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La Brecha

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Summary

El horror comienza en una calle silenciosa, con una puerta entreabierta y una niña cubierta de sangre. Seis meses después, John y sus amigos viven entre carreteras cortadas, desapariciones y noticias que ya nadie sabe si creer. Cuando una petición de auxilio llega por radio, deciden salir a buscar a los supervivientes. Pero lo que parece un rescate los arrastra hacia una guerra que ha cruzado los límites de su mundo. Detrás del terror está Pantano. Y Lucero podría ser la única esperanza de detenerlo. Mientras intentan volver a casa, John empieza a sospechar que Sally, la persona en quien más necesita confiar, sabe demasiado sobre lo que está ocurriendo. Descubrir sus secretos podría ayudarlos a sobrevivir… o terminar de separarlos. La brecha es el primer libro de una saga de terror y fantasía oscura, donde salvar a quienes amas puede obligarte a cruzar aquello de lo que todos huyen.

Genre
Horror
Author
BADGracia
Status
3h ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo I La calle sin grillos

El primer grillo dejó de cantar cuando Maxi pasó junto a la parcela vacía. Unos metros después callaron los demás. Se detuvo para encender un cigarrillo y protegió el mechero con la mano. Falló dos veces; a la tercera consiguió una llama pequeña. Tenía un nudillo abierto y le escoció el calor. Mientras daba la primera calada, una farola se apagó al otro lado de la calle.

—Lo que faltaba —murmuró, guardándose el mechero.

La acera terminaba frente a una hilera de adosados sin vender. A partir de allí había tierra apelmazada, bolsas enganchadas en los cardos y un bordillo que nadie se había molestado en terminar. Le quedaban dos calles hasta casa. Podía atravesar la urbanización o dar la vuelta por la avenida, donde a esas horas aún estaría abierto el bar de la gasolinera. Miró hacia sus luces y tomó el camino corto.

Llevaba seis días sin dormir en su cama. La camiseta olía a tabaco, a sudor y al whisky que alguien le había derramado encima. Al tragar le dolía la mandíbula. Se tocó debajo del ojo izquierdo y retiró la mano. No recordaba qué había dicho el hombre del bar antes de pegarle, pero sí el teléfono en el suelo, una suela encima y el chasquido de la pantalla. Lo sacó por costumbre y apretó el botón. Como no respondió, volvió a guardárselo.

Verónica habría llamado. El primer día, seguro; quizá también el segundo. Después habría dejado de hacerlo, y Maxi llevaba toda la tarde intentando decidir cuál de las dos cosas le molestaba más. Antes de marcharse le había dicho que no pensaba seguir haciendo el idiota mientras ella salía de fiesta con cualquiera. Verónica había dejado las llaves sobre la mesa y esperado a que terminara.

—Estoy trabajando, Maxi.

Él había seguido gritando. Ahora, mientras caminaba, ensayaba una disculpa que siempre terminaba convirtiéndose en una explicación de por qué se había enfadado. Ninguna le parecía buena.

La farola siguiente se apagó antes de que llegara a ella. Maxi levantó la vista. Las luces de la avenida seguían encendidas a su espalda, pero delante solo quedaban tres, separadas por intervalos de oscuridad. Se detuvo bajo la más próxima y miró hacia arriba, esperando que las otras volvieran a iluminarse. Entonces oyó una risa breve, infantil, procedente de los adosados vacíos.

—¿Hola?

Le sorprendió haber hablado. Esperó unos segundos, atento a las ventanas oscuras. En una de las fachadas colgaba un cartel de SE VENDE, sujeto por una sola esquina. No se movía. Siguió andando, esta vez por el centro de la calzada, hasta que un roce a su espalda lo hizo volverse tan deprisa que perdió el equilibrio. Abrió los brazos para no caer. No había nadie. Una bolsa blanca estaba tendida junto al bordillo, aunque habría jurado que el ruido había sido más cercano. Se llevó el cigarrillo a la boca, descubrió que se había apagado y lo tiró.

Al doblar la esquina vio luz en el dormitorio de su casa. Aquello le produjo un alivio tan brusco que estuvo a punto de reírse. La persiana estaba levantada hasta la mitad y la ventana abierta. Verónica siempre la abría antes de acostarse, incluso en invierno; decía que, si no, la habitación olía a cerrado. Se imaginó entrando. Ella estaría en la cama, mirando el móvil, y al verlo dejaría de mover el pulgar. Esta vez la dejaría hablar.

Algo crujió bajo su zapato. Bajó la vista: había pisado un caramelo de palo. La esfera roja se había partido y uno de los trozos seguía pegado a la suela. Arrastró el pie por el asfalto, pero se detuvo al advertir unas gotas oscuras sobre la acera. Continuaban hacia su puerta.

Junto al escalón había una tarjeta de plástico con una cinta negra. Reconoció el logotipo dorado antes de agacharse: MÖHUMBA. La invitación llevaba una semana apoyada contra el frutero de la cocina. Verónica se la había enseñado el lunes, contenta porque iban a pagarle por asistir a la inauguración. Él solo había leído la última línea: «No se admite acompañante». Cogió la tarjeta por una esquina. La cinta estaba mojada y dejaba un rastro rojo sobre el cemento.

—¿Vero?

La puerta no estaba cerrada del todo. La empujó con dos dedos y cedió sin ruido. Desde el recibidor se veía la lámpara del salón encendida y una de las sandalias de Verónica junto al sofá. La otra estaba más cerca de la escalera, volcada de lado. Maxi dejó la tarjeta sobre el mueble de la entrada y llamó de nuevo, esta vez un poco más alto.

—Vero, soy yo. He encontrado tu pase fuera.

En la cocina zumbaba la nevera. Había un vaso en el fregadero, una botella de agua abierta y un cuchillo sobre una tabla. Se quedó mirando aquellas cosas unos instantes, como si pudieran indicarle qué había ocurrido. Después retrocedió hasta el recibidor. En el espejo vio su ojo hinchado, la barba de varios días y la mancha del pecho. Se pasó una mano por el pelo. El olor le llegó al acercarse a la escalera: dulzón, caliente. Por debajo reconoció el perfume de Verónica.

Subió llamándola. En el cuarto peldaño había una marca oscura; en el séptimo, otra. Apoyó la mano en la barandilla y notó algo pegajoso, pero no quiso mirársela. La puerta del dormitorio estaba abierta. Lo primero que vio fue el pie de Verónica sobresaliendo del colchón, con las uñas pintadas de un color claro, casi blanco. El domingo anterior él se había burlado porque había dejado separadores de goma sobre la mesa del salón y ella se los había lanzado a la cara.

—Vero.

Avanzó hasta la puerta. La cama estaba hundida por un lado: una de las patas había cedido y el cabecero arañaba la pared. Verónica yacía boca arriba, con la cabeza vuelta hacia la ventana, un brazo doblado debajo del cuerpo y el otro extendido hacia el borde del colchón. Sus dedos casi tocaban el suelo. Había tanta sangre en la sábana que Maxi tardó en comprender dónde terminaba la tela.

Se acercó y le puso una mano en el hombro. La piel conservaba calor, y aquello le dio una esperanza inmediata, absurda. Se arrodilló junto a ella, le pidió que lo mirase y le apartó un mechón de la mejilla. Al moverlo vio el cuello. Durante unos segundos no oyó nada, ni la calle ni su propia respiración. Intentó juntar los bordes de la herida con la mano, pero no supo dónde apretar. Necesitaba algo con lo que taparla. Tiró de la sábana y un cuerpo cayó al otro lado de la cama.

Maxi retrocedió de rodillas. No lo había visto. Era un hombre desnudo, de espaldas a él, con una pierna atrapada entre el colchón y la pared. Junto a su ropa había un reloj de correa metálica. Maxi reconoció primero el reloj; después, cuando se inclinó lo suficiente para verle la cara, reconoció al hombre. Bodowitz. Su retrato había ocupado las farolas del pueblo durante meses. Maxi había pasado una mañana haciendo cola frente al ayuntamiento para reclamarle un dinero que nunca recuperó. Ahora estaba en el suelo de su dormitorio.

Miró al hombre y luego a Verónica. Le vino una pregunta mezquina, y sintió vergüenza de ella antes de terminar de formularla. Sacó el teléfono. El pulgar resbaló sobre la pantalla rota mientras apretaba el botón una y otra vez.

—Vamos. Vamos, joder.

Lo lanzó contra la pared. El teléfono de Verónica debía estar en su bolso; había que encontrarlo, llamar a una ambulancia y decir la dirección. Eso era lo que tenía que hacer. Al incorporarse vio el pecho de Bodowitz y se dobló junto a la puerta. Vomitó sujetándose al marco, hasta que solo le salieron arcadas.

Abajo sonó un golpe. Maxi contuvo la respiración. Después oyó un pequeño tintineo, como un vaso colocado en el borde de un lavabo. Había alguien en la casa. Miró a Verónica: su mano seguía suspendida junto al colchón.

—Ahora vuelvo —susurró.

En el descansillo cogió el paraguas que ella había dejado apoyado contra la pared semanas atrás. Apretó el mango con ambas manos y bajó despacio. Desde la escalera podía ver la puerta de entrada, que seguía abierta. Más allá estaban la acera, la casa de enfrente y el coche del vecino. Podía salir y gritar. Ya había dado un paso hacia la calle cuando un sollozo llegó desde el baño.

—¿Hola?

El sollozo se interrumpió. Maxi se acercó con el paraguas por delante. La puerta estaba entornada y había una mancha en el pomo, demasiado baja para que la hubiese dejado un adulto de pie. La empujó y descubrió a una niña sentada entre el inodoro y la bañera. Llevaba un vestido azul oscuro, los pies descalzos y el cabello echado sobre la cara. Tenía las rodillas recogidas contra el pecho y parecía estar abrazando algo.

Maxi bajó el paraguas. Había sangre en las baldosas y en las piernas de la pequeña. Miró detrás de la puerta y luego se inclinó un poco, intentando verle la cara sin acercarse demasiado.

—¿Estás herida?

La niña hundió más la cabeza. Maxi tragó saliva; le temblaban las manos. Tendría siete años, quizá ocho. Podía haberlo visto todo, o llevar horas allí encerrada, escuchando. Procuró hablarle con suavidad.

—Tenemos que salir de aquí, ¿vale? Vamos a casa de un vecino y llamamos a la policía.

Ella hizo un ruido pequeño y movió los labios contra sus rodillas. Maxi le pidió que repitiera lo que había dicho.

—Se ha enfadado.

Él miró hacia el pasillo.

—¿Quién?

—Mi papi.

La niña apretó lo que llevaba entre los brazos. Algo húmedo resbaló por la tela de su vestido. Arriba crujió la cama y Maxi levantó la cabeza. Oyó un arrastre lento sobre el suelo del dormitorio, seguido de otro. Bodowitz. Tenía que ser él. Lo había dado por muerto, pero podía seguir vivo, intentando levantarse. Iba a llamarlo cuando la niña le agarró la muñeca.

No la había oído acercarse. Estaba de pie a su lado, sosteniendo contra el vientre un objeto cuyo tamaño y forma reconoció antes de permitirse comprenderlos. De uno de sus extremos colgaba un cordón oscuro. Intentó retirar el brazo, pero los dedos de la niña se cerraron un poco más.

Ella alzó la cara. La sangre le rodeaba la boca y se había secado en pequeñas grietas sobre la barbilla. Sus ojos reflejaban la luz del baño con un brillo amarillo. Maxi abrió la boca sin conseguir decir nada. La niña miró el paraguas que aún sostenía y después volvió a mirarlo a él.

—Perdón —dijo.

La presión bajo las costillas fue tan fuerte que lo dejó sin aire. Bajó la vista: el brazo de la niña llegaba hasta su pecho. Por un instante pensó que se había caído encima de algo. Quiso agarrarse al lavabo, pero la mano no le respondió y el paraguas golpeó el suelo. Entonces ella tiró.

Maxi cayó sentado contra el marco de la puerta. Seguía viendo la entrada de la casa, el rectángulo abierto y un trozo de acera bajo la luz de la farola. Trató de arrastrarse hacia allí. Lo último que oyó fueron unos pasos en la planta de arriba.

* * *

La niña esperó hasta que Maxi dejó de moverse. Después se limpió la boca con el dorso de la mano y volvió la cabeza hacia la escalera. Bodowitz estaba en el descansillo. El agujero de su pecho se cerraba despacio; bajo la piel algo se desplazaba, probando el espacio de aquel cuerpo.

—Ya está —dijo ella, retrocediendo hasta tocar la bañera.

El hombre bajó un escalón y se detuvo a observar sus propias manos. Flexionó los dedos y giró una muñeca demasiado, hasta que sonó un chasquido. Corrigió la posición. La niña extendió los brazos, ofreciéndole lo que había recogido, pero él siguió bajando sin prestarle atención. Al llegar al recibidor vio su reflejo en el espejo. Se acercó, abrió la boca, la cerró y pasó la lengua por los dientes. Pareció satisfecho.

—Ven.

La niña negó con la cabeza. El hombre la miró a través del espejo y ella obedeció. Fuera, las farolas se encendieron una a una hasta el final de la calle.

Los grillos no volvieron a cantar.

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