Prólogo
Un día de otoño me dirigía a mi trabajo en el Consejo de Magos, era un día soleado, no habían preocupaciones, hasta que llego un hombre con un dominio increíble sobre la magia y comenzó a destruir todo a su paso.
El eco del Caos resonó en la sala del Consejo. No fue un hechizo ni un ataque, sino el sonido mismo de la historia borrándose. El mago, uno de los trece guardianes, lanzaba hechizos como un maníaco, como una melodía caótica que no cesaba.
A su alrededor, las runas milenarias se agrietaban y desmoronaban, y las caras de mis compañeros se borrosas, desapareciendo en una neblina de olvido.
No había gritos, solo un silencio mortal mientras el mundo que conocía se desvanecía en la nada.
Intente aferrarme a los recuerdos, a los nombres de los amigos que me rodeaban, a la causa por la que luchaba.
Pero una marea de vacío me golpeó, barriendo todo sentido, toda identidad. Sentí caer, no a través del espacio, sino a través de un abismo de la memoria, donde cada recuerdo era una hoja que el viento se llevaba.
Desperté sobre un montón de hojas, con el sol filtrándose entre un dosel de árboles que no reconocía. El aire era fresco y olía a tierra húmeda, un aroma completamente ajeno a los polvorientos pasillos del Consejo. El mundo era nuevo, silencioso, sin el eco de la magia descontrolada. Me levanté con la cabeza zumbando, como si un pedazo entero de mi cerebro hubiera sido arrancado de mi mente.
Al mirarme las manos, no sentí el familiar cosquilleo de la magia; solo vi cicatrices de batallas que no recordaba. Era un extraño en su propia vida, no sabía quién era ni de dónde venía. Solo una palabra permanecía, una que había perdido su significado:
Vida
Así comenzó toda mi aventura por una tierra desconocida para mi.




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