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Relatos de la Fundación

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Summary

En un universo donde monstruos se ocultan bajo la fachada de lo cotidiano, numerosos hechos anormales acontecen en diferentes rincones de un mundo que hace mucho se quedó sin tranquilidad. Milagros y horrores aguardan a los distintos protagonistas de estas historias.

Genre
Horror
Author
Ikarax
Status
6h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

La Mansión de Crowley


El Sol se alzaba sobre la pequeña comunidad privada de Ocher Garden, un refugio para un puñado de familias que se habían asentado ahí durante varias décadas. La gente de la ciudad en la que se ubicaba el asentamiento, Misty Point, hacía mucho que los había dejado de ver con recelo; los habitantes de Ocher Garden eran, a primera vista, gente común y corriente, personas amables que siempre buscaban contribuir a la mejora de la ciudad. Tal vez no seguían las mismas tradiciones religiosas que los demás, pero con sus acciones lograron ganarse la confianza de la mayoría de ciudadanos.

Un grupo de adolescentes salió de Ocher Garden y, con gran convicción, se internaron en el denso bosque que rodeaba Misty Point.

Esta sería la oportunidad perfecta para demostrar que las clases especiales que estaban recibiendo sí servían para algo.

— Vamos, chicos, no se queden atrás. —

una figura lideraba a un grupo pequeño de esos jóvenes

— Después de todo, no podremos apoyarnos si nos separamos. —

El líder no era mucho mayor que sus compañeros; de hecho, era de los más jóvenes entre los 20 que se internaron.

— Tranquilo, Ray. —

una voz femenina respondió, su voz despreocupada y hasta emocionada

— Después del ritual de protección estoy segura que saldremos bien. Además, es solo una vieja mansión, habremos terminado antes de la puesta de Sol. —

— No está demás ser un poco precavidos, Alice. Claro que tengo confianza en que saldremos pronto de ahí. —

La tercera figura, un chico delgado y de apariencia frágil meramente escuchaba la conversación, una sonrisa tímida se asomaba en su rostro.

— ¿Qué tienes en mente, Abel? Estás muy callado. —

— Ja, lo de Abel es ser callado, Ray. —

Abel rió en un tono bajo.

— Solo intento imaginar cómo será el interior. —

La voz de Abel era tan tenue y reservada como el resto de sus ademanes.

— Relájate, sea lo que sea que haya adentro, estoy segura que no nos dará mucho problema. —

Alice, por su parte, expresaba una plena seguridad y confianza a través de sus movimientos y palabras.

— Alice tiene razón; con nuestras lecciones de magia y el ritual de anoche no hay nada que no podamos superar. —

Abel asintió, quería creer en las palabras de sus amigos. Sin embargo, seguía reflexionando sobre la información que pudo encontrar sobre la mansión y lo que debían hacer.

Para empezar, casi no había ningún detalle sobre la mansión de Crowley, solo reportes dispersos en diferentes y viejos periódicos. Ambrose Crowley fue un místico con cierta fama en la localidad durante la década de 1970, se ganó su fortuna como un psíquico y vidente; era un charlatán de primera, no obstante, sí poseía una colección de objetos legítimos.

En cierto punto comenzaron las actividades del club paranormal de Misty Point en su residencia. Decenas de personas se reunían en la mansión para participar en diversos rituales y eventos relacionados con el ocultismo.

Fue durante uno de estos eventos a finales de 1979 que Crowley y una multitud de personas desaparecieron sin dejar rastro; la mansión permaneció abandonada por una década hasta que fue comprada para transformarla en un hotel.

El hotel no duró mucho tiempo abierto, cesando actividades tras 3 años de operaciones; de nuevo, ocurrió un incidente misterioso que implicaba la desaparición de todo el personal y los inquilinos. Desde entonces el gobierno local y la población optaron por ignorar la propiedad. Nadie más trató de reclamar la mansión, que quedó abandonada definitivamente.

Y ahora, como una prueba de sus capacidades y conocimientos de lo místico, los chicos de Yellow Oaks tendrían que recuperar algunos textos y artefactos de ese aciago lugar.

La temperatura alrededor pareció disminuir, pese a que el Sol seguía resplandeciendo en el cielo. Los árboles se veían más oscuros, más torcidos y extraños conforme se acercaban.

— Que raro, la mansión debería quedar cerca… —

Raymond observó con detenimiento el mapa que le habían dado antes de partir; era la herramienta más práctica que tenían para encontrar su destino.

— A este paso seremos los últimos en llegar; ya sabía yo que no debíamos confiarte la navegación… A ver, dame esa cosa. —

Alice le arrebató el mapa a Raymond, intentando rápidamente orientarse.

— Ahí. —

Abel señaló un muro de piedra, apenas visible entre la vegetación.

Sus compañeros voltearon hacia donde apuntaba. Lejos de ser una majestuosa construcción que reflejaba la riqueza del propietario, era una ruina lastimera que no podía ocultar los estragos del tiempo.

— ¿Qué decías? —

Raymond respondió en un tono burlón al comentario de Alice.

— Solo fue suerte, Ray. —

Los tres cruzaron el umbral que llevaba a la entrada de la mansión, pasando entre matorrales secos y rocas que salían del suelo.

Ahí se erigía el enorme edificio, el Sol en el cielo no hacía más que alargar las sombras creadas por la mansión. El trío se reunió con los demás, afortunadamente estaban lejos de ser los últimos en llegar. Era mediodía cuando los chicos entraron en la edificación abandonada; las puertas de la entrada principal resonaron al ser abiertas después de décadas de olvido. El sonido que era entre un profundo crujido y un gemido de dolor se extendió por la sala de estar e hizo eco por pasillos y cuartos ocultos en la oscuridad.

Pese a las grandes ventanas en los muros, la luz del Sol no alcanzaba a iluminar bien el interior de la estructura, como si hubiera sido prohibida dentro de la casa.

Sin una buena idea de la ubicación de cada habitación, y siendo la mansión una estructura tan masiva, los jóvenes decidieron separarse en pequeños grupos para cubrir una mayor distancia en poco tiempo.

Raymond, Alice y Abel avanzaron hacia el ala oeste; una esfera de luz convocada por Abel los ayudaba a encontrar su camino. El piso de madera rechinaba tras cada paso que daban, levantando polvo que no hacía más que disminuir la pobre visibilidad en el interior.

Los pasillos se sentían largos; y los muros, descomunales. Poco más podían hacer aparte de avanzar cautelosamente.

— Por oscuro que esté, no deja de ser solo una casa abandonada. —

Alice había estado esperando un lugar con más acción, nada tan serio pero sí lo suficiente como para probar algunas cosas más destructivas.

— Me pregunto porque no pudieron hacerlo ellos mismos… —

— Quizá piensan que esto es lo mejor para nosotros. Aún somos muy nuevos en todo esto. —

Abel se sentía aliviado por no haber encontrado hostilidades; sin embargo, él tenía sospechas.

— Ojalá sea como Abel dice. — Raymond también tenía sus ideas, le resultaba muy extraño que los enviaran a una búsqueda del tesoro glorificada combinada con exploración urbana como examen de sus aptitudes mágicas. Algo más estaría por ahí, oculto, y ellos no debían bajar la guardia.

— Hay que revisar estos cuartos, chicos. —

Detrás de una puerta entrecerrada de desgastada madera los esperaba un escenario relativamente ordinario: era una sala amplia y alargada, suficiente espacio para albergar a varias personas. Los destruidos muebles y otros restos que quedaban en la zona parecían indicar que había sido algún tipo de comedor en su tiempo.

— Vaya elegancia. —

Alice buscaba entre los pocos cajones que quedaban, estuvieran en el piso o entre pedazos de lo que habrán sido muebles.

La luz que Abel sostenía se vio opacada súbitamente, los huecos donde hubo focos se encendieron; por un efímero instante toda la habitación fue iluminada por una luz naranja que se tornó rojiza antes de extinguirse por completo.

— ¿Qué rayos…? —

Antes de que alguien pudiera responder la duda de Raymond, un estruendo proveniente de una de las habitaciones superiores resonó por toda la mansión. Algo sacudió el edificio antes de cesar tan rápidamente como empezó.

— Mejor regresemos a la sala principal, parece que algunas partes están colapsando. —

Alice y Abel asintieron tras escuchar la indicación de Raymond. Incluso si no estaban en peligro aparente, era mejor evitar la posibilidad de terminar heridos por la caída de escombros.

Abel fue el primero en salir, llevando la resplandeciente esfera de luz en su mano izquierda; también fue el primero en notar que algo había cambiado.

— Eh… ¿chicos…? —

Alice y Raymond no tardaron en percatarse de lo mismo: el pasillo al que habían caminado era distinto. No se trataba de un pequeño cambio en la iluminación, en los objetos del piso o en las paredes; no, era como si hubieran salido a otra sección de la mansión pese a haber utilizado la misma entrada.

El pasillo ahora llevaba hacia un corredor cerrado, en lugar de muros pétreos ahora habían paneles de cristal rotos, amplias ventanas hacia un jardín central. El cielo estaba despejado, pero el Sol no se observaba por ningún lado.

— ¿Tal vez tomamos un pasadizo secreto? —

Raymond intentaba darle un sentido más racional a los hechos; pese a haber estado estudiando magia y lo oculto, esto era totalmente nuevo.

— Ajá… —

Alice estaba igual de anonadada, extendió su mano hacia la apertura que llevaba al jardín. Tocó los cristales rotos, sintió el calor de una estrella invisible… todo se sentía tan real, incluso cuando bien podría ser una alucinación.

— ¿Y si mejor regresamos? —

— Estoy con Abel, el comedor era más normal. —

Raymond asintió al mismo tiempo que abría la puerta por la que habían pasado; no obstante, en lugar de ver la habitación amplia de antes, ahora había una superficie de textura seca y color oscuro impidiendo cualquier avance.

— Maldita sea… —

Este no era el momento para entrar en pánico; si no podían evitar las anormalidades, tendrían que atravesar el lugar rápidamente. No había de otra, no pensaban irse sin completar su objetivo.

— Salir es la única opción… ¿será seguro? —

— Espero que sí, no tengo planeado quedarme atrapada aquí. —

— Yo voy primero. —

Raymond volteó a ver a sus amigos, a pesar de compartir la aprehensión de Abel, sentía que era su responsabilidad dar estos pasos.

Si Alice y Abel tenían más dudas, no las expresaron; en este instante lo que necesitaban era apoyarse mutuamente.

Raymond hizo a un lado los pedazos de cristal que quedaban en los marcos y dio sus primeros pasos bajo la luz extraña en el jardín desconocido. Al pasar unos segundos y confirmar que no había ningún riesgo evidente, hizo señas a sus amigos para que le siguieran.

Abel apagó la esfera de luz en su mano antes de caminar hacia Raymond, Alice echó un vistazo al extremo del pasillo antes de salir, creyó haber visto un pequeño rastro de movimiento.

Afuera el piso era de adoquines blanquecinos que formaban largos caminos. Estos estaban rodeados por árboles y arbustos como jamás habían visto; la vegetación tenía un tono muy particular: las hojas y flores eran rojizas mientras que los tallos, troncos y ramas poseían una tonalidad pálida, enfermiza. No se parecía en nada al blanco de los abedules, era un color muy opaco con grietas profundas.

Sin deseos de explorar la extraña escena, el trío rápidamente intentó alcanzar el ventanal que rodeaba el jardín; estaban ya tan cerca de regresar al interior de la mansión, tanto que dejaron de prestarle atención a los árboles pálidos.

Los muros aledaños estaban invadidos por el material grisáceo, no podían alcanzar ninguna entrada.

— Esto no funcionará… —

Abel sacó un pequeño cuaderno de notas de su pantalón, buscaba entre todas sus anotaciones algo que les pudiera ayudar.

— Por allá. —

Alice apuntó a una zona lejana

— Veo una puerta. —

— Esperen, debo probarlo. —

Raymond avanzó con cautela, no le gustaba para nada tener que atravesar el jardín.

— Ten cuidado. —

Abel siguió buscando, pero nada de lo que habían estudiado las semanas previas era útil para su predicamento actual.

Cuando confirmó que el espacio no estaba cambiando en el camino que cruzaba el jardín, Raymond hizo señas a sus amigos.

— Vengan, este camino es normal. —

Alice y Abel se apuraron en alcanzarlo, ignorando la extraña vegetación que amenazaba con engullirlos.

— Je, y yo que pensaba que Abel era el único callado de entre nosotros. —

Raymond pensó que bromear un poco los ayudaría a relajarse; solo se habían encontrado con un espacio irregular, no era algo que los debía tener con los pelos de punta por tanto tiempo.

— ¡Hey! ¡Solo estoy intentando prestar atención al entorno como nos enseñaron! —

Pese al tono defensivo, Alice se tomó a broma el comentario. Abel sonrió, el ver a sus amigos tener una actitud más relajada le ayudaba a calmarse.

Eventualmente, los tres llegaron al centro del jardín, los adoquines blancos comenzaron a curvarse para formar un círculo que rodeaba una especie de monumento. Era una figura gris y alta que reposaba sobre un pilar blanco, determinar lo que representaba era imposible; la parte superior recordaba vagamente a aquellas estatuas que se encontraban en las ruinas de imperios pasados, las formas se asemejaban al cuerpo humano sin sus extremidades ni una cabeza definida. La región inferior, en contraste, no lucía como algo tallado por humanos, era más bien un pedazo de piedra mal cortado, un mineral que de alguna manera llegó a fundirse con la estatua.

— ¿Por qué los adornos de esta gente siempre son tan raros? —

— Tal vez se ve así por las décadas de abandono. —

Antes de que Abel continuase con su respuesta al comentario de Alice, en el cielo se apreció el mismo destello rojo de antes. No obstante, esta vez en lugar de escuchar un estruendo, escucharon un grito familiar.

— ¿Aldo? —

Era uno de los chicos que habían entrado a la mansión; fue suficiente para convencerlos de que algo malo estaba ocurriendo.

— ¡La estatua…! —

Abel y Raymond observaron el objeto que Alice señaló. Grietas se formaron en la superficie gris y un agujero se abrió en la parte más alta; el grito se repitió, ahora parecía provenir del interior de la estatua. Detrás de ellos, las ramas de los árboles se agitaron, pero no soplaba ningún viento; los tallos pulsaban, se retorcían hasta casi romperse, se movían con una inteligencia horrenda e invisible.

La estatua emitió otro grito, uno diferente pero igual de atormentado, y sangre brotó del agujero como si fuese una fuente de pesadilla.

— ¡Vámonos de aquí! —

Los tres chicos tuvieron que rodear la fuente, observando con más detenimiento los detalles tanto de la estatua como de los árboles alrededor.

Las grietas se abrían con violencia, revelando un interior sangriento y carnoso. Las cortezas blancas se reacomodaron, ahora eran costillas, vértebras, falanges y otros huesos. El gris de la estatua se estiraba como cuero seco hasta romperse, exponiendo incontables ojos en su interior.

El trío abandonó el centro, pero el jardín aún se extendía hasta el horizonte. Los adoquines tenían una apariencia más viscosa que antes, como si alguna sustancia transparente los recubriera.

Su huida fue bloqueada por una figura alta, humana pero no del todo. Sus proporciones estaban mal, los brazos eran demasiado delgados, las piernas demasiado cortas, el pecho muy grueso… la cosa no tenía piel, solo sus músculos expuestos y placas de hueso que cubrían algunas partes. La cabeza era un quiste osificado, sin lugar para ojos o nariz; las fauces estaban expuestas, la cosa castañeaba sus dientes grotescamente humanos.

— Maldición… —

Otro grito a la distancia, seguido por la conmoción de una lucha desesperada.

— Hay que luchar. —

Alice, lejos de sonar emocionada, se escuchaba seria. Esto definitivamente iba más allá de sus expectativas.

Abel tomó sus notas, arrancó un trozo de papel con símbolos extraños y cerró los ojos.

— ¡Descomposición! —

Un hilo de luz amarillenta se proyectó desde el papel, esté avanzó con movimientos cortados hasta alcanzar al monstruo de carne y hueso. En donde la luz tocaba, los músculos se tornaban negros y se separaban del resto de tejidos; la podredumbre consumió a la mitad de la abominación, que colapsó sin emitir quejido alguno. El papel terminó hecho cenizas después de unos segundos.

— ¡Vienen más! —

Varias de esas cosas salieron de entre los árboles, todos deformes a su propia manera particular. Sus extremidades se habían adaptado a una violencia absurda, algunos tenían largas espinas de hueso, otros tenían miembros que parecían columnas pero se movían como tentáculos y otros tenían varias bocas y colmillos en todo el cuerpo. Los seres retorcidos se abalanzaron contra los tres chicos; sus extremidades se sacudían salvajemente, sin coordinación, como si cada brazo y pierna tuviera su propia mente. Alice sacó un cuchillo de su bolsillo, este llevaba símbolos extraños grabados en la hoja; Abel seguía arrancando hojas del cuaderno, pero cada vez se veía más preocupado. Ambos voltearon hacia Raymond.

— Solo me quedan tres… —

— ¡No podré grabar las palabras a tiempo! —

Podían escuchar a más de esas cosas salir de entre los árboles, y la frenética danza de las ramas de hueso aumentaba su ritmo.

Uno de los seres saltó y clavó una de sus espinas en el hombro de Abel.

— ¡Abel! —

Sin pensarlo, Alice se lanzó para apuñalar al monstruo; no importaba que esa pequeña hoja metálica fuera incapaz de causar daños serios.

Para Raymond fue como si el tiempo se hubiera detenido; el desgarrador grito de Abel lo devolvió al presente. Sin dudarlo, tomó el cuaderno que su amigo había soltado y arrancó una hoja con un símbolo diferente.

Antes de que la cosa continuara su ataque, o que la docena frente a ellos se acercara más, Raymond entonó algo en una lengua que no podía ser natural.

Su mano izquierda comenzó a resplandecer, y una mancha amarilla surgió detrás de él; era amorfa, larga, espesa, como tinta suspendida en agua. Con un movimiento de su brazo Raymond guió a la mácula, esta serpenteó en el aire con movimientos caóticos hasta alcanzar al monstruo de carne.

El fluido amarillo atrapó al ente y lo absorbió en segundos; Raymond volvió a mover su mano, dirigiendo a la mancha para que bloqueara el camino.

— Coagulación… —

La tinta se hizo sólida, como un muro delgado de piedra amarillenta. La mano de Raymond dejó de brillar revelando cortes profundos y moretones en toda su piel. Podía aguantar el dolor, en especial si con eso salvaba a sus amigos.

— ¿Estás bien, Abel? —

Abel se apretó la zona herida, su expresión revelaba el dolor que estaba sintiendo; aun así, asintió. Ambos necesitaban recuperarse, pero en ese jardín maldito no tendrían oportunidad. Se escuchaban golpes pesados en el muro amarillo, grietas se empezaban a ver en la superficie. Y más monstruos se aproximaban desde la vegetación circundante.

— Vámonos de aquí; ayuda a Abel, Alice. —

Abel se apoyó en Alice y los tres corrieron hacia la entrada que conectaba con el interior de la mansión, ellos esperaban que así fuera.

Raymond empujó la puerta de negra madera, después de él Abel y Alice atravesaron el umbral con premura.

Tras asegurarse que su amigo estaba bien, Alice corrió hacia la puerta con el cuchillo en mano y empezó a tallar símbolos en la superficie.

Mientras sostenía su mano herida, Raymond cerró los ojos; esto era peor de lo que se llegó a imaginar. No podían salir de ahí sin los libros de ocultismo que les pidieron, tampoco deseaba abandonar a los demás que entraron con ellos, pero él no estaba dispuesto a seguir ahí sabiendo que las vidas de los tres corrían peligro.

Alice usó el cuchillo para hacerse un corte en la mano y cubrió los símbolos con su sangre. La puerta se derritió para transformarse en tinta amarilla, luego ella utilizó la sustancia para crear un muro y bloquear la entrada. Abel invocó la pequeña esfera de luz nuevamente, esperando no captar la atención de monstruos ocultos.

— Tenemos que irnos de este lugar. —

Ella sonaba perturbada, cualquier indicio de levedad había abandonado su voz.

— No podemos abandonar a los demás. —

Abel había dejado de presionar su herida, aunque todavía sentía el dolor punzante ya no estaba sangrando.

— Y esos gritos… tenemos que ir por ellos… —

— Estoy tan preocupada como tú, Abel, pero no creo que podamos hacer mucho si ellos también se encontraron con esas cosas. —

— Alice tiene razón. —

Raymond suspiró

—Aunque yo tampoco quiero abandonar a los demás, apenas y podemos mantenernos a salvo entre nosotros. Tenemos que salir de aquí y pedir ayuda. —

— ¿Qué vamos a hacer? —

— Ir por ahí al descubierto es mala idea. Hay que ocultarnos tanto como podamos, y en lo que buscamos una salida hay que ver si nos encontramos con los demás. ¿Les gusta ese plan? —

— Es mejor que nada… —

Abel asintió, intentando no mover mucho su brazo herido.

— Entonces hay que seguir. —

El cuarto al que habían entrado era una pequeña sala, o al menos eso creían. Los pedazos polvorientos de escombro en el suelo, los restos de lo que fueron muebles regados en todo el piso y el techo elevado no les daba información específica. Abrieron la puerta que estaba frente a ellos y se escabulleron hacia el otro lado.

Recorrieron un pequeño pasillo de madera oscura que los llevaba hacia una enorme escalera de caracol, la luz que conjuró Abel revelaba su color blanco y las numerosas grietas en la superficie de cada escalón. Con pasos muy mesurados ascendieron hasta llegar a un piso superior; en la segunda planta encontraron una pequeña habitación de forma cuadrada, sin ningún indicio que ayudara a identificar su función. Cada uno de los muros estaba conectado a un angosto corredor, tendrían que avanzar en fila si querían pasar por ahí.

— ¿Cómo encontraremos a los demás…? —

Aparte de sus pasos, de sus respiraciones alteradas, en el interior de la mansión resonaba un sepulcral silencio. Ninguno se atrevía a alzar mucho la voz, pues no sabían que podrían encontrarse entre esos oscuros pasillos.

— Debe haber otro camino… —

— Espero que tengas razón, Abel, no me gustaría tener que pasar por ahí. —

Aunque estuvieran mal equipados para buscar a sus compañeros, aunque ellos tampoco tenían idea de su ubicación exacta ni de cómo salir, no se iban a detener; debían seguir intentando.

Sus inquietudes fueron interrumpidas por un grito que hizo eco entre las estrechas aperturas, era una de las compañeras que entraron.

— ¡Hay que movernos! —

Raymond fue el primero en entrar a uno de los pasillos, intentando seguir la dirección del sonido, Alice y Abel lo siguieron con prisa. El grito fue acompañado por sollozos, al menos sabían que algunos compañeros seguían con vida. Tras unos momentos llegaron al final del pasillo, la sala que los recibió era idéntica a la primera: cuatro muros conectados a pasillos angostos y oscuros.

Raymond trató de ignorar su desconcierto y continuó guiando a sus amigos en dirección a los ruidos. La confusión absoluta que sentían causó que ninguno se percatara de la desaparición total de las heridas de Raymond y Abel, era como si nunca se hubiesen lastimado en primer lugar.

Sin embargo, conforme pasaban por más salas y sus corredores, más perdidos se sentían. Sabían que estaban avanzando, que estaban llegando a habitaciones nuevas; y aun así, no podían asegurar que fueran a llegar a algún lado. Las alcobas, los pasillos… todo era una repetición de los lugares que debieron haber dejado atrás. Los mismos muros de madera oscura, los mismos pisos manchados con algo desconocido, las mismas grietas que dejaban ver algo rojizo detrás de las paredes…

Hubo un grito más, y luego silencio; Raymond se detuvo, sus amigos le dirigieron miradas de consternación. Antes de decidir el siguiente movimiento, Raymond se agachó; entre las manchas antiguas pudo encontrar un rastro más fresco de color escarlata que conducía hacia el pasillo izquierdo.

Alice lo tomó del hombro, su expresión era sombría.

— No, tenemos que creer en ellos. —

Raymond se incorporó y corrió hacia el corredor, sin importar que sus amigos se quedaron atrás. Abel y Alice fueron detrás de él; este pasillo se extendía más que los anteriores. Con cada paso sentían que las paredes se cerraban más y más, el techo se hacía cada vez más bajo; después de un par de metros comenzaron a avanzar de lado para no quedar atrapados entre esos muros. Al fin, tras lo que percibieron como una distancia descomunal, alcanzaron una cámara amplia; muy alta y espaciosa para ser un pasillo, similar al comedor que habían dejado horas atrás.

La esfera de luz no podía iluminar más que unos pasos delante del trío, pero el rastro escarlata que estaban siguiendo aún resaltaba fuertemente.

— ¡Demonios, Ray, no hagas eso-! —

— Shh, escucho algo. —

Uno, dos, tres, cuatro… el sonido de pesados pasos reverberando en toda la sala; ninguno de los tres se atrevió a decir otra palabra. Abel envió la esfera de luz hacia el extremo opuesto de la gran habitación, siguiendo las marcas rojas del piso. Las cosas ocultas por la oscuridad fueron desveladas poco a poco, aunque no fue sino hasta alcanzar el final del rastro que descubrieron la fuente del ruido. Otro ser que solo podía describirse como una burla a la naturaleza caminaba lentamente hacia una puerta cerrada; las piernas eran prácticamente piel pegada al hueso, tan delgadas que era impresionante que pudieran mantenerse en pie. El abdomen grueso y flácido se agitaba tras cada paso, y lo que quedaba de la forma se componía por brazos.

Si es que esa cosa tenía un torso verdadero, estaba oculto bajo decenas de raquíticos brazos, más piel flácida que no lograba disimular los huesos en el interior, que se extendían como las ramas de un árbol y se movían con espasmos frecuentes. No había cabeza visible, ninguna indicación de cómo esa cosa podía percibir el mundo alrededor, era un caos ciego de extremidades, un grotesco racimo de brazos con piernas. Lo que arrastraba era la mitad inferior de una persona, las piernas unidas a una pelvis separada de su cuerpo.

Si la cosa notó la luz, entonces la ignoró y siguió su recorrido, cruzó el umbral hacia una zona desconocida y se volvió a perder entre sombras.

— Por dios... —

Abel llamó a la esfera de regreso a él. El trío se había quedado sin palabras, sólo el tenue sonido de cosas ocurriendo a la distancia se podía escuchar en la habitación. Los chicos dudaban en avanzar, tenían un vacío en el estómago; si hubiesen sido más rápidos, o si no se hubieran separado tal vez los demás seguirían con vida.

—... Debemos encontrar la salida, rápido. —

Aunque los pasos de Raymond eran certeros, decididos, su rostro delataba sus verdaderos sentimientos. Estaba pálido, sus ojos enrojecidos; su voz casi no tenía energía, más bien se trataba de una respuesta automática.

Alice y Abel lo siguieron, no había más por hacer; soltaron lágrimas en silencio, por la pérdida, por el miedo. Al llegar al otro extremo de la habitación, Raymond abrió la puerta con cautela; Abel hizo desaparecer la esfera de luz al ver que el camino estaba iluminado.

El pasillo que se extendía frente a ellos era diferente: era más tubular, como un túnel, los pisos y muros estaban recubiertos por un material blanco y duro. Los muros parecían pulsar, eran movimientos rítmicos y constantes, como los de un músculo constantemente activo; del techo colgaban candelabros de huesos unidos con fibras musculares y grasa amarillenta. Parecían costillas que fueron unidas a la fuerza a un mismo esternón, y en el centro contenían llamas rojizas.

El nauseabundo aroma de sangre antigua y la grasa que goteaba de los candelabros hacía que los tres chicos quisieran dejar de avanzar. Raymond comenzó a flaquear, alejándose de la entrada con una mezcla de asco y horror. Abel no aguantó, se fue hacia una esquina de la habitación y vomitó; Alice fue tras Abel en silencio, sentía que sus piernas flaqueaban y temblaban.

— ¿Ahora qué…? —

Ninguno quería poner un pie en el pasillo orgánico, no se atrevían a adentrarse en las profundidades de esa realidad abominable. Los tres querían desviar la mirada, regresar por donde entraron y nunca volver a pensar en esto.

Pero ahí atrás no había forma de salir, y en el fondo ellos lo sabían; para escapar tenían que seguir avanzando.

Tras asegurarse que su amigo estaba bien, Alice regresó a la entrada; cerró sus ojos y caminó hacia el túnel orgánico. Aún con su calzado podía sentir, de alguna forma, una sustancia viscosa en el suelo. Pese a sus inquietudes, a la aversión absoluta que sus alrededores le producían, ella dejó a un lado el miedo y llamó a sus amigos con voz tenue.

Abel fue el siguiente en pasar, aún asqueado y con movimientos cautelosos. A Raymond le tomó más tiempo recuperarse del impacto, entrando al túnel como movido sólo por el deseo de escapar, sin la convicción que caracterizaba sus decisiones.

Bajo la luz de los horribles candelabros de hueso y la lluvia de grasa, entre los pulsantes muros que parecían vivos, los tres caminaron intentando alcanzar una salida que tal vez ni siquiera existía.

No había conversación entre ellos, no tenían palabras; incluso de no encontrarse tan abrumados, ¿de qué iban a hablar en ese momento? ¿De cómo los demás, muy seguramente, estaban muertos? ¿De qué tal vez ellos tampoco verían la luz de otro día?

No tenía caso; incluso las lágrimas habían dejado de salir de sus ojos, como si la escena alrededor les hubiera quitado la capacidad de llorar. Solo sentían un vacío pesado en sus estómagos, una presión insoportable en el pecho y unas náuseas casi insoportables.

No sabían cuánto tiempo pasó cuando llegaron a una enorme sala central, como la recepción de un hotel o el interior de una catedral. El techo que se curvaba como un domo estaba invadido por músculos y huesos que sobresalían entre el mar de rojo, largas cadenas que más bien parecían vértebras se extendían desde lo alto y terminaban en afilados ganchos de hueso.

Vieron un marcado descenso, probablemente una escalera que llevaba hacia el centro de la habitación; también observaron un barandal de cuero seco que se extendía sobre el piso inferior, de seguro marcaba un largo balcón interno.

Raymond fue el primero en acercarse al barandal, intentando mantener un perfil bajo. Desvió la mirada tras echar un vistazo a la parte inferior de la cámara.

— Mierda… —

Dijo en un susurro e hizo señales para que sus amigos también se agacharan antes de seguir avanzando.

Alice y Abel se apuraron para alcanzar a su amigo, con pasos silenciosos y mucho cuidado.

— Dios… —

Abel expresó entre dientes, Alice volteó la mirada. Abajo había una docena de figuras monstruosas, varios de los seres con decenas de brazos en lugar de torso, monstruos desollados del jardín. También había apariciones nuevas, un ser que parecía la unión demencial de muchos torsos con brazos para formar un ciempiés de tejidos humanos, un ente alto con tres pares de piernas y un cuerpo alargado como si fuera una imitación de un centauro; había cosas con espinas de hueso en donde debía haber piernas y manos. Era un festival de piel pegada a los huesos, músculos expuestos, órganos que colgaban de los cuerpos.

Y, al centro de la escena, una figura casi humana frente a una larga mesa. No había sufrido alteraciones tan extremas, al menos no a primera vista; se encontraba cubierto por una túnica de color arena y lisa con decoraciones blancas y puntiagudas. Las espinas óseas sobresalían más alrededor del cuello, ahí una membrana rojiza las unía en una especie de gorguera. Las decoraciones membranosas también estaban presentes en los hombros y en las piernas. Su cara se ocultaba bajo una capucha de profundos tonos escarlatas.

De las mangas salían delgados brazos sin piel, con largos hilos carmesí conectados a un libro abierto.

Las criaturas llevaron pedazos de cuerpos a la mesa: brazos, piernas, torsos, huesos, órganos, cabezas… los tres reconocieron los rostros, aquellos rostros que reflejaban terror y desesperación en muecas rígidas… confirmaron que los que entraron a la mansión junto a ellos se encontraban ahí.

Las cadenas de hueso del techo se extendían y atrapaban las extremidades como voraces serpientes antes de elevarlas, una vez en el techo el océano de músculos absorbía los cuerpos mutilados.

— ¿Cómo…? —

La voz de Alice externaba muchas emociones al mismo tiempo, incluso siendo poco más que un susurro: asco, sorpresa, confusión, pero más que nada miedo. Posiblemente la primera vez que cualquiera de sus amigos le habían escuchado así. Abel mantuvo sus manos en su boca, intentando aguantar las ganas de expulsar el contenido de su estómago nuevamente.

Raymond era el que mejor ocultaba su horror ante la escena, intentaba pensar en otra cosa, cualquier imagen que le permitiera ignorar los hechos frente a ellos.

Tenía que hacer un plan para sacarlos de ahí; debía encontrar la manera, sin importar la que fuera. Podía intentar de nuevo con la nube de tinta, no obstante, no sabía si funcionaría contra tantos enemigos. Incluso la luz destructora sería insuficiente, asumiendo que los tres podrían mantener la invocación por el tiempo suficiente sin sufrir daño irreparable. Aún no sabían lo suficiente para intentar métodos que alteraran la percepción, y no tenían certeza de que servirían aquí. Pese a que había una puerta en la parte inferior, no había una manera sencilla de alcanzarla.

Volteó al balcón que se extendía a sus lados, había más puertas; no obstante, lo que más llamó su atención y causó una sensación de esperanza en él fue el ventanal al fondo.

— Miren… —

Dijo en voz baja y apuntando hacia el ventanal; sus amigos tuvieron una reacción más sutil que él, pero podía ver que ellos también se sintieron aliviados. — Tenemos que intentarlo... —

Ni Alice ni Abel protestaron, esta era la mejor oportunidad que habían encontrado hasta el momento.

Solo tenían que alcanzar el cristal, romperlo y utilizar la tinta para evitar lastimarse al caer. Los tres se alejaron tanto del barandal como pudieron y avanzaron a gatas hacia lo que pensaban era su salida. Sintieron cada centímetro que se movieron como si fueran kilómetros; intentaron ser silenciosos, muy silenciosos, incluso sus agitadas respiraciones y el latido de sus aterrados corazones les parecían insoportablemente ruidosos.

Estaban a unos metros de alcanzar el ventanal cuando la primera puerta se abrió; ellos no querían voltear, su instinto les decía que no lo hicieran, pero aun así lo hicieron. De ese portón lejano surgió una nueva criatura; primero salieron las largas y delgadas extremidades que parecían patas de una araña con ojos en su exterior, tres pares y todas terminaban en manos humanas. El cuerpo hinchado salió al final, apenas cabía por la puerta, eran dos torsos unidos por la parte inferior. La cosa giró en dirección de los tres chicos, y la enorme boca que tenía en el centro de su cuerpo se abrió revelando incontables molares humanos.

El intento por pasar desapercibidos había fracasado, el trío se levantó y echó a correr hacia el ventanal. Abajo se escuchó una conmoción, y muchos de los monstruos retorcidos comenzaron a trepar por las paredes o subir por las escaleras para alcanzarlos.

La cosa con patas de araña se abalanzó contra ellos, gritando con varias voces, tratando de apresarlos entre sus manos. Abel reaccionó rápido, arrancando una de las hojas de su pequeño cuaderno antes de volverse hacia el monstruo.

— ¡Descomposición! —

El haz de luz amarilla alcanzó a la abominación en su centro y esta vio sus tendones, músculos y huesos pudrirse hasta que no quedó nada.

El resto de puertas comenzaba a abrirse, y los monstruos retorcidos estaban cada vez más cerca de alcanzarlos.

Alice utilizó su cuchillo para intentar romper el vidrio, Raymond tomó el cuaderno y arrancó la penúltima hoja con los símbolos correctos. Tras recitar una oración en un idioma extraño, su mano izquierda volvió a brillar y la tinta apareció de nuevo. La dirigió para atrapar y consumir a un par de las cosas con decenas de brazos en el cuerpo para luego crear una pequeña burbuja alrededor de él y sus amigos.

— Coagulación. —

Apenas sería suficiente para ganar unos segundos. Abel intentaba patear el cristal, Alice lo golpeaba desesperadamente con el mango del cuchillo.

Raymond mantenía su concentración en el muro que había creado, incluso cuando su mano comenzó a sufrir heridas severas; docenas de brazos, garras, púas y otras extremidades se azotaban contra la superficie sólida que empezaba a ceder bajo el asalto. Al fin, una grieta grande apareció en el ventanal, y con un último golpe se rompió; no era ideal, pero la apertura sería suficiente para que los chicos escaparan.

— ¡Perfecto, ahora salgan! —

Recitó la oración de nuevo, la última hoja fue consumida y la tinta apareció. Con su mano derecha, Raymond la dirigió para formar escaleras muy rudimentarias.

— Coagulación. —

Ya no podía ocultar el dolor que le estaba provocando mantener la invocación, sus manos quedaron totalmente destruidas y el brillo se extendió hasta cubrir sus dos brazos.

La primera en escapar fue Alice, y a ella le siguió Abel; Raymond se acercó al ventanal.

En cuanto llegó al exterior, Abel intentó alcanzar a su amigo para ayudarlo.

— ¡Ya casi! —

Entonces, el muro que habían creado cedió y los monstruos consiguieron atrapar a Raymond. Abel se estiró tanto como pudo, tomó a Raymond de su lastimado brazo derecho; quería jalar, intentaba forzar a su cuerpo que lo hiciera. Pero otra parte suya que le gritaba que huyera sin más, y con cada instante le era más difícil ignorarla. Alice se apuró en ayudar a Abel, lo sujetó y también comenzó a jalar.

Raymond veía a su amigo con ojos llorosos, estaba desesperado por escapar, no quería quedarse atrapado en la mansión. Abel dudó por un instante, dejó de aferrarse con todas sus fuerzas; fue suficiente para que las manos que tenían apresado a Raymond lo arrastraran hacia el interior de la descomunal residencia. Raymond gritó y luchó contra los brazos que se aferraban a su torso y sus piernas, pero fue inútil, nada ya podía salvarlo.

La escalera empezó a derrumbarse mientras que Abel intentaba volver a entrar por la ventana.

— ¡No, no lo hagas por favor! —

Alice no lo soltó, luchó contra su amigo y lo jaló con prisa hacia el final de los escalones. Abel siguió intentando, entre lágrimas, no podía dejarlo así, no iba a abandonar a Raymond. Cuando la estructura desapareció y él tocó la tierra al exterior de la mansión, golpeó el suelo; lo hizo una y otra vez hasta que ya no sentir sus manos.

Entre lágrimas gritaba, quería creer que todo esto había sido un mal sueño, que despertaría y todo estaría bien.

Al final, el Sol se puso, y los sonidos del interior de la mansión cesaron. Lo que quedó de aquel grupo de 20 era un par de chicos que intentaban, sin éxito, consolarse bajo un cielo en el que ni la Luna ni las estrellas parecían brillar.

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