Prólogo
“EL MONÓLOGO DE TERESA”
Me he dedicado a la docencia por la misma influencia que muchos, una profesora que me cautivó con sus maneras. Con el paso del tiempo y mis arrepentimientos me he dedicado más a fumar que a enseñar propiamente. Poco podía hacer, sin muchas maneras de cumplir con ese pequeño objetivo ¡Ah! Cómo duele tener un propósito.
Y este niño a mi detrás habla de lo mismo, de lo pesado que fue tener un por qué para vivir. Quizás nuestra vida no tenía que tener un por qué.
No era fácil para mí aceptar que en mi vida jamás tuvo que tener un significado, si de niña quería formar estrellas.
Todo se iba a las profundidades, todo se moría, esto era lo mismo de siempre. Quizás mi vida era eso. Ninguno de mis intentos de crear ha resultado en algo que me traiga felicidad. Por eso me preguntaba ¿Por qué este niño no se ha dado cuenta de que estamos perdiendo nuestras vidas?
―Profesora.
Me llamó, con el mismo fulgor que amo ver en los jóvenes.
―¡Lo que para usted es imposible, para mí no es nada!―sonrió―. Apostemos… ¡Voy a organizar a todo este colegio!
Esa sonrisa, tan viva, nacida de su propio ímpetu, pero qué me quedaba. Yo tenía mis años y este niño apenas comenzaba a vivir. Un viejo no me iba a demostrar, tal vez, él sí pueda.
―Muy bien―le correspondí con mi sonrisa, la misma que ve caídas―. A ver qué puedes hacer, si te sale, con todo gusto te voy ayudar.
―¡De acuerdo! Grabe bien mi nombre ¡Soy Belaunde!








