Chapter 1. Noah
Viernes, 23 enero 2026 • Noche
Ciudad de Nueva York.
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Llevo más de veinte años en las Fuerzas Armadas. Está bien pagado, y no hablo precisamente del dinero. Aprendes a mantener la cabeza fría cuando los demás la pierden, a dormir donde puedes y cuando puedes, a tomar decisiones que nadie quiere tomar y a confiar tu vida a personas que, en determinadas circunstancias, conoces mejor que a tu propia familia.
El problema es que, a cierta edad, también empieza a pasar factura. Sobre todo cuando te conceden dos semanas de permiso, regresas a casa y descubres que tu casa es exactamente eso: una casa. No hay nadie esperando detrás de la puerta, nadie ocupando el otro lado de la cama, nadie que pregunte cuándo vuelves, dónde has estado o cuánto tiempo vas a quedarte esta vez.
Durante años me ha gustado que fuera así. Supongo que nunca he sentido la necesidad de compartir mi vida con nadie.
Salvo cuando la conocí a ella.
Aunque nunca fue nuestro momento y posiblemente nunca lo sea. Dieciséis años no son precisamente una diferencia de edad pequeña. Tampoco ayuda que yo fuera, sea y seré siempre su Coronel Montana.
Y ella, por mucho tiempo que pase, seguirá siendo mi cabo Walter.
Así que esta noche he decidido hacer algo que se me da bastante peor que dirigir hombres armados en mitad de una operación: tener vida social.
He estado varias veces en la ciudad de Nueva York por trabajo, pero casi nunca he tenido tiempo para hacer turismo, pasear tranquilamente por Manhattan o averiguar qué coño hace la gente normal cuando termina su jornada y no tiene que estar pendiente de una radio, un arma o una orden. Esta vez tengo tiempo. Demasiado, probablemente.
He acabado en el Ocean's por recomendación del recepcionista del hotel. Según él, es uno de los locales de moda del momento. La cola que había en la puerta cuando he llegado me lo ha confirmado.
En cuanto entro entiendo por qué. Música lo bastante alta, pero no tanto como para impedir una conversación. Luces cálidas, paredes de ladrillo oscuro, botellas iluminadas detrás de una barra interminable y ventanales desde los que se cuela el resplandor de la ciudad. Fuera hace un frío de cojones.
Todas las mesas están ocupadas. Hay grupos hablando demasiado alto, parejas que parecen estar en su primera cita, otras que probablemente estén en la última y hombres con traje que siguen mirando el teléfono como si Wall Street fuera a derrumbarse si dejan de hacerlo durante cinco minutos.
Definitivamente, no es mi hábitat natural.
Me abro paso hasta la barra porque es el único sitio en el que encuentro un taburete libre y levanto dos dedos cuando el camarero se acerca.
MONTANA: Una cerveza.
El camarero asiente y se aleja. Me quito la chaqueta vaquera y la dejo sobre el respaldo mientras echo un vistazo alrededor.
Y entonces la veo. Está sentada dos taburetes más allá. Morena, pelo largo, con rasgos asiáticos, una copa delante y una tranquilidad que desentona bastante con el caos que nos rodea. Va demasiado arreglada para haber bajado a beber algo improvisadamente y, sin embargo, no parece estar esperando a nadie. No mira el teléfono cada treinta segundos.
Levanta la vista y nuestros ojos se encuentran un par de segundos. Justo cuando el camarero deja mi cerveza delante y aparto la mirada. Le doy un trago y decido que ahí termina mi interacción con la desconocida de la barra.
O eso creo.
Cinco minutos después, un tipo aparece entre nosotros con más prisa que educación y prácticamente se abre paso a codazos para conseguir la atención del camarero.
HOMBRE: ¡Eh! ¡Dos margaritas y un whisky con hielo!
Levanto la cerveza para beber justo antes de que golpee mi brazo. Unas gotas salen disparadas y aterrizan directamente sobre la manga de la mujer. Ella mira su ropa mientras el imbécil se marcha hacia su mesa sin mediar palabra.
Cojo un par de servilletas del dispensador y se las acerco. Ella las acepta y vuelve a mirarme.
ZOE: Gracias.
MONTANA: Si quieres, puedo dispararle.
Me mira intrigada.
ZOE: No ha sido para tanto.
Limpia las pequeñas gotas de su manga y deja las servilletas sobre la barra. Aprovecho para mirar alrededor otra vez y después vuelvo a ella.
MONTANA: Parece que este es el local de moda, ¿no?
ZOE: Eso parece.
Extiendo la mano.
MONTANA: Soy Montana. Noah Montana.
Mira mi mano durante un instante antes de estrechármela.
ZOE: Zoe.
Espero unos segundos, pero no añade nada más.
MONTANA: ¿Solo Zoe?
ZOE: Solo Zoe.
Doy otro trago a la cerveza.
MONTANA: Entonces dime, Solo Zoe. ¿Qué te trae hasta Ocean's?
ZOE: Solo estoy intentando desahogarme un rato.
MONTANA: ¿Desahogarte? ¿Eres bróker o algo así?
Se ríe y niega con la cabeza.
ZOE: No. No soy bróker.
Podría dejar la conversación ahí, pero algo en esa mujer me despierta la curiosidad suficiente para intentarlo otra vez.
MONTANA: ¿Asesina en serie?
Ella gira lentamente la cabeza hacia mí. Pone los ojos en blanco, pero al final termina sonriendo.
ZOE: ¿Qué te hace pensar que podría ser una asesina en serie?
MONTANA: Mi trabajo me obliga a analizar a la gente. Comportamiento, lenguaje corporal, reacciones... Y ahora mismo eres mi principal sospechosa.
ZOE: Ah, ¿sí? Pues siento curiosidad por dos cosas. Primero, por saber cuál es tu trabajo. Segundo, por qué coño soy la principal sospechosa.
Acerco ligeramente el taburete. Ella no se aparta, así que me inclino hacia su oído para hacerme escuchar por encima de la música. Su perfume caro me llega antes de que pueda decir nada.
MONTANA: Soy militar. Coronel de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Trabajo en Operaciones Especiales.
Cuando me aparto, tiene una ceja levantada.
ZOE: Vaya.
Sonrío.
MONTANA: Entonces volvamos a tu posible carrera criminal. Una mujer guapa sentada sola en la barra de un local como este solo puede significar dos cosas.
Me mira intrigada.
MONTANA: O eres una sugar baby que está esperando a su daddy, aunque por tu edad diría que no.
Me mira de arriba abajo.
MONTANA: O eres una asesina en serie.
Esta vez se echa a reír.
ZOE: Y dime, Noah Montana, ¿no puedo ser sospechosa de pertenecer a una secta que trafica con jóvenes?
Entrecierro los ojos mientras la estudio deliberadamente.
MONTANA: No. No te pega.
ZOE: ¿Y qué me pega entonces? Porque es evidente que ni soy una sugar baby ni una asesina en serie. Si no, ya estarías en mi cama, o en mi maletero.
La miro. Ella sostiene mi mirada. Y acabo riéndome.
MONTANA: Definitivamente, bróker.
ZOE: Ya te he dicho que no.
MONTANA: Pues te pega.
ZOE: No tendría paciencia para ser bróker, aunque sí he de reconocer que hace unos años salí con uno. No duró mucho tiempo.
MONTANA: No sabía lo que se perdía.
Sonríe pícara. Y tengo la sensación de que acabamos de dejar de hablar de profesiones.
MONTANA: Entonces dime, Solo Zoe. ¿A qué te dedicas?
ZOE: ¿Por qué quieres saberlo, Noah Montana?
MONTANA: Mera curiosidad.
ZOE: No pareces un hombre especialmente curioso.
MONTANA: Lo soy cuando algo me interesa.
Sus dedos juegan alrededor del borde de la copa. Ha entendido perfectamente que ya no estoy hablando de su trabajo.
ZOE: Soy psicóloga.
MONTANA: ¿Y por eso necesitas desahogarte?
ZOE: Sí. Me paso el día escuchando los problemas de los demás. Es extenuante.
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