Capítulo 1: El diablo en primera fila
WALTER
Al igual que todos los días, el diablo me observa desde la primera fila en la iglesia.
No tiene cuernos ni pezuñas, tampoco una sonrisa de dientes afilados como las que aparecen en las ilustraciones de los libros que utilizamos para enseñar a los muchachos a distinguir el bien del mal. Es un joven de diecinueve años, de cabello negro y ojos demasiado atentos, que permanece sentado con las manos entrelazadas sobre las rodillas y la espalda recta, demasiado consciente de que hasta el más pequeño de sus movimientos puede atraer la mirada de alguien.
Y, a pesar de su postura bien puesta, sé que Nathaniel Valcourt no reza.
Nunca lo hace.
Mientras los demás estudiantes inclinan la cabeza durante el acto penitencial, él mantiene los ojos bien abiertos. Cuando les pido que se arrodillen, lo hace con lentitud, sin apartar la mirada de mi rostro. Y cuando levanto la hostia consagrada, bajo la luz temblorosa de los cirios, Nathaniel me observa como si esperara que mis manos comenzaran a sangrar.
A veces me pregunto si lo hace para provocarme. Otras, me sorprendo buscándolo entre los bancos, inquieto hasta encontrar su rostro pálido y aquella expresión que nunca consigo interpretar del todo.
Hoy no es diferente.
La lluvia golpea los vitrales de la capilla de San Bartolomé. El viento se cuela por las junturas de las ventanas y hace oscilar las llamas de las velas colocadas junto al altar.
Afuera, los jardines del instituto se han convertido en una extensión de barro negro, y las ramas desnudas de los cipreses arañan las fachadas de piedra cada vez que sopla una ráfaga, provocando un ruido que se ha vuelto bastante familiar en los últimos años.
Es la última mañana de octubre.
En unas horas, los muchachos celebrarán en el salón principal, disfrazados de santos y criaturas que sus padres consideran aceptables mientras no se les ocurra preguntar por qué algunos de ellos necesitan fingir que son monstruos para poder divertirse.
Madre Agatha ha insistido en que la celebración se presente como una vigilia de Todos los Santos. Ha ordenado retirar las calabazas que los estudiantes colocaron en las escaleras, cubrir los espejos del salón de música y sustituir cualquier decoración que pueda interpretarse como una invitación a la superstición. Sin embargo, no ha conseguido que retiren las pequeñas calaveras de cera que alguien ha dejado junto a las puertas de los dormitorios.
No le he preguntado quién las puso.
Hay cosas que uno aprende a no preguntar cuando lleva demasiado tiempo viviendo entre personas que prefieren una mentira a una verdad incómoda.
—Oremos.
Mi voz resuena bajo la bóveda de piedra.
Los muchachos inclinan la cabeza. Desde el púlpito, puedo ver sus nucas, sus hombros cubiertos por los uniformes oscuros y las manos que algunos mantienen apretadas entre las piernas.
Son hijos de políticos, empresarios, jueces, familias que poseen propiedades en ciudades donde nunca he estado y casas de campo en las que probablemente jamás faltará una botella de vino ni una habitación vacía para esconder una desgracia.
Sus padres los han enviado a San Bartolomé porque creen que la disciplina, la oración y una vida apartada del mundo pueden corregir cualquier cosa que les incomode de sus hijos.
Ataques de pánico. Insomnio. Pensamientos intrusivos. Conductas autodestructivas. Crisis que nadie sabe cómo explicar durante una cena de beneficencia.
En los expedientes, todo recibe un nombre elegante. En los pasillos, los muchachos aprenden a llamarlo pecado.
Yo les enseño a hacerlo.
Esa es la parte que más me cuesta decir, incluso a solas, incluso en esta hora en que la capilla se llena y nadie, salvo Dios, está obligado a escucharme.
Soy yo quien les explica que lo que sienten en las noches no es en lo absoluto una enfermedad. Que el temblor de las manos es la mano del Maligno intentando abrirse paso. Que si no pueden dormir es porque algo dentro de ellos se niega a rendirse. Les enseño que su dolor tiene un nombre, y que ese nombre es la culpa.
Tobías Reyes, el más joven de ellos, tiene dieciocho años y la costumbre de morderse el interior de las mejillas hasta sangrar. Está sentado tres filas detrás de Nathaniel, encogido sobre sí mismo. Sus padres lo trajeron en agosto, después de una noche en que lo encontraron en la azotea de su casa descalzo y sin poder explicar cómo había llegado ahí. En su expediente figura la palabra sonambulismo. En el pasillo, los otros lo llaman el poseído.
Isidore Crane, en cambio, ocupa siempre el extremo del banco más cercano al altar, donde el padre Anselmo pueda verlo desde el confesionario. Es alto, rubio, de una devoción tan excesiva que resulta incómoda. Ayuna los viernes sin que nadie se lo pida, se arrodilla antes que los demás y sostiene la posición durante más tiempo del que debería soportar. Sus padres, que son magistrados y no creen en nada que no pueda enmarcarse, lo enviaron aquí porque su hijo, a los diecisiete, intentó arrancarse las uñas con unas tenazas de jardín.
Los mira a todos. Después, como siempre, se vuelve hacia mí.
Hay un momento en cada misa, justo antes de la consagración, en que la capilla se queda en silencio y solo se oye el chisporroteo de las velas. Es el instante en que creí, durante muchos años, que Dios estaba más cerca. Ahora es el instante en que levanto los ojos y encuentro los de Nathaniel, y siento que algo me atraviesa las costillas. No termino de entender qué, o quizá sí lo hago, pero estoy empecinado en negármelo. No quiero aceptarlo.
Nathaniel se limita a mirarme con atención, sin un solo atisbo de sonrisa, tan desprovisto de pudor, que por un segundo me parece que es él quien oficia y yo quien espera ser absuelto.
Bajo la vista. Recito las palabras.
Y en alguna parte detrás de mi propia cabeza, una voz que no reconozco como mía añade, sin que yo la autorice: y él lo sabe.
Termino la misa con las manos frías.
Cuando bendigo a los muchachos y les pido que vayan en paz, el sonido de los bancos al desplazarse llena la capilla. Se levantan por filas, con el orden que Madre Agatha ha inculcado en cada uno de ellos. Los más jóvenes salen primero, cabizbajos. Los mayores, después, con lentitud.
Nathaniel es el último en levantarse. Ajusta el puño de su camisa. Se pasa una mano por el cabello. Camina hacia el pasillo central y, al cruzar frente al altar, inclina la cabeza de una forma tan perfecta que cualquiera que la viera pensaría que es sincera.
Yo lo veo.
Y sé que no lo es.
Me retiro a la sacristía antes de que cruce las puertas. Cierro tras de mí. Apoyo las manos en el borde del mueble donde guardamos algunas cosas y respiro hondo varias veces, con torpeza, casi como si hubiera olvidado cómo se hace.
Tengo cuarenta años. Llevo muchos de esos años como sacerdote. Hace tiempo que no me tiemblan las manos delante de nadie.
—Padre Walter.
La voz de Madre Agatha resuena a mis espaldas con cierta cautela.
Me enderezo y me vuelvo. Ella está en el umbral, con las manos metidas en las mangas del hábito y la lista de pendientes colgando de los dedos. Es una mujer menuda, de rostro anguloso, con una piel pálida. Tiene sesenta y tantos años y su mirada es suficiente prueba de que vivirá varios más.
—Madre.
—Quisiera que repasáramos la noche.
—Por supuesto.
—Los espejos del salón de música ya están cubiertos. He ordenado retirar los adornos de la escalera, pero esta mañana, al pasar por el ala este, descubrí que habían reaparecido las calabazas. Seis de ellas. Alineadas junto a la ventana, con velas dentro. —Hace una pausa, como si pronunciar la palabra le causara náuseas—. Una de ellas tenía el rostro tallado de un modo que no me gustó.
—¿Qué rostro?
—El de usted.
Me quedo quieto.
—Eso es absurdo —digo.
—Lo es. —Los ojos de Madre Agatha no se mueven de mi cara—. Pero lo vi. Era su rostro, con la boca abierta. Alguien se tomó el trabajo de reproducir sus facciones en una hortaliza, padre. Me pregunto qué clase de muchacho haría una cosa así, y para qué.
Siento que la sotana se me pega a la espalda.
—Los muchachos no son siempre claros en sus intenciones, Madre. A veces solo quieren llamar la atención.
—De usted, por lo que veo.
—De cualquiera.
—Es curioso —responde, y su voz se suaviza hasta volverse casi tierna, lo que la hace más peligrosa—. Siempre es de usted.
Callo. El silencio entre los dos se alarga hasta hacerse audible. Del otro lado de la puerta llegan los pasos de los estudiantes, el murmullo de las órdenes del prefecto, el golpe de un portón al cerrarse. Y por debajo, casi inaudible el leve ruido de la lluvia sobre el tejado.
—Quiero que usted presida el rosario de esta noche —dice finalmente—. Y quiero que se mantenga cerca de los muchachos durante la vigilia. Los de último año me preocupan. Hay mucha inquietud entre ellos, y usted tiene una influencia particular.
—Haré lo que pueda.
—Lo sé, usted... siempre lo hace. —Se queda en silencio por un corto momento—. También quiero que revise a Nathaniel Valcourt.
Mi corazón da un salto tan violento que temo que ella pueda oírlo.
—¿Revisarlo?
—Sus padres adoptivos llamaron anoche. Se muestran preocupados. Dicen que en las últimas cartas el muchacho parece... distante. Más de lo habitual. Les inquieta que no manifieste progreso. —La palabra progreso sale de su boca con un ligero desprecio—. Usted es su director espiritual. Me gustaría saber qué opina.
Me llevo una mano a la garganta antes de darme cuenta, y la dejo caer. El gesto no pasa inadvertido.
—Opino que es un joven inteligente —digo, escogiendo las palabras—. Y que su carácter reservado no es necesariamente síntoma de nada.
—¿No?
—No.
—Qué raro. —La monja inclina apenas la cabeza—. A mí me parece que lo observa mucho.
—¿Quién?
—Él a usted. —Y sin darme tiempo a responder, añade—: Y usted a él.
Sé que lo que está diciendo no es una acusación. Madre Agatha jamás acusa. Ella es más sutil en ese aspecto, como si dejara una copa envenenada, y esperara a ver quién se atreve a beberla.
Decido que no seré yo quien la beba.
—Es mi deber observar a todos mis estudiantes —respondo.
—Por supuesto. —Y entonces sonríe, y su sonrisa me recuerda a esos grabados antiguos de santas que sonríen mientras les arrancan los ojos—. Por eso confío en usted, padre. Porque sé que sabe distinguir entre un deber y una tentación.
Se da la vuelta, pero después se detiene en el umbral, sin mirarme, añade:
—Hermana Beatriz lo espera en el claustro. Quiere consultarle algo sobre los dormitorios del tercer piso.
Y se marcha, de manera lenta y silenciosa, como solo ella sabe hacerlo.
Me quedo solo con el armario, pero no dejo que eso dure demasiado tiempo. Sacudo apenas la cabeza, y me dirijo al claustro en busca de la hermana Beatriz.
No tardo demasiado en encontrarla.
Doy con ella en el claustro norte, bajo uno de los arcos que dan al jardín.
La lluvia ha amainado hasta convertirse en una llovizna fina que cae y moja las piedras sin hacer ruido. Ella está de pie junto a una columna con un manojo de llaves en la mano y una expresión que, para quien no la conozca, podría tomarse por serenidad.
Yo la conozco. Sé que Beatriz sonríe cuando está nerviosa y que se queda quieta cuando está segura de algo.
Hoy no sonríe.
—Padre.
—Hermana.
—Quería comentarle algo sobre el tercer piso. —Me tiende las llaves, y al pasarlas de su mano a la mía, sus dedos rozan los míos con brevedad—. Anoche hice la ronda. Pasadas las tres, escuché pasos en el corredor. Salí con la lámpara, pero no encontré a nadie. Solo las calaveras.
—¿Las de cera?
—Había una frente a cada puerta. Todas encendidas, con una vela diminuta en la boca. —Hace una pausa—. Cuando volví a pasar, a las cuatro, estaban apagadas. Y la de la puerta de Nathaniel Valcourt había desaparecido.
—¿Desaparecido?
—Sí.
Un silencio.
—Quizá la guardó —sugiero.
—Quizá. —Beatriz mira el jardín—. Es curioso. Todos los muchachos tienen calaveras frente a sus puertas excepto uno. En la de Isidore Crane no había ninguna.
—Tal vez no quisieron ofenderlo.
—O tal vez él mismo las ponía.
No contesto. Siento, bajo la sotana, el sudor frío recorriéndome la columna.
La hermana se vuelve hacia mí. Hay preocupación en su rostro, pero también noto cierto atisbo de algo más. Es la expresión de alguien que ha guardado tantos secretos que comienzan a pesar.
Lo sé porque es la misma expresión que veo cada mañana al mirarme al espejo.
—Padre —dice, bajando la voz—, no es mi lugar preguntarle, pero tengo que hacerlo. ¿Usted duerme bien?
—Lo suficiente.
—Lo he visto salir de la capilla a las dos de la madrugada. Tres noches seguidas. Y nunca lleva vela o lámpara.
—A veces rezo en la oscuridad.
—Ya.
Beatriz no dice más. No hace falta.
—Sería una pena —murmura al fin— que alguien tan bueno con los muchachos terminara siendo víctima de ellos.
—¿Víctima?
—De su necesidad. —Sus ojos grises se clavan en los míos—. Estos chicos están rotos, padre. Y lo que está roto busca encajar. A veces con la primera forma que encuentra.
Siento la boca seca.
—Gracias por su preocupación, hermana.
—No es preocupación —asegura, y sonríe por fin, con nerviosismo—. Es lo que hacemos en este lugar.
Se aleja por el claustro. Su hábito, empapado en el dobladillo, deja sobre las losas una línea oscura de agua que tarda en secarse. La miro marcharse y pienso que quizá en este instituto hay alguien que ya ha leído en mi rostro lo que me niego a nombrar.
Alguien que, como yo, está esperando a ver qué hace la serpiente.
Y la idea me aterra.
[...]
El resto de la mañana transcurre con normalidad, lo cual es un hábito, ya que eso es lo que reina en los lugares donde todo el mundo finge.
Doy una clase de catequesis a los de primer año, que escuchan con docilidad. Hablo del pecado original. Les explico que Adán y Eva no fueron expulsados por comer una fruta, sino por querer ser algo más de lo que se les había concedido, y que ese deseo, la sed de más, es la herida que todos heredamos al nacer.
Mientras hablo, observo sus rostros jóvenes y me pregunto cuántos de ellos creen de verdad lo que les digo.
Cuántos simplemente han entendido que la fe es la moneda con que se compra la paz en este lugar.
Hacia el mediodía, el cielo se cierra del todo y la luz de las ventanas se vuelve de un gris plomizo que hace que los pasillos parezcan en realidad túneles. Atravieso el ala oeste con un libro de salmos bajo el brazo, camino sin prisa, sin pensar en nada, y justo ahí, en el tramo de corredor que conduce a la biblioteca, sucede.
Nathaniel viene en dirección contraria.
Lo veo a lo lejos, una silueta oscura recortada contra la luz de un ventanal, con las manos en los bolsillos del uniforme y un andar tan relajado que parece caminar por su propia casa. No hay nadie más en el pasillo. Mis pasos suenan sobre el suelo de piedra con nitidez. Los suyos, en cambio, no hacen ruido.
Pienso en retroceder. Pienso en fingir que olvidé algo y dar media vuelta. Pienso en ocho o nueve excusas y las descarto todas, una por una. Soy un hombre adulto. Uno entregado a Dios. No tengo por qué esconderme ni evitar a uno de los estudiantes de este lugar.
Seguimos acercándonos.
Cuando estamos a dos metros, él levanta los ojos. Se limita a mirarme con calma, y en el instante en que nuestros cuerpos se cruzan, su hombro roza el mío.
Es un contacto breve.
Una fracción de segundo en que la lana de su chaqueta se desliza contra la tela de mi sotana. Pero ese segundo es suficiente para que yo pueda percibir el calor de su cuerpo a través de las capas de ropa, el aroma de su piel, y el modo en que su brazo, apenas, se ladea para que el roce dure más de lo que debería.
Un accidente, diría cualquiera que lo viera. Pero no lo es. Sé que no puede serlo. Con él no existen los accidentes.
Me quedo clavado en el sitio. Detrás de mí, los pasos de Nathaniel se detienen. No me vuelvo. Oigo su voz suave, casi cortés:
—Se le cayó algo, padre.
Miro al suelo.
No se me ha caído nada. Pero cuando extiendo la mano, instintivamente, para comprobar que llevo el libro, descubro que mis dedos se cierran sobre un objeto pequeño y frío que no estaba ahí un segundo antes.
Una calavera de cera.
Del tamaño de una nuez. Blanca, con las cuencas oscuras, perfectamente modelada, tan detallada que alcanzo a distinguir la línea de la sutura sobre la frente. Pesa muy poco. Y sin embargo, al cerrarla en el puño, siento que me quema la palma como si acabara de sacarla de una hoguera.
Cuando levanto la mirada, me doy cuenta de que quizá tardé demasiado en hacerlo, porque el pasillo está vacío.
Aquel joven que me atormenta en mis pesadillas no está.
Guardo la calavera en el bolsillo de la sotana, junto a mi rosario. Ahí se queda durante todo el día, acompañándome.
A ratos olvido que está ahí.
A ratos la siento demasiado pesado. No termino de comprender la razón.
Después del almuerzo, Tobías me intercepta frente a la enfermería.
Tiene el rostro del color del yeso y los ojos enrojecidos. Lleva la mano derecha envuelta en un pañuelo manchado, y en cuanto me ve, la oculta a la espalda con torpeza, como si fuera un niño que fue atrapado haciendo una travesura.
—Padre.
—Tobías. ¿Te has lastimado?
—No, no es nada, solo... —Traga saliva—. ¿Podría hablar con usted?
Lo llevo a una de las salas de visitas, un cuarto pequeño con una mesa de roble, dos sillas y un crucifijo sin cristo que Madre Agatha considera pedagógico. Cierro la puerta. Le indico que se siente. Obedece, aunque no deja de mirar hacia el pasillo. Es casi como si quisiera comprobar que nadie lo ha seguido.
—Cuéntame.
—No he dormido —dice—. Desde el lunes. Casi nada. Cuando cierro los ojos, escucho cosas.
Para cualquiera, revelar o escuchar ese tipo de cosas sería motivo suficiente para alarmarse. Pero no lo es aquí. No lo es para nosotros. Se ha vuelto rutinario.
—¿Qué cosas?
—Voces. Cantos. —Baja la mirada—. Sé que usted va a decir que son sueños.
—No voy a decir nada todavía.
Él asiente, con un movimiento leve.
—Vienen de la capilla —continúa—. Por la noche, desde el dormitorio, uno se asoma por la ventana del pasillo y se ve la luz de las velas. Siempre está encendida, pero cuando bajo a mirar, está vacía. Y las velas están apagadas, con la cera todavía blanda.
—Puede que alguien las encienda y las apague. Algún compañero tuyo.
—Eso pensé —murmura, y se muerde el interior de la mejilla—. Pero el otro día me quedé dormido en el último banco. Y desperté a las tres. Y había alguien en el altar.
Una frialdad me recorre los brazos.
—¿Quién?
—No lo vi. —Tobías levanta los ojos, y por un momento parecen mucho más viejos que su rostro—. Pero estaba de pie, de espaldas, con los brazos abiertos. Como si sostuviera algo,y cantaba en latín. Un latín raro, padre, no se parecía al de la misa. Era como si hablara... al revés.
—¿Al revés?
—Como si lo dijeran desde el final hacia el principio.
Nos quedamos en silencio.
En el pasillo, alguien pasa corriendo y una puerta se cierra con un golpe demasiado fuerte.
Tobías se estremece.
Lo miro, a este muchacho de dieciocho años con la mano vendada, que carga sobre sus hombros delgados el peso de una familia que lo ha enviado aquí para no tener que oírlo, y siento una oleada de ternura tan intensa y tan impropia que me obliga a apartar la mirada.
—¿Qué te hiciste en la mano?
Duda. Después, lentamente, la saca de detrás de la espalda y desenrolla el pañuelo. Hay marcas de dientes en la base del pulgar, círculos violáceos, algunos todavía abiertos.
—Me mordí —susurra—. Dormido. Eso me dijo el enfermero, pero no recuerdo habérmelo hecho.
—Tobías...
—Y hay otra cosa. —Su voz es casi inaudible—. Yo oigo a la gente caminando por los pasillos de noche. Y sé quién es, pero...
Se detiene y yo me inclino hacia delante.
—Puedes decírmelo.
—No. —Niega con la cabeza, con violencia—. Usted se enfadaría. O no me creería.
—Te creo.
—Es que... —Se le quiebra la voz—. Es que a veces pienso que usted también lo oye. Y que por eso nunca pregunta.
Lo miro y, aunque tengo respuestas en la punta de la lengua, aunque conozco de memoria las fórmulas con que se consuela a un muchacho asustado, no pronuncio ninguna.
Porque Tobías tiene razón.
Yo también oigo los pasos.
Así que no puedo decir ni hacer nada.
Nada más que acompañar a este muchacho en silencio por un rato, hasta que sus temores se calmen. Aunque sé que solo será una cura momentánea.
[...]
Antes de que caiga la tarde, Isidore Crane me aborda en el claustro.
Aparece de imprevisto y sin hacer ruido, con las manos entrelazadas sobre el pecho y la cabeza ligeramente baja. Su cabello, siempre peinado hacia atrás con una raya demasiado exacta, le deja la frente despejada y le da un aire de santo de vidriera, aunque lo que irradia se aleja de ese concepto.
—Padre Walter. ¿Tiene un momento?
—Isidore. Claro.
—No quisiera interrumpirlo —habla bajo, con modestia—. Solo deseaba decirle cuánto me edificó su sermón de la semana pasada.
Frunzo el ceño sin entenderlo del todo, así que él se apresura a aclarar:
—Aquello sobre la obediencia como forma de amor.
—Me alegra que te haya servido.
—Me sirvió mucho. —Hace una pausa, y sus ojos azules, muy claros, se clavan en los míos con intensidad—. Porque a veces siento que soy el único aquí que lo entiende de verdad.
—No creo que...
—Hay otros que fingen. —Sus labios se curvan en una mueca que casi pasa por sonrisa—. Que acuden a misa porque deben, que no rezan con el alma. Que se sientan en primera fila para ser vistos.
Siento el calor subiéndome por el cuello.
—Isidore, no me corresponde juzgar a tus compañeros.
—Pero a mí sí, ¿verdad? —Ladea la cabeza—. A mí usted me juzga todo el tiempo.
—No es eso.
—Sí lo es, y está bien. —Sonríe con tristeza—. Yo quiero que me juzgue. Es lo único que me importa. Que alguien me mire y me diga que soy suficiente.
Hay algo tan lastimosamente humano en su voz, que por un momento me olvido de la incomodidad.
Veo a un chico que se ha pasado la vida tratando de ganarse el amor de unos padres que solo aprueban el mérito, que ha convertido la fe en una competencia porque no conoce otra forma de ser querido.
—Eres suficiente, Isidore —digo, con suavidad.
No me cree. Lo noto en cómo se le tensan los hombros.
—Ya veremos —responde. Y luego, en un tono de voz distinto, más seco, añade—: He visto a Nathaniel Valcourt hablando con usted esta mañana.
No me muevo.
—¿Sí? Pues, hablo con todos tus compañeros, Isidore. Es parte de mis responsabilidades.
—En el pasillo del ala oeste. —Su mirada baja un instante hacia mi bolsillo, donde la calavera hace un bulto casi imperceptible, y vuelve a subir—. Pasó junto a usted y le dijo algo.
—Me avisó de que se me había caído un libro.
—¿Y se le había caído?
No comprendo la razón de su pregunta, pero aun así respondo.
—No.
—Qué curioso —murmura Isidore y después sonríe con los labios cerrados—. Los demás dicen que Nathaniel es peligroso. A mí me parece un pobre diablo. Pero cuando se acerca a ciertas personas, noto que esas personas cambian.
—¿Cambian? —inquiero, pasando por alto su improperio.
—Se vuelven más... atentas. Como si de pronto hubiera alguien más en la habitación.
Quiero responder algo, cualquier cosa, pero las palabras se me quedan trabadas. Isidore percibe mi silencio, lo saborea unos segundos y finalmente baja la cabeza con una reverencia que se me antoja demasiado exagerada.
—No lo molesto más, padre. Que Dios lo guarde.
—Y a ti.
Se aleja por el claustro, sin volverse. Y yo me quedo mirándolo, ahora con la certeza de que en este instituto todos están mirando, de que cada uno guarda su propia lista de pecados, y de que el mío, tarde o temprano, podría ser revelado.
[…]
Cuando el último rosario del día termina y los muchachos se retiran a prepararse para la vigilia, la capilla queda vacía.
Me quedo rezagado. Me convenzo de que es para apagar las velas, para ordenar los misales y para cumplir esas obligaciones que me quedaron pendientes.
Recojo los libros de los bancos. Los apilo sobre el atril. Avanzo hacia el altar y apago uno por uno los cirios, pellizcando las mechas con los dedos humedecidos, sintiendo la cera caliente salpicarme los nudillos.
La capilla va quedando a oscuras.
Queda solo la luz de una lámpara de aceite junto al sagrario, aquella luz rojiza que simboliza la presencia perpetua de Dios.
La lluvia ha cesado.
El silencio es tan imperante que puedo escuchar el tictac de mi propio reloj de bolsillo, el roce de mi sotana, el latido de mi corazón en los oídos.
Pienso en la calavera de cera. En el roce del hombro. En la frase de Madre Agatha.
«Él a usted. Y usted a él.»
Pienso que podría salir ahora mismo, cerrar las puertas, subir a mi celda, rezar un rosario y dormir de la misma forma en que duermen los hombres que no tienen nada que esconder.
Pienso que es lo que debería hacer.
—Padre.
La voz viene de la penumbra, desde el lado izquierdo del lugar.
Me quedo con los dedos sobre la última vela, sintiendo cómo se me detiene la respiración. Luego, giro despacio.
Nathaniel está de pie junto al confesionario.
No lo he oído llegar. No lo he visto entrar. Está ahí, con las manos a los costados, bañado en la luz roja del sagrario, y la sombra del armazón de roble le cae sobre la mitad del rostro como un velo. Su expresión es serena, pero sus ojos brillan con una luz perversa.
—La capilla está cerrada —digo, y mi voz suena distinta—. Deberías estar preparándote para la vigilia.
—Lo sé.
—Entonces ve. No los hagas esperar.
—Pero quiero confesarme.
—No es la hora de confesiones —respondo.
Nathaniel sonríe. Es la primera vez que lo veo sonreír de verdad, y la sonrisa le transforma el rostro de un modo que me deja sin aire.
—El pecado nunca pide hora, padre.
Debería negarme. Existe una frase que cualquier sacerdote domina desde el seminario: vuelve mañana.
Son dos palabras bastante simples.
Pero algo en mi interior me impide pronunciarlas.
En lugar de eso, camino hacia el confesionario.
Una pieza de roble oscuro, tallada con racimos de uvas y espigas, con una puerta central para el sacerdote y dos laterales para los penitentes. Me siento en el banco, cierro la puerta, y la oscuridad me envuelve.
Frente a mí, a la altura del rostro, la rejilla de madera tallada deja pasar apenas una luz rojiza filtrada en rombos diminutos.
Escucho cómo se abre la puerta del otro lado, y también cómo se cierra.
Escucho el roce de la tela, el crujido de la madera cuando él se arrodilla, el sonido leve de su respiración. Y entiendo que a partir de este instante estamos los dos encerrados en una caja de nogal, separados por una celosía del grosor de un dedo.
—Ave María Purísima —murmuro con suavidad.
—Sin pecado concebida.
Su voz es distinta a través de la rejilla. Un poco más grave, pero al mismo tiempo más cercana.
—¿Cuánto tiempo hace de tu última confesión, hijo?
—Dos semanas.
—¿Y qué te trae hoy?
Silencio.
Un silencio largo que se extiende más de lo soportable. Tan largo que empiezo a pensar que ha cambiado de opinión, y la idea me llena de una decepción que no me atrevo a aceptar.
—Padre —dice por fin—. ¿Puedo ser honesto?
—Es el propósito del sacramento.
—Entonces voy a serlo. —Una pausa breve—. Pero le advierto que no será fácil de oír.
—Nada de lo que me digas me sorprenderá.
—Eso espero.
Oigo cómo se acomoda. Imagino sus manos sobre las rodillas, la espalda recta, la cabeza ligeramente inclinada hacia la celosía. Y, por alguna extraña razón, percibo el calor que despide su cuerpo a través de la madera, esa tibieza que se filtra por los rombos de la rejilla y me llega al rostro.
—Hay un hombre —comienza.
Mi corazón se detiene.
—Un hombre mayor que yo. Lo suficiente como para que se lo considere impropio. Lo veo todos los días. En la misa, en el aula, en los pasillos. No puedo apartar mis ojos de ese pobre hombre torturado. Tiene las manos grandes, los dedos delgados y largos. Y una voz...
Se detiene por tan solo un instante.
—Una voz que no sabe que es hermosa.
Aprieto los puños sobre mis rodillas.
—Continúa —digo.
—Esa voz me persigue. Me habla incluso cuando él no está. De noche, cuando cierro los ojos, la escucho recitando algo en latín, bajito, casi para sí mismo. Y a veces imagino que me lo dice a mí. Al oído. Muy cerca.
—Hijo, el pensamiento en sí no es pecado. Lo es consentirlo.
—Yo lo consiento —responde con calma—. Y lo disfruto.
El aire dentro del confesionario se vuelve espeso. Una extraña calidez me recorre de pies a cabeza.
—Lo observo —sigue—. Cuando levanta la hostia, miro sus manos. Me pregunto cómo serían sobre mi cuello. Sobre mi pecho. Sobre… otras partes vergonzosas de mi cuerpo. Me pregunto si temblarían, y creo que sí. Creo que son manos que tiemblan en secreto, y que el único modo de saber cuánto es tocarlas.
Cierro los ojos, pero es inútil. La oscuridad detrás de mis párpados es la misma que delante.
—Nathaniel...
—No he dicho ningún nombre, padre.
—No hace falta —digo, y eso es más una confesión mía, que suya.
Se queda de nuevo en silencio del otro lado de la rejilla. Y luego, él murmura con suavidad:
—Entonces ya sabe de quién hablo.
No respondo.
—Hay más —dice.
No debería oírlo, pero lo anhelo con una desesperación que debería de avergonzarme, y la vergüenza no hace más que aumentar el deseo.
—Hay una boca —continúa—. La suya. La he mirado tanto tiempo que podría dibujarla con los ojos cerrados. Hay una manera en que se aprieta cuando algo lo incomoda, y otra, distinta, cuando algo lo conmueve. Y hay una tercera, que solo he visto una vez, hace tres semanas, cuando creyó que estaba solo en la sacristía y se quedó mirando el crucifijo con los labios entreabiertos... Quiero que esa boca pida por mí. Sé qué está mal. No solo es un hombre, sino que también le ha entregado su vida a Dios, pero… yo anhelo tanto esa boca, padre.
—Basta.
—Me pregunto cómo sabría. —Su voz baja hasta convertirse en un hilo—. Me pregunto cómo sería el momento exacto en que esa boca dejara de rezar. Cuando ya no hubiera plegaria que sostener. Solo aliento. Solo sonido. Solo...
—Basta —repito, y esta vez la palabra me sale quebrada.
Escucho cómo se acerca. No lo veo, pero lo oigo. El roce de la tela, el cambio sutil en la dirección de su respiración. Ahora su rostro está pegado a la celosía. A un dedo del mío. A través de los rombos de madera percibo su aliento cálido, con un leve aroma a menta.
—¿Es un pecado, padre?
La respuesta es evidente, pero me cuesta demasiado dársela.
—Lo... lo es —logro decir—. Es un pecado grave.
—¿Y usted puede perdonarlo?
—Dios puede.
—No le pregunté por Dios.
Mi cuerpo ha dejado de obedecerme. Siento un calor creciente que desciende desde el pecho hacia el abdomen, un temblor profundo entre los muslos, la sangre palpitando en lugares donde ningún sacerdote debería permitírselo. Intento recitar una oración, pero no logro formar una sola palabra coherente.
Y lo siento. Mi miembro palpita endurecido, ganando una vigorosidad alarmante. Mi pecho se agita, toda mi piel se eriza de una manera desagradable. No debo. No puedo. Pero quiero.
—Hijo —digo, con una voz que ya no reconozco—, debes arrepentirte y prometer...
—No me arrepiento —me interrumpe, suave, casi tierno—. ¿Quiere que le diga por qué?
—No.
—Porque cada vez que lo pienso, siento que estoy más cerca de algo que se parece a Dios que todo lo que me enseñaron en este lugar.
Es una blasfemia. Una que no debería de darme placer. Estoy aquí para ayudar a estos muchachos, para ser una luz que guía, pero en cambio, parece que con Nathaniel nos estamos dirigiendo juntos a una oscuridad que nos envuelve y asfixia.
Y debería detenerlo. Apartarlo de lo que sea que esté experimentando. Pero no puedo. Dentro de este armario de roble, con el rostro de Nathaniel a una corta distancia, el mundo exterior ha dejado de existir. No hay Madre Agatha, ni instituto, ni expedientes, ni votos. Solo su voz y mi cuerpo, y entre los dos una barrera de madera tan fina que sería suficiente un empujón para derribarla.
—Imagino su mano —murmura Nathaniel—. Aquí. Del otro lado.
Y siento, o creo sentir, el contacto leve de una yema de dedo sobre la rejilla, justo a la altura de mi mejilla. No me toca, pero la madera es suficiente para transmitirme todo el calor de su piel como si la celosía fuera una extensión de su cuerpo.
Lo que ocurre después no sé contarlo.
No me atrevo.
Mi mano derecha se mueve. No es algo que yo decida. Es como si mi voluntad fuera absorbida y de pronto mi carne empezara a gobernar mis gestos. La mano baja. Se detiene un segundo sobre la sotana. Tiembla. Y sigue. Pronto, tengo demasiada tela enrollada hasta la altura del pecho y mis pantalones están abiertos.
No me detengo ya. Incluso si esa voz desconocida que me ha perseguido desde que lo conocí me grita y se burla de mi debilidad. Nada de eso me importa.
Empuñó con fuerza mi pene endurecido. Las venas recorren mi mano. Una gota de sudor rueda por sien. Puedo sentir mi pecho arder. Al igual que la piel de mi erección. Tan dura y ancha que podría causar daño. A Nathaniel. Al joven que me ha hecho blasfemar de esta manera.
Muerdo con fuerza y comienzo un lento vaivén. Una gota de presemen me cubre la punta. Siento un placer que no había sentido en una eternidad.
Mientras él habla.
Porque Nathaniel no calla. Continúa su confesión con una voz cada vez más baja, más lenta, y cada palabra provoca algo sórdido en mi interior.
Habla de calor. De sudor. De noches enteras mirando el techo con una sed que no se aplaca. Habla de un nombre que repite en la oscuridad, y aunque no lo pronuncia, ambos sabemos que es el mío. Habla de su propia mano, de lo que hace con ella pensando en mí, y lo dice sin vulgaridad, con una franqueza que resulta más obscena que cualquier grosería.
Yo me muerdo el dorso de la otra mano para no gemir mientras trabajo con sus fantasías en mi propia liberación.
El incienso viejo me inunda la nariz con un aroma dulzón y rancio. A través de la rejilla, la luz rojiza del sagrario titila, y en esa luz imagino, por un instante, que el Cristo del altar nos observa desde el otro extremo con los ojos abiertos.
Perdóname.
No sé a quién se lo digo.
Mi cuerpo se tensa en una espiral ascendente. Hay un momento, justo antes del final, en que el pensamiento se vuelve demasiado claro y uno comprende que ya no hay vuelta atrás, que el acto ha pasado a ser inevitable, que la voluntad ha sido sustituida por algo más primitivo.
En ese momento, Nathaniel susurra:
—Padre.
Una sola palabra.
Una palabra que he oído miles de veces, que he usado y escuchado como título de respeto, y que ahora, en su boca, se vuelve otra cosa. Una súplica. Una orden. Un anhelo.
Y cedo.
Aprieto los dientes con fuerza y me arqueo en mi lugar mientras veo los hilos de semen, tan blancos como la cera de las velas, derramarse sobre mis manos que debían de mantenerse limpias.
No me atrevo a detallar lo que veo y siento.
Basta decir que el tiempo se rompe en aquel preciso instante. Que el confesionario desaparece por completo. Que durante unos segundos no hay sacerdote ni penitente ni pecado, solo una oleada de placer que me atraviesa de pies a cabeza y me deja temblando contra el respaldo de mi asiento, con la boca abierta, los ojos anegados y un sonido sofocado que se pierde en la madera.
Después, solo el más absoluto de los silencios.
Un silencio inmenso y devastador, demasiado molesto, en que lo único que oigo es mi respiración rota y, del otro lado de la rejilla, la suya. Acompasada. Tranquila.
Satisfecha.
Hay demasiada satisfacción en él, y ni siquiera tengo que verlo para comprobarlo.
No sé cuánto tiempo pasa.
Podrían ser segundos. Podrían ser horas. Mi cuerpo y mi mente han sido sacudidas de una manera degradante. El placer sucio que me atravesó no deja que me ubique. Quiere que me sentencie.
Trato de recordar las palabras de la absolución.
Ego te absolvo a peccatis tuis.
No las encuentro. He pronunciado esas palabras miles de veces, mecánicamente, casi sin pensar, y ahora me parecen escritas en un idioma extraño. Mi lengua tropieza y mi memoria se desliza. Lo único que consigo evocar es el sonido de su voz repitiendo padre, una y otra vez, hasta que la palabra perdió todo sentido y se volvió un ruido ignorable.
Siento una humedad en el rostro. Me llevo la mano limpia a la mejilla. Estoy llorando.
—Lo hizo muy bien —dice Nathaniel, con su voz suave, casi amable. Es el tipo de tono con el que se suele felicitar a los niños después de que estos logren una hazaña.
Intento hablar. Me sale una voz demasiado ronca.
—No... no puedo absolverte.
—Lo sé.
—No eres tú quien debería... —Me detengo. No sé cómo acabar la frase.
Quien debería confesarse.
Quien debería arrepentirse.
Quien debería ser castigado.
Todas las opciones me acusan.
—Padre. —Él vuelve a pronunciar la palabra con cuidado—. Usted no necesita absolverme. Ya hice lo que vine a hacer.
—¿Qué... qué viniste a hacer?
Escucho cómo la puerta de su lado se abre.
La luz del sagrario entra por la rendija. Lo veo, por un corto instante, de pie al otro lado de la celosía, enmarcado en la penumbra, con el cuello de la camisa abierta y los ojos fijos en la rejilla. En ese instante tengo la seguridad de que me está mirando a través de la madera. De que sabe exactamente dónde está mi rostro. De que ha estado mirándome todo el tiempo.
—A comprobar —dice— que no soy el único que está condenado.
Y sin más, se levanta.
Lo oigo salir del confesionario. Lo oigo alejarse muy despacio, sin provocar demasiado ruido. Oigo el chirrido de la puerta mayor al abrirse y cerrarse a lo lejos.
Y me quedo por fin solo.
Con la sotana arrugada. Con la respiración desordenada. Con las manos temblando sobre las rodillas. Solo entonces me doy cuenta de lo que ha pasado.
No lo he confesado.
Él me ha confesado a mí.
Lo ha hecho todo con exactitud. Ha elegido las palabras, el tono, el ritmo, el momento adecuado. Me ha desarmado pieza por pieza, y yo, que llevo un montón de años enseñando a otros a resistir la tentación, he caído en el primer intento.
Permanezco inmóvil en la oscuridad, con la frente apoyada contra la celosía, sintiendo cómo el roce áspero de la madera me marca la piel. Del otro lado queda todavía un resto de calor.
Debería salir. Debería ir a lavarme, a rezar, a buscar a Padre Anselmo y pedirle que me oiga en confesión. Debería hacer algo, lo que fuera, que me devolviera la forma de un hombre.
En lugar de eso, me quedo ahí, respirando el aire que él respiró, y me sorprendo pensando en la calavera de cera que guardo en el bolsillo. Cierro los dedos sobre ella. Está tibia.
Como si alguien la hubiera sostenido durante mucho tiempo antes de que yo la tomara de nuevo.
[…]
La vigilia comienza a las nueve.
Para entonces me he lavado la cara tres veces, me he cambiado la sotana, me he peinado frente al espejo diminuto de mi celda sin atreverme a sostenerme la mirada.
Hay hombres que después de una caída, necesitan arrodillarse y un tiempo a solas. Yo necesito lo contrario. Necesito estar entre gente, rodeado de voces y de luz.
Por eso, tan pronto como compruebo que estoy listo, me muevo por los pasillos oscuros de este instituto para llegar a mi nuevo destino.
El salón principal de San Bartolomé es enorme, de techo artesonado, con lámparas de hierro forjado colgando de cadenas y una chimenea tan grande que podrían asarse en ella tres corderos. Esta noche arde a fuego bajo, y sobre las mesas alargadas, cubiertas con manteles blancos, reposan una gran variedad de bandejas de frutas, pasteles de membrillo y jarras de sidra sin alcohol que Madre Agatha ha supervisado personalmente.
Hay velas por todas partes, cientos de ellas, en candelabros, en repisas, en el suelo junto a los zócalos. Su luz tiembla sobre las paredes de piedra y le da a todo un aire de capilla pagana.
Los muchachos están disfrazados.
Los disfraces, aprobados con grandes reservas por la dirección, son de santos y de criaturas que no resultan ofensivas a lo que tratamos de impartir. Veo a un San Sebastián con flechas de cartón clavadas en el torso. A dos Santos Tomases, uno de ellos con una linterna en la mano. A un San Jorge sin dragón, a una Santa Lucía masculina con los ojos pintados sobre unas gasas blancas. Y entre ellos, están los monstruos. Un Lázaro envuelto en vendas, un ángel caído con alas deshilachadas, una figura encapuchada que lleva una guadaña de papel maché y que, cada vez que se acerca a alguien, murmura algo que provoca carcajadas.
Es una parodia del Edén.
Lo pienso con claridad desde el momento en que cruzo el umbral.
Las frutas brillantes sobre las mesas, las máscaras que ocultan los rostros, el aire cargado de risas agudas, muchas de ellas suenan demasiado forzadas, pero creo que para esta etapa de mi vida, ya no soy capaz de reconocer una real. Una serpiente de tela, larga y verde, cuelga de una viga, enroscada, con una manzana roja entre las fauces. No sé quién la ha puesto. Madre Agatha, que vigila desde un rincón con los brazos cruzados, tampoco lo sabe, a juzgar por la rigidez con que la contempla.
Está enojada. Y no podría juzgarla por estarlo. Es blasfemo.
—Padre Walter —dice una voz amable a mis espaldas.
Me vuelvo. Padre Anselmo está allí, apoyado en su bastón, con una taza de sidra entre las manos. Es un hombre de setenta y tantos años, de rostro redondo y arrugado, con unos ojos pequeños, claros y atentos que casi parecen pertenecer a una persona mucho más joven. Lleva cuarenta años en San Bartolomé. Fue mi confesor cuando llegué, y en cierto modo sigue siéndolo, aunque no hayamos vuelto a hablar de nada importante desde hace un tiempo atrás.
—Padre. No esperaba verlo aquí.
—Me gusta la compañía de los jóvenes —dice—. Me recuerdan que la vida es mucho más larga de lo que en realidad parece.
—Me alegra.
—¿Y a usted?
—¿Cómo?
—¿Le gusta la compañía de los jóvenes?
La pregunta es tan inocente que casi me convence de que carece de intención.
Casi.
—Es parte de mi vocación.
—Por supuesto. —Sorbe su sidra con parsimonia—. Se le ve pálido, Walter.
—Ha sido un día largo.
—Los días largos son los que más nos revelan —dice mientras me mira por encima del borde de la taza—. ¿Quiere confesarse?
Un nudo me aprieta la garganta.
—No sé a qué se refiere.
—A nada en particular. —Sonríe, con una dulzura que me eriza la piel—. Siempre ofrezco el sacramento a quien parece necesitarlo. Es un hábito de viejo.
—Se lo agradezco. Pero no.
—Entiendo. —Asiente despacio—. Pero recuerde que la puerta del confesionario no tiene cerrojo, y siempre que usted guste, va a ser bienvenido.
Se aleja con pasos cortos, apoyado en el bastón, y cuando desaparece entre la multitud, un escalofrío me sacude de la nuca a la cintura.
Él lo sabe.
No sé cómo ni desde cuándo, pero lo sabe.
O quizá sabe otra cosa. Algo que no tiene nada que ver con Nathaniel.
Tal vez ambas.
Es entonces cuando lo veo.
No lo busqué. Lo juro ante todos los santos de este instituto, me he propuesto no buscarlo. Pero él de todas formas logra hacerse espacio en mí.
Nathaniel está junto a la chimenea.
No lleva disfraz. Es el único de todos los estudiantes presentes que no lo hace. Viste el uniforme de siempre, con el cuello abierto y las mangas arremangadas hasta los codos, y la luz del fuego le dibuja los antebrazos con un resplandor anaranjado.
Tiene un vaso en la mano. Habla con cuatro compañeros que lo rodean, parecen fascinados con él, y yo puedo entender la razón. Se ríe de algo, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, y la risa le tensa la línea del cuello.
Entonces, como si hubiera sentido mi mirada, vuelve la cabeza.
Nuestros ojos se encuentran a través de toda la longitud del salón.
No hace ninguna de las señales con que dos cómplices se reconocen en una multitud. Se limita a mirarme, con serenidad, durante un largo segundo, y en ese segundo me siento más desnudo que dentro del confesionario.
Luego, con lentitud, se lleva el vaso a los labios, bebe, y sin apartar los ojos de los míos, desliza la lengua por el borde.
Me doy la vuelta antes de que mi cuerpo vuelva a traicionarme.
Pero el daño está hecho. Durante la hora siguiente, entre conversaciones triviales y música de un viejo gramófono que alguien ha traído del salón, siento su dulce presencia en todo momento.
Lo veo bailar con los demás, en esas danzas que los muchachos improvisan, y noto que cada vez que pasa cerca de mí cambia de trayectoria para rozar el aire de mi lado.
Lo veo acercarse a Tobías y decirle algo al oído que hace que el chico palidezca hasta quedar del color de la cera.
Lo veo detenerse ante la serpiente de tela, mirarla casi con cariño, extender un dedo y tocarle la manzana de la boca.
—Perdone, padre —dice Isidore, a mi lado.
Me sobresalto. No lo había oído llegar. Ha dejado el disfraz de San Sebastián a un lado, pero conserva una flecha de cartón en la mano, y la mantiene sujeta con tanta fuerza que le blanquea los nudillos.
—Hay un asunto que debería ver —dice.
—¿Qué asunto?
—En el pasillo del segundo piso. Una de las calaveras.
—Isidore, ahora no es el momento...
—Creo que sí lo es.
Algo en su tono me hace seguirlo. Salimos del salón por una puerta lateral, cruzamos un corredor frío donde la música apenas llega, subimos una escalera de piedra.
Isidore camina delante, con la espalda recta, sin hablar, y en el silencio de nuestros pasos tengo tiempo de preguntarme cuánto sabe, cuánto vio, qué parte de lo que ocurrió esta tarde en la capilla fue presenciada por unos ojos que yo no noté.
Llegamos al segundo piso. El pasillo está desierto, iluminado por un candelabro que arde al fondo.
A lo largo de los muros se alinean las puertas de los dormitorios, cada una con una calavera de cera en el suelo, tal como había descrito Beatriz.
—Allí —dice Isidore, señalando.
Frente a la puerta del fondo, la de Nathaniel, también hay una.
Es más grande que las de los otros, del tamaño de un puño. Tiene la boca abierta en un gesto de grito, y entre los dientes, minuciosamente modelados, alguien ha colocado una hoja de papel enrollada.
—Léala —susurra Isidore.
Me agacho. Retiro el papel con algo de duda. Estoy demasiado confundido para detenerme a pensar en lo extraño de toda esta situación. Lo desenrollo. Es una cuartilla vieja, amarillenta, con una sola línea escrita a mano, en una letra fina y regular:
Quien ha comido del fruto no puede devolverlo.
Mis manos tiemblan y me esfuerzo por sostener el papel.
—¿Quién la puso aquí? —pregunto.
—Eso quería saber yo. —Isidore me mira con intensidad—. Pensé que usted lo sabría.
—No tengo idea.
—Pero parece asustado.
—No lo estoy.
—Entonces es que no lo reconoce. —Su sonrisa vuelve a aparecer, estrecha—. La letra.
—¿Por qué habría de reconocerla?
—No lo sé. —Ladea la cabeza—. Solo creía que, siendo ustedes tan cercanos...
Me incorporo y mis rodillas crujen. Aprieto el papel en el puño con más fuerza de la que pretendo.
—Isidore —digo, con una calma que me cuesta sostener—, quiero que escuches con atención. No sé quién ha puesto esto, ni con qué fin. Pero no vas a hablar de ello con nadie. Ni con Madre Agatha, ni con tus compañeros. Lo resolveré yo.
—Por supuesto, padre —murmura, y baja la mirada con un gesto de sumisión que no engaña a nadie—. Yo solo quiero ayudar.
—Lo sé.
—Siempre he querido ayudar.
—Sí, no tienes que repetirlo, lo sé.
—Porque usted es el único que me ha escuchado de verdad.
El tono de su voz es tan real, despojado de su falsedad tan característica, que me desarma. Veo a un joven asustado aferrándose a la única persona que parece interesado en entenderlo, y por un instante lamento haberlo tratado como a un enemigo.
—Vuelve a la fiesta —le digo, con suavidad—. Descansa. Mañana hablaremos.
Obedece. Pero antes de marcharse se detiene en lo alto de la escalera y me dirige una última mirada. No sé si estoy teniendo ideas, pero es casi como si la devoción y el rencor se mezclaran en sus pupilas hasta volverse indistinguibles.
Cuando se va, me quedo solo en el pasillo, frente a la calavera de la boca abierta. Plego el papel y lo guardo junto a la otra, la pequeña. Y en el silencio de ese corredor, con las llamas de los candelabros agitándose sin que nadie las toque, escucho, muy lejos, en alguna parte debajo de mis pies, un canto.
Coro de voces bajas, masculinas, lentas.
Latín, o algo que se le parece demasiado.
Pero lo que me llama la atención es que las palabras del canto son dichas desde el final hacia el principio.
Regreso a la fiesta porque no sé adónde más ir.
Me quedo hasta pasada la medianoche, hasta que Madre Agatha da la señal de retirada y los muchachos, entre protestas, comienzan a subir a los dormitorios. Los acompaño hasta el pie de la escalera. Les doy la bendición. Los veo desfilar, uno a uno, con sus capas de cartón y sus alas deshilachadas, con las caras todavía pintadas. Ahora no se ven tan felices como antes, o quizá solo se les hace más cansado fingir un poco.
Tobías es el último en subir. Se detiene a mi lado, con la cabeza gacha.
—Padre —murmura—. Esta noche... ¿podría quedarse cerca?
—Duermo en el ala contigua. Si necesitas algo, solo tienes que llamarme.
—No es eso. —Se frota el brazo con una mano nerviosa—. Es que a las tres... a las tres siempre pasa algo. Y cuando pasa, no puedo gritar.
—Tobías...
—Se lo digo porque... —Traga saliva—. Porque Nathaniel me dijo que esta noche iba a ser distinto. Que usted iba a oír lo que yo oigo.
Siento que el corazón me golpea las costillas.
—¿Eso te dijo?
—Y que no me preocupara. Que ya estaba todo decidido.
Lo miro con tanta tristeza que por un instante se me olvida mi propia culpa. Le pongo una mano en el hombro y lo aprieto con suavidad.
—Duerme, hijo. Reza. Y si oyes algo, cierra los ojos y no mires.
—¿Y usted?
—Yo estaré despierto y pendiente de cualquier cosa.
Tobías asiente, agradecido, y sube las escaleras con paso lento, casi arrastrando los pies.
Cuando el último estudiante desaparece, el vestíbulo queda vacío. Las lámparas se apagan una a una. La serpiente de tela sigue colgando de la viga, inmóvil, con la manzana en la boca. El fuego de la chimenea se reduce a un montón de brasas rojas.
Y yo, al pie de la escalera, descubro que no puedo subirla.
[…]
Al amanecer, mucho antes de que suene la primera campana, me encierro en mi celda.
No he dormido porque ni siquiera me he molestado en hacer el intento. Pasé la noche en la capilla, arrodillado frente al sagrario, tratando de articular una oración que me saliera del alma.
A las tres, justo a las tres, el reloj del campanario dio la hora con una campanada que se prolongó demasiado, y oí que algo se arrastraba en la penumbra. No levanté la vista. No quería ver nada. Seguí rezando con los ojos cerrados, murmurando un rosario hasta que el sonido se desvaneció.
Ahora, en la penumbra gris de la celda, las cosas tienen un aspecto impecable. El catre estrecho. El crucifijo antiguo de madera clavado en el muro. La mesa, el jarro, la jofaina de loza. Todo igual que ayer, que hace algunos años. Pero por alguna razón que no termino de comprender, se siente como si lo estuviera viendo todo por primera vez.
Me quito la sotana con movimientos lentos y cuidadosos. Dejo caer la prenda sobre la silla. Me desabrocho la camisa y la lanzo lejos también.
Quedo en el centro de la celda con el torso desnudo, con el frío del amanecer erizándome la piel, mirando mi reflejo difuso en el cristal de la ventana.
Veo a un hombre de cuarenta años, de contextura gruesa y de hombros anchos. Un rostro con una mandíbula definida y un cabello que está poco a poco dejando de ser solo negro, para darle la bienvenida a unas cuantas hebras blancas. Unos ojos verdes que han visto demasiado y han comprendido demasiado poco.
Abro el cajón de la mesa y saco el cinturón.
Lo traje conmigo de mi vida anterior, de aquel tiempo oscuro que tomé los hábitos para olvidar, y tiene una hebilla de latón con la forma de un ancla. Lo conservo desde hace años, como una penitencia, porque cada vez que lo uso, recuerdo de dónde vengo y a quién he hecho daño.
Me arrodillo frente al crucifijo.
—Señor —murmuro, y sé reconocer el dolor en mi propia voz—. Señor, he pecado.
Hago una pausa.
—He pecado en pensamiento, palabra, obra y omisión. He tomado lo que no me pertenecía. He consentido lo que debí rechazar. He...
Se me quiebra la voz. Respiro. Cierro los ojos. Veo el rostro de Nathaniel, la curva de su boca, el modo en que murmuraba padre a través de la celosía, y siento que el deseo vuelve a ascender con insolencia, como si mi cuerpo se negara a reconocer la gravedad de lo que ha hecho.
—Perdóname —digo—. Perdóname, Señor, porque no sé si quiero ser perdonado.
Levanto el brazo.
El primer golpe cae sobre mi espalda. Siento el ardor extenderse como una llamarada, un fuego líquido que me recorre las costillas y se me clava en los riñones. No grito. Me contengo apretando los dientes. Respiro por la nariz.
El segundo golpe cae más abajo.
—Mea culpa.
El tercero cruza los anteriores. La piel se abre en alguna parte, siento el calor tibio de la sangre deslizándose por la columna.
—Mea culpa.
El cuarto, el quinto, el sexto. Pierdo la cuenta. Las palabras toman un ritmo que coincide con el de los golpes.
Cada vez que el cuero me destroza la carne, un nombre me sube a la boca, y cada vez lo callo, lo trago, lo hundo en el fondo del cuerpo. Pero el nombre insiste. Me quema la lengua. Me sube por la garganta con una fuerza que ya no puedo contener, y por fin, entre un golpe y otro, lo pronuncio.
—Nathaniel.
La palabra queda flotando en el aire de la celda como si fuera humo.
Y ocurre algo que no esperaba. Algo que me hiela más que la culpa. Siento que mi cuerpo, en lugar de apagarse, se enciende. Que cada latigazo despierta en mí la misma calidez que despertó su voz, el mismo vértigo, la misma entrega. El dolor y el deseo se han fundido en un solo estremecimiento, y ya no sé cuál castiga y cuál recompensa.
Levanto el brazo otra vez.
Y otra.
Y otra.
Hasta que el cinturón resbala de mis dedos y cae al suelo.
Hasta que me desplomo hacia delante, con la frente presionada contra las tablas frías y la espalda llena de líneas ardientes y sangrantes.
Hasta que el llanto me sacude entero, un llanto que ni siquiera me permite dejar salir lágrimas.
Cuando por fin se calma, me quedo inmóvil.
El amanecer ha ido avanzando. Un rayo de luz atraviesa la ventana y cae sobre el crucifijo, iluminando la cara de Cristo. Levanto los ojos hacia él. La madera tallada de su rostro, hundida y sufriente, parece mirarme con compasión.
O quizá, simplemente, me observa.
No puede haber compasión para un hombre como yo.
Siento el dolor en la espalda, la sangre pegándoseme a la piel, el temblor en las manos. Y debajo de todo eso, una calma que me parece demasiado extraña. Porque la verdad es que estoy aliviado.
Aliviado de haber caído.
Aliviado de que por fin haya ocurrido lo que llevaba meses temiendo.
Y aliviado, sobre todo, de que la culpa siga ahí, intacta, para sostenerme. Porque mientras duela, mientras arda, mientras pueda castigarme por lo que he hecho, algo en mí permanece de este lado de la línea. Algo conserva todavía la forma de un hombre que sabe distinguir entre el bien y el mal.
Lo único que me aterra es lo que ocurrirá cuando deje de dolerme.
Me levanto con dificultad. Camino hasta la ventana. Afuera, el instituto va despertando con lentitud bajo un cielo color ceniza. Eso no debería causar ningún malestar, pero lo hace. Porque ahí, en el patio, entre los cipreses, hay una figura inmóvil, de pie en el barro, con las manos a los costados y la cabeza alzada hacia mi ventana.
Nathaniel.
Está ahí, a pesar del frío, a pesar de la hora, a pesar de los muros. Me mira sin sonreír. Sin moverse. Sin parpadear.
Y sé que lleva allí mucho tiempo.
Y que de una manera tétrica, pese a la gran distancia, ha oído cada golpe.
Ha oído cada mea culpa.
Ha oído el sonido exacto de su nombre pronunciado en mi boca.
Cierro las cortinas con manos temblorosas.
En el suelo, entre las prendas arrugadas y el cinturón manchado con mi propia sangre, la pequeña calavera de cera ha rodado hasta quedar frente a mí, con las cuencas vacías clavadas en mi rostro.
Y por un instante, solo un instante, juraría que sonríe.








