alta costura fijos en su sitio.

Descalza, con sus zapatos de tacón en la mano, subió tranquilamente por los pasillos privados del palacio arqueológico. A medida que ascendía, comenzó a escuchar la música de la orquesta a la distancia, flotando con la misma intensidad que cuando se había marchado. Movida por la curiosidad, se dirigió hacia las balconadas ocultas del gran salón de baile. Al asomarse tras los cortinajes, se quedó de piedra: la fiesta oficial con los diplomáticos y embajadores seguía activa, exactamente en el mismo punto. Miró el gran reloj de la pared y comprendió la magnitud del misterio: mientras ella había vivido tres estaciones completas en el pasado, en su línea temporal del siglo XXI solo había transcurrido 1 hora.

El impacto de la sorpresa temporal le aceleró el corazón. Sin pensarlo dos veces, Estela dio media vuelta y corrió a toda prisa por los pasadizos de piedra, bajando los peldaños en la penumbra hacia las profundidades del museo. Cruzó el retablo por segunda vez en la noche, sintiendo de nuevo la transformación instantánea de su ropa en el camisón andrajoso de lino rústico. Al abrir la puerta de la bodega, descubrió con asombro que la distorsión del tiempo la había colocado de nuevo en la siguiente primavera del siglo XIII, pero el panorama dentro de la cabaña era crítico. Liana se encontraba tendida en su camastro, debilitada por los años y viviendo su último día de vida en este mundo. Para la perspectiva de la anciana, el tiempo no había cambiado de forma extraña; su amada “nieta” simplemente había cumplido la promesa de volver y había regresado la siguiente primavera.

Liana abrió los ojos cansados y sonrió al ver la silueta de la joven de cabello castaño oscuro acercarse al lecho. Pudo despedirse de la niña en paz, con la tranquilidad de haber visto el retablo terminado en la alacena, sabiendo que su historia y la de su colina quedarían resguardadas para los siglos venideros. Tras exhalar su último suspiro en un ambiente de absoluta serenidad, los canteros de la fortaleza entraron de manera respetuosa a la cabaña para cumplir el pacto sellado con el gobernador. Cavaron la fosa directamente en el suelo de tierra de la bodega, justo al lado de la losa de Ergan, colocando sobre la nueva sepultura una piedra tallada con el nombre de Liana. El monje de la aldea estuvo presente en el lugar, realizando con solemnidad los ritos funerarios correspondientes a la época.

Al terminar las oraciones, Estela se quedó a solas con el clérigo en la penumbra de la cabaña. Llevada por la carga emocional del momento, la princesa decidió revelarle la verdad absoluta sobre la puerta de la alacena y el cuadro vertical. El monje la escuchó con paciencia, pero dibujó una sonrisa de incredulidad en su rostro, atribuyendo las palabras a la fantasía o al dolor de una niña del pueblo que acaba de perder a su abuela.

—Es solo una alacena grande para guardar las viandas, muchacha —le dijo el monje con tono compasivo.

Estela no discutió. En su mano izquierda ya sostenía un mechón de cabello cano que le había cortado a Liana como el único y más sagrado recuerdo físico de su travesía. Se volvió hacia el retablo, abrió la puerta de madera pintada ante los ojos abiertos del clérigo y cruzó el umbral. El monje se quedó paralizado al ver cómo la figura de la muchacha se desvanecía en el aire de golpe. Con el corazón acelerado por el misticismo, el hombre se abalanzó sobre el mueble y tiró del marco texturizado buscando seguirla; pero para sus ojos y para su fe, el espacio se mantuvo firme como lo que siempre había sido: una alacena grande, oscura y completamente vacía.

Estela emergió de vuelta en el año 2030, sintiendo de inmediato el peso familiar y pulcro de su vestido de gala blanco hueso, totalmente restablecido e impecable sobre su cuerpo. El murmullo lejano de los violines de arriba ya no le importaba. Se agachó en la penumbra del viejo Museo Tre Kronor, apoyando las palmas de sus manos directamente sobre la losa de piedra de 800 años que reposaba en el suelo arqueológico. Con los ojos húmedos, contempló los nombres desgastados por los siglos de Ergan y Liana, grabados uno al lado del otro en la roca madre. Miró durante unos minutos llenos de respeto y madurez humana el retablo vertical donde ella misma aparecía pintada como la niña andrajosa de la aldea, apretó el mechón de cabello entre sus dedos y se puso de pie. Con paso firme, seguro y el alma transformada por las lecciones de la tierra, comenzó a subir las escaleras de regreso hacia el salón, lista para asumir su vida como la futura reina de Suecia.

Fin.

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