Cómo el diablo intentó comprar un pueblo suizo
En lo alto de las montañas suizas había un pueblo tan pequeño que el sol podía echarle un vistazo entero en menos de un minuto.
Primero, el campanario.
Después, los tejados.
Luego, la única calle.
Y, una vez comprobado que durante la noche no había sucedido nada especialmente importante, seguía su camino hacia el valle de al lado.
En el pueblo vivían cuarenta y tres personas.
También había setenta y dos vacas y un cartero llamado Ludwig.
Por qué a Ludwig no lo contaban entre las personas era algo que nadie sabía explicar del todo. Tal vez porque solo aparecía los martes y el resto de la semana existía en algún lugar al otro lado de las montañas, de modo que se parecía menos a un vecino que a un acontecimiento periódico.
También estaba Gustav.
Gustav era una paloma.
A Gustav no lo contaba nadie.
Él consideraba aquello un fallo administrativo.
Una tarde, poco antes de la cena, el diablo subió hasta el pueblo.
No llegó envuelto en humo.
No tronó.
La tierra no se abrió.
El diablo se limitó a entrar por la única calle con un magnífico abrigo negro, unos zapatos perfectamente lustrados, un reloj de oro y la expresión de alguien a quien, hasta aquel momento, nadie había tenido que explicarle que ciertas cosas no estaban en venta.
Se detuvo junto a la fuente.
Gustav estaba bebiendo allí.
La paloma dio un salto hasta el borde de piedra y examinó al recién llegado con atención.
El diablo tenía aspecto de costar mucho dinero.
A Gustav le gustaban las personas caras.
Se les caían mejores migas.
El diablo dejó un maletín de cuero en el suelo.
—He venido a comprar vuestro pueblo.
No ocurrió nada.
El diablo esperó.
Una cortina se movió en una ventana.
Luego otra.
Sobre la panadería se abrió un postigo.
En algún punto de la plaza, una puerta chirrió.
Por fin salió Hans, el presidente del pueblo.
Hans era un hombre grande y cuadrado que estaba firmemente convencido de que muy pocas situaciones mejoraban por hacerlas deprisa.
Cruzó la plaza sin ninguna intención de demostrar lo contrario, se plantó delante del diablo y preguntó:
—¿Para qué?
El diablo sonrió.
Era una sonrisa profesional.
—Pienso mejorarlo.
Hans miró alrededor.
La iglesia.
La fuente.
Tres vacas que cruzaban la calle sin el menor sentido de la urgencia.
—¿Qué, exactamente?
—El pueblo.
Hans reflexionó.
—Ya es un pueblo.
—Me refiero a mejorarlo de verdad. Un hotel de lujo. Un casino. Nuevos remontes. Tiendas. Restaurantes. Visitantes de todo el mundo.
Hans escuchaba.
—Todos seréis ricos —añadió el diablo.
En su experiencia, aquella frase solía poner fin a las conversaciones.
Hans se rascó la barbilla.
—¿Y las vacas?
El diablo miró a las vacas.
—Habrá que quitarlas.
Una ventana junto a la fuente se abrió de golpe.
Marta asomó la cabeza.
Tenía ochenta y dos años, aunque consideraba que la edad era el tipo de información que una persona decente solo compartía con los médicos y los guardias de frontera.
—Pues entonces puedes marcharte tú.
El diablo levantó la vista.
—¿Perdone?
—Sin vacas no hay trato.
—¿Por qué?
Marta pareció sinceramente sorprendida.
—Un pueblo sin vacas da mala espina.
El diablo cerró los ojos un instante.
Después volvió a abrirlos.
—De acuerdo. Dejaremos unas cuantas.
—¿Cuántas?
—Las suficientes.
—¿Para qué?
—Para dar ambiente.
Josef, el pastor, apareció por una calleja lateral.
Era delgado, curtido por el tiempo y venía acompañado por una cabra que parecía tener un interés profesional en las negociaciones.
—¿Qué ambiente? —preguntó Josef.
—Alpino.
—¿Y qué harán esas vacas?
—Estar ahí. Dar una imagen pintoresca.
Josef se quedó mirándolo.
—Una vaca da leche.
—Sí.
—Si no da leche, no es decoración.
—¿No?
—Es un perro de ciudad muy grande.
Hubo una pausa.
Gustav voló desde la fuente hasta el maletín de cuero.
El diablo lo apartó con la mano.
Gustav aterrizó al lado.
Desde el punto de vista de Gustav, aquello significaba que ya los habían presentado.
El diablo abrió el maletín.
Dentro había un saco.
Dentro del saco había oro.
Oro de verdad.
Volcó las monedas sobre una mesa junto a la fuente.
El metal golpeó la madera con esa clase de sonido que, en otros tiempos, había terminado guerras, iniciado matrimonios y arruinado familias perfectamente respetables.
Entonces salió todo el mundo de sus casas.
El herrero cogió una moneda.
La mordió.
—Es de verdad.
—Por supuesto que es de verdad —dijo el diablo.
Marta cogió otra.
La sostuvo un momento en la palma.
—¿Y qué hacemos nosotros con esto?
El diablo la miró.
—Gastarlo.
—¿En qué?
—En lo que queráis.
Marta volvió a observar la moneda.
—Con esto no se hace queso.
El diablo había negociado con reyes.
Con banqueros.
Con hombres dispuestos a vender a su propia abuela siempre que el contrato estuviese redactado con suficiente claridad.
Pero nadie había introducido el queso en una negociación tan pronto.
Así que mejoró la oferta.
—Una casa junto al mar para cada familia.
Hans negó con la cabeza.
—Demasiado calor.
—Un coche para cada uno.
—¿Dónde los dejamos?
—Un criado en cada casa.
Marta frunció el ceño.
—¿Un extraño dando vueltas por mi cocina?
—Juventud eterna.
Eso sí cambió algo.
La plaza quedó en silencio.
Hasta la cabra de Josef dejó de masticar durante un segundo.
Un anciano dio un paso al frente.
Era Peter.
Peter tenía noventa y cuatro años y llevaba veinte anunciando cada mañana que aquel día sí, sin falta, iba a morirse.
Después del desayuno solía pensárselo mejor.
—¿Juventud eterna? —preguntó.
—Sí.
—¿La espalda?
—Como nueva.
—¿Las rodillas?
—Perfectas.
—¿El oído?
—Perfecto.
Peter asintió despacio.
Luego señaló a su mujer.
—¿Y ella?
La mujer de Peter estaba allí, con los brazos cruzados.
El diablo vaciló.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Le mejorará el carácter?
El diablo miró a la mujer de Peter.
La mujer de Peter miró al diablo.
El diablo era capaz de muchas cosas, pero no le gustaba mentir cuando la verdad parecía la opción más segura.
—No —dijo.
Peter suspiró.
—Entonces no merece la pena.
La mujer de Peter asintió.
Por primera vez en todo el día estaban completamente de acuerdo.
Las negociaciones duraron toda la noche.
El diablo ofreció dinero.
Propiedades.
Juventud.
Influencia.
Comodidades.
Cosas cuyos nombres nadie del pueblo había oído jamás, y unas cuantas que conocían perfectamente pero no querían.
Cada gran oferta encontraba una objeción pequeña y devastadora.
Ya cerca del amanecer, el diablo acabó descargando las dos manos sobre la mesa.
—¿Qué queréis, entonces?
Los vecinos se apartaron y formaron un corro.
Hablaron en voz baja.
Discutieron.
Josef señaló ladera abajo.
Marta señaló la escuela.
Hans escuchó.
Peter pareció proponer algo, pero los demás lo rechazaron en el acto.
Al final, Hans se volvió hacia el diablo.
—Un puente.
El diablo parpadeó.
—¿Qué?
—Un puente.
—¿Lleváis toda la noche negociando conmigo por un puente?
—El viejo se lo lleva el agua cada primavera.
El diablo se quedó mirándolo.
Marta levantó un dedo.
—Y el tejado de la escuela tiene goteras.
—Bien. Un puente y un tejado.
—Y la campana de Berta —añadió Josef.
El diablo se volvió.
—¿Quién es Berta?
Detrás de él había una vaca parda y blanca, masticando.
—Esa —dijo Marta.
Berta miró al diablo.
El diablo miró a Berta.
La vieja campana hizo un triste clonc.
—Suena mal —dijo Josef.
—Es un cencerro.
—Un cencerro malo.
El diablo tomó aire.
Luego lo soltó.
—Tendréis un puente nuevo, el tejado de la escuela arreglado y el mejor cencerro de toda Suiza.
Marta asintió.
—Bien.
—Y, a cambio, el pueblo será mío.
—No —dijo Hans.
El diablo se quedó inmóvil.
—¿No?
—Puedes vivir aquí un año.
El diablo se echó a reír.
Hans no.
—Un año —repitió—. Después vuelves a preguntarnos.
El diablo miró las casas.
Las vacas.
La gente.
A Gustav, que de algún modo había vuelto a subirse al maletín.
El diablo sonrió.
—Un año.
Estaba completamente seguro de que doce meses serían más que suficientes.
Para entonces le venderían el pueblo, las casas, las vacas y, probablemente, hasta los calcetines que llevaban puestos.
Lo instalaron en una casa vacía junto al cementerio.
Tenía las mejores vistas del pueblo y los vecinos más silenciosos.
A la mañana siguiente, Hans llamó a su puerta.
—Se ha caído la valla.
—¿Qué valla?
—La tuya.
El diablo salió.
A la segunda mañana llegó Josef.
—Se ha perdido la cabra.
—¿Y eso por qué es problema mío?
Josef se lo pensó.
—Estás aquí.
A la tercera mañana llamó Peter.
—Miércoles.
El diablo esperó.
Peter también.
—¿Qué pasa con el miércoles?
—El armario.
—¿Qué armario?
Peter lo miró sorprendido.
—El mío.
Resultó que todos los miércoles Peter movía el mismo armario enorme de una pared a otra.
Nadie sabía por qué.
Peter menos que nadie.
Al principio, el diablo hacía preguntas.
Al cabo de un mes dejó de hacerlas.
Aprendió a reparar vallas.
Descubrió que una cabra podía perderse estando casi exactamente detrás de ti.
Comprobó que las vacas tenían carácter, aunque lo negaba siempre que alguien se lo mencionaba.
Aprendió a ordeñar sin que le dieran una coz.
Aprendió a distinguir el queso que se hacía en el valle del queso que se hacía para los turistas.
Aceptó que la tienda cerraba a las seis, independientemente de lo que él opinase.
Comprendió que discutir con Marta antes del café no servía para nada.
Y todas las mañanas aparecía Gustav.
Al principio, el diablo lo espantaba.
Luego empezó a tirarle cosas.
Después comenzó a dejarle una corteza de pan en el alféizar.
Gustav interpretó aquello, con toda lógica, como el desarrollo de una amistad íntima.
Tres meses después, un visitante aparcó junto a la fuente.
El diablo salió a la calle de inmediato.
—Ahí no puede dejar el coche.
El hombre miró alrededor.
—¿Por qué?
—La gente tiene que pasar.
—Pero si sobra sitio.
—Antes de que llegara usted sobraba más.
El diablo apuntó la matrícula.
Hans lo vio desde el otro extremo de la plaza.
No dijo nada.
Seis meses después, el diablo estaba delante de la panadería protestando.
—Han vuelto a levantar nuestra calle.
Marta lo oyó.
No dijo nada.
Josef también lo oyó.
Tampoco dijo nada.
Solo Gustav sacó pecho.
Nuestra calle, pensó.
Eso.
Después llegó el invierno.
La nieve cubrió las montañas.
Después los tejados.
Después la carretera.
Y, al final, todo lo que aún quedaba del mundo exterior.
Durante varios días no llegó nadie y no se marchó nadie.
Por las tardes, todo el pueblo se reunía en la posada.
Los troncos ardían en la estufa.
Los guantes mojados se secaban junto a la puerta.
En las mesas había pan y queso.
Alguien llevaba vino caliente.
Alguien tocaba el acordeón bastante mal, pero con un entusiasmo considerable.
Los niños se metían debajo de las mesas y aseguraban que desde allí la música sonaba mejor.
Berta estaba en el cobertizo de detrás de la posada.
De vez en cuando, su viejo cencerro soltaba aquel clonc triste de siempre.
El diablo se sentaba un poco apartado.
Marta lo vio.
Por supuesto que lo vio.
Se sentó a su lado.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Tienes cara de haber perdido algo.
—No entiendo este lugar.
—Ya somos dos.
—Hace frío.
—Sí.
—La carretera está cerrada.
—Sí.
—La tienda cierra a las seis.
—Todavía.
—Casi no hay cobertura.
Marta asintió.
—Y aquí no hay nada que hacer.
—El miércoles está el armario.
El diablo la miró.
Marta bebió un poco de vino.
Su cara seguía completamente seria.
Al cabo de un rato, el diablo preguntó:
—¿Por qué sois felices?
Marta miró por la ventana.
Nevaba al otro lado del cristal.
Por allí, en alguna parte, estaban la iglesia.
Las casas.
La fuente.
La carretera.
Las vacas.
No se veía nada de aquello en ese momento.
Pero todo seguía allí.
—Porque mañana —dijo— casi todo esto seguirá aquí.
—¿Qué cosas?
—Las montañas.
Bebió otro sorbo.
—Las casas.
Guardó silencio un momento.
—La gente.
Luego lo miró.
—Y probablemente tú. Esa carretera no la despeja nadie esta noche.
El diablo se echó a reír.
No esperaba hacerlo.
En primavera hizo construir el puente.
No personalmente, claro.
Protestó por los permisos, discutió con el contratista y revisó dos veces cada factura.
Pero el puente quedó hecho.
Después mandó reparar el tejado de la escuela.
Y para Berta encargó un cencerro nuevo a un artesano del valle, al otro lado de dos puertos, que aseguraba ser capaz de oír una nota falsa antes incluso de que el metal terminase de enfriarse.
Josef probó doce antes de dar su aprobación.
El que eligió sonaba grave y limpio.
Costó una cantidad indecente de dinero.
El diablo pagó sin regatear.
Exactamente un año después de su llegada, los vecinos volvieron a reunirse en la plaza.
El diablo llevaba el mismo abrigo negro.
Pero ya no parecía impecablemente caro.
En una manga tenía una mancha clara.
Hans sostenía que era yeso.
Josef decía que era leche de cabra.
El diablo se negaba a hablar del asunto.
Hans se plantó junto a la fuente.
—¿Y bien?
El diablo lo miró.
—¿Y bien qué?
—¿Vas a comprar el pueblo?
El diablo no contestó enseguida.
Miró el tejado de la escuela.
La iglesia.
El puente nuevo, abajo.
Las casas.
La panadería.
La posada.
La calle de la que se había quejado durante todo el verano.
Entonces Berta se acercó por detrás y le cogió con los dientes el borde del abrigo.
El diablo liberó la tela con cuidado.
—Eso no.
Berta siguió masticando.
El diablo se alisó la manga.
Después cerró el maletín.
—No.
Hans asintió.
—¿Demasiado pequeño?
—Demasiado caro.
Hans frunció el ceño.
—Pero si no te hemos dado ningún precio.
El diablo lo miró.
—Exactamente.
Cogió el maletín.
Se volvió.
Y estuvo a punto de marcharse.
Peter se interpuso en su camino.
—¿Adónde vas?
—A casa.
Peter lo miró casi ofendido.
—Pero si esta es tu casa.
El diablo abrió la boca.
La cerró.
Peter señaló hacia la suya.
—Además, hoy es miércoles.
El diablo levantó los ojos hacia el cielo.
Puede que, por primera vez en toda su larguísima vida, esperase ayuda de las alturas.
No llegó ninguna.
Se quitó el abrigo y lo dejó sobre el borde de la fuente.
—¿A qué pared?
Peter sonrió.
Y así fue como el diablo se quedó.
Dicen que todavía vive allí.
Lleva las cuentas del pueblo.
Se queja del tiempo todas las mañanas.
Vigila a los turistas con bastante desconfianza.
Y prohíbe terminantemente dar chocolate a las vacas.
Al final sí llegó a comprar el pueblo.
Solo que no el de verdad.
Compró una pequeña copia de madera en la tienda de recuerdos.
Tenía casitas diminutas, una iglesia diminuta, una fuente diminuta y setenta y dos vacas de un tamaño absurdamente diminuto.
El tendero le dijo el precio.
El diablo pagó sin poner una sola objeción.
Más tarde, aquel mismo día, una de las antiguas monedas de oro de la primera noche salió rodando de debajo de un banco junto a la fuente.
La encontró Gustav.
Era redonda.
Brillante.
Y, hasta donde Gustav podía juzgar, estaba clarísimo que alguien la había dejado allí para él.
La cogió con el pico y salió volando.
Nadie se dio cuenta.
Y así empezaban bastantes historias en la Pequeña Suiza.

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