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Vivero de capital.

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Summary

En Buenos Aires, 2005, un hombre encuentra una Petunia Black Velvet en un vivero. No es la flor más linda que haya visto, ni la más rara. Pero hay algo en ella que no puede explicar. Empieza a visitarla todos los días. Después empieza a buscar otras iguales. Ninguna le provoca lo mismo. Mientras su vida sigue avanzando, él empieza a preguntarse por qué esa flor parece entenderlo de una manera que nadie más puede. Anguilas es un cuento corto sobre la obsesión, la espera y esa sensación extraña de encontrar algo que parece hecho exactamente para vos. El problema es que, a veces, llegar hasta aquello que querés no significa que vaya a estar esperándote.

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Picaflor

CAPÍTULO I

Hace tiempo que me siento como un auto de los 80′ siendo conducido por una calle futurista de Nueva York. Siento que estoy desfasado, pero no totalmente. Se entiende como soberbia ir presumiendo la antigüedad sobrepagada de un automóvil clásico, pero más bien es un dueño avejentado, un dueño ralentizado en un tiempo de correr para atrapar al ladrón que no existe. Tal vez exista una sensación ya descrita para esto, pero todavía no encontré un significado que me convenza.

Esto me remonta al 2005, en Buenos Aires, la ciudad del descontrol y de la liturgia nocturna. Pero no cualquier Buenos Aires: estoy hablando de Capital. Para dar una pequeña imagen mental, era aproximadamente noviembre, un noviembre que se sentía pesado, pero en el que abundaban las lluvias. No lluvias imponentes, sino chaparrones alertados que te hacían frenar un poco en algún techo para usarlo como cobertura.

Gente vestida de saco negro y camisa blanca, con mocasines y portafolios importantes; ruidos de bocinas por la avenida y el Obelisco con un sentir húmedo. No estaba precisamente húmedo, pero era como si lo estuviera.

Caminaba sin apuro, viendo, apreciando, oliendo, sintiendo, mientras la rapidez y el apuro de los que me pasaban por al lado generaban una pequeña brisa por la ansiedad de llegar antes, una brisa de estrés que se contagiaba. Me encontraba en situaciones corriendo hacia algo que yo tampoco sabía bien qué era, pero todos estaban haciendo lo mismo. Todos corrían para alcanzar primero una meta, cada uno la suya; pero yo solamente los estaba imitando, dejándome llevar por el día nublado, con brisas frías, aunque yo creo que eran por el rocío de la mañana. El sol estaba saliendo recién, pero no tan fuerte; las nubes mermaban el fulgor del despertar.

Hace poco me habían echado de mi primer trabajo en Capital. Tal vez fue desafortunado llegar tarde tres días seguidos, o tal vez fue mi propia relajación de disfrutar el trayecto la que hacía que me frenara a ver el vivero que estaba a tres cuadras y ver siempre las mismas flores.

Me acuerdo de que primero pasaba por los agapantos africanos y el morado alucinante, después por los narcisos amarillos y, por último, mi favorita del lugar. Había, en una cápsula encerrada, imitando la rosa del Principito, una Petunia. Pero no cualquiera: una Petunia “Black Velvet”. Debajo se podía ver una pequeña leyenda que decía: “La variedad más oscura jamás lograda”.

Su belleza me llamaba, como si fuera un mensaje con un radiotransmisor de clorofila que me hipnotizaba. Casi siempre lo que me sacaba del trance floral era el saludo del dueño del lugar, que siempre empezaba con lo mismo:

—Buen día, Ferrero.

Tardaba unos segundos en responder, mientras mi cuerpo y mi cabeza se alineaban nuevamente, pero Don Gatti me daba la misma palmada en el hombro. Ya me consideraba un cliente regular, aunque muy pocas veces compraba alguna flor.

Como todos los días, lo saludaba, le preguntaba qué tal el negocio, me contestaba la misma respuesta formal que era habitual y, finalmente, emprendía nuevamente mi camino al trabajo, viendo el reloj para intentar retrasarlo con los poderes herbales que había heredado de la Petunia. Pero nunca funcionaron.

El 14/11/2005 finalmente llegué al trabajo y me recibió mi jefe:

—Ferrero, tengo que hablar con usted.

La verdad, en ese momento me habría asustado, pero estaba tan dormido de haber pasado toda la noche anterior escuchando música que realmente no entendía lo que estaba pasando.

Cuando me senté en el sillón acolchado estratégicamente para hacer sentir cómodos a los invitados, o para dormir a los no tan invitados, me dijo con su voz rasposa del cigarrillo:

—Usted no va a seguir trabajando en esta empresa. No nos aporta la regularidad y responsabilidad necesaria que debería tener un trabajador en una empresa de este calibre.

Fuera de enojarme, pedir explicaciones e intentar convencerlo de cambiar de opinión, mi reacción fue levantarme, acomodarme el saco, decirle buen día e ir nuevamente al vivero, a tres cuadras del trabajo.

Pasé por los agapantos africanos, pasé por los narcisos amarillos y, por último, fui ahí, con la Petunia.

Otra vez sentí la misma sensación, un vahído sensacional impulsado por una Petunia de color negro pálido, que no se movía. No había viento. Estaba alimentada con un agua mineral especial que se inyectaba directamente a la tierra a la que estaba conectada.

Me fascinaba tanto su estructura de vida. Estaba totalmente quieta en una cápsula, siendo alimentada casi artificialmente para que los demás sintieran su belleza. Y eso me generaba un poco de celos. Estaba seguro de que nadie tenía la misma conexión que yo tenía con esa flor.

No era como todas las demás, era distinta.

La flor me entendía a mí, y yo la entendía a ella.

Quería que esa flor fuera totalmente exclusiva para mí, como una relación conflictiva.

Le pregunté a Don Gatti si había algún trato al que pudiéramos llegar para que yo pudiera llevarme esa planta a mi casa. Me dijo que no, que era suya y la había adquirido por un capricho propio.

Me sentí vacío. Me sentí angustiado. Tenía una presión en el pecho indistinguible. Cuando lo pienso, vuelvo a sentir la misma sensación. No es ni una puñalada, ni un golpe, ni dolor.

Es un abrazo al corazón.

Pero un abrazo de consuelo.

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