El hombre que nadie quería mirar
La lluvia había comenzado antes del amanecer.
Golpeaba los ventanales del castillo de Valdoria con tanta fuerza que parecía querer atravesar las gruesas paredes de piedra. Desde las torres, las banderas de la corona se agitaban violentamente bajo un cielo gris.
En el gran salón, sin embargo, todo estaba preparado para la celebración.
Cientos de velas iluminaban las largas mesas cubiertas de manteles blancos. Los nobles habían llegado desde todos los rincones del reino para asistir al banquete que celebraba el vigésimo cumpleaños de la princesa Elara.
La princesa estaba sentada junto al rey.
Llevaba un vestido azul oscuro bordado con pequeños hilos de plata y una delicada corona de piedras transparentes sobre sus cabellos. Sonreía cuando era necesario, inclinaba la cabeza cuando correspondía y respondía amablemente a los cumplidos.
Pero estaba aburrida.
—Si vuelves a sonreír de esa manera, hija —murmuró el rey Edric—, todos descubrirán que preferirías estar en las caballerizas.
Elara escondió una sonrisa.
—Padre, jamás haría algo tan evidente.
El rey soltó una pequeña risa.
-Al menos intenta parecer interesada en los jóvenes nobles que han venido a cortejarte.
—¿Tengo que hacerlo?
—Eres princesa.
—Eso no responde mi pregunta.
Antes de que el rey pudiera contestar, las enormes puertas del salón se abrieron.
El sonido de las conversaciones murió inmediatamente.
Un hombre entró.
Solo.
Vestía completamente de negro. Su capa estaba empapada por la lluvia y llevaba una espada al costado.
Elara observó cómo avanzaba por el salón.
Lo reconoció inmediatamente.
Adrien de Montclair.
El duque caído.
Habían pasado cinco años desde la última vez que había pisado el castillo.
Cinco años desde aquella noche en la que su padre había sido acusado de conspirar contra la corona.
Cinco años desde que la familia Montclair había perdido sus tierras, sus títulos y prácticamente todo cuanto poseía.
Adrien había sido acusado de ayudar a enemigos extranjeros.
Nunca hubo una prueba definitiva.
Pero para la nobleza aquello no importaba.
Habían elegido creer.
El joven duque caminó hasta el centro del salón.
Algunos nobles se apartaron discretamente.
Otros comenzaron a murmurar.
—¿Qué hace aquí?
—Pensé que estaba desterrado.
—Deberían haberlo ejecutado junto con su padre.
Elara sintió que algo dentro de ella se encendía.
No conocía personalmente a Adrien.
Pero recordaba haberlo visto años atrás.
Entonces era un joven alegre que participaba en los torneos del reino y que siempre llevaba una sonrisa en el rostro.
Ahora parecía otro hombre.
Tenía el rostro más delgado, una pequeña cicatriz sobre la ceja y una mirada tan fría que nadie se atrevía a sostenerla.
Adrien llegó frente al trono.
Se arrodilló.
—Majestad.
El rey lo observó en silencio.
—Duque Montclair.
Un murmullo recorrió el salón.
—Pensé que habías abandonado Valdoria para siempre.
Adrien levantó la mirada.
—Yo también lo pensé.
El rey frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué has regresado?
Adrien introdujo una mano dentro de su capa y sacó un pequeño rollo de pergamino.
—Porque he encontrado algo que puede demostrar la inocencia de mi padre.
El salón quedó completamente silencioso.
Elara se incorporó ligeramente en su asiento.
—¿Qué has dicho? —preguntó el rey.
Adrien se puso de pie.
—La noche en que mi padre fue acusado de traición, alguien falsificó las órdenes que supuestamente demostraban su alianza con el reino enemigo.
Sacó el pergamino.
—Y sé quién lo hizo.
Algunos nobles intercambiaron miradas nerviosas.
Elara observó sus rostros.
Uno de ellos parecía particularmente incómodo.
Lord Cassian.
Era uno de los hombres más poderosos de la corte.
Y también uno de los principales acusadores de la familia Montclair cinco años atrás.
Elara lo vio palidecer.
Solo por un instante.
Pero fue suficiente.
Adrien continuó:
—No he venido a pedir perdón.
El rey arqueó una ceja.
—¿Entonces qué quieres?
Adrien miró directamente al monarca.
—Quiero justicia.
Algunos nobles soltaron una risa burlona.
Elara no.
Por alguna razón, aquellas dos palabras se quedaron dentro de ella.
Justicia.
El rey tomó el pergamino.
Lo examinó durante unos segundos.
—Esto tendrá que ser investigado.
—Lo entiendo.
—Hasta entonces, no recuperarás tus tierras ni tu título.
Adrien inclinó la cabeza.
—No esperaba que fuera fácil.
El rey hizo un gesto para que los guardias se acercaran.
—Se te permitirá permanecer en Valdoria durante la investigación. Pero estarás bajo vigilancia.
—Como desee, Majestad.
Adrien se giró.
Y entonces sus ojos se encontraron con los de Elara.
Fue apenas un instante.
Pero la princesa sintió algo extraño.
No fue miedo.
Tampoco lástima.
Fue curiosidad.
Adrien la miró como si intentara recordar quién era.
Después bajó ligeramente la cabeza y siguió caminando.
Elara lo observó alejarse.
—¿Por qué lo miras tanto? —preguntó su padre en voz baja.
Ella apartó la mirada.
—No lo sé.
Pero sí lo sabía.
Había algo en aquel hombre.
Algo que no encajaba con las historias que había escuchado durante años.
Un traidor no habría regresado solo.
Un cobarde no habría entrado en aquel salón sabiendo que todos lo despreciaban.
Y un hombre culpable...
probablemente no habría pedido justicia.
Elara volvió a mirar hacia donde Adrien había desaparecido.
Sin saberlo, acababa de tomar una decisión que cambiaría su vida.
Descubriría la verdad.
Y si el duque de Montclair era inocente...
ella misma se encargaría de devolverle su honor.








