1; Entrega Equivocada
Tenía veinticinco años y una lista de búsquedas en Google que me daba vergüenza admitir;
"¿Cómo saber si estás destinada a quedarte sola?" iba en el tercer puesto. Después estaba "ritual para atraer pareja que funcione de verdad", y por último "manifestar amor verdadero casero efectivo", que fue la que terminó ganando.
Pero para explicar cómo llegué ahí tengo que empezar por el cumpleaños de Yaz.
Yazmin es mi mejor amiga desde primer semestre, y esa noche cumplía veinticuatro en un bar con luces envolventes y una pista amplia en el fondo donde algunas parejas ya estaban bailando canciones lentas. Éramos siete. Yaz llegó con Lucas, su novio desde hace tres años. Alexis llegó con su novia nueva, que se reía de todo lo que Él decía, incluso de lo que no era chiste. Javier y Sol, que llevaban dos años juntos y ya hablaban en plural, "nos mudamos", "nos compramos un auto", "nos vamos a Italia en diciembre". Seis personas, tres parejas.
Y yo.
Yo estaba en la punta de la mesa, solo dando una risa vacía ante las anécdotas de pareja de los demás. Mi actividad más interesante era cuidando los abrigos de todos mientras bailaban, porque alguien tenía que hacerlo y tenía cara de que no tenía nada mejor que hacer, después de todo ¿A quien le gusta bailar sola?
Cuando llegó el pastel, Yaz gritó "¡foto, foto, todos juntos!", y todos se apretaron alrededor de la cumpleañera, pero antes de eso alguien me puso un celular en la mano. Uno, luego dos y al final tres celulares con la cámara lista. Saqué fotos hasta que me dolieron los brazos de estar estirandome para buscar el mejor angulo.
"Sonrían"
"Otra más"
"Otra, cerré los ojos"
"Una más por si acaso"
"Otro día nos tomamos una dónde también salgas"
Al otro día, Yaz subió las fotos etiquetandonos a todos. Revise todas las fotos, dos veces. Salía en una sola, y de casualidad: un reflejo mío, borroso, en el vidrio de la ventana, con el celular en alto. Una sombra con brazos.
No me puse a llorar, que quede claro. No soy una persona muy emocional. Voy en el penúltimo año de Comunicación, tengo la tesis casi lista, prácticas en una productora donde me quieren, un promedio decente y una planta que lleva ocho meses viva, lo que para mí cuenta como logro mayor. No me asusta pasar un sábado sola. Me encanta en realidad, el sábado sola levantándome tarde y comiendo a la hora que quiera.
Lo que me asusta es otra cosa. Es la versión larga de ese sábado. Es tener cuarenta y ser la que solo escucha sobre las relaciones de los demás. Es tener sesenta y que el único que me llame sea el técnico del internet. Es que la vida se me esté yendo, así, sin ruido, mientras yo saco las fotos de la vida de los demás.
Y lo peor, lo que me daba más frustración todavía: ni siquiera había alguien. Con un interés amoroso al menos puedes culpar a alguien. Puedes decir "es que Tomás no me mira" o "es que Sebas me dejó en visto". Yo no tenía ni eso. No era que quisiera a una persona en particular. Quería que cualquiera se fijara en mí. Cualquiera que me haga quererlo, el que fuera, con tal de no ser la sombra de la ventana.
Así que esta noche, a las tres de la madrugada, con las pupilas resecas de tanto mirar el celular, hice lo que hace una persona sensata cuando se queda sin opciones: busqué un video de YouTube con mala iluminación y 400 comentarios que decían "a mí me funcionó, a la semana me llamó mi ex" y "gracias hermana bella".
Necesitaba un frasco de miel, lo tenía. Canela en polvo, tenía.
Una vela rosada, no tenía. Al menos no de la que mostraban en el vídeo pero sí una de cumpleaños abandonada en una repisa que había sobrado de la torta de mi sobrina.
Busque papel y un lápiz y ya tenía todo listo.
Apunto de escribir en el papel, frene ante la pregunta que me hice a mi misma; ¿Que escribo?
En el vídeo decía que podía pedir que mi ex me extrañe, que el vecino que me gusta me haga caso, o que ese amigo que me trata como su hermana me vea de otra forma. Pero yo no tenía nada de eso, ni siquiera un ex, a menos que algún novio que haya tenido en el kinder cuente.
Volví a fijarme en el papel blanco al que le dibuje un corazón mientras disociaba con que escribir. Me reí sin alguna razón. Mi cabeza se me nubló de cansancio, de ganas de llorar..
O tal vez de los dos vasos de vino que me había tomado para animarme.
Termine solo remarcando el corazón que ya había dibujado, después de todo esto no va a funcionar, solo es una forma de entretenerme y romantizar un poco mi soledad talvez. Cuando me di cuenta, doblé el papel en cuatro, antes de arrepentirme.
Mi abuela decía que el amor no se pide, se cocina. Claro que ella se refería a que un hombre se conquista con la comida y que debería aprender a cocinar.
Pero ahí estaba yo, descalza en la cocina, haciendo un círculo con miel y canela alrededor de la vela encendida sobre la mesa y la sensación de estar haciendo el ridículo ante nadie. Acerque el papel que había hecho hacia la llama y cerré los ojos una vez encendio. El video decía que había que pedirlo con todas las ganas, y puse todas, hasta las que no sabía que tenía, aunque ni siquiera se que había pedido.
-Por favor -dije en voz baja, y me sentí tonta-. Lo que sea. Solo.. alguien...
Apagué la vela de un soplido.
La cocina se quedó a oscuras un segundo y antes de que pueda pensar en limpiar el desastre que hice en la mesa. La luz volvió. Pero no la luz de la vela.
Era otra, más tibia que solo duró un instante antes de poder pensar que fue esa luz fogas. Abrí los ojos y lo primero que vi fueron unas alas. Enormes, blancas, que contrastaban con la luz de luna que entraba por la ventana. Lo segundo, que el cuchillo de cocina estaba en mi mano. No recuerdo haberlo agarrado. Supongo que el cuerpo sabe cosas.
-Baja eso, por favor -dijo una voz calmada-. No me puedes herir, si lo intentas seguro te terminas lastimando sola.
Estaba sentado sobre mi mesa, con una pierna cruzada sobre la otra, con el dedo metido en mi frasco de miel que había sacado minutos antes para mí ritual.
Era un chico, de mi edad o poco más. Tenía el cabello largo, negro, le llegaba hasta la mitad de la espalda o al menos eso podía admirar con la poca luz que había. Los ojos eran tan claros que me dio rabia, porque nadie debería tener ojos así de claros, que hasta en las penumbras eran hipnotizantes. Llevaba una camisa blanca arrugada, abierta en el cuello, y unos pantalones que parecían haber sido elegidos por alguien con muy buen gusto y ningún apuro.
Era, lo digo con todo el dolor de mi orgullo, la persona más linda que he visto en mi vida.
Y curiosamente me resultaba conocido.
No sé cómo explicarlo. No lo había visto en la facultad, ni en el metro, ni en el supermercado. Era algo más raro: esa sensación de tener una palabra en la punta de la lengua, de esas que sabes que existen, que sabes que dominas, y que no salen por más que las busques. Esa cara la conocía. Había estado en algún momento de mi vida.
-Estás mirándome mucho -dijo, y se chupó el dedo con miel-. Entiendo que puede dejarte anonadada ver un ser con alas. O tal vez te dejo así mi belleza -sonrio con algo que percibí como orgulloso o egocentrismo- pero, es incómodo, así que te agradecería que dejes de verme así o al menos hables.
-Tú -logré decir-. ¿Que haces en mi casa?
- Tú me llamaste.
-Eso es... Esto... -me tembló la voz- ¡Es imposible!
-Entonces... ¿Pusiste todo esto para atraer moscas?-Hizo una pausa observando el mejunje de miel y canela que hice, como evaluando algo mientras probaba otro poco de miel del frasco-. ¿Ves? Este es el problema con las llamadas de madrugada. Nadie recibe con calma.
Retrocedí hasta chocar con la fría pared, tratando de recordar si bebí más del vino que creí como para ver un ser angelical en mi cocina.
-¿Qué eres? -de las tantas preguntas que tenía en mi cabeza fue la única que logré formular-
-Valentin. -Y como eso no respondía nada, suspiró y se puso de pie, parecía ya haber hecho esto cientos de veces y ha perdido la paciencia con su propio discurso-. Digamos que, trabajo para Cupido.
Esperé a que se riera. No se rio.
-¿El de las flechas? -pregunté incrédula y con algo de gracia a pesar de la situación.
-El de las flechas. Y no, no es un bebé gordito en pañales. Eso fue idea de los romanos, y el Renacimiento lo empeoró. Llevamos siglos intentando limpiar esa imagen. -Se acomodó el cuello de la camisa, que no necesitaba acomodo-. Tampoco ando por ahí con los ojos vendados disparando al azar, aunque entiendo por qué lo creen. A ustedes les conviene que el amor sea ciego, así tienen a quién echarle la culpa. Y las flechas, por favor, son una metáfora. ¿Te imaginas las demandas?
Para simplificar, podría decir que soy lo que llaman un ángel. Departamento de... -buscó la palabra- enamoramientos. Soy el encargado de que el asunto funcione. Con labia. Con química. Con las ganas, ya sabes. Yo soy el que hace que te quedes embobado cuando pasa alguien.
-Estoy dormida -dije-. Me tomé dos vinos y estoy dormida.
-Fueron dos vasos grandes. -Alzó una ceja-. Y no, no estás dormida. Está bien, pellízcate, hazlo, yo espero.
Me pellizqué. Dolió.
Dejé el cuchillo sobre la mesa, despacio. Valentin lo miró, como agradeciendo el gesto. Las alas se plegaron detrás de él con un movimiento suave, provocando una pequeña brisa para luego desaparecer. Quedó solo el chico del pelo largo en mi cocina, que parecía un modelo que venía de una sesión de fotos renacentista.
Eso lo hizo más difícil, con las alas era un ángel. Sin ellas era un tipo guapísimo en mi cocina.
-Mira -dije, porque tenía razón en que estar sin hablar era incómodo-, creo que hubo un error. Yo no pedí un ángel. Yo hice un intento de manifestación, endulzamiento o algo así, no sé de esto. Cómo sea, Un hechizo barato, de video. Había... ni siquiera había una persona en mente. Solo queme un papel vacio. Ni siquiera había una persona en mente, no sé por qué te molestaste en venir.
-Ah, eso. -Sonrió. Era una sonrisa de las que no deberían estar permitidas por ley-. Qué tierno, la fe en los endulzamientos de internet. Esto tiene menos que ver con la miel y más con lo que de verdad pediste.
-Pedí que alguien se fijara en mí... Creo.
- ¿Eso escribiste?
-Eso... -Me detuve-. No, pero es lo mismo.
-No necesariamente. -Se encogió de hombros-. Lo que escribes es lo que te sale decir. Lo que pides es lo que sale de verdad, cuando cierras los ojos y dejas de pensar. Y créeme, Bellsabeth, lo que pediste no tiene nada que ver con lo que escribiste.
Me quedé fría.
-¿Cómo sabes mi nombre?
-Es parte del trabajo.
-¿Y qué pedí?
-Confidencial.
-¡Es mi pedido!
-Y es mi contrato. -Respondio ya sin mirarme mientras observaba mi colección de tazas.. eso me avergonzo un poco-.
-Tranquila, lo vas a saber a su tiempo. La cosa funciona mejor si no lo sabes de antemano, créeme, es un tema técnico. Lo importante es que tu pedido fue aceptado, y yo tengo que ayudarte a cumplirlo. Eso es todo.-
Para ser un ángel, se me hacía muy irritante. Y yo tengo tolerancia con la gente irritante luego de trabajar tantos años en atención al cliente. Pero este ser lograba romper mi equilibrio.
-No tengo idea de qué me hablas -dije-. Y tampoco creo que lo necesite. Así que, si no te molesta, puedes devolverte al departamento del que te escapaste, y yo me voy a dormir, y mañana desayuno café y sabré que esto fue un sueño raro.
-Ojalá fuera tan simple. -Se acercó al frasco de miel nuevamente y lo levantó a contraluz. Lo giró un poco, con el ceño fruncido-. ¿Miel y canela? En serio.
-¿Qué tiene de malo?
-Nada, es encantador. Pero ayúdame a entender la evolución. Hace unos siglos, cuando alguien quería mi atención, había altares. Había animales. Había guerreros que me hacían ofrendas antes de la batalla, porque entendían que el amor y el coraje van de la mano. Había ceremonia, había humo, había gente que se tomaba el asunto en serio. -Dejó el frasco sobre la mesa-. Y ahora me llaman con un frasquito de supermercado y un video de YouTube con mala iluminación. Todavía no decido si sentirme honrado o abaratado.
-Estsba en oferta..-murmuré, sin saber por qué me estaba defendiendo.
-Y está riquísima, no te voy a mentir. Lo que pasa es que los sacrificios han bajado de nivel. Antes eran animales en un altar. Ahora es un círculo pegajoso. -Señaló mi mesa enchastrada con la vela derretida-. Y aun así funcionó. Eso es lo más ofensivo.
-¿Qué quiere decir que funcionó?
-Que tu pedido quedó registrado, y desde que lo registramos soy yo el responsable. -Por primera vez dejó de sonreír-. Y aquí viene la parte que no me agrada. No me puedo ir hasta que se cumpla. Son las reglas. Hasta que lo que pediste se haga realidad, me quedo contigo, en tu casa, con tu miel.
-¿Y si tarda?
-Entonces me tendrás de compañero de piso. -Se encogió de hombros-. Te advierto que no pago alquiler.
Lo dijo ligero, pero me di cuenta de que no estaba bromeando del todo. Me miró con esos ojos de agua clara, y yo sentí lo mismo de antes, pero peor. La palabra en la punta de la lengua. Casi. Casi.
-No voy a mentirte -dijo, más suave-, pero tampoco voy a decirte todo. Si te prometo algo, lo cumplo. Si no puedo contestarte una pregunta, te lo digo. Eso sí te lo puedo ofrecer.
-¿Y eso es todo?
-Con el trabajo que debo hacer, eso es muchísimo.
No respondi y me fui hasta el fregadero, abrí la llave y me mojé la cara. El agua estaba helada. Cuando levanté la vista, lo vi reflejado en el vidrio de la ventana, justo al lado de mí. Dos siluetas. Por primera vez en meses, había alguien más en el reflejo. Tal vez unas horas antes era algo que quería, pero ahora ese hecho me asustaba más. Significaba que todo esto era real por muy increíble que me pareciera.
No supe qué decir. Por eso dije lo único que se me ocurrió:
-¿Dónde vas a dormir?
-¿Cree que los ángeles dormimos?
-¿Y qué haces toda la noche?
-Miro cómo duermes.
Lo dijo tan serio que se me heló la espalda. Después vi el borde de la sonrisa, y suspiré.
-Es broma -aclaró-. Más o menos.
-Eso es muy perturbador.
-Es muy poco profesional, lo admito. -Se pasó la mano por el pelo largo, y las hebras parecían deslizarse en cámara lenta-. Mañana empezamos. Hoy descansa. Y vete preparando, porque necesitarás explicarme toda tu vida social: Amigos, compañeros, ese profesor que te mira raro, el vecino que te saluda en el ascensor. Todos.
-¿Para qué?
-Para ayudarte a cumplir ese anhelo que tenías cuando me llamaste -Me guiñó un ojo-. ¿No era eso lo que querías?
Se me cerró la garganta. Porque aunque no sabía lo que pedí, sentí que entendí a lo que se refería. Y ahora, que alguien apareció de la nada, en mi cocina, a las tres y cuarto de la madrugada, entendí que el no creer en nada imposible toda mi vida estuvo mal.
Salí de la cocina y me encamine a mi habitación, mientras ví de reojo como Él inspeccionaba el resto de mi casa.
Me metí a la cama sin más. Me quedé mirando el techo aún pensando que esto era algún sueño muy lucido.
No sé por qué, repasé en mi mente esa cara, esa cara, esa cara. Una y otra vez. El pelo largo. Algo me decía que no era la primera vez que lo veía.
Y que él lo sabía.



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