Paleografía
Adrián Cruz iba a suspender Paleografía Medieval, y lo peor era que ya lo había aceptado.
La aceptación había llegado poco a poco, como llegan casi todas las catástrofes. Primero vino la fase de negación, que duró más o menos de septiembre a noviembre e incluyó comprar libros y materiales que lo dejaban con lo justo para sobrevivir y repetirle a su madre por teléfono que este año sí, que este año lo tenía controlado. Después vino la fase de negociación, que consistió básicamente en escribirle un correo a la profesora a las dos de la mañana preguntando si había posibilidad de algún trabajo extra para subir nota (no la había). Y ahora, a principios de enero, con el examen de convocatoria a la vuelta de la esquina, Adrián había llegado a la fase final: estar sentado en la última fila del aula con el cuaderno abierto por una página que contenía exactamente una frase — «Escritura visigótica: redonda vs. cursiva» — y preguntarse si la universidad ofrecía algún título oficial de vigilante nocturno, que era al parecer su verdadera carrera.
La profesora Delgado estaba hablando de formas de letras. Adrián estaba bastante seguro de que la gárgola de piedra tallada en la pared encima de la pizarra tenía más interés en la asignatura que cualquiera de los presentes. El aula era una de las antiguas de la Facultad de Geografía e Historia, de esas con paredes de piedra de Villamayor que atrapaban el frío como una esponja y bancos de madera que llevaban siendo incómodos desde antes de que él naciera y no mostraban ninguna intención de mejorar. Cada vez que Adrián exhalaba, el aliento se le convertía en una nubecilla blanca. Se subió la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla e intentó concentrarse.
Escritura redonda. Escritura cursiva. La evolución de la letra «G» en manuscritos leoneses del siglo X.
Anotó «¿letra G?» y lo subrayó dos veces, que sabía perfectamente que no recordaría a que se refería en dos días.
El examen era en nueve días. Necesitaba un cinco para aprobar. Ahora mismo estaba en un tres largo, que en el sistema universitario español no significa «necesitas mejorar» sino «por favor, replantéate tus decisiones vitales». Su madre le había llamado el domingo para preguntar qué tal el cuatrimestre y él le había dicho «bien» con ese tono concreto que significaba que no hiciera más preguntas. Ella las había hecho igualmente. Siempre las hacía.
—¿Y la de Paleografía? —le había dicho—. ¿Esa que te quedó el año pasado?
—La llevo al día, mamá.
—¿Al día? ¿Seguro? Porque tu prima Lucía me dijo que su novio también estudiaba Historia y dijo que esa asignatura era un infierno.
—Mamá, el novio de Lucía estudia ADE.
—Bueno, pues algo parecido.
Adrián se frotó los ojos. Había terminado el turno en la universidad a las seis de la mañana, había dormido hasta las ocho y cuarto, y había llegado a la clase de las nueve en un estado que podía describirse generosamente como «consciente». Los turnos de noche se suponía que eran fáciles — recorrer los pasillos, comprobar las puertas, sentarse en la garita de la entrada y estudiar — pero el edificio era viejo y estaba lleno de corrientes de aire y de una acústica extraña, y se pasaba media noche convencido de que el eco de sus propios pasos venía de la dirección equivocada. No tenía miedo. Solo estaba cansado. Había una diferencia.
Miró de reojo por el aula. Unos treinta alumnos, la mayoría en diversos estados de desconexión. Una chica en la primera fila tomaba apuntes a una velocidad aterradora. Dos tíos cerca de la puerta compartían un auricular y veían algo en el móvil por debajo de la mesa. Y dos filas por delante de Adrián, ligeramente a la izquierda, estaba el chico callado.
Adrián no sabía cómo se llamaba. Llevaba en esa clase desde septiembre y el tío llevaba allí desde septiembre también, siempre en el mismo sitio, siempre con el mismo jersey oscuro, siempre llegando unos minutos antes que los demás y marchándose unos minutos después. Nunca levantaba la mano. Nunca hablaba con nadie antes ni después de clase. Era el tipo de persona por la que la mirada resbala sin registrarlo, como un mueble que siempre ha estado en la habitación.
Pero hoy, por alguna razón, Adrián se fijó en él.
El tío tenía el cuaderno abierto sobre la mesa. Era una libreta negra tipo Montblanc, de esas que cuestan demasiado para un estudiante universitario, y estaba completamente en blanco. Adrián se quedó mirándola unos segundos, intentando entender por qué le molestaba. La clase llevaba cuarenta minutos en marcha. La profesora Delgado había llenado al menos tres pizarras de apuntes. Y el cuaderno del tío estaba en blanco. Ni una palabra. Ni un garabato. Ni un monigote.
Quizá memoriza todo, pensó Adrián. Hay gente que es así.
Como si hubiera notado la mirada, el chico giró ligeramente la cabeza y miró hacia atrás, hacia Adrián. Su cara era insípida — veintitantos, pelo oscuro, piel pálida, el tipo de rasgos que se te olvidan cinco minutos después de verlos. Pero su expresión era rara. No parecía molesto por que le estuvieran mirando, ni confundido. Parecía satisfecho. Una sonrisa pequeña y tranquila, como si Adrián acabara de confirmar algo que llevaba tiempo esperando oír.
Luego se volvió hacia la pizarra y el momento pasó.
Adrián bajó la vista a su propio cuaderno. Debajo de «¿letra G?» había escrito una segunda línea sin darse cuenta. Estaba en su letra, pero no recordaba haberla escrito:
¿Ya me reconoces?
Se quedó mirando las palabras. Parpadeó. Pasó la página hacia atrás para comprobar si lo había escrito antes y se le había olvidado, pero la página anterior estaba vacía. Miró el boli que tenía en la mano. Miró la pizarra, donde la profesora Delgado estaba ahora explicando la transición de la escritura visigótica a la carolina. Miró la nuca del chico callado, dos filas más adelante, perfectamente quieta.
Estoy muy cansado, se dijo Adrián. Tengo sueño atrasado, estoy estresado y estoy viendo cosas en mi propia letra. Esto es un síntoma normal del fracaso académico y mi sano horario de sueño. No es para tanto.
Tachó la frase. Cerró el cuaderno. Lo abrió tres minutos después y la frase seguía ahí, tachada, en su letra. Al final no iba a ser broma lo de que la universidad te vuelve loco.
Sonó el timbre. La clase había terminado. Los alumnos empezaron a arrastrarse hacia la puerta, cerrando cremalleras de mochilas y mirando el móvil. Adrián recogió sus cosas despacio, esperando a que se vaciara el aula. Cuando levantó la vista, el chico callado ya no estaba. Su sitio estaba vacío. La libreta negra también había desaparecido.
Adrián se echó la mochila al hombro y salió al patio. El frío de Salamanca en enero le golpeó la cara como una bofetada húmeda, de esos que te hacen encoger el cuello y preguntarte por qué no te fuiste a estudiar a Sevilla cuando tuviste la oportunidad. Cruzó el patio en dirección a la biblioteca, esquivando a un grupo de Erasmus que fumaban en círculo y hablaban en un idioma que no consiguió identificar.
Tenía un trabajo pendiente para dentro de dos semanas sobre tradiciones manuscritas en la Universidad de Salamanca y todavía no había encontrado una fuente primaria decente. La bibliotecaria le había mencionado una sección especial — algo llamado la Sección de Reserva Antigua — que podría tener lo que necesitaba. Le había dicho que no aparecía en el catálogo digital. Le había dicho que tendría que firmar un impreso para acceder.
En su momento le había parecido raro.
Ahora le parecía más raro todavía, aunque no habría sabido explicar por qué.
La biblioteca estaba al otro lado del patio, detrás de una puerta de madera maciza que siempre se atascaba con el frío. Adrián empujó, entró y notó el cambio habitual de temperatura y de sonido — la forma en que la biblioteca se tragaba el ruido igual que los edificios viejos de Salamanca se tragaban la luz: por completo y sin esfuerzo.
Se acercó al mostrador. La bibliotecaria no estaba. En su lugar había un cartelito escrito a mano:
Sección de Reserva Antigua — Fondo de Sala. Preguntar en conserjería.Adrián frunció el ceño. Nunca había oído hablar de un «Fondo de Sala». Sacó el móvil para mirar la web de la biblioteca, pero la cobertura se cayó a cero en cuanto entró en la zona antigua del edificio, como pasaba siempre. La pantalla del móvil le devolvió su propia cara con expresión de cansancio. Genial.
Se quedó un momento ahí de pie, con el móvil en la mano, mirando el cartel.
Luego fue a buscar la conserjería. Si tenía suerte, resolvería lo de la fuente rápido y todavía podía echarse un par de horas antes del turno de noche.
Se dijo a sí mismo que era solo para el trabajo. Se dijo que encontraría una fuente, montaría la bibliografía y se iría. Se prometió muchas cosas aquel cuatrimestre, la mayoría equivocadas.
Pero eso vino después.








