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Jamás grité tu nombre

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Summary

Creí que perder al amor de mi vida sería el dolor más grande que tendría que soportar. Me equivoqué. Aquella noche, bajo una lluvia interminable, me derrumbé en medio de las calles, sin fuerzas para continuar y con el corazón hecho pedazos. Entonces, una pequeña voz pronunció las únicas palabras capaces de devolverme la vida: —¡Papá, papá! Era Annie, mi niña, mi zapatito fucsia. En sus brazos encontré el refugio que había buscado en otros lugares, sin comprender que la felicidad podía estar mucho más cerca de lo que imaginaba. Pero la vida no siempre nos permite conservar aquello que más amamos. Entre secretos, decisiones equivocadas y heridas que nunca terminaron de cerrar, descubriré que algunos momentos, por insignificantes que parezcan, pueden convertirse en los recuerdos más dolorosos de nuestra existencia. Esta es la historia de un padre, de su pequeña niña y de un amor que creía eterno. Una historia sobre las oportunidades que desperdiciamos, las palabras que callamos y las despedidas para las que jamás estamos preparados. Porque, a veces, basta un pequeño zapatito fucsia para recordarnos todo lo que un día tuvimos y lo que daríamos por volver a abrazar.

Genre
Romance
Author
Jamer
Status
1d ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sorpresa

Con anterioridad la escribí citándola a la calle donde la conocí. Sin embargo, pasaba el tiempo y no la veía, estaba solo. Horas ya habían pasado cuando en la distancia escuché su voz. Quise sorprenderla con un ramo de rosas, sorprendido quedé yo con su ausencia. Sorprendido quedó mi corazón en el silencio de las calles. Sorpresa mía fue que, después de terminar con ella en mi mente, llegara a mis brazos y me dijera: “te amo”.

Me abrazó, acarició mi cabello y lloró como lluvia de calle. Sorprendido quedé yo al saber el porqué de su tardanza. Estaba toda mojada, fresca, sin energía. Había corrido por las calles... supuestamente.

Mi mente decía que mentía. Y fue cierto, porque después lo supe.

Aquella noche solo abracé sus telas mojadas y me fui; como el sol de la tarde, me iba desvaneciendo entre las calles. Su llanto quedó impregnado en los pétalos de rosa, junto a sus manos, esa noche.

De regreso a casa, la lluvia golpeaba fuerte y mis lágrimas se mezclaban con la naturaleza, entre momentos se resbalaban los recuerdos. Cada paso cargaba un peso de dolor; la distancia aumentaba conforme avanzaba. Mis pies comenzaron a sentir un hormigueo en ambas piernas; caí y sentado en el piso mojado dejaba pasar mi vida. Despreciaba recuerdos, momentos y la felicidad con esa mujer. Y con la cara desgastada por la lluvía me decía:

— ¿Qué mujer que ama a un hombre cambiaría su amor por el placer de un ramo inexacto?

— Fue quizá porque le di un ramo de rosas rojas. ¿Fue un mísero regalo acaso? No sé, cómo saberlo.

Pensar que, en su momento, deje a mi niña abandonada solo por ella, nublada estaba mi conciencia, tanto así que no recuerdo el porque sigo vivo, me aferro a los hechos del pasado que olvido el presente y la vida que tengo por delante.

Ahora no quiero pensar en otra cosa porque siento que la ansiedad me consume y no me doy cuenta; me aprieta junto a la soledad y no la veo. Migaja a migaja, desborona mi buen humor, mi sonrisa, mi llanto. Quiero calmarme al intercambiar ambientes, pero no sé… me consume la ira. Odio los cambios de humor porque me hacen sentirme solo, diferente, un parvo. No puedo evitar el silencio; si erupciona, me descontrolo, me desconozco y eso no quiero. Podría matar, si es posible con mi ira; no sentiría pena ni rencor. Solo sentiría placer por el hecho. Golpearía sin cesar cualquier cuerpo con tal de mitigar la cólera. Podría incluso denostar las almas deleznables con tal de sentirme bien. Pero esa no es una salida.

La salida buscaba ya hace tiempo. Y la encontré… en mi niña, en mi zapatito fucsia.

Pasaron las horas y la lluvia concluía su ciclo hidrológico, el frio comenzó más fuerte y no podía levantarme de dónde yacía caído. Era el reflejo exacto de aquel borracho que se deja caer en la madrugada producto de sus desgracias, pero yo estaba sobrio, mi conciencia respondía ante los estímulos del hambre y frio. Sin embargo, estaban mis ojos cansados y por el llanto comenzaban a cerrarse; en paralelo mis pensamientos se acomodaban al descanso. Pero había algo que no me dejaba caer más profundo: era una silueta borrosa de un ser pequeño. ¿Qué era? ¿Cómo saberlo si las funciones cognitivas de mi lóbulo frontal debilitadas, me limitaban a generar pensamientos y a tomar decisiones?

Sentía a alguien acariciar mi cabello suavemente y decir en voz baja a mi oído:

— ¡Papá, papá!

Esa voz la conocía, era la voz de mi zapatito fucsia. ¿Qué hacía aquí? ¿Cómo había llegado? Yo que yacía tumbado en el piso con la cara manchada, logré ponerme a medias y de rodillas la abracé. Ella se aferró bien fuerte a mi cuello con un brazo y con el otro dejaba ver su regalo favorito de cumpleaños, una orquídea kobachi, te amo papá, papá... te amo —me decía. Mi niña me había visto desde la otra calle a través de la ventana de la tienda de pan, ella que sujetada de la mano de su abuela se encontraba, corrió hacia mi apenas vio mi silueta. Lloré tanto que en ese instante prometí nunca llorar por ninguna otra mujer más que por ella. Su vestido, de un suave estampado floral en tonos celestes y grises, llevaba un delicado bordado en nido de abeja que le abrazaba el pecho, coronado por un tierno cuello de bebé y mangas cortas abombadas. En su cabello, un pequeño lazo azul claro recogía sus mechones, haciéndola lucir tan frágil y pura en medio de mi tormento.

La gente que pasaba cerca, entre murmullos, decía: que quien seré, que quizá no merecía ser padre, que no tenía caminos futuros por recorrer, que mis lágrimas solo eran formas abstractas del rechazo anterior. Lo que ellos no sabían es que con solo mi niña era suficiente; felicidad es lo que siembra la presencia de ella. Pasados unos minutos de nostalgia, las fuerzas de mi cuerpo que una vez dejaron de responder, volvían. Levante a mi niña en brazos y comencé a caminar. De entre la multitud una mujer me gritaba constantemente diciendo:

— ¡Ten cuidado con Annie, va a caer si la llevas en ese estado!

— ¡Déjala, que la vas a caer!

Por la acumulación del sonido de los taxis y las personas no la escuchaba claramente, hasta que apretó parte de mi camisa con su muñeca dejándome quieto en la esquina de la vereda. Volteé molesto mi rostro en dirección de aquella mujer que me gritaba, al verla sentí una profunda melancolía, era mi madre. Traía consigo una bolsa de pan, los favoritos de mi niña. Ella había ido a comprar pan semita para la cena. Miró mi cara y notó mi profundo vacío, sin pensarlo me abrazó junto a mi niña. Están mojadas mis prendas —le dije, mientras mis lágrimas rozaban mis mejillas. No importa, eres mi niño —respondió, abrazándose a mi ropa mojada. Lloramos juntos por un instante mi madre y yo, mientras mi niña sorprendida nos miraba, pues no tenía idea de que pasaba.

Al concluir el llanto; mi madre sin esperar otro segundo de silencio preguntó: ¿Hijo, ¿qué has hecho? ¿Por qué estás en ese estado? No es nada, solo la vida, quizá quería que yo sufra hoy —le dije. No es la vida hijo, son tus acciones que te hacen sufrir, ¡mírate ahora!, no puedes ver a tu hija sin llorar, sin sentir culpa. Es por ella, ¿verdad? Por Alexandra. ¿Sabes cuantas veces te vi sufrir por esa mujer? ¿sabes cuántas veces recé a Dios que solucionen sus diferencias y sean felices? No, no... lo sé — respondí. Por supuesto que no lo sabes, hijo. Y si lo notas ahora, es tu hija el ultimo atardecer que miras, es la última lágrima que derramas, ¿por qué? Si ella pudo ser tu primer instante feliz y no la conclusión de tu llanto de ahora...

Yo en silencio la escuchaba, agachaba la cabeza en cada palabra, me sentía tan miserable que me avergonzaba mirarle a la cara, mis acciones habían agrietado su paciencia. Cualquiera pensaría que ella estaba molesta, no lo estaba; en cada frase que emitía su voz quebraba. Mi madre no podía odiar, su corazón no la dejaba, ella no podía desprender palabras fuertes sobre sus semejantes poque su amor era más intenso que su cólera. Al ver que yo agachaba la cabeza asumió que hacía caso omiso a sus palabras y con prisa quiso desprender a mi hija de entre mis brazos; no obstante, mi hija estaba sujetada bien fuerte de mi camisa.

— No estoy borracho mamá, no he tomado hoy, si me vez en este estado es porque me aferré al pasado, es porque fui rechazado. Estuve llorando en la calle por horas bajo la lluvia, tanto así que quedé tendido en la acera. Perdón por hacer que pierdas la cordura, por hacer llorar a tus ojos, por lastimar tu corazón. Por favor, deja que lleve en brazos a mi hija. ¿Annie, quieres ir con papá?

— Si, yo quiero ir con papá, de su cuello no me voy a soltar, decía.

Ella estaba feliz, porque meses que ya no me veía y me extrañaba. Está bien, y perdón por lo de antes —respondió mi madre, mientras iniciábamos a caminar en dirección de casa. Los primeros treinta metros fueron de quietud absoluta, uno de tras del otro, hasta que en la quinta cuadra un hombre nos hizo reír a carcajadas. Este llevaba su pantalón roto por la parte de atrás, tanto así que dejaba ver su calzoncillo de florecitas. Mi niña y yo nos mirábamos el uno al otro intentando aguantar la risa, pero nuestro impulso de burla era superior. Nuestras carcajadas exageradas comenzaron a escucharse y la multitud que nos veía comenzó a reír también. Cada vez que alguien nos miraba le fruncíamos el ceño y movíamos la boca en dirección del señor que yacía frente a nosotros. El hombre molesto volteaba a vernos cada vez que la gente reía, pensaba que nos reímos de la calva que tenía, pues eso también era gracioso, pero no era eso. Si bien tenía la cabeza calva, se aferraba a los únicos pelos que le quedaban peinándolos hacia los extremos como libro abierto. Se acercó molesto a mi lado apretando los puños con intenciones de pelea. Mi madre que estaba a mi lado, le dijo: son tus calzoncillos, se ven las florecitas. El hombre se volteó a ver sus pantalones y enrojeció de la vergüenza, no dudo ni un instante en tomar un taxi e irse rápidamente. Mientras tanto mi madre, que se había contenido la risa en un principio, echo a reír junto a nosotros.

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