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Stellar Academy

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Summary

Año 4521. La Tierra es el mayor tesoro de la humanidad, solo tienes que protegerlo de todos los que desean arrebatarsela. Nerea Drayas lo tiene todo: un linaje de elementales, una infancia entre campos fértiles y un futuro asegurado. Pero nada de eso le basta cuando el universo entero la está llamando. El día de su Despertar descubre un poder que no aparece en ningún registro: puede crear materia… y deshacerla. Un don capaz de salvar mundos o de borrarlos, y de convertirla en el arma perfecta para quien logre controlarla. Para sobrevivir, Nerea debe ocultarlo, fingir ser una cadete más y refugiarse en el único lugar donde podría aprender a dominarlo: la Gran Academia Estelar, la institución militar más implacable de la galaxia. Allí, bajo cúpulas de cristal, donde la mitad de los cadetes no se gradúa y el respeto se conquista con uñas y dientes, formará un pelotón improbable: una familia de desastres que tendrá que aprender a confiar en ella mientras ella les oculta lo que es. Pero la Academia guarda más secretos que sus aulas. Entre generales que no lo dicen todo, intrigas políticas y flotas errantes sin hogar que codician el único planeta fértil que no esta protegido por la federacion., Nerea descubrirá que la guerra por la Tierra ya ha empezado. Y que para salvarla, y ganarle a la humanidad un lugar en la Federación Galáctica, tendrá que decidir qué precio está dispuesta a pagar. El universo la llamó. Ahora le toca decidir qué hacer cuando conteste.

Genre
Scifi,Action
Author
Genesis
Status
2d ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

capitulo 1 I/II

Esa misma noche, el velo de invisibilidad sensorial que Stella desplegó con sus ondas de energía nos envolvió como una segunda piel. Cruzamos el complejo a oscuras, esquivando cámaras que parecían mirar a otro lado, y nadie nos detuvo. Para entonces el suero ya trabajaba en mí: la pesadez de mis piernas había desaparecido, mis sentidos estaban despiertos al límite y los pensamientos fluían con una agilidad que casi me mareaba.

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Stella me guió hasta el centro de una de las salas de pruebas más amplias. Al fondo, tras un ventanal oscuro, se veía la cabina de observación. Selló la puerta blindada con un soplido hidromecánico y me dedicó una última sonrisa antes de subir.

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—Respira, Nea. Yo estoy aquí arriba.

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La vi aparecer tras el cristal. Se apoyó en la consola, con una mano sobre el panel y la otra en el aire, y la sala entera pareció contener el aliento. Su voz resonó clara por el intercomunicador de mi solapa:

0

—Cierra los ojos. Lo primero es encontrar el lugar donde vive tu poder. Todos tenemos uno, aunque cada quien lo ve distinto.

0

Obedecí. Al principio, solo oscuridad. No era la oscuridad de la noche, con sus sombras y matices, sino un vacío completo, sin arriba ni abajo, tan silencioso que me zumbaban los oídos. Mi pulso era lo único que existía.

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—No te asustes —murmuró Stella—. Ese espacio es tuyo. Lo que necesitas ahora es una puerta: una entrada y una salida. Algo que puedas abrir cuando quieras y cerrar cuando te haga falta. Imagínala con todo detalle.

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Dudé. Entonces pensé en la puerta de la casa de la finca, la de madera tallada, con el pomo de latón desgastado por generaciones de manos. La madera, tan rara en el universo, y tan común para mí. La visualicé tal como la recordaba: el barniz oscuro, la grieta en la esquina que mi padre nunca había arreglado, el olor a cera y a tierra. Poco a poco, en medio del vacío, apareció, firme y real, con la luz tibia de la cocina filtrándose por el borde.

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—La veo —susurré.

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—Bien. Ahora, ¿qué hay detrás?

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No necesité abrirla para saberlo. Se sentía. Al otro lado había algo inmenso, como una respiración profunda, como el rumor de un océano sin orillas. Tenía miedo de tocarlo.

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—Hay una gota —dije, al notar una diminuta chispa de luz suspendida junto al pomo. Parecía asomarse por la rendija, aguardando.

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—Entonces tócala, Nea. Abre la puerta a tu poder.

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Estiré mi percepción hasta rozarla.

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La puerta se abrió de golpe, como si algo la hubiera empujado desde dentro. El mar me golpeó entero: billones de gotas brillantes, cada una un fragmento de algo, extendiéndose hasta donde ya no existía horizonte. Su belleza me dejó sin aire.

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—Intenta tomarlas —me animó Stella, con un entusiasmo que apenas disimulaba su nerviosismo—. Dales forma.

0

Lo intenté. Las plantas sintéticas de la sala fueron las primeras en responder: brotaron con un crujido seco, estirándose hacia mí. Después fue el agua de los conductos, que empezó a vibrar bajo el suelo. Luego la tierra de los contenedores, que se agitó como si respirara. Y por último, el aire de los difusores, que giró en espiral.

0

No eran solo las plantas. Eran todos los elementos, a la vez. Sentí cómo me envolvían, billones de partículas girando alrededor de mí en un remolino que crecía y crecía sin que yo pudiera frenarlo. Intenté retroceder hacia la puerta, pero el mar ya había rebasado el umbral. Me quedé paralizada, atrapada en mi propia mente.

0

Entonces escuché el cristal.

0

Un crujido fino, como hielo que se parte. Hasta mi percepción, ahora desbordada, llegó la imagen de Stella, borrosa y lejana, con las manos extendidas hacia mí. Su rostro, tras el ventanal, había perdido el color. A su alrededor, las ondas de su energía formaban una red luminosa que se desplegaba hacia la sala para contenerme. Pero en cuanto esa red rozó mi esfera, se retorció. Las líneas se deformaron, se enredaron, se desordenaron, y pude sentir cómo mi poder tiraba de ellas como si fueran hilos sueltos.

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—¡Maldita sea! —escuché por el altavoz, con la voz quebrada—. ¡Nea, resiste!

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Un golpe seco sacudió la cabina. Stella se había apartado del panel y retrocedía, con las palmas aún brillando y el sudor pegándole el pelo a la frente. La vi apretar los dientes, hacer un esfuerzo enorme por retirar su propia energía de la mía. Entendió, igual que yo, que cuanto más cerca intentara aislarme, más me arrebataría el control.

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Corrió. Oí sus pasos retumbando en el pasillo, el portazo de la cabina, y luego una presión nueva, más lejana, que envolvía la sala desde fuera: su campo de fuerza, ampliado hasta los corredores para que ningún sensor del edificio notara el desborde. Podía sentirlo como un abrazo enorme y tembloroso alrededor de mi tormenta.

0

La línea de mi solapa volvió a encenderse. La voz de Stella llegó entrecortada, con el aliento de quien acaba de correr y una autoridad férrea que jamás le había escuchado:

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—¡Nerea, escúchame bien! Tienes que soltar la gota. No intentes abarcar el océano. Concéntrate en un único punto dentro de tu pecho y apágalo. ¡Cierra la puerta! ¡Ahora, Nea, antes de que este cuarto se desintegre!

0

Sus palabras me sostuvieron como un ancla. Respiré hondo y busqué la puerta entre la tormenta. Estaba ahí, aún en pie, aunque el mar la desbordaba. Solté los billones de fragmentos de uno en uno, con la mente temblando, y empujé con todo mi peso la hoja de madera. Giré la llave. El clic fue el sonido más hermoso que había oído en mi vida.

0

El efecto fue inmediato. La vibración del suelo cesó en seco. El remolino se detuvo, aunque el entorno tardó en volver a la calma. Mis venas resplandecían bajo la piel con un deslumbrante dorado blanquecino, extendiéndose por los brazos, el cuello y justo detrás de mis ojos, que mantenía fuertemente cerrados mientras luchaba por contener tanta fuerza.

0

Todo en la habitación había respondido a mi presencia. La materia orgánica y la inorgánica por igual.

0

Cuando el brillo se extinguió, caí de rodillas sobre el suelo sintético, exhausta y jadeando. La puerta blindada se abrió de par en par. Stella entró a toda prisa, con el rostro pálido, la respiración tan agitada como la mía y las manos todavía humeando de energía residual. Se dejó caer a mi lado.

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—¡Dime que estás entera! —exigió, sacudiéndome por los hombros.

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Cuando pude respirar, la miré: tenía el pelo pegado a la frente, las manos aún humeantes y los ojos muy abiertos. Era tan absurdo verla así, a ella, siempre tan serena, que la risa me salió sola. Una risita nerviosa, ahogada, que casi se me convierte en un hipo.

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Stella dejó de sacudirme.

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—¡Eres una idiota! —exclamó, y me dio un sape en la nuca.

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—Auch.

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—¡Te lo mereces! —Se pasó una mano temblorosa por la cara—. Casi me da un infarto.

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Yo seguía riéndome bajito, aunque sospechaba que no era risa, sino pura histeria. No tenía ni idea de qué había pasado, pero una cosa sí sabía: eso no era druidismo.

0

Dejé de reírme de golpe y me quedé mirando el suelo sintético. Cuando levanté la cabeza, vi que, pese a la calma que fingía, la angustia seguía brillando en sus ojos. Tenía miedo de preguntar. Pero no me quedaba otra.

0

—¿Qué fue eso, Stella? —pregunté con un hilo de voz.

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Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla. Tardó unos segundos en encontrar las palabras, y cuando por fin lo hizo, su rostro palideció.

0

—No estoy segura, Nea, pero creo que... —se detuvo, como sopesando una idea descabellada—. Creo que tienes un poder único.

0

La miré sin entender. Ella apretó un poco más mis hombros.

0

—Vamos a hacer una prueba.

0

Sentí cómo la sangre se me drenaba del rostro. Volver a ese lugar era lo último que quería. Negué con la cabeza, pero ella no me soltó.

0

—Nerea, necesito saber qué clase de poder tienes. No es un poder registrado, estoy casi segura, pero tengo una teoría. Así que haz lo que te digo.

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Aún me temblaban las manos. Pero imité su respiración, lenta y profunda, hasta que el temblor cedió.

0

—Bien. Vuelve a ese mundo oscuro.

0

Cerré los ojos. La oscuridad me recibió de nuevo, silenciosa y vasta. Ahí estaba la puerta de la finca, con su madera tallada y el pomo de latón tibio bajo mi mano. Seguía cerrada con llave, y la luz de la cocina asomaba por el borde. Sentí el mar al otro lado, esperando.

0

—Ábrela solo un poco —dijo Stella desde algún lugar lejano—. Lo justo para que pase una.

0

Giré la llave con cuidado. La hoja cedió apenas una rendija, y por ella se coló una gota, pequeña, brillante y hermosa, que flotó hacia mis manos. Me aterraba tocarla. Me aterraba ahogarme otra vez.

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—Ya la veo —murmuré.

0

—De acuerdo. Ahora, con calma pero con firmeza, tómala y sujétala contra tu pecho. Con todas tus fuerzas.

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Con el corazón en la garganta, hice lo que me pedía. Tomé la gota, y apenas rozó mi pecho, una ola de energía me recorrió el cuerpo. El suelo volvió a vibrar bajo mis rodillas.

0

—Respira, Nea. El poder está en tus manos, no se te va a escapar. Tú tienes el control.

0

Como una reacción automática, abrí la mano. La gota flotaba sobre mi palma. Detrás de ella, a través de la rendija, millones de gotas más danzaban al otro lado.

0

«Ven».

0

La voz salió de algún lugar muy hondo de mí. Cientos de gotas atravesaron la puerta y chocaron contra la mía, que empezó a expandirse poco a poco. Y de pronto, una certeza absoluta cruzó mi mente: supe qué podía hacer con eso.

0

Abrí los ojos. Stella me observaba, arrodillada, con la respiración contenida. Concentré toda mi atención en mis manos e imaginé lo primero que me dio seguridad en toda mi vida. Su forma, su textura, su olor. Un polvo brillante empezó a arremolinarse sobre mis palmas, y sentí que el espacio entero se plegaba alrededor de mis dedos, siguiendo cada uno de mis gestos.

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Y allí estaba: mi oso de peluche. El mismo que había dejado en casa, a miles de kilómetros de distancia. Flotó un instante y cayó sobre mis manos. Lo estrujé contra mi pecho. Era la misma textura, el mismo pelaje suave y ese olor a hogar que siempre tuvo.

0

Cuando alcé la vista, Stella tenía una expresión de asombro absoluto, y supongo que yo tenía la misma. Me quitó el oso con cuidado, como si temiera que fuera a esfumarse, lo giró en el aire, lo apretó, lo olió. Comprobó su densidad y me lo devolvió. Luego me tomó otra vez por los hombros y, sin aliento, soltó:

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—Dios... Nea, creo que manipulas la materia.

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Escuchar eso solo me confundió más. No respondía ni una de mis preguntas. No sabía qué era ese poder; ni siquiera había oído hablar de él. Pero entendía algo con total claridad: mi vida acababa de ponerse patas arriba.

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—¿Qué se supone que significa eso? —pregunté, asustada.

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—La verdad es que no lo sé. Déjame pensar. —Me soltó, se sentó en el suelo con las piernas y los brazos cruzados, y se quedó en silencio, mirando el vacío con el ceño fruncido.

0

Yo me quedé con el peluche entre las manos. Seguía siendo suave, y olía exactamente igual. Instintivamente le di la vuelta, buscando la pequeña costura que mi madre le había hecho años atrás, cuando se me rompió.

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No estaba.

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Me quedé helada. Mamá lo había arreglado tan bien que apenas se notaba, y yo siempre olvidaba que existía. Por eso no lo imaginé. Y mi mente no lo integró. Este oso no era el que estaba en mi casa: lo había creado desde cero. ¿Cómo? Ni idea. Pero la prueba flotaba en mis palmas.

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—¿Puedes intentar desintegrarlo? —preguntó Stella de pronto.

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La miré, confundida, apretando al osito contra mi pecho. No quería soltarlo. Sabía que no era el verdadero, pero me reconfortaba.

0

—Nea —dijo, con un tono suave pero urgente—, no es momento para berrinches. Por favor.

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Asentí, resignada. Cerré los ojos y volví a la oscuridad. La puerta seguía entreabierta. Esta vez imaginé el osito flotando frente a mí, pero hecho de agua, translúcido y quieto. Dudé. Luego, con las manos, lo empujé suavemente hacia fuera, como quien esparce una nube. La figura se deformó y se dispersó.

0

Al abrir los ojos, el oso entre mis dedos se estaba deshaciendo. Todo aquello de lo que estaba hecho se convertía en una arena finísima y brillante que se escurría entre mis manos hasta desaparecer sin dejar rastro. Stella y yo nos quedamos mirando el espacio vacío donde había estado. Era como si nunca hubiera existido.

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De pronto, Stella se puso de pie. La seguí con la mirada. Tenía la expresión desencajada, pálida. Juntó las manos con un chasquido, y una esfera de energía pura se expandió con violencia por toda la sala, haciendo chispear y sobrecargando cada sensor biométrico y cada cámara del área. Un zumbido eléctrico me erizó la piel.

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La observé en shock. Cuando me devolvió la mirada, no quedaba ni rastro de la chica alegre y despreocupada de unas horas antes.

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—Escúchame, Nerea —dijo con una voz fría—. No le puedes decir a nadie sobre esto. A nadie.

0

Stella no me dio tregua. Cruzó la sala a grandes zancadas, comprobó que la puerta blindada siguiera sellada y volvió hacia mí, aún con las chispas muriendo entre sus dedos. Se arrodilló a mi lado y me tomó las manos con tanta fuerza que me dolieron.

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—Escúchame bien. Mañana, en la prueba, te limitarás a controlar los elementos. Solo los elementos. Las plantas sí, pero nadie vivo ni lo que lleve dentro. Y no hagas aparecer nada de la nada. Si no te dan agua en la pista, no saques agua. ¿Entendido?

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—Sí, pero...

0

—Prima, este poder no existe. —Me apretó los dedos—. Si de verdad puedes crear materia, también puedes descomponerla. No sé hasta dónde llegas, pero créeme: si el gobierno se entera de que puedes ser un arma, ten por seguro que te van a convertir en una. Quieras o no.

0

Sentí náuseas. Yo quería entrar a la Academia para proteger mi mundo, no para destruir nada. Las armas capaces de exterminar planetas enteros existían, y la sola idea de que me quisieran convertir en una me revolvía el estómago.

0

Negué con la cabeza, aterrada.

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—Entonces ¿qué hago? ¿Finjo ser una druida?

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—Tampoco. —Soltó una de mis manos para frotarse el puente de la nariz—. Después de la evaluación, todos van a la Academia Estelar o a la Academia Earth. Si te mandan a la Earth, cualquier elementalista con experiencia notará cómo se deforma el espacio a tu alrededor. Serías un pulgar inflamado. En cambio, los estelares no sienten los cambios atmosféricos ni elementales. Para ellos serás un caso raro: una estelar con afinidad a todos los elementos.

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La miré, atónita.

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—¿Eso... existe?

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—Es rarísimo, pero sí. Y mucho más común que un fenómeno como tú. Pueden alejarse de la Tierra sin enfermar, así que los envían a misiones diplomáticas o de guerra.

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—¿Guerra? —repetí en un murmullo. El aire pareció escapárseme del pecho—. ¿Estamos en guerra?

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Stella me sostuvo la mirada. Sus ojos, hasta entonces tan chispeantes, eran ahora dos cristales duros.

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—Nea, ¿de verdad creías que un planeta como este no tendría a cientos de especies mirándolo con hambre desde las sombras? ¿Por qué crees que el servicio militar y la instrucción en las academias son obligatorios a los dieciocho?

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—Pero los conflictos por territorio están prohibidos por la ley inter...

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—Díselo a los Conbins —me cortó con amargura—. Llevan ochenta años vagando por el espacio, sin privilegios de la federación y sin un planeta al que volver. Seguro que les importa muchísimo.

0

Parpadeé. Recordé haber visto su nombre en las noticias, con reportajes sobre flotas errantes que merodeaban cerca de las lunas de Júpiter. Siempre me habían parecido algo lejano, ajeno. Ahora me pesaban en el estómago como una piedra.

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—¿Y por qué tengo que fingir? —pregunté en voz baja.

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Stella se sentó sobre sus talones. Cuando habló de nuevo, su voz se había suavizado un poco.

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—Porque no sabemos el alcance de lo que puedes hacer. Prefiero que primero lo entiendas, que conozcas tus límites y que averigües si puedes descomponer cosas a mayor escala. Porque si ese es el caso, serías el arma con la que todos los generales del ejército han fantaseado: una sin pruebas y sin daños colaterales. Perfecta. —Se estremeció—. No digo que lo escondas para siempre. Pero si en la Academia te ven como una estelar de afinidad múltiple, nadie se extrañará cuando tu poder crezca. Y cuando estés lista, podrás decir que sospechas que es más amplio de lo que parece. Te investigarán, claro. Pero para entonces estarás entrenada, serás valiosa y no podrán usarte como laboratorio itinerante.

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—Pero ¿la Academia Estelar no se supone que es peligrosa?

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—Muchísimo. —Esbozó una sonrisa torcida—. Aunque es mejor que terminar como rata de laboratorio. ¿No crees?

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Visto así, tenía razón. Y la idea de que quisieran convertirme en un arma me quemaba por dentro.

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—Pero ni siquiera sé si puedo controlar los elementos —murmuré, nerviosa—. Hasta donde vi, solo puedo crear cosas. Y ni siquiera sé cómo lo hice.

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Stella me dedicó una sonrisita y me dio un toquecito en la nariz.

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—Claro que los controlas, tontita. No lo viste porque estabas atrapada en tu mundillo, pero créeme: por un momento aquí las cosas se pusieron... —se golpeó la barbilla con el dedo, buscando la palabra— picantes.

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Solté una risa temblorosa. Ella se levantó y me ofreció la mano, y la tomé. Mis piernas apenas me sostenían.

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—Vamos. Antes de que alguien venga a ver por qué se apagaron las luces.

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Stella me guió hasta la salida del Coliseo y escapamos por una puerta de servicio. Durante todo el trayecto sentí el velo de energía que nos cubría, invisible ante cualquier sensor o cámara. Me impresionó lo nítido que era ahora: vibraba contra mi piel como una membrana tensa, con un zumbido finísimo que subía y bajaba al compás de su respiración. Cuando llegamos, horas antes, no había notado absolutamente nada. El velo nos envolvió como una segunda piel hasta que cruzamos el último control de la Dirección sin activar una sola alarma, sin dejar rastro.

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—Bien —murmuró Stella, mirándome de reojo—. Ahora sí, a casa…

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