Capítulo 1: El precio de la supervivencia .
El temporizador de la aplicación marcaba cuatro minutos y
doce segundos cuando Alex dobló la esquina de la avenida
Chengfu con la moto eléctrica temblando bajo sus piernas
como un animal agotado.
Cuatro minutos y once.
Cuatro minutos y diez.
El viento de finales de octubre bajaba del norte con ese filo
seco que los pekineses llamaban «el aliento del Gobi», y se le
metía por el cuello de la chaqueta amarilla de Kuaisong hasta
los huesos. En la caja térmica, atada con dos pulpos elásticos a
la parrilla trasera, viajaban dos raciones de pato laqueado, un
arroz frito con huevo, una sopa agria y picante y cuatro latas
de cerveza Yanjing. Cuarenta y siete yuanes de pedido. Seis
yuanes con ochenta de comisión para él, si llegaba a tiempo. Si
no llegaba a tiempo, cero, y una multa de veinte que el sistema
descontaba solo, sin preguntar, sin escuchar, con la frialdad
perfecta de un algoritmo que nunca había tenido frío.
Alex apretó el acelerador hasta el fondo. La moto respondió
con un zumbido lastimero y ganó apenas tres kilómetros por
hora.
-Vamos, cariño -murmuró en español, con la mandíbula
tensa-. No me hagás esto hoy.
A su alrededor, Wudaokou seguía despierto a las once y
cuarenta y siete de la noche. Los rótulos de neón de las
academias de idiomas parpadeaban en coreano, en inglés, en
mandarín; las puertas de los bares de karaoke escupían risas y
humo; grupos de estudiantes con chaquetas acolchadas se
reían en las esquinas con vasos de té de burbujas entre los
dedos. Era el barrio universitario más famoso de Pekín, el
lugar donde los hijos de medio mundo venían a aprender el
idioma del futuro. Alex también había sido uno de ellos, hacía
dos años y medio, cuando bajó del avión con una maleta
prestada y la convicción ingenua de que el esfuerzo siempre se paga.
Ahora sabía que el esfuerzo se pagaba a seis yuanes con
ochenta.
La torre residencial del cliente era una de esas moles de
treinta pisos con fachada de cristal ahumado y un guardia de
seguridad que dormía con los brazos cruzados detrás de un
mostrador de mármol falso. Alex estacionó la moto sobre la
acera, arrancó la bolsa de la caja térmica y corrió hacia la
entrada. El guardia abrió un ojo, vio la chaqueta amarilla y lo
volvió a cerrar. Los repartidores no existían. Eran parte del
mobiliario de la ciudad, como los semáforos o los botes de
basura.
El ascensor tardó una eternidad. Alex miró la pantalla del
teléfono.
Un minuto y cuarenta.
Piso dieciocho. Piso diecinueve. Piso veinte.
Cuando las puertas se abrieron en el veintidós, corrió por el
pasillo alfombrado buscando el apartamento 2207. Tocó el
timbre con el temporizador marcando cero minutos y
cuarenta segundos. Tocó otra vez. Del otro lado se oía música
electrónica y voces de muchachos que gritaban frente a un
videojuego.
Cero minutos y quince segundos.
La puerta se abrió cuando el contador llegó a cero y la
pantalla se tiñó de rojo. Un joven de su misma edad, con
pijama de seda y un reloj que probablemente costaba más que
todo lo que Alex había ganado en un año, lo miró de arriba
abajo.
-Llegaste tarde -dijo en mandarín, sin molestarse en
saludar.
-Lo siento mucho, señor. El tráfico en Chengfu estaba...
-Tarde es tarde. -El muchacho le arrebató la bolsa, revisó
el interior como si buscara un insecto y frunció la nariz-. La
sopa se derramó un poco. Te voy a poner una estrella.
-Por favor, señor, si me pone una estrella me suspenden la
cuenta por tres días y...
La puerta se cerró en su cara.
Alex se quedó mirando el número 2207 grabado en una
placa dorada. Pasaron cinco segundos. Diez. El teléfono vibró
en su mano.
Kuaisong · Aviso: Pedido n.º 88 213 entregado con retraso.
Penalización: -20,00 ¥. Valoración del cliente: .
Respiró hondo. Contó hasta cinco en español, como le
había enseñado su abuela cuando era patojo y se peleaba en la
escuela. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Después dio media vuelta
y caminó de regreso al ascensor, porque no había nada más que hacer. En Pekín no se discutía con los clientes. En Pekín
no se discutía con nadie que tuviera un reloj así.
Alejandro Manuel Girón Fuentes había nacido en
Quetzaltenango, en la segunda ciudad de Guatemala, entre
volcanes y neblina, en una casa de adobe con techo de lámina
donde el café se servía tres veces al día aunque no hubiera
nada más en la mesa. Su madre, doña Rosa, vendía tamales y
atol de elote los sábados en el mercado de La Democracia. Su
padre se había ido a Estados Unidos cuando él tenía siete años
y había dejado de llamar cuando él tenía nueve. Su abuela,
doña Tina, le había enseñado a leer con un libro viejo de
historia universal que tenía en la portada una pintura de la
Gran Muralla china.
-Mirá, mijo -le decía, señalando la muralla con un dedo
arrugado-. Eso lo construyeron hombres como vos y como
yo. Gente pobre. Con las manos. Nunca creás que algo es
imposible solo porque es grande.
Doña Tina había muerto cuando Alex cursaba el
bachillerato. Él había guardado el libro. Lo tenía ahora mismo,
en la repisa de su cuarto en Pekín, con la portada despegada y
las páginas oliendo a humedad de Xela.
Había estudiado como un loco. Había aprendido inglés con
películas pirateadas y mandarín con aplicaciones gratuitas y
videos de YouTube a las cuatro de la mañana, antes de ayudar
a su madre a envolver tamales. Cuando la embajada anunció
las Becas Ruta de la Seda para estudiantes latinoamericanos
destacados, Alex fue uno de los tres guatemaltecos
seleccionados en todo el país. En el periódico local salió su
foto, con camisa blanca y la sonrisa torcida de alguien que no
termina de creer su suerte. Su madre recortó la nota y la pegó
con tachuelas en la pared del comedor.
Lo que el periódico no dijo, y lo que Alex descubrió
demasiado tarde, fue que la beca cubría la matrícula completa
en la Universidad de Yanjing, una de las más prestigiosas de
China, pero nada más. Ni el alojamiento, porque las
residencias para extranjeros estaban llenas desde hacía años.
Ni la comida. Ni los libros. Ni el transporte. Ni el seguro. Ni el
invierno, que en Pekín llegaba con temperaturas de diez
grados bajo cero y exigía chaquetas que costaban lo que su
madre ganaba en dos meses.
Durante el primer año había vivido de los ahorros de toda la
familia. Tías, primos, vecinos: todos habían puesto algo. Cien
quetzales aquí, doscientos allá. Alex llevaba la lista en un
cuaderno, con el nombre de cada persona y la cantidad,
porque se había jurado que un día les devolvería cada centavo
multiplicado por diez.
Ese día todavía no llegaba.
Al segundo año los ahorros se acabaron y empezó a repartir
comida. Primero en bicicleta, luego en la moto eléctrica de
segunda mano que le vendió un repartidor de Henan que regresaba a su pueblo. Trabajaba de las seis de la tarde a las
dos de la mañana entre semana y turnos dobles los fines de
semana. Dormía cuatro o cinco horas. Asistía a clases con los
ojos rojos y la cabeza pesada, y aun así mantenía el promedio
que la beca exigía, porque perder la beca significaba volver a
Guatemala con las manos vacías y la lista de deudas intacta.
Ahora cursaba el tercer año de Economía Internacional.
Tenía veintidós años. Pesaba siete kilos menos que cuando
había llegado. Y en su cuenta del Banco de China, según la
aplicación que revisó en el ascensor mientras bajaba del piso
veintidós, había exactamente trescientos doce yuanes con
cuarenta céntimos.
El alquiler vencía el viernes. Mil ochocientos yuanes. Y
debía el mes anterior.
Eran casi las dos y media de la mañana cuando Alex subió los
seis pisos del edificio de la calle Lanqiying. No había ascensor.
Nunca lo había habido. El edificio era un bloque de ladrillo gris
construido en los años ochenta para obreros de una fábrica de
textiles que ya no existía, y ahora lo habitaban repartidores,
estudiantes pobres, vendedores ambulantes y ancianos que se
negaban a morir en otra parte. Las escaleras olían a col
hervida, a tabaco y a la humedad que se filtraba por las grietas
de las paredes.
En la puerta del apartamento 603 había una hoja de papel
pegada con cinta adhesiva. Alex la reconoció antes de leerla.
Los caracteres estaban escritos con marcador rojo, en la caligrafía temblorosa y furiosa de la señora Wang, la dueña del
edificio.
AVISO FINAL. Apartamento 603. Deuda: 3 600 ¥ (dos meses).
Fecha límite: viernes. Si no pagan, el sábado cambio la
cerradura. No hay más prórrogas. - Wang
Alex arrancó la hoja, la dobló en cuatro y se la guardó en el
bolsillo. Luego abrió la puerta.
El apartamento tenía dos cuartos diminutos, una cocina
que era en realidad un pasillo con una hornilla eléctrica y un
baño donde había que ducharse sentado sobre el inodoro. Las
paredes estaban cubiertas de carteles de motocicletas y de
pilotos de carreras, todos de Chen, y en el centro de la sala,
sentado en el suelo sobre un cojín aplastado, con un control
de videojuegos en las manos y un cigarrillo apagado colgando
de los labios, estaba el propio Chen.
-¡Llegaste! -dijo sin despegar la vista de la pantalla, donde
un auto deportivo tomaba curvas imposibles por una montaña
japonesa-. Llegaste llegaste llegaste. Oye, ¿viste el aviso de la
vieja Wang? Lo vi, lo leí, no lo toqué, te lo dejé ahí para que
sintieras el drama completo. Qué letra, ¿eh? Parece que lo
escribió con sangre. Espérate, espérate, esta curva es
imposible... ¡Ahí está! ¡Récord! ¿Viste eso?
-Lo vi -dijo Alex, dejándose caer en la única silla del
cuarto.
Chen Guo tenía veintitrés años, medía un metro ochenta y
se había teñido el cabello de un rubio cenizo que en Pekín lo
hacía parecer un cantante de pop coreano fracasado. Era de
Baoding, en la provincia de Hebei, y había llegado a la capital a
los diecisiete con una mochila y una dirección escrita en un
papel. Llevaba seis años repartiendo comida. Conocía cada
callejón, cada atajo, cada semáforo que se podía saltar sin que
te viera una cámara. Sus compañeros de Kuaisong lo llamaban
«El Rápido» porque hacía más entregas por noche que nadie
en todo el distrito de Haidian. También lo llamaban así porque
hablaba como una ametralladora.
-¿Cuántas hiciste hoy? -preguntó Chen.
-Treinta y cuatro.
-¿Multas?
-Tres. Una de una estrella.
Chen soltó el control, se sacó el cigarrillo de la boca y lo
señaló con él, como un profesor con un puntero.
-¿Ves? ¿Ves? Te lo dije. Te lo dije mil veces. Tú eres
demasiado educado. Tú llegas, tocas el timbre, sonríes, dices
«buenas noches, señor, aquí está su pedido, que lo disfrute».
¡Error! Mientras tú dices todo eso, yo ya entregué otro. La
clave es no hablar. Entregar y desaparecer. Como un
fantasma. Como un ninja. Como...
-Chen.
-¿Qué?
-Nos van a echar el sábado.
Chen se quedó callado por primera vez en la noche. Se
volvió a meter el cigarrillo apagado entre los labios -no
fumaba desde hacía dos años, pero no podía dejar el gesto- y
miró a Alex con esos ojos alargados que siempre parecían
estar calculando la ruta más corta entre dos puntos.
-¿Cuánto tienes? -preguntó.
-Trescientos doce.
Yo tengo ochocientos. -Chen se rascó la nuca-. Y le
debo cuatrocientos a Xu, el de la tienda de llantas, por el
neumático de la moto. Pero puedo decirle que espere. Xu es
buena gente. Bueno, no es buena gente, pero me tiene miedo
porque una vez lo vi orinando detrás de la comisaría. Da igual.
Tenemos mil cien. Nos faltan dos mil quinientos. Tres días.
¿Cuántas entregas son dos mil quinientos yuanes?
-Unas trescientas setenta.
-Entre los dos. En tres días. -Chen hizo cuentas con los
dedos, se equivocó, volvió a empezar-. Imposible. Bueno, no
imposible. Imposible si dormimos.
-Yo tengo examen el jueves.
-Pues no duermas el miércoles.
Alex se rio a pesar de todo. Era una risa cansada, rota por
dentro, pero era una risa, y Chen sonrió al oírla.
-Te podría prestar -dijo Chen en voz más baja-. Si
tuviera. Lo sabes, ¿no?
-Lo sé.
-Mi primo Guo Liang trabaja en una casa de empeño en
Panjiayuan. Una de esas del Fénix Dorado. Podemos empeñar
algo.
-¿Qué? -Alex abrió los brazos, abarcando el cuarto-. ¿Tu
consola? ¿Mi libro de historia de 1974?
Chen miró la consola con horror, como si Alex hubiera
sugerido vender a su madre.
-La consola no. La consola es familia.
-Entonces no hay nada que empeñar.
Se quedaron un rato en silencio. Afuera, un camión de
basura pasaba por la calle con un estruendo metálico. Desde el departamento de al lado llegaba el llanto intermitente del
bebé de la familia Sun y la tos crónica del abuelo Sun, que
tosía toda la noche como si quisiera sacarse los pulmones por
la boca.
-Mañana hago turno doble -dijo Alex al fin-. Voy a la
clase de la mañana y después me pongo a repartir hasta que
se acabe el mundo.
-Yo también. -Chen tomó el control otra vez-. Pero antes
déjame romper mi récord una vez más. Es terapia. Los
médicos lo recomiendan.
-¿Qué médicos?
-Médicos chinos. Muy antiguos. Muy sabios.
Alex fue a su cuarto, que era tan pequeño que la cama
tocaba tres paredes, y se acostó vestido. Encima de la repisa,
el libro de doña Tina lo miraba con su Gran Muralla
despegada. Junto al libro había una bolsa de café de
Huehuetenango, cerrada con una pinza de ropa, de la que
quedaban exactamente cuatro cucharadas. Alex las racionaba
como un náufrago raciona el agua dulce. Una cucharada cada
domingo. El olor de ese café era lo único que, durante unos
minutos a la semana, lo devolvía a casa.
Cerró los ojos. Hizo cuentas. Trescientas setenta entregas.
Tres días.
Imposible si dormimos.
Se durmió en treinta segundos.
La clase de las ocho de la mañana era Historia Económica de
China, con el profesor Zhang Keqing, en el edificio de Humanidades de la Universidad de Yanjing. El aula era un
anfiteatro de madera oscura con ventanales que daban al lago
Weiming, donde a esa hora flotaba una neblina blanca sobre el
agua quieta y una pagoda de trece pisos se reflejaba al revés
como un sueño.
Era un lugar tan hermoso que a veces a Alex le dolía. Ahí,
entre los sauces y los pabellones de tejas verdes, estudiaban
los hijos de los ministros, de los empresarios, de los
académicos que salían en televisión. Chicos y chicas que
llegaban en autos con chofer y hablaban de sus vacaciones en
Suiza como quien habla del clima. Alex se sentaba siempre en
la última fila, con su chaqueta de Kuaisong doblada dentro de
la mochila para que nadie la viera, y trataba de mantener los
ojos abiertos.
El profesor Zhang era un hombre de cuarenta y cinco años
con lentes de marco grueso, un saco de pana con parches en
los codos y la expresión de alguien que no ha dormido bien
desde la universidad. Pero cuando hablaba de las rutas
comerciales de la antigüedad sus ojos se encendían, y su voz
monótona se volvía de pronto la voz de un narrador de
historias junto al fuego.
-El valor -decía esa mañana, caminando de un lado a otro frente a la pizarra- no es una propiedad intrínseca de las
cosas. Anótenlo. El valor es un acuerdo. Una moneda de
bronce de la dinastía Han no vale nada si nadie cree que vale
algo. Y una piedra común puede valer una fortuna si
suficientes personas creen que perteneció a un emperador. La
historia económica de China es, en gran medida, la historia de
lo que la gente estuvo dispuesta a creer.
Alex anotaba con letra cada vez más torcida. Los párpados
le pesaban como si tuvieran plomo.
-Por eso -continuó el profesor- el oficio del tasador ha
sido, durante milenios, uno de los más poderosos y peligrosos
de este país. El tasador decide qué es verdadero y qué es falso.
Decide cuánto vale una herencia, una dote, un tesoro. Un
buen tasador puede hacer rico a un campesino o arruinar a un
príncipe. En la dinastía Ming había tasadores que eran más
temidos que los magistrados.
Una chica de la primera fila levantó la mano.
-Profesor, ¿y hoy en día?
-Hoy en día -el profesor Zhang se ajustó los lentes- el
mercado de antigüedades de China mueve decenas de miles
de millones de yuanes al año. Y se calcula que más del ochenta
por ciento de lo que se vende en los mercados callejeros es
falso. El ochenta por ciento. Lo que significa que el veinte por
ciento restante... -hizo una pausa teatral- está escondido
entre la basura, esperando a que alguien con los ojos
adecuados lo encuentre.
Los ojos adecuados, pensó Alex, y se le cerraron los suyos.
Despertó con un golpe suave en el hombro. El aula estaba
casi vacía. El profesor Zhang estaba de pie junto a su asiento,
con el maletín de cuero bajo el brazo, mirándolo con una
mezcla de reproche y algo que podía ser compasión.
-Girón -dijo. Pronunciaba su apellido con cuidado,
marcando la tilde-. Es la tercera vez este mes.
-Perdón, profesor. No volverá a pasar.
-Eso dijo la segunda vez. -El profesor miró la mochila de
Alex, de donde asomaba una manga amarilla de la chaqueta de Kuaisong. No dijo nada al respecto, pero Alex vio que la había
visto-. El examen del jueves vale el treinta por ciento de la
nota. Usted sabe lo que pasa si baja del promedio.
-Lo sé.
-Bien. -El profesor se dio la vuelta para irse, pero se
detuvo en el pasillo-. Girón. Si necesita hablar con alguien
sobre... su situación, mi oficina está en el tercer piso. Los
martes y jueves por la tarde.
-Gracias, profesor.
Alex sabía que nunca iría. No porque no quisiera, sino
porque no sabía qué decir. «Profesor, soy pobre y estoy
cansado» no era un problema que un profesor de historia
pudiera resolver.
Los tres días siguientes fueron un borrón de asfalto, de
timbres, de escaleras, de pantallas rojas y verdes.
El martes hizo cuarenta y una entregas. El miércoles,
cuarenta y seis. Estudió para el examen en los semáforos, con
los apuntes fotografiados en el teléfono, repitiendo en voz
baja las fechas de la reforma monetaria de la dinastía Song
mientras esperaba que un restaurante le entregara un pedido
de fideos. Comió sobre la moto: un bollo de carne al vapor el
martes, dos el miércoles. Durmió dos horas la noche del
miércoles, con la cabeza sobre el escritorio y el libro de
historia económica como almohada.
El jueves presentó el examen con las manos temblando de
cafeína de máquina expendedora. Creyó que le había ido bien.
No estaba seguro. Ya no estaba seguro de casi nada.
Al salir del aula, sentado en una banca junto al lago
mientras se tragaba un bollo frío, el teléfono vibró con una
videollamada. En la pantalla apareció la cara de su madre,
iluminada por el foco pelón de la cocina de Xela. Allá eran las
nueve de la noche del miércoles. Detrás de ella, en la pared, se
veía el recorte amarillento del periódico con la foto de Alex y
su camisa blanca.
-¡Mijo! -Doña Rosa acercó tanto la cara a la cámara que
solo se le veían los ojos-. ¿Me oís? ¿Me oís bien?
-La oigo, mamá.
-Ay, qué flaco estás. ¿Estás comiendo? Decime la verdad.
-Estoy comiendo, mamá. Aquí la comida es muy buena.
No era mentira. La comida de Pekín era buena. Él
simplemente no la comía.
Su madre le contó de los tamales del sábado, de la vecina
que se había caído en el mercado, del primo Wilmer que por
fin había conseguido trabajo en una maquila, del perro de la
tía Chayo que se había comido un calcetín entero y había
sobrevivido de milagro. Alex la escuchaba con una sonrisa,
dejando que la voz de su madre lo envolviera como una
chamarra caliente. En algún momento, ella bajó la voz.
-Mijo... ¿te alcanza? Con lo del trabajo ese de las entregas.
¿Te alcanza?
Alex miró el lago. La pagoda. Los sauces. Los estudiantes
que pasaban en bicicletas de marca con audífonos
inalámbricos.
-Me alcanza, mamá. Todo bien. De verdad.
-Porque si no te alcanza yo puedo vender la...
-Me alcanza -repitió él, un poco más fuerte de lo
necesario-. No venda nada. Ya casi termino la carrera. Ya
casi.
Doña Rosa se quedó un momento en silencio, mirándolo
con esa mirada de madre que atraviesa pantallas, océanos y
mentiras piadosas.
-Está bueno, mijo -dijo al fin-. Dios te bendiga. Y
abrigate, que allá dicen que hace un frío de la gran diabla.
Cuando la llamada terminó, Alex se quedó mirando la
pantalla negra del teléfono durante un largo rato. Luego se
secó los ojos con la manga, se levantó y fue a buscar la moto.
Esa noche, al revisar la cuenta, tenía mil cuatrocientos
ochenta yuanes. Chen había juntado mil ciento sesenta. Entre
los dos sumaban dos mil seiscientos cuarenta. Faltaban
novecientos sesenta.
-Una noche más -dijo Chen por teléfono, con el ruido del
tráfico de fondo-. Una noche más y lo logramos. Yo voy a
hacer la zona de Zhongguancun, que hoy hay partido y todos
piden comida. Tú agarra los pedidos del centro, de
Dongcheng. Pagan más porque nadie quiere meterse en los
hutongs.
-Los hutongs son un laberinto.
-Por eso pagan más. Tú eres extranjero, a ti te gustan los
laberintos. Tienen historia. Tienen misterio. Tienen callejones
sin salida donde te pueden robar la moto. Bueno, eso último
no. O sí. Cuídate.
Alex colgó y encendió la moto. La batería marcaba sesenta y
dos por ciento. Suficiente para cuatro o cinco horas si no
abusaba del acelerador.
Salió hacia el centro.
Los hutongs de Dongcheng eran otro mundo. A diferencia de
las avenidas anchas y los edificios de cristal del resto de Pekín,
aquí la ciudad se encogía en un entramado de callejones
estrechos, de muros grises de ladrillo antiguo, de puertas
rojas con aldabas de bronce en forma de cabeza de león.
Algunos callejones tenían setecientos años. Por ellos habían
caminado eunucos de la Ciudad Prohibida, comerciantes de
seda, poetas borrachos, rebeldes y espías. Ahora caminaban
turistas con palos de selfi y repartidores con chaquetas
amarillas.
Alex hizo seis entregas en dos horas. Se perdió dos veces.
En una ocasión tuvo que retroceder cien metros en reversa
porque el callejón terminaba en el muro de un patio donde un
anciano en camiseta de tirantes practicaba taichí bajo una
bombilla desnuda. El anciano lo miró sin detener sus
movimientos lentos, como si un repartidor extranjero perdido
a medianoche fuera un fenómeno natural, igual que la lluvia.
A las doce y veinte, el teléfono vibró con un pedido nuevo.
Nuevo pedido · Restaurante: Congee de la Familia Ma. Destino:
Mercado Nocturno del Puente de Piedra, puesto 44, «Lin».
Contenido: congee de mijo con dátiles, un huevo centenario,
licor de arroz (media botella). Comisión: 11,50 ¥.
Once cincuenta. Casi el doble de lo normal. Alex aceptó
antes de que otro repartidor se lo ganara.
El Congee de la Familia Ma era un local de cuatro mesas
con paredes amarillas de grasa y una olla gigante hirviendo en la entrada. La señora Ma, una mujer robusta con delantal de
flores, le entregó la bolsa y la media botella de licor envuelta
en papel periódico.
-¿Para el viejo Lin? -preguntó, con una sonrisa que dejaba
ver un diente de oro.
-Eso dice el pedido.
-Ese viejo pide lo mismo todas las noches desde hace
veinte años. Congee de mijo, huevo centenario, licor. -La
señora Ma bajó la voz-. Dicen que es adivino. Dicen que le
leyó la mano a un general en los años setenta y le dijo el día
exacto de su muerte. Y el general murió ese día.
-¿De qué murió?
-De susto, supongo. -La señora Ma se rio con una
carcajada que sacudió su delantal-. Anda, anda, que se enfría.
El Mercado Nocturno del Puente de Piedra no aparecía en
las guías turísticas. Estaba escondido detrás de un antiguo
templo taoísta convertido en bodega, en un ensanche de
callejones donde, desde hacía más de un siglo, cada noche
después de las diez, se instalaban vendedores de
antigüedades, de baratijas, de cosas viejas y de cosas que
querían parecer viejas. Los pekineses lo llamaban a veces
guishi, el mercado de los fantasmas, porque en tiempos
antiguos los que vendían allí eran nobles arruinados que
empeñaban de noche, a la luz de faroles, las joyas de la familia
para que nadie los reconociera.
Alex entró empujando la moto, porque el callejón era
demasiado estrecho y estaba lleno de gente. Aunque era casi
medianoche, el mercado hervía. A ambos lados, sobre mantas
extendidas en el suelo, sobre mesas plegables, sobre carretillas de madera, se amontonaban objetos de todas las
épocas imaginables: jarrones azules y blancos, budas de
bronce con la cara gastada, espadas oxidadas, relojes de
bolsillo, sellos de piedra, monedas atadas con cordones rojos,
pinturas enrolladas, tazas de té, figuras de jade, cajas lacadas,
pipas de opio, carteles de propaganda de la Revolución
Cultural, uniformes militares, discos de vinilo, libros con las
páginas amarillentas.
Las linternas rojas colgaban de cuerdas tendidas entre los
muros, y su luz temblorosa lo teñía todo de un color de brasa.
Olía a incienso, a tabaco, a castañas asadas, a polvo y a algo
más antiguo que Alex no supo nombrar. Los vendedores
llamaban a los clientes con voces roncas, regateaban, juraban
por sus antepasados que aquella tetera había pertenecido a la
emperatriz Cixi. Los compradores, en su mayoría hombres de
mediana edad con linternas pequeñas y lupas, se agachaban
sobre las mantas y examinaban las piezas con una
concentración de cirujanos.
Alex nunca había estado allí. Caminó despacio, empujando
la moto, fascinado a pesar del cansancio. Pensó en doña Tina y
en su libro de historia. Mirá, mijo. Todo aquello era la historia.
Rota, sucia, falsificada, vendida por kilo. Pero era la historia.
El puesto 44 estaba al final del mercado, en un rincón
donde el callejón formaba una pequeña plaza junto a un árbol
de acacia muerto. Era apenas una mesa baja cubierta con una
tela bordada descolorida, y sobre ella había una colección
desordenada de objetos: un espejo de bronce verdoso, varias
monedas, un tintero de piedra, un par de figuritas de barro,
una caja de madera con los cajones medio abiertos. Detrás de la mesa, sentado en un taburete, con un bastón de madera
nudosa apoyado entre las rodillas, había un anciano diminuto.
Era calvo en la parte superior de la cabeza, pero a los lados
le caía un cabello blanco, largo y lacio, que se mezclaba con
una barba igual de larga y descuidada. Vestía una chaqueta de
algodón acolchado con tantos parches que era imposible
saber cuál había sido el color original. Llevaba sandalias de
tela, a pesar del frío. Y sus ojos -Alex lo notó en cuanto se
acercó- estaban cubiertos por una neblina lechosa, las
cataratas de la vejez, que los volvían casi blancos.
Y aun así, cuando Alex se detuvo frente a la mesa, el
anciano levantó la cabeza y lo miró directamente a la cara.
-Llegas tarde -dijo.
Alex miró el teléfono, alarmado. El temporizador marcaba
ocho minutos de sobra.
-Perdón, señor, pero todavía tengo...
-No hablo del congee. -El anciano sonrió. Le faltaban la
mitad de los dientes-. Hablo de ti. Llegas tarde. Te esperaba
hace años.
Alex no supo qué responder. Pensó que el viejo estaba
borracho, o senil, o ambas cosas. Sacó la bolsa de la caja
térmica y la puso sobre la mesa, con cuidado de no tocar las
antigüedades.
-Aquí tiene. Congee de mijo, huevo centenario y licor. Ya
está pagado en la aplicación.
El anciano no miró la comida. Seguía mirándolo a él, con
esos ojos blancos que no deberían ver nada.
-Extranjero -dijo-. De muy lejos. De una tierra de
volcanes. -Olfateó el aire como un perro viejo-. Hueles a
café y a maíz. Y a cansancio. Mucho cansancio. Demasiado
para un muchacho tan joven.
Alex sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el
viento del Gobi.
-¿Cómo sabe...?
-Lin Jin sabe muchas cosas -dijo el anciano, señalándose
el pecho con un dedo huesudo-. Y no sabe casi nada. Eso es la
sabiduría. -Se rio de su propio chiste con una risa que sonaba
como papel arrugado-. Siéntate, muchacho. Un momento.
Tus pies te lo agradecerán.
-No puedo, señor. Tengo más pedidos.
-Siempre más pedidos. Siempre más prisa. -Lin Jin negó
con la cabeza, y su cabello blanco se balanceó como una
cortina-. La China de hoy corre tanto que ya no sabe hacia
dónde. Tiene trenes que vuelan, teléfonos que hablan,
edificios que tocan el cielo. Y se le olvidó mirar. Mira mi
mercado. Mira a toda esa gente con sus lupas y sus linternas.
Buscan tesoros, pero no saben ver. Miran con los ojos. Y los
ojos mienten.
-Usted... -Alex dudó-. Usted no ve, ¿verdad?
-No con estos. -Lin Jin se tocó los párpados-. Hace doce
años que no veo con estos.
Se inclinó sobre la mesa y, con una precisión inquietante
para un ciego, apartó el espejo de bronce, apartó la caja de
madera, y tomó un objeto pequeño que había estado oculto
debajo de un pañuelo de seda roja. Lo sostuvo en la palma de
la mano, a la luz de la linterna.
Era un amuleto. Un dragón enroscado sobre sí mismo, del
tamaño de una moneda grande, tallado en un jade tan oscuro que parecía casi negro, con vetas verdes como el fondo de un
lago. Sus escamas estaban talladas una por una con una
delicadeza imposible. Y sus ojos -dos puntos diminutos-
estaban incrustados de oro, un oro antiguo, rojizo, que
brillaba bajo la luz roja de las linternas como si tuviera fuego
adentro.
Alex se quedó sin aliento. No sabía nada de jades ni de
antigüedades, pero no hacía falta saber nada para darse
cuenta de que aquel objeto era distinto de todo lo demás que
había en el mercado. No parecía viejo. Parecía eterno.
-¿Qué es? -preguntó en un susurro.
-Un guardián -dijo Lin Jin-. O una llave. O una maldición.
Depende de quién lo tenga. -Cerró la mano sobre el
amuleto-. Ha pasado por muchas manos. Emperadores,
monjes, ladrones. Ha esperado mucho tiempo a la persona
correcta. Yo solo lo cuido.
-¿Está a la venta?
La pregunta salió sola. Alex no tenía ni para el alquiler. No
sabía por qué había preguntado.
Lin Jin sonrió otra vez, y en esa sonrisa había algo triste.
-Las cosas como esta no se venden, muchacho. Eligen.
Algo cambió en el aire. Alex no supo después cómo
describirlo. Fue como si el ruido del mercado, las voces de los
vendedores, el crepitar de las castañas en el brasero de la
esquina, se alejaran de repente, como si alguien hubiera
bajado el volumen del mundo. Por un segundo le pareció que
los ojos de oro del dragón, entre los dedos cerrados del viejo,
brillaban a través de la piel.
Luego oyó el motor.
Fue un rugido grave, profundo, que resonó entre los muros
del callejón como el gruñido de una bestia. Alex se volvió. Al
fondo, por la entrada del mercado -una entrada peatonal,
estrecha, donde ningún auto debería caber- venía una luz
blanca, cegadora. Dos faros.
La gente empezó a gritar.
Era un sedán negro. Grande, pesado, de lujo, con los
cristales tintados y una parrilla cromada que brillaba como los
dientes de un tiburón. Venía demasiado rápido. Mucho
demasiado rápido. Los vendedores se lanzaban contra las
paredes, arrastrando sus mantas; los compradores saltaban a
los lados; una mesa voló por los aires y los jarrones estallaron
contra el suelo en una lluvia de porcelana azul y blanca. El
auto no frenaba. Rozaba los muros con un chillido de metal
contra ladrillo, arrancando chispas, derribando las cuerdas de
las linternas, que caían y se incendiaban en el suelo como
flores rojas.
Venía directamente hacia la plazoleta del puesto 44.
Alex tuvo tiempo de pensar exactamente tres cosas.
La primera fue que el viejo era ciego y no podía verlo venir.
La segunda fue que, si saltaba hacia la izquierda, detrás del
árbol muerto, probablemente se salvaría.
La tercera fue que no iba a saltar hacia la izquierda.
Soltó la moto y se lanzó sobre la mesa, sobre el anciano,
para empujarlo detrás del muro. Sus manos alcanzaron los
hombros de Lin Jin. Sintió lo liviano que era, como un pájaro,
como un saco de hojas secas. Lo empujó con todas sus
fuerzas. Vio al viejo caer de espaldas, a salvo, detrás del tronco
de la acacia. Y en ese mismo instante, la mano de Lin Jin se
abrió y el amuleto del dragón salió volando en el aire, girando,
brillando, y Alex, sin pensarlo, por puro reflejo, lo atrapó.
Entonces el auto lo golpeó.
No sintió dolor. No al principio. Sintió un empujón
gigantesco, como si una ola de concreto lo levantara del suelo.
Voló. Vio el cielo negro de Pekín sin estrellas, las linternas
rojas cayendo a su alrededor como meteoros, la moto
eléctrica dando vueltas en el aire con la caja térmica abierta y
el congee de mijo esparciéndose como una nube blanca.
Luego chocó contra algo duro -la mesa, el muro, el mundo-
y todo se volvió un estruendo de madera astillada, de bronce,
de vidrio.
Quedó tendido boca arriba sobre los restos del puesto 44.
El sedán negro frenó, por fin, unos metros más allá. Alex
oyó el chirrido de las llantas. Oyó una puerta que se abría.
Unos pasos sobre la porcelana rota. Una voz de hombre,
joven, alterada, que decía algo que no entendió. Otra voz, más
grave, que respondía con urgencia. La puerta que se cerraba.
El motor que rugía de nuevo, el auto que retrocedía por el
callejón entre gritos, chispas y cristales, y se perdía en la
noche.
Nadie anotó la placa. Nadie pudo. Todo había pasado en
diez segundos.
Alex intentó moverse y no pudo. Intentó respirar y le dolió.
Ahora sí llegaba el dolor: en las costillas, en la muñeca
derecha, en la cabeza. Algo caliente le corría por la sien
izquierda y le entraba en el ojo. Sangre. Su sangre. Le escurría
por la cara, por el cuello, por el brazo, hasta la mano derecha,
que seguía cerrada con fuerza sobre algo duro.
El amuleto.
Lo sentía contra la palma. Sentía los bordes de las escamas
clavándose en su piel. Sentía su propia sangre mojándolo,
llenando las ranuras del jade tallado, empapando el dragón.
Y sentía algo más.
Calor.
Un calor que no venía de su cuerpo. Un calor que venía de
la piedra. Que empezó como una tibieza suave, como una taza
de café entre las manos en una mañana de Xela, y que luego
creció, y creció, y se volvió fuego. Alex quiso soltar el amuleto
y no pudo; sus dedos no le respondían. El fuego le subió por la
muñeca, por el brazo, por el hombro, por el cuello, como un
río de oro líquido que buscaba un camino dentro de él. Le
llegó a la cara. Le llegó a los ojos.
Alex gritó.
O creyó gritar. No supo si algún sonido salió de su boca. Sus
ojos se llenaron de luz. No la luz roja de las linternas, ni la luz
blanca de los faros, sino una luz dorada, espesa, antigua, que
no venía de afuera sino de adentro, de algún lugar detrás de
sus pupilas. En esa luz, durante un instante que duró una
eternidad, le pareció ver una forma enorme que se movía:
escamas, garras, una cola que se enroscaba alrededor del
mundo, dos ojos inmensos que lo miraban desde el fondo del
tiempo.
Dos ojos de oro.
Luego, una voz. No la oyó con los oídos. La oyó adentro, en
el centro exacto de su cabeza, y era una voz vieja, más vieja
que cualquier voz humana.
Ver lo que otros no ven. Ese es el don. Y ese es el precio.
La luz se apagó.
Lo último que Alex percibió antes de perder el
conocimiento fue una mano pequeña y huesuda que se posaba
sobre su frente, suave como una hoja, y el olor de licor de
arroz y de incienso. Y la voz de Lin Jin, muy cerca, ronca, casi
tierna:
-El dragón ha elegido, muchacho. No yo. Él.
Y después, un susurro que Alex no sabría nunca si fue real o parte de un sueño:
-Ahora aprende a mirar.
Oscuridad.




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