La Profanación de Valeria
EL LIENZO DE LA DISCORDIA
El olor a óleo, trementina y tinta de tatuar flotaba en el ambiente denso del taller. Valeria dio un par de pasos hacia atrás, con un trapo manchado de pintura en la mano, y contempló su obra maestra.
El cuadro, titulado «Metamorfosis del Ser», era una explosión de colores vivos sobre un lienzo de tres metros de ancho y dos de alto. Representaba un cuerpo andrógino desprendiéndose de unas cadenas de piedra, cuyas alas extendidas mezclaban los colores de la bandera del orgullo con texturas abstractas. Era un grito pictórico a la libertad de género y a la autonomía del cuerpo.
Valeria sonrió, satisfecha. Se pasó el antebrazo izquierdo por la frente para limpiarse el sudor, dejando al descubierto el intrincado tatuaje de una serpiente emplumada que trepaba por su piel, enroscándose desde la muñeca hasta el hombro. A sus veinticuatro años, Valeria consideraba su propia piel como una extensión de su arte. Cada línea negra y cada sombra en su cuerpo contaban una historia de liberación.
La serpiente nacía de un símbolo del Ojo de la Providencia, también conocido popularmente como el “Ojo que todo lo ve” (Un símbolo que muestra un ojo humano contenido dentro de un triángulo o pirámide. Originalmente, en la iconografía cristiana, representaba la vigilancia divina de Dios sobre la humanidad y la Santísima Trinidad y hoy es asociado, equívocamente, con el Ojo de Horus egipcio.
Sus cabellos rubios eran rebeldes, como ella. Estaba vestida con un jean azul, y una chaqueta muy corta sin mangas del mismo color. Su abdomen plano mostraba del lado izquierdo una frase en inglés: “Awaken! You are the god foretold by the prophecies. Everything is within you.” Llevaba piercings en su ombligo, nariz, aretes y otras piedras que la adornaban. Ella era arte.
Esa tarde iba a vender su obra a un comprador misterioso que se obsesionó con su arte. Desde un pequeño reproductor se podían escuchar canciones clásicas del rock ochentero. Sonaba una versión de “True Colors”.
El sonido metálico de unos nudillos golpeando la puerta del almacén interrumpió sus pensamientos. Valeria se acomodó la camiseta sin mangas y caminó hacia la entrada. Al abrir, se topó con una figura que parecía sacada de una revista de negocios o de un púlpito eclesiástico. Héctor vestía un traje gris de corte impecable, una camisa blanca perfectamente almidonada y zapatos de cuero que brillaban bajo la luz del pasillo. En su mano derecha sostenía un maletín de cuero oscuro.
—¿Valeria? —preguntó el hombre con una voz suave, modulada, casi arrulladora.
—Sí. Usted debe ser el señor Héctor. El coleccionista de Instagram —respondió ella, haciéndose a un lado—. Pase. Disculpe el desorden, pero un taller de artista nunca está limpio.
Héctor entró con paso firme, pero sus ojos se entrecerraron casi imperceptiblemente al pisar el lugar. Sus pupilas recorrieron las paredes llenas de bocetos de tatuajes, diseños de calaveras, cuerpos desnudos y símbolos de diversidad. Una sombra de profundo asco cruzó su rostro por una fracción de segundo, pero recuperó la compostura de inmediato, dibujando una sonrisa educada.
—No se preocupe. El arte es caótico por naturaleza —dijo Héctor, avanzando hacia el centro de la habitación—. Aunque algunos dirían que hay una delgada línea entre el caos y la profanación.
Valeria levantó una ceja, divertida por el comentario capcioso. Realmente era hermosa y sutilmente tierna.
—Bueno, para mí la única profanación es el silencio y la censura. Pero supongo que vino a ver esto.
Señaló con orgullo el enorme lienzo central. Héctor se paró frente a la pintura. Permaneció en silencio durante casi un minuto completo, con las manos entrelazadas a la espalda. Su mirada escudriñaba; cada pincelada, cada color, cada trazo que celebraba la diversidad de género. Valeria lo observaba de reojo, intentando descifrar a su comprador. El hombre no parecía conmovido; parecía estar juzgando una escena del crimen. Por un momento sintió un extraño escalofrío.
—Es... provocador —pronunció Héctor finalmente, sin desviar la vista—. Una oda a la rebelión contra el diseño original.
—Es una oda a la identidad, señor Héctor —corrigió Valeria con firmeza, cruzándose de brazos—. A la libertad de ser quien uno decida ser, sin que un molde social o religioso te diga cómo debes encajar. Por eso me contactó, ¿no? Dijo que buscaba algo impactante para su colección privada.
Héctor se giró lentamente hacia ella. Su mirada ya no era la del cliente amable del chat. Era fría, penetrante y desprovista de cualquier rastro de humanidad. Sus ojos bajaron por los brazos desnudos de Valeria, deteniéndose en la serpiente tatuada y en las frases de liberación grabadas en su piel.
—¿Usted se cree una elegida de las que anuncian la profecía? ¿Cree en aquello de los manuscritos apócrifos que dicen que Dios está en un árbol, bajo una piedra y dentro de nosotros? ¿Cree que usted es Dios?
—Respeto las creencias de cada persona, pero particularmente, no soy creyente de eso que no han enseñado. es cultura y tradición. En mi pintura plasmé la liberación de ser: sexual, económica y teológica para despertar de una matrix donde nos tienen sumidos. Creo que un día despertaremos y sabremos que no existe nada de lo que nos enseñaron. Será un gran efecto Mandela.
—Es una lástima —susurró Héctor, dando un paso hacia ella—. Un lienzo tan limpio, tan perfecto en su concepción original... destruido por la vanidad y la soberbia de querer corregir la mano del Creador.
—¿A qué se refiere?
—No a tu pintura precisamente.
Héctor la miró de arriba abajo, haciendo hincapié de en sus tatuajes. Valeria frunció el ceño, intuyendo la dirección que estaba tomando la conversación. El tono del hombre había cambiado por completo. Ya no se sentía como una negociación de arte; se sentía como una amenaza.
—Mire, señor Héctor, si no le gusta el cuadro o si tiene problemas con la temática, la puerta está abierta —dijo ella, señalando la salida con el dedo, sosteniéndole la mirada sin pestañear—. No tengo tiempo para sermones moralistas. Mi arte y mi cuerpo son míos.
Héctor soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que erizó los vellos de la nuca de la artista.
—Tu cuerpo no te pertenece, muchacha insensata. Es el templo de una verdad que has decidido escupir.
Con una parsimonia espeluznante, Héctor soltó el maletín de cuero. El impacto sordo contra el suelo resonó en las paredes del taller. Antes de que Valeria pudiera reaccionar, el hombre metió la mano bajo su elegante saco gris y extrajo un revólver pesado, apuntando directamente al pecho de la joven.
—Y hoy, ese templo va a ser purificado.
EL TEMPLO PROFANADO
Valeria no retrocedió. A pesar del cañón oscuro que la apuntaba, enderezó la espalda. Su silueta, una mezcla perfecta de curvas atléticas y piel profusamente decorada, se recortó contra la luz del taller. Tenía una belleza salvaje, magnética; unos ojos felinos que desprendían un fuego felino y unos labios carnosos que, incluso en momentos de peligro, retenían un aire de sutil insolencia.
Era el tipo de mujer que captaba las miradas y encendía pasiones en cualquier habitación en la que entrara, sin importar el género de quien la mirara. Al fondo se escuchaba vagamente el tema “Toy Soldiers” de Martika.
Héctor la observó a la hermosa mujer, y por un instante, el cañón del revólver tembló. El fanático religioso sintió el aguijonazo de una atracción que consideraba maldita. Su pulso se aceleró, no por el crimen, sino por el deseo reprimido que aquella mujer le provocaba.
—¿Un arma, Héctor? —Valeria soltó una sonrisa ladeada, cargada de una sensualidad desafiante. Se humedeció los labios con lentitud, clavando sus ojos en los de él—. Qué poco original. Pensé que los hombres como tú tenían métodos más creativos para lidiar con las mujeres que no pueden controlar.
—¡Cállate, vasija de perdición! —rugió Héctor, intentando ahogar sus propios pensamientos pecaminosos—. No me mires así. Tu belleza es una trampa del maligno. Un disfraz para ocultar la iniquidad de tu alma.
—¿Mi belleza te asusta? —¿O te excita? —provocó ella, dando un paso al frente de manera felina, exponiendo su cuello largo y el nacimiento de su pecho, donde un tatuaje de ramas espinosas acentuaba su clavícula—. Mírame bien. Dios, o la naturaleza, me dio este cuerpo. Y yo decidí decorarlo a mi antojo. ¿Qué hay de malo en desear lo que es hermoso?
—¡Es abominación! —Héctor retrocedió un paso, golpeando la puerta trasera con la espalda. Con la mano libre, sacó una pequeña Biblia de su bolsillo—. Está escrito en Levítico 19:28: «No haréis sajaduras en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros señal alguna. Yo Jehová». Has marcado el templo. Has convertido lo sagrado en un burdel de colores y mensajes perversos.
—La Biblia... —Valeria soltó una carcajada ronca, deliciosa y despectiva—. Un libro de pastores del desierto para controlar los cuerpos de las mujeres y de los libres. Mis tatuajes son mi historia, Héctor. Cada uno representa un amante, una batalla ganada, una noche de placer absoluto. Mi piel es libre. ¿Y la tuya? Escondida tras ese traje gris, muriendo de miedo de sentir un deseo real.
—Ese tatuaje del dragón es anti bíblico…-intentó comentar Héctor.
—No lo es. La biblia menciona dragones en Apocalipsis y otros animales fantásticos. Hoy se sabe que los famosos gigantes eran los dinosaurios, solo que los antiguos, no les dieron los mismos nombres modernos.
—¿Y ese maldito tatuaje pagano del ojo de Horus que tienes en la mano, qué?
Valeria lo miró triunfal.
—No eres tan sabio. Como la mayoría de los fanáticos, solo recitas versículos aprendidos y mal interpretados de una cultura antigua que no es la nuestra. Lo que tengo en la mano no es el Ojo de Horus, sino el Ojo de la Providencia, también conocido como el “Ojo que todo lo ve”. Es un símbolo originalmente de la iconografía cristiana, representaba la vigilancia divina de Dios sobre la humanidad y la Trinidad y hoy es asociado, equívocamente, con el Ojo de Horus egipcio. Pero en el dólar que todos aman y quieren poseer si existe un símbolo pagano masónico, que ustedes desprecian como símbolo, pero no como papel. Porque el papel vale, muchas veces, vender lo que creemos.
—¿Acaso tu no amas los dólares?
—Pero yo no soy fanática religiosa, para mí solo es papel con valor económico, no la ideología que representa el símbolo. La dualidad está en ustedes y en “el dios que confían”.
Héctor sintió que la locura lo desbordaba. Ella no se estaba rompiendo como Jan; ella le estaba arrancando la máscara a mordiscos. Con un movimiento brusco, caminó hacia la mesa de trabajo de Valeria y tomó un bisturí quirúrgico que ella usaba para cortar plantillas de tatuajes.
—Si tanta soberbia tienes en tu piel, tú misma vas a empezar a borrarla —siseó Héctor, con la mirada desorbitada—. Vas a raspar esa serpiente de tu brazo. Ahora. O te vuelo la cabeza frente a tu asqueroso cuadro.
Valeria sabía que todo estaba perdido. Ese hombre estaba enfermo.
¿Podrá Valeria escapar de la mente enferma de Héctor? Te invito a seguir leyendo. la conclusión de esta segunda historia del universo leviticus.








