Capítulo 1 LA LLEGADA A VALENCIA

Fran llegó a casa de Gregorio y Adela. Por fin había encontrado un hogar, una familia. Abandonado de pequeño, había vivido en el orfanato de la iglesia. El padre Tomás, su protector, le había encontrado un sitio, no una adopción, sino un acogimiento temporal para que pudiera continuar sus estudios en un entorno estable.
Todo era nuevo para él. Viajaba con su maleta desgastada, con ropa sencilla y humilde en su interior. El trayecto en autobús se le había hecho larguísimo; estaba deseando llegar a Valencia.
En la estación de autobuses le esperaba Adela. Gregorio, por motivos de trabajo, no había podido acompañarla. Adela estaba con su hijo, Marcos, un joven de dieciocho años que estaba terminando bachillerato. Adela le pidió a Marcos que, por favor, fuera amable con el chico. Marcos no estaba de acuerdo con que sus padres acogieran a nadie en casa, y ya le había dejado claro a su madre que él no iba a “cuidar a ningún niño”. Marcos era un chico alto, de más de un metro ochenta y cinco, rubio, de ojos claros y verdes, delgado pero fuerte. Mientras esperaba junto a su madre, no dejaba de mirar su iPhone de última generación.
—Sí, mamá —respondía sin hacerle mucho caso.
A diferencia de Fran, su ropa era toda de marca, informal pero costosa, como un uniforme de privilegio. Fran, a sus dieciséis años, era todavía pequeño de estatura.
Adela, que había recibido toda la documentación de Fran enviada por el padre Tomás, sabía ya cómo era.
El autobús entró en la estación. Adela, cuando vio a Fran bajar del vehículo, se dirigió hacia él. Estaba feliz de poder ayudar a ese chico. Tenerlo en casa no le suponía ningún esfuerzo, pues estaban muy bien situados. Ella era la responsable del departamento comercial en un banco en Valencia, y Gregorio, su marido, era juez del Tribunal Superior de Justicia.
Fran estaba esperando que se abrieran las compuertas laterales para coger su maleta. No era muy alto, pero su cara era muy bonita: cabello negro y unos ojos de un azul intenso que resaltaban en su rostro. Llevaba puesto un pantalón corto vaquero desgastado y una camiseta ya con muchos lavados, pero limpia. Sus labios eran carnosos y su nariz pequeña. Todavía era lampiño, su cuerpo no se había desarrollado.
Adela esperó a que cogiera su maleta.
—Mira, Marcos, ese es Fran —le dijo a su hijo.
Marcos levantó la mirada de su móvil y frunció el ceño.
—¿Es ese? —dijo extrañado—. Mamá, por favor, parece un indigente.
Adela se encendió.
—Marcos, por favor, no hagas esos comentarios. ¡Hijo!
—Pero ¿por qué tienes que traer a nadie a casa? —insistió—. Ya están los servicios sociales para estas cosas.
Adela le pidió que se callara y que fuera amable. Levantó la mano llamándolo.
—¡Fran, estoy aquí!
A Fran, al verla, se le iluminó la cara. Caminó feliz hacia ellos.
Cuando llegó a la altura de Adela, ella lo abrazó con calidez.
—Hola, cariño, qué guapo eres —y le dio dos besos.
—Usted también es muy guapa, señora Adela —dijo Fran con ingenuidad, y con una voz muy dulce y agradable.
—Gracias, Fran, pero con Adela es suficiente.
Fran sonrió.
—Mira, Fran, este es Marcos, mi hijo.
—Hola, Marcos —dijo Fran extendiéndole la mano.
Marcos la miró con indiferencia.
—Hola —respondió por compromiso, pero sin corresponder al gesto.
—Mamá, ¿nos podemos ir? He quedado —dijo Marcos de forma impertinente.
—Sí, hijo, tranquilo, ya nos vamos.
—¿Ya lo tienes todo? —le preguntó Adela a Fran.
—Sí, creo que sí —respondió Fran.
—Ah, no, un momento, me he dejado algo en el autobús.
Al darse la vuelta, tropezó con su maleta y cayó de bruces al suelo.
Adela se acercó rápidamente.
—¿Te has hecho daño, Fran? —preguntó preocupada.
A Marcos le hizo gracia que se cayera. “Menudo pringao, y pensar que lo voy a tener en casa”, pensó en voz alta, en un susurro cargado de desprecio.
Adela miró a Marcos furiosa.
—Hijo, te estás pasando y mucho.
Fran oyó el comentario. No dijo nada. Se levantó del suelo, comprobó que estaba bien y salió corriendo hacia el autobús a por el paquete. En una caja de cartón traía embutido de Teruel que le había dado el padre Tomás como regalo para la familia.
En el camino hacia la casa, Fran miraba la ciudad. Las calles grandes, los edificios altos, el bullicio. Mirara donde mirara, todo le parecía extraordinario.
© M. Baptiste, 2026.
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