Capítulo 1
LA HEREDERA
Chloe Morgan pocas veces lloraba, pero el dolor que sentía al perder a su padre, Noah Morgan, le calaba hasta la médula. Lo habían encontrado sin vida a orillas del río Bravo, cerca de El Paso, Texas. Las autoridades querían archivarlo como un accidente, pero yo conocía las marcas en sus muñecas: a mi padre lo habían matado. Él había sido un hombre noble y confiado, de esos que cobijaban al migrante, dándoles trabajo a los latinos que tocaban a su puerta o ayudándolos a cruzar a salvo por nuestras hectáreas.
Yo odiaba que fuera tan ingenuo. Se oían demasiadas cosas oscuras en la frontera y, por mí, a esa gente no les daría ni agua. No me iba a quedar con los brazos cruzados; mandé traer a un investigador privado desde Los Ángeles, sin importarme gastar una fortuna. En el Rancho Los Nogales administrábamos cientos de cabezas de ganado y la mayor producción de alfalfa y forraje de la región; cubríamos gran parte de Texas y estados vecinos, así que el dinero no era problema.
Había estudiado Administración de Empresas, pero mi verdadera pasión siempre fue el campo. Tras la pérdida de mamá hace diez años, la familia se redujo a mi hermano Dylan —de apenas diez años—, mi padre y yo. La única persona que nos ayudó a salir adelante fue nuestra nana Leonides, una mujer México-americana que se convirtió en la única latina a la que yo respetaba y estimaba de verdad.
Llevaba una semana entera escudándome en el trabajo para sofocar la rabia. Recorría a caballo mis tierras de sol a sol, supervisando con puño de hierro a los peones latinos. Exigía resultados; para eso se les pagaba bien.
En eso llegó mi amigo de toda la vida, Jack Price, heredero del rancho vecino The Sun. Él y yo solíamos ser imparables en los clubes nocturnos de la zona, pero mi luto lo había cambiado todo. —Sé que estás destrozada, Chloe —dijo apoyándose en la cerca de madera—, pero necesitas despejar la mente. Vamos al club Midnight Sun. Me dijeron que llegaron chicas nuevas a trabajar... latinas espectaculares. —Sabes perfectamente que ese tipo de mujeres no está en mi radar —respondí cortante, ajustándome el sombrero de vaquera—. ¿Para qué perder el tiempo en un antro de mala muerte? —Acompáñame un rato —insistió Jack con una sonrisa socarrona—. Me la debes desde que te cubrí con la güera de Nueva York. Vamos, un trago y nos regresamos. —Está bien —suspiré, sintiendo el peso del cansancio—. Un rato y te das por pagado.
El Midnight Sun olía a alcohol, tabaco y perfume barato. No era mi ambiente, pero acepté una cerveza mientras me cruzaba de brazos en la penumbra de la zona VIP. Jack no tardó en distraerse, dejándome a solas con mis pensamientos. Odiaba estar ahí. Odiaba que la muerte de mi padre siguiera impune.
De pronto, las luces de la pista bajaron hasta quedar en un tono rojo carmesí.
Iyari Rosales Montesco ajustó la máscara dorada que cubría la mitad de su rostro. Nacida en Jalisco, de padre mexicano y madre española, había dejado atrás su vida para adentrarse en el infierno de la frontera. Su mejor amiga —a quien consideraba una hermana— había desaparecido misteriosamente en El Paso semanas atrás. Ambas se habían graduado con honores en Ciencias de la Comunicación en la Máxima Casa de Estudios, pero la investigación policial no llevaba a ningún lado. Para buscar respuestas sin convertirse en un blanco fácil, Iyari consiguió trabajo en el club «Sol de Medianoche». El dueño era un primo lejano de su madre que, al conocer la verdad, aceptó encubrirla. Además del periodismo, el baile era la mayor pasión de Iyari, por lo que el escenario se convertiría en su mejor carnada.
Esa noche era su debut junto a dos bailarinas más. El pulso se le aceleró, pero dominó los nervios usando las técnicas de autocontrol que aprendió en sus años universitarios. Con una respiración profunda, salió a la pista.
La música arrancó con un ritmo envolvente y sensual. Iyari comenzó a moverse con una elegancia felina, atrapando la mirada de cada cliente en el recinto. Sin embargo, a mitad de la rutina, entre el humo de los cigarrillos y los destellos neón, sus ojos oscuros chocaron con algo inesperado.
En la mesa más discreta de la zona VIP, una mujer rubia de impactantes ojos azules, vestida con un impecable traje vaquero y sombrero, la observaba fijamente. A su lado había un joven también rubio y de ojos verdes, pero la presencia de la mujer dominaba todo el lugar. Tenía una postura rígida, distante, casi peligrosa, pero su mirada azul reflejaba una tormenta contenida.
Desde el escenario, a través de los calados de su máscara, Iyari sintió un escalofrío eléctrico recorrerle la columna. Por un segundo, el ruido del club se apagó. Admiró en silencio la belleza fría y afilada de la rubia, sin sospechar que aquella mujer con odio hacia los suyos poseía las llaves del último lugar donde su amiga fue vista con vida.
LA PISTA
Las luces del escenario parpadearon al ritmo del bajo, pero para mí, todo a mi alrededor pareció congelarse. No solía prestar atención a las bailarinas de esos lugares, y mucho menos si eran latinas. Sin embargo, la mujer de la máscara dorada tenía algo en la postura y en la elegancia de sus movimientos que rompería cualquier prejuicio. Sus ojos oscuros sostenían los míos sin intimidarse, desafiando el tono frío con el que yo la observaba.
Cuando la música terminó entre aplausos y silbidos ebrios, Jack me dio un codazo con una sonrisa de complacencia. —Te lo dije, Chloe. Esa chica no es de por aquí. Hay algo en ella... Voy a pedir una botella a la mesa para que se acerque. —Haz lo que quieras —respondí secamente, dando un trago a mi cerveza—, pero yo me voy en diez minutos.
Minutos después, aprovechando que el dueño del club le había indicado a Iyari que bajara a la zona VIP a saludar a los clientes importantes, la bailarina enmascarada se aproximó a nuestra mesa.
Jack se levantó de inmediato para alabar su espectáculo, pero los ojos de la mujer volvieron a fijarse en mí.
—Un baile fascinante —dije con voz distante, manteniendo los brazos cruzados mientras la medía de arriba abajo—. Aunque dudo que una máscara sea suficiente para ocultar lo que realmente eres.
Iyari no bajó la cabeza. A través de los calados dorados de su disfraz, dejó ver una ligera sonrisa confiada. —Una máscara solo oculta lo que la gente no quiere ver, señorita —respondió en un inglés fluido y de tono elegante—. A veces, las personas juzgan el libro solo por la portada y se pierden de lo importante.
El matiz de su voz me sorprendió. Esperaba tropezar con la timidez o la vulgaridad habitual de ese ambiente, pero en su lugar encontré un aplomo que me dejó desarmada por un segundo. —En el paso, aprendemos a reconocer rápido quién es quién —sentencié, clavando mi mirada azul en la suya—. Y no suelo perder el tiempo con rodeos.
—Una lástima —replicó ella con sutileza antes de dar un paso atrás—. A veces los rodeos son los únicos que nos llevan a la verdad. Con su permiso.
Se retiró hacia los camerinos dejando un tenue aroma a jazmín en el aire. Jack se soltó a reír, impresionado por el intercambio, pero a mí se me asentó un nudo extraño en el estómago.
A la mañana siguiente, el sol pegaba con fuerza sobre El Paso. Iyari no había dormido casi nada. Tras el espectáculo, mientras limpiaba una de las mesas del piso privado del Midnight Sun, había alcanzado a escuchar una conversación entre dos hombres ebrios cerca de la barra.
—Dile al capataz que revise las bodegas del fondo... Hay movimiento raro en el límite con Los Nogales y el patrón no quiere chismosos cerca del río.
Esa mención bastó para encender sus alarmas. Su amiga había desaparecido cerca de esa franja fronteriza, por lo que tendría que darse una vuelta por esos lugares.
Sin perder tiempo, Iyari cambió sus vestidos de noche por un pantalón de mezclilla resistente, botas de trabajo y una camisa holgada. Alquiló una camioneta vieja y manejó hacia las afueras de la ciudad, siguiendo el mapa hasta la demarcación donde se extendían los campos de cultivo y la vegetación del valle del río Bravo.
A lo lejos, un portón de madera y hierro forjado marcaba la entrada del lugar. Un gran letrero tallado daba la bienvenida: RANCHO LOS NOGALES.
Decidida a no dar un paso en falso, Iyari dio media vuelta y regresó al club antes de que abriera al público. Buscó a su tío —el dueño del Midnight Sun— en su oficina para sacarle información.
—Tío, necesito que me digas qué sabes del Rancho Los Nogales —pidió Iyari apoyando las manos sobre el escritorio—. ¿A qué se dedican exactamente y quién maneja ese lugar?
El hombre dejó los papeles que revisaba y suspiró con preocupación. —¿Los Nogales? Es uno de los ranchos agrícolas y ganaderos más grandes de todo Texas, Iyari. Producen toneladas de alfalfa y forraje, además de ganado de exportación. Pero meterse a indagar sobre ellos es terreno peligroso. —¿Por qué? ¿De quién es? —De la familia Morgan —respondió el tío, mirándola fijamente—. Acaban de asesinar al dueño, Noah Morgan... pero la que lleva el mando con mano de hierro es su hija, Chloe Morgan. De hecho, estuvo anoche aquí en la zona VIP. Una rubia de ojos azules, vestida de vaquera. ¿La viste?
Iyari sintió un vuelco en el estómago. La rubia de la zona VIP.
La imagen de esa mujer regresó a su mente de inmediato: su mirada azul de hielo, su postura dominante, esa belleza fría y esa actitud despótica y altiva con la que la había medido de arriba abajo. Chloe Morgan no solo era la dueña del lugar donde su amiga había pisado por última vez, sino que también era una mujer sumamente intrigante y peligrosa.








