Capítulo 1
Nostalgia Del Olvido Eterno
La vida nunca fue tan dura. Cuando el sol deja de iluminar las calles, la luz torna a un azulado plateado. Ahí está mi fiel compañera. No es la luna, es aquella diminuta estrella, aún rodeada de un sinfín de estrellas que brillan más y otras menos que ella. Su luz es inconfundible. Es tan solitaria, es tan yo. Aunque, quién sabe, mi mejor compañía solo es un destello de vida muriendo y quizás murió hace mucho tiempo, pero es lo que me define y por lo que busco tanto aquella luz en esta oscuridad.
El dormir cada vez ocupa menos tiempo en mi agenda y las tazas de café se acumulan sobre mi trabajo, que roba mi luz como un agujero negro que absorbe todo a su paso. Aunque no todo es para siempre, es lo que el destino siempre pone en mi camino: la misma lección de vida, nada es para siempre. Ni tú, mi querida estrella moribunda.
Si existe un espacio entre tanta luz, acógeme en tus últimos días y desaparezcamos en un vals que dure eones, hasta que el vacío nos absorba y formemos parte de un recuerdo que olvidarán.
El destino vuelve a imponer sus reglas y la lluvia ya amenaza nuestra pequeña conexión, cortando todo lazo con sus esponjosas nubes grises. Con mi último suspiro de esta noche daré por terminado mi trabajo y, aunque cierre mi ventana esta noche, siempre tu luz puede penetrar mi ventana y acurrucarse en mi cama.
El mundo de mis sueños, un lugar solitario. Desde muy joven lo he recorrido por todos los rincones sin hallar rastros de vida. Cada persona es un mundo y este, mi mundo de soledad; un mundo donde solo existe un gran árbol con dos manzanas, lo suficiente para alimentar a su guardián.
Años investigando leyendas y arquetipos me llevaron a la conclusión de que cada persona es un mundo y esto es solo un sueño, el resultado de mis sentimientos, mi culpa, mi enojo, mi tristeza, mi felicidad, etc.
Aunque este lugar sea tan solitario, no me produce tristeza. Desde muy joven he venido aquí cientos de veces.
¿Dos manzanas, un árbol? ¿Acaso el gran Satán has venido a tentarme? Lo siento mucho, temo a las serpientes.
Fue mi ironía hablando detrás del árbol.
Así es, este mundo no es tan solitario. Desde joven siempre vi a una persona más alta y llena de vendas, con una gran máscara, como si fuera una especie de broma mal contada. Para nada es agradable; de hecho, da mucho miedo.
Pero todo cambia. Hasta el alma más inocente y pura puede corromperse hasta quebrarse con el paso del tiempo. Es algo que sigo descubriendo cada día.
“¿Estás aquí?”, es lo que siempre pregunta cuando despierto en este lugar.
Llevo años sin volver, pero hoy el destino caprichoso lo quiso así. Estoy aquí.
Aunque jamás salió de las sombras, nunca dejó de proteger el árbol y a mí, dándome mi espacio. Aquella persona que jamás conocí, cuyo rostro nunca pude ver, ahora está aquí frente a mí. Tengo muchas preguntas y, a la vez, solo puedo callar.
Aquel lugar verde y lleno de vida actualmente está a la mitad marchito, advirtiendo de su destrucción total. Mi mundo está muriendo. Mis preguntas solo llevan mi mente a un sinfín de conclusiones que no deben ser correctas.
¿Hubo una guerra o una sequía?
Preguntas que no salen de mi boca al sentir cómo la sombra se acerca, arrastrando un metal claramente pesado.
¿Será mi fin o será el comienzo de algo?
Mi mente estallará pronto. Mis ojos no pueden dejar de desviarse hacia unos espejos enormes que se suspenden, uno tras otro, por el horizonte.
Aquí está frente a mí. Misma altura, mismo color de cabello, misma voz. Algo difícil de digerir. Solo escuchar la voz, sé quién está detrás de la máscara. Debe tener mi rostro.
Mis sospechas eran ciertas cuando aquella sombra se quitó la máscara.
Ahí estaba yo, como si viera un fantasma, a lo cual respondió:
—Llevo un siglo esperándote y por fin vuelves. Tal y como lo decía en el libro: el segundo guardián volverá y la profecía de la eternidad se cumplirá.
Con la voz firme y cansada, mis ojos no dejan de mirar a mí mismo delante de mí, todo herido, con un físico envidiable y, a la vez, lleno de sangre, cargando una gran espada que deja un gran rastro al ser arrastrada.
Mucha información por procesar. Mis únicas palabras eran:
—¿Soy tú?
A lo cual negó rotundamente, diciendo algo que dejaría a cualquiera en shock:
—No somos uno. Solo somos piezas en una historia que aún no está definida. Yo tuve una vida y poco a poco la olvidé, estando aquí por más de mil años. Todo lo que conocí no existe ahora.
Sin dejarlo terminar, solo grité y corrí.
Y fue así cuando empezaron las pesadillas.
La figura amable se desvaneció. Guiado por un viejo libro, exclamó fuerte para que lo escuchara:
—Eres parte de la eternidad. Somos reyes de las sombras y, como cazador, debes saber lo que es ser cazado. Dominar miedos y sobrevivir.
Con pasos veloces, en un parpadear se acercó y, con una destreza de cirujano, blandió su espada como si fuera una hoja de papel.
Y fue así como vi el mundo: el cielo galáctico, los espejos y el pasto mal cuidado.
El árbol soltó su manzana, cayendo a la par que mi cabeza sobre el pasto, antes de sentir cómo se desvanecía todo.
Solo escuché su voz una vez más:
—Faltan cinco días para la eternidad.
Mientras tachaba con mi sangre en su viejo libro.
Despertar nunca fue tan agotador. Aún siento el filo en mi cuello, como si un gato arañara mi piel. Eso fue real. El trabajo me absorbió de más anoche, o quizás fue el karma por cerrar mi ventana.
Mi cielo nunca fue tan gris como ahora. Una tempestad amenaza con irrumpir cada noche en mi poca paz, esa que solo consigo cuando miro al cielo.
Ahora, ¿seré capaz de escapar de mí mismo cuando mi voz interna ya tiene un rostro y un propósito? Hacerme fuerte a costa de mi propio sufrimiento.
Hay muchas cosas por hacer, cosas sin mucho valor, pero necesarias para sobrevivir.
Llevar el teatro a la vida real es magnífico cuando eres tu propio autor y tu propio público. Solo soy optimista cuando, en el fondo, sé que no podré escapar de mis pensamientos.
Cinco días. Es lo que necesita mi trabajo para ser entregado. Al final, mi subconsciente solo advierte que en cinco días acabará mi absorción absoluta y seré libre por fin.
Llevar las cosas al límite es mi mejor opción, donde saco a relucir lo mejor de mí, la mejor forma de darlo todo y luego apagarme lentamente.
Es momento de acabar con esto.
No quiero que mi cabeza ruede por el pasto de nuevo.








