Capítulo 1 — El testigo
—Dijo que los reconoció.
El chico levantó la mirada.
El investigador sentado frente a él no había alzado la voz. Ni siquiera parecía enfadado. Tenía una carpeta abierta sobre la mesa, una taza de café que probablemente llevaba horas allí y una expresión de cansancio que hacía difícil distinguir si estaba perdiendo la paciencia o si aquella era simplemente su cara habitual.
A su lado, una mujer revisaba las fotografías de la escena sin intervenir.
Lo habían localizado poco después del incidente. Un testigo lo vio salir del callejón y avisó a los agentes. Lo encontraron a dos calles de distancia y lo trasladaron a la comisaría casi de inmediato. La primera declaración se tomó allí mismo. Desde poco después de la una de la madrugada las preguntas no habían dejado de repetirse con distintas formas.
—Reconocí las máscaras —aclaró el chico.
—No fue lo que le pregunté.
—Es lo que vi.
El investigador dejó de pasar las páginas.
—Entonces empecemos de nuevo. Usted estaba en el distrito antiguo a las once y cuarenta y siete de la noche. Se produjo un incidente violento. Cuando llegaron las primeras unidades, usted se encontraba a dos calles del lugar. Un testigo lo vio salir de un callejón y avisó a los agentes. Después, durante el interrogatorio inicial, identificó a dos personas que, según sus propias palabras, eran Rabbit y Jester.
El chico no respondió.
—Ahora dice que solo reconoció las máscaras.
—Porque no les vi la cara.
—¿Y cómo sabe que eran ellos?
La pregunta quedó suspendida entre los tres.
El chico bajó la mirada hacia sus manos. Tenía una pequeña herida en los nudillos, ya seca, y una mancha oscura en el puño de la sudadera. La mujer lo notó de reojo, pero no dijo nada todavía.
—Por cómo iban vestidos —contestó.
La mujer dejó una fotografía sobre la mesa.
—Hay cientos de imágenes de esas máscaras en internet. Réplicas, dibujos, disfraces. Cualquiera podría llevarlas. ¿Qué le hace estar tan seguro?
El chico miró la fotografía.
Era una imagen granulada, capturada por una cámara de seguridad. La lluvia había convertido la calle en una superficie brillante y deformado los reflejos de las farolas. Dos figuras aparecían en el extremo de la imagen, casi fuera del encuadre.
La primera era más baja. Llevaba una máscara negra de conejo, con ojos rojos y orejas caídas, y una prenda oscura demasiado grande para su cuerpo. La segunda sobresalía por encima de ella, alta y delgada, con una máscara de bufón en blanco y negro.
—Se parecen —dijo.
La mujer apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Hace diez minutos dijo que no había ninguna duda.
—Estaba nervioso.
—¿Y ahora ya no lo está?
El chico soltó una risa breve, sin humor.
—¿Usted estaría tranquilo aquí?
Por primera vez, el investigador pareció a punto de sonreír. No lo hizo.
—Depende de lo que tuviera que ocultar.
El chico volvió a mirar la fotografía.
Había cometido un error al reconocerlos tan rápido. Lo sabía desde el instante en que pronunció sus nombres. En cuanto lo hizo, los agentes dejaron de tratarlo como a un joven que había presenciado algo desagradable y empezaron a observarlo como si también formara parte de la escena.
—Vamos a hablar de lo que ocurrió antes de que llegara la policía —dijo el investigador—. Quiero que me cuente exactamente qué vio. No lo que cree que vio. No lo que ha leído. Lo que vio usted.
El chico tragó saliva.
—Ya se lo he contado.
—No. Nos ha contado dónde estaba, a qué hora escuchó el ruido y cómo llegó hasta la avenida. También nos ha dicho que vio a dos personas enmascaradas. Pero cada vez que le preguntamos por lo que ocurrió dentro del callejón, cambia de tema.
—Porque no lo vi todo.
—Eso puede ser verdad.
La mujer cerró la carpeta.
—También puede ser una forma muy conveniente de no contarnos lo que sí vio.
El chico apretó las manos debajo de la mesa. El movimiento hizo que el puño manchado de la sudadera quedara un poco más visible.
—Escuché un golpe —dijo al fin—. Después, un ruido. Como si algo hubiera caído al suelo. Miré hacia el callejón y los vi.
—¿A los dos?
—Sí.
—¿Y a la víctima?
El silencio del chico fue suficiente para que la mujer volviera a abrir la carpeta.
—La víctima estaba en el suelo cuando llegamos —continuó ella—. Había sangre en la entrada del callejón y en varios objetos encontrados cerca del cuerpo. Todavía estamos reconstruyendo la secuencia de los hechos. Usted llegó antes que nosotros. ¿Qué pasó?
El chico miró la fotografía otra vez.
—No lo sé.
El investigador se recostó en la silla.
—¿Sabe qué es lo curioso? Que no parece alguien que haya visto dos figuras enmascaradas por casualidad.
El chico levantó la cabeza.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que cuando la mayoría de las personas se encuentran con algo así, intentan describir lo que ocurrió. Usted intenta describirlos a ellos.
No respondió.
—No me habla de la víctima. No me habla de la sangre. Ni siquiera me pregunta si esa persona sobrevivió. Solo quiere saber qué tenemos sobre las máscaras.
El chico sintió que se le secaba la boca.
La mujer deslizó otra fotografía hacia él.
Esta vez era una imagen de la calle tomada desde una cámara situada en la fachada de un establecimiento. La calidad era pésima, pero se distinguían las dos figuras alejándose del callejón. Rabbit iba unos pasos por delante. Jester caminaba a su lado, con la cabeza ligeramente inclinada hacia él.
—¿Los había visto antes? —preguntó la mujer.
—En internet.
—¿Con qué frecuencia?
—No sé.
—¿Una vez al mes? ¿Una vez a la semana?
—No llevaba la cuenta.
Ella lo observó durante unos segundos.
—¿Es aficionado a sus publicaciones?
—No son sus publicaciones.
La respuesta salió demasiado rápido.
El investigador giró lentamente la cabeza hacia él.
El chico se quedó inmóvil.
—¿Perdón? —preguntó el hombre.
—Quiero decir que no hay ninguna prueba de que ellos publiquen nada. La gente sube vídeos, fotografías y teorías. No significa que sean ellos quienes estén detrás de esas cuentas.
Ninguno de los dos investigadores habló.
El chico deseó poder retirar las palabras de su propia boca.
La mujer tomó una nota.
—Es una distinción bastante específica.
—Es obvio.
—Para alguien que no lleva la cuenta de las publicaciones, ¿verdad?
Él no contestó.
El investigador cerró la carpeta y la apartó a un lado.
—Vamos a hacer una pausa.
La mujer lo miró, sorprendida por la decisión, pero recogió las fotografías.
—No hemos terminado —dijo ella.
—Lo sé.
El hombre se puso de pie y salió de la habitación. Antes de cerrar la puerta, miró al chico una última vez.
—Piénselo bien. A veces, intentar proteger una idea que uno tiene de alguien termina siendo mucho peor que admitir lo que realmente vio.
La puerta se cerró.
El chico se quedó solo con la luz blanca del techo y el zumbido constante del sistema de ventilación.
Miró sus manos.
Después, la puerta.
Y, por primera vez desde que había llegado a la comisaría, se preguntó si había cometido un error mucho más grave que reconocer aquellas máscaras.
---
Horas antes, a las once y treinta y nueve de esa misma noche, la lluvia había convertido las calles del distrito antiguo en un laberinto de reflejos.
El callejón apenas recibía luz de las farolas de la avenida. Los edificios de ladrillo se levantaban a ambos lados, algunos con las ventanas tapiadas y otros con letreros de negocios que habían cerrado hacía años. El agua caía desde las cornisas, golpeaba las tuberías y se acumulaba en los desniveles del pavimento.
La puerta metálica al fondo del callejón estaba entreabierta.
Dentro, el aire olía a humedad, hierro y algo más denso.
Rabbit permanecía inmóvil junto a la pared, con la cabeza ligeramente inclinada. La máscara negra de conejo le ocultaba por completo el rostro. Los ojos rojos reflejaban la luz tenue que entraba desde el exterior. Su sudadera negra estaba empapada en varios puntos; la tela se le pegaba a los antebrazos.
A pocos pasos, Jester observaba el lugar con una quietud que resultaba más inquietante que cualquier movimiento brusco. Su máscara de bufón, dividida entre el blanco y el negro, parecía casi una broma de mal gusto bajo aquella iluminación. Llevaba guantes negros. En el dorso de uno de ellos, la sangre había formado una línea irregular que aún no se había secado del todo.
Entre ambos yacía una persona inmóvil. El cuerpo no estaba dispuesto de forma teatral. Simplemente estaba ahí, doblado de una manera que ya no se movía.
No había música. No había frases ingeniosas. Solo el sonido de la lluvia y el zumbido lejano de la ciudad.
Rabbit miró hacia la puerta.
—Tenemos que irnos.
Jester no se movió inmediatamente.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué estás esperando?
—A que termines de mirar la puerta como si fuera a desaparecer.
Rabbit giró la cabeza hacia él.
—No estoy mirando la puerta.
Jester bajó la mirada hacia sus propios guantes y después volvió a mirarlo.
—Claro.
—No empieces.
—Todavía no he empezado nada.
—Ese es precisamente el problema contigo.
Jester ladeó la cabeza. Incluso con el rostro completamente oculto, tenía una manera de permanecer quieto que hacía pensar que estaba disfrutando de una conversación privada en lugar de encontrarse en un lugar donde cualquier minuto adicional podía volverse en su contra.
Rabbit se acercó a la salida y miró la calle desde el borde de la puerta. El agua le resbalaba por la máscara.
—Hay demasiada luz en la avenida.
—La lluvia está empeorando.
—Eso no significa que podamos quedarnos aquí.
—Tampoco he dicho que debamos hacerlo.
Rabbit volvió hacia él.
—¿Podrías dejar de contestarme como si estuvieras intentando irritarme?
—¿Está funcionando?
—Te detesto.
Jester no respondió de inmediato.
—No parece.
Rabbit le dio un empujón en el brazo al pasar junto a él. Jester apenas se movió. El contacto dejó una marca húmeda y oscura en la manga de Jester.
El gesto habría parecido insignificante en cualquier otro lugar. Allí, rodeados por el olor a sangre y con una persona inmóvil a pocos pasos, resultaba extrañamente íntimo. No porque la situación tuviera algo de romántico, sino porque ninguno de los dos parecía necesitar fingir ante el otro.
Jester se volvió hacia la salida.
—Tenemos menos tiempo del que pensábamos.
Rabbit se quedó quieto.
—¿Por qué?
Jester señaló hacia la parte superior de la pared. A través de una abertura entre los edificios se alcanzaba a ver el resplandor de una luz roja que se reflejaba sobre el pavimento mojado.
No era una sirena todavía. Solo el destello intermitente de un vehículo que avanzaba por la avenida.
Rabbit maldijo en voz baja.
—Dijiste que esa calle estaba despejada.
—Lo estaba cuando llegamos.
—Me encanta esa aclaración.
Jester lo miró.
—Podemos discutirlo cuando no tengamos una víctima detrás y una patrulla acercándose.
Rabbit giró la cabeza hacia el cuerpo. Durante un segundo no dijo nada. La lluvia que entraba por la puerta empezaba a diluir las manchas más cercanas a la salida, aunque no lo suficiente como para borrarlas.
Después volvió a mirar a Jester.
—No pienso quedarme aquí esperando a que entren.
—Entonces no lo hagas.
La respuesta pareció irritarlo todavía más.
Rabbit salió primero.
La lluvia le golpeó la máscara y resbaló por la superficie negra. Jester lo siguió, cerrando la distancia entre ambos con unas zancadas largas. Desde la avenida llegó el sonido de un motor, seguido por una voz distorsionada que se perdió entre los edificios.
Ninguno se detuvo.
A unas calles de allí, una cámara de seguridad registró durante unos segundos dos figuras que cruzaban el extremo de una intersección. La imagen quedó parcialmente obstruida por un autobús que pasó bajo la lluvia.
Cuando la calle volvió a quedar despejada, Rabbit y Jester ya habían desaparecido del encuadre.
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La primera llamada entró en la central a las once y cuarenta y tres.
La segunda llegó menos de un minuto después.
Cuando la primera patrulla alcanzó el distrito antiguo, los agentes encontraron el callejón vacío de personas, pero no de evidencias. Había sangre en el suelo, marcas de una lucha y un cuerpo que necesitaba atención inmediata. La zona fue acordonada y se solicitó asistencia médica mientras otros agentes comenzaban a localizar posibles testigos.
La lluvia complicaba el trabajo. Arrastraba parte de las manchas hacia los desagües y dificultaba la recolección de algunas pruebas, pero no las eliminaba por completo.
Una investigadora fotografió las entradas del callejón. Otro agente anotó la posición del cuerpo. Se solicitaron las grabaciones de las cámaras cercanas y se estableció una cronología provisional con las llamadas de emergencia y los testimonios disponibles.
A las doce y siete, un técnico de vigilancia confirmó que una cámara de un establecimiento había captado a dos figuras compatibles con las descripciones iniciales. El vídeo duraba pocos segundos. No mostraba el interior del callejón, pero la combinación de vestimenta y máscaras coincidía con las declaraciones recogidas en el lugar.
Los investigadores no la consideraron una identificación definitiva. La trataron como una pista que merecía comprobarse.
Se revisaron otras grabaciones de la zona. A la una y veintiséis de la madrugada, una segunda cámara registró dos figuras que parecían coincidir con las anteriores. El ángulo era peor. La investigadora amplió la imagen hasta que los contornos empezaron a deshacerse en píxeles.
—¿Podemos seguirlos desde aquí? —preguntó un agente.
—No de forma continua.
—¿Entonces qué tenemos?
Ella volvió a la imagen original.
—Una dirección probable, una ventana de tiempo y dos personas que podrían ser las mismas. No una ubicación actual.
No ordenó una entrada inmediata basándose únicamente en una imagen borrosa. Solicitó que se contrastaran los horarios y se comprobaran otros registros antes de actuar.
La diferencia entre una sospecha y una prueba podía decidir el destino de una investigación.
Y ella no pensaba confundirlas.
---
A las dos y dieciocho, Rabbit cerró la puerta de su casa.
El sonido metálico resonó por el pequeño espacio y después todo quedó en silencio.
Desde fuera, el edificio parecía abandonado. Las paredes de ladrillo estaban ennegrecidas por la humedad, las ventanas superiores apenas dejaban pasar luz y la entrada no tenía ningún letrero que indicara que alguien vivía allí.
Por dentro, el lugar era modesto, pero estaba cuidado.
Había un sofá desgastado, una mesa de madera con marcas antiguas, una cocina pequeña y una lámpara cuya luz amarillenta suavizaba las sombras. No era un lugar bonito en el sentido convencional. Era un lugar habitado.
Rabbit se quitó los zapatos junto a la entrada.
—Odio la lluvia.
Jester cerró la puerta tras él.
—Hace veinte minutos estabas quejándote del calor.
—Y ahora me quejo de la lluvia. Soy una persona con intereses variados.
Jester dejó sus cosas a un lado y lo observó durante un momento.
—Ven aquí.
Rabbit no se movió.
—¿Para qué?
—Porque estás dejando un rastro de agua por todo el suelo.
—Podrías haber empezado diciendo eso.
—Podría haberlo hecho.
Rabbit lo miró fijamente a través de los ojos rojos de la máscara.
—Eres insoportable.
—Eso también me lo has dicho hoy.
—Y probablemente volveré a decírtelo mañana.
Jester soltó una risa baja.
Rabbit se acercó de mala gana y aceptó la toalla que le ofrecía. Se secó la cabeza y la parte superior de la ropa sin quitarse la máscara. Jester hizo lo mismo con sus propios guantes y después dejó la toalla sobre una silla.
Durante unos minutos, ninguno habló de lo ocurrido.
Rabbit se sentó en el sofá y apoyó la cabeza contra el respaldo.
Jester se sentó a su lado. Rabbit redujo la distancia entre ambos casi de inmediato. El movimiento fue tan natural que ninguno pareció darse cuenta de él.
—La cámara nos captó —dijo Rabbit finalmente.
—Durante unos segundos.
—Eso no es tranquilizador.
—No pretendía tranquilizarte.
Rabbit se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas. En la parte posterior de su sudadera, el símbolo que Jester le había regalado meses atrás estaba cosido a la tela. El borde se había desgastado un poco con el uso, pero Rabbit nunca lo había quitado.
—No podemos seguir teniendo noches como esta —murmuró.
Jester volvió la máscara hacia él.
—¿Como esta cómo?
—Con patrullas apareciendo cuando estamos intentando terminar algo. Cámaras en lugares que no habíamos considerado.
—No pueden reconstruir nuestras vidas a partir de cinco segundos de vídeo.
—Todavía.
Jester no respondió enseguida.
Rabbit le dio un golpe con el hombro.
—¿Vas a discutir conmigo toda la noche?
—Si eso te mantiene despierto.
Desde la mesa llegó el sonido de un teléfono vibrando.
Jester se puso de pie y miró la pantalla. Había un mensaje con un enlace a una noticia local. La primera fotografía mostraba el callejón acordonado. La segunda era una captura de la cámara de seguridad, con dos figuras apenas reconocibles bajo la lluvia.
Rabbit se acercó a leer por encima de su hombro.
—Ya están hablando de nosotros.
—Era cuestión de tiempo.
Jester dejó el teléfono sobre la mesa y volvió hacia él.
—Me preocupa.
Rabbit se quedó quieto, como si hubiera esperado cualquier respuesta menos esa.
—No parece.
—No tengo que parecer preocupado para estarlo.
Rabbit desvió la mirada. Después de un momento, apoyó la cabeza contra su hombro.
Jester permaneció quieto y dejó que se acomodara.
Afuera, las luces de la ciudad se reflejaban en los charcos. En algún lugar, los investigadores seguían revisando grabaciones. La imagen de dos figuras enmascaradas ya formaba parte de una investigación que no iba a detenerse porque hubiera dejado de llover.
Y, en una sala de interrogatorios, un chico continuaba esperando a que alguien regresara.
---
A las tres y seis, el investigador volvió a entrar.
La mujer lo siguió con una carpeta más delgada que la anterior.
El chico se enderezó en la silla.
—¿Ya puedo irme?
—Todavía no —respondió el investigador.
La mujer se sentó y colocó una hoja sobre la mesa.
—Hemos revisado otra grabación.
El chico sintió que algo se le tensaba en el estómago.
—¿Y?
—La cámara no muestra lo que ocurrió dentro del callejón. Pero sí registra el movimiento de dos personas antes del incidente. Estamos comparando los horarios con el resto de las pruebas.
Él mantuvo la mirada sobre la hoja.
—Ya les dije que los vi.
—Lo sabemos. También sabemos que reconoció las máscaras inmediatamente y que parece conocer detalles sobre ellas que no ha explicado.
El investigador sacó una fotografía de la carpeta.
La imagen procedía de una cámara de seguridad situada en una calle por la que Rabbit y Jester habían pasado antes de llegar al callejón. Se les veía caminando delante, reconocibles por las máscaras y las siluetas. A cierta distancia, detrás de ellos, aparecía una tercera figura con una sudadera oscura. La calidad era mala. El rostro de esa tercera persona no se distinguía. Lo que sí se distinguía era el recorrido y el horario: la misma dirección, varios minutos antes de que el chico afirmara haberlos visto por primera vez.
El chico sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. Instintivamente, ocultó el puño manchado de la sudadera debajo de la mesa y apretó los nudillos heridos contra la tela.
La mujer observó el gesto, aunque no comentó nada.
—¿Reconoce algo en esta imagen?
Él tardó un segundo de más en responder.
—No.
El investigador no discutió. Se limitó a colocar la fotografía junto a las anteriores.
—Según su declaración, usted solo los vio cuando ya estaban en el callejón.
Hizo una pausa breve.
—Entonces, ¿por qué esta grabación muestra a alguien con una sudadera similar caminando detrás de ellos varios minutos antes?
El chico miró la imagen.
Después miró al investigador.
Y comprendió que la conversación acababa de cambiar de dirección.
Ya no se trataba solo de lo que había ocurrido en el callejón.
Se trataba de la contradicción entre lo que él había declarado y lo que la cámara había registrado.








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