Chapter 1
El sol del mediodía entraba por las ventanas de la cabaña cuando Vicky dejó de intentar reparar la radio.
Llevaba horas sola allí y ya había recorrido varias veces las mismas habitaciones, abierto y cerrado cajones que no necesitaba abrir y mirado por la ventana tantas veces que el paisaje había empezado a parecerle una pintura. La cabaña estaba rodeada por un campo amplio, casi completamente vacío, con una línea de árboles oscuros a lo lejos. No había vecinos cerca. El pueblo más próximo quedaba demasiado lejos para ir caminando.
La radio era lo único que hacía ruido.
O, al menos, eso había hecho durante toda la mañana.
Desde que había llegado, permanecía encendida sobre una pequeña mesa de madera, soltando una corriente continua de estática. A veces la interferencia disminuía durante unos segundos y parecía que alguna emisora estaba a punto de entrar, pero siempre volvía a perderse entre chasquidos y un zumbido grave.
Vicky había intentado mover la antena, cambiar de frecuencia y golpear suavemente el aparato contra la mesa.
Nada.
—Vamos... —murmuró.
Giró el dial una última vez.
La estática aumentó.
Vicky soltó un suspiro, se dejó caer en el sofá y decidió dejarla encendida. Al menos aquel ruido llenaba un poco el silencio.
Sin darse cuenta, Vicky empezó a quedarse dormida.
Apenas entrecerró los ojos.
Entonces la radio cambió.
Primero el zumbido se hizo más bajo. Después apareció un murmullo entre la estática, tan débil que Vicky creyó que lo había imaginado.
Abrió los ojos.
—...¿me reciben?
Vicky se incorporó.
Volvió la estática.
Esperó unos segundos.
—...repito... si alguien puede escuchar esta transmisión, permanezca en su vivienda. No sabemos cuánto alcance tiene la señal.
Vicky miró la radio.
La voz pertenecía a un hombre. Sonaba cansado, nervioso. No tenía la seguridad de un locutor ni la calma de alguien acostumbrado a dar instrucciones.
—Se ha solicitado... se ha solicitado el cierre de varias carreteras en la zona. Las autoridades están intentando establecer un perímetro, pero... —hubo una interferencia larga—. No podemos confirmar que el perímetro siga activo.
Vicky se quedó completamente quieta.
La voz volvió a cortarse.
—Si se encuentra en una zona rural, no abandone su vivienda. Cierre puertas y ventanas. Manténgase alejado de las entradas. Se le pide que no salga para comprobar qué está ocurriendo.
Un chasquido.
—Repito. No salga.
Vicky frunció el ceño.
Se levantó lentamente y se acercó a la radio.
La transmisión continuó.
—En las últimas horas se han recibido varios avisos de... de un individuo no identificado.
La palabra individuo pareció incomodar incluso a quien la pronunciaba.
—No sabemos si se trata de una persona. No sabemos si está herido. No sabemos exactamente qué...
La transmisión se llenó de estática.
Vicky dejó de respirar durante un instante.
—Los primeros informes hablaban de una persona posiblemente armada. Sin embargo, los agentes enviados al lugar no han podido confirmar esa información.
Cada pocas palabras parecía quedarse sin aire.
—Aún no han regresado.
La estática volvió a crecer.
La persona al otro lado respiró profundamente.
Vicky pudo escuchar que le temblaba la voz.
—No se acerquen a ninguna persona que encuentren en el exterior. No sabemos si los... si los incidentes están relacionados.
Otro chasquido.
—Si está escuchando esto, cierre todo —dijo la voz—. Puertas. Ventanas. Si puede refugiarse en una habitación, hágalo.
La transmisión se distorsionó.
Durante varios segundos solo se escuchó estática.
Vicky se acercó un poco más.
—No sabemos qué estamos buscando —dijo finalmente el hombre—. No tenemos una descripción fiable.
Otra pausa.
—Los testimonios no coinciden.
La voz se quebró.
—Pero varios testigos han mencionado lo mismo.
La interferencia aumentó.
—Una piel... azulada.
Vicky se quedó mirando la radio.
—No sabemos qué significa eso. No sabemos si pertenece a la persona que estamos buscando. No sabemos qué puede hacer. No sabemos si...
La voz desapareció.
Para regresar unos segundos después.
Mucho más baja.
—Si alguien está ahí afuera... no abra la puerta.
Un golpe seco.
—Aunque parezca una persona.
La señal volvió a llenarse de ruido.
—No sabemos si...
La frase quedó incompleta.
Después, durante unos segundos, Vicky solo escuchó respiración.
Una respiración agitada. Muy cerca del micrófono.
—Por favor —dijo finalmente la voz—. Si todavía pueden oírnos, escóndanse.
La transmisión sonaba todavía más débil.
—Y una última cosa… apaguen sus radios.
Vicky frunció el ceño.
—No sabemos si el sonido... —la voz se interrumpió, como si estuviera dudando de sus propias palabras—. No sabemos si puede atraerlo.
Silencio.
—No hagan ruido innecesario. No intenten comunicarse con nadie. No salgan de sus refugios.
Otro chasquido.
—Y, por favor... apaguen la radio.
La transmisión murió.
Durante unos segundos, la cabaña quedó completamente en silencio.
Vicky miró el aparato.
Su mano se extendió hacia el interruptor.
Entonces la radio emitió una última ráfaga de estática.
—...¿me reciben?
Vicky retiró la mano.
La misma voz.
—...repito... si alguien puede escuchar esta transmisión, permanezca en su vivienda. No sabemos cuánto alcance tiene la señal.
Vicky sintió que el estómago se le cerraba.
Escuchó el resto de la frase.
Después la siguiente.
Y la siguiente.
No era una nueva transmisión.
Era la misma, exactamente la misma.
Vicky permaneció inmóvil frente a la radio.
Miró hacia las ventanas.
ya no se traspasaba el color azul del dia, ahora entraba una luz anaranjada y rojiza
Luego miró el reloj de la pared.
5:23 p.m.
Llevaba encendido toda la tarde.
La transmisión no acababa de comenzar.
Probablemente llevaba horas repitiéndose.
Y si aquel comunicado era realmente una grabación, entonces la voz que acababa de pedirles que se escondieran no estaba allí para escuchar a nadie.
No había nadie al otro lado.
Vicky apagó la radio.
El silencio que quedó después fue mucho peor que la estática.
Intentó no pensar en lo que acababa de escuchar.
Apaguen las radios.
No salgan.
Aunque parezca una persona.
Vicky negó con la cabeza.
—Bien... —murmuró para sí—. Sea lo que sea, haré eso.
Empezó por la puerta principal.
Comprobó la cerradura una vez.
Luego otra.
Arrastró una pequeña mesa hasta colocarla frente a la puerta y, después de pensarlo unos segundos, buscó algo más pesado. Encontró una silla de madera y la encajó debajo del pomo.
Pasó a las ventanas.
La primera estaba en la sala. Bajó el pestillo y tiró de ella para asegurarse de que no pudiera abrirse desde fuera. Después corrió las cortinas.
La segunda daba hacia la parte trasera de la cabaña.
También estaba cerrada.
Vicky comprobó el pestillo y colocó delante un pequeño mueble que apenas podía mover.
La tercera ventana estaba en la cocina.
Mientras intentaba asegurarla, sus manos empezaron a temblar ligeramente.
Se detuvo a respirar.
No quería admitirlo, pero tenía miedo.
Terminó de asegurar la ventana.
Después revisó la puerta trasera.
Empujó.
No cedió.
Volvió a empujar, esta vez con más fuerza.
Vicky dejó escapar el aire que estaba conteniendo.
—Está bien.
Las gotas de sudor empezaban a caer por su frente. No sabía si por andar moviendo muebles, o por otra cosa.
Recorrió la cabaña una última vez.
Todo estaba en orden.
Solo le quedaba esconderse en alguna habitación y esperar.
Había una pequeña habitación al fondo del pasillo, sin ventanas. Podía llevar allí una manta, quedarse en el suelo y esperar hasta que amaneciera.
Quizá para entonces todo habría terminado.
Vicky comenzó a caminar hacia el pasillo.
Pero algo la hizo mirar hacia atrás.
No sabía exactamente qué. Quizá había sido el silencio.
O la sensación absurda de que estaba olvidando algo.
Miró la ventana de la sala.
Una parte de ella quería comprobar el exterior una última vez.
Solo una vez, antes de esconderse.
Vicky se acercó lentamente y apartó apenas la cortina.
El atardecer caía sobre el campo.
La hierba se movía suavemente bajo el viento y, más allá, la línea de árboles recibía las últimas luces del día.
Entonces distinguió una figura.
Estaba muy lejos.
Entrecerró los ojos.
Era demasiado recta.
Demasiado delgada.
Una figura humana permanecía inmóvil en medio del campo frente a los árboles.
Vicky sintió que el corazón le daba un golpe.
La figura era alta.
Mucho más alta de lo que debería ser una persona a aquella distancia.
Y tenía algo extraño en el color.
Azulado.
No podía distinguir su ropa. Tampoco su rostro. Desde allí era imposible saber si se trataba de una persona, un poste o algún objeto abandonado en el campo.
Pero estaba allí.
Vicky permaneció observándola durante varios segundos.
La figura no se movió.
Ni un paso, ni un gesto, ni nada.
El miedo que había sentido durante los últimos minutos comenzó a mezclarse con algo parecido al alivio.
Está lejos.
Vicky miró hacia la puerta.
Había cerrado todo.
Había asegurado las ventanas.
Había puesto muebles frente a las entradas.
Fuera lo que fuese aquello, estaba en medio del campo. No podía entrar.
Vicky dejó caer lentamente la cortina.
Por primera vez desde que había escuchado la transmisión, sintió que podía respirar un poco mejor.
—Está bien —susurró.
Y se dio media vuelta.
No lo oyó entrar.
Pero la criatura estaba frente a ella.
A menos de un metro de distancia.
Vicky no tuvo tiempo de gritar.
Durante un instante, su mente se negó a reconocer lo que estaba viendo. Era demasiado alto para estar allí. Su cabeza casi rozaba el techo de la cabaña y su cuerpo parecía ocupar demasiado espacio en aquel estrecho rincón de la sala.
La criatura era humanoide, pero solo a primera vista.
Su cuerpo era extremadamente delgado, con brazos largos que descendían casi hasta las rodillas. La piel que lo cubría era de un azul cerúleo intenso, ligeramente más oscuro en las zonas donde no alcanzaba la luz. No parecía piel humana. Era lisa y tensa, con un brillo húmedo que hacía que la luz de la habitación resbalara sobre ella.
A lo largo del cuello, los hombros y las articulaciones había líneas irregulares que parecían costuras naturales.
No parecían cicatrices o heridas.
Solo costuras.
Como si aquella cosa hubiera sido ensamblada por partes.
Pero fue su rostro lo que hizo que Vicky dejara de pensar.
O la ausencia de este.
No tenía ojos, ni nariz, ni boca.
Su rostro era una superficie azul, lisa y ligeramente alargada, interrumpida únicamente por varias hendiduras que se distribuían irregularmente por toda la superficie de su cara, como pequeñas grietas.
se abrían y cerraban como labios de tela.
Vicky distinguió algo bajo esos pliegues.
Algo rosa, oscuro y que brillaba ligeramente.
Carne húmeda, como varias heridas vivas en toda su cara.
Sus manos eran todavía más extrañas.
Las pudo ver cuando estiró una de ellas hacia Vicky
Dedos largos y finos terminaban en pequeñas estructuras redondas, parecidas a ventosas. Se abrían y cerraban con algo de autonomía.
Y con algo de emoción a medida que se acercaban al rostro de Vicky.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Una de sus manos le rodeó el rostro.
Los dedos se acomodaron sobre sus ojos bien abiertos.
Apenas sintió como las ventosas se pegaban suavemente a su córnea.
No fue una acción violenta, solo algo de presión en sus ojos.
El mundo desapareció.
Vicky solo veía oscuridad.
Una oscuridad repentina y absoluta.
Vicky abrió la boca para gritar, pero el sonido se quebró antes de salir.
Sus manos subieron desesperadamente hacia su cara.
No sintió sangre brotar, ni una herida.
Encontró una superficie lisa.
Donde habían estado sus ojos ya no había nada que pudiera tocar.
La piel se había cerrado sobre las cavidades con una rapidez antinatural, dejando el rostro extrañamente uniforme, como si los ojos jamás hubieran estado allí.
Vicky cayó de rodillas.
—¡No! ¡No, no, no...!
Extendió las manos frente a ella.
No vio nada.
La habitación había desaparecido.
Solo existía la oscuridad.
Detrás de ella escuchó un movimiento.
La criatura se había apartado.
Le dio la espalda a Vicky, levantó los ojos que le había robado, y los acercó a su cara.
Las hendiduras comenzaron a moverse con la misma emoción que lo habían hecho las ventosas.
Se abrían cada vez más, dejando ver la carne húmeda y repulsiva que se escondía dentro de ellas.
Pero no solo se abrían, se desplazaban.
Se movían a lo largo de su rostro, y se amontonaron en el lugar donde acercó el ojo de Vicky.
Como si un montón de seres vivos esperando ser alimentados vivieran bajo su piel.
Finalmente pegó los ojos a su rostro, y los hundió sobre las hendiduras.
Vicky se arrastró hacia un lado, golpeándose una rodilla contra el suelo. Tanteó desesperadamente con las manos hasta encontrar el borde de un mueble.
Se escondió detrás de él.
Se llevó una mano a la boca para contener los sollozos.
No entendía qué había ocurrido.
Solo podía escuchar unos pasos que se alejaban.
La criatura se dirigió a uno de los espejos de la cabaña.
Vicky la oyó tocarse el rostro.
Un pequeño sonido húmedo.
Las hendiduras de su cara se movieron.
La criatura había colocado los ojos de Vicky en su propio rostro.
Pero no los había puesto correctamente.
Uno estaba demasiado arriba.
El otro demasiado cerca del borde de su rostro.
La criatura observó su reflejo.
Inclinó la cabeza.
Una de sus manos se levantó.
Con la delicadeza de alguien corrigiendo una pieza mal colocada, empujó uno de los ojos hacia arriba.
La piel azul se abrió alrededor de él.
Las hendidura se abrían a medida que se movía el ojo, dejando espacio para que subiera. Las otras se cerraron a medida que la piel se desplazaba.
La criatura corrigió el otro ojo.
Al fin dejó de jugar con ellos, y quedaron perfectamente alineados.
Vicky escuchaba todo desde detrás del mueble.
No entendía qué estaba haciendo.
Solo oía el sonido húmedo de la carne mientras la criatura hundía las manos en su propio rostro.
Vicky apretó las manos contra su boca.
Si permanecía quieta, quizá no la encontraría.
Vicky contuvo la respiración.
Silencio.
Después, unos pasos.
La criatura se había alejado del espejo.
Ahora no tenía ni idea de dónde estaba.
Vicky sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.
Entonces escuchó el roce contra el sofá.
El sofá detrás del cual se estaba escondiendo.
No podía verla.
No podía saber si estaba allí.
Pero lo estaba.
Parado literalmente encima de ella, dejando a Vicky debajo del arco de sus piernas
Una mano apareció sobre la cabeza de Vicky, rozando su cabello.
Algunos mechones se pegaban a las ventosas.
Vicky soltó un grito ahogado y trató de alejarse.
La criatura se inclinó.
Sus dedos encontraron su cabeza.
Vicky empezó a forcejear.
—¡No! ¡No, no!
Las manos azules rodearon ambos lados de su rostro.
Vicky estiró sus manos en busca de empujarla, pero parecían hundirse bajo la piel de la criatura.
Retiró sus ahora húmedas manos.
Las ventosas se deslizaron detrás de sus orejas.
Hubo una presión breve de nuevo.
Y entonces el mundo quedó en silencio.
Vicky se quedó inmóvil.
Su propia respiración había desaparecido.
No escuchaba el latido de su corazón.
Ni sus manos golpeando contra el suelo.
Nada.
Solo silencio.
Un silencio absoluto.
Intentó gritar, pero no pudo escuchar el sonido que produjo.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Vicky empezó a temblar.
No sabía si la criatura seguía por ahí.
Ya no tenía ninguna forma de saberlo.
Sus manos buscaron desesperadamente las paredes, el suelo, cualquier cosa que pudiera orientarla.
Encontró el borde del mueble y se aferró a él.
Intentó recordar dónde estaba la puerta.
La cocina.
El pasillo.
Todo había dejado de tener sentido.
No podía ver.
No podía escuchar.
Ni siquiera podía saber si sus propios gritos estaban saliendo de su garganta.
—¡AYUDA!
Volvió a hacerlo.
—¡AYUDA! ¡POR FAVOR!
Su garganta ardió.
Intentó golpear la pared.
Quizá alguien pudiera oírla.
Pero para Vicky no existía ningún sonido.
Solo el vacío.
La criatura, por su parte, estrenaba sus ojos, observando las orejas de Vicky en sus manos.
Les daba vueltas, como tratando de comprender su forma.
Las acercó a su cabeza. Esta vez, las hendiduras se acomodaron en los bordes de su cara, y se abrieron para recibirlas.
Un leve empujón con sus dedos fue suficiente para encajarlas.
Después las giraba levemente, como quien intenta sintonizar una radio.
Cuando quedaron firmemente acomodadas el color azul comenzó a cerrarse sobre ellas.
Envolviéndolas, hasta dejarlas del mismo tono.
Vicky se llevó las manos a la cara.
Hubiese llorado si tuviera ojos para hacerlo.
A su alrededor, la cabaña había desaparecido.
Ya no había nada.
Solo una oscuridad completa y un silencio que no terminaba, haciendo eco en sus sienes.
Comenzó a correr, aunque no sabía hacia dónde.
Avanzaba con las manos extendidas, chocando contra paredes y muebles que apenas podía reconocer por el tacto.
Solo podía sentir el suelo bajo sus pies y su propia respiración agitada.
Hasta que sus manos encontraron una superficie fría.
La encimera de la cocina.
Vicky tanteó desesperadamente sobre ella.
Necesitaba algo, cualquier cosa.
Sus dedos recorrieron platos, utensilios, un vaso...
Entonces encontraron el mango de un cuchillo.
Lo agarró con tanta fuerza que le dolieron los dedos.
Por primera vez desde que había perdido los ojos, sintió algo parecido a esperanza.
Tenía algo con qué defenderse.
Vicky se giró.
Y sintió unas manos sobre su rostro.
La criatura estaba allí.
Otra vez.
Vicky intentó apartarse, pero los dedos azules ya habían encontrado su boca.
La presión comenzó a aumentar.
No pudo abrir los labios para gritar.
La criatura los tenía prensados con sus manos.
Sintió cómo aquella mano tomaba sus labios con una precisión horrible y tiraba de ellos.
Después llegó una sensación de tensión.
Y luego, su boca dejó de estar allí.
La criatura había tomado sus labios.
La piel de su rostro se cerró sobre el lugar que habían ocupado, uniéndose y formando una superficie lisa a medida que sus labios se separaban de su cara.
Vicky intento abrir la boca por reflejo.
No pudo.
Ni siquiera era capaz de separar su mandíbula.
Parecía que su boca había sido pegada.
Ni pudo tomar aire a través de ella.
Entró en pánico.
Llevó las manos al rostro y palpó desesperadamente aquella superficie uniforme.
Vicky cayó contra la encimera, temblando.
Ahora la criatura se había puesto sus labios.
Estos adoptaron un azul más intenso.
Estaba experimentando con ellos.
Abría la boca.
La cerraba.
Volvía a abrirla.
No solo parecía haber tomado sus labios, sino toda su boca.
Tenía su lengua, y la movía lentamente, como si estuviera intentando descubrir para qué servía.
Después la movió mucho más rápido.
Sus dedos recorrieron sus nuevos dientes.
Los tocó uno por uno.
Después volvió a cerrar la boca.
Vicky se retorció desesperadamente.
Entonces sintió que algo tocaba el centro de su rostro.
La nariz.
Vicky intentó apartarse.
No pudo.
Los dedos la sujetaron.
Una última presión, y la nariz desapareció.
La piel volvió a cerrarse tras ella.
Ahora su rostro era completamente liso como porcelana.
El mundo se volvió un laberinto.
No veía, no oía, no olía
Y, aun pero, no sentía el aire entrar a su cuerpo.
No podía respirar.
El pánico se apoderó de ella.
Sus pulmones comenzaron a exigir aire.
Vicky manoteó sobre la encimera.
El cuchillo.
Lo había soltado.
Sus dedos recorrieron desesperadamente la superficie.
Lo agarró.
Sin saber exactamente qué estaba haciendo, y con la violencia de alguien que se rehúsa a rendirse, llevó la hoja hacia su propio rostro.
La clavó, y la arrastró sobre su rostro.
La sensación fue inmediata.
Una abertura apareció en aquella superficie lisa.
El aire entró de golpe.
Vicky se estremeció y cayó de rodillas, aspirando desesperadamente.
Cada respiración era áspera y dolorosa.
Su herida se abría y cerraba a medida que inhalaba y exhalaba.
Se parecía a las hendiduras que tenía la criatura.
Aunque la última de ellas se terminó de rellenar cuando se puso la nariz.
Un leve giro, y voilà.
El azul cubrió la nariz, y el rostro estaba completo.
Vicky se quedó jadeando.
Ahora era un ser sin rostro.
Sin identidad.
Todo le pertenecía a él ahora.
La criatura no hizo nada.
Permaneció frente a ella.
Luego levantó lentamente la cabeza.
Frente a una superficie reflectante de la cocina, observó el rostro que acababa de construir.
Sus ojos se abrieron al máximo.
Sus labios se movieron.
Al principio la expresión era extraña.
Incompleta.
Después intentó algo.
Separó ligeramente los labios.
Los estiró hacia los lados.
La piel azul se tensó alrededor de ellos.
Estaba intentando sonreír.
Y, mientras Vicky respiraba desesperadamente a través de la abertura que había conseguido hacerse, aquella cosa continuó practicando frente a su reflejo.








