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La forma de acercarse al héroe es...

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Summary

Nalih es un aventurero de treintaidós años que tiene la mala suerte de ser echado de todo grupo al que se une. Esta vez no fue la excepción. Ahora deberá pagar la deuda que su último grupo le dejó tras abandonarlo en una posada de SaintGastínitsa. A pesar de pagar la deuda en un día, Nalih se encuentra nuevamente solo, y sin un centavo. Odiando su pésima suerte al no poseer magia, o fuerza, Nalih se adentra en el bosque que se encuentra frente a la posada con la intención de sobrevivir un día más —aunque horas antes estuvo a nada de aventarse a un acantilado— con ayuda de unos cuantos utencilios de cocina y algo de ingenio. Todo parece ir bien hasta que... ¡¿El héroe más fuerte del reino le pide un plato de su caldo de pescado?!

Genre
Romance
Author
Sara
Status
7h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Capítulo 1: Sólo somos mis utensilios de cocina y yo... ¿o tal vez no?

—¡Listo! Ollas limpias, señor. Las cucharas y tenedores también rechinan con magnificencia.

—Excelente. —El dueño de la posada sonrió—. ¡Ahora lárgate de aquí!

Fue lo que me gritaron antes de aventarme fuera del lugar donde me hospedaba hasta hace un momento. Levanté mi empolvado trasero y lo sacudí con mis manos.

Tomé mis pocas pertenencias del suelo, lamentando otro fracaso. «Bueno... duré mucho más con este grupo que con cualquier otro...» Lo único que podía hacer a estas alturas, era alentarme y seguir adelante. Si hacía caso a las voces en mi cabeza, en pocas horas mi cuerpo sería encontrado al fondo de aquel acantilado que divisaba a lo lejos.

—¡Sal de mi camino, debilucho! —gritó un fornido hombre con armadura a mi costado, empujándome mientras lo hacía. Volví a caer. «De verdad que soy patético...», pensé, luego me incorporé de nuevo con la esperanza de no ser blanco de personas como las que tenía justo a mi lado, juzgándome con ojos reprobatorios.

«Odio ser tan... yo.» Me dije a mí mismo, con la cabeza agachada del miedo a ser golpeado de nuevo. Los moretones de la golpiza que me dieron la tarde de ayer ya "pintaban" mi piel.

Aferré mis manos a los tirantes de mi mochila de cuero y caminé a paso lento, adolorido por todos lados.

—Ese maldito viejo... De tanto fregar, mis dedos se volvieron tan tiesos como las patas de una araña muerta.

Me quejaba, pero lo cierto era que el dueño de aquella posada perdonó mi vida; una denuncia más y habría sido colgado en el centro del pueblo como escarmiento para otros como yo.

—Los inútiles no tenemos cavidad en este mundo después de todo...

Alcé la mirada y suspiré. El sol del mediodía brillaba tanto como una moneda de oro. Yo no contaba con ninguna. Quiero decir... ni siquiera poseía una moneda de bronce para subsistir. La única cosa que me salvaba de no morirme de hambre era mi capacidad —casi estiro la pata un par de veces descubriéndolo— para saber qué cosas de la naturaleza eran comestibles y cuáles no. Eso, un viejo sartén, una olla a la que por suerte le parché los agujeros luego de suplicarle a un herrero que me dejara arreglarla en su fragua, un cucharón, dos cucharas, dos tenedores, y tres espantosos platos de barro.

—Bien, ¡hora de cocinar!

Ajusté el mango del sartén —como siempre hago antes de poner manos a la obra— para evitar que se saliera, y acerqué todo lo que conseguí con mucho esfuerzo tras horas de búsqueda.

Llevé las mangas de mi playera hasta arriba de los codos y junté algo de leña para prender una fogata. No había comido nada durante casi un día. Mi estómago gritaba: '¡hambre!' a cada instante. No fue hasta dos horas después que terminé un exquisito caldo de pescado —lo supe por el increíble olor que tenía—.

No estoy muy —nada— orgulloso de robar un par de vegetales de un huerto que encontré en medio de la nada, pero de otra forma no habría podido sobrevivir un día más.

—Lo siento tanto, hortelano desconocido, pero si no como bien, moriré —suspiré, y sin más preámbulos di el primer bocado.

Sabía a gloria. Por un momento incluso pensé que si moría este día, me iría feliz.

—Está delicioso... —dije, casi al borde de las lágrimas. Había pasado por tantas cosas en estas últimas horas, que un simple caldo se convirtió en lo mejor de mi día.

—Es verdad, tiene muy buena pinta. ¿Me darías un poco?

Me encogí de hombros ante la sorpresa. Una voz gentil me había hecho esa pregunta. No sabía de dónde provenía. Tampoco estaba seguro de que no fuera una creación de mi cabeza para evitar sentirme solo en medio del bosque, rodeado de animales salvajes y aventureros que se aprovechaban de los debiluchos como yo para robar sus pertenencias.

—¡Holaaaaaa! ¿Me escuchas? —dijo aquella voz—.

«Me está hablando a mí, ¿verdad?» Cuestioné, dándome golpes en el pecho para pasar bien la comida.

—Qué raro. Estoy hablando bastante alto... ¿Tendrá sordera?

La misma voz habló una tercera vez. No estaba loco. Quien sea que fuera la persona que se aseguraba de ser escuchado estaba detrás de mí, así que giré la cabeza lentamente. Fue ahí cuando lo vi. El héroe más reconocido del mundo tocaba mi hombro con su dedo una y otra vez.

Me petrifiqué. ¿Alguien tan importante como él pidiéndome comida a mí?

—¿Me- me vas a robar? —solté. Fue la única explicación que encontré. Nadie se acercaría a un solitario treintañero en medio del bosque por gusto—. No... tengo nada... que pueda serle de utilidad. —El miedo que sentía se transmitía a través de mi temblorosa voz. Pero el héroe más grande del reino no movió un sólo músculo de su rostro.

—¿Me darías un poco de ese caldo que tienes ahí? —dijo, con una sonrisa que rara vez dirigían a mí.

—... Claro.

Sin entender todavía si mentía, hice caso a sus palabras, tomé el cucharón, un plato hondo y algo roto que yo mismo hice con mis nulos conocimientos en alfarería, y acerqué mi mano a la olla. Quería cumplir con su petición, pero mi cuerpo simplemente no respondía.

—¿Puedo... hacerlo yo?

Me sentí aún más patético luego de que sugiriera amablemente ayudarme, pero asentí. Dejé que tomara las cosas de mis manos y se sirviera él mismo.

«¡Imposible! ¿¡Realmente se sirvió!? ¿¡Acaso piensa comer lo que preparé!?»

Inaudito. ¿Cómo era posible que yo, un inútil que sólo sabe cocinar, tuviera el privilegio de comer junto a alguien como él?

🥘🥘

—¡Es lo mejor que he comido esta semana! —espetó. No parecía mentir—. ¿Tienes más?

Su pregunta me pareció extraña; la olla estaba vacía. ¡Vacía! Yo aún tenía hambre, y mucha.

—Bueno... —exhalé. Necesitaba preparar más de todas formas—. Tendrá que esperar un poco, pero sí.

«A conseguir todo de nuevo...»

—¿A dónde vas? —preguntó, al ver que caminaba hacia el norte de bosque—. Por allá... está el lago.

«Vaya... no está perdido después de todo.», pensé. Tal vez necesitaba estar solo, o sin los miembros de su grupo, qué sé yo. Pero cuando el héroe comprendió que iría a pescar, se levantó del pedazo de tronco viejo que usamos de asiento y tomó sus cosas, incluida su vistosa espada. Creí que se marcharía. Que no estaba dispuesto a esperar por otro plato de ese caldo de pescado. Me equivoqué. El héroe Rogu llevó su arma a la espalda y, tras unos pasos, se posicionó a mi costado.

—Andando, cocinero.

Durante cerca de veinte minutos de caminata me habló de su última aventura. De cómo atendió el encargo más difícil del gremio para salvar a una pareja de ancianos que vive a dos días de aquí, en un modesto pueblo. Habían sido apresados dentro de sus tierras por yerbas alteradas con magia. Se rio un poco cuando intentó replicar la manera tan vergonzosa en que la yerba lo alzó. "Tres cortes y me tomó por los pies, luego todo estaba al revés. De no ser por la maga de mi equipo, hubiera terminado igual que esos ancianos... Me alegra que estén bien ahora, ¿sabes? Son bastante mayores ya, pero siguen empeñados en ir al centro del pueblo todas las mañanas a vender sus artesanías... ¿Por qué no se quedan en casa? Su suelo les provee de lo necesario y aun así..."

La sonrisa de resignación que soltó me llegó al corazón. Las personas decían convencidas que el héroe Rógu poseía un corazón bondadoso... Supongo que era verdad. Casi nadie se tomaría la molestia de salvar a aquellos con un pie en la tumba; la paga es poca: gastas más de lo que ganas. Por eso es normal observar tales encargos acumularse en el tablón de anuncios en los gremios de cada ciudad.

—Te has ganado muchos apodos, ¿lo sabías? 'El héroe bondadoso'. 'Empatía andante'. ‘Amante de ancianos...’ Incluso hay quienes sospechan de un posible romance con una mujer de ochenta años.

Eso último me lo inventé.

—¿¡De verdad!? —De su boca salieron un par de risas incómodas—. No voy a mentirte: me agrada más la gente mayor que cualquier joven de nuestra edad.

«¿Nuestra edad?»

—Te equivocas en eso, héroe: el joven eres tú, no yo.

—No tienes que ser modesto —dijo, convencido de que mentía—. ¿Qué edad tienes? ¿Veintidós? ¿Veintitrés?

Negué con la cabeza sin detener mi andar.

—¿Veinte, entonces?

Sacudí la cabeza de un lado a otro por segunda ocasión.

El héroe se mostraba extrañado. Que me analizara de arriba a abajo mientras caminábamos hacia el lago fue incómodo en un principio. Luego de unos minutos, aguantar la risa fue mi mayor desafío. No sabía cómo reaccionaría él si notaba que la seriedad que ponía en descifrar mi edad resultaba muy divertido para mí. Imaginaba que, si un par de carcajadas se me escapaban de la boca, el héroe que me veía tan fijamente sentiría como un agravio mi incapacidad para tomarlo en serio.

—Llegamos —dije, al ver grandes piedras a un costado de los árboles que teníamos metros adelante.

El héroe permaneció en silencio, dispuesto a incomodarme tanto con su mirada como para "confesar".

—¿Qué tengo que hacer? —Comenzó a retirar la armadura negra que protegía su cuerpo, dejando sólo la playera de manga larga color vino y un pantalón grisáceo bastante... ajustado—. ¿Y bien? —insistió él.

—Ayúdame a pescar —dije. Sería tonto no tomarle la palabra.

—¿Pescar? —sonrió—. Déjamelo a mí.

Hizo unos cuantos dobleces a su pantalón y otros más a sus mangas, y se adentró al agua helada.

—¡Está fría! —gritó, saliendo a brinquitos del lago.

No pude más. Juro que hice todo lo posible. Los pájaros cercanos al lago que descansaban sobre las ramas de pinos y abetos huyeron ante el fuerte sonido que hice en medio de la nada. Mi risa seguramente perturbó la vida de todo animal en este basto bosque, pero no lograba leerlo. Su personalidad no encajaba para nada con cómo se veía él por fuera.

—Eso fue... ¿Te ríes de mí? —preguntó, cruzándose de brazos.

«Lo arruiné. Soy hombre muerto.»

—¡Perdona, yo...! —di un par de pasos hacia atrás de manera que, con un pequeño giro de mi cuerpo, lograra salir corriendo. Mi sensor de peligro estaba activado, listo ante cualquier mínimo indicio.

—¡Tranquilo, no te haré nada! —vociferó, intentando acercarse, pero mantuve la distancia—. Juro que no, ¿de acuerdo?

Lucía preocupado, es verdad. Nervioso, sí. Pero si algo había aprendido en todo este tiempo, era que seguía siendo bastante ingenuo.

—Escucha: me sentaré en esa piedra de ahí, y haré exactamente lo que me pidas. Si quieres que me mueva, me moveré. Si quieres que nade, nadaré. ¿Eso te parece bien?

Asentí. Cualquiera que fuera la razón de su dócil actitud la aprovecharía para mantenerlo lejos.

—Cerca de ti está mi mochila; ábrela. Dentro de ella hay una herramienta similar a una canasta alta.

—¿La nasa?

«Guau... ¿sabe lo que es?»

—La nasa, sí... Tómala y coloca el cebo dentro de la trampa.

—Te refieres a ese trozo de pan, ¿verdad? Muy bien. —Acató con precisión lo que le dije y me miró—. ¿Ahora qué? —preguntó, entusiasmado.

—Amarra un extremo de la cuerda a la trampa de mimbre; el otro a la boya.

Lo hizo. No preguntó sobre los nudos, ni qué hacer con la boya después. Él sólo la aventó al lago y está flotó en el agua con éxito. Estaba claro que no era ignorante en el tema.

—¿Cuándo aprendiste a pescar?

Me sonrió. Cualquiera hubiera descubierto que no era la primera vez que cazaba un pez.

—Mi familia se ha dedicado a la pesca por generaciones así que... me sé un par de trucos.

—¿Qué fue todo eso de meterte al agua entonces? —cuestioné.

Estaba algo molesto, no lo niego. ¿Por qué se empeñaba en ser amable conmigo? ¿Por qué fingía ser un tonto despreocupado? ¿Acaso me estaba poniendo a prueba? Si yo fuera como aquellos que se aprovechan de mí, por supuesto que tomaría ventaja de esta situación, claro que sí. Pero, a diferencia de esos idiotas, yo conocía mis propios límites. ¿Quién sería tan estúpido como para intentar hacerle algo al gran héroe Rógu? Quiero decir, ¿alguien puede siquiera? No es que yo lo deseé, que quede claro. Sin embargo, parecía que sospecha él de mí tanto como yo de él.

—No soy idiota, ¿sabes? Tampoco soy fuerte. Nada fuerte, de hecho. Mi antiguo grupo me abandonó el día de hoy por la mañana, dejando una deuda de cinco monedas de plata. El dueño de la posada me despertó con un baldazo de agua, y me obligó a trabajar sin descanso desde muy temprana hora, y hasta que el sol no se alzó en su punto más alto fue que el dueño decidió que era suficiente. No contaba con las monedas necesarias para pagarle al mesonero la deuda que esos tipos le aseguraron que saldaría, despuésde todo. No tengo una moneda de plata, ni poseo una sola moneda de bronce, o un pedazo de esta siquiera. No tengo nada, por eso… Si esto te parece divertido... Si te diviertes al jugar conmigo...

El héroe más poderoso de todos cambió la expresión en su rostro y, por primera vez, vi en él a un guerrero.

—Lo lamento —dijo. Me miraba, y yo a él.

Sudaba del miedo. Tal vez, de una u otro forma, morir hoy era mi destino.

«Pensé en suicidarme esta tarde...»

—Sólo mátame. Toma mis cosas, por muy pocas y humildes que sean y vete lejos. ¡Hazlo! —espeté. Estaba harto de esta forma tan miserable de vivir—. Sólo hazlo... por favor.

El héroe bajó la mirada, luego se colocó la armadura, tomó su espada, y caminó hacia el sur, rumbo a la fogata. No dijo una palabra. Ni siquiera para despedirse.

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