Corrí
Nunca fui bueno en los deportes, pero ese día, corrí como si se me fuera la vida en ello. Era joven, el cuerpo no me pesaba y mis piernas respondían al impulso de la urgencia. Entre los dedos, apretaba un trozo de papel cualquiera que arranqué de un cuaderno viejo; una carta escrita a toda prisa, porque él dejaba el pueblucho esa misma mañana y se marchaba hacia la gran ciudad. El tiempo de ser valiente se agotaba en el reloj de la iglesia y yo solo sabía que tenía que llegar antes de que partiera.
Cuando por fin alcancé la terminal, el corazón me dio un vuelco: sus padres, que estaban allí, de pie junto a las maletas, acompañando sus últimos minutos en el pueblo. De golpe, el aire se volvió pesado. Tuve que frenar, tragarme el nudo amargo que me asfixiaba la garganta y ocultar mis verdaderos sentimientos tras la cortesía que me quemaba la cara. Fingí que aquello era una simple despedida amistosa. Envolví en un frío «chao» todo el universo que llevaba guardado en el pecho y le entregué aquel papel arrugado que contenía lo que nunca le dije a la cara. Se lo di en silencio, lo tomó, subió los peldaños del autobús y lo vi partir a través del cristal empañado. Ese día emprendió el vuelo hacia sus propios sueños.
Tiempo después, la vida hizo lo mismo conmigo; yo también desplegué las alas, y con coraje, dejé atrás el pueblucho que nos había juntado. Sin embargo, mi rumbo fue completamente otro, un cielo distinto, aún más lejano. Mi mapa se pobló de otros paisajes y de cuerpos. Ellas, me dieron calor; ellos, arrebatos intensos; él, solamente recuerdos, distorsionados por la nostalgia, porque en realidad nunca nos conocimos, o al menos sólo, como se conocen dos adolescente en un mundo perdido en las páginas de la añoranza. A todos le di pedazos de un corazón fantasma, el real, aún lo cargo conmigo, como recuerdo de que a todos quise, a él lo amé.
En algún momento de mi vida, cuando la nostalgia apretó más de la cuenta, intenté buscar sus vestigios en el aire de las nuevas avenidas. Quise, de alguna manera ingenua, seguir la estela de su viaje en las redes del destino, pero el viento de los años ya había borrado sus huellas por completo y le perdí el rastro para siempre. Jamás volví a verlo. Jamás volví a saber de él.
Hoy, muchos otoños después, miro los árboles desnudarse desde mi ventana y debo confesar algo que todavía me aprieta el alma: ya no recuerdo qué escribí en esos renglones borrosos y desesperados. El tiempo, implacable y silencioso, también se encargó de desdibujar las facciones de su rostro en mi mente, convirtiéndolo en un mito de la juventud. De toda aquella relación que nunca sucedió, de aquel amor que se quedó en el umbral, ya no me queda nada. Solo la persistente, mística y silenciosa sensación de lo que nunca fue.








