El día en que nací sin destino
La primera cosa que hicieron al verme fue guardar silencio.
No fue un silencio normal.
No era el silencio de una habitación donde acababa de nacer un niño.
Era el silencio de personas que acababan de ver algo que no debía existir.
Mi madre estaba agotada. Tenía los ojos medio cerrados y respiraba con dificultad, pero cuando escuchó que nadie decía nada, intentó levantarse.
—¿Está vivo?
La mujer que me sostenía no respondió.
—¿Está vivo? —repitió mi madre.
Entonces la anciana que estaba junto a la ventana se acercó.
Era la sacerdotisa encargada de leer los destinos.
Todos los niños de nuestro reino recibían su destino antes de cumplir una hora de vida.
Era la primera ley.
Y nadie cuestionaba las leyes de los dioses.
La anciana tomó mi pequeña mano.
Cerró los ojos.
Esperó.
Nada.
Abrió los ojos y volvió a intentarlo.
Esta vez colocó dos dedos sobre mi frente.
—Muéstrame su camino —susurró.
Las velas de la habitación se apagaron.
Una por una.
La anciana retiró la mano como si se hubiera quemado.
—¿Qué ocurre? —preguntó mi madre.
La sacerdotisa me miró.
Y por primera vez en su vida, tuvo miedo.
—No tiene destino.
Mi madre frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—Todos tienen uno.
—Lo sé.
—Entonces vuelve a intentarlo.
La anciana no se movió.
—Ya lo hice tres veces.
—Hazlo otra vez.
La sacerdotisa negó lentamente con la cabeza.
—No puedo.
Mi madre la miró confundida.
—¿Por qué?
La anciana tragó saliva.
—Porque no hay nada que leer.
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En el Reino de Asteria, cada persona nacía con un hilo invisible conectado al futuro.
Los sacerdotes lo llamaban el Hilo del Destino.
Decían que había sido tejido por los Siete Dioses cuando crearon a la humanidad.
Algunos nacían destinados a gobernar.
Otros a luchar.
Otros a descubrir secretos.
Había quienes estaban destinados a amar.
Y también quienes estaban destinados a morir jóvenes.
Nadie podía ver el hilo directamente.
Pero los sacerdotes podían leerlo.
A los cinco años, todos los niños recibían una marca.
A los quince, conocían su primera gran profecía.
Y al cumplir veinte, la mayoría ya sabía cuál sería el papel que desempeñaría durante el resto de su vida.
Mi padre había sido destinado a convertirse en soldado.
Mi madre, en sanadora.
Mi hermano mayor estaba destinado a ser comandante.
Incluso mi perro tenía destino.
Según el sacerdote del pueblo, viviría hasta los doce años y moriría tranquilamente mientras dormía.
En aquel momento yo tenía nueve años.
Y ya sabía que había algo mal conmigo.
Lo descubrí cuando tenía cinco.
Todos los niños de mi generación recibieron una marca en la muñeca.
Todos menos yo.
La hija del herrero recibió una pequeña espada.
El hijo del comerciante recibió una moneda.
Mi mejor amigo recibió una llama.
Yo no recibí nada.
Al principio dijeron que era un retraso.
Después dijeron que mi marca aparecería más adelante.
Finalmente dejaron de hablar del asunto.
Pero la gente empezó a mirarme diferente.
Algunos me llamaban maldito.
Otros decían que los dioses me habían olvidado.
Yo fingía que no me importaba.
Hasta aquella noche.
Aquella noche descubrí que no me habían olvidado.
Me estaban observando.
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Tenía dieciséis años cuando ocurrió.
Era de madrugada.
Todo el pueblo dormía.
Yo estaba sentado sobre el tejado de nuestra casa, mirando las estrellas.
No podía dormir.
Había algo extraño en el cielo.
Una estrella se movía.
No como una estrella fugaz.
Se movía lentamente.
Como si estuviera buscando algo.
La seguí con la mirada.
Entonces se detuvo.
Justo encima de mí.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres? —murmuré.
La estrella comenzó a brillar.
Una luz dorada atravesó las nubes.
Y durante un instante vi algo.
Un rostro.
Enorme.
Tan grande que parecía ocupar todo el cielo.
Un hombre.
O algo parecido a un hombre.
Tenía los ojos dorados y una corona hecha de fuego.
Me miró directamente.
No a través de mí.
A mí.
Entonces escuché una voz.
No vino del cielo.
No vino de ninguna dirección.
Sonó dentro de mi cabeza.
—Te encontramos.
Me quedé inmóvil.
—¿Quién eres?
El rostro desapareció.
La luz se apagó.
Y la estrella volvió a ser una estrella.
Pensé que había sido un sueño.
Hasta que escuché un ruido detrás de mí.
Me giré.
Mi padre estaba de pie junto a la puerta del tejado.
Tenía una espada en la mano.
Nunca lo había visto tan asustado.
—Entra —dijo.
—Papá...
—Ahora.
Bajé del tejado.
Él cerró la puerta.
Después puso el cerrojo.
—¿Qué pasó? —pregunté.
No respondió.
—Papá.
Me agarró de los hombros.
—¿Viste algo en el cielo?
Sentí un nudo en el estómago.
—Sí.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué viste?
—Un hombre.
Mi padre cerró los ojos.
—¿Tenía los ojos dorados?
Asentí.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después se alejó.
—Tenemos que irnos.
—¿Irnos adónde?
—Lejos.
—¿Por qué?
—Porque vienen por ti.
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No llegamos a salir de la casa.
La puerta principal explotó.
Mi padre me empujó al suelo.
Una figura atravesó el humo.
Llevaba una armadura negra.
No tenía el símbolo de ningún reino.
En su pecho había una marca que jamás había visto.
Un círculo atravesado por siete líneas.
Mi padre levantó la espada.
—Corre.
—¿Quién es?
—¡Corre!
El hombre de negro levantó una mano.
Mi padre salió disparado contra la pared.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¡Papá!
Intenté levantarme.
El desconocido caminó hacia mí.
—Así que eres tú.
—¿Quién eres?
No respondió.
Se agachó frente a mí.
Sus ojos eran completamente negros.
—El niño sin destino.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—No sé de qué hablas.
El hombre sonrió.
—Claro que no.
Extendió la mano hacia mi frente.
Entonces algo ocurrió.
Una luz apareció bajo mi piel.
Una luz dorada.
El hombre retiró la mano de golpe.
—Imposible.
Retrocedió.
Por primera vez parecía asustado.
Miré mis manos.
No entendía qué estaba pasando.
—¿Qué me estás haciendo?
El hombre me señaló.
—Tú no tienes un hilo.
—¿Qué?
—Todos los humanos están conectados al destino.
Su voz comenzó a temblar.
—Todos excepto tú.
Escuchamos un estruendo afuera.
El hombre miró hacia la ventana.
Otro guerrero apareció detrás de él.
Después otro.
Y otro.
Eran demasiados.
Mi padre intentó levantarse.
El primer hombre lo miró.
—El muchacho viene con nosotros.
Mi padre escupió sangre.
—Nunca.
El guerrero levantó la mano.
Una sombra se formó alrededor de sus dedos.
Yo no pensé.
Simplemente corrí hacia mi padre.
Me puse delante de él.
—¡No lo toques!
El guerrero me miró.
—Aparta.
—No.
—No entiendes lo que eres.
—Entonces explícamelo.
El guerrero guardó silencio.
Y entonces sucedió.
El mundo se detuvo.
No hubo viento.
No hubo fuego.
No hubo ruido.
Las personas quedaron inmóviles.
Las gotas de lluvia que comenzaban a caer quedaron suspendidas en el aire.
Incluso la respiración de mi padre se detuvo.
Solo yo podía moverme.
Miré alrededor.
—¿Qué...?
Una voz apareció detrás de mí.
Una voz femenina.
Suave.
Pero aterradora.
—No deberías haber despertado todavía.
Me giré.
Una muchacha estaba parada en medio de la habitación.
No la había visto entrar.
Parecía tener mi edad.
Cabello oscuro.
Ojos plateados.
Vestía una túnica blanca cubierta de símbolos dorados.
Me miró como si me conociera.
—¿Quién eres?
Ella dio un paso hacia mí.
—Alguien que lleva mucho tiempo buscándote.
—¿Eres una sacerdotisa?
Negó con la cabeza.
—No.
—¿Entonces eres uno de ellos?
Miró a los guerreros inmóviles.
—No exactamente.
Se acercó.
Yo retrocedí.
—No tengas miedo.
—Están intentando matarme.
—Todavía no.
—¿Todavía?
La muchacha suspiró.
—Escúchame con atención. Lo que voy a decirte puede cambiarlo todo.
Me quedé callado.
Ella miró hacia el cielo.
—Los dioses no pueden ver tu futuro.
—Eso ya lo sé.
—No.
Volvió a mirarme.
—No entiendes.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
—Los dioses pueden ver el futuro de todos los seres vivos.
Señaló a mi padre.
—Pueden ver cada decisión que él tomará.
Después señaló a los guerreros.
—Pueden ver cada movimiento que ellos harán.
Finalmente puso un dedo sobre mi pecho.
—Pero cuando intentan mirar el tuyo...
Sus ojos plateados brillaron.
—No ven nada.
Sentí frío.
—¿Por qué?
La muchacha tardó en responder.
—Porque tú no estás dentro de su mundo.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
Se inclinó hacia mí y susurró:
—Hace miles de años, los dioses crearon el destino para controlar a la humanidad.
Miré hacia los guerreros.
—¿Y yo?
Ella sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
Era una sonrisa triste.
—Tú eres el primer humano que nació completamente fuera de su control.
Un ruido profundo sacudió el cielo.
La casa comenzó a temblar.
Las ventanas explotaron.
La muchacha miró hacia arriba.
—Ya saben que despertaste.
—¿Quiénes?
Ella respondió sin apartar la mirada del cielo.
—Los Siete.
Las nubes comenzaron a girar.
Una luz dorada descendió desde ellas.
El mismo rostro que había visto sobre el tejado apareció entre las nubes.
Esta vez no estaba observándome.
Estaba furioso.
La muchacha tomó mi mano.
—Tenemos que irnos.
—¿Adónde?
Ella me miró.
—A un lugar donde los dioses no puedan escribir tu destino.
—¿Existe un lugar así?
La muchacha apretó mi mano.
—Sí.
Las paredes comenzaron a romperse.
—Debajo del mundo.
Y antes de que pudiera preguntar qué significaba aquello, la tierra desapareció bajo mis pies.








