Gernon Basco
¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?
Frente a mí se erguía una puerta gigante. Todo a mi alrededor transmitía la pesadez de lo que parecía ser una sentencia inminente.
—Bienvenido, señor Gernon... —resonó una voz impasible—. Supongo que usted ya sabe dónde está. Está aquí para repasar cada etapa de su vida, cada uno de sus pecados... cada uno de sus asesinatos.
Comprendí todo al instante. Estaba frente a la puerta que decide si el destino de un alma es el cielo o el infierno.
En toda mi vida, jamás pensé que llegaría a este lugar. Ir al cielo o ir al infierno siempre me pareció algo omiso, algo que carecía de importancia. Mi vida terrenal ya había sido un infierno, aunque en el camino también tuve cosas hermosas. Viví todo eso sin sentir miedo y sin sentir felicidad. Era mi vida, y yo sabía perfectamente a dónde me tocaría ir.
—Repasemos tu vida, Gernon —continuó la voz.
Y los recuerdos comenzaron a fluir como una marea ineludible.
Nací en la Francia de los años 70, en el seno de una familia noble. Durante mis primeros años no conocí la preocupación; todo era amor, comprensión, calidez y una felicidad pura... hasta que me diagnosticaron aquella condición: "síndrome de Peter Pan".
Pero ese no era el único problema. Nací con varios defectos de desarrollo que hacían que me fuera casi imposible concentrarme en las cosas más minúsculas, en esas tareas básicas que se supone que cualquiera aprende a una edad destinada, como caminar o hablar con fluidez.
En el colegio la historia se repitió: me convertí en el burro del salón. Sin embargo, en mi ingenuidad de aquel entonces, yo ni siquiera tenía la menor idea de lo que significaba sentirse mal o sentirse inferior. Simplemente existía dentro de mi propio mundo.
El que sí lo notó, y de inmediato, fue mi padre.
Él era una pieza clave dentro del ejército de Francia, un hombre de una rigidez extrema acostumbrado a la disciplina militar. Y a pesar de que yo era su propio hijo, conmigo no hizo ninguna excepción. Siempre me gritaba por hacer las cosas mal, descargando su severidad sin importar mi fragilidad. Mi madre, la misma que siempre me había dado amor y ternura, no hizo nada más que observar en silencio aquella violencia verbal dirigida a un niño de tan solo tres años.
Pero no todo era un tormento.
Un día, mientras realizaba las actividades mecánicas que me imponían para intentar desarrollarme, alcancé a ver algo a lo lejos. Detrás del tronco de un árbol en el jardín, se asomaba una silueta. No parecía ser un ser humano; tenía rasgos suaves, con aspectos más cercanos a los de un muñeco de felpa. Lucía unas orejas de oso y unas extremidades redondas, como patas de oso de peluche.
Sin darme cuenta ni pensarlo dos veces, me acerqué y empecé a jugar con él. Con aquella criatura me sentía tan libre, tan genuinamente feliz.
Fueron, sin duda, las mejores horas de mi vida. Desde que los médicos me diagnosticaron con aquella condición, la regla social era clara: los demás padres, e incluso los míos, les prohibían a los demás niños acercarse a mí. Estaba completamente apartado.
Por eso, con toda la ilusión del mundo y desbordando una felicidad que no me cabía en el pecho, fui a buscar a los trabajadores de mi hogar. Para mí no eran simples empleados; en mi inocencia, los consideraba mis verdaderos amigos. Pero cuando empecé a hablarles entusiasmado sobre "Nonger", la chispa en sus rostros se borró. Solo me miraron con una fría mezcla de indiferencia y lástima.
Yo observaba sus caras. Aquellos a los que había considerado mis amigos me miraban como a un bicho raro, como a alguien que merecía lo peor del mundo simplemente por el hecho de existir.
Decidí hacer caso omiso a sus expresiones y seguir adelante, pero por dentro me invadía una sensación extraña. En el fondo, en lo más profundo de mi ser, sabía perfectamente que me tenían lástima.
Cuando cayó la noche, la rutina se quebró. El mayordomo mayor, el anciano que siempre venía a mi habitación para desearme las buenas noches, ya no estaba allí. En su lugar no quedó nada, salvo una soledad inmensa y helada. Para un niño de apenas tres años, incapaz de comprender la complejidad de lo que estaba sucediendo a su alrededor, todo se sentía extrañamente desubicado.
Fue en ese silencio donde volvió a aparecer Nonger.
Pero ya no era el mismo. Esta vez su rostro reflejaba un repudio absoluto; me observaba con unos ojos cargados de una fría lástima y una completa indiferencia. La misma mirada que me habían dado los demás.
— ¿Qué crees que haces? —preguntó Nonger con una voz que helaba la sangre—. Te tienen lástima, ¿y tú sigues actuando como si nada?
Yo lo miraba con pura curiosidad. A pesar de mi corta edad no era tonto; sabía perfectamente lo que pasaba a mi alrededor. El problema era que, aunque quisiera, era incapaz de experimentar algún tipo de sentimiento como la tristeza o el odio. Mi mente simplemente no procesaba esas emociones.
Nonger se me acercó despacio. Levantó su brazo de felpa y me tocó el hombro.
— ¿Por qué dejas que te traten así? —insistió—. Sabes lo que pasa a tu alrededor, lo sé... Siento todo lo que pasa.
Mientras hablaba, la presión de su mano sobre mi hombro empezó a incrementarse. Lo que parecía un toque suave de muñeco comenzó a apretar con una fuerza desmedida y monstruosa.
— Sabes lo que sienten por ti... pero sigues y sigues dejándote.
El agarre llegó a un punto tan despiadado que mi cuerpo de tres años no logró resistir el dolor. Y ahí, en medio de la penumbra de mi habitación, rompí a llorar.
Levanté la cabeza para buscarlo, pero Nonger ya no estaba allí. Había desaparecido tan rápido como llegó.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, me eché en la cama y me quedé mirando fijamente el techo de mi habitación. A pesar de todo, mi mente no lograba procesar la gravedad de lo que estaba sucediendo; en mi cabeza de niño solo existía un deseo infantil: jugar, jugar y jugar. ¿Qué más podía pasar por la mente de alguien de mi edad?
Me bajé un poco la manga de la pijama para revisar mi hombro. Lo tenía completamente rojo y el dolor aún persistía. Agotado por el esfuerzo y por la cantidad de lágrimas que había desbordado, no pude resistir más el peso de mis párpados y me quedé profundamente dormido.




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