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XEL-HÁ

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Summary

Perderlo todo fue solo el principio. Xel-Há lo tenía todo: una familia, una fortuna y un futuro que creía seguro junto a la persona que amaba. Hasta que una traición lo despoja de todo cuanto conocía y lo deja enfrentándose a una vida que ya no reconoce. Devastado y sin encontrar razones para continuar, Xel-Há solo quiere desaparecer. Pero cuando el pasado vuelve a encontrarlo en la persona menos esperada, su historia toma un rumbo que jamás imaginó. Naran es un hombre de la mafia: enigmático, peligroso y con sus propios intereses. Aun así, le ofrece a Xel-Há algo que parecía imposible: la oportunidad de recuperar lo que le fue arrebatado. Lo que comienza como un pacto marcado por secretos e intereses pronto los llevará por un camino donde la venganza, el poder y el deseo se entrelazan. Pero vengarse tiene un precio, y cuanto más se acerca Xel-Há a recuperar aquello que perdió, más tendrá que enfrentarse a las heridas que lo mantienen atrapado en el pasado. ¿Podrá sanar sin perderse denuevo en el camino? ¿Y cuánto estará dispuesto a sacrificar para conseguir su venganza? Porque cuando ya no tienes nada que perder, quizá el verdadero desafío no sea recuperar lo que te arrebataron, sino descubrir quién eres después de haberlo perdido todo.

Status
13h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

«Los tengo aquí. Por fin están ante mí, tal como lo deseé» —pensó Xel-Há mientras los observaba desde arriba—.

«Arrodillados a mis pies, pidiendo que no los mate».

Aunque Suré no decía nada, podía verse en su rostro una mirada triste y vacía; era como si incluso pudiera imaginar lo que Xel-Há estaba pensando. A su lado, aquella mujer continuaba llorando, aunque para él sus lágrimas ya no significaban absolutamente nada.

«Esta mujer ya me fastidió con su llanto hipócrita».

Jamás se detuvo a pensar que algún día podría encontrarse ante una situación como aquella. Es más, nunca imaginó que pudiera llegar a liderar una pandilla de matones y, al mismo tiempo, encontrar un amor apasionado, de esos que parecen nacer de una conexión tan profunda que resulta imposible explicar con palabras.

Tampoco había imaginado lo que se sentiría estar por encima de aquellos que alguna vez lo lastimaron, tenerlos finalmente ante sus pies, implorando desesperadamente por sus vidas, suplicando que no jalara del gatillo.

Le producía una satisfacción enorme.

Quizá demasiado.

Por eso le costaba contenerse.

—Bien, esto resulta bastante divertido —dijo mientras mantenía la pistola apoyada contra la frente de Suré—. ¿Qué te parece este final para ti y para ella?

Apretó un poco más el arma y volvió a recargarla ligeramente contra la piel del pelirrojo.

—Creo que este es un final bastante fácil, jefe.

Por fin uno de sus subordinados se atrevió a hablar.

—No imagino lo difícil que fue todo para usted. Después de todo lo que le hicieron y de tenerlos aquí, así, simplemente… es demasiado fácil. Un castigo muy bondadoso de su parte —sugirió el guardaespaldas de Xel-Há.

Xel-Há miró fijamente al hombre que tenía enfrente.

«Es verdad. No se compararía con todo lo que hizo. Pero entonces… ¿por qué no puedo jalar del maldito gatillo de una maldita vez?».

Sus manos empezaron a temblar.

De pronto, aquella mujer, que hasta hacía unos segundos parecía incapaz de contener el llanto, dejó de llorar como por arte de magia.

—Idiota. No tienes las agallas para matarlo. Sigues siendo una basura, igual que desde el día en que te concibieron.

La mujer terminó de hablar con una voz aguda y seca al mismo tiempo, quebrada por el llanto que acababa de contener.

En ese preciso instante, cuando terminó de pronunciar la última frase, el guardaespaldas de Xel-Há le dio una bofetada.

—¡Cállate, perra! No tienes derecho a emitir ningún tipo de palabra.

La interrumpió antes de que pudiera continuar con las sandeces que aquella gran boca era capaz de decir. La mujer cayó al suelo de lado, con las manos todavía atadas a la espalda.

—Xel-Há, sé que no hay palabras para… En realidad, solo quiero disculparme. En serio, te lo digo de verdad. ¡Perdóname!

La voz de aquel hombre era bastante fría, sin ningún tipo de calidez al pronunciar aquellas palabras. Ni siquiera en sus ojos podía observarse si lo decía de verdad, y precisamente por eso Xel-Há dudaba de él.

—No me va a bastar esta vida ni la siguiente para pedirte que me perdones —continuó hablando con una tranquilidad que resultaba casi insoportable mientras mantenía la mirada fija en el piso.

«Imbécil».

Lo insultó en sus pensamientos.

«Solo dispara. ¡Ya! No lo escuches».

«Por fin los tienes justo donde querías».

Xel-Há no comprendía por qué era tan difícil disparar cuando ese hombre era quien más lo había hecho sufrir. Era por él que había pasado por todo aquello. Era por él que había tenido que soportar tanto dolor. Era por él que había trabajado hasta llegar a ese punto.

Y ahora que finalmente lo tenía frente a él, con el arma en la mano y su vida dependiendo de un simple movimiento de su dedo, su propio cuerpo parecía traicionarlo.

Él estaba completamente decidido.

Se había preparado para aquel momento.

Lo había imaginado una y otra vez.

Había pensado en cómo se sentiría tener a Suré de rodillas frente a él, sin poder escapar, sin poder volver a manipularlo, sin poder destruirlo otra vez.

Pero ahora le temblaba hasta el cuerpo.

No lo entendía.

Se preguntaba por qué.

¿Qué era lo que le impedía hacerlo?

¿Miedo?

¿Amor?

«No. Es imposible que yo pueda seguir amándolo».

«Pero entonces, ¿qué es? ¿Por qué, maldita sea?».

«Dispara de una vez, Xel-Há».

—Ja.

Sonrió con ironía.

—Qué estupidez. ¿Crees…? ¿En serio crees que tú y yo nos volveremos a encontrar en otra vida? Tan ambicioso eres, ¿qué piensas, seguirme incluso si existen más?

En ese momento bajó el arma, dio unos pasos hacia atrás y continuó hablando.

—Bien. No importa. Di todo lo que quieras. Inventa cualquier excusa. Imagina que nos volveremos a encontrar en otra vida, incluso que nos volveremos a enamorar… hasta el punto de llegar a comprometernos como en esta vida.

Su voz sonaba áspera y sarcástica, sin ningún titubeo.

—Sí. No importa, imagínalo. ¿Y sabes por qué? Porque sé que, tarde o temprano, me daré cuenta de la clase de persona que eres, justo como en esta ocasión.

Se detuvo.

Durante unos segundos permaneció en silencio, antes de comenzar a caminar de un lado a otro por la habitación.

«En esta fui realmente estúpido por creer ciegamente en él».

—Sé que ya no quieres verme y entiendo muy bien las razones por las que estoy aquí. No suplicaré por mi vida.

Suré cerró los ojos.

—Yo, más que nadie, deseo morir. Estoy más que agradecido contigo por salvarme de mí mismo, así que, por favor, no pierdas más tiempo y acaba con esto de una vez.

Iktan, el guardaespaldas y subordinado de Xel-Há, interrumpió.

—¡CÁLLATE! ¿Quién te crees que eres para decirle al jefe qué hacer? Deberías estar agradecido de que fue él quien te llamo primero y no Naran… A estas alturas, tu cuerpo ya sería comida para los leones.

Lo advirtió con un tono de voz serio e intimidante.

Sin embargo, el chico atado no le dio ninguna importancia a aquellas palabras. Al contrario, respondió con una ironía casi desafiante.

—Naran, ¿eh? Me pregunto por qué él no está aquí y solo estás tú con estos idiotas.

Se escuchó un golpe seco y brutal que salpicó de sangre el suelo.

Uno de esos «idiotas», Iktan para ser más específico, acababa de golpearlo con el puño cerrado.

Suré emitió un quejido de dolor.

—Ugh… Bien, ya lo entendí. No le insultaré más.

Movió la mandíbula de un lado a otro, intentando suavizar el golpe, mientras su mirada volvía a clavarse en Xel-Há.

—Sabes, si hay algo de lo que me arrepiento, y es lo que más me duele…

Se limpió la sangre con la lengua, siguiendo lentamente la línea superior de sus labios.

—…es que ya no podré besarte.

Probablemente Suré estaba cambiando.

O quizá no.

Xel-Há no podía afirmarlo.

Su rostro no mostraba demasiado. Aquella expresión triste y vacía podía significar arrepentimiento, culpa o simplemente otra de sus tantas formas de manipularlo. No sería ninguna sorpresa. Suré siempre había sido audaz para eso; la manipulación parecía surgirle de manera completamente natural, como si hubiera aprendido desde niño que las palabras adecuadas podían conseguirle cualquier cosa.

—Eres increíble. No puedo creer que te atrevas a decir eso delante de tu amante. En serio eres cínico. ¿Cómo diablos pude amarte en algún momento de mi vida? Simplemente no puedo entenderlo.

«Creo que era demasiado estúpido para no ver todas estas señales».

Xel-Há se llevó las manos a la cintura.

Iktan, que permanecía atento a cualquier movimiento y a cualquier ruido proveniente del exterior, se acercó a Xel-Há y le susurró al oído.

—Jefe, ¿qué es lo que hará? Creo que nuestro tiempo se agotó. Naran viene en camino y ha pedido que lo saquemos de aquí lo antes posible.

La mujer, que continuaba tirada en el piso como un trapo de lavatrastes, comenzó a reír.

—Debieron habernos matado cuando tuvieron oportunidad. Ahora vienen por nosotros y por él.

—Ya se debieron haber dado cuenta. Naran, ¿te dijo si se encuentra bien? —inquirió Xel-Há sin prestarle atención a la mujer.

Antes de que Iktan pudiera responderle, un sonido ensordecedor retumbó fuera de la habitación.

El radio que llevaba consigo vibró y, casi de inmediato, se escuchó la voz de Naran preguntando si ya lo habían sacado.

No obtuvo respuesta.

Los golpes provenientes del exterior comenzaron a sucederse uno tras otro. En cuestión de segundos, la puerta cayó y la violencia irrumpió en la habitación junto con los hombres de la otra pandilla.

—¡Xel-Há, salga ya! ¡Dese prisa! —gritó Iktan.

El guardaespaldas se lanzó contra los hombres que se aproximaban.

—¡Lo alcanzaré una vez termine con estos tres!

Pero Xel-Há no respondía.

Había quedado completamente petrificado.

Seguía mirando a Suré.

El pelirrojo tenía una expresión confusa. Sus labios dibujaban una pequeña línea en las comisuras, pero sus ojos conservaban aquella mirada profunda de tristeza y desesperación.

«¿Qué es lo que realmente está pensando?».

«¿Qué está sintiendo ahora?».

Xel-Há no encontraba ninguna respuesta.

El calor comenzó a recorrerle el cuerpo de manera abrumadora. Sentía la tensión acumulándose en la habitación, apretándole el pecho mientras todo a su alrededor parecía ocurrir demasiado rápido y, al mismo tiempo, demasiado lejos.

Seguía ahí.

Sin poder moverse.

Observó cómo alguien recogía a Suré y a aquella mujer que, hacía apenas unos minutos, lloraba y suplicaba por su vida y que ahora sonreía como si nada hubiera sucedido.

«No… ¡Mierda!».

«No puedo perderlos».

«No puedo dejarlos ir».

«Muévete».

Intentaba obligar a sus piernas a responder, pero la ansiedad de no saber qué hacer para impedir que Suré escapara había terminado por apoderarse de él.

Suré caminó dos pasos hacia delante sin dejar de mirarlo.

Entonces se escuchó la voz de Iktan.

—¡Xel-Há! ¡Mierda, suéltenme!

Forcejeaba con los hombres de la otra pandilla, que lo habían acorralado.

—¡JEFE, CUIDADO!

Iktan lanzó varios golpes intentando abrirse paso.

Xel-Há quiso voltear.

No llegó a hacerlo.

Un golpe sordo y brutal impactó contra su cabeza.

Cayó al piso.

Su mente comenzó a dar vueltas y todo se volvió borroso poco a poco. No sentía dolor. O quizá simplemente todavía no era capaz de distinguirlo entre la confusión que comenzaba a envolverlo.

Mientras perdía el conocimiento, alcanzó a ver a aquel hombre alejarse.

La silueta de Suré se volvió cada vez más oscura, hasta que la distancia y la falta de claridad le impidieron distinguir su rostro.

Con las últimas fuerzas que le quedaban, Xel-Há intentó levantar el arma que todavía sostenía en la mano.

Quería apuntar.

Quería hacer algo.

No podía dejarlo ir.

Pero antes de conseguirlo, un segundo golpe en la nuca lo hizo gemir de dolor.

Esta vez el dolor fue punzante.

Le atravesó la cabeza y le nubló por completo la vista.

Unas manos toscas y desconocidas lo sujetaron por la espalda mientras alguien colocaba una capucha negra sobre su cabeza.

El mundo de Xel-Há se sumergió por completo en la oscuridad.

Lo último que escuchó fue el eco lejano de los gritos de Iktan y la furia contenida de Naran atrapada en la radio.

Después, nada.

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Good Writing

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Strong Dialog

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