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NO EXITE UN SOLO TONO

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Summary

SANGRE DE BESTIAS Durante generaciones, cinco grandes familias criminales han mantenido el equilibrio del mundo: los Takeda en Japón, los Dragunov en Rusia, los De Santis en Italia, los Montoya en Colombia y los Wei en China. Pero todo equilibrio tiene un precio. Mizuki Takeda fue criada para gobernar. Inteligente, peligrosa y determinada, sabe que para heredar el imperio de su padre deberá enfrentarse a sus propias hermanas en una competencia donde solo una podrá convertirse en la próxima líder. Entonces aparece Yaroslav Dragunov. Heredero de la mafia rusa, temido incluso entre los suyos, Yaroslav no se inclina ante nadie. Mucho menos ante una mujer que todavía debe demostrar que merece el poder que lleva en la sangre. Entre ellos nace una alianza que rápidamente se convierte en un juego de provocaciones, desafíos y una atracción que ninguno de los dos puede ignorar. Mientras Mizuki lucha por su futuro, alguien lleva años moviendo las piezas desde las sombras. Kuroda Masanori no quiere conquistar una familia. Quiere destruir el equilibrio que mantiene unidas a las cinco. Y cuando las alianzas comiencen a romperse, Mizuki descubrirá que en un mundo construido sobre sangre, poder y lealtad, el enemigo más peligroso no siempre es quien sostiene un arma. Porque algunas guerras comienzan mucho antes de que alguien dispare.

Status
1h ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

La hija del Dragón

Los baños termales eran lo único de Hōkō-ji que sentía completamente mío.

A esa hora de la noche nadie los usaba. Solo yo y las mujeres que me acompañaban, el vapor subiendo del agua, el silencio tibio, el olor a madera mojada. Era el único lugar donde me permitía dejar de ser la hija mayor, la candidata, la que no podía bajar los ojos delante de nadie.

O eso creía esa noche.

Entré hablando con ellas. Me soltaron el kimono y dejé que la tela cediera sin pensarlo —ahí dentro no había nadie ante quien cubrirse—. El vapor me envolvió, cálido, y por un segundo cerré los ojos.

Entonces lo sentí.

Esa sensación en la nuca que uno aprende a reconocer cuando ha crecido en mi mundo: alguien me estaba mirando.

Abrí los ojos y me giré.

Y ahí estaba él.


Sentado al otro lado del vapor, con la espalda contra la piedra, un puro entre los dedos y la calma de un hombre al que acababa de interrumpir en su propia casa.

Solo que no era su casa.

Y aun así se comportaba como si el mundo entero le perteneciera.

Lo reconocí de los informes. De las fotografías. De las reuniones a las que nunca me habían dejado entrar del todo. Pero verlo así, de carne y hueso, era otra cosa.

Cabello claro, mojado, echado hacia atrás. Rasgos fuertes, tallados, de esos que no se suavizan ni con el vapor encima. La mandíbula afilada. Y los ojos —eso fue lo que me detuvo medio segundo de más— verdes, pero con una mancha azul en el centro, como si la naturaleza no hubiera podido decidirse y hubiera dejado ahí las dos cosas. Una mirada imposible de sostener y, al mismo tiempo, imposible de dejar de mirar.

Era enorme. Casi dos metros de hombre, hombros anchos, el cuerpo de alguien que no entrena para presumir sino porque su vida depende de ello. Puro ruso, de pies a cabeza. Peligroso incluso quieto. Sobre todo quieto.

Era atractivo.

Mucho.

No tenía sentido mentirme al respecto.

Pero yo había visto hombres atractivos antes. Lo que me molestó no fue su cara ni su cuerpo.

Fue cómo me miraba.

Como si yo fuera algo pequeño. Algo curioso. Algo que había aparecido para entretenerlo un rato.

Era exactamente la forma en que yo miraba al resto del mundo.

Y nadie, nunca, me había mirado así a mí.


Las mujeres a mi lado se dieron cuenta de que no estábamos solas. Se apresuraron a cubrirme, nerviosas.

Las aparté con una mirada.

No iba a dejar que me taparan como si acabaran de atraparme en una falta. No había hecho nada. Era mi casa. Era mi baño. Y si alguien estaba fuera de lugar, era él.

No bajé los ojos.

No crucé los brazos.

Levanté la barbilla y le sostuve la mirada a través del vapor, dorado contra verde, dejando muy claro que no pensaba darle la satisfacción de verme incómoda.

—¿A qué debo el gusto, señor Dragunov?

Dejó escapar una media sonrisa. Lenta. Como si mi descaro, en lugar de incomodarlo, le pareciera gracioso.

—Podría preguntarte lo mismo.

—Esta es mi casa.

—No. —La palabra salió tranquila, sin esfuerzo—. Esta es la casa de tu padre.

Y ahí me dio.

Justo donde dolía.

Me recordó, en cuatro palabras, que nada de esto era mío todavía. Que yo era la hija de alguien. Que el respeto que había en estas paredes no era hacia mí.

Apreté la mandíbula antes de poder evitarlo.

Él lo notó. Por supuesto que lo notó. Ese tipo de hombre lo notaba todo.


Se levantó del agua.

Sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo. Se ató la toalla a la cintura con esa calma insoportable, y yo —me odié por ello— dejé que mis ojos lo recorrieran. Un segundo. Dos. Lo justo para confirmar lo que ya sabía y para que él se diera cuenta de que lo estaba haciendo.

No pensaba fingir pudor delante de él. Si quería jugar a quién incomodaba a quién, podíamos jugar los dos.

Caminó hacia mí.

Y antes de que pudiera decidir qué hacer, me tomó la barbilla con dos dedos. Suave. Firme. Me obligó a levantar la cara hasta sus ojos.

El vapor, el calor del agua, su mano. Se me cerró la garganta.

—Creo que no deberías mirar de esa forma —dijo, en voz baja, solo para mí—. Tienes que llegar virgen a tu matrimonio. No deberías andar provocando a un ruso al que no le temblaría la mano para ponerte en tu lugar.

Se acercó un poco más.

—Porque conmigo, niña, el único que tiene el control soy yo.

Me soltó.

Así, sin más. Como si acabara de dejar algo que había terminado de examinar.

Y se fue caminando, dándome la espalda, tan tranquilo como había estado toda la noche.


Me quedé ahí, de pie en el vapor, con el corazón golpeándome de una forma que no reconocía.

No era miedo.

Me dije que era rabia. Tenía que ser rabia.

Nadie me hablaba así. Nadie me tocaba la barbilla como si yo fuera una cría a la que había que recordarle su lugar. Nadie me daba la espalda y se marchaba como si yo no mereciera ni una última mirada.

Y aun así —esto fue lo que de verdad me asustó— me giré para verlo irse.

Me quedé mirándole la espalda, los hombros, el paso tranquilo de un hombre que acababa de ganarme sin levantar la voz.

El único que tiene el control soy yo.

Lo había dicho tan seguro.

Y una parte de mí —una parte pequeña, oscura, que llevaba años callada— no se preguntó cómo quitarle ese control.

Se preguntó qué se sentiría cederlo.

Cerré esa idea de golpe.

Pero ya era tarde.

Yo también supe, esa noche, que algo acababa de empezar.

Y que iba a ser mucho más peligroso que cualquier guerra.

Fin capítulo 1

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