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Reescribamos el amor

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Summary

Thiago creía que su historia de amor ya estaba escrita. A los diecinueve años, Maika era su mejor amigo, su primer amor y la persona con la que imaginaba todo lo que venía después. Entonces, en un solo día, el futuro desaparece. Mientras Thiago intenta aprender a vivir con una ausencia que todavía no sabe cómo nombrar, nuevas verdades empiezan a cambiar todo lo que creía seguro: su familia, su duelo, sus planes y hasta la forma en que entiende el amor. Porque hay pérdidas que no terminan cuando alguien se va. Y hay historias que empiezan justo cuando creemos que ya no queda nada por escribir. Reescribamos el amor es una historia omegaverse MM sobre duelo, familia, segundas oportunidades y el derecho a amar sin borrar lo que vino antes.

Genre
Romance
Author
Anto Star
Status
10h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

PROLOGO

Todo el tiempo del mundo

Maika tenía veinte años y la certeza absurda de que todavía le quedaba tiempo para todo.

Tiempo para terminar la universidad. Para decidir si realmente quería independizarse o si simplemente le gustaba amenazar a su madre con hacerlo cada vez que ella le pedía que recogiera su habitación. Tiempo para conocer ciudades que solo había visto en fotografías, comprarse el auto que llevaba meses mirando en internet y descubrir si algún día dejaría de odiar las aceitunas.

Sobre todo, tenía tiempo para Thiago.

Tanto que nunca se había preguntado qué haría si un día dejara de tenerlo.

—¿Vas a quedarte parado frente a la nevera hasta que aparezca comida nueva por generación espontánea?

Maika bajó la mirada hacia el recipiente que llevaba casi un minuto observando sin verlo realmente.

Darline estaba sentada en la barra de la cocina con una taza entre las manos. El cabello rubio le caía sobre uno de los hombros y todavía llevaba la ropa cómoda con la que había pasado la mañana en casa. Toby dormía cerca de sus pies, completamente indiferente a la conversación.

—Estoy tomando una decisión —respondió Maika.

—Estás mirando pasta de ayer.

—Precisamente. Una decisión importante.

Darline suspiró.

—Cómetela o cierra la puerta.

Maika tomó el recipiente.

—Qué impaciente.

—El refrigerador está pagando las consecuencias de tu proceso intelectual.

Él cerró la puerta con la cadera.

—Papá no se quejaría.

—Tu padre no está pagando la electricidad de esta casa ahora mismo.

Maika levantó una ceja.

—Técnicamente sí.

Darline lo miró.—No arruines mi argumento con detalles.

Él sonrió, aquello era fácil, con su madre casi todo lo era.

Su madre podía interrogarlo durante quince minutos por dejar un vaso en la sala y cinco minutos después estar enviándole un video absurdo porque le recordaba a él. Se enfadaban rápido y se reconciliaban todavía más rápido. Maika había crecido sabiendo que podía llegar a casa con una mala nota, el corazón roto o una idea estúpida y, aunque probablemente recibiría una opinión que no había pedido, tendría un lugar donde sentarse.

Darline observó cómo sacaba un tenedor.

—¿A qué hora vas a casa de Thiago?

Maika dejó de moverse.

Solo un segundo.

Ella sonrió.

—Interesante.

—¿Qué?

—Nada.

—Mamá.

Darline bebió café.

—No dije nada.

—Tu cara sí.

—Ahora entiendo cómo se siente tu padre cuando le dicen eso.

Maika soltó una risa y empezó a comer apoyado contra la encimera.

—Voy después de almorzar.

—¿A estudiar?

—Sí.

Darline levantó las cejas.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa cara.

—Solo me parece admirable lo mucho que ha mejorado tu compromiso académico desde que tienes novio.

—Siempre he sido responsable.

Darline se rio, Maika la señaló con el tenedor.

—Eso fue ofensivo.

—Fue maternidad.

—No es lo mismo.

—Casi.

Maika siguió comiendo.

Darline lo observó durante unos segundos.

—¿Estás feliz?

La pregunta llegó sin broma.

Él levantó la vista.

—¿Con Thiago?

—Con todo.

Maika pensó.

La universidad podía ser un fastidio. Extrañaba a su padre. Había días en los que sentía que su vida se movía más rápido de lo que alcanzaba a organizarla.

Pero entonces pensó en Thiago enviándole fotografías de un proyecto a las dos de la mañana. En su cabello negro con puntas rojas sobre una almohada. En el lunar debajo de su labio. En esa manera que tenía de fingir molestia cuando quería que Maika insistiera cinco minutos más.

—Sí —respondió—. Creo que sí.

Darline sonrió.

—Se nota.

—¿Qué se nota?

—Estás insoportable.

Maika soltó una carcajada.

—Eso no tiene sentido.

—Antes eras insoportable de manera general. Ahora eres insoportable y sonríes mirando el teléfono.

Él abrió la boca.

El teléfono vibró precisamente en ese momento.

Darline miró la pantalla.

Thiago.

Después miró a su hijo.

Maika tomó el aparato antes de que ella pudiera decir nada.

—Ni una palabra.

—Yo no dije nada.

El mensaje era una fotografía.

Thiago había enviado una imagen de varios cuadernos abiertos sobre una mesa.

Thiago: si llegas tarde no te dejo entrar.

Maika sonrió.

Darline hizo un sonido de satisfacción.

—Mamá.

—No dije nada.

Maika escribió:

Maika: cinco minutos no cuentan como tarde.

La respuesta llegó enseguida.

Thiago: en tu cabeza.

Maika: y es la única opinión importante.

Thiago: te odio.

Maika escribió:

Maika: mentira.

No recibió respuesta inmediata.

No hacía falta.

Conocía la cara que Thiago estaría poniendo.

Guardó el teléfono.

Darline seguía observándolo.

—No.

—¿Qué?

—No hagas análisis.

—Solo iba a decir que me alegra verte así.

La sonrisa de Maika se suavizó.

—A mí también.

Darline tomó otra vez su taza.

—Tu padre va a hacerle un interrogatorio cuando vuelva.

Maika soltó un gemido.

—Lo sé.

—Prepáralo.

—Estoy intentando.

—¿Thiago está nervioso?

—Muchísimo.

—Pobre.

Maika señaló a su madre.

—Tú tampoco ayudas.

—Yo soy encantadora.

—Tú quieres saber hasta qué talla de zapatos usa.

—Eso es información básica.

El teléfono empezó a vibrar otra vez.

Esta vez no era Thiago.

Maika vio el nombre.

Papá.

Darline lo vio también.

—Contesta.

Maika deslizó el dedo.

La imagen apareció con unos segundos de retraso.

Gabriel estaba en algún lugar mal iluminado, vestido todavía con ropa de servicio y con una expresión de cansancio que ni la mala conexión podía esconder.

—Pareces muerto —dijo Maika.

Gabriel levantó una ceja.

—Qué agradable hablar contigo.

—Estoy siendo sincero.

—Dijo la persona que lleva tres días ignorando mi pregunta sobre las calificaciones.

—No estoy ignorándola. Estoy esperando un momento emocionalmente apropiado.

Darline empezó a reír.

Gabriel giró la mirada hacia ella cuando apareció en cámara.

Su expresión cambió.

No demasiado.

Pero Maika siempre lo notaba.

—Hola —dijo Gabriel.

—Hola.

—¿Cómo estás?

Darline se encogió de hombros.

—Mejor.

—¿Tomaste lo que te mandó el médico?

—Sí.

Maika miró de uno al otro.

A veces era extraño observar a sus padres.

No porque se trataran mal.

Todo lo contrario.

Gabriel preguntaba si Darline había comido. Darline se preocupaba porque él no dormía suficiente. Se conocían los silencios. Terminaban frases del otro. Se querían.

Pero en los últimos años había algo diferente.

Como si el amor siguiera allí y hubiera cambiado de habitación sin que ninguno quisiera decirlo en voz alta.

Maika no sabía exactamente qué significaba eso.

Tampoco pensaba demasiado en ello.

Sus padres siempre habían sido sus padres.

Esa categoría parecía demasiado grande para cuestionarla.

—¿Cuándo llegas? —preguntó.

Gabriel lo miró.

—En dos semanas.

Maika sonrió.

Dos semanas.

Habían sido meses diciendo “pronto”.

Ahora por fin existía una fecha.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿Sin cambios?

—Si ocurre algo, te aviso.

—Ah, que no ocurra nada.

Gabriel sonrió.

—Haré lo posible.

Darline negó con la cabeza.

—Como si pudiera controlarlo.

—Él cree que sí —dijo Maika.

—Tengo capacidades.

—Tienes complejo de Dios.

Gabriel hizo una mueca.

—¿Siempre se unen contra mí cuando llamo?

—Sí —respondieron Darline y Maika al mismo tiempo.

Los tres rieron.

La conexión se congeló durante un segundo.

Cuando volvió, Gabriel preguntó:

—¿Qué harás hoy?

Maika supo inmediatamente hacia dónde iba aquello.

—Voy a estudiar.

Darline empezó a sonreír detrás del teléfono.

Gabriel lo vio.

—¿Con Thiago?

Maika cerró los ojos.

—Mamá.

—Yo no dije nada.

Gabriel se acomodó.

—¿Cómo está?

—Bien.

—¿Universidad?

—Bien.

—¿Sus padres?

Maika abrió un ojo.

—Papá.

—¿Qué?

—Todavía no lo conoces y ya estás haciendo esto.

—Estoy conversando.

—Estás recopilando información.

—Es mi trabajo.

—Exactamente el problema.

Darline rio.

Gabriel ignoró el comentario.

—¿Sigue estudiando diseño?

—Diseño editorial y comunicación visual.

—Bien.

—Tiene diecinueve.

Gabriel levantó una ceja.

—No pregunté.

—Ibas a hacerlo.

—Probablemente.

Maika sonrió.

—Le das miedo.

—¿Por qué?

—Porque le he hablado de ti.

—Entonces claramente el problema eres tú.

Darline asintió.

—Estoy de acuerdo.

—Traidores.

Gabriel rio.

—Solo quiero conocer al muchacho que tiene a mi hijo mirando el teléfono como un idiota.

Maika quedó inmóvil.

Darline soltó una carcajada.

—¡Tú también lo notaste!

—Hasta a seis mil kilómetros.

—Los odio.

Gabriel sonrió.

—¿Es serio?

La pregunta cambió algo.

Maika sabía lo que su padre quería decir.

No necesitaba dramatismo.

Miró hacia la mesa.

Después respondió:

—Sí.

Gabriel dejó de sonreír un poco.

No porque le molestara.

Porque estaba escuchando.

—¿Lo quieres?

Darline miró a su hijo.

Maika sintió una vergüenza absurda.

No por la respuesta.

Por tener a sus dos padres observándolo.

—Sí.

Gabriel asintió lentamente.

—Entonces quiero conocerlo.

Algo se acomodó dentro de Maika.

—Te va a caer bien.

—Eso ya lo decidiré yo.

—Te va a caer bien.

—Presumido.

—Genética.

Gabriel miró hacia Darline.

—Eso viene de tu madre.

—Cobarde —dijo ella.

Maika rio.

La llamada duró diez minutos más.

Hablaron de cosas que, en ese momento, no parecían importantes.

Un problema con Toby.

Una asignatura.

El viaje de regreso de Gabriel.

Una receta que Darline quería preparar cuando él llegara.

Maika interrumpió tres veces.

Gabriel se quejó dos.

Antes de colgar, su padre lo miró.

—Maika.

—¿Qué?

—No olvides llamarme mañana.

—Sí.

—Lo dijiste ayer.

—Pero hoy sí.

Gabriel lo observó con esa cara que conseguía hacerle sentir diez años más joven.

—Te quiero.

Maika sonrió.

—Yo también, papá.

—Dile a Thiago que voy a tener preguntas.

—Le diré que tienes cien.

—Maika.

—Chao.

Colgó riéndose.

Darline negó con la cabeza.

—Algún día vas a arrepentirte de molestarlo tanto.

—Jamás.

—Eso dices ahora.

Maika terminó de comer.

—Me voy.

—No dejes eso ahí.

Él miró el recipiente.

Después a ella.

—Estaba intentando escapar.

—Fregadero.

—Dictadora.

—Madre.

Maika lavó el recipiente.

Antes de salir, Darline lo llamó.

—Maika.

Giró.

Ella se acercó y le acomodó el cuello de la camiseta.

—¿Qué?

—Nada.

—Mamá.

Darline lo miró, había algo extraño en sus ojos.

No miedo, no presagio.

Solo cariño.

—Diviértete.

Maika sonrió.

—Siempre.

La besó en la mejilla.

Toby levantó la cabeza cuando abrió la puerta.

—No me extrañes mucho.

El perro bostezó.

—Traidor.

Darline rio detrás de él.

Y Maika salió.


Thiago abrió antes de que tocara.

—Cinco minutos.

Maika miró su teléfono.

—Tres.

—Cinco.

—Tu reloj está mal.

—Mi reloj está perfecto.

—Entonces el tiempo va diferente en esta casa.

Thiago intentó mantenerse serio.

No pudo.

Maika entró y lo besó.

Ese tipo de beso que ya no necesitaba permiso.

—Hola —murmuró Thiago contra los labios del mas alto.

—Hola.

Maika volvió a besarle la comisura de la boca.

—Llegaste tarde.

—Voy a compensarlo.

—¿Cómo?

—Tengo varias ideas.

Thiago empujó su pecho.

—Viniste a estudiar.

—Eso también era una de ellas.

—Mentiroso.

Maika sonrió.

Thiago llevaba una camiseta enorme color crema y pantalones suaves. El cabello oscuro estaba desordenado y las puntas rojas parecían más intensas que la semana anterior.

Maika tomó un mechón.

—Te lo pintaste.

—Ayer.

—Me gusta.

Thiago levantó una ceja.

—¿Solo el cabello?

—No.

—Era trampa.

—Fallaste.

Thiago sonrió.

Maika adoraba aquella sonrisa.

La que no enseñaba a cualquiera.

—Papá llamó.

Thiago dejó de sonreír.

—¿Qué dijo de mí?

Maika empezó a reír.

—Nada malo.

—Eso significa que dijo algo.

—Preguntó por ti.

—Maika.

—Carrera.

Thiago cerró los ojos.

—Dios.

—Edad.

—¡Maika!

—Relación seria.

Los ojos grises se abrieron.

—¿Le dijiste eso?

—Me preguntó si era serio.

Thiago tragó.

—¿Y qué dijiste?

Maika dejó de bromear.

—Que sí.

El silencio posterior fue distinto.

Thiago bajó la mirada.

—Ah.

—¿Eso está mal?

—No.

—Entonces ¿qué?

Thiago se encogió de hombros.

—Me gusta escucharlo.

Maika sintió algo cálido.

—Es serio.

Thiago levantó los ojos.

—Para mí también.

Maika lo besó, esta vez mas lento, intentando transmitir todo el cariño y pasión que siente por su lindo novio.

Cuando se separaron, Maika dejó la frente contra la suya.

—También dijo que quiere conocerte.

—Eso no ayuda.

—Te va a encantar.

—No estoy preocupado por mí. Estoy preocupado porque tu padre va a decidir en cinco minutos que no soy suficiente para ti.

Maika frunció el ceño.

—No.

Thiago hizo una mueca.

—No puedes saberlo.

—Sí puedo.

—¿Cómo?

Maika sostuvo su rostro con ambas manos.

—Porque me haces feliz.

Thiago quedó quieto.

—Y mi papá no es un idiota.

—Debatible.

Maika sonrió.

—Un poco.

Thiago soltó una risa.

—Si me interroga, tú respondes.

—Cobarde.

—Es tu padre.

—Trato.


Estudiaron durante una hora y veintisiete minutos.

Thiago lo supo porque lo dijo.

Maika habría calculado cuarenta.

—No entiendo cómo puedes pasar tanto tiempo moviendo una palabra tres centímetros.

Thiago no apartó los ojos de la computadora.

—Porque importa.

—Está en el mismo sitio.

—No.

—Thiago.

—Antes no respiraba.

Maika miró la pantalla.

Después a él.

—Es texto.

—No vuelvas a hablar de diseño.

—Con gusto.

Thiago sonrió.

Maika estaba tumbado con la cabeza sobre sus piernas.

Era una posición en la que terminaban con frecuencia. Thiago trabajando. Maika fingiendo que no necesitaba atención hasta que empezaba a molestar.

Miró hacia arriba.

El lunar.

Siempre terminaba mirándolo.

Levantó una mano.

Thiago atrapó su dedo antes de que llegara.

—No.

—Ni hice nada.

—Vas a tocarme el lunar.

—Quizá.

—Siempre lo haces.

—Me gusta.

—Es un lunar.

—Mi lunar favorito.

Thiago hizo una mueca. —Ridículo.

Maika besó la parte interna de su muñeca. Thiago dejó de mirar la pantalla.

Ah.

Maika lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—Mentira.

Thiago cerró lentamente la computadora.

El sonido pareció demasiado fuerte.

Ambos quedaron en silencio.

No necesitaban fingir que no sabían qué estaba ocurriendo.

Habían hablado de aquello.

Durante semanas.

A veces seriamente.

A veces mediante bromas.

A veces por mensaje porque resultaba menos vergonzoso preguntar ciertas cosas mirando una pantalla.

Su primera vez.

Maika se incorporó.

—No tenemos que hacerlo hoy.

Thiago lo miró.

—Ya sé.

—No lo digo porque no quiera.

—Ya sé.

—Solo digo...

—Maika.

Él calló.

Thiago respiró con esa forma que deja a reflejar lo nervioso que esta y Maika también.

Eso le gustó de alguna manera.

No estaba solo.

—Quiero —dijo Thiago.

Maika permaneció quieto.

—Quiero escucharlo bien.

Los ojos grises se fijaron en él.

—Quiero estar contigo.

El corazón de Maika golpeó.

—¿Seguro?

—Sí.

—Si cambias de opinión—

—Te lo digo.

Thiago levantó una ceja.

—Y si tú cambias de opinión, también.

Maika parpadeó.

—Yo.

—Sí, tú.

—No voy a...

—No sabes.

Thiago tomó su mano.

—También puedes parar.

Algo se acomodó dentro de Maika.

Sonrió.

—Trato.


No fue perfecto.

Gracias a Dios.

Porque si lo hubiera sido, quizá no habría parecido de ellos.

Hubo manos torpes.

Una rodilla golpeó un mueble.

Thiago empezó a reír en un momento en que claramente no debía y Maika terminó riéndose también.

—No puedo creer que te estés riendo.

—Tú empezaste.

—Tú golpeaste la cama.

—Porque no me dejaste espacio.

—Hay una cama entera.

—Tú ocupas la mitad.

—Exagerado.

—Eres enorme.

Maika sonrió.

—¿Eso era un cumplido?

Thiago le cubrió la cara con una almohada.

—Cállate.

Después la risa se fue apagando.

Volvieron los nervios.

Maika se acercó.

—¿Bien?

Thiago asintió.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Unos segundos después fue Thiago quien preguntó:

—¿Tú?

Maika lo miró.

Sonrió.

—Sí.

Y eso fue lo que más recordaría Thiago después. No los detalles, ni la ropa, mucho menos los nervios.

Las preguntas.

¿Bien?

¿Seguro?

¿Tú?

Una y otra vez.

Como si ambos entendieran que quererse no significaba adivinar al otro.

Significaba escuchar.

Hubo ternura, vergüenza, y risas.

Momentos en que tuvieron que detenerse.

Momentos en que Thiago escondió el rostro contra el cuello de Maika porque le daba demasiada pena mirarlo.

Nada espectacular.

Nada perfecto.

Solo ellos.

Y cuando terminó, ninguno tuvo la sensación de haber cruzado una meta.

Más bien de haber abierto una puerta.


Después permanecieron juntos.

Thiago llevaba una de las camisetas de Maika.

Él estaba tumbado boca arriba mientras el omega descansaba medio encima suyo, dibujando formas sin sentido con un dedo sobre su brazo.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Llevas cinco minutos.

—Estoy pensando.

—Eso es peligroso.

Thiago le dio un golpe suave.

—¿Te arrepientes?

Maika giró la cabeza.

La pregunta había salido casi en un susurro.

—No.

—¿Nada?

—Nada.

Thiago relajó los hombros.

—¿Tú?

—No.

Maika sonrió.

—Bien.

—Aunque..

Él levantó una ceja.

Thiago mantuvo la cara completamente seria.

—Siete de diez.

Maika abrió la boca.

—¿QUÉ?

Thiago explotó en carcajadas.

—¡Tu cara!

—Siete.

—Era una broma.

—Dijiste siete.

—Maika.

—Inaceptable.

Thiago intentó alejarse.

Maika lo atrapó por la cintura.

—Vuelve aquí.

—No.

—Necesitamos discutir los criterios de evaluación.

—¡Suéltame!

—Voy a presentar una apelación formal.

Thiago reía tanto que apenas podía empujarlo. Finalmente volvió a caer encima suyo.

—Idiota.

—Me debes una segunda evaluación.

Thiago levantó la cabeza.

—Presumido.

—Necesito mejorar la nota.

—Tal vez.

Maika sonrió.

—Entonces habrá próxima vez.

Thiago fingió pensarlo.

—Si te portas bien.

—Puedo hacerlo.

—No.

—Por ti sí.

La broma desapareció.

Thiago lo miró.

Maika tocó una punta roja de su cabello.

—Tenemos tiempo.

La frase salió de manera natural.

Sin peso.

Sin miedo.

Como cualquier otra certeza.

Thiago sonrió.

—Muchísimo.

Maika imaginó el regreso de Gabriel.

A Thiago sentado frente a su padre intentando no parecer nervioso.

Las cincuenta preguntas.

Darline cocinando demasiado.

Las clases.

El próximo cumpleaños.

Algún viaje cuando tuvieran dinero.

Otra habitación en otro año.

Otra primera vez.

Otra pelea.

Una reconciliación.

Todo aquello que las personas de veinte años imaginaban sin llamarlo futuro porque parecía demasiado grande para perderlo.

Thiago apoyó nuevamente la cabeza sobre su pecho.

—Te amo.

Maika sonrió.

—Yo más.

—Eso no funciona así.

—Claro que sí.

—No.

—Puedo demostrarlo.

Thiago levantó la cabeza con sospecha.

—¿Cómo?

Maika lo besó en la frente.

—Tengo toda la vida para averiguarlo.

Thiago puso los ojos en blanco.

—Qué cursi.

—Te gustó.

—Un poco.

Maika rio.

Después cerró los ojos.

Thiago se quedó allí, escuchando su corazón.

Ninguno sabía que aquella habitación acababa de guardar una de sus últimas primeras veces.

Y aquella tarde, cuando Thiago se quedó dormido entre sus brazos, Maika tampoco sabía que algunas promesas no se rompen.

Simplemente se quedan sin tiempo.

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