Arca Nova
Si los recuerdos de alguien más dictaran tus emociones.Aquellos sentimientos: ¿Se volverían los tuyos?Cuando tus acciones están influidas por los demás,¿En qué momento dejan de ser tu decisión?
Un pequeño vecindario, a orillas de un poblado, era bañado por las ráfagas del sol.Calentando las tejas de los hogares y avenidas.
En una de las casas de tejados azules, se escuchó la voz de una mujer.
—¡Ya está el desayuno!
El canto de los pájaros acompañó sus palabras, alegrando el inicio del día.
Se dispuso a poner la mesa. Tenía su cabello marrón recogido y tarareaba una canción.Mientras ella colocaba dos platos con comida, una voz que provenía del piso de arriba le contestó.
—Voy, mamá.
El tono de voz era cálido y joven, acompañado por unos pasos en el pasillo.
—Recuerda despertar a tu hermano.
La voz de la madre apenas se escuchó por la tonada de una tetera silbando.
—Lo sé, mamá —respondió mientras abría una puerta ubicada en el fondo del pasillo.
Cuando entró, sacudió la cabeza al ver las persianas aún cerradas.
—Ay, hermano, ya ni por qué hoy es el primer día.
Caminó por el cuarto oscuro sin tropezar con nada. Cada objeto en su lugar.
Llegando a las persianas, suspiró y las abrió de golpe. —Ya despierta, Caín.
Los rayos del sol iluminaron de golpe el rostro dormido de un joven que estaba acostado.
—¡Aahh!Con los ojos entrecerrados y cegados, intentó enfocar a la persona frente a su cama.
Somnoliento, murmuró: —¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?
El joven de cabello marrón que estaba parado frente a la cama sonrió con una pequeña risa.—En tu cuarto, hermano. Como cada mañana.—Mamá ya terminó el desayuno.
Caminó hacia la puerta y antes de cruzarla hizo un comentario más.
—Apresúrate o llegarás tarde —cerró la puerta tras salir, dejando a su hermano todavía confuso.
El joven se sentó en la cama todavía adormilado. Pestañeó a su alrededor mientras el sueño se iba ahuyentando.
Cuando terminó de despertar, se vio las manos. —Otra vez me quedé dormido.
El aroma a café que su madre siempre preparaba comenzó a llegar al cuarto.
La fragancia terminó de espantar el sueño. Estiró los brazos y luego se levantó de la cama.
Se dirigió a un pequeño armario, abriéndolo para buscar entre la ropa hasta encontrar un conjunto en especial.
Un uniforme de apariencia formal de color negro, que portaba ligeros detalles bordados en las mangas de color dorado y un emblema del mismo color.
Se vistió rápido, ajustando cada detalle con cuidado.
Terminando de colocarse el uniforme, su mirada se posó en el final del cuarto.
—Ahí sigues —murmuró, mirando con desdén un sable en la esquina.
Lo agarró de mala gana, como si tocar esa cosa le molestara físicamente.
—Llegó el día en que tendré que empezar a usar esta cosa.
Se acercó al espejo, ajustando el arnés con firmeza. Se examinó brevemente, asegurándose de que todo estuviera bien puesto y en su lugar.
—Perfecto —sonriendo, se dio la vuelta, satisfecho con su apariencia.
Caminando hacia la puerta, revisó la hora en un reloj colocado en la pared.
—Ay, no —comentó, dándose un golpe en la frente.
Cuando abrió la puerta, se detuvo de golpe. Giró rápidamente hacia un buró que se encontraba junto a su cama.
Agarró un anillo que se encontraba justo en el centro, el cual brilló tenuemente, resaltando patrones de color azul celeste en su superficie.
Lo apreció un momento breve y después de apretarlo se lo colocó en la mano izquierda. Cerró los ojos apenas un suspiro.
La puerta se abrió de golpe. Caín salió corriendo hacia las escaleras. Con pasos agigantados las bajó, haciendo un escándalo.
—Perdona, mamá, se me hizo tarde.
—Así es, hijo. —contestó ella, calmada y riendo tranquila.
—Ya te puse el desayuno para llevar. —continuó, señalando una bolsa de papel en el pasillo.
Caín, sin detenerse, agarró su comida, convenientemente puesta en su camino.
—¡Gracias, mamá! Regresaré en la noche.
—Corre, que esta vez la escuela no queda tan cerca —dijo su madre mientras él abría la puerta principal.
—¡Sí, llego! —le contestó alzando la mano.
—Me saludas a Dylan —añadió ella, alzando la voz antes de que la puerta se cerrara.
Continuó su carrera hacia la avenida, que empezaba a llenarse de vida.
Caín comía torpemente el desayuno, mientras a su alrededor negocios abrían y pláticas resonaban en el vecindario.
Algunas personas lo saludaban sonriendo. Era común ver correr a aquel joven apurado.
No tardó mucho en pisar las orillas del vecindario.
Su carrera continuó, alejándolo más por la vereda; pudo ver que al horizonte se dibujaban las estructuras de un instituto.
El edificio central fue el primero en alzarse imponente, portando el mismo escudo en su uniforme. Aquel emblema brillaba orgulloso.
Cuanto más se acercaba, pabellones y explanadas se extendían ante sus ojos. Galerías y bibliotecas situadas al fondo, unidas por corredores al aire libre, daban un aire majestuoso.
El aura que emanaba del lugar se complementaba con amplios campos de entrenamiento.
En su interior, pasos y conversaciones fluían en el aire. Estudiantes se reunían en el centro.
A sus afueras, Caín seguía corriendo con el mismo ritmo.
Sus cabellos negros atados en una cola pequeña se movían de lado a lado.
Un joven estaba parado esperando al lado del portón principal. Saludó a Caín en cuanto este llegó.
—¡Por fin llegas! ¿Cuántas veces te despertó Natan esta vez? —le dijo el joven de cabellos verdes, y con un tono burlón.
—Perdona, Dylan, me quedé despierto hasta tarde —comentó Caín golpeando la vaina con desprecio.
—Veo que no te ha cautivado el sable reglamentario.
—Odio esta cosa. —Caín lo miró, levantando un dedo—. Parece un palillo de dientes con ambiciones.
—Jajajaja, te entiendo, aun así, durante nuestro primer año es obligatorio.
Dylan posó su mano en el hombro de Caín. —No te queda de otra más que acostumbrarte.Su mirada delató la broma.
La urgencia de ir tarde se escapó de la mente de Caín, quejándose más del sable.
Una voz se alzó a la distancia. —¡Ya casi no hay tiempo! Y ustedes aquí, jugando en la entrada.
La joven se acercaba intentando disimular su jadeo.
—¡Ah! ¡Elara! —Dylan alzó la mano saludando a la joven.
Cuando se detuvo enfrente del grupo, Caín le hizo una mueca sonriendo.
—Lo dice la persona que está llegando más tarde que nosotros.
Elara se sonrojó ligeramente y mostró un pedazo de papel.
—Me perdí, ¿de acuerdo? ¡El mapa es confuso y está mal hecho!
Caín apuntó al papel, regañándolo con el dedo. —Malvado mapa, ¿quién te dio el permiso de estar al revés?
—¡Aaaaah! ¿Te estás burlando de…?
—Ya, ya, ya… —interrumpió Dylan disimulando las ganas de reír—. Mejor corramos, que ya deben de estar por empezar la ceremonia.
Caín y Elara se voltearon a ver, sonriéndose el uno al otro.
Ambos le asintieron a Dylan con la cabeza, comenzando a correr hacia el centro del instituto.
Sus pisadas apresuradas los llevaron al centro del instituto.
—¡Ustedes! La ceremonia está por empezar —con un tono fuerte, uno de los instructores les llamó la atención.
Los tres se detuvieron en seco, Elara un poco más rígida que ellos dos.
—Si no se apresuran, serán castigados.
Los tres contestaron al mismo tiempo: —¡Sí, señor!
La forma en la que corrían se volvió cómicamente urgente.
Elara soltó una queja.
—Aaaaah, el primer día y ya nos regañaron.
—El error más grande de tu vida, creado por un papel al revés.
Dylan rompió en carcajadas al oír el comentario de Caín.
—¡Aaaghh! —gritó Elara ahogando el sonido con el brazo. Al llegar a la explanada central, observaron a los demás estudiantes ya formados y listos.
Una mujer de aspecto disciplinado y firme se encontraba en el centro del podio. Portaba una armadura cuidada e imponente, con una espada larga en la cintura.
—Parece que no han empezado todavía —dijo Caín viendo dónde escabullirse.
Los otros dos lo siguieron, colándose rápido entre los estudiantes.
Entre miradas confusas y murmullos, encontraron un hueco, formándose en un intento por disimular.
Dylan parecía relajado. Caín, mirando al frente, se tapó el ojo derecho con una mano.
A su derecha, Elara estaba tan rígida que ni su cabello se movía.
—Lo logramos, Caín —murmuró Dylan.
—Si la comandante hubiera empezado el discurso —dijo Caín, mirándolo con el ojo izquierdo—, es probable que nos hubieran ejecutado.
Dylan retuvo su risa, tosiendo suavemente.
—Tú y tus exageraciones, Caín.
—¡Atención! —se oyó una voz con tal severidad que cortó hasta el último susurro. Incluso el mismo aire se había congelado.
Los hombros de todos se tensaron al instante. Era como si la autoridad misma emanara de su voz, recorriendo el cuerpo de todos los presentes.
—Soy la comandante Maena Ardent. ¡Líder del gremio Crossgate, la responsable de todos ustedes!
La comandante dio dos pasos al frente, extendiendo los brazos hacia los estudiantes.
—¡Bienvenidos al Instituto Arca Nova!
—Han sido aceptados por su potencial y duro trabajo, pero en este instituto les pediré mucho más que eso.
—Aquí les exigiré dedicación, determinación y el doble de compromiso. Quien no cumpla con el estándar será penalizado, llegando a ser expulsado.
Maena bajó sus brazos, apoyando una mano en la cintura y la otra en el mango de su espada.
—La vocación que han escogido no es para tomarse a la ligera. Antes se les calificaba con números y se les reprendía con regaños.
—Aquí no será así —continuó Maena con un tono fuerte y seco.—En el futuro, un error no se paga con una mala nota… se paga con vidas.
El ambiente se tornó pesado, cargado con la seriedad de sus palabras. Los alumnos sentían la diferencia entre un profesor y la comandante.
—¡Hoy habrá tres penalizados! —continuó Maena, recorriendo cada alma con los ojos.
Los tres sintieron cómo la vida se les quería escapar. Caín miró de reojo a Elara, la cual estaba más pálida que una hoja de papel.
—Pero… al ser su primer día, podrán contar con mi indulgencia —dijo ella, bajando la voz.
—Sin embargo, hablaré personalmente con esos tres —una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
—Y los castigaré yo misma antes de que acabe el día.
El poco color que restaba en Elara huyó de su piel.
La mejor manera de describirla sería transparente.
—Espero que el castigo no sea limpiar toda la escuela —al oír el comentario de Caín, Elara pareció dejar de ser tangible.
—Caín Dawnfallen.
Dijo la comandante, sin necesidad de gritar.
En cuanto escuchó su nombre, Caín tensó todo su cuerpo. (Estoy muerto). Su cuerpo quiso adoptar el mismo color que Elara, pero la poca voluntad que pudo expulsar lo evitó.
—¡Presente, Comandante!
—Pasa al frente y da el discurso como el estudiante que vino con la mejor puntuación —terminó Maena, dejando en claro que no era una sugerencia.
Caín se abrió paso entre los estudiantes con la mirada en alto; sus pasos eran seguros de sí mismos.
(¡No me dijeron nada sobre un discurso!) —pensó mientras se tragaba el pánico.
Al acercarse al podio. (¿O sí me dijeron? Demonios, no me acuerdo).
Caín ascendió los peldaños hacia la plataforma. Desde aquella altura, las miradas de todos los estudiantes se alzaron para encontrarse con la suya.
Avanzó hacia la comandante lentamente, quien dio un paso atrás, cediéndole el centro del estrado.
En cuanto vio a sus compañeros, su mano quiso tocarse la frente, pero se detuvo a mitad del movimiento.
Cerró los ojos y respiró dos veces lentamente.
Abrió los ojos, mirando hacia adelante fijamente. —Compañeros del Instituto Arca Nova…
—Nosotros fuimos seleccionados por nuestro potencial, pero, más importante, por nuestra dedicación.
—No estamos cerca de cumplir nuestra meta.
Sus palabras cargaban con un significado personal.
Caín levantó su mano haciéndola un puño, poniéndola sobre el escudo de su uniforme.
—Si nos distraemos y no nos seguimos esforzando, no seremos capaces de cumplir nuestras metas.
—¡No dejemos que nada nos detenga!
Elara y Dylan se miraron al oír sus palabras, tensando sus caras.
Alzó ligeramente el brazo, extendiendo la mano y poniendo las yemas de los dedos en su frente, cubriendo la mitad derecha de su rostro.
—Hay que seguir adelante... incluso cuando creamos que ya no podemos más.
Al decir esas palabras, sus hombros perdieron su tensión, bajando el brazo para continuar.
Después de unos segundos en silencio, continuó más relajado.
—Yo soy un ejemplo de esto; cuando me habló nuestra comandante, creí que iba a usarme de ejemplo por llegar tarde.
—Me da gusto seguir con vida.
Los demás estudiantes vieron la firmeza en su postura con incredulidad.
Las caras de Dylan y Elara se congelaron viéndolo fijamente.
Dylan se tapó la cara con ambas manos.
—Típico de este tarado…
La postura de Caín no cambió ni un poco; seguía viendo a todos con una seguridad infundada.
Los estudiantes no entendieron si era una broma planeada, pero en medio de su desconcierto sintieron alivio, soltando parte del peso que habían acumulado.
—Ya no se me ocurre algo más… así que... es todo lo que tengo para decir.
Toda la explanada se quedó en silencio por unos momentos.
Cuando Caín se alejó del centro, murmullos y pequeñas risas empezaron a manifestarse entre los estudiantes, seguidas de aplausos.
(Creo que no estuvo mal) —pensó antes de darse cuenta de lo que dijo.
No pudo distinguir si eran por obligación o eran honestos.
—¡Silencio! —Maena sin levantar la voz, pero imponiendo autoridad.
(Creo que… no estuvo bien) —Ese pensamiento surgió al entender lo que había dicho al final.
Se acercó a Caín y puso una mano en su hombro.
—Cuando termine la ceremonia… tú te quedas —Esta vez su voz fue más baja, pero no por ello menos comandante.
Caín solo pudo asentir.
(Sí… no estuvo bien).
Caín bajó del podio; sus pasos igual de seguros.
Regresó a su lugar bajo el peso de murmullos, ahora más contenidos.
En cuanto llegó, Dylan se inclinó un poco hacia él.
—Qué buen discurso, eh —susurró.
—Cállate —le replicó Caín en el mismo volumen.
Después de suspirar, Maena continuó.
—Ya escucharon el… discurso de su compañero —la comandante recorrió a la audiencia con la mirada.
—Y tiene razón.
Maena adoptó de inmediato una postura firme. —Mi trabajo es forjarlos en el arma más afilada que este mundo pueda tener.
—Su propósito… es que puedan defenderse y a los que trabajen en un futuro a su lado.
Hizo una pausa, extendiendo la mano.
—Los próximos cinco años serán una prueba infernal.
—Entrenarán y estudiarán hasta que el esfuerzo les duela.
La comandante sacó la espada que llevaba y la dejó descansando frente a ella con la punta tocando el podio.
—Forjarán equipos inquebrantables, porque de hoy en adelante, los que perseveren… no tendrán solo compañeros. Tendrán una familia.
—Y recuerden siempre, un arma afilada es mortal para quien no sabe empuñarla. Nunca… se confíen.
Maena levantó su espada, apuntando a todos los estudiantes.
—Les doy la bienvenida a su nuevo hogar. Bienvenidos a Arca Nova.
Los aplausos resonaron por toda la explanada. La mirada de Caín y Dylan se encontró, y una sonrisa cómplice se dibujó en sus rostros.
Hoy comenzaba el camino que habían elegido.
A su lado, Elara por fin parecía volver a existir en el plano material, con una sonrisa de genuino alivio mientras aplaudía.
La comandante envainó su espada, concluyendo los aplausos.
—Tienen dos horas para familiarizarse con el instituto.
—Al concluir, se presentarán en el pasillo principal, donde los instructores los dividirán en grupos para el comienzo de sus clases —tomó aire y relajó su expresión.
—Pueden retirarse —terminó la comandante dándose la vuelta.
Los alumnos comenzaron a dispersarse en pequeños grupos. Caín, Dylan y Elara se mantuvieron juntos, formando un triángulo entre ellos.
—Pensé que todo se había acabado —suspiró Elara, permitiendo que sus hombros se relajaran por fin.
—Jajajaja, yo también —admitió Dylan, riendo con moderación—. En especial cuando Caín recordó lo del retraso.
—¡Caín, eres tonto o qué! —Elara lo regañó sin el pánico inicial, mientras la explanada terminaba de vaciarse a su alrededor.
—¡La comandante dijo que iba a ser indulgente!
Después de respirar unos momentos, se relajó de nuevo.
—Uff, pero está bien, como fuiste tú quien aceptó la culpa… —Elara se encogió de hombros con un gesto de alivio—. Es probable que noso…
—Ustedes, vengan conmigo.
La voz de un instructor detuvo su conversación en seco.
El pequeño alivio que había sentido desapareció con algo del color de su piel nuevamente.
Los tres fueron escoltados por el instructor de regreso a la plataforma, donde la comandante los esperaba.
Mientras caminaban, Caín observó los pasos de Elara.
Eran tan rígidos, tan forzados, que parecía que ni siquiera doblaba las rodillas.
Al terminar de subir los escalones, el profesor dijo: —Ya traje a los estudiantes que me pidió, Comandante.
Maena estaba de espaldas hablando con otros profesores. —Buen trabajo. Puede retirarse, profesor —contestó sin detener lo que hacía.
La partida del instructor disparó nervios en ellos tres, haciendo que se sintieran aún más intimidados por Maena.
Los pocos minutos que pasaron sofocaban a los tres, sintiendo lo mismo que sentiría un delincuente condenado a cadena perpetua.
Justo al terminar sus asuntos, Maena se dio la vuelta y caminó directo a ellos.
—Empezaré aclarando algo —dijo con una voz firme y directa—. No me interesan sus excusas por llegar tarde.
—Que esto sea un instituto y tengan el derecho a tener contratiempos no significa que puedan tenerlos.
Los vio a los tres enterrando su mirada. —Mucho menos el día de la ceremonia de admisión.
Apretó su mano cubierta por unos guantes gruesos contra la frente.
—Si no hubiera reglas que debo acatar, ustedes ya no volverían a pisar este instituto.
Su voz aumentó de golpe como si de un látigo se tratara. —¡Y cuando están siendo disciplinados… deberían estar firmes!
Los tres adoptaron una pose de inmediato, codos pegados al costado, puños cerrados apuntando directo hacia el cielo.
Los nervios que sentían se delataban en el leve temblor de sus cuerpos.
Sin embargo, la pose de Elara era impecable, perfectamente rígida.
La comandante los vio con una mirada fija e intimidante.
Después de lo que parecía una eternidad, por fin exhaló, bajando un poco su tono de voz, sin perder autoridad.
—Pero hoy la fortuna les sonríe. Tengo asuntos que priorizar por encima de castigar su… impuntualidad.
—Por ahora…
Maena los vio y agarró el pomo de su espada.
—No están exentos de castigo —continuó con una sonrisa tan fría que congeló incluso a un pájaro que andaba de curioso.
—Al terminar las clases, los tres se reportarán en mi oficina.
Su sonrisa creció, apenas perceptible para ellos. —Yo misma me encargaré de que lo cumplan.
El terror que los impactó era tan palpable que hasta la misma sensación habría querido salir huyendo de allí.
Sin embargo, Elara no alteró ni un milímetro su postura.
Es más… parecía haber dejado de respirar.
Nadie se había percatado de ella; su rigidez era tal que más bien parecía un adorno del podio.
—Eso es todo. Pueden retirarse. Los espero en mi oficina después de la separación por grupos —su mirada seguía fija en ellos—. No lleguen tarde.
—¡Sí, Comandante!
Caín y Dylan respondieron al unísono, seguidos de cerca por un “Sí, comandante” tan rígido que parecía salir de una estatua.
Ambos se dieron la vuelta, mientras Elara solo giró sobre su eje. Los tres comenzaron a caminar, alejándose lentamente.
—Tú no, estudiante Dawnfallen —indicó Maena, deteniéndolo por completo.
(Estoy muerto). Sus pensamientos estuvieron a punto de escaparse.
Dylan y Elara voltearon a ver a Caín, quien hizo un leve movimiento con la cabeza indicándoles que continuaran.
Sus amigos entendieron y siguieron caminando, dejándolo completamente solo con la Comandante.
Caín regresó al centro del podio y adoptó de nuevo la pose.
—Descansa, no es necesario —dijo Maena, y su tono bajó sutilmente su aura de autoridad—. Lo que tengo que decirte es una observación personal.
Caín se destensó, soltando los brazos, dejándolos caer a su costado.
Aunque se veía tranquilo, él quería salir corriendo.
—Descuida, no es un regaño —aclaró ella, relajando su porte.
—Dawnfallen, tus logros anteriores me dicen que tienes talento.
Volteó a ver la explanada donde antes había estudiantes.
—El discurso que diste fue decente, para haber sido improvisado —hizo una pausa, examinando la reacción de Caín.
—Escuchaste bien, el discurso fue idea mía.
(¡Lo sabía, no se me olvidó, pero entonces ¿por qué?!)
Caín se relajó y soltó una pregunta antes de pensarla.
—¿Entonces por qué me lo pidió?
Maena lo volteó a ver arqueando una ceja. Haciendo que Caín se corrigiera de inmediato.
—¿Podría preguntar la razón, comandante?
Maena soltó un suspiro de satisfacción.
—Decidí probar al alumno con las mejores calificaciones —contestó Maena, caminando lentamente alrededor de Caín.
—Y puedo decir que no me decepcionaste… del todo.
Se detuvo frente a él. —Si vas a actuar, debes creértelo. Mantente firme aun cuando estés dudando.
La comandante giró la cabeza, y con un suspiro que sonaba a frustración añadió
—¿Y qué fue eso de ‘ya no se me ocurre nada más’?
Al oírla, Caín recordó su frase y bajó la mirada. Maena pudo ver un poco de vergüenza en su pose.
Clavó la mirada, viendo directo a Maena.
—Lo que pasó, comandante, fue que ya no se me ocurrió nada.
Maena lo observó con la misma seriedad con la que inició la ceremonia.
Sin embargo, un pequeño doblez en sus labios relució apenas un momento.
—Está bien ser honesto —dijo Maena, con un tono de voz que, aunque sutil, mantenía autoridad.
Se acercó a él para mirarlo directo a los ojos. —Pero debes entender que esa honestidad… puede traer consecuencias.
—Aprende esto: si no puedes sostener una mentira, es mejor no decirla. El silencio es más poderoso que una mentira débil.
Al terminar lo que decía, la comandante se alejó del estudiante y con pasos firmes giró su cuerpo.
Caín se vio la mano derecha, intentando comprender las palabras de la comandante.
Frente a él, Maena lo miró de reojo y pudo ver la duda en el rostro de Caín. —Tranquilo. No tienes por qué entenderlo hoy.
Caín siguió viendo su mano, sintiendo una ligera punzada en el corazón.
Llevó su mano hacia arriba, tapando la mitad de su rostro solo un momento.
(Sé muy bien a qué te refieres).
La comandante regresó a su usual firmeza y disciplina.
—Puedes retirarte; tus compañeros te están esperando —le ordenó, mientras seguía dándole la espalda.
—Gracias, comandante —Caín se dio la vuelta; al fondo vio a sus amigos esperándolo.
Mientras se alejaba, intentó relajarse entendiendo lo caótico que estaba siendo su día.
(Esta es la segunda vez que voy a bajar estas escaleras… ¿cómo hizo Elara para bajarlas?)
Maena los vio a la distancia; su mirada seguía siendo firme mientras los veía reunirse.
—Este año… tiene potencial —se murmuró.
Los tres se alejaban del podio, caminando juntos sin una dirección en mente.
Se dirigían a donde veían algo interesante, platicando de cómo les había ido en la ceremonia.
—Jajaja, debiste ver cómo Elara bajó las escaleras, Caín —recordó Dylan soltando una carcajada.
—Justo me había preguntado eso —Caín se acercó; su sonrisa tenía tintes de curiosidad—. Dime, ¿las bajó rebotando o se deslizó por ellas?
—¡Sí sé caminar! —Elara exclamó poniéndose colorada.
Dylan y Caín voltearon a verla; sus sonrisas se hicieron más grandes.
—He visto pilares menos rígidos que tú, Elara —le dijo Caín, extendiendo un dedo señalando.
—¡Aaaahhh!
Sus bromas y risas hicieron que el tiempo pasara más pronto.
Visitaron los campos de entrenamiento y la biblioteca, en donde Elara perdió más tiempo admirando los libros.
Caminando sin rumbo, se perdieron varias veces, incluso llegaron de nuevo a la misma explanada donde el día había empezado.
Las dos horas se pasaron rápido.
Elara extendió su mano a otros estudiantes, que, al ver que estaban perdidos, les explicaron cómo llegar al salón principal, el corazón del instituto.
En cuanto llegaron, pudieron apreciar que varios estudiantes ya se encontraban esperando.
Pequeños grupos ya se habían formado; pequeños círculos se apreciaban esparcidos por la sala.
Al acercarse más, una voz alzada se dirigió a ellos.
—¡Dylan! —Se oyó un tono familiar, alegre pero molesto; se acercaba a ellos.
Los tres voltearon a ver a un joven con pelos rubios, que se movía hacia ellos con un porte creído.
—¡Lucan! —contestó Dylan levantando la mano.
Lucan se acercó más decidido; al llegar, notó a Elara parada detrás de Caín.
—Hola… Elara. ¿Cómo… estás? —como por arte de magia, su actitud cambió de golpe mientras sus ojos se movían de un lado a otro.
—Bien, gracias —contestó Elara, agitando su cabello.
Dylan intentó seguir el saludo, sin mucho éxito.
Caín lo vio con pena; después se giró a ver al otro estudiante que venía con Lucan.
Se acercó a él. —¿Cómo estás, Talos? ¿Sigue siendo difícil seguir a ese tarado?
Talos volteó acomodándose las gafas. —Caín, la dificultad que me genera mi compañero es inmensurable.
Ambos sonrieron al darse la mano.
—Tienes agallas diciéndome tarado —comentó Lucan acercándose a Caín.
Se paró enfrente de él, haciendo el gesto que Caín había hecho en el podio. —Señor, ya no sé qué decir.
—Lo siento, ¿podrías repetirlo? Solo escuché: Hola, soy el número 5 y nunca pude subir de rango —replicó Caín, poniendo la mano al lado de la oreja.
—¡Aaahh!? —Lucan se acercó, elevando más la voz—. Te crees mucho para alguien que apenas mantuvo su rango 1 después de siempre llegar tarde.
Caín sonrió, arqueando su cuerpo hacia atrás. —No puedo imaginar lo que se sintió, no poder ser número 1 incluso llegando antes que los profesores.
Al mismo tiempo, Dylan se acercó a Talos, riéndose sin ninguna tensión.
—Jajaja, esos dos ya están otra vez con lo mismo.
—Ya sé —respondió Talos acomodándose de nuevo las gafas, mientras sus gestos mostraban que la situación le resultaba aburrida.
Lucan agarró la camisa de Caín mientras éste le sonreía.
—Si crees que será igual, aquí estás equivocado.
La boca de Caín se abrió, pero antes de poder contestar, una voz lo interrumpió.
—¡Atención, estudiantes! —exclamó un profesor con un tono alto y serio, provocando que toda la atención se centrara en él.
Los cinco giraron hacia él, un adulto que portaba de manera impecable su traje. Su cara irradiaba una seriedad calculada. Lucan soltó a Caín y se fue con Talos a formarse. Dylan y Elara se pararon junto a él.
El silencio duró solo un minuto, con el profesor esperando impaciente.
Cuando vio que todos ya estaban formados, inició su presentación.
—Mi nombre es Corvin Ferrow.
Los miró, colocándose las gafas con cuidado.
—Soy el profesor encargado de Historia en Arca Nova. También me encargo de llevar un registro de todos los estudiantes, específicamente de su nivel y su avance.
Los estudiantes le prestaron atención en silencio.
—Serán divididos en clases según su desempeño anterior. Han sido evaluados cuidadosamente; no cuestionen el proceso.
Su tono era seco pero formal.
—Les dejaré claro que sus rangos anteriores son solo el punto de partida en Arca Nova.
—Nuestro objetivo es fomentar las habilidades que les faltan o en las que tienen carencias.
El profesor dio un paso al frente cruzando los brazos.
Algunos estudiantes platicaban en voz baja, por lo que Corvin, sin previo aviso, empezó a lanzar preguntas.
—Tú —dijo señalando a una estudiante que se encontraba hablando— ¿Cuál es el propósito de Arca Nova?
La estudiante se atragantó con sus palabras, volteó a ver a Corvin y asumió la pose del instituto.
—El propósito de Arca Nova es formar estudiantes que puedan trabajar en Void Striders.
—Incorrecto, señorita Coldspire —dijo el profesor haciendo un gesto con el dedo.
—Aunque existen Void Striders reconocidos, Arca Nova no tiene como misión crear mercenarios comunes.
Corvin dio un paso al frente, mientras la estudiante daba uno hacia atrás, escondiéndose entre los demás.
—Nuestro propósito es instruirlos para que lleguen a un nivel más allá, una élite de la cual solo existen unos cuantos.
—El mismo nivel que nuestra Comandante, Umbral Knights.
Al terminar, Corvin señaló a otro estudiante de inmediato. —Tú, ¿cuál es la diferencia entre un Umbral Knight y un Void Strider?
Un joven de apariencia musculosa hizo la pose para contestar.
—Un Void Strider es un mercenario que atraviesa el portal para recibir misiones en Netheria.
—Su trabajo es cazar monstruos; a cambio, los nativos nos pagan con materiales.
Se detuvo y con un gesto de admiración terminó. —El Umbral Knight es la élite de los mercenarios.
Corvin lo regañó con el mismo dedo. —Tu respuesta está incompleta, Blazefall.
El profesor comenzó a caminar de un lado al otro, enfrente de los estudiantes.
—Primero, los Void Striders viajan a través de los portales que conectan nuestros mundos conocidos como Gates.
—En cuanto terminamos nuestros contratos, nos pagan con materiales que se han vuelto valiosos para nosotros.
—Aquí todo bien, estudiante Blazefall.
Detuvo su caminar para voltear a ver a los estudiantes; su tono cambió sutilmente, sonando con un poco de orgullo.
—Los Umbral Knights son nuestro símbolo de fuerza.
—Como sabrán, los Nethari no son débiles; varios de ellos incluso son formidables.
Un estudiante le murmuró a su amigo: —Pero somos más fuertes nosotros.
Corvin levantó un dedo, repitiendo el gesto como si tuviera un tic al corregir a los demás.
—Nuestra historia nos revela que en el pasado hemos tenido conflictos bélicos con ellos. El surgimiento de los Umbral Knights fue lo que trajo un equilibrio entre nosotros.
—Un Nethari de su edad es más del doble de fuerte que usted, señor Soren.
—Un Umbral Knight no solo es “la élite” de los Void Striders, es nuestro orgullo y es necesario para negociar con los nativos de Netheria.
Los estudiantes tenían cara de sorpresa, mientras otros sonreían con emoción.
Los sueños con los que vinieron a Arca Nova estaban siendo alimentados por las palabras de Corvin.
Caín se inclinó hacia Dylan. —No sabía que había clases el primer día —dijo murmurando.
Con gestos sutiles mientras sonreía, Dylan intentó hacer que Caín se callara.
—Una última pregunta —dijo, dirigiendo sus palabras al aire.
—¿Alguien sabe cómo llegamos al otro lado usando las Gates?
Elara levantó la mano. —Un puente de mana conecta ambos extremos al que conocemos como The Veil.
—Bien, Ravencrest —el profesor asintió con la cabeza—. Esa información solo puede venir de alguien que ha investigado el tema.
Elara sintió alivio al no equivocarse, sonriendo contenta.
—The Veil, o el velo, un puente hecho de mana que proviene de Netheria.
Corvin agarró su barbilla mientras observaba el techo.
—No sabemos por qué este “puente nos deja pasar” y solo nosotros podemos usarlo.
—Lo que sabemos es que no es estable; cruzarlo es en sí ya un desafío. Tiene partes que pierden su rigidez; las que han caído no han sido encontradas nunca.
Corvin bajó la cabeza, continuando con la explicación que, como Caín dijo, se había convertido en una clase.
—Incluso cruzarlo no significa que todo haya salido bien. Hay veces que el portal deja a nuestros Void Striders en lugares completamente al azar.
Información nueva llegaba al oído de todos. Muchos se miraron a ver, haciéndose comentarios.
—No sabía del Veil.
—Mi hermana me comentó sobre el Veil cuando fue a una misión.
—¿Lugares al azar?
Corvin dejó que los murmullos continuaran un poco más, haciendo que se volvieran más sonoros.
Dylan y Elara intercambiaron una mirada rápida antes de voltear hacia Caín.
Una mirada seria los envolvió mientras él cubría la mitad de su cara.
—Es por eso que en Arca Nova también hay entrenamientos de supervivencia —Corvin añadió levantando un poco la voz, deteniendo los murmullos.
—Desde las más básicas, como navegar un mapa y procurar comida. Hasta saber en qué ciudades o regiones de Netheria tienen que evitar.
Un estudiante delante de Elara le susurró a uno de sus amigos: —Mi tío me dijo que en algunos lugares odian a los Void Striders.
Corvin continuó con lo que ya era una clase.
—Como ya debieron intuir, el cruce es la parte más importante de cada misión. Es donde un Void Strider se prueba completamente.
—Aunque esto suene devastador, eventos así no son muy frecuentes. Aun así, los riesgos son reales, y mi deber es dejarlos claros.
Hubo varios estudiantes que sintieron el peso de las palabras de Corvin.
Aunque hubo unos que se emocionaban por la aventura, el silencio los recorrió a todos.
Era como si la duda misma los abrazara.
—Esta es su primera prueba, así que piénsenlo bien.
Entre todos los estudiantes, hubo unos cuantos que ya conocían el peso del cruce.
Elara y Dylan estaban entre ellos.
Corvin vio cómo todos se incomodaban, algo que al parecer era lo que esperaba.
Hizo un gesto con el brazo haciendo que uno de sus ayudantes se acercara con una lista en sus manos.
—Voy a dar el nombre de cada uno y a qué clase está asignado. El objetivo de cada clase se dará mañana por el primer profesor al inicio del día.
—Les recuerdo que dentro de 6 meses, dependiendo de su progreso, podrán ser cambiados de clase.
—No repitiré, así que presten atención.
El profesor empezó a dar nombres seguidos por la clase a la que pertenecían.
En lo que Corvin llamaba a los alumnos, Caín y Dylan se voltearon a ver; una ligera incomodidad salió de la mirada de Dylan. Lo cual hizo que Caín se volteara.
Al lado de ellos, Elara estaba pensativa y apenas pestañeaba.
—Elara Ravencrest, clase C.
Ella abrió los ojos de golpe, volteando hacia el frente.
—¡Ah! ¡Sí!
Después de contestar, se quedó quieta de nuevo y su mirada se perdía levemente; era como si hubiera un pensamiento que no quería salir de su cabeza.
Lo cual no pasó desapercibido para Caín.
(¿Qué le pasa a Elara?)
Nombres y clases seguían sonando al fondo mientras Caín seguía pensando.—Lucan, clase A. Aldric, clase B. Talos, clase…
Palabras que solo parecían ruido de fondo.
—Caín.
—Caín.
—¡Caín!
Dylan alzó su voz; sonó como un grito contenido. —¿No escuchaste? Estamos en la misma clase.
—Ah… lo siento —Caín trató de despejarse mirando a Dylan—. ¿No crees que la voz del profesor arrulla?
—Sí… un poco —Dylan regresó a su lugar sin decir más.
El profesor estaba dando los últimos nombres cuando de repente se detuvo, bajando la lista lentamente.
—Los que no oyeron sus nombres no están asignados a una clase. Mañana, a primera hora, se reportarán en la oficina de la comandante.
—Eso es todo, pueden retirarse por hoy.
Los estudiantes repitieron la pose del instituto. Entre ellos hubo unas que mostraban dudas, justo lo que Corvin estaba buscando. Al terminar, todos empezaron a retirarse.
Lucan aceleró el paso para pasar al lado de Caín, golpeándolo con el hombro. —Mi día se estropeó, no puedo creer que estés en la misma clase que tú.
—¿Sigues aquí? Creí que solo habías venido a acompañar a Talos. Felicidades si lograste entrar al instituto.
—Grrrr, ya verás, aquí no tendrás tanta suerte. Estás a un paso de que te sobrepa…
—Deja de crear conflictos causados por tu actitud conflictiva —dijo Talos interrumpiéndolo mientras tiraba de su chaqueta.
—¡Ya verás! ¡No pasará lo mismo esta vez! —Lucan balbuceó torpemente mientras lo arrastraba su amigo a la salida.
Dylan y Elara se acercaron a Caín poniéndose a su lado.
—Jajaja, deberías dejar de provocarlo con tus bromas —le dijo Dylan sonriendo.
—No sería tan divertido si no le contestara —Caín se detuvo un momento mientras su cara perdió su expresión sutilmente—. Me da gusto que reaccione igual que siempre.
—Sí, ojalá las cosas siguieran como siempre… —dijo Elara con una voz suave.
—¿Dijiste algo, Elara? —dijo Dylan girando hacia ella.
—No es nada —contestó con una leve sonrisa—. Ay, no… ¿No se supone que debemos ir a la oficina de la comandante?
Los tres recordaron en un instante la presencia de Maena. Con esa aura tan intimidante llena de autoridad, aunque en sus mentes medía como tres metros.
—Creo que sería mejor que nos moviéramos de una vez. Nos dijo claramente que no llegáramos tarde —dijo Dylan mientras empezó a caminar a la oficina, seguido por una Elara que empezaba a vibrar lentamente.
Caín los vio y por fin pudo apartar ese pensamiento que lo estaba molestando; un alivio pequeño volvió a él.
El castigo resultó ser menos dramático de lo que imaginaban. Maena los puso a limpiar y ordenar las aulas que serían usadas mañana. Caín y Dylan trabajaron de una manera muy eficiente bajo la mirada fría de Maena, mientras una escultura de Elara intentaba seguir el ritmo.
Cada vez que terminaban un aula, eran escoltados a la siguiente. Para ellos fue como si la eternidad misma se alargara bajo la constante supervisión de la comandante.
El sol mostró sus últimos tonos rojizos y anaranjados mientras anunciaba el final del día. La noche ya esperando su turno.
Los tres fueron liberados de su castigo y se dirigieron a la entrada. Se dieron un momento mientras sus almas regresaban para darles un último aliento para dirigirse a casa.
—Yo… yo… ya me voy a mi casa —dijo Elara mientras intentaba sentir sus manos.
—Los dos se van por ese camino, ¿no es así? —preguntó Caín.
—Así es, aunque nos dividimos a la mitad —contestó Dylan mientras señalaba la vereda.
—Elara, ¿no vas a sacar tu mapa? —Le dijo sonriendo—. No vaya a ser que termine al revés otra vez.
—¡Sí! ¡Ja! ¡Ja!... Sé cómo llegar a mi casa —dijo sonrojándose mientras se giraba para comenzar a caminar.
—Nos vemos, Caín... mañana por fin comienza —dijo Dylan mientras extendía su puño.
—Así es —le contestó chocando su puño con el de él.
Caín vio a sus amigos caminar hacia sus casas. Sus figuras se hacían cada vez más pequeñas.
Se dio la vuelta y él también empezó a dirigirse a su casa, un camino opuesto al de ellos.
Mientras observaba los alrededores que no pudo admirar en la mañana, llegó a un cruce. Después de pensarlo un momento, tomó uno que, en lugar de acercarlo a su casa, más bien parecía alejarlo. Al final del camino se encontraba lo que lo impulsaba. Siguió durante otra media hora mientras la noche ya tomaba su lugar en el cielo, iluminado por el reflejo de la luna.
Llegó a las afueras de la ciudad y se sentó en el césped, levantando la mirada y fijando la vista en un objeto que yacía en el horizonte. Un círculo gigante que emitía un sonido inquietante, como si intentara consumirse a sí mismo, yacía.
El centro estaba formado por un mana de color negro más profundo que la noche misma; el movimiento que hacía era el mismo que el del centro de un tifón.
Sus bordes plateados giraban con más fuerza en sentido contrario.
—Gate—Caín murmuró el nombre de aquella fuerza antinatural. Admiró ese espectáculo durante varios minutos. Su expresión no mostraba admiración ni miedo.
Cerró su ojo derecho mientras lo tocaba con la yema de dos dedos. Su anillo brillaba enfrente del párpado cerrado.
Para algunos, cruzar ese portal era una meta o un sueño de grandeza; para Caín, el significado era diferente..
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